Julio Bautista Rodriguez Arias

Perd�n y justicia

Nacieron con apenas unos minutos de diferencia, durante algo más de ocho meses, habían compartido el mismo útero. La niñez de los gemelos transcurrió en un ambiente sano por lo que se veían siempre felices y  bien atendidos. Al entrar en la adolescencia, tuvieron que enfrentar la pérdida, primero de su padre y luego de su madre a la que juraron en su lecho de muerte no separarse  por el resto de sus días.
Pasado los treinta años, uno de los hermanos decidió contraer matrimonio con la condición de seguir conviviendo en la misma casa, fruto de la herencia  de sus padres.
Todo transcurría en una aparente armonía. Cada tarde la ahora señora de la casa, esperaba a los hermanos con el café servido después de terminar largas y agotadoras jornadas de trabajo cultivando la tierra.
Se hizo costumbre que el matrimonio ocupara un viejo pero robusto  banco de madera que conservaron sus padres de sus ancestros, el otro hermano lo hacía en un maltrecho sillón de hierro.
Un lluvioso día, ante la imposibilidad de ir a realizar sus labores agrícolas, el esposo decidió hacer algunas gestiones personales y realizar unas compras pendientes en el mercado más cercano.
Al regresar a la casa, después de algunas horas, se dirigió al cuarto al no ver a su esposa esperándolo y sobre la cama encontró un pequeño papel donde se leía solo una palabra,  “perdóname”. Desesperadamente buscó a su esposa, pero no obtuvo resultado, había partido sin dar explicaciones. Al preguntar a su hermano, este en aparente calma le dijo no saber nada acerca de ella.
Transcurrían los días, el hombre sentado en el banco donde cada tarde compartía un café con su amada, sentía pasar el tiempo lentamente. Esperanzado con su  regreso, aprendió a vivir con el silencio de su ausencia.
La amaba incondicionalmente, cada noche construía sueños e imaginaba nuevas aventuras junto a ella, no había dudas de que su amor era puro, era del bueno.
Los meses pasaron transformándose en años y aquel fiel enamorado continuaba a la espera de alguna noticia de la única mujer a la que había entregado su corazón, a la que prometió amor eterno.
Un día también lluvioso, el hombre ahora con su cabellera blanca, el cuerpo encorvado y gastado por las décadas vividas, diviso con mucha dificultad, dos siluetas que se acercaban a su vieja casa. Sentado como era costumbre en su banco de madera, pregunto a los visitantes con voz ronca y entrecortada quienes eran.
Se escucho una voz de mujer decir su nombre, la sorpresa fue tan grande que apenas el hombre escucho la  presentación de la otra persona. La mujer también gastada por el tiempo se acerco al rostro pálido del sufrido amante, deposito un beso en su fría y sudorosa frente, volvió a repetir su nombre y muy suavemente tomo sus manos, se sentó  junto a él,  en el mismo banco como lo hacía antes y susurro a su oído algunas palabras que lejos de alegrar al maltrecho esposo lo transformaron en un cuadro de dolor.
El, intentó hablar, pero sus labios no lograron abrirse, titubeo, trato de ponerse en  pie, pero no tenía fuerzas para hacerlo.
Cuando logró recuperarse, miro fijamente a quien acompañaba a la mujer y como si no lo hubiese visto al llegar, volvió a preguntar quién era. Es mi hijo, contesto ella, tiene cincuenta años y también es tu sobrino.
Confundido, pero aun tomados de la mano, miro al cielo como pidiendo una explicación a Dios. Fijo la mirada en los ojos de la mujer y le dijo, estas perdonada.
El anciano notablemente nervioso,  se excusó para ingresar al interior de la vivienda, cerró la puerta y la aseguró.  Después de unos minutos, se escucharon dos fuertes  disparos. Cuando la mujer y su hijo lograron entrar, dos cuerpos yacían tendidos en el suelo, aun vivo y con trabajo para respirar, se escucho al moribundo esposo pedir perdón por haber tomado la justicia por su mano.
La mujer cegada por el llanto, coloco la  cabeza de su amante sobre su falda,  acarició sus cabellos y volvió a besar su frente mientras sus ojos se cerraban para siempre. 
El hijo que no tuvo la oportunidad de mediar palabra alguna con su padre comenzaba a comprender el sufrimiento que acompañó a su madre durante tanto tiempo, ayudo a levantarla y abrasándose a ella le pidió perdón por reprocharle tantas veces el vivir en soledad.
Camino al pueblo para informar a las autoridades lo sucedido, ambos tomados de la mano, se alejaban de la  humilde casa, dejando una vez más al silencio como único acompañante de los cuerpos, esta vez ya sin vida.
 

 

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Published on e-Stories.org on 07/13/2014.

 

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