Jorge Damián Pelozo

Bar de Sueños

Ingresé a aquel lugar, queriendo escapar un momento de mis rutinas cotidianas. Sentía en mí una necesidad nostálgica de estar en un lugar pequeño y en compañía de esas personas que bajo la luz del sol viajan envueltos en aparentes personalidades, engañando hasta al más agudo crítico de modas de turno, ofreciendo al mundo lo que quiere ver y sin embargo dejan descansar sus anhelos rebeldes en recintos como aquel, dejando sus vidas en la puerta para recogerlas al salir.
El espacio era realmente reducido, un flaco cerró la puerta detrás mío ahogando los últimos ruidos de la calle, pude percibir como eran asesinados por un sonido de guitarras proveniente todavía no sabia de donde. La entrada era un pequeño pasillo, bastante iluminado y con cuadros a sus costados, una cartelera anunciaba los próximos eventos, esa noche la presentación estaba a cargo de un grupo de guitarristas ejecutores de tango. Di unos pasos con el permiso que me otorgaba la curiosidad, al parecer nadie se dio cuenta de mi presencia, me sentí un poco extrañado, todos estaban tan perfectamente ubicados y nada en el lugar desentonaba. Las luces eran tenues, un degradé de azules se desplegaban desde las mesas cercanas a la salida hasta el costado de una especie de barra. Mi mirada serpenteó por un espacio que dejaban las mesas en el medio del terreno, no todas estaban ocupadas, sólo algunas que se encontraban cercanas a un viejo escenario de madera hospedaban personas.
Decidí sentarme cerca de la salida, comprendí que éste ámbito me era muy ajeno, no acostumbraba a salir a espacios en donde la gente se relajaba, me llamaban la atención pero en mi vida siempre existieron prioridades encadenadas a la falta de tiempo. Sin embargo existía algo más, daba la sensación de ser muy fuerte la discordancia que este sitio asumía para con el cotidiano exterior y al provenir yo de este último me encontraba en el medio de un sutil desconcierto, lejos de un lugar que me hería al mismo tiempo que me seducía pero cerca de otro que no conocía y cautivaba la idea de encontrar en él un rastro liberador.
Me encontraba de perfil al escenario dando más relevancia a los detalles del lugar que al concierto mismo que dispersaba música dándole pulso y marcando un tiempo particular, ajeno a mis relojes acelerados. Desde mi nueva perspectiva pude observar el paisaje con más detenimiento, las paredes estaban rústicamente ilustradas con vagos dibujos de los cuales no podía identificar sus verdaderos colores pero que se fusionaban para dar espacio a una sola imagen, era una figura humana y muchas líneas rectas la atravesaban por todas partes como si fueran rayos de luz sobre los cuales se posaban a la vez pequeños hombres, todos en distintas posiciones pero en dirección a la imagen madre viajando a gran velocidad a pesar de encontrarse estáticos.
De un ligero vistazo di cuenta de mis compañeros esa noche, sólo algunos pocos prestaban atención al escenario, otros charlaban entre sí o simplemente se miraban, buscando algo de luz para poder leer se encontraba uno de traje y algunos, para mi asombro, se encontraban durmiendo. Fui sintiéndome más relajado al comprobar que nadie me observaba pero me sentí un estúpido al estar estudiando a todos. Me puse de pie y me dirigí hacia la barra, obstaculizando en mi caminar la mirada de aquellos pocos hacia el escenario. Al pasar cerca del grupo ejecutante percibí una gran tranquilidad en los músicos que se dejaban llevar por oleadas de tonos y bosquejaban sonrisas a su escaso público.
