Hector Adrian Montes Cervantes

Dos Dedos en el Corazón 1

La Fiesta.
Izzie con algo de nervios se frota las manos una contra otra, no por qué haga frío, sino porque ya tiene unos veinte minutos esperando, su amiga Pamela al parecer la ha engañado, se siente frustrada, y aun así la sigue esperando, ya otras veces ha llegado tan tarde, además quiere ir a esa fiesta, van a ir varios chicos que a ella le gustan, sumida en sus pensamientos, no detecta ese aroma dulce y penetrante, el perfume acostumbrado de su amiga, y el suave roce en el hombro la asusta.
–¡Izzie!, ¡¿qué estás haciendo?!
–¡Pamela!, ¡¿quieres matarme del susto?!, ¿dónde carajos estabas?
Gritó Izzie, mas por el enojo que por el susto, Pamela la mira con esa clásica sonrisa malévola, que paradójicamente era su forma de pedir disculpas.
–Me costó mucho trabajo convencer a papá, y lo peor de todo es que mamá se puso de su lado.
Dijo en el tono de súplica, que también se le daba, y que funcionaba de maravilla con los pretendientes, si bien a Izzie no le hizo la mínima gracia, empero la tomó de la mano y empezaron a caminar, mientras Pamela daba escusas, que por tradicionales se antojaban absurdas, mientras en un tono de complicidad ambas presumían de las acrobacias verbales que tuvieron que hacer para engañar a sus respectivos padres y salir a la fiesta, así con exagerados ademanes imitaban sus voces, mientras fruncían el ceño y manoteaban alzando la voz, a pesar de la penumbra, a lo lejos se distingue con claridad la casa de Tito, y aún que ninguna de ellas tenía ni la más remota idea de cómo era él, se habían colado a su fiesta, y a medida que se acercaban al portal eso se hacía evidente, las miradas inquisitivas rápidamente se dieron cuenta que la edad de las jóvenes era menor al promedio de los verdaderos invitados, claro, el maquillaje, los escotes y esa hipócrita seguridad terminaron por apagar las sospechas, aún más, varios de los invitados inmediatamente las catalogaron de objetivos, mientras ellas cubiertas de una falsa altivez tomaron rumbo a la puerta sin apenas fijarse en su entorno, así paradas bajo el umbral de la entrada asistían a su primera fiesta donde la regla es que no había regla.


