Jona Umaes

Vidas paralelas

          Lo que le ocurrió a Ana durante sus vacaciones de verano fue algo que se le quedó grabado para siempre en su memoria. Había planificado el viaje a Nueva York con su amiga Lola unos meses antes. Conforme se acercaba la fecha del vuelo, más aumentaban sus nervios. Ya tenían preparadas las maletas, pero no querían que se les olvidara nada. Quedaban a diario, tras el trabajo, para hablar de lo que harían allí, y aprovechar al máximo el tiempo. No todos los días se va a la ciudad de los rascacielos, y no querían dejar nada al azar en lo que respectaba a ellas. Luego, allí, a la aventura.

          Tenían claro las visitas a la Estatua de la Libertad, el recorrido en bicicleta por Central Park, y el paseo en helicóptero sobre Manhattan. No se ponían de acuerdo en la visita al monumento conmemorativo del 11S. Ana no estaba por la labor y aunque Lola le insistía una y otra vez, no cedió. Había muchos otros lugares interesantes que visitar, que detenerse a ver donde perecieron tantas personas.

          Ninguna de ellas había realizado un vuelo tan largo. No es que tuvieran miedo a volar, pero una vez en el avión, pensar que tenían que cruzar el charco, que era bien largo, les producía cierto vértigo. Habían partido a las siete de la mañana. Hacían escala en Londres. Llegarían a Nueva York sobre las ocho de la tarde, hora local. Entre las horas de espera del segundo vuelo y el tiempo del trayecto, el primer día lo iban a pasar prácticamente en el avión. Tenían que sobrellevar tantas horas de vuelo entreteniéndose con alguna película, escuchando música, charlando o intentando dormir. Se llevaron más de un susto debido a las repentinas turbulencias que les ponían el corazón en un puño. Llegaron agotadas. Aún les quedaba toda la noche debido al desfase horario. Recuperaron algo de sueño, pero al día siguiente continuaban con la sensación de cansancio.

          Las dos chapurreaban inglés, y lo que no, lo decían en español. Sabían que los lugareños lo entendían sin problema dada la tasa de población latina que residía en aquella urbe. 

          Al mediodía comenzaron a buscar un restaurante donde comer. Sabían lo temprano que almorzaban allí. Las dos estaban de acuerdo en buscar algún lugar latino.

 

—¡Mira! ¡El candil! ¡Se llama como el de nuestro barrio! —dijo Ana, con entusiasmo.

—¡Ja, ja, vamos a comer como en casa! —saltó la otra.

—Bueno, bueno. Eso habrá que verlo. No esperes gran cosa.

 

          Se sentaron en una mesa que daba al enorme ventanal que invitaba a ver el transcurrir de los transeúntes de aquella ciudad cosmopolita. De repente se encontraron como si estuvieran en una película. La típica escena del restaurante, en una gran mesa pegada al cristal.

 

—Hola, ¿qué desean tomar? —dijo una chica de tez oscura, en inglés.

—Somos españolas —respondió con desparpajo Lola, en español.

—¡Ah! ¡Qué bien! Y, ¿de dónde son?

—De Málaga.

—La conozco por fotos. Tengo amigas allí. Bien, ¿y qué van a tomar?

 

          Mientras esperaban la comida, Lola le comentó a su amiga si se había fijado en el tatuaje que llevaba la chica en el brazo.

 

—No, la verdad es que no —respondió Ana.

—¡Tío, es el mismo que el tuyo! —le espetó Lola, con entusiasmo.

—¿En serio?

—Tú, fíjate cuando venga —. Efectivamente. La muchacha llevaba un unicornio de colores igual al de Ana.

—Perdona, ¿sabes que llevamos el mismo tatuaje en el brazo? —dijo Ana a la chica, mostrándoselo.

—¡Ja, ja! ¡Qué bueno! Me lo hicieron en un estudio no lejos de aquí. Se llama "Horses Tatoo".

—¡Ay, Dios Mío! ¡Tiene el mismo nombre al que fui yo! —dijo Ana, sin poder creerlo.

—Disculpen, tengo que atender más mesas. Disfruten la comida.

—¿Has visto qué cosa? ¿Cómo es posible tanta casualidad? —dijo Ana a su amiga.

—Bueno, esos diseños circulan por internet. Vivimos en un mundo globalizado. Mucha gente lleva los mis tatuajes.