En la barra liberé mis primeras palabras al mismo tiempo que tomaba asiento. El muchacho que atendía no superaba lo treinta años y mecánicamente destapó una cerveza delante de mí sin que se la hubiese pedido, me dio la sensación de que era lo único que bebía la mayoría pero que yo no estaba seguro si tenía ganas de tomar, no pude objetar la acción, me pareció poco amable. En ese lugar estaba casi a oscuras y sólo invadían las luces de una vieja heladera que se abría de vez en cuando, unos minutos después de una expedición visual por sobre las paredes del fondo me percaté de la existencia de una mujer a mi lado, pálida por demás y con el pelo oscuro en perfecto contraste, se encontraba tomando una cerveza en una soledad realmente envidiable que amedrentaba cualquier intervención mía, sin embargo necesitaba profundamente conectarme con alguien de ese lugar y ella inspiraba en mí cierta seguridad aunque todavía no sabía porque.
No acostumbro a dar comienzo a las conversaciones pero esa noche lo último que quería ser era yo mismo, la saludé con una sonrisa que supo devolverme muy cortesmente.
-Tardaste unos días en venir –murmuró acercándose un poco-. Y seguramente te seguirás preguntando si hiciste bien en venir.
-No entiendo de que me hablás, se supone que uno siempre se presenta antes de empezar a charlar.
- No hace falta –dijo- o me vas a decir que te acordás de todas las personas que se presentaron ante vos, igualmente pasará con aquellas para quienes tu nombre es sólo una etiqueta momentánea. Además vos y yo ya nos conocemos.
Su voz resonaba en mis oídos con un timbre familiar al mismo tiempo que comprendía lo que me acababa de decir, pero no podía encontrarla en mis recuerdos.
- No puedo acordarme de vos y te pido disculpas por eso, pero te agradecería que pudieras decirme quien sos mientras tomamos algo.
- Fuimos amigos en la escuela secundaria, de jóvenes me contabas sobre tus afanes de gloria y tu impaciencia por que el tiempo acelere su compás, actualmente te sigo viendo pero ya no hablamos y tengo entendido que lo único que deseas es que el tiempo se detenga para darle un respiro a tu rutinario acontecer.
Mi mirada se levantó por sobre sus hombros como habiendo perdido su punto de apoyo, había comprimido mi vida en pocas palabras y la decepción se había apoderado de mí. No pude responderle inmediatamente.
- Sin embargo no existen rencores amigo, has aceptado mi vieja invitación y eso me alegra –dijo mientras giraba su vaso de cerveza.
Asentí un poco abatido al tratar de recordar si realmente la conocía y si además había sido invitado a ese lugar hace ya bastante tiempo por ella, vivía cruzándome con personas a las que no les otorgaba la atención que quizás se merecían. Me compuse y traté de abrir el camino a una conversación.
-¿De qué se trata este lugar?-le pregunté como omitiendo mi desconocimiento momentáneo sobre ella.
- Si yo te diera mi opinión sobre este lugar estarías tomando solo mi perspectiva particular y seguramente te aferrarías a ella influyendo ésta en toda tu apreciación, manchando tu campo virgen de percepciones. Quisiera que vos mismo lo conozcas.
Me tomó de la mano suavemente y bajamos de los taburetes en dirección a un costado de la barra, sacó de uno de sus bolsillos unas cuantas llaves de las cuales una abrió una puerta que mi visión no había tomado en cuenta.
- Esta noche, si me permitís, voy a tener el manojo de llaves de la realidad.-dijo mientras esbozaba una pequeña sonrisa.
Le di mi aprobación devolviéndole el mismo gesto, quise pensar que se trataría de un juego y me propuse no soltar su mano durante la travesía.
El nuevo ambiente era totalmente diferente al anterior, era una especie de callejón bastante amplio con un aire muy limpio, el tono de luces cambió ligeramente del azul a un verde oscuro, dos grandes murallas de piedra se levantaban a los costados, tan altas que al levantar mi mirada el verde se iba opacando hasta volverse difusas las continuaciones. Incrustados en las paredes y distribuidos de forma muy irregular, algunos juntos y otros muy separados, se encontraban gran cantidad de libros, rajadas las piedras por puro capricho de éstos y dispuestos de una manera tan incomoda que fastidiaría hasta al más apasionado lector ya que todos se encontraban al parecer muy sujetos al concreto, otros torcidos o volteados y algunos hasta se perdían en la oscuridad de la altura al alcance sólo de intrépidos escaladores.
