Luis Usquiano Moreno

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I
Después de acabar sus estudios de periodismo, a Silvio y Santiagio se los llevaron desde Lima hacia uno de los pueblos más pobres del norte peruano. Trabajaban para uno de esos periódicos que a penas se leen, los que no muestran con tinta las últimas ocurrencias de una ex vedette ni las grescas entre unas veinteañeras por alcanzar un rincón en la farándula nacional. A este par de zonzos1 les asignaron el cargo de investigar a una caterva de viejos locos, pues se había corrido el rumor que maquinando bajo oculto conciliábulo, los señores se las habían ingeniado para eliminar, para lo poco que había, rastro probo en las autoridades de la región. El lucro debería llegar fácil si se concentra el poder y si sumado a esto le agregas el abandono de un gobierno centralizado.
Jaime Delgado, un gordinflón con el rostro más que rosado y ya entrado en años, había tomado la alcaldía del pueblo hace más de ocho años, y dando vueltas a través de su despacho, se quejaba en letanías y con aire soberbio de la situación del lugar; que esta podría mejorar si no fuese por el olvido del gobierno peruano, pues intenciones para un cambio nunca faltaron. Todo esto se lo contaba a su mano derecha, su comisario2 Rómulo Pérez, un mestizo que escuchaba su sermón diario sentado en el escritorio del mandatario ya con irresponsable indiferencia. Pero eso fue mucho antes del hallazgo. Los mineros –informales- no podían con tanta jarana ni andar con paso firme de tanta embriaguez luego de encontrar, en los cerros aledaños a la región, nuevos yacimientos de cobre. Al gordo se le borro toda indignidad y lleno de felicidad les dió libertad para obrar e hincharse conjuntamente los bolsillos.
Muchos de los campesinos vieron en la extracción del mineral una buena vía para conseguir algo más del poco dinero que se ganaban para el pobre alimento. Pero las condiciones en las que lo hacían, paupérrimas y jornadas largas, y junto a la corrupción habían levantado el odio entre los pueblerinos. Ya muchos se les daba por protestar sin encontrar amparo en la gobernación. Para esto habían llegado los compañeros periodistas, su aventura, aunque muy arriesgada, era denunciar los movimientos de aquellos viejos.
Silvio, un muchacho de 23 años, había encontrado una pequeña casa como posada, muy próxima a la pensión de su compañero. La casa de una sola planta con suelos exentos de baldosas o cualquier tipo de pavimento, o sea pura tierra, contaba con paredes pequeñas de cemento de una altura no más de metro noventa, que a su vez no estaban enlucidas y no tenían señales de que fuesen a ser pintadas algún día. Se encontraba recostado en su cama, y una canción cantada por una loca de fuera le llegaba por las ventanas, que generosas dejaban colar el más mínimo ruido al interior.
 
“Ojos azules no llores, no llores ni te enamores
Llorarás cuando me vaya, cuando remedio no haya
Tú me juraste quererme, quererme toda la vida
No han pasado dos, tres días, tú te alejas y me dejas”
 
La mujer le trajo el recuerdo de un amorío que tuvo no hace mucho, en la facultad. Sintió una opresión en el pecho pero de súbito oyó otro ruido, el de la puerta. Era Santiago, que había llegado para desayunar. Desde temprano tendrían que planear cómo harían el trabajo.

Lo mejor es que uno de los dos vaya a trabajar a las mismas minas y estudie la situación. Otro podría extraer información de la misma gente de por ahí- Sugería Santiago, mientras el otro con la mirada fija en la ventana daba sorbos de avena en una taza caliente.
La única situación será acabar muertos si se enteran que los estamos investigando, lo idóneo es trabajar a distancia prudente.

