Ramón Antonio Suárez Moreno

La Montaña


 
 Mario Güemez caminaba siguiendo a su guía y sin fijarse en algo más. Llevaban horas sobre ese sendero, rodeados de árboles por doquier. Su compañero era hombre de pocas palabras, por lo que Mario, después de unas horas de tratar de establecer una conversación, decidió ponerse los audífonos y escuchar su música. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que salieron de San Nicolás de Presidio rumbo a Posta de Jihuites? Desde que brillaron los primeros rayos del sol. Eran muchas horas. El primer tramo lo recorrieron en una camioneta sobre una terracería. Luego, cuando ya fue imposible pasar con el vehículo, comenzaron a ir a pie.
            El tramo que tenían que recorrer era de aproximadamente unos cien kilómetros. Mario calculó que podrían cubrir unos tres kilómetros por hora, pero ahora lo dudaba. Subían y bajaban cerros y realmente no era mucho el avance.
            Por fin llegaron a un descanso. Mario esperó que su guía ordenara un respiro, pero éste continuó su camino sin hablar.
            Le costó mucho dinero a Mario contratar ese guía. Nadie de la región quiso el trabajo. El tipo era del Estado de Guerrero, donde los habitantes eran famosos por ser tozudos y rudos.
            El camino llegó a un nuevo descanso, éste más grande, y Mario levantó la vista. Lo que miró le alegró el corazón, era un claro. El guía sin decir palabra, se sentó en una roca, sacó algo de comida de su mochila y se puso a comer. Mario caminó unos metros adelante, necesitaba parase al sol. Observó a su alrededor.
            —¡¿Arnulfo?! —le preguntó a su acompañante.
            El aludido contestó con un gruñido.
            —Necesito que vengas un momento. 
            Arnulfo se levantó a regañadientes y fue a un lado de su compañero. Éste le señaló con el dedo una parte del claro.
            —Está abandonado —dijo sin mucho interés el guía y regresó a comer.
            Mario se acercó. Los surcos parecían no haber sido rearados en varias temporadas, el sedimento ya los comenzaba a cubrir.
            Uno de los temores de Mario para tomar este trabajo había sido principalmente éste. Los plantíos de mariguana en la sierra. Arnulfo, del que sospechaba Mario que algún tiempo se dedicó a eso, le aseguró que no corrían peligro desde que comenzaron la expedición.
            Mario le creyó debido a que leyó en algún lado que la mariguana de mejor calidad se plantaba hoy en día en los Estados Unidos. Los cárteles de la droga mexicana habían abandonado poco a poco la planta para dedicarse a las anfetaminas que dejaban más dinero, y eran menos difíciles de cuidar y transportar. En una cuadra de una ciudad podían existir varios laboratorios.
            Mario se sentó a comer. Su compañero, en cuanto acabara, se pondría de nuevo en marcha, por lo que se apresuró. Abrió una lata y despreocupado se puso a ingerir el atún. Terminó antes que su camarada. No tenía mucha hambre. Y era mejor poder disfrutar el paisaje ya que no sabía cuándo volverían a tener la oportunidad.
Adelante se alzaba una montaña que parecía ser la más alta de la cordillera desde ese punto. Puso el GPS de su teléfono para ver si lo reconocía. No tenía señal. Eso era extraño. Era un teléfono satelital. Y ni siquiera había nubes. A lo mejor era la posición tan cercana a la montaña, trataría más tarde.
Mario era ciudadano norteamericano y a lo que se dedicaba era a localizar personas perdidas. Era de ascendencia guatemalteca y debido a sus rasgos, se podía mezclar muy bien con los habitantes de México y de Centroamérica.
Su compañía tenía una excelente reputación, ya que, en una abrumadora mayoría de las veces, encontraba a quien buscaba. Aunque ya estuvieran muertos. Dio un suspiro. Probablemente, ése iba a ser el caso aquí. Los que habían desaparecido, lo hicieron unas tres semanas antes y no se sabía algo de ellos.
Lo contrataron para encontrar a Steve Parr y a sus compañeros. Parr tenía un programa de televisión muy popular en los Estados Unidos. Investigaba fenómenos paranormales o que parecieran mágicos y los desmitificaba.
Había venido a México por una leyenda que decía que existía una parte de la Sierra de la Candela que estaba embrujada. Y desapareció. Lo primero que pensó Mario fue que se encontró con narcotraficantes y que los habían matado. Pero ahora, con el campo abandonado, tenía confirmación de que ése no había sido el caso.
Y la verdad era que si se tomaba en cuenta el comportamiento de los habitantes de los alrededores, se creería que es verdad. Nadie osaba acercarse. En el último caserío, uno de los lugareños, les pidió que no siguieran el camino. “Es mal Xu-Xu”, les dijo. Él también trató de disuadir a Steve Parr. Y fue el que le vendió los burros. Le explicó a Mario que  le dio seis animales y que regresaron dos. Uno, con el equipo de video sobre sus lomos y el otro tiró la carga en el camino. Y además, los animales que retornaron se comportaron de forma muy extraña. Incluso había tenido que sacrificar a uno de ellos. Y el otro no servía ya para gran cosa.
Durante el trayecto, Mario y su guía encontraron varios rastros de que por ese camino pasó Steve Parr.
 
