Maria Teresa Aláez García

Otras sensaciones

Cuando escribo un texto, en contra de lo que puede parecer, no quiero moralizar ni inducir ni obligar a nadie a hacer lo que no desee hacer. Solamente intento transmitir: puntos de vista, sensaciones – de todo tipo, buenas y malas- y dar otra visión, la mía, que puede ser normal, tanto como la de cualquiera, o particular pero seguro que igual a la de mucha gente o al menos, la de un grupo de gente.

Es posible que ayude a alguien y es posible que a otra gente la pueda entorpecer.

Pero de igual modo mi comportamiento y mi modo de pensar puede parecer a otras personas absurdo, criticable, carente de juicio y moral, y me ofrecerán el suyo que yo podré coger en su totalidad o sólo en alguna parte porque a mi no me parecerá bien.

Siempre bajo el respeto. Porque así va el mundo.

Y ahora se trata de transmitir sensaciones.

Quizás una de mis manías u obsesiones sea magnificar y admirar a las cosas y a las personas. De lo que estoy segura, poniéndome yo en un apartado de yo misma, es que cuando algo a mí me parece magnifico, no vale su peso en oro y cuando me parece deleznable o miserable, vale muchísimo. Igual no pero suele ser la norma.

Algo que me llama la atención y me gusta enormemente es el poder ver en persona, escuchar, entender, algo que he leído en los libros o he visto en fotografías. Normalmente también me he dado el batacazo o susto al ver que no era como me lo había imaginado – en medidas, de grande o de pequeño – pero las cosas o las personas tienen al final algo que no me defrauda.

Y esto me ha ocurrido en varias ocasiones:

Al mirar un edificio o un objeto o al conocer a una persona.

Hablaré del primer punto: conocer un lugar, un edificio o un objeto. Las personas somos como somos y no espero nada.

De los edificios o lugares, se nos presentan en las fotos o en los textos con una historia con unas medidas. Por ejemplo: la catedral de Santiago, yo la veía tan enorme como la de Sevilla. En las fotos. Claro, nadie me hablaba de lo que podía medir la gente a la cual se toma como referencia en una foto.

En cambio los libros de miniaturas, yo creía que eran pequeños y no son tan pequeños, algunos, como los vemos en las fotos.

El hecho de poder ver algún objeto, edificio, lugar, que ha permanecido casi o completamente inalterable a lo largo de milenios, es lo que me causa más impresión, respeto y admiración. Hay en Cartagena unas rocas, unos sillares, cartagineses y tenía la costumbre, cuando pasaba por delante, de tocarlos. Era como tener la sensación de poder llegar hasta esa gente que colocó allí las piedras para construir la muralla y participar de unas sensaciones de hacía muchos siglos.

Igual que participar en desfiles o procesiones que también tienen una larga tradición, o como interpretar piezas musicales o ver una obra de teatro, óperas, etc.. antiguas. Nos remontamos a muchos siglos atrás y el poder rememorar esa tradición, ese hecho, a mi me provoca entusiasmo, miedo,  alegría, emoción. Participar en la conservación de esa tradición y el permitirme hacerlo cuando ni siquiera hablo la misma lengua o pertenezco al mismo país, es un compromiso muy serio para mí.

Cuando ví en Girona el Tapiz de la Creación, en el museo de la Catedral, no podía apartar los ojos de él. Esas pequeñas manos que tejieron ese tapiz para cubrir los muros y poder soportar los fríos, me daba la impresión de traer el medievo ante mis ojos. Sensación parecida tuve al ver “La moreneta” o cuando entré en La Sagrada Familia, acudí al parque Güell o fui a “La Pedrera”. Ya no hablo del día que me hice socio de la Biblioteca Nacional.

Ahora voy a ver, si puede ser posible, el pabellón de Mies. Cuando lo vi en las fotos, me llenó y el hecho de poder estudiarlo, me causó admiración. Estuve a pocos metros de él y alguien me dijo que era la casa del jardinero. Como no llevo las gafas y no veo bien,  no rebatí el argumento hasta que llegué a mi casa y lo vi de nuevo en las fotos.

Hay otros sitios que me gustaría visitar pero ya están, por ahora, lejos de mi alcance. Stonehenge, el Machu Pichu, Praga, la pirámide de Bofill en La Perthus – que es mi próximo objetivo, tras el pabellón de Mies -. He visto otros muchos lugares que me han encantado: zonas antiguas, las murallas de Barcelona, he dormido en castillos como el de las Navas del Marqués en Avila. Quizás el hecho de no poder ir sola a experimentar no me ha permitido el gozar de un hermanamiento o de una integración con el lugar y cuando voy sola y soy yo misma, entonces puedo mirar, repasar, tocar el lugar, ver puntos de enfoque, localizar claroscuros, tantear materiales, leer, medir, en fin. Es otro punto de vista acerca de una capacidad del ser humano, de dejar cosas perdurables y bellas tras de sí que muchas veces vienen rememorando desgracias y otras, eventos de paz y concordia.

Y sobre todo… poder vivir o compartir parte de la historia.

 

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Published on e-Stories.org on 04/10/2009.

 

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