Álvaro Luengo

El premio

 

A Juanjo le temblaban tanto las manos que no era capaz de hacerse el nudo de la corbata.

-¡Ayúdame, Isabel, por favor!- suplicó.

Aquella era su gran noche. No sólo porque tenía la cena de Navidad de la empresa de telefonía en la que llevaba treinta y cinco años trabajando, sino porque también nombrarían al Empleado del Año, título que iba acompañado de un ascenso, lo que en su caso por fin supondría llegar a ser Jefe de Área, y de un viaje de dos semanas a Río de Janeiro, con gastos pagados, acompañado de su familia… ¡Ni en sus mejores sueños le había pasado todo eso!

Y los finalistas eran él y César, que no era más que un advenedizo lameculos al que toda la oficina odiaba por sus rastreros procedimientos de escalada, que llegaba hasta el punto en el que se ofrecía para llevar a la compra a la mujer de don Miguel, el Director General, para que os hagáis una idea de sus métodos.

Y a Juanjo le constaba que, además de su brillante historial en la empresa, aquella noche presentaría un detallado proyecto de expansión en el tercer mundo que le daba mil vueltas a la inconsistente presentación plagada de errores que iba a exponer su adversario.   

-¡Juanjo, vas a perder!- le decían los compañeros -¿No ves que César se la chupa al Jefe y le van a votar a él?

-¡Vete a la mierda, Raúl!

-Que no, hombre, que no. No te pongas así, que era una broma… Que sólo le pone el culo, je, je, je, je...

Pero él no se lo tomaba a mal porque sabía que lo hacían sólo para enrabietarle y vacilarle un rato, y los compañeros se mostraban mayoritariamente a su favor, aunque notaba que la rivalidad a la que el premio había dado lugar entre ellos había cargado bastante el ambiente en la oficina, y más aún con la llegada de Sheila, la nueva empleada que le habían asignado para ejercer de tutor durante su tiempo de prácticas en la empresa.

Se trataba de una exuberante mulata colombiana, de unos veinticinco años, y muy atractiva. Desenvuelta en sus modales y muy ceñida en su manera de vestir.

Y el caso es que se mostraba muy próxima a él, demasiado para su gusto, hasta el punto en el que daba lugar a situaciones bastante equívocas, en las que él se mostraba poco ducho, y le descentraban bastante en el trabajo.

Por ejemplo, se acercaba repetidamente hasta su mesa para hacerle preguntas anodinas, inclinándose hacia él y ofreciéndole un glorioso primer plano de su generoso escote.

Juanjo se ponía en pie para escapar de la tentación y le decía:

-¡Sheila, por favor! No hace falta que vengas hasta aquí para hacerme ese tipo de preguntas! Te oigo perfectamente cuando me hablas desde tu mesa… Y perdona, pero ¿no crees que llevas?... No sé cómo decírtelo… Creo que llevas un botón de la blusa desabrochado…

-¡Pero Juanjo, si la blusa es así!… Es que tengo un pecho tan grande que no la puedo cerrar más…  ¿Tú crees que debería operarme?- se pavoneaba girando de lado a lado ante él para que apreciara sus perfiles –De reducción, claro está.

-¿Operarte?... ¡Qué tontería!... Pero si estás estupenda, Sheila… Quiero decir… Que te lo digo con todos mis respetos, ¿eh?, y no me vayas a entender mal… ¡Que salta a la vista que no te tienes que hacer nada para estar muy bien, vamos!

-¡Ay, mi amor, qué cosas tan lindas dices!- con caída de ojos incorporada y sopesándose un pecho en cada mano -¿De verdad que te gustan así?

Y casi todos los días le pedía permiso para extraer algún archivo de su ordenador personal con el pretexto de estudiar alguna normativa o algún caso, frotándose contra él durante el rato que tardaba en enchufar su pen drive, y forzándole a levantarse con la excusa de ir a buscar un café, no fuera a ser que alguno de sus compañeros advirtiera la prominencia que se iba abriendo paso en su entrepierna y aquello fuera un bochorno.

Juanjo no era de hierro y tenía que reconocer que aquella mujer le alteraba. Él sabía que no era especialmente simpático ni guapo, y que tenía la suficiente edad para poder ser su padre, por lo que todo aquello no dejaba de intrigarle… ¿Qué sería lo que podía ver en él?... ¿Sería todo imaginaciones suyas y ella se comportaría así con todo el mundo?

Pero él se consideraba un hombre con experiencia y no estaba dispuesto a  repetir el error que ya cometió en su juventud al enamorarse de una compañera de trabajo, pues tras tres meses inolvidables acabó todo muy mal y dio bastante que hablar en la empresa.

