Ciara Martinez Venezolano

Aspirando a más

 

Las dos y cuarenta y siete. Recorro a buen ritmo la calle paralela al Instituto Gutiérrez Mellado. Una calle estrecha, bastante sucia y apenas transitada que se extiende a lo largo del muro de ennegrecidos ladrillos que conforma el edificio. Llevo la bandolera demasiado baja, y no para de golpearme la pierna derecha. Trato de ajustármela sin que se me caiga la carpeta, pero ahora mismo parece misión imposible. Desisto con un suspiro de resignación y doblo la esquina, enfilando la perpendicular. Las dos y cuarenta y nueve. Inconscientemente acelero un poco el paso en dirección al primer cruce que comunica con la acera de enfrente. Fantástico. Sigue rojo y no tengo mucho tiempo para esperar que digamos. Decido pasar de largo hacia el siguiente, que se encuentra a unos veinte metros. Rojo también. Parece que el mundo se ha confabulado para hacerme llegar tarde a clase. Avanzo hasta colocarme entre una chica de veintitantos que lleva una carpeta idéntica a la mía y un señor calvo y bajito con un rottweiler. Las dos y cincuenta y dos. Miro impaciente los coches que no paran de pasar, rezando a Dios para que el semáforo no se haga de rogar. Afortunadamente, el monigote rojo de la pantalla parpadea dando paso al de color verde. Lo atravieso con unas  cuantas zancadas, y bajo por la siguiente vía. Ladeo de vez en cuando la cabeza para mirarme en las lunas de los escaparates. Vaqueros descoloridos con algunas rajas abiertas a propósito, de esos que tanto se llevan ahora, con una camisa blanca de manga corta hasta mitad de muslo y una sudadera Rams en color fucsia. Con converse negras. He elegido bien hoy, aunque la capucha me deforma el final del pelo. Las dos y cincuenta y cinco. Un hombre con una cartera beige me sobrepasa en la dirección contraria, no sin antes lanzarme una mirada de soslayo. Sonrío cuando ya no puede verme. Qué superficial… pero me encanta. La calle finaliza en otra cruzada. Me detengo justo en el comienzo, mirando a ambos lados y evaluando la trayectoria más corta hasta la universidad. Justo a la derecha, al final, se ven los árboles que adornan la Gran Vía. Pero está demasiado lejos, y de frente continúa otra avenida parecida a la que acabo de dejar. No se como se llama ni dónde desemboca. De todos modos, siempre puedo tirar hacia la derecha cuando me pierda. Las dos y cincuenta y seis. A mitad de camino, diviso un soldado vestido con el uniforme reglamentario. Noto que él también se ha percatado de mi presencia. Conforme nos vamos acercando, me doy cuenta de que tiene los ojos marrones. Seguro que él se está preguntando de qué color son los míos. Me cambio la carpeta de mano y aparto sutilmente el pelo de mi cara, para ponérselo fácil. ¿Por qué llevará el uniforme? Tiene unos veinte años. ¿Vendrá de alguna misión? ¿A quién irá a visitar con tanta prisa? Nos vamos aproximando. ¿Se imaginará que yo voy a la universidad? Sí, me está mirando. Seguro que se imagina que voy a la universidad. Él no parece ir a ninguna. Igual sus padres no pueden permitírselo. No puedo evitar preguntarme si piensa que soy una niña pija porque voy a la universidad, y se me forma de nuevo esa sonrisa tonta de superioridad. Me estoy acordando de un chico con el que jugaba de pequeña en el pueblo. No se parece al soldadito, porque definitivamente lo que menos le encajaba era el calificativo de “guapo”. Tenía los ojos demasiado pequeños, la nariz angulosa en exceso y la cara en forma de huevo. Además me sacaba varias cabezas y estaba como un palillo. Eso no parecía importarme al principio, porque para jugar no es necesario que seas atractivo. Tampoco comprendía sus intenciones. Siempre le gustaba lo mismo que a mí, sacábamos las mismas notas y no pasaba ni un solo día sin que viniera a buscarme a casa al punto de la tarde. Por aquel entonces lo achacaba a que no era un niño muy original, hasta que oí a mi padre mencionar aquella frasecita de marras…

 “— Ni él puede aspirar a más, ni ella puede aspirar a menos…”

Mi abuela me prohibió volver a jugar con él. No la contradije, y no puedo afirmar que ahora, más mayor y madura, me arrepienta de ello. El único motivo por el cual existía tanta oposición a aquella amistad de críos era el escudo nobiliario que presidía la fachada del enorme caserón de los abuelos. El hecho de que mi familia había tenido mucho dinero, y la suya se había muerto de hambre durante la Guerra Civil española. ¿Se habría muerto de hambre la familia de este soldadito en la Guerra Civil? Las dos y cincuenta y siete. Estamos casi frente a frente, y no desvía la mirada siquiera. Ni tú puedes aspirar a más, ni yo puedo aspirar a menos. Aquel chico, creo que se llamaba Javier, tenía una sonrisa muy peculiar. Con una pala, la izquierda, más oscura que la otra. El soldadito no se aparta de mi camino. Es más, se me acerca, y despega los labios. Ralentizamos el paso a la vez. Qué, ¿vas a aspirar a más?

—     Hola— dice con una voz grave y bien definida.

Me río para mis adentros. Qué predecible. Le encanto. ¿Me vas a pedir que salga contigo, como hizo Javier? Tuve que informarle de que no tenía ningún interés en él. Fui tonta y frívola, pero que felicidad me dio ver su gesto al comentarle que quién realmente me interesaba era el hijo de don Ernesto, un letrado conocido de mis padres. Porque era guapo, y “podía aspirar a más” Después de eso, no volví a saber de él.

—     Acabo de volver de un viaje y voy a ver a mi novia, pero me temo que me he perdido— Me da más explicaciones de las debidas, y sonríe con nerviosismo preguntándome una dirección postal.

Apenas puedo contestar debido a la sorpresa. La mirada del soldadito me urge, y me empuja a reaccionar. Tartamudeo las indicaciones que me ha pedido, y se marcha con un jovial “hasta pronto”. Lo sigo con la mirada. Javier y yo solíamos jugar al “Soldadito de plomo” en el parque. Siempre me hacía gracia ese cuento, porque él se creía que yo estaba a su alcance y que solo tenía una pierna. La tierna ingenuidad infantil, que no ve que mi pierna está tan alta que la pierde de vista. El soldadito de plomo también “aspiró a más” con la bailarina.

El mundo es demasiado pequeño, y la vida da muchas vueltas. Ya no me pregunto si piensas que voy a la universidad, o si notas que tengo dinero. Claro que lo sabes, o solías saberlo. Pero no me has reconocido. Probablemente le de vergüenza. Reconstruyo mi ego con esa patética excusa y sigo andando. Las tres. Vaya, ahora sí que llego tarde, y dejo de pensar en la sonrisa particular del soldadito, con una pala de cada color.

 

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Published on e-Stories.org on 11/06/2009.

 

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