Julián Peláez

La ciudad en donde todo es posible.

Era una ciudad en dónde solo vivía gente joven, digo era, porque por razones del cruel destino esta urbe ya no existe. Era un núcleo urbano que no se encontraba en ningún continente ni dentro de ningún país, o al menos, no de los conocidos ya que al fin y al cabo en algún lugar debería de haber estado.  ¿Por qué se destruyó esta ciudad?,  ¿Por qué las evidencias de esta localidad se reducen a un ínfimo y pequeñísimo manuscrito? Es algo que no se sabe y posiblemente nunca se llegue a estar al tanto de esto, pero si esta metrópoli existiera hoy en día y se llegara a conocer su paradero, no me extrañaría en lo más mínimo que los adolescentes empezaran a desaparecer de un día para otro sin dejar rasgo alguno…
Juan Martínez, el nombre del muchacho que quizás ya no lo es, él joven que quiso inmortalizar esta ciudad para que, aunque el envejeciera quedara el recuerdo de dicho lugar para toda su vida.  Son de su mano que nos llega la descripción de esta urbe en la cual, según él, todo ser humano ha estado alguna vez en su vida y sin embargo ninguno se puede quedar. No por qué este prohibido quedarse, sino porque todos los que llegan a esta localidad van saliendo voluntariamente poco a poco…
“Este es mi único y desesperado intento de no abandonar esta ciudad…”  Escribe Juan, sabiendo que escribir acerca de aquel sitio es estrictamente prohibido. “Es quizás, el secreto más grande que desconoce el universo…” Se puede leer al principio de lo poco que queda de los textos de este muchacho.
“Es un lugar donde todo es posible, los límites prácticamente no existen y se puede llegar tan lejos como la voluntad lo desee. Aquí no existen reglas, porque la libertad es la única. Y cuando me refiero a reglas no me refiero a las que están escritas en papel, esas si hay, las que no existen son las que no están escritas en ningún lado y sin embargo todos las siguen. Pero no aquí, aquí nosotros no nos encargamos de ponernos límites sino posibilidades.
Hace poco tiempo empecé a  pensar en estas normas invisibles y fue en ese momento en el que supe que mi tiempo aquí estaba contado… Dos, tres semanas como máximo, no creo que pase mucho hasta que me echen de aquí… O hasta que salga voluntariamente.
 