—Sí, pero el nombre del restaurante, el tatuaje, el nombre del negocio. ¡Es demasiado!

—¡Ja, ja! ¡Que no te entre la paranoia! Sí, muchas coincidencias, pero vamos a comer, que nos queda mucho que ver.

 

          Ana se quedó cavilando mientras comía, y a pesar de que Lola le hablaba, tan solo veía sus gestos y ademanes, sin escuchar nada de lo que decía.

 

—Entonces, ¿hacemos la ruta en bici ahora?

—¿Qué? ¿Bici? ¡Ah sí! Claro —respondió Ana, desorientada.

—Pero, ¿dónde tienes la cabeza?

—Que sí, que vamos al parque ahora. Pero antes me gustaría ir al sitio ese que ha dicho de los tatuajes.

—¿Para qué? ¿Qué esperas encontrar allí?

—Solo será un momento. La chica dijo que estaba cerca de aquí. Vamos de camino —. Ana levantó la mano, haciendo un gesto a la camarera para que se acercara.

—¿Van a tomar postre?

—No gracias. Cobremos, por favor.

—¿Ha sido todo de su agrado?

—Sí, muy rico. Mejor de lo que esperábamos.

—Me alegro. Son treinta dólares, por favor.

—Aquí tiene. Disculpe. ¿Podría decirme dónde se encuentra el negocio de tatuajes, donde se hizo el unicornio?

—Claro, sigan la calle y a unos cien metros giren a la izquierda en la avenida. Está situada en una de las bocacalles. Pero utilicen el GPS. ¡No tiene pérdida!

—Es verdad. ¡Qué tonta! ¡No lo había pensado!

—¡Que pasen un buen día!

—Gracias, igualmente.

 

          Ya, en la calle, Ana abrió el GPS y buscó el nombre.

 

—¿Ves? Aquí está Central Park. Nos pilla de camino.

—Cuando se te mete algo en la cabeza… —dijo Lola, con desesperación.

 

          Llegaron en diez minutos. Tardaron en localizar el negocio debido a la riada de gente que circulaba por la avenida. Cuando entraron, Ana echó un vistazo al local. No sabía qué hacían allí. Simplemente, algo en su interior le decía que debía visitarlo. Al ver sobre un estante un jarrón de cerámica de tonos azulados, con un gracioso rizo en el asa, tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.

 

—Pero, ¿qué te pasa? ¡Estás blanca como la leche! —dijo Lola, espantada.

—¡El jarrón! —respondió Ana, señalándolo con el dedo. Se sentó en la silla que tenía más a mano, para reponerse de la impresión.

—¿Qué le pasa al jarrón?

—Es idéntico al que tengo en el salón.

—¡Venga ya!

—Te lo juro. Es que no puede ser. Ese jarrón es una herencia familiar. Es único porque lo hizo mi abuelo con sus propias manos cuando era joven.

—Obviamente, no es el mismo. Simplemente, se parece —dijo Lola.

—¡Que no! Ese jarrón me encanta. Lo he visto tantas veces que conozco cada detalle. Es igual.

—¡Exacto! ¡Tú lo has dicho! Es igual, pero no el mismo.

 

          Cuando el muchacho terminó con el cliente al que atendía, se acercó para preguntar qué deseaban. El chico tenía tal pinta de yanqui que hasta un ciego lo hubiera notado. Les habló en su idioma, y Ana le respondió con su inglés propio de los indios americanos, para no desentonar del lugar. Le señaló el jarrón, y le preguntó de dónde lo había sacado. El otro le respondió que lo había comprado en una tienda de antigüedades. Le gustaban las cosas antiguas y aquel jarrón le había llamado la atención.

 

—¿Puedo cogerlo un momento? Es que tengo en mi casa uno muy parecido. A mí también me gusta mucho.

—¡Sí, claro! Se lo traigo —el chico lo cogió de la estantería y se lo entregó a Ana—. Con cuidado, por favor.

—Sí, sí. No se preocupe.

—¡Jo tía, vale ya! ¿Qué hacemos aquí? ¡Se nos va a hacer tarde!

—¡Solo es un momento! Ya nos vamos.

