Álvaro Luengo

Una historia real

UNA HISTORIA REAL (o al menos eso dice la chica que me la contó)

El caso fue que la pobre chica no tuvo más remedio que echarse a andar aquella tormentosa noche por el enlodado camino que conducía al convento de las Madres Dromedarias, pues no tenía ningún otro lugar al que acudir para pedir asilo.

-Se dice que las madres acogen a todo el que llama a su puerta y que son muy caritativas- pensaba mientras protegía su vientre con ambas manos de la furia del chaparrón -Y que incluso hay casos de mujeres que fueron recibidas por ellas y se quedaron allí para siempre, ya fuera como monjas o sirvientas del convento… No tendrán el valor de echarme a la calle cuando me vean en este estado… ¡Cojona!... ¡Vaya nochecita que hace!... ¡Y cómo se ha puesto mi padre al saber lo de mi embarazo!

Porque su padre había montado en cólera y aún redobló su ira cuando supo que había sido el último del pueblo en enterarse de aquello. Y no la había despellejado allí mismo gracias a que su madre, valiente como una tigresa, se interpuso entre los dos blandiendo el palo de la escoba…

-¡A mi hija ni la toques, ¿eh?! ¡Animal! ¡Que eso sí que no te lo consiento! ¡A ver si te voy a deslomar yo a ti con la escoba!

Hay que reconocer que hay ocasiones en las que no hay nada como tener a una madre cerca.

-¡Gracias, mamá!

Y así logró salvar su pellejo, pero no le quedó más remedio que salir pitando de allí de inmediato. Sola y sin más armamento para enfrentarse al mundo que un viejo paraguas y un maletín con cuatro bragas y un jersey que pudo arramplar en su precipitada huída. 

Ella sólo conocía el convento de haberlo visto por fuera, pero le habían contado algunas cosas de él. Estaba edificado en la cima de una colina situada al norte del pueblo, y solamente se accedía hasta él a través de un serpenteante y bacheado camino de tierra. El único hombre que mantenía contacto con las madres era un tal Gabriel, un robusto cavernícola que se encargaba de hacer la compra y de cuidar la casa y la finca, y del que las habladurías decían que era tan hombre que él solo se bastaba para tenerlas contentas a todas las monjas, que de todo había en la viña del señor, y que aún le sobraban fuerzas para pasarse el día cavando zanjas por todo el recinto haciendo trabajos de jardinería…

En el pueblo no podía quedarse, porque su padre la iba a moler a palos en cuanto se encontraran en cualquier sitio, y además los chicos se burlaban de ella y le mostraban su crueldad tratándola como si fuera una prostituta. Y a los pocos que le dirigían algunas palabras de solidaridad y consuelo, se les acababa viendo el plumero, que siempre acababan queriendo sacar tajadilla del asunto. Estaba claro que en el pueblo no le daban cuartelillo y había que irse de allí.

Y de su novio Paco, al que tanto necesitaba, dejó de tener noticias cuando se despidió de ella para irse a Madrid con la excusa de buscar un trabajo con el que sacar a su nueva familia adelante, y de eso ya hacía más de siete meses, así que se encontraba más sola que la luna, que diría el poeta. ¿Cómo se le ocurrió enamorarse de ese cabrón?... ¡Si no era más que un flacucho con mucha labia y ella podía aspirar a algo mucho mejor!... Pero ahora con un niño a cuestas la cosa se planteaba más difícil…

-¡Jodó!- se dijo –Anda que no se hace larga la cuestecita esta… ¿Y es que no va a parar nunca de llover?

Cuando consiguió alcanzar la verja que circundaba la finca se adentró hacia el edificio y le sobresaltó el cercano ladrido de unos perros en la oscuridad de la noche.

-¡Andá la hostia!... ¡Lo que me faltaba!... ¡A ver si van a estar sueltos!