Capítulo 1.
El suave movimiento triste y ligero de un reloj, que con un monótono chasqueó pasaba segundo a segundo los minutos, fue suficiente para regresar a Pamela a la realidad, el solo intento de mover los párpados era doloroso, más aún, el baño de luz que se clavó en su retina, no atinaba a entender que pasaba, hasta que su boca reseca y dolida le trajeron el último recuerdo, y por más que fuera real le parecía intangible, confundido entre un sueño y una pesadilla, con todo, la comodidad y abrigo de la cama le parecieron inusualmente agradables, ahí cuando recapituló comprendió que esa no era su cama y no era su cuarto, y en ese momento sus menguados sentidos captaron la presencia de alguien más junto a ella, y reconociendo la habitación de Izzie, con movimientos ligeros de la cabeza atisbó el entorno, y sentada, envuelta en una sábana con el pelo enmarañado encontró a su amiga profundamente dormida, sin comprender del todo se dio cuenta que de alguna manera ambas habían terminado como otras tantas veces dormidas en el cuarto de Izzie, aún que no quedaba claro porque ella no había ensamblado el catre para visitas, con la sensación de ingravidez que le daba un punzante dolor de cabeza Pamela se acercó a su amiga, y suavemente le tocó el hombro, adormilada Izzie lentamente abrió los ojos, y de improviso dio un salto asfixiando un grito, mientras caminaba hacia atrás tropezando con los muebles.
–¡Cálmate Izzie! –gritaba Pamela mientras levantaba los brazos –soy yo, pareces una loca.
Izzie movió la cabeza de un lado a otro mientras reconocía al entorno y se daba cuenta que efectivamente estaba a salvo, su respiración poco a poco se fue tranquilizando y finalmente se sentó.
–¡Carajo!, Pamela, parece que sólo vives para verme aterrorizada.
Pamela que en realidad le pareció divertido el susto que le acaba de acomodar a su amiga, sonrió mirándola con picardía, mientras ella molesta cruzaba los brazos.
–¿Dónde está el catre de visitas?
Preguntó tratando de zanjar el tema y pasar a un intrascendente, pero Izzie al contrario abrió los ojos atónita.
–¡No recuerdas!
Respondió asombrada mirándola con incredulidad y boquiabierta, Pamela que no entendía cuál era el problema negó ligeramente.
–Pues si recuerdo que me divertí un montón.
Indicó restando importancia al hecho, molesta por la inconsútil admiración de Izzie, que a su vez la miró por un par de segundos con un dejo de tristeza que terminó en una respuesta seca.
–Pues llegamos tarde me dio flojera ensamblarlo.
Las amigas por un minuto dieron el trago amargo, mientras se veían cómplices una frente a la otra, hasta que finalmente Izzie se levantó sujetándose el pelo y haciéndolo hacia atrás, tomó su diadema, la misma que había usado desde niña, a pesar de ser una simple pieza de plástico era un recuerdo muy querido para ella de su padre, la acomodó con toques ligeros mientras alisaba el pelo, así Pamela sonreía con malicia, mientras veía a su amiga arreglarse al espejo, de entres su gabardina extrajo su teléfono y lo examinó en busca de novedades, encontró un mensaje ya abierto de su madre exigiendo saber de ella, al verlo trata de recordar si contestó o no, pero no recordó de ninguna manera si lo hizo.
–¿Sabes si mi mamá me llamó anoche?
Izzie que no dejaba de acicalar el pelo la miró sesgada, seria y de mal humor negó mientras respondía en tono aburrido.
–Si respondí a un mensaje de ella.
–¿Qué le dijiste? –preguntó Pamela con algo de sorna fingiendo preocupación –más vale que sea bueno, si no me espera una grande.
Pamela guardó silencio esperando la respuesta mientras revisaba su teléfono, en tanto Izzie permanecía un poco distante, y callada al punto en que pareció que no respondería, pero que finalmente declaró sosegada.
–Lo que acordamos, estábamos en la casa de Tito –dijo con una media sonrisa, y una mirada malévola –haciendo tarea, y que de ahí nos iríamos a mi casa.
Pamela sonrió satisfecha, pues finalmente en revisión de los mensajes de salida pudo confirmar lo dicho por Izzie, y mas porque en realidad era la verdad, con excepción de la parte en donde estaban haciendo tarea, debido a la terrible embriaguez difícilmente recordaba a la hora que entraron, así que no podía recordar a qué horas salieron de la fiesta
–¿Y a tu mamá?
Dijo en tono de burla, mientras tomaba un cepillo y se desenredaba el pelo.
–Ya te dije ayer, casi lo mismo salvo que omití el detalle de que tú te ibas a quedar a dormir aquí.
Pamela abrió los ojos sorprendida, sabiendo que era prácticamente imposible entrar en el cuarto de Izzie sin que su madre se diera cuenta.
–Ya, no te espantes, estas semanas de corte, y está llegando entre la una y las dos de la mañana.
El despertar en la casa de Izzie no era ya ninguna novedad, no sólo para su madre sino para los mismos padres de Pamela, al contemplarse al Espejo en medio de la sonrisa, agazapadas en la protección de la complicidad, sintieron la férrea cadena de la amistad, pero, entonces ahí, en el fondo, fue una fracción de segundo cuando Pamela lo notó, tal vez fue un olor, quizá un gesto, o simplemente algo en la mirada de Izzie, fue la primera vez que lo vio, un sentimiento que por igual era ira, miedo y dolor, por demás incomprensible, Pamela no pudo ignorarlo, y pasarlo sin preocupación, hundida en las divagaciones apenas se percató de la indiferencia de Izzie, que completamente indolente ante la sorpresa de Pamela, insistía en desenredarse el pelo con suaves pases del cepillo, con una sonrisa placida se alisa una y otra vez, hasta que finalmente el silencio y la mirada fija de Pamela le detuvieron, y con una media sonrisa de indiferencia preguntó con desgano.
–¿Qué?
Pamela en un reflejo que parecía una contracción muscular, preguntó en tono serio.
–¿Estas bien?
Izzie lanzó con ligereza la cabeza asía tras mientras ceñía las cejas, y como en un acto reflejo, retornó y siguió cepillando el pelo indiferente a la mirada de Pamela, por un eterno segundo ninguna dijo nada hasta que, Izzie volteó y con algo de malicia miró a los ojos de Pamela y contestó.
