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From the category „Fairy Tales“ (Short Stories / spanish):

Héctor de Souza

Escolta

 

(…)
  “Amor, qué importa 
que el tiempo, 
el mismo que elevó como dos llamas 
o espigas paralelas 
mi cuerpo y tu dulzura, 
mañana los mantenga 
o los desgrane 
y con sus mismos dedos invisibles 
borre la identidad que nos separa 
dándonos la victoria 
de un solo ser final bajo la tierra.”

 
Oda al tiempo
Pablo Neruda


 
Estábamos formados en el hall, resignados a comenzar la clase de canto.
Me acuerdo como si fuera hoy. Cursaba el último año de la escuela.
 
Me sorprendió no ver a Mastrángelo, el maestro de canto. Era puntual, ritualista. Detrás de sus lentes montados al aire casi no se dejaban ver unos ojitos impersonales. Alto, espigado, era calvo y transmitía una frialdad de témpano que, sin embargo, no impedía atisbar al viejo verde.
 
Pasaron varios minutos hasta que apareció una señora bajita, rellena de carnes pero no gorda. Se presentó como la profesora de canto. Mastrángelo estaba enfermo y no asistiría por unos días.
 
La profesora procuró dejar su huella. No quería pasar como una suplente de circunstancia. De comienzo, nomás, se puso a clasificar nuestras condiciones vocales con la intención de asignarnos, según su criterio, al coro o al solo, cuyos integrantes éramos algo así como los hiliotas y los ciudadanos en la sociedad de Esparta; así de diferentes. Estaba muy claro que yo pertenecía al coro. Allí estábamos los más, que hacíamos el trabajo rústico para el lucimiento de los integrantes del selecto grupo del solo.
 
Pasamos uno a uno. Nos parábamos junto al piano. Ella interpretaba alguna obrita de nuestro poco imaginativo repertorio y, por un instante, nos oía afinar o desafinar. Para mi sorpresa, me indicó, sin dudarlo, que mi lugar estaba en el grupo del solo. ¡No podía creerlo! No porque me interesara estar en ese grupo al que, en mi intimidad, creía no pertenecer, sino porque iría a estar más cerca de Bea.

Bea era sencillamente perfecta. Parecía estar siempre como ausente, aunque sus ojos almendrados, de una intensa vivacidad, dejaban ver un fulgor y una claridad que mis dos ojos admiraban. Nunca lo supo, pero era un genio tutelar que me protegía, y de cuya mirada inmaterial solo recibía ternura.
 
Me ubiqué a varios lugares de distancia. Bea no hizo movimiento alguno. Yo hubiera querido que me mirase. Pero fue como si aquello le hubiera pasado inadvertido. Bueno, algo era algo.
 
No hay bien que dure demasiado. La recuperación de Mastrángelo fue muy rápida. Cuando regresó y retomó sus clases algo le rechinó. A poco de comenzar la clase puso en juego la capacidad de su memoria auditiva. Y haciendo gala de su oído absoluto y de su relativa crueldad, después de mostrar cara de desagrado, me hizo pasar al frente. Otra vez la prueba. Confirmó la causa de la disonancia. Esta vez, el dedo enjuiciador de Mastrángelo, rotundo, como si fuera el dueño de los destinos, me indicó mi verdadero lugar. Volví con la cabeza baja a mi grupo del coro, donde ciertas sonrisitas exhibían el disfrute, siempre perverso, por la caída de uno que había salido de la empinada mediocridad y debía volver a ella.
 
Los meses siguientes transcurrieron con rapidez. Crucé por el final del curso sin mayores sorpresas. Pero los días fueron preparando, sin duda sin saberlo, el milagro.
 
El sol de diciembre cegaba cuando llegó la fiesta de fin de año. El día previo al de la ceremonia mi madre me había llevado a la peluquería. Yo estaba vestido con mi guardapolvo almidonado, impecable, un verdadero jaspe. La moña era un emblema de corrección: amplia, bien hecho su nudo, con la turgencia adecuada que la hacía verse voluminosa y firme.
 
Nosotros estábamos formados en el patio, en la espera de la ceremonia.
Mastrángelo comenzó a tocar una de las piezas de ocasión. Era el anuncio de que el comienzo era inminente.
 
Las maestras se miraban y, de pronto, empezaron a reflejar un estado de desasosiego. Pasaron a la acción. Varias de ellas iban y venían, murmullaban, ponían caras.
 
Yo, silencioso, observaba. Así soy yo. En todo caso, iba de la angustia al aburrimiento. Lo bueno era que estando en la fila disfrutaba el encanto del anonimato; incluso ubicado primero en la fila, como me correspondía no por mérito sino por mi baja estatura. Nadie se fijaba en mí; acaso mi madre, únicamente, quien ya aguardaba el acto instalada entre el público asistente.
 
Bea, en cambio, quedaba expuesta y, en ese momento, estaba consumida por los nervios portando el pabellón nacional. Aunque lo disimulaba bastante bien. Ponía una cara de solemnidad extrema, solo traicionada por un rictus que, entre quienes la conocíamos, denotaba su ansiedad.
 
Se había producido una laguna incómoda. Mastrángelo, desesperado, cabeceaba dando a las maestras el mensaje de que ya era hora. Mientras tanto, de pie, como solía hacer sus interpretaciones, seguía aporreando el teclado del piano con marchas que se repetían, sin justificación en esa lógica ceremonial que todos conocemos y, la mayoría, aborrecemos.
 
En cierto momento, después de las corridas magisteriales, una de las maestras más jóvenes, que yo no conocía más que de verla en los recreos, me encaró con decisión. Con los ojos fuera de sus órbitas, me señaló. Yo no llegaba a entender. Así que cuando caí en la cuenta de lo que ocurría me dio un vuelco el corazón.
 
Al parecer había faltado el escolta del pabellón nacional, no aparecía un suplente, y ya no había más tiempo que perder. Quizá, aquella maestra joven me escogió por la prolijidad del guardapolvo, por mi impecable moña o por estar primero en la fila. Quién lo sabe.
 
Lo último que hubiera querido es que me eligieran abanderado o escolta o lo que fuera. En mi caso, no hubo ensayos ni preparación previa ni nada. Así, de golpe, sin proponérmelo, salté a la notoriedad.
 
Mi cara ardía. Pero ese día probé la felicidad. Todos pudieron verme en mi alegría, en un resplandor secreto. Ese día fui el escolta de Bea. Ahora sí, estaba cerca de ella y me podía entreverar con el rayo de luz de su mirada. Al azar, al destino, qué sé yo, se le ocurren estos juegos.
 
Ese mismo destino, al que le agradan las repeticiones, mediante aquella circunstancia inesperada tejió de otra manera el porvenir. Desde ese día jamás me separé de Bea. Estoy destinado a ser su escolta por los tiempos de los tiempos. Y ella es el genio tutelar que me protege, y por siempre lo hará, allí donde el destino nos lleve.
 
Mastrángelo no pudo torcer el destino. No pudo escamotearnos la victoria.
 
FIN
 

 



All rights for „Escolta“ belong to its author (Héctor de Souza).
It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza
Published on e-Stories.org on 12/28/2016.


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e-Mail:hdesouzaadinet.com.uy
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