Echó a correr hacia la mole de piedra que se levantaba frente a ella y llamó al timbre de la puerta con insistencia. Un afilado y pálido rostro se asomó entre las rejas de una ventana situada junto a ella.

-¿Sííí? ¿Quién eres?... ¿Qué es lo que se te ofrece a estas horas de la noche, chica tonta?- quiso saber.

-¡Qué recepción tan estimulante!- pensó ella.

-Ábrame, madre, por favor, que estoy en estado y me va a morder un perro.

Y una vez dentro se supo buscar la vida para conseguir que las numerosas madres que acudieron a presenciar la incidencia la sentaran frente a un humeante plato de una apetitosa sopa de verduras, que engulló con avidez en cuanto terminó de contarles su desdichada historia.

-¿Te gusta la sopa, hija? Las verduras son de nuestra huerta y nos las trae Gabriel diariamente- le explicó una de ellas –Fresquísimas, como deben de ser.

Y a la chica le dio la impresión de que la monja se sonrojó levemente al decirlo.

-¡Oooh! ¡Pobre criatura!- se lamentó otra -¿Y cuántos años dices que tienes?... ¿Dieciséis? ¡Cuánto debes de haber sufrido!

-Callad, sor Sauce- ordenó la madre Rigurosa, que era la que parecía ostentar la máxima autoridad en la reunión -No pequéis de imprudencia en vuestros juicios. Si nuestras puertas se encontraran siempre abiertas a todo el mundo, tarde o temprano acabaría entrando un ladrón. Vuestros sentimientos os hacen olvidar que nos encontramos ante una pecadora que ha ofendido gravemente a nuestro amadísimo señor, al que viene detrás de Atchís.    

-¿Qué ha dicho?... ¿A quién dice que he ofendido?- quiso saber la chica –¿Al que viene detrás de Atchís?... ¿A Jesús?... ¿Que yo he ofendido a Jesús?... Pero si él nunca dijo nada contra el amor, pero si él...

-Shhh…- chistó sor Sauce, exigiéndola silencio –Nosotras le veneramos tanto que no osamos pronunciar su nombre jamás. Solamente decimos El Que Viene Detrás de Atchís y ya está.

-¡Caramba, qué chocante!- contestó la chica, deseosa de cambiar de tema e ir al grano –Pero, hermanas, ¿podré quedarme aquí unos días con ustedes?

-Ten por seguro que nuestro señor -tomó de nuevo la palabra la madre Rigurosa, que debía haber sido cum laude en Manipulación de Masas, o algo así -en su bondad infinita sabrá perdonar tu condición de perdida y te acogerá de nuevo en su rebaño, pero en su infinita justicia también tendrá que imponerte un castigo, no te quepa duda. Y este será proporcional al pecado cometido, brindándonos así ejemplo de cómo hay que hacer las cosas. ¡Las cosas hay que hacerlas como dios manda! Le pediré audiencia esta noche y mañana os haré saber su decisión a todas. 

Y lo soltó así, tan fresca, dándoselas de estar en contacto directo con dios, nada menos… ¡Decía que iba a comunicarse esa noche con el Altísimo! Como si fuera tan fácil como hablar por teléfono con alguno de los hermanos Gasol...

Y unos estruendosos cacareos de aprobación acogieron sus palabras.

-Y ahora acomodar a nuestra visitante en alguna de las estancias que hay junto a las caballerizas- continuó -y volver todas a vuestras celdas sin entreteneros rumoreando por los pasillos.

Y resultó que aquellos aires de mandurrucha iluminada y la amenaza de su futuro castigo inquietaron a la chica. Normal por otro lado, ¿no os parece?

-Te aseguro que no te molestarán las ratas- le aseguraba al poco rato una joven hermana que se ofreció a acompañarla por el interminable corredor que conducía hasta su estancia –Que para eso tenemos a Félix, un gato que las tiene a raya. Pero algo de olor sí que te llegará, eso sí. De los caballos, quiero decir. Pero te acostumbrarás pronto a ello.