…Por dónde mires hay gente joven, alegre y llena de vitalidad. En los comedores compartiendo anécdotas que merecen ser contadas. En las calles haciendo cuartetos de cuerdas, tríos de tambores, dúos de marimbas y hasta quintetos de música sin instrumentos. En los parques, leyendo historias escritas por ellos mismos. Bajo los árboles, dando y recibiendo abrazos, besos  y caricias. En la plaza, compartiendo ideas e inquietudes. Y en los bares también, esos no se nos pueden olvidar, aquí es el lugar en dónde se llega con una compañía y se termina con otra, es el lugar para los que aún o ya no puedan tocar música, escribir cuentos, dar besos, abrazos o caricias, compartir ideas ni inquietudes, en fin, es el lugar para aquellos que acaban de llegar y para los que ya están por irse de esta ciudad.
Acá no tenemos cuatro estaciones, ni dos, ni tampoco ocho. Un día puede ser tranquilo, con nieve y una calma afuera que no pareciera una ciudad de jóvenes, y al día siguiente puede ser una tormenta de lluvia en medio del calor más sofocante que pueda existir. Un día, o dos y hasta un máximo de tres días seguidos pueden ser soleados y se siente un aire puro, fresco, que te llena de energía, vitalidad y amor por la vida. Y al día siguiente puede ser una tarde fría y lluviosa de otoño, una de esas tardes que parecen que nunca van a acabar. Y aun así, después de haber vivido siete años aquí, aún no logro descifrar si la nieve, la lluvia, el calor o el frio terminan influenciando la personalidad de los jóvenes que vivimos aquí o si es más bien al contrario, ¿Será nuestra actitud la cual afecta el estado del tiempo?  Sea como sea, para mí solo existe una cosa clara; que esta es una ciudad misteriosa en la cuál a veces no sabemos muy bien lo que estamos haciendo, solo sabemos que lo tenemos que hacer , sea como sea, y que en esta misión nada ni nadie nos podrá detener.
Yo llegué a este lugar a los 16 años, sin embargo antes de eso había estado viniendo de visita de vez en cuando y no fue hasta que unos amigos míos se mudaron que yo me decidí también a hacerlo. Llegué de 16 años, teniendo varios de mis amigos de solo 15, pero bueno, de vez en cuando en esta ciudad se ven chicos de hasta 14 y 13 años y he conocido también jóvenes que no se mudaron a esta urbe hasta que tenían 17 años. Varía aún más la edad a la cual las personas dejan esta localidad. Hay personas que se quedan más de 10 años y no se les ve dejar hasta los 30 o 31 años, mientras hay otros que en menos de 3 años abandonan este lugar.
Yo cumplí 27 años el domingo pasado, y justamente ese día me di cuenta que mis días ya estaban contados. Aunque de hecho, yo ya lo venía presintiendo. Cuando empecé a pasar más tiempo en el bar y cuando comencé a preocuparme por lo que hacían y pensaban las otras personas, en especial cuando era algo que se relacionaba conmigo. O… ¿No fue de hecho esa la razón por la que empecé y sigo yendo tanto a los bares? Ya que cuando entro a una taberna y me tomo 3 cervecitas el ambiente me rodea y esos pensamientos incómodos empiezan a desaparecer y poco a poco me siento dos, tres años menor  y creo entonces que viviré en esta ciudad por siempre.  Pero aun así cae la noche y el sol ardiente del próximo día acompañado de la garganta más seca que el desierto me recuerdan la dura realidad: mi tiempo en esta ciudad se va acabando.
Yo tenía un amigo, un muy buen amigo llamado Roberto. Él era mi inseparable compañero de cuartetos musicales, mi mejor y peor crítico de las historias que escribíamos bajo los árboles. Era más que mi amigo, era mi mentor, fue él quien me enseñó a ser parte de esta magnífica ciudad. Digo que era, ya que él ya abandonó esta urbe. Aunque de hecho tampoco estuvo demasiado tiempo. Tres o cuatro años como máximo le calcularía. Ya hace mucho que se fue, pero fue gracias a él que yo logré comprender esta ciudad.
Me lo encontré saliendo de un bar cuando yo era más joven, en esa época que acababa de llegar y solía frecuentar los mejores establecimientos de la ciudad. Ahora ya no, ahora en los nuevos locales sólo se ve gente muy joven y los que tenemos más de 25 años no somos bien recibidos. Pero bueno, tienen razón. ¿Acaso no acaban de llegar a esta metrópoli y por ende no pueden parar de tener grandes planes y expectativas de los que les espera? Quizás una nueva pareja por crear, un nuevo talento por descubrir, un nuevo círculo de amigos al cuál entrar o una nueva habilidad  por aprender. Las posibilidades para ellos son infinitas, mientras que para nosotros, los “viejos” de la ciudad que ya no tenemos más metas ni curiosidades. Somos los aburridos, los que llegamos a tratar de dar consejos, los que ya vivimos en esta ciudad y solo buscamos advertir a la gente nueva acerca de la vida aquí.
Me sucede a mí y a los amigos que llegaron a la ciudad al mismo tiempo. Antes solíamos reunirnos en las recién inauguradas tabernas y ahora solo nos reunimos en los así llamados “huecos”, que son los que llevan más de 5 años de abiertos. Lo cual aquí es mucho tiempo para un bar. Pensándolo bien,  más de 5 años es mucho para cualquier local, restaurante, tienda, etc. No existe ninguno que haya durado más de 10 años y la mayoría están siempre en constante cambio. Esto sucede por que quienes se van de la ciudad cierran el comercio en dónde algún “recién llegado” abrirá un nuevo negocio totalmente diferente al anterior, y si por casualidad, el artículo que vendía la tienda anterior no es substituido por uno totalmente diferente este mismo sufre una metamorfosis interesante, y así, si antes se vendían camisetas y pantalones casuales ahora se venderán camisetas impermeables y pantalones que no necesitan ropa interior. Dándole así un giro total a la tienda y creando un nuevo concepto.
Pero bueno, contaré un poco más acerca de Roberto. La primera vez que lo vi tuve la instantánea reacción de ignorarlo, de alejarme de él. No porque fuera una persona que se viera extraña ni peligrosa, sino porque era raro ver a alguien mayor de 20 años en “El Pueblo”, un bar que solo es frecuentado por los “nuevos”. Y ya que en esta ciudad no es difícil diferenciar a un recién llegado con alguien que ya lleva unos dos o tres años viviendo aquí, Roberto resaltaba.
En ese entonces Roberto tenía 23 años, una edad en la que normalmente la gente ya no va a los bares y por esta razón me causó interés. Por eso, cuando la noche se estaba terminando  y empezaba la oscura mañana me levanté y tome dirección hacía la mesa vacía en la que él se encontraba, totalmente sobrio y con una cerveza llena en la mesa. Le pregunté qué hacía, ya que a simple vista no lo pude descifrar, y su respuesta fue tan, pero tan alterante que en ese instante decidí que, si o si, este extraño personaje que se hallaba en la mesa más pequeña y vacía de “El pueblo” tenía mucho que enseñarme y por mi bien debía de crear una amistad con él.
-Fíjate amigo- me dijo –Acabas de llegar a una ciudad maravillosa, esto posiblemente ya lo sabes y si aún no lo sabes, seguro que lo descubrirás pronto. Mientras permanezcas en  esta ciudad vas a desarrollar una capacidad de poder ser quién tu realmente eres, con todas sus habilidades y defectos vas a ser tú, el real tú, y sin embargo a veces no va a ser sencillo, y por más que esta ciudad te lo facilite, vas a tener que esforzarte para lograrlo. Y es justamente esta la razón por la que ahora vos y tus amigos vienen al bar y toman, ya que esto les ayuda a superar dicha barrera. Y sin embargo, en el momento en el que la superes te vas a dar cuenta que te quedarás solo… Y por eso vengo yo aquí a este bar, vengo a ver como todos, poco a poco, nos vamos quedando solos-.
- Fin-

 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Julián Peláez.
Published on e-Stories.org on 04/23/2014.

 

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