Nuestro camino se extendió por mucho tiempo y cada paso iba acompañado de absurdos intentos de conjeturas acerca de la exagerada extensión, el incierto tiempo y el místico poder que ejercía el lugar. Quise analizar todo con mis leves conocimientos de arquitectura, de física y hasta de filosofía misma pero mientras más recorríamos mayor era mi desconcierto ya que las formas empezaban a contradecir sus estados, todo se tornaba realmente extraño en ocasiones y no tenía bien en claro como reaccionar ante cada acontecer.
La callejuela se estrechaba por momentos a tal punto que debíamos pasar de a uno en determinados tramos, el suelo se transformaba en cada metro, podía ser tierra árida como un verde césped, mármol o brasas calientes. A los lados, a través de ventanitas de madera caprichosamente ubicadas, podían observarse diversos paisajes, amaneceres vistos por calidoscopio o nubes transformadas en blancos dragones. Cada parpadeo traía detrás un cambio en nuestra ruta que por períodos se torcía como un bucle a tal punto que caminábamos sobre una de las paredes dejando al suelo y al cielo a los costados, ascendía hacia el frió cosmos o se hundía en la tierra cercano a su ardiente núcleo.
Una maraña de sensaciones se generaba en mi cabeza, asombro en ocasiones que daba lugar a la emoción o al pánico de encontrarme en un lugar realmente fantástico. Pero había una razón, algo de lo que estuve seguro durante la travesía y que me sujetaba a los vestigios de mi conciencia, era ella, su mano entrelazada a la mía y su mirada tranquilizadora me transportaban a mis viejos recuerdos de algo que yo entendía por amor. El amor debía ser entonces la antítesis del mundo, en batalla constante con éste y para éste, el único espacio en donde no existen tonos grises y al mismo tiempo contrario a nuestras concepciones sobre el bien o el mal, en el cual anidan las verdades de la vida que no hacen caso al tiempo ni al espacio.
Mis ojos eran testigos ya saciados de nuevas percepciones y me propuse intentar interpretar al mundo previo acuerdo conmigo, reinventando mi comprensión, misión casi inalcanzable. Me incliné y fregué mis párpados, sin darme cuenta que soltaba la mano de mi compañera, cuando retomé la visión volví a estar en la barra del bar, recostado. Me sobresalté y miré rápidamente a mi lado, ahí estaba ella. La tomé de la mano y comencé a preguntarle por lo ocurrido, me miró extrañada y me soltó.
Me asusté al comprender que fue todo un sueño, no hacía falta estar muy lúcido para darse cuenta que nuestra charla inicial tampoco había existido en realidad, nada de lo que había descubierto esa noche tenía un génesis real, ni mis nuevas capacidades para percibir, ni los cambios en mi aprehensión de las aparentes realidades, ni mi nostálgica sensación de amor. Me causo mucho dolor el saber que había perdido algo, más allá de jamás haberlo tenido.
Me puse de pie sin darle explicaciones a aquella desconocida, le pedí disculpas y salí con prisa rumbo a la calle. Tenía la impresión de haber conseguido, pese a todo, lo que fui a buscar, continué con mi vida tratando de imaginar como sería todo si cambiaran nuestras maneras de ver, de interpretar y reinterpretar las realidades sin prejuicios, adaptándonos a sus cambios repentinos, ya que esa noche me extravié entre mis confusos pensamientos e intuí que de a ratos está bueno sentirse perdido porque pueden inventarse nuevos senderos.


Jorge Damian Pelozo
comunicarze@gmail.com

 

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Published on e-Stories.org on 06/27/2014.

 

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