 

          Ana palpó la textura del jarrón. Conocía aquel objeto de memoria. Lo había tenido en sus manos en numerosas ocasiones. Su abuela le contó cómo se fabricaban y le enseñó a apreciarlo. Juraba y perjuraba que era el mismo. Y para terminar de convencerse de que era el suyo y no otro igual, metió ligeramente la mano por la abertura y topó con la llena de los dedos la protuberancia que había cerca del borde. Efectivamente, allí estaba. Era la señal inequívoca de que se trataba del mismo jarrón. Era imposible tanta coincidencia. Le devolvió el recipiente al muchacho y este lo colocó en su sitio.

 

—¿Has terminado ya? —dijo Lola, impaciente.

—¡No! Esto es de locos. ¡Ese es mi jarrón! Lo sé por el defecto que tiene en interior. No hay dos jarrones iguales. No es posible. Se elaboraban a mano. ¿Entiendes?

—Tienes mala cara. Esto te está afectando. Vámonos de aquí.

—Espera. Tengo que llegar al final de este asunto. ¿Todo esto es por algo? ¿No crees? Quizás esté soñando. ¡Pellízcame fuerte!

—Pero, ¿qué dices? —dijo Lola, sorprendida.

—¡Que lo hagas! ¡Ayyy! ¡Mira que eres bruta! ¡Me vas a hacer un moratón!

—¿Ves? No estás soñando.

—Muy graciosa. Voy a preguntarle dónde lo compró.

—¡No, por favor! ¡Que estamos de viaje! No eres un detective.

—¡Voy a llegar al final de esto y tú vienes conmigo! Perdone, ¿Podría decirme dónde está la tienda donde compró el jarrón?

 

          Pese a las protestas de Lola, allá que fueron. Lo planeado para lo que quedaba de día se había echado a perder. Ana quería zanjar el asunto y así poder disfrutar del viaje. De otra forma, estaría dándole vueltas todo el tiempo.

          Cómo en cualquier tienda de antigüedades, había tantas cosas allí dentro que daba la impresión de total desorden, aunque realmente estuviera todo muy bien organizado. Les atendió un muchacho. Ana le enseñó la foto que había hecho al jarrón en la tienda de tatuajes y le preguntó al dependiente de dónde lo habían sacado. El joven no tenía ni idea, así que entró en el despacho y al poco salió con una mujer mayor.


          Al ver a aquella señora, de la impresión, el móvil se le cayó de las manos, yendo a parar al mostrador.

 

—¡Abuela!

—¿Qué es lo que desea? —preguntó en inglés la mujer.

 

          Lola la cogió del brazo y le dijo al oído que se controlara. Aquella mujer no podía ser su abuela. Ana le replicó que conocía a su yaya perfectamente, era esa señora. Hasta hablaba de la misma forma, aunque fuera en inglés.

 

—¿No te das cuenta de que ella te trata como una extraña?

—¡Pero es ella! ¡Lo juro! ¿Abuela, no me reconoces? —había perdido los nervios, y las lágrimas se le asomaban por los ojos. La mujer no entendía qué sucedía y se interesó por la muchacha, preguntándole si se encontraba bien—. Disculpe. Usted se parece mucho a mi abuela. Me he emocionado.

 

          A continuación, cogió el móvil del mostrador, y buscó una foto de su abuela para mostrársela. Eran como dos gotas de agua. La señora se sorprendió del parecido, pero lo disimuló como pudo. Por dentro estaba aterrada de verse en esa foto. No se lo podía explicar. Finalmente, dijo que, ciertamente, tenía mucho parecido.

 

—Pero mi nieto me ha dicho que han preguntado por un jarrón —dijo la señora.

—Sí, este —dijo Ana, enseñando de nuevo la foto— ¿De dónde lo han sacado?

—Aquí viene mucha gente a traer cosas antiguas que no necesita. Miraré en el libro de registro, pero tardaré en encontrarlo. Si me deja su teléfono puedo avisarla cuando lo localice.

—Sí, por favor. Se lo agradezco.

 

          Finalmente, no se habían entretenido tanto en la tienda, así que aligeraron el paso para darse el paseo por el parque. Esa noche durmieron profundamente. Tenían aún el cansancio acumulado de la noche anterior.

          A la mañana siguiente, se dirigieron hacia donde partían los helicópteros para los turistas. De camino en el taxi, Ana recibió la llamada de la tienda de antigüedades. La señora le dio un nombre y una dirección.

