Mercedes Rosalsky

Marcos Temia

~~ Marcos Cano, profesor de ingeniería jubilado y soltero estaba nervioso. Su hermano menor, José, y la esposa de éste, Jacinta, estaban de visita hospedándose en la humilde casa de Doña Gabriela, la mamá de ellos, en Cabo Rojo.  Tenía ella ochenta años y vivía sola y traquilita. Los esposos Cano habían venido desde San Juan y se iban a quedar cuatro días con ella. Marcos fué a la casa de su mamá a saludarlos y a compartir la visita. Estaban los cuatro reunidos en la salita del piso hablando de las batallas que le estaba dando el gobernador Fortuño a la población. Unos decían que era un traidor, un hombre corrupto, otros que era un político sacrificado, un buen economista. Y así seguían hablando sin enojos.
 Llegó la hora de la comida. Las mujeres se fueron a la cocina y prepararon una deliciosa cena de camarones empanados, ensalada de aguacates y un bollo de pan obrero calientito. Sentados a la mesa, Jacinta se dispuso a rebanar el pan. Lo agarró con una mano y empezó a cortarlo. Viédo ésto, a Marcos se le aceleró la respiracón. Enrojeció. Se movía en su silla como si sintiera cucarachas caminándole en los pantalones. Encogía los hombros al oír el crujir del pan. 
 _Dame acá eso!_estalló for fin. Jacinta lo miró alarmada. Soltó el cuchillo y el pan. Ahí mismo Marcos cogió una servilleta, agarró el bollo de pan con ésta y lo rebanó sin tocarlo con sus manos.
 _Así es que se corta el pan_le dijo firmemente a Jacinta_.No me meto en la boca un pedazo de pan que cortes de otro modo aunque te hayas lavado las manos. Te lo he dicho antes. Mami, tú sabes que tú sí puedes tocar mi comida, le dijo entonces a Doña Gabriela.
 Su mamá lo miró tristemente. Jacinta sonrió mentalmente satisfecha de provocar tal reacción.
 _Se me olvido lo del pan_dijo.
 José, su marido, siguió sirviéndose ensalada como si no hubiera oído nada.
 El día siguiente, un domingo, Doña Gabriela los invitó a almorzar a un restaurante frente al mar. Fueron a El Faro Iluminado donde, además de mariscos, servían mofongo.
 El mozo los condujo a una mesa desde donde se veía la hermosa costa de Cabo Rojo forrada de un mar azul turqueza. Se sentaron. El servicio era lento. Al cabo de un rato el mozo cogió la orden. Esperaban en silencio deleitándose en la vista. De pronto Jacinta se puso de pie.
 _Voy al baño a lavarme las manos_dijo_. Pienso gozar del mofongo hasta chuparme los dedos. Marcos, ¿no te vas a lavar las manos antes de comer?
 _No_dijo él.
 _¿Por qué no?
 _Porque lavarme las manos es todo un procedimiento. No me gusta tocar nada en los baños públicos.
 _¿Por qué no usas las gelatinas sanitarias?
 _Los envases son muy voluminosos. No me gusta tenerlos en los bolsillos.
 _Ajá. Entonces comerás con las manos sucias.
 Marcos la miró con desprecio, pero no dijo nada. Jacinta fué al cuarto de baños y, al regresar a la mesa, el mozo servía los fragantes platos de comida. Se pusieron a comer.
 Así iba el almuerzo cuando José y Jacinta empezaron a hablar de su ya planeado viaje a Nueva York.
 _Queremos ir a todos los museos y a las tiendas más famosas_ decía ella entusiasmada.
 _Nueva York es una ciudad peligrosa. ¿Por qué exponerse a toda esa contaminación, ruido, basura y crimen?_preguntó Marcos alarmado.
 _Todo saldrá bien_dijo Doña Gabriela suspirando.
 _Yo puedo ir con ustedes y servirles de guía_siguió Marcos_. He estado en Nueva York muchas veces en conferencias de ingeniería. Les puedo enseñar el Puente de George Washington y cómo moverse desde allí. Así evitarán cualquier accidente de tráfico. Nos tendremos que levantar temprano, eso sí, así podremos evitar los tapones.
 _Absolutamente no!_echó Jacinta agitada_.No vas con nosotros! No me voy a levantar temprano en mis vacaciones! Cogeremos guaguas y el metro para transportarnos. Así tendremos mucha flexibilidad.
 Marcos, consternado, se balanceaba rítmicamente de la cintura para arriba en su silla. Buscando apoyo, miró a su mamá.
 Doña Gabriela y José estaban intensamente concentrados en sus platos de calamares guisados con tostones.
 _No sabes cuánto deseo que estén a salvo en éstas vacaciones_siguió Marcos_. Los puedo esperar en el hotel para saber que han llegado bien de sus excursiones.
 _No! José y yo tenemos cincuenta años de edad cada uno! No necesitamos niñera! José, dile que no puede venir con nosotros!_despepitó Jacinta.
 Los otros comensales del restaurante, al oírlos discutiendo así, los miraban interesados.
 _Marcos, por favor, deténte_dijo José por fin en voz baja.
 -Hermano, cómo deseo que te hubieses casado con una mujer más sumisa!_dijo Marcos con agriedad.
 Jacinta, que para entonces se relamía untándole más salsa de ajo a su mofongo, tiró una carcajada abierta.  
 Doña Gabriela, seria, negaba con la cabeza, apretando sus manos entralazadas mirando el plato que tenía enfrente.
 Así pasaron tres días de visita que a ella le parecieron tres meses. Por fin llegó la hora de partir. Ya era miércoles por la noche. Marcos se despedía de su hermano para volver a su casa que quedaba a quince minutos de la casa de su mamá.
 _Antes de que te acuestes esta noche recuerda cerrar las ventanas de enfrente en la sala_le dijo a José_. Hay un montón de gente degenerada por ahí que trata de asomarse a espiar.
 José asintió.
  Marcos salió de la casa y se metió en su carro deportivo. Sin embargo, cuando estaba a punto de prenderlo lo asaltó la certidumbre de que su hermano se olvidaría de las ventanas. Con ajoro, volvió a entrar en la casa.
 _Cierra las ventanas inmediatamente!_exigió.
 José, que estaba viendo televisión, se levantó en el acto y cerró las ventanas dejando la sala sin ventilación alguna.
 _No me gusta tu actitud_le gruñó Marcos a su hermano_.No tomas nada en serio. Es tarde. Ya me tengo que ir. Tengo prisa. Es casi hora de tomarme mi aspirina y mis dos medicinas para la presión alta.

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Mercedes Rosalsky.
Published on e-Stories.org on 02/14/2015.

 

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