Por fin, su compañero se preparaba para continuar. Mario se estiró y volteó la vista a la montaña que iban a comenzar a escalar. No podía ver con claridad, pero algo rompía la monotonía del sitio. Sacó unos binoculares de su estuche, y los enfocó hacia ese punto. Arnulfo se paró junto a él. En unos segundos localizó lo que llamaba la atención a Mario.
—Es un derrumbe —dijo y comenzó a andar.
Mario guardó los binoculares y siguió a su acompañante con rapidez.
 
En el trayecto de subida, le hizo algunas preguntas al guía y obtuvo las mismas respuestas de siempre.
El lugar parecía más cerca de lo que estaba. Tardaron varias horas en llegar hasta el derrumbe. El camino había desparecido. Tan sólo quedaba un enorme espacio, lleno de aire.
Arnulfo le señaló hacia abajo. Era caída libre por unos cien metros. Abajo se veía, entre el escombro, algo que parecían unas ramas. Mario lo vio con extrañeza.
—Son las patas de un animal —dijo —. Deben ser las de uno de los burros.
Mario volvió a sacar sus binoculares. Arnulfo tenía razón. Entonces, lo más probable era que el camino se vino abajo cuando ellos pasaban sobre él. Habrían muerto y ahora sus restos se encontrarían debajo de toda la tierra.
—¿Quiere que bajemos?
Mario tenía que comprobar que los había encontrado. Tenía que tomar una muestra de la piel o algo para identificar el ADN. Por lo que no tenía otro remedio que descender. Asintió.
Arnulfo armó todo en menos de una hora. Ya no les quedaba mucha luz de sol. Comenzaron a rapelear y llegaron con rapidez abajo. Sin desamarrarse, para evitar una caída, se movieron hasta donde estaban las patas. Sacaron unas palas cortas y comenzaron a cavar. Lo único que encontraron antes de que se fuera la luz fue al burro.
Con linternas encontraron un volado pequeño, donde se aprestaron a pasar la noche. Al día siguiente seguirían buscando.
 
