Antonio Meléndez

Las voces

-¡Cobarde! ¡Estúpido! ¡Inútil! ¡Nunca lo lograrás!- Ellos me gritaban y yo me tapaba los oídos y corría, pero ellos me seguían, era inútil, no los podía perder.
Siempre estaban detrás de mí, por más rápido que corriera, siempre me alcanzaban, siempre gritando, siempre ahí.
Ahora yo también gritaba, gritaba con todas mis fuerzas, necesitaba que se fueran. Necesitaba que me dejaran. El recordarme lo que había sido es lo que ellos hacían, pero yo no quería recordar, no debía recordar.
-¡Enfréntalo, jamás lo lograrás! ¡Fuiste un cobarde, y ahora también lo serás! ¡Corre lo que quieras, pero sabemos quién fuiste, y quien serás!
No lo podía soportar, sus voces se hacían más fuertes, pero yo volteaba a todos lados, y no veía a nadie a mi alrededor.
Necesitaba correr más, necesitaba alejarme de ellos, fuesen quienes fuesen, porque no iba a soportar más tiempo esa tortura.
 
¡Todavía me siguen! ¡Todavía me gritan! No los puedo ver, no los puedo perder. Ya no tengo fuerzas, necesito un refugio para escapar. ¡Sí! ¡Ahí hay un lugar, jamás me encontrarán!
El lugar se vacía a mi llegada, nadie me hace caso, nadie parece entender, les grito: ¡ME PERSIGUEN! ¡AYÚDENME! Pero estoy al borde de la extenuación, creo que no ha salido mi voz. Mas ellos, incansables, no me dejan de gritar, no me dejan de recordar. Veo una pequeña habitación en ese lugar. Entro y me encierro, respiro y me parece que los he perdido, pues ahora solo puedo escuchar susurros.
Prendo las luces, y ¡Oh! ¡Ahí están! Ahora los puedo ver con claridad, son decenas, centenares, pero no puedo apartar mis ojos de los suyos. Esos ojos que febriles, demoniacos, iracundos, parecen exclamar: ¡Eres culpable! ¡Tu existencia debería terminar! Las voces, los gritos, ahora me empiezan a consumir, pues parece que su hipnótica vista los ha logrado amplificar. Volteé  a donde volteé, ahí están. Me derrumbo y empiezo a llorar. Empiezo a sollozar: Sí, es cierto, fui un cobarde, soy un cobarde y seré un cobarde. Tienen razón, a ella jamás podré llegar. Mi vida ahora no tiene ningún sentido, ningún motivo tengo yo para continuar.
Vuelvo a voltear, y ahí están ellos, de rodillas en el suelo, con lágrimas en los ojos, como si mi confesión los hubiese conmovido, como si por fin su afán de recordarme, de repente hubiera desaparecido, y ahora me fueran a dejar en paz.
Caigo al suelo, y en un intranquilo sueño me sumerjo, donde, por momentos, destellos de la realidad parecen saltar y perderse en ese mar de confusión y dolor. Me dejo llevar,  y a mi alma por un momento dejo descansar.
Ahora que despierto, ellos por fin parece que se han ido, parece que por fin me han dejado en paz. Volteó a mí alrededor y veo que al parecer me encuentro en un hospital donde hay un guardia, y me parece que ahí están mis padres, pero se ven tristes, se ven consternados. Me intento incorporar, pero no, vuelvo a caer. Vuelvo a caer en otro sueño, pero está vez empiezo a comprender.
Ahora todo vuelve a mí, los fragmentos de mi memoria se empiezan a acomodar, y como rompecabezas, al principio nada parece tener sentido, más, cuando todas las piezas empiezan a terminar de encajar, logras ver la imagen que en un principio no conseguías apreciar.
Después de caer, alguien tiró la puerta y, me encontró ahí derrumbado en el suelo. Salió pidiendo auxilio, y yo, no se como, logré vislumbrar las imágenes de mis perseguidores, pero, extrañamente, todos se encontraban en exacta posición, abatidos, todos tenían las mismas facciones, los mismos rostros, después volteé hacia donde yo estaba y como si de un sueño se tratara, pude contemplar mi rostro, mi cuerpo caído, y entonces entendí.
Ahora que estoy aquí solo, en un bello jardín, que más bien es una fortaleza disfrazada;  puedo ver muchas personas  rodeándome, pero todas están en su mundo, todas están sumidas en una especie de letargo, y de vez en cuando, alguna enfermera pasa revisando que todo se encuentre en orden, que no haya sucedido nada. Pero es ahora cuando por fin mi alma ha encontrado cierta calma; que le pido perdón por haberme enamorado. Y a ti te aconsejo, a ti te invito a no dejar pasar ninguna oportunidad, a no pensar que no podrás, pues de lo contrario, las voces te hablarán como me hablaron a mí.

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Antonio Meléndez.
Published on e-Stories.org on 05/10/2014.

 

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