-¿Y el baño?

-Si te refieres a las letrinas, están fuera, en el patio. Pero a mí en tu lugar no se me ocurriría bañarme ahí. A sor Surprise, que era una novicia irlandesa, se le ocurrió hacerlo y murió a los pocos días de un cólico miserere… Tendrías que haber visto cómo se cagaba todo el tiempo por las patas abajo, aquello era como un torrente…

-Creo que soy muy capaz de imaginármelo, hermana- le cortó la chica -No es necesario que me des más detalles, gracias.

-¡Qué asco, qué cosas había que oír!- pensó -¿Y así que me voy a pasar la noche empapada,  oliendo estiércol de caballo y sin ningún sitio donde poder hacer mis necesidades? … Pues sí que empezamos bien… ¿Y si me entran las ganas, qué hago?

-Por cierto, niña, que yo soy la hermana Illa, pero puedes llamarme Hermanilla, que es así como me llaman todas. Es que todas las hermanas mantenemos una relación muy cercana y animada entre nosotras… ¡Hay días que nos lo pasamos bomba!- le hizo saber.

La chica pensó que sería más correcto no expresar ninguna opinión sobre aquella chuminada, y cuando llegaron frente a la puerta de la habitación, le soltó:

-Oye, Hermanilla, ¿tú sabes qué quería decir la madre Rigurosa cuando dijo lo de mi castigo?

-¡Sagradas Formas!- exclamó la monja al pellizcarse un dedo mientras abría la puerta -¡Qué daño me he hecho!

-¿A ver, hermana?... Ven que te limpie con mi pañuelo, que estás sangrando, mujer, ¿pero tú dime mientras tanto a que se refería la Rigurosa cuando dijo lo de mi castigo? ¿De qué se trata? Anda, por favor, dímelo.

-Eeerh…- el rostro de la religiosa empalideció súbitamente -Te ruego que en lo sucesivo no hables delante de mí de manera tan irrespetuosa, querida, pues en tal caso me vería obligada a dar parte de ello. No me vuelvas a poner en ese compromiso…

-¡Perdón!- una extraña sensación de embriaguez comenzó a apoderarse de la chica… ¿En qué mundo estaba? -Lo siento, Hermanilla, no te quise ofender, ¡pero dime todo lo que sepas sobre mi castigo!

Y el sonido de unos golpecitos procedentes de la ventana interrumpió la animada conversación.

-¿Qué es eso?- quiso saber la chica, asustada -¿Quién es?

La monja abrió la ventana de par en par y exclamó:

-¡Gabriel! ¡¿Qué es lo que andas buscando por aquí a estas horas de la noche?!... Como si no lo supiera yo, que vergüenza debería darte… ¡Venir con tus sucios instintos a turbar la paz de las almas que aquí descansan!

-No se enfade, hermana, y no vaya usted a pensar mal de mí- una cara de rasgos muy duros, coronada por una gran mata de pelo negro se asomó por la ventana –Estoy haciendo la lista de la compra, que perdone usted si se me ha hecho un poco tarde, y era por ver si iban a necesitar algo… El nabo se ha dado como nunca esta temporada y tengo unos ejemplares extraordinarios, ¿quiere ver uno?

-¡Calla, sinvergüenza! ¡Siempre pensando en lo mismo! ¡Como si no supiera yo cuáles son tus intenciones! ¡Eres peor que Satanás! ¡No te libras de que mañana mismo vuelva a dar parte de ti! ¡Te la vas a cargar!

-No se ponga así, hermana, que yo lo único que quiero es que a usted no le falte de nada. Por cierto, ¿quién es su joven acompañante?

-¿Y a ti que te importa, desvergonzado?- le contestó indignada.

-¡Gabrieeel!... ¡Gabrieeel!- la voz de la madre Rigurosa se dejó oír a través del patio -¿Vas a ir mañana a la compra?

