Jona Umaes

Dos tortolitos


          Juan y María llevaban poco tiempo saliendo, pero estaban hasta las trancas el uno del otro. Cuando paseaban, todo giraba a su alrededor. Apenas se conocían, fue un amor a primera vista, la química surgió sin más. Ya habría tiempo de saber el uno del otro, ahora solo querían estar juntos porque les producía tal felicidad que no se lo explicaban.

          Una tarde Juan la llevó a un lugar donde solía ir a relajarse mirando el mar, hasta ponerse el sol. Estaba alejado de las luces de la ciudad, y las farolas de la carretera quedaban ocultas tras una montaña, por lo que podía ver el cielo estrellado, limpio y claro.

—Te voy a llevar a mi lugar preferido —dijo él.
—¿Dónde es? —preguntó ella, con curiosidad.
—Está a diez minutos en coche. Es un mirador que da a la playa, te gustará.

          Aún quedaba una hora para anochecer. Cuando llegaron, el cielo comenzaba a prenderse, las nubes deshilachadas parecían pintadas en el lienzo celeste. Se sentaron en la tierra y se besaron una y otra vez sin poder parar, con el fondo sonoro de las olas arribando a la arena de la playa, unos metros más abajo.

—¡Mira! ¡Las nubes! –dijo Juan. Estas se habían teñido de rojo y al este ya había empezado a oscurecer.
—¡Qué maravilla! ¡El cielo está espectacular! —dijo ella.
—Se quedaron extasiados ante el espectáculo, bien pegaditos y abrazados, puesto que comenzaba a refrescar.

          Pasados unos minutos, el cielo terminó de oscurecerse y la luna asomó su calva por el horizonte. El sol acabó por dormirse y las estrellas despertaron de su largo sueño. Poco a poco fueron iluminándose hasta terminar de encenderse.

—¡Cuántas estrellas! ¡Nunca había visto tantas! —dijo María.
—Sí, desde aquí se ven muy bien. No hay contaminación lumínica.
—¿Tú sabes algo de estrellas?
—Ni idea, solo me gusta observarlas, sin más, pero sé algo mejor —dijo él, enigmático.
—¿El qué?
—Hago magia.
—¿Sí? ¿Qué clase de magia?
—Una que nunca has visto.

          Por entonces, la luna había ascendido y lucía en todo su esplendor. Era una bola blanca que iluminaba la noche con luz tenue, pero suficiente para ver en la oscuridad.

—No lo creeré hasta que lo vea —dijo María.
—¡Mira que luna más bonita! Te la regalo.
—Ja, ja, ja, gracias, muy amable —dijo ella divertida.
—¡En serio! ¡Ahora verás! —Juan extendió su brazo al cielo y con los dedos pulgar e índice asió la luna y la bajó hasta donde ellos. Brillaba como una canica refulgente en su mano. Ella abrió la boca, atónita, con los ojos desorbitados.
—¡Madre mía! ¡Estoy tiene que ser un sueño!

          El espacio que ocupaba la luna quedó oscuro en el cielo, pero eso hizo que aparecieran más estrellas, eclipsadas por la luz más potente que emitía el astro. Ahora todas brillaban con más intensidad en la profunda oscuridad.

