Héctor de Souza

El plumaje de los pájaros


Con tu desaparición
es tal mi estupefacción,
mi pasmo, que a veces creo
que ha sido un escamoteo,
una burla, una ilusión;

que tal vez sueño despierto,
que muy pronto te veré,
y que me dirás: "¡No es cierto,
vida mía, no me he muerto;
ya no llores..., bésame!"

Amado Nervo


 

El rancho de la pareja quedaba a unas tres cuadras de distancia de la estación del ferrocarril. Al frente de una arboleda enmarañada, se erguía: cuatro palos de coronilla enterrados en las esquinas, con riendas paralelas de alambre que atravesaban horizontalmente los muros, hasta la solera. Los muros de terrón, revocados con barro sobado –mezcla de tierra con paja y estiércol–, estaban blanqueados con cal, mediante un tratamiento que Saulo repetía para conservarlos en perfecto estado. El techo, a dos aguas, tenía estructura de madera y cubierta de paja. Adentro, una gran pieza servía de comedor y cuarto de estar y otra, más pequeña, de dormitorio. Detrás, una enramada y el verde del parral daban sombra y abrigo.
 
Los jóvenes no tenían abundancia de momentos de ocio. La Bizquita solía decir que una mente desocupada es el taller de Satanás. Ella, cuando no trabajaba en la boletería de la estación del ferrocarril, lidiaba con los quehaceres domésticos. Saulo, por su parte, también era empleado de la ferroviaria, en donde desempeñaba tareas como peón en la cuadrilla de operarios encargados de limpiar y arreglar las vías.
 
Sin embargo, cuando llegaban las épocas más templadas del año, era al amparo de la enramada que se adelantaba sobre la puerta trasera del rancho, bajo aquel sombrajo sin otro mérito que dar protección imperfecta de la intemperie, que Saulo y La Bizquita encontraban sosiego. Preferían el disgusto de espantar mosquitos al calor condensado en las habitaciones, y pasaban en esa chapuza las horas que podían, ofreciéndolas como si fueran sacrificios a unos dioses terrenales e indulgentes.
 
La penuria de la vida en común no había trastornado la unión que el amor debió haber hecho feliz. Llevaban poco tiempo de relación, una dicha concisa, y aún no era necesario resignarse a recordar la vehemencia de unas pasadas noches, cualquiera de esas noches de instintos invencibles, de apretones furiosos, cuando el amor parece invulnerable y persistente.
 
Uno de esos días en los que el viento, con un aire caliente y molesto, corre hasta sacudir el follaje de los árboles, parecía ser el día más alegre del año. Era el primer día de verdadera primavera, e imponía su esplendor; aun dentro de Pirajusar, pueblo sombrío y sin plaza. Ya se advertía que las personas, debajo de las ropas, llevaban un cuerpo vivo de verdad y un corazón también vivo, que impulsaba la sangre, ahora bullente, aquietada por tantos meses de invierno.  
 
Los jóvenes se hallaban bajo la enramada, tumbados en dos rústicos sillones tejidos con mimbre, juncos y palos de escoba. Disfrutaban del frescor y del silencio.
 
Saulo hojeaba un libro. Sentía una gran atracción por los libros. No es que leyera mucho; apenas tenía una media docena de volúmenes con las hojas comidas por la humedad en un estante de madera empotrado en el tapial, y unas pocas revistas muy antiguas desparramadas en el suelo. Pero, siempre que podía, insistía en repasar alguno de esos ejemplares.
 
Tal vez sin proponérselo, miraba el tomo de Crónicas sobre Pájaros, de César M. Rappalini. Pasaba las hojas sin prisa aunque con aparente desatención. No tardó en sentirse atraído por una imagen, y allí se detuvo.
 
–Mirá,…el churrinche. Cuenta una leyenda guaraní sobre el origen de este pájaro. Un cacique nativo, en uno de los tantos enfrentamientos con los conquistadores, prefirió morir a entregarse. Su corazón sangriento se transformó en la avecita ligera y escarlata… ¿Te gusta el churrinche?
 