-Esa es mi intención, madre- voceó él como respuesta –Si no tiene usted otra cosa que mandar.

-Pues pásate a verme que te tengo que hacer un par de encarguitos. Y ven ligerito sin entretenerte por el camino, anda.

-¡Gallina vieja hace buen caldo!- se despidió Gabriel, dedicándolas una mueca cargada de sorna -¡Qué lástima, otra vez será!... Que pasen muy buena noche.

La hermana cerró la ventana de golpe.

Y la chica aprovechó para tirarle de la lengua y la Hermanilla acabó largando todo lo que sabía, y le contó que en ocasiones similares, el veredicto del Que Viene Detrás de Atchís siempre había sido otorgar el perdón a la gestante, dando muestra de su bondad y misericordia infinitas, acogiéndola incluso como a un miembro más de la Orden de las Dromedarias, y además de eso, en un acto de amor supremo, reclamar la presencia del pequeño junto a él, perdonando que fuera fruto del pecado, para darle la oportunidad de disfrutar a su lado de una existencia plena, infinitamente más dichosa que la que su madre podría ofrecerle nunca.

-¿Qué quieres decir con eso?

-¡Hija! ¿Es que no entiendes el castellano?... Que te vayas despidiendo de él, vamos, porque nuestro señor le acogerá en su seno.

-¿Qué narices me estás diciendo? ¿Cómo que me vaya despidiendo de él?... ¡Habla claro!... ¡Contesta!

Y la cogió por los hombros zarandeándola.

-¡Tranquila, mujer!... ¡Qué chica tan loca!... Pues que emprenderá su viaje en cuanto sus ojos vean la luz, con la enorme fortuna de ir a vivir para siempre en la gracia de dios… ¿Es que no lo entiendes?...

-¿En la gracia de dios?- la chica estaba asustada y encolerizada -¡Pues qué humor tan fantástico tiene! ¡Puta la gracia que me hace a mí saber eso!... ¿Que tu dios quiere llevarse a mi hijo con él?... ¡Que ni lo sueñe, ni hablar! ¡Mi hijo es mío!

-¡Pero si te reunirás allí con él cuando llegue tu día, blasfema!... ¿No te alegras de saberlo? ¡Has sido elegida por dios!

-¡Pero cómo me voy a alegrar, borrica, si lo que me dices es horrible!- la chica no daba crédito a lo que oía y todo su cuerpo temblaba de indignación -¿Y cómo realizará el viaje, si se puede saber?

-¡Oooh!... ¡Eso es lo mejor, querida! Tu pequeño no padecerá ningún sufrimiento en su transición, no te preocupes, que nuestra superiora piensa en todo y el niño no sufrirá lo más mínimo. Al ser alumbrado será trasladado a las dependencias de Sor Oruja, nuestra farmacéutica, quién le administrará una infusión que le sumirá en un profundísimo sueño, y sólo entonces será entregado a Gabriel, quién se encargará de finalizar la obra.

-¿La obra?... ¿A qué obra te refieres?...

-A la de las zanjas, hija, a la de las zanjas… ¿Es que no has oído comentar en el pueblo que Gabriel se pasa el día cavando zanjas en nuestros jardines?... Pues ahí es donde deposita a los infantes. Y dice que los restos de esos benditos son un nutriente magnífico para las huertas…

-¡NOOO! ¡No haréis eso con mi hijo!... ¡Quiero salir de aquí ahora mismo!... ¡No quiero saber nada de vuestro dios ni de vuestra sopa de verduras!…

-¡Hablas como una orate!... ¿Cómo puedes ser tan ingrata?- y la Hermanilla se puso a gritar -¡Hermanas! ¡Madre Rigurosa! ¡Venir todas, por favor! ¡La chica aspirante tiene un ataque!... ¡Decirle a Sor Oruja que traiga un calmante!

-¡¿Pero qué haces, gilita?!... ¡Cállate ahora mismo o te estrangulo!