Mario creyó escuchar unos ruidos y se despertó. Aún era de noche. Miró su reloj. Pasaban de las tres de la mañana. Todo se veía tranquilo, pero la temperatura había bajado mucho. Más de lo normal, aún en esta región. Comenzó a tiritar de frío. Podía ver el vaho de su aliento. Miró a su compañero. No lo distinguía bien, pero parecía que dormía profundo. Sacó la chamarra gruesa de su mochila y se la puso. Se hizo ovillo para tomar calor. Miró hacia la parte alta de la montaña. Se veía el reflejo de unas luces. Podían ser fogatas.
            —¡Arnulfo! ¡Arnulfo!
            El guía le contestó con un gruñido. Mario le señaló las luces.
            —¿Crees que puedan ser fogatas? —le preguntó.
            No le contestó por unos instantes.
            —No lo sé. Lo investigaremos mañana.
            Y se puso a dormir de nuevo. Mario miró las luces con detenimiento. ¿De qué más podrían ser? Estaban muy alejados de cualquier sitio que emitiese luz. ¿Y si fuese un incendio? Ya no pudo dormir, vigilando que no crecieran las iluminaciones. En una hora más se apagaron poco a poco. Se puso contento. De seguro se encontraban ahí Steve y sus compañeros. ¿Pero por qué no habían regresado? ¿El camino derrumbado era la única vía? Tendrían que revisar eso al día siguiente.
Y había algo que también parecía extraño. Era el lugar pero no podía señalar cuál era la causa. Se regañó a sí mismo. Ya estaba cayendo en las supersticiones de los habitantes.
 
En cuanto salieron los primeros rayos de sol, Arnulfo comenzó a levantar el campamento. Desayunaron algo y se pusieron a cavar en donde encontraron al asno. Después de un par de horas más de quitar tierra, lo dejaron por la paz. No encontraron algo más.
            Arnulfo subió por la cuerda seguido de Mario. Les llevó más de una hora subir lo que habían bajado en unos minutos. Arriba, buscaron otra alternativa al camino derrumbado. Colocando cuerdas y escalando, ayudados por las ramas de los árboles, pudieron pasar al otro lado del derrumbe. Recogieron todo y volvieron a andar. Otra vez, le molestó el pensar que si ellos lo lograron, ¿por qué Steve Parr no lo hizo también? Se les había ido todo el día. Pudieron avanzar una hora más.
            —Debemos estar cerca de donde salían los brillos anoche, ¿no es así? —le preguntó Mario.
            Arnulfo gruñó y después de caminar por todos lados unos minutos, escogió un lugar para pasar la noche. No había mucho espacio plano, pero era suficiente para poner las bolsas de dormir y prender una fogata.
            —¿No se ven señas de dónde pudieron prender las luces?
            Arnulfo negó con la cabeza. Abrieron latas y se pusieron a comer. En ese momento, Mario supo que era lo extraño que sintió la noche anterior.
            —¡No hay animales! —dijo casi en un susurro.
            —¡Arnulfo, no hay animales! —le dijo a su compañero —. Ni grillos, ni pájaros. Y no recuerdo haber visto alguna huella en el trayecto.
            Por primera vez, su camarada pareció preocupado. Por la cara que puso, era fácil deducir que él no había caído en cuenta de lo que dijo Mario.
            —¿Qué crees que esté pasando?
            Arnulfo se encogió de hombros.
            —¿Alguna vez te habías encontrado con algo así?
            Gruñido de negación.
            Mario se pasó las siguientes horas en vigilia, tratando de escuchar algún  ruido. Además se paseó unos metros buscando las luces de la noche anterior.
            La conversación con su guía seguía igual que siempre, de un solo lado. Arnulfo se acostó y Mario se puso los audífonos. Lo ponía muy nervioso no escuchar los ruidos normales del bosque. Se pasó casi toda la noche en vela. Vio las luces, pero estaban alejadas. Se apagaron casi a la misma hora que el día anterior. ¿Podía ser que calcularon mal la distancia?
            Por fin se quedó dormido.
 