–Sí –repuso La Bizquita, sin dar muestras de gran entusiasmo.
 
–A mí me gusta porque es un pájaro libertario; y porque, como dice aquí –y comenzó a leer en voz alta mientras señalaba una hoja con figuras y descripciones–, cuando vuela es como una alada gota de sangre. O como una brasa que se atiza al elevarse, como dice por acá, más adelante.
 
–Pues a mí, a decir verdad, me gusta más el hornero, porque es un constructor de casas y mantiene unida a la familia.
 
–Aquí está el hornero –Saulo se apresuró a ubicarlo en el libro–. Dice que sitúa su nido en forma de horno de barro (de ahí su nombre), en la punta de una estaca o encima de un peñasco. Es uno de los más encarnizados defensores de su territorio. Es pequeño, de vuelo escaso, no muy rápido, y tiene el plumaje pardo.
 
–Los horneros no se destacan por el plumaje colorido ni por un vuelo sostenido. Tampoco por un gorjeo melodioso, pero son expertos en cantar a dúo. Todo el mundo sabe que viven en parejas y que las uniones duran de por vida.
 
Saulo no hizo ningún comentario. Cuando el silencio lo compelió, dijo algo por decir.
 
–A todos nos gustan los pájaros. Los admiramos porque son bellos, porque cantan, porque hacen nidos, porque tienen variados colores y, sobre todo, porque vuelan. Aunque, desde luego, sabemos poco de ellos.
 
–La mayoría de la gente dice que un pájaro es un animal que vuela.
 
–No obstante, los pingüinos son pájaros y no vuelan; las moscas vuelan y no son pájaros.
 
–Quizá sea mejor decir que un pájaro es un animal con plumas, porque todos los animales que tienen plumas son pájaros.
 
–Claro que, además de plumas, tienen columna vertebral, dos patas, dos alas, un pico, y algo más: nacen de huevos –complementó Saulo con paciencia.
 
–Las plumas son lo que los hace diferentes –fue la contestación de La Bizquita, mientras veía pasar por delante de la puerta del fondo al perro con la cabeza gacha, la cola caída, perezoso, cansado de no haber hecho nada en todo el día.
 
La calma del atardecer comenzó a esconder los bríos de la naturaleza, que latía todavía en la espesura de ramas y de pájaros del monte indígena. Un caballo relinchaba y, ahí cerca, se escuchaba el ruido de las gallinas acomodándose en los barrotes del gallinero.
 
–¡Qué hermoso atardecer! –se conmovió Saulo. La placidez de la tarde parecía hacerlo feliz en algo. Era domingo. Sabía que, tras este descanso, al día siguiente, desde muy temprano, le esperaba una intensa y prolongada jornada. Los operarios de la cuadrilla tenían que levantar las vías férreas con balastro en un tramo largo, con la destreza necesaria para evitar los riesgos de hacerlo sin la interrupción del tráfico.
 
La leve brisa, sin perder la condición de tal, se hacía más presente. Y como para confirmar el despunte primaveral, con unas esporádicas ráfagas de frescura, avivaba el cadencioso movimiento del monte que, de a ratos, simulaba despertar.
 
Con las primeras sombras, los pájaros, que atraviesan los atardeceres, volaban, incomprensibles, rozando apenas la luz para internarse en el poniente.
 
La nochecita poco a poco entró en el rancho y, como un lienzo, atravesó de pronto la enramada y el verde del parral, primero, y sumergió en silencio al comedor, después. Y las sombras ingresaron suavemente en las vidas de Saulo y de La Bizquita.
 
Aquella noche la cama turca crujió como pan caliente. Una manera de amar sencilla, de miradas limpias, se alimentó de la última hebra de sol en la profundidad envolvente del mundo.
 
Y, lo inaudito, cuando la luz del sol ya era un ámbar desvaído, un churrinche comenzó a cantar desde su refugio con un suave silbido, más prolongado que su cotidiano chirriar matinal. Y acentuó con su canto el silencio que recorría el monte. Y nada turbó aquel canto, por horas. Y cantó hasta que se propagó la noche; y cantó hasta que se adentró en los ojos; y cantó hasta que enardeció los corazones; y cantó hasta que la cama turca dejó de crujir como pan caliente.
 