La ventana se abrió bruscamente y apareció el rostro de Gabriel.

-¿Sucede algo, hermanas?

-¡Sujétala, Gabriel! ¡Esta muchacha ha perdido la cabeza y quiere marcharse de aquí! No podemos permitirle que lo haga en su estado. ¡Sería un crimen!

El hombre se encaramó con sorprendente agilidad por la ventana y sofocó a la chica con un abrazo de oso, mientras la Hermanilla no paraba de gritar pidiendo ayuda.

-Quieta, potranca. Tu hijo y tú ya sois míos- le susurró al oído, estrechándola contra su cintura.

-¡Suéltame sinvergüenza!... ¡Vicioso!... ¡Sexagenario!

Y en aquel momento sintió como un cálido manantial le brotaba de entre sus muslos y le empapaba los pies.

-¡Cago en la leche!- se dijo -¿Habré roto aguas o me habré meado?... ¡Lo que no me pase a mí!

Y mientras tanto la habitación se había llenado de monjas que reclamaban a grito pelado la presencia inmediata de su farmacéutica.

-¡Apartaos!- la encogida y oscura figura de sor Oruja se abrió paso a empellones entre ellas – Y darle de beber esta infusión que traigo para ella…

Mostrándoles un frasquito que llevaba en la mano.

Un enjambre de dromedarias se abalanzó sobre la chica inmovilizándola por completo, tras lo que sor Sauce se le acercó sonriente, mientras abría el recipiente de la pócima.

-Bébete esto, querida, que te hará sentir mucho mejor- le dijo en un tono angelical.

-¡Nooo!... ¡Aparta eso de mí, no quiero probarlo!... ¡Soltarme y dejarme marchaaar!... ¡Por favooor!...

La vista se le nubló con el primer trago que le forzaron a dar de aquel brebaje y de repente se encontró sumida en la más absoluta oscuridad, sintiendo todas aquellas manos que sujetaban sus brazos.

-¡Soltarme!... ¡Soltarme!- se debatía en vano.

-Sujétala bien- una voz tranquila y firme, que ella no había oído hasta ahora, destacó entre las demás -¡Haz el favor de estarte quieta, muchacha, que te vas a arrancar los sueros!

-¿Los sueros?... ¿A qué sueros se referirían ahora estas lunáticas?...

La chica hizo un esfuerzo por abrir los ojos y se encontró de bruces con las caras de dos enfermeras que la miraban con expresión de susto. Echó un rápido vistazo a su alrededor y no había duda: estaba en una habitación de hospital.

-Por fin te despertaste, ¿eh, dormilona? Anda que menudo susto nos has dado, que ya creíamos que te nos ibas- le dijo una de ellas.

-¿Qué me ha pasado?... ¿Por qué estoy aquí?

-¿De verdad que no te acuerdas?... ¿De nada, nada, nada?- quiso saber la otra.

Ella negó con la cabeza, mirándolas con los ojos muy abiertos.

-Bueno pues la verdad es que a tu padre se le fue un poco la mano al echarte una reprimenda por algo que debiste hacer y te atizó un par de garrotazos que te provocaron una conmoción cerebral que te hizo entrar aquí en coma- le explicó la primera.

-¡Conmoción cerebral!- pensó la chica -¡Que diagnóstico tan acertado! Así es exactamente como se sentía. Debo estar en manos de muy buenos médicos.

Y se tranquilizó al oirlo.

 -Hasta ahora has estado muy agitada y nos daba miedo que pudieras llegar a hacerte daño con tus convulsiones. Te íbamos a administrar un relajante muscular en este mismo momento.

-Creo que será mejor que avisemos al doctor para que venga a verte enseguida- añadió su compañera - ¿Pero no echas de menos a nadie?

Y se pasó la mano sobre su tripa con intención.

La chica se sentó de un respingo en la cama y se quedó espantada al comprobar que su voluminoso vientre había desaparecido.