—¡Mira arriba! —dijo él—. La miríada de estrellas encendidas, imponía. Se podía contemplar las constelaciones con total claridad. María alucinaba. Juan la observaba mientras ella, embobada, miraba la bóveda celeste sobre ellos. La pequeña luna en los dedos de él iluminaba sus rostros, y si ya, de por sí, María le parecía hermosa, bañada en aquella luz, hacía que la viera como una Diosa.
—¡Me encanta! —dijo María.
—Tú también a mí —. Ella bajó la vista hacia él y se perdieron en una mirada infinita.
—Toma, coge la luna —dijo él. Ella puso las manos juntas, en jarra, para recibirla. El astro diminuto levitaba y giraba despacio sobre sus palmas. Ahora, el rostro de él quedó algo más apagado, haciendo que brillara más aún el de ella. María estaba como hipnotizada por aquella pequeña luna. Para Juan, aquel momento fue el más hermoso que había vivido. Nada se podía comparar con aquello.
—¿Cómo puedes hacer estas cosas? —quiso saber ella.
—Ya te contaré. Ahora, lánzala arriba —así lo hizo, y la luna ocupó de nuevo su lugar en el cielo al mismo tiempo que el brillo de las estrellas se atenuaba y dejaban de verse un ciento de ellas.
—¡Ha sido maravilloso! —dijo ella prendada.
—Quiero probar una cosa —dijo Juan.
—¿El qué?
—Quiero que nos intercambiemos.
—¿Cómo?
—Pero solo por unos instantes. Me gustaría saber cómo me ves, y así podrás tener, tú también, mi punto de vista.
—¡Pero eso no es posible!
—¡Dame las manos! —cuando las juntaron, un halo de luz surgió de ellas y sus espíritus se desprendieron de sus cuerpos, pasando cada uno al del otro. Entonces, sin dejar de ser ellos mismos, vieron sus envoltorios con la visión y el sentir del otro. Aquello duró tan solo un momento, pues era peligroso permanecer ajenos a ellos mismos durante mucho tiempo. Sin soltar las manos en ningún instante, volvieron a intercambiarse.
—Ha sido extraño y fascinante al mismo tiempo verme a mí misma de esa manera. ¿Eso sientes por mí?
—¡Ajá! Y ahora tengo también tu punto de vista. ¿Te ha gustado la experiencia?
—¡Sí, mucho! Nunca hubiera imaginado vivir algo así, pero estoy cansada ya, es tarde. ¿Nos vamos?
—Sí, está empezando a hacer frío.

          Fueron hacia el coche sin necesidad de linterna pues la luna los iluminaba. Cuando estaban ya cerca, vieron junto al vehículo la silueta oscura de una persona apoyada en él.

—¡Mira! ¡Hay alguien ahí! —dijo ella asustada— ¿Quién será?
—No temas, lo conozco.
—¿Si? ¿Y por qué está aquí? ¿Habías quedado con él?
—Sí. Espera aquí, vuelvo en seguida. —y le dio un beso, cogiéndole la mano para que se tranquilizara.
—¡Quiero ir contigo! —se quejó ella. No quería quedarse sola.
—No te preocupes. Solo será un momento. Haré un último truco. ¡Ya verás qué chulo! Ahora vengo.

          María vio como se dirigía hacia el coche, sin perderlo de vista. A aquella distancia, Juan se convirtió en una oscura figura, como la que había junto al automóvil. Los observó uno frente al otro, sin moverse. Entonces, de repente, el otro se iluminó intensamente de verde fosforescente. Desprendía una luz cegadora, incluso en la distancia. Iluminó la noche cual faro, proyectando un haz dirigido hacia las estrellas y desapareciendo en un instante. Aún cegada por el repentino fulgor, tardó en recuperar la visión en la oscuridad. A los pocos segundos vio como la figura de Juan se acercaba hacia ella.

—¡Ya estoy aquí!
—¿Qué ha pasado? ¿Y esa luz? ¿Y tu amigo? —quiso saber ella.
—Se fue.
—¿Cómo que se fue? ¿Me quieres explicar?

          Ambos fueron hacia el coche y él le contó su encuentro con el extraterrestre una semana antes. Se hallaba en ese mismo sitio, solo, y entonces, vio como una luz verde descendía del cielo hacia un lugar cercano. El ser se acercó a él en su forma oscura y se comunicaron mentalmente. Llegaron a un acuerdo. Juan dejaría que le leyese la mente y todos sus recuerdos para saber cómo eran y vivían los habitantes de la Tierra, y a cambio, el otro le daría poder para que hiciera realidad lo que imaginase. Eso, hasta esa misma noche, que le devolvería su magia para proseguir su viaje.

—¡Es una historia fascinante! —dijo ella—. De cualquier forma, nunca olvidaré esta noche, donde todo parecía un sueño, y lo que me has hecho sentir. Ha sido muy especial.
—Sí, la magia fue bonita mientras duró. Ahora todo vuelve a la normalidad, aunque siempre tendremos la ilusión de estar juntos. Eso es verdaderamente nuestro y nadie nos lo quitará.

 

 

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Published on e-Stories.org on 05/29/2021.

 

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