Sí, la primavera tiene estas cosas.

------------------------------
 
Al otro día, la primavera le hizo saber a La Bizquita que hay besos que no tienen futuro. Todo a su alrededor se llenó de sombras en plena tarde, como si, para siempre, la noche hubiera caído de repente, en ese lugar forzoso donde estaba el rancho y el parral.
 
La Bizquita cerró los ojos por un momento, mientras el jefe de la estación del ferrocarril y el capataz de la cuadrilla de operarios, con una expresión de consternación que les transformaba los rostros, le hablaban a media voz.
 
En medio de su confusión percibía, como a través de un sueño empañado, el murmullo de unas imágenes lejanas.
 
Podríamos conjeturar cuáles fueron sus palabras al volver en sí. Inútil. No, no dijo nada. El horror relampagueó en su mente, y quedó en silencio. Y aquel abandono que tanto había conocido volvió a acompañarla para siempre.
 
Poco importa la velocidad de los pájaros que atraviesan los atardeceres, porque la noche llega primero. Y los está esperando.
 
         ------------------------------
 
Hacía pocas horas que Saulo había muerto. Desde el crepúsculo de la noche, La Bizquita lloró las lágrimas que le quedaban. Se hundió en la depresión por varios días, tal vez casi un mes.
 
Otra noche posterior, sonrió dulcemente, como si hubiera hallado la forma de unirse a Saulo. Desde esa noche, un propósito firme la sostenía y le daba fuerzas; y comenzó a contemplar el cielo todo el tiempo, como esperando la señal que le devolviera el corazón al cuerpo.
 
La razón de la infeliz mujer comenzó a nublarse. La obsesión la llevó hasta la locura; perseverante, repetía sin cesar, mientras miraba a las alturas, la única palabra que eran capaces de pronunciar sus labios: Saulo.
 
Al pasar los días, su aspecto se fue transformando. La piel se le fue endureciendo. Ahora su rostro era anguloso; peor: enjuto. Las ropas, deshechas por la falta de cuidado, colgaban hasta terminar en sucias hilachas, y apenas le cubrían el cuerpo desmadejado. Un único indicio de vida quedaba en su exigua contextura: el brillo de una mirada cargada de esperanza.
 
Un día cayó en el marasmo y, exangüe, ya no pudo levantarse más. Su inmovilidad era total salvo por unos ojos ansiosos que miraban hacia arriba con inquieta tenacidad.
 
Llegada la noche –la que nos interesa–, en su lecho, La Bizquita levantó con dificultad los brazos en un último desesperado esfuerzo por incorporarse. Entonces, sin poder creer lo que le ocurría, se sintió leve y asistida por una fuerza poderosa. Ahora observaba con cuidado, se atrevía, se enderezaba; volvía a observar alrededor. Los jirones de sus ropas se transformaban en plumas de color pardo acanelado a medida que la certeza suplantaba al duelo y al sentimiento de pérdida.
 
Una alegría inmensa la invadió. ¡Ahora sí que podría estar más cerca de él!
 
Desde entonces, La Bizquita nunca más dejó ver sus brazos. Dicen que desde aquella noche sus brazos se cubrieron de plumas. También se dice, pero es controvertible, que durante las noches La Bizquita llega a levitar o a moverse por el aire, sosteniéndose apenas por su propio aleteo.
 
FIN

 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza.
Published on e-Stories.org on 05/02/2014.

 

Comments of our readers (0)


Your opinion:

Our authors and e-Stories.org would like to hear your opinion! But you should comment the Poem/Story and not insult our authors personally!

Please choose

Previous title Next title

Does this Poem/Story violate the law or the e-Stories.org submission rules?
Please let us know!

Author: Changes could be made in our members-area!

More from category"Fairy Tales" (Short Stories)

Other works from Héctor de Souza

Did you like it?
Please have a look at:

Peludo - Héctor de Souza (Fairy Tales)
A Long, Dry Season - William Vaudrain (Life)