-¡El niño!... ¿Dónde está mi hijo?... ¿Qué habéis hecho con él?

-Tranquila, chica, tranquila… Tuvimos que practicarte una cesárea de urgencia, porque tú te encontrabas muy mal, pero a tu bebé no le ha pasado nada y está estupendamente, y para mayor seguridad lo hemos trasladado a la incubadora, donde se encuentra bajo el cuidado de las hermanas.

-¿Las hermanas? ¿Qué hermanas son esas?... ¡No quiero que ninguna hermana se acerque a mi hijo!

-¿Pero qué tonterías son esas? Sor Sauce es una enfermera estupenda, especializada en neonatología y…

-¿Sor Sauce?... ¡NOOO, POR FAVOOOR!- chilló horrorizada -¡Traerme a mi hijo, traérmelo ahora mismo, antes de que le den el brebaje!

Las enfermeras la miraban con expresión de asombro sin comprender nada de lo que decía.

-Voy a avisar al doctor Gabriel ahora mismo- dijo una de ellas, saliendo rápidamente de la habitación.

-¿Al doctor Gabriel?... ¿Mi médico se llama Gabriel?

-¡Pues claro! Es tu ginecólogo. Y muy bueno, por cierto.

Y a la chica le dio la impresión de que la enfermera se ruborizó al decirlo.

-¡NOOO!... ¡No puede ser!... ¡Quiero salir de aquí ahora mismo!... ¡Devuélvanme a mi hijo y déjenme marchar!

-Adminístrenla una dosis triple de calmante. En vena- ordenó secamente el doctor Gabriel entrando repentinamente en la habitación.

-Ahora mismo, doctor- contestó sor Sauce, exhibiendo orgullosa una jeringuilla –La tenía preparada.

-Y lo hemos tenido que bautizar de urgencia dado el riesgo que corría y le hemos llamado Gabriel, como el arcángel y el doctor, que es un nombre precioso- la voz de sor Sauce le acompañó hasta su inconsciencia.

Y total, que voy a abreviar porque tendréis cosas que hacer, que cuando se despertó de su profundo sueño se encontró con que en realidad era una chica de Alcobendas que trabajaba en un supermercado del barrio, y que vivía con su padre,  un hombre encantador que la colmaba de mimos y caprichos, y que no existía ningún rastro de su posible embarazo… ¿Cómo os quedáis?

-Qué suerte tuviste, ¿no?- fue lo único que se me ocurrió decirle cuando acabó de contarme su historia -¡De menuda te libraste por ser de Alcobendas!

Pero ella, muy nerviosa, me explicó que desde entonces se sentía amenazada y angustiada, porque sabía que todo aquello había ocurrido realmente y presentía que iban a volver a por ella, porque no iban a tener suficiente con su hijo, y que cuando conseguía conciliar el sueño vivía horribles pesadillas en las que se veía convertida en una enorme abeja reina que ponía huevos sin cesar, los cuales eran recogidos por obreras que se encargaban de ocultarlos en las profundas galerías que atravesaban el panal, y se despertaba aterrorizada ante la idea de tener que enfrentarse a un nuevo día de locura.

Y yo no sé qué pensar, pero me parece que todo esto es una trola y que ella me ha tomado por tonto y me está vacilando, así que le voy a decir que se vaya a la mierda y ya está, ¿no creéis?... ¿O qué es lo que hago?

Por otra parte no querría equivocarme, porque tampoco soy un cabrón, o al menos no mucho… ¿Y si todo esto fuera verdad y yo le hiciera sufrir aún más a la pobre chica?... ¿A vosotros qué os parece?

-¿Y cómo se llamaba la chica?- me preguntó mi mujer cuando se lo conté.

-Eso no viene a cuento, Tatá, pero creo que se llamaba Ramona o algo así.

FIN


 

 

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Published on e-Stories.org on 02/05/2015.

 

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