Además sabía que la contratación de Sheila había sido precedida por una recomendación procedente de muy arriba, así que estaba decidido a mostrarse capaz de manejar la situación sin dar lugar a conflictos.

-¿Qué, te la has tirado ya?- le decía Raúl –Porque se te pone a huevo, tío, y está buenísima. Vamos, Juanjo, que no se diga… ¿Es que estás tonto o qué te pasa? 

Tenía que actuar con cabeza y no olvidar ni un solo momento que estaba felizmente casado con Isabel, una mujer aún guapa a la que quería y necesitaba mucho, y que tenía dos hijos estupendos a los que adoraba.

Su hija Sofía, de dieciséis años, le expresaba sin reparo:

-Ojalá te den el ascenso, papá, pero que este año no haya viaje… Yo prefiero irme a Italia con los del instituto de viaje de fin de curso, que allí hay muchas más cosas interesantes que ver, como Florencia, Venecia, Roma… Mis amigas me dicen que en Brasil no hay más que putas y futbolistas.

-¡Pero qué dices, hija, mía, no digas tonterías! Brasil es uno de los países emergentes más grandes, importantes y bellos del mundo. Italia está a la vuelta de la esquina y tendrás muchas ocasiones de ir si tanto te interesa… A ver si te crees que no me doy cuenta de que quieres ir porque irá tu amado Gelete, ¿no es cierto? ¡Que sé que no se trata de arte y que no me tomes por tonto!

-Vale, papá, pues lo siento, pero te digo que no quiero ir a Brasil. ¡Déjame al menos que me quede en Madrid!

 Pero su hijo Marcos, de quince años, se mostraba entusiasmado con la idea:

-¡Qué bien, papá! ¡Ojalá que ganemos el viaje a Río! Y lo del ascenso, no te preocupes, que si no es este año será el que viene, que está al caer… ¿Tú crees que las brasileñas de verdad están tan buenas como las que salen en las fotos de internet?... ¿Me dejaréis salir de noche?... En Madrid me dejáis hasta las doce y allí estaremos de vacaciones…

-Eeerh… Ya veremos lo que pasa, hijo, ya veremos. Y no se te vaya a ocurrir llevarte nada raro a Brasil, ¿eh? Que allí con quince años te meten en la cárcel.

-¿A mííí?... ¿A qué te refieres, papá?

-Pues a los porritos esos que te fumas con tus amigos de vez en cuando, ¿a qué me voy a referir si no? Que no soy tonto y ya te he pillado más de una vez.

-Por un perro que maté…

-¡De perros nada, que he dicho porros! Que no la vayamos a tener, Marcos, que no le vayas a dar un disgusto a tu madre. Y con las chicas, intenta ligar  en la playa y ya saldrás a dar una vuelta con ellas por la tarde si es que lo consigues. Y cada cosa a su tiempo, que no tengas tanta prisa, hijo.

-¡Qué antiguo eres, padre!

Y total, que tuvo que ser su mujer la que le hiciera el nudo de la corbata.

-¿Seguro que voy bien así, Isabel? ¿Voy bien peinado?

-¡Ay, hijo, qué pesado te pones, ni que fueras a salir en un desfile de modelos! ¿Y yo, cómo voy? ¡Que no me has dicho nada!

La cena se celebraba en un salón grandote del Eurobuilding de Madrid.

A Juanjo le sorprendió ver a Sheila y César sentados juntos en actitud muy amistosa en una mesa cercana a la suya, y le pareció que ella pegaba un respingo al notar que él la miraba.

-Como ya resulta tradicional en nuestras cenas de Navidad, primero daremos el premio y luego la cena, con el objeto de que no se le indigeste a nadie- proclamó el consabido chiste don Miguel, el director, para levantar la sesión.

Y seguidamente aclaró que ambos aspirantes se encontraban empatados en  la puntuación por méritos obtenidos en la empresa y que la nominación de Empleado del Año dependería exclusivamente del proyecto que fueran a presentar seguidamente, ofreciéndole el primer turno para hacerlo a César, ya que le correspondía de acuerdo con el orden alfabético inverso. Y a ver quién era el valiente que le llevaba la contraria al jefazo.

Así que el indecente pelota subió el primero al estrado embutido en un traje azul celeste y con aspecto engominado y relamido, y tras leer unas empalagosas frases de agradecimiento dirigidas a sus superiores, anunció que en el último momento había decidido cambiar el tema de su exposición y presentar finalmente un proyecto sobre “el futuro de la telefonía móvil en los países emergentes”, que consideraba de gran valor para la empresa.