Cuando amaneció, se encontró solo. No se veía a Arnulfo por algún lado, aunque sus cosas continuaban ahí. Mario no se quitó los audífonos para dormir, por lo que aún escuchaba música. La batería duraba mucho tiempo, ya que estaba cargándose con una celda solar. Pero como dejó funcionando el aparato toda la noche, la pila se había descargado. No sabía cuánto faltaba para cruzar la sierra. Apagó el aparato y se quitó los auriculares, dejando que la celda recargase la fuente de energía.
            Se escuchaba algo extraño. Era un suave zumbido, como si se tratara de un motor eléctrico trabajando lejos. Se levantó y guardó sus cosas. Arnulfo no tardaría en regresar y seguirían el camino.
            Pasó el tiempo y no aparecía el guía. Mario le comenzó a gritar. No tuvo respuesta. Se colgó su equipo y comenzó a caminar. Su compañero lo alcanzaría con seguridad más tarde. Después de una hora, seguía solo. El zumbido no se había quitado, por el contrario aumentó su intensidad. Mario se comenzó a molestar. El sonido se le colaba en el cuerpo. Sintió ganas de golpear y destruir algo. Respiró hondo. Necesitaba calmarse. Se pudo controlar. Pero después de unos  minutos, de nueva cuenta se encontraba muy irritado. Sacó sus audífonos y se los colocó. La música tapó el ruido y se pudo amansar. Siguió el camino más tranquilo.
 