–¡Apestas!, tienes que bañarte, a mi gá.
Pamela abrió los ojos indignada, pero sonrió sabiendo que era parte de un sarcasmo, y como es para esta edad Pamela simplemente continúo siguiendo el ritmo de la plática, las risas adolecentes de las chiquillas entornaron al paso siguiente, donde comentarían con morbo las aventuras de la noche anterior, divagando de tema a tema.
–Así que alto, ¿no?
Preguntó Pamela sacudiendo la cabeza rebuscando la mirada de Izzie.
–No sé, realmente no me fijé.
Contestó Izzie con altives, mientras levantaba la vista tratando de imaginar al chico con el que bailo casi toda la noche, pero tratando de ser indiferente ante el comentario.
–Bailas con él hasta las de cachetito, ¿y no te fijaste?
Izzie se sonrojó ligeramente pero fingió indiferencia, con sobrado disimulo se abstuvo de sonreír mientras se recargaba con desgano sobre la silla, escuchando con fastidio la perorata de Pamela que describía detalladamente con gestos exagerados y ademanes de sobra, haciendo de lado el hecho que Izzie estuvo ahí y vio y vivió lo mismo, con el agregado de ser ella quien recordaba con mas fidelidad, y que ahora pasiva y feliz escuchaba aquellas incoherencias.
–…entonces se acercó el –decía Pamela mientras entornaba los ojos evocando el recuerdo –con esa mirada de borreguito…
Súbitamente guardó silencio mientras miraba a la puerta en la entrada del cuarto de Izzie, donde sonidos sofocados y la lívida oscilación de sombras indicaban movimiento afuera del cuarto.
–¡Izzie!, ¿qué te he dicho sobre la ropa fuera del cesto?
Era Patricia la madre de Izzie que se despertaba y al parecer de mal humor, sin embargo muy lejos de contestar las chicas se miraron gesticulando en medio de una mueca de preocupación y miedo, pero cuando Izzie estaba a punto de contestar, la puerta se abrió violentamente.
–¡Izzie!... –gritó al momento que entraba buscando la mirada de su hija –¿por qué no…? –se detuvo al encontrar la cara asustada atónita de Pamela –¿qué haces aquí?
Dijo en un gesto desdeñoso, mientras aventaba algunas prendas al suelo en el cuarto de Izzie, en tanto su vista recorría el cuarto como rastreando cada objeto.
–Ya, no importa, hoy te toca lavar –agregó señalando a su hija –y limpia tu habitación, es un chiquero.
Le sonrió ligeramente a Pamela que finalmente recordó las reglas de etiqueta y brincó espasmódicamente mientras miraba a Patricia.
–Buenos días Señora.
Patricia que se enorgullecía de mantener el control de su casa miró con frialdad a Pamela con una media sonrisa hipócrita, miró una vez mas a su hija que levantaba las prendas de vestir del suelo, frunció levemente las cejas y lentamente se acercó a Izzie, la tomó del brazo con ligereza y la vio de frente por un segundo.
–¿Estas bien?
Una vez mas Izzie lanzó con ligereza la cabeza asía tras, pero ahora con un gesto de repugnancia le sostuvo la mirada a su madre, Izzie dando un ligero jalón se libertó de su mano que apretaba todavía con suavidad Patricia, y replicó con indiferencia.
–Si.
La respuesta seca por un lado no le pareció suficiente a su madre y por otro lado era demasiado temprano para dar un espectáculo a las visitas, si bien a Pamela le resultó emblemático, sabía que no podría hacer nada, pues conocía a su amiga, si algo pasaba con ella, se lo guardaría, así que mas de obligación que con convicción decidió guardarse, en cambio pese a conocer a su hija Patricia insistiría, y las dos adolescentes estaban muy conscientes de eso.
–¿Segura?
Replicó Patricia con voz comprensiva y lenta mirando con ternura a su hija, Izzie que conocía el truco, y que por mas veces que se repitiera no dejaba de funcionar, suspiró en un gesto de paciencia y la miró de frente con calma, en medio de una sonrisa que las tres sabían fingida, pero a base de ensayar parecía natural.
–Si mamá –dijo entonó con seguridad –queremos bañarnos, ¿tardas?
Su madre sonrió entornando los ojos sabiéndose derrotada de momento, y asintió con la cabeza.
–Yo me regreso a la cama –decía al tiempo que abría la puerta del cuarto –hoy te toca lavar.
Se oye decir a patricia mientras lentamente se cerraba la puerta, en tanto las amigas se miraban por un instante cómplices de la travesura, y sin pensarlo en un acto natural Izzie se agacho a levantar la ropa que al parecer se reproducía en generación espontánea, al tiempo que Pamela se sentaba frente al tocador mirándose al espejo y tomando un peine, al ver su rostro enmarañado, fuera de todo decoro, trata de poner un poco de sentido cepillando afanosamente, al mirar sus ojos en el reflejo, lejanamente recuerda la noche anterior, una luz brillante y un sonido parecido a un grito, y sin embargo la perversa sensación de felicidad, paradójico el largo silencio que cierne en la habitación la regresa súbitamente a la realidad, al hacerlo de reojo ve a su amiga en una borrosa imagen difuminada en el espejo, parecía lejana abstraída en su propio mundo, Pamela reconoció esa mirada, de inmediato, y casi de un salto corrió a sentarse junto a ella, Izzie apenas y parpadeo al sentir a Pamela su lado, pero lentamente se acurrucó en su regazo mientras su amiga la acogía con ternura, acariciándole el pelo.
–¿Qué hago?
Pregunta Izzie sin emoción ninguna, mientras se arremolina ligeramente entre los brazos de Pamela.
–Pues… –dice Pamela con cuidado, pensando cada palabra – ¿buscaste de nuevo en los papeles de tu mamá?
–Si –contesta indiferente –claro que sí.
El tiempo se detiene y atrapa a las amigas en el umbral del limbo, apagando los sonidos, entrelazando sus pensamientos, haciendo de las dos uno y lo mismo, finalmente Pamela rasga el aire con un suspiro lento y triste.
–Izzie –dice lentamente mientras acaricia su pelo –lo encontraste, ¿verdad?
–Si … quizá… –contesta levantándose para ver a Pamela a los ojos –encontré un número, solo eso, un número.

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Hector Adrian Montes Cervantes.
Published on e-Stories.org on 01/29/2015.

 

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