El pobre Juanjo se quedó helado cuando vio la primera diapositiva de su presentación, pues era idéntica a la suya, con la única excepción de que en el apartado del autor ponía “César Manrique” en lugar de “Juanjo Toledano”.

El mismo fondo y colores, el mismo tipo y tamaño de letra… ¡Todo era igual! No daba crédito a sus ojos.

-Esta noche me siento orgulloso de presentarles el estudio que he realizado en el que evidencio la notable rentabilidad que entraña el futuro inmediato de la telefonía móvil en los países del área subsahariana, con el propósito de convencerles de que nuestra compañía debe de estar ahí, compitiendo por ese mercado- comenzó a decir.

¡Aquello era increíble, pues eran las palabras que había escrito él!… César estaba presentando su presentación… ¡El muy canalla le había robado el proyecto! ¡No podía creerlo! ¿Cómo había sido capaz de cometer una vileza así?

Notó cómo el cuello de su camisa se iba empapando en sudor y le faltaba el oxígeno.

-¿Qué te pasa, cariño?- quiso saber su esposa al advertir su descomposición.

Él se lo susurró al oído mientras sus circundantes les exigían silencio ante el orador, y ella le contestó con una mirada desorbitada.

El fin de la exposición fue seguido por una tromba de vítores y aplausos, y  don Miguel bajó a felicitarle efusivamente en persona.

Sheila se fundió con César en un abrazo cuando bajó del estrado y le propinó un apasionado beso ante la vista de todos, evidenciando que ella había sido la traidora.

-¿Pero qué te pasa, Juanjo? ¡Defiéndete! ¡Explica lo que ha pasado!- le apremió Isabel.

La reclamación de Juanjo sobre la autoría del proyecto fue recibida con sarcásticos comentarios de incredulidad por parte de sus superiores y con división de opiniones por la de sus compañeros.

-¡Qué manera de mentir! ¡Qué valor!- se oía protestar a César - ¡Pretende robarme el trabajo!

Y a lo largo de la enrarecida cena que se celebró a continuación se decidió dejar el premio en suspenso y llevar a cabo una investigación sobre el asunto.

Juanjo tuvo la enorme suerte de que Sheila cometió la imprudencia de conservar una copia de su presentación en su pen drive, obtenida sin permiso, así como un correo enviado al señor Manrique en el que decía:

"Te envío el archivo que me pediste, mi amor. Fue fácil copiarlo cuando se fue a tomar café."

Y su correspondiente power point adjuntado.

-¡Idiota!... ¡Te dije que lo borraras todo!- dijeron que dijo César.

Así que finalmente Juanjo fue nombrado Empleado del Año, el infame fue despedido y la traidora conservó su puesto alegando que “desconocía todo lo concerniente a aquella trama”, y completó su período de formación bajo la tutoría de Raúl.

Pasaron los días. El vuelo hacia Río salía temprano y los Toledano acordaron levantarse a las cinco de la mañana para cogerlo sin prisas.

-Sofía, despierta, que nos vamos a Brasil… Pero hija, ¿dónde estás?... ¡Demonio de niña, si no está en su cama!

En su escritorio dejó una visible nota que ponía:

No os preocupéis por mí que estaré bien. Me he ido a Italia con mis compañeros, que mi avión sale una hora antes que el vuestro. Os quiero, Sofía.

La llamaron de inmediato al móvil y se encontraron con que estaba desconectado.

-¡Ahí va, la leche!... ¿Y qué es lo que hacemos ahora?

-Pues qué vamos a hacer, Juanjo... ¡Marcharnos a Río sin ella y que sea lo que dios quiera!

-¡Mejor!- opinó Marcos.

-¡Será tonta esa niña!... ¡Pues vámonos ya! Que nos vamos a quedar sin vacaciones.

Su avión dejó de emitir señales a las 10’15 de la mañana, cuando volaba a unos mil kilómetros al oeste de las islas Canarias, pero sus restos nunca fueron encontrados y no se pudo aclarar la causa del accidente.

Sofía tuvo que volver precipitadamente de Italia, ocasión que Rebeca, su mejor amiga, aprovechó para enrollarse con Gelete y volver embarazada.

Y Raúl y Sheila se casaron seis meses después, cuando él fue nombrado Jefe de Área, y fueron muy felices durante algún tiempo.

FIN

   Vaya con la muerte, cómo le divierte jugar por jugar,
y de paso quebrar el envanecimiento
de los hombres del mar y los de tierra adentro…

(que decía Joan Baptista Humet)

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 02/01/2015.

 

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