Parecía que una guerra había sucedido en el sitio. Todo estaba en desorden. Las tiendas de campaña volteadas y rotas. Utensilios y comida regados por todos lados. Y un par de cadáveres. Sus semblantes deformados por una clara expresión de miedo. Tenían cortadas de cuchillos y se veían armas por doquier. Por instinto, Mario sacó su revólver. Era uno de esos pequeños que usaban los detectives en los años sesenta y setenta. De cañón corto pero con pegada. Un .38 especial. A Mario le gustaba porque lo podía esconder con facilidad entre su ropa. Revisó los alrededores. Todo se veía tranquilo. Y solo.
            Después de un tiempo de mantenerse alerta, revisó los muertos. Parecía que tenían poco tiempo de fallecidos. Se podría decir que unas horas, pero la temperatura de ellos era muy fría.
            Había algo más, parecía que los hubieran tirado de una gran altura, ya que estaban incrustados en el piso. Era como si hubieran estado en el suelo por muchos años y la tierra los hubiese comenzado a cubrir. Se agachó para observar mejor. Todo alrededor de los restos, pequeñas montañas de barro luchaban por alcanzar la cima y cubrir los organismos. Se detuvo un instante. No había gusanos. Por la temperatura de los cuerpos, ya deberían de haber aparecido. Se levantó y volvió a mirar alrededor.  
            Pensó en Arnulfo, ya era hora de que lo hubiera alcanzado. Algo malo le había pasado, de seguro. Y además, ¿dónde estaban los demás miembros de la expedición? Y lo malo era que ninguno de los dos muertos era Steve Parr. Si estuviese entre los difuntos, tomaría una muestra de sangre y saldría de allí lo más rápido posible. De cualquier forma, tomó muestras de los dos muertos para identificarlos. ¿Ahora, que haría? Necesitaba seguir adelante para buscar a Steve.
No podía dejar los cadáveres así. Se los comerían las bestias… ¿Pero cuáles?
Tomó su pala y llegó a la conclusión de que era mejor enterrarlos. Clavó el utensilio a un costado de uno de los muertos para sacarlo de la posición. No esperaba tanta resistencia. La pala se adentró apenas unos milímetros. Volvió a intentarlo, ahora con más fuerza. Cavó un poco más. Después de una media hora, no había avanzado mucho. Se sentó sudado a un costado. Lo mejor sería dejarlos así y continuar buscando a Parr. Lo que sí decidió hacer fue elevar una oración por ellos. Se puso de rodillas y se quitó los audífonos. El zumbido continuaba y en cuanto emitió el primer rezo, el volumen del ruido aumentó hasta hacerse un sonido estruendoso. Rodó a un lado, se tuvo que tapar los oídos y se cayó. La intensidad bajó, pero el zumbido continuaba. Decidió volver a ponerse su aparato de música. ¿De eso habrían muerto? ¿De dónde venía el ruido? Les tomó fotos a los cadáveres.
Revisó su aparato musical.  La carga no llegaba ni a la mitad. Y además, debido a los árboles tan tupidos, no había mucho sol en el trayecto. Ni aquí. Decidió entonces que buscaría a Parr por un par de horas más y saldría de allí aunque no lo hubiese encontrado. Sin saber por qué, reconocía que si la batería se terminaba, algo malo iba a pasar. Para empezar, no soportaría el zumbido.
Caminó un  tiempo adentrándose en la sierra, sin dejar de revisar el nivel de la batería de su aparato. De vez en cuando desconectaba uno de los audífonos de su oído para escuchar si aún seguía el zumbido. Nunca paró. Después de una hora de trayecto, encontró un utensilio de cocina y un poco más adelante, una mochila. La revisó y encontró documentos de Steve Parr. Su cartera con identificaciones y tarjetas de crédito con su nombre. Además tenía aún latas de comida. Se echó la mochila al hombro. Eso era suficiente, con ese hallazgo, podría convencer a sus clientes de que ya no se pudo hacer algo más.
Cuando se daba la media vuelta notó algo extraño, una pequeña montaña de tierra a unos metros. Recordó los cuerpos de atrás y se acercó a investigar. El sitio no tenía mucha luz. Espesos árboles tapaban la claridad. Sacó una linterna para ver mejor. La dirigió hacia la parte alta del montículo. Dio un grito y tiró la lámpara.
Dibujada en la parte superior, tapada por una ligera capa de barro, se encontraba la cara de Steve Parr. Había sido cubierto por la tierra. Se quitó el equipaje de encima, sacó la pala y comenzó a cavar. Le costó mucho trabajo. Los lados eran sólidos y lo dejó por la paz, para dedicarse únicamente a la parte superior, que aún no tomaba consistencia sólida. Por fin pudo liberar una zona del rostro. Sacó su navaja y cortó un pedazo del cachete. Luego tomó fotos.
Algo se escuchaba extraño. Se levantó un audífono y oyó un grito que se acercaba. Lo trató de localizar. Atrás, alguien corría hacia él. Sacó su arma y apuntó. Vio aparecer a Arnulfo. Bajó el arma y comenzó a preguntarle cuál era el problema. Y Arnulfo lo atacó. Traía una navaja y, gracias a que Mario se hizo a un lado por instinto, se la clavó en el hombro y no en el pecho. Con el impulso de la carrera, ambos cayeron al suelo. El dolor era tremendo, pero Mario se trató de defender lo mejor posible. Era experto en defensa personal ya que su trabajo lo llevaba a lugares peligrosos. Pero en ese momento de angustia, no hacía más que desviar los ataques de su contrincante, sin poder pasar a la ofensiva.