La casa daba espaldas a un pequeño terreno baldío que era usado por los niños del lugar como un campo recreativo donde se reunían todas las tardes después de clase para jugar. Así siempre ha sido desde que yo recuerdo. A un árbol cercano, la misma loca del canto; espalda pegada al tronco y acurrucada, empezó a entonar la misma canción en alaridos. De un saco sucio sacó una enorme cruz de madera y la tiró al suelo. Algún comerciante ambulante de pura pena le había regalado cromos de fútbol y ésta se entretenía divagando con las pequeñas figuras.  No hay cosa peor que llamar loca a una loca; entran en desesperación. Y al llegar unos muchachos así lo hicieron. Disfrutaban mofándose de la pobre. Las ventanas cerradas, pero como dijimos antes siempre generosas con los ruidos, hacían llegar el pleito a oídos de los periodistas. Silvio se acercó a la ventana y observaba la situación. Rómulo Pérez, el pequeño comisario, sonriendo desde determinada distancia, examinaba los movimientos de la mujer. Al ver acercarse a Silvio que había salido de casa para mediar por la pobre, Rómulo se puso en acción. Cuando algún miembro de la familia llega a estado de esquizofrenia, por regla general, es abandonado a su suerte. La loquita nisiquiera era de allí, deambulaba de sitio en sitio, metiéndose entre las pequeñas bodegas3 de los pueblos en búsqueda de alimento. De no entregar lo solicitado se corría el riesgo de acabar con las vitrinas rotas o ve tú a saber lo que puede llegar hacer alguien rabioso y para colmo enajenado. Y para lo pobre que era uno, salía más rentable regalarle un paquete de galletas o una taza de café caliente que lidiar con las contingencias.


Mocosos, a estas horas deberían estar en la escuela- Gritaba el señor comisario y señalando a uno de los zagales con dedo amenazador y decía:
¡Cómo se entere tu padre! Yo lo conozco; el pobre se mata el lomo en las minas hasta bien entrada la noche para que tengas algo en la boca y así tú se lo pagas ¿Ah?. Acabarás como él si sigues así. ¡Qué mierda, ahorita te llevo con tu madre.
Viejo huevón4, no te das cuenta que aquí de poco sirve estudiar- y diciendo esto, el intrépido adolescente echó una carrera, que dejando en un principio desconcertados a sus compañeros, acabaron por unírsele.
A mí me preocupa más el estado de esta señora ¿No tiene quién la cuide?- Dijo Silvio al acercarse al lugar.
¿Ah? Tú no eres de por aquí ¿Verdad? Esta gente es un enigma, nadie sabe de dónde salieron. De como éstas nos suelen visitar de vez en cuando como tres. No hacen más que joder.

Rómulo quedó expectante ante lo que tenía en frente. Le echó una mirada de abajo hacia arriba, siempre con una sonrisa socarrona. Su indumentaria y su acento habían delatado a Silvio como limeño.


 Pareces buena gente, si tanto la quieres ayudar hay otro pueblo cercano a este. Cuando hay problemas la gente suele ser solidaria. Es posible que encuentres a personas dadivosas en auxilios; que le den cobijo, o no sé que mierda más. Allí están los ronderos5, para algo han de servir.
No, señor. Eso ya es demasiado trabajo para mí. Yo no he venido para eso.
Eso es muy cierto, aunque lo haremos de todos modos. Quién sabe Silvio, es posible que allí encontremos algo para nuestro provecho. Ya sabes- Dijo Santiago, que había salido tras Silvio sin que este se percatase de ello.
Carajo, ¿Y cómo pretendes que traslademos a una puta loca? No pues, no peques de huevón.
No seas insolente. Esperas a que se duerma y pa’ dentro del carro6.
Y ¿para qué carajo querría ese gente una loca en sus tierras?
Pucha6, no seas tarado. Solo hazme caso y ya.

 

II

Yo solo conseguía balbucear torpes palabras y de nada me servía suplicar. ¡Necios hasta el hartazgo! Y esto era previsto:  un semblante rojísimo, hinchado, que apretando dientes me arrebató el sol con el madero que tenía en manos. Un golpe en la cara para arquearme la espalda  y otro el en dorsal para enderzarla.  De repente, otro, que vadeando al gentío que me rodeba en corro, se apresuró a encender el fogón cercano a mis pies. Frente a mí toda una comuna a la expectativa de lo venidero. Así se imparte justicia en las regiones andinas más pobres y aisladas del Perú. Simplemente, la gente se cansó de esperar la custodia policial. Eso y no ver consumado las veintemil promesas de las autoridades. Hoy aquí impera la ley del campesino, la justicia del rondero, la de los abandonados. Someten a los criminales a castigos desoborditados en comparación a los delitos realizados. Una voz se dejó oir.

