David Rodríguez

La chica del tren.

El sonido de la lluvia le despertó. Las gotas golpeaban fuertemente contra el cristal de la ventana. La habitación serena, con una tenue luz que atravesaba el pasillo y penetraba por la puerta entreabierta, hacía posible ver un resquicio de la sala. Los restos del día anterior todavía permanecían allí, una botella de whisky y un paquete con apenas dos cigarrillos reposaban en el rincón de la desgana. Él se incorporó, decidió que debía pensar en todo aquello que había ocurrido hacía unas horas, cuando la noche arropaba con justificación todo lo acontecido. Costaba razonar con acierto, pero en un esfuerzo logró recordar el motivo de lo que sería su desvelo durante los días venideros. Aquella chica.


La noche se había tornado en la línea de lo previsible: el mismo bar, el mismo ambiente, entradas y salidas de gente que estaba simplemente de paso. La ciudad se mostraba tranquila, todo lo tranquila que puede estar una gran ciudad. El cielo aún despejado, no daba lugar a predicción de lo que llegaría horas después.

Ya en el bar, charlando, bebiendo y fumando, habían llegado al mismo punto de siempre. La decisión de cambiar de emplazamiento se hacía más fuerte entre su grupo de amigos, por lo que cogieron sus abrigos y se aventuraron hacia la calle, atravesando la oscuridad que la noche ofrecía. Las risas se intensificaban a cada minuto más, llegando incluso a provocar las quejas de algunos vecinos, que desde sus ventanas pedían tranquilidad.

Al llegar al pub, tiraron despreocupados las chaquetas encima de un sofá enorme que no ocupaba nadie, y tomaron asiento en unos taburetes altos rodeando una pequeña mesa. El camarero preguntó qué iban a tomar, y decisión tomada, sirvió las copas. Todo era demasiado parecido a la semana anterior, y a su vez a la anterior, y así sucesivamente. La monotonía le agobiaba, de vez en cuando abandonaba las conversaciones para sumergirse en su pequeño mundo durante unos minutos. Él ya había estado allí, ya sabía lo que ocurriría.

Al finalizar sus ultimos tragos, miraron la hora, y decidieron que lo mejor era volver a casa. Al salir de nuevo a la calle, el cielo parecía mucho más nublado, aunque no le dieron importancia, no había peligro de lluvia por el momento. Todos tomaron el tren para retornar. Poco a poco las paradas fueron llegando, y el grupo se fue disolviendo entre risas, y "hasta mañana". Cuando a él todavía le quedaban unos minutos para alcanzar su destino, decidió incorporarse en su asiento y quitar esa pose de arrugado. Una mirada general al vagón le hizo ver quien le acompañaba allí: unos señores con mochilas, y aspecto de ir a trabajar en la construcción, una mujer con su hijo que comentaban lo bien que lo iban a pasar en casa de su tía, y había algo más, algo que destacaba por encima de todo, aquella chica.

La noche había llegado a su punto más avanzado, la oscuridad rodeaba todo lo que había fuera de la ventana de aquel tren. Cuando se quiso dar cuenta, había perdido la cuenta de las paradas que le quedaban, tampoco había megafonía aquel día. La chica de al lado parecía igual de confusa, por lo que él preguntó: ¿sabes por qué parada vamos? Ella sonrió de una forma enérgica, posiblemente con la sonrisa más bonita que él había visto en su vida, y a lo que ella contestó: "no tengo ni idea". Las carcajadas surgieron por parte de ambos, y de pronto, la conversación comenzó a fluir. Ellos se miraban fijamente mientras intercambiaban las anécdotas de la noche, todo parecía en armonía. Ella parecía que con su mirada, y con esos enormes ojos verdes, atravesara por completo el lado más sensible de él. Parecía mentira que de pronto, la noche diera un vuelco tan escandaloso, y sin esperarlo estuviera en frente de la chica más preciosa y divertida que había tenido el placer de conocer. Los primeros rayos de sol comenzaron a irrumpir sobre la ventana del vagón. Él quería preguntar tantas cosas, que al final lo único que pudo hacer es sonreír por sentirse el ser más afortunado del mundo. Ya completamente de día, los nombres de las paradas comenzaban a vislumbrarse a través del cristal. Sólo quedaba una más para llegar a su destino. A ella aún la quedaba bastante viaje por delante. De pronto el predecible destino había llegado, su parada, la parada del adiós. Ésta es mi parada, dijo él. Un simple quédate le hubiera bastado para permanecer con ella hasta donde hubiera sido necesario, pero ella agachó la mirada, sacó su teléfono móvil y con la misma sonrisa dijo: "adi&oacu! te;s&quo t;. De pronto el sonido de las puertas abriéndose, y el tráfico de viajeros provocaron la más amarga de las verdades. Él despertó. No estaba aquella chica allí, comenzó a mirar hacia todos los lados desesperado, rezando para que lo que allí había vivido y sentido no fuera lo que inevitablemente fue, el más descorazonador de los sueños.

Llegó a casa, encendió un cigarrillo y bajó la persiana, hoy la luz hacía mucho más daño que cualquier otra sensación del mundo. Él sólo quería volver a la oscuridad, la misma que le presentó a aquella chica. Es injusto pensó. Pero no podía darse por vencido, no aquel día. Se metió en la cama aún vestido. "No te preocupes", dijo, voy a volver a buscarte. Sus ojos se cerraron y volvió a dormir, ella todavía no se había bajado del tren.

 

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Published on e-Stories.org on 07/03/2014.

 

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