Arnulfo también conocía de artes marciales y las utilizaba, aunque torpemente, ya que parecía desquiciado. Mario, entre embestidas, buscó su arma. Había caído al suelo y no la hallaba con la vista. Por fin pudo darle a Arnulfo un buen golpe. Pensó que eso acabaría con la contienda, pero su rival siguió  batallando como si no hubiese pasado algo.
Arnulfo aprovechó el desconcierto de su contrario y lo abrazó, inmovilizándolo casi en su totalidad. Pero al mismo tiempo, él se acotó su rango de movimiento. Entonces, le clavó los dientes en el cuello. Mario gimió del dolor, pero eso le dio fuerzas para zafarse del abrazo. Se volteó y le dio una buena patada en la cara, mientras se zafaban los audífonos de sus oídos. Esta vez, su antagonista, se hizo un poco hacia atrás. Mario sacó con rapidez y gran sufrimiento la navaja de su hombro y se levantó. El zumbido continuaba. Cuando Arnulfo se repuso y volvió a atacar, Mario ya lo esperaba con placer. Algo adentro de él, le impulsaba a la violencia. Le clavó la navaja en el estómago y luego la subió lo más posible, todavía dentro del vientre. Sintió una gran delicia cuando el atacante se dobló de rodillas. Miró hacia su abdomen con asombro. Salía sangre de la herida. Sacó la navaja y la miró como si fuese algo que nunca había visto. Mario lo miró fascinado. Y luego, sin aviso, Arnulfo se volvió hacia él y retomó el ataque. Mario se fue al suelo de nueva cuenta junto con su agresor, pero esta vez no se dejó atrapar. Rodó con rapidez a un lado y se levantó. Miró a su guía. La sangre continuaba saliendo de su parte media. Y Mario se sintió horrorizado de ver su cara. Estaba desfigurada por la locura. Era un animal que luchaba por obtener una presa. Eso hizo salir a Mario de su trance violento. Caminó unos pasos hacia atrás y casi se tropieza con algo. Era una rama bastante gruesa, del tamaño de un bate de beisbol. Lo tomó. Arnulfo lanzó un grito espantoso, que hizo que se le enchinara el cuerpo a su contrincante. Cuando llegó a unos centímetros de Mario, éste le dio con el palo en la cabeza. Escuchó el crujir del hueso de la cabeza de su rival. Arnulfo cayó al suelo sin moverse. Mario se sentó en el piso y en ese momento el zumbido comenzó a subir de volumen nuevamente. Desesperado, Mario buscó ponerse los audífonos, pero los nervios le impedían colocárselos. La intensidad subió. Cuando creyó que ya no podría más, pudo ponérselos. Respiró hondo y miró su aparato. Con el pleito, la celda solar se había roto. Intentó repararla, pero se dio por vencido pronto.
Recogió las cosas. Tendría que apurarse para salir de allí. Tardó algo en encontrar su revólver. Cuando lo guardaba, aún entre la música, escuchó un  sonido, volteó para ver con incredulidad que Arnulfo lo atacaba una vez más. Sacó el arma y disparó en el momento en que el guía lo tumbaba al suelo. Ahí, Arnulfo ya no se movió. Mario se lo quitó de encima. Y le disparó hasta que vació su arma. Con el pie lo removió, pero ya no tenía vida. Recogió todo, volvió a cargar su arma y se puso a caminar con rapidez. Revisó su aparato, le parecía que la batería se acaba con demasiada celeridad.
Llegó hasta donde se encontraban los otros dos cadáveres. Ya se hacía de noche. Su meta era llegar hasta el claro. En ese sitio no se escuchó el zumbido cuando subían hacia acá, por lo que era seguro afirmar que se encontraría a salvo ahí. El aparato comenzó a fallar. A Mario le entró el pánico. Comenzó a correr y llegó hasta donde se encontraba el derrumbe. ¿Ahora cómo le haría para pasar al otro lado? Tal vez si se deslizaba hasta la parte donde encontraron el cuerpo del burro, se las agenciaría para subir y llegar al claro.
Ató una cuerda larga a un árbol y comenzó a bajar. Llegó hasta donde excavaron al animal. Con dificultad cruzó la parte del derrumbe y se fue moviendo y ayudándose con árboles y cuerdas. En eso, su aparato se apagó. Se detuvo, casi llorando. Pero había algo extraño. No se escuchaba el zumbido. Se quitó los audífonos. Sólo silencio. Se sintió aliviado. Ya estaba oscuro.
Tardó toda la noche para poder acceder al camino. Llegó al claro cuando amaneció. Había dejado las mochilas en el camino. Tendría que hacer el recorrido de regreso sin comida y sin beber. Además perdió mucha sangre y se sentía desorientado, pero había salido del lugar. Se sentó unos momentos, aliviado. Cerró los ojos.
 Cuando los abrió, ya dispuesto a seguir su camino, notó algo raro entre el follaje. Se acercó a investigar. Removió algunas ramas y se encontró con un montículo como los de arriba en la sierra. Se quedó helado.
Al principio no se percibía mucho, pero el zumbido comenzó a crecer. Mario gritó.
 
 
Ahora en el claro hay un nuevo montículo que parece estar hecho de concreto.           
  
                 

 

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Published on e-Stories.org on 06/22/2014.

 

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