 

—Iremos después del paseo en helicóptero, ¿vale? No pienses ahora en eso —le dijo Lola.

 

          Ver Manhattan desde lo alto era impresionante. Al pasar cerca de los rascacielos era cuando apreciaban realmente lo imponentes que eran: Empire State Building, Edificio Chrysler, One World Trade Center… Durante esos instantes, Ana se olvidó por completo de lo que le preocupaba. Se dejó llevar por aquellos momentos de pura adrenalina.

          Una vez en tierra, tomaron un taxi y se dirigieron a la dirección que le habían facilitado. El timbre de aquella vieja casa no funcionaba. Estaba todo muy descuidado, casi abandonado. Dudaban que allí pudiera vivir alguien. Cuando estaban a punto de desistir, la puerta se abrió. Apareció un hombre mayor, del todo desaliñado, pero que, sin embargo, Ana pudo reconocer. Era tal como su abuelo, pero en esa ocasión se controló, a pesar del sentimiento que le invadía. Le habló del jarrón que dejara en la tienda. El hombre las invitó a pasar. El ambiente era deprimente, el polvo lo inundaba todo. No parecía que aquella casa pudiera estar habitada.

          Tal como ocurriera con la señora de la tienda, aquel hombre tenía la misma forma de hablar que su abuelo, aunque lo hiciera en inglés. La cadencia, el tono… Hablaron sobre el jarrón. Él de joven se dedicaba a la artesanía. Recordó haber visto en la prensa algunas imágenes sobre Andalucía. Fue lo que le inspiró a moldear aquella figura. Con el pasar del tiempo y los problemas económicos tuvo que deshacerse de muchas cosas, entre ellas el jarrón. Al igual que hizo con su supuesta abuela, Ana le enseñó fotos de su abuelo en el móvil. El hombre se reconoció en aquellas imágenes, aunque sabía que se trataba de otra persona. Él, a su vez, le enseñó fotografías antiguas que tenía guardadas en una caja de lata. Mientras, le contaba cosas de su vida.

 

—¿Le importa si me quedo con esta? —dijo Ana. Era una foto donde aparecía al pie de la estatua de la libertad.

—Sí, claro. Yo no la necesito. Como si quiere llevarse más.

—No es necesario. Gracias.

 

          Se despidieron, y mientras se dirigían, en taxi, al siguiente punto de visita de la ciudad, comentó con su amiga todo lo que estaba sucediendo.

 

—¿Le encuentras alguna explicación a lo que está ocurriendo?

—No, la verdad. Ahora soy yo la que pienso que también puedo estar soñando. Quizás tengamos un sueño compartido. Ja, ja.

—¿Quieres que te pellizque para salir de dudas?

—No, gracias. Sé que me la tienes guardada —dijo divertida, Lola.

—En serio. Parece que hubiésemos viajado a través del espacio-tiempo. Como en las pelis de ciencia ficción.

—Sí, parece el mismo mundo, pero con distintos personajes. Y todas esas coincidencias… Es de locos.

—Bueno, vamos a disfrutar lo que nos queda de viaje. ¡¡¡Estamos en Nueva York!!!

—Sííí, ja, ja.

 

          Los días pasaron volando. Fue uno de los mejores viajes que habían realizado hasta entonces, y con misterio incluido.

____________________________

 

          Ana se encontraba en casa de su madre. Quería contarle todas las cosas que habían visto. También los acontecimientos que fueron llevándola poco a poco hasta sus “abuelos”. La madre no podía creer lo que le estaba contando. Tantas casualidades, una tras otra, y esas personas idénticas a sus padres.

 

—Mira, el señor que se parecía al abuelo me dejó quedarme con esta foto. ¿Ves? ¿A que es igualito? —. Hasta que la madre no vio la imagen, no terminó de darse cuenta de que lo que decía su hija era real—. ¿Qué te pasa?, ¿reconoces la imagen?

—Espera un momento —tras unos instantes, regresó con un lote de fotos antiguas apresadas con gomillas. Parecía buscar una en particular. Ana nunca había visto aquellas fotos y las observaba mientras la madre iba pasándolas —¡Aquí está!—.  Colocó la foto junto a la que había traído su hija.

—¿El abuelo estuvo en Nueva York?

—Sí.

—¡Son idénticas! —dijo pasmada, Ana.


 

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 08/15/2022.

 

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