¡Violador, antes de quemarlo hay que lincharlo entre todos!

 
Abandonado por quién consideré en un tiempo amigo mío. No le culpo, habría hecho lo mismo de estar en juego mi cuello. Me acusaron de estupro, de violar a una mujer demente, pero bien sabe Dios que no es así. Y ahora es cuando mi mente me revela lo que el infame maquinó. El comisario atando cabos había advertido mis intenciones. No ha de ser la primera vez que un necio como yo pretendía desbaratar los planes de quienes ostentan el poder con malicia, pues confabulado con alguno de los ronderos, comunas de civiles que luchan por la justicia a falta de autoridad o más que todo por falta de capacidad, orquestaron eliminarnos del camino.

Raptó a mi sobrina, una pobre muchacha que padece esquizofrenia. Mis hermanos desconsolados, no podían con la pérdida. Señores, hemos gastado lo poco que teníamos para encontrarla, y al dar con ella vimos el ultraje. Uno escapó pero capturamos a este miserable. Aprovechándose de su incapacidad pretendían violarla. Yo digo señores, que personas así de enfermas no merecen estar con nosotros- Decía Rómulo Pérez, el comisario, vestido de civil.

 


Eso no es verdad, éste tipo me dijo que la joven podría encontrar ayuda aquí. Ni siquiera me dijo que era parte de su familia. Está mintiendo.

 
Pero llegaron los palos cuando uno de los ronderos jefes dio la orden. Apalearon al pobre de Silvio, gastando fuerzas incluso cuando éste ya no respiraba. Quemaron su cadáver y Rómulo, con sonrisa siempre en boca, se fue del lugar de regreso con el alcalde.
Se acariciaba el bigote, los ojos le brillaban, sonreía a la vera de un río pensando en el dinero que obtendría por salvarle una vez más el gordo pellejo del alcalde. Se lo merecía, había hecho méritos suficientes para ello. Ya era todo un experimentado, pues sumaban ya cuatro a quienes aniquilaba por las mismas razones que al tonto de Silvio. Ya la noche caía y se oían los ladridos de un perro, y dando reiteradas patadas a una lata que estaba en medio del camino, le sorprendió una enorme figura que había caído a sus espaldas. Luego sintió un dolor agudo en el cuello, no le dio tiempo a percarte de la situación. Alguien le había clavado un enorme cuchillo al cuello y lo seguía haciendo. Sacaba y metía el cuchillo. Ya ni los gritos de dolor se escuchaban. Santiago entre lágrimas profería contínuos insultos contra el comisario mientras se empaba de sangre toda la ropa.
 
 
 
 
 
 
VOCABULARIO
 
(1) Zonzo: adj. amer. Tonto, simple.
(2) Comisario: En Perú, la Comisaría es la célula básica orgánica de la Policía Nacional. El comisario es el oficial de policía de más alto grado, elegido por el alcalde del distrito para ocupar el cargo. El comisario está bajo las ordenes del Gerente de seguridad, quien es elegido juntamente con el alcalde.
(3) Bodega: amer. Abacería, tienda de comestibles.
(4) Huevón: amer. vulg. Tonto, pesado.
(5) Ronda campesina: es el nombre que la población dio al tipo de organización comunal de defensa surgido de manera autónoma en las zonas rurales del Perú a mediados de los años 70 en la zona norte del Perú (departamentos de Cajamarca y Piura). Posteriormente, durante los años 80 este tipo de organizaciones se extendieron en todo el territorio peruano, principalmente para participar en la lucha antiterrorista que se libró en ese país.
(6) Carro: amer. Automóvil
(7) Pucha: Proviene viene de la palabra chucha: Coño.
 
 
 
 
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 04/02/2014.

 

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