Telma Álvarez Recober

La libélula

Era de noche, mi hijo ya dormía y yo estaba en el salón, con mi ordenador tan ricamente. De repente, un zumbido ensordecedor me sobresaltó. Eso no podía ser un bicho! A no ser que de verdad existieran los abejonejos, no podía ser que un solo bicho metiera ese ruido. Pero sí, era una libélula del tamaño de mi mano! Bueno, quizás no era tan grande, desde el rincón del salón en el que estaba hecha una bolita no alcanzaba a verla bien. Yo esperaba que si me quedaba ahí, quietecita, sin hacer ningún ruido, creería que no había nadie a quien comerse y se iría. Pero no. Ahí estaba yo, en mi rincón, intentando no perder de vista a la puta libélula y rezando para que ella no me viera. Ese ruido me estaba taladrando el cerebro y estaba sudando. No podía pensar una estrategia en esas condiciones!! Y entonces, el ruido paró. Y el bicho también, claro. Estaba posada en la lámpara. Pasó un buen rato hasta que empecé a medio relajarme. La libélula parecía no tener intención de moverse. Pero de vez en cuando me daba un susto la cabrona, porque tenia como espasmos en los que movía las alas y zumbaba pero sin moverse del sitio. Y a cada espasmo mi corazón se sobresaltaba. Llegué a temer por mi salud, no os digo más. El caso, es que a esas alturas yo ya había entendido que o hacía algo o amanecíamos las dos en la misma posición. Me planteé dormir ahí, en mi rincón, pero la idea sólo me duró un segundo, cómo iba yo a dormir con ese bicho en la lámpara?! Imposible! Así que, después de pensarlo mucho, decidí que lo primero era salvar mi vida. Soy madre, no puedo dejarme morir así como así a manos de una libélula! Debía abandonar el salón como fuera! Empecé a avanzar, bien pegadita a la pared, sin perder de vista al bicho. Cada vez que tenía uno de sus espasmos, paraba y disimulaba. No lo parecía, pero no estaba segura de si me miraba de reojo y no quería arriesgarme. Poco a poco, después de lo que me pareció una eternidad, llegué a la puerta, salí y cerré tras de mí! Ahí tuve dudas. No tenía claro si debía volver a intentar matarla. Al fin y al cabo, tarde o temprano necesitaría entrar al salón de nuevo. Miré en la cocina, a ver si tenía insecticida y no, no tenía. Y entonces qué? Laca? Y de dónde iba yo a sacar la laca!! A ver, Telma, céntrate, un espray... Un espray... Un espray... Desodorante!! Matarla no la mataría, pero no le iba a hacer ni puta gracia! Desodorante en mano, abrí la puerta del salón sólo una rendija, lo justo para comprobar que la libélula seguía en la lámpara. Ahí estaba. Tuve miedo. No sabía cuál sería su reacción al rociarle el desodorante. Quizás enloquecería de rabia y vendría hacia mí con intención de comerme o algo. De repente, otro espasmo! Coño! Cerré la puerta de golpe con el corazón a cien. Finalmente decidí que ya vale. Que no podía ser más tonta, al borde del infarto con el desodorante en la mano. Que yo ya no podía más y que mañana sería otro día. Comprobé por enésima vez que había cerrado la puerta del salón, guardé el desodorante y me fui a la cama. A la mañana siguiente, mi madre vino a buscar al niño para llevarlo al cole como todas las mañanas en que yo trabajaba. Entraba con sus propias llaves y llegó antes de que yo hubiera salido del baño. Nos vimos en la cocina, _ Mami, no sabes lo que me pasó ayer! _ Cualquier cosa... _ Es que cómo eres! _ Quéeee? _ Entró una libélula enoooorme al salón y casi me muero! _ Ya lo he visto, aún estaba ahí cuando he llegado. _ Y SIGUE AHÍ?? _ Qué va! Tonta! La he matado! En ese momento, vi a mi madre con luz detrás, como si fuera un ángel y sentí un profundo respeto por ella. Exigí ver el cadáver de la libélula, por supuesto. Y desde ese día, por mucho calor que hiciera, la ventana del salón permaneció cerrada. Por si venían las amigas de la puta libélula a buscarla...

 

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Published on e-Stories.org on 11/22/2014.

 

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