Manuel Olivera Gómez

Los tacones de Reynalda

 
Luego  de la comida, servida invariablemente a las seis  de la tarde, toda la familia se trasladaba al portal para esperar la noche  sentados  en los taburetes de cuero  que  comprara  cierta navidad  el ya finado abuelo Ignacio. Entre bostezos y golpes  de penca, con los cuales intentaban apartar el calor y el  obstinado acoso  de los mosquitos, eran siempre las mujeres las  encargadas de  iniciar  aquellas largas conversaciones  sobre  aparecidos  y tesoros ocultos. Venían seguidamente las historias del tío Tomás, quien tanto se esforzaba en sacar de su añosa memoria las sufridas  imágenes de una adolescencia vivida en la  isla de Tenerife.
 
Parecía  que nada fuera capaz de variar la apacibilidad  de aquellas  charlas. Pero en el justo momento en  que  las  últimas luces del crepúsculo se deshacían en el horizonte, los  coloquios eran  interrumpidos por el compuesto taconeo de Reynalda.  Pasaba con su puntualidad casi perfecta, envuelta en un aura perfumada y luciendo  elegantes vestidos que detenían en seco el parloteo  de las señoras, y sembraban deseos en la mirada de los hombres.
 
-¿Qué dice la familia? -recuerdo cómo saludó aquella  tarde.  Su voz tenía un matiz especial, y sus labios, rojos como  la grana, esgrimían una enigmática sonrisa.
 
Tanto  mi prima Gabriela como yo, tendríamos entonces  unos siete  años. Jugábamos palillos chinos en un extremo del  portal, algo alejados de los mayores; pero lo suficientemente cerca  como para estar pendientes del hilo de sus conversaciones. Al aparecer Reynalda,  detuvimos el juego. Conocíamos el efecto que  su  sola presencia  causaba en el seno de la familia; y  tampoco  nosotros podíamos dejar de clavar en ella nuestra inocente mirada.
 
-¡Tan puta! -exclamó la abuela Inocencia cuando el ruido de sus  tacones  comenzó a apagarse al final de la calle;  y  en  su rostro  surcado  de  profundas arrugas quedó  reflejada  toda  la soberbia que aquella mujer le inspiraba-. ¡Cómo no le dará  vergüenza!  ¡Hasta mi pobre Ignacio, que en paz descanse,  estuvo  a punto de caer cierta vez en sus redes!
 
-Dicen  que  está  arreglando  los  papeles  para  irse  al Norte...  -comenzó a decir mi madre con aquella voz  siempre  tan limitada por la autoridad de la abuela.
 
-Eso  es  lo mejor que puede hacer -la interrumpió  la  tía Paulina-.  Aquí ya no hay lugar para ella. En los Estados  Unidos tiene  a  una hermana y a una sobrina. Fueron  ellas  quienes  le pidieron que dejara todo esto una vez fallecido el marido.
 
La  muerte  del esposo de Reynalda sobrevino una  mañana  a principios  de mayo. Cuando lo encontraron era sólo un montón  de carne carbonizada junto a la mata de guayaba que crecía al  final del patio. Este fue el sitio que escogió para vaciarse la  lata de  alcohol y prenderse candela. Dejó una carta de despedida.  En ella  no  culpaba a nadie de su muerte,  sencillamente  se  había aburrido de la vida; pero el pueblo no estuvo dispuesto a aceptar unos  detalles tan simples. Los comentarios corrieron de boca  en boca,  acusando a Reynalda de ser la causante de aquella  desgracia.
 
-Ese  pobre  hombre vivía avergonzado -decía la  abuela-.  Le aguantó tarros todo lo que  pudo;  pero  se cansó de ser el hazme reír del pueblo. No me explico cómo alguien tan decente y tan bueno pudo llevar al altar a una vulgar ramera. Ella fue su perdición.
 
-¡Tuvo una muerte tan indecorosa! -exclamaba la tía Paulina-.  Usted  sabe  Inocencia que a mí no me gusta  hablar  mal  de nadie;  sólo  que...¡si al menos se  hubiera  ahorcado...!  Darse candela es cosa de mujeres... 
 
Pero  a pesar de tantos insultos, Gabriela y yo  de  alguna forma queríamos a Reynalda. La queríamos porque en aquella época, cuando  su  casa era una de las pocas del pueblo  que  tenían  un televisor,  ella nos permitía verlo. Solíamos escabullirnos, y  a escondidas  de la abuela llegábamos hasta su  casa.  Gustosamente nos  acomodaba  en su sala, y  alguna que otra  vez  nos  ofrecía guayabas de aquella mata ya histórica, testigo mudo de las  últimas agonías de su esposo.
 
En  días  de temporal, Gabriela y yo pasábamos  las  tardes haciendo  barcos  de papel y lanzándolos a la zanja  por  la  que fluía  el  agua de los aguaceros. En el  escampado  de  la siguiente  mañana, corríamos a la calle para detectar en el  fangal  y  entre tantas huellas de  vecinos,  las  inconfundibles marcas que dejaban los tacones de Reynalda. Constituía una diversión el detectarlas. Teníamos así la certeza de que el día  anterior,  mientras  las lloviznas y los resabios de  la  abuela  nos condenaban  a aburrirnos en el interior de la casa, ella, fiel  a su  costumbre y desafiando al mal tiempo, había pasado a  encontrarse con la noche.  
 
Sin  embargo,  una tarde, Reynalda dejó de aparecer  en  el angosto  escenario de nuestra calle. Supimos luego que  se  había marchado a los Estados Unidos. Desde entonces todo pareció  desquiciarse. La prima Gabriela se fue a vivir con la tía Paulina  a una  casa  en Santa Clara. Eran tan contadas las  veces  que  nos visitaban en el año, que poco a poco aquella prima, que fuera  mi inseparable compañera de tantas travesuras, se fue  distanciando; y  llegó  el  día  en que estando el  uno  frente  al  otro,  nos sentíamos  como  dos extraños. El tío Tomás no  pudo  rebasar  su tercer  ataque  al  corazón.  Se  llevó  a  la  tumba  su   deseo insatisfecho  de regresar alguna vez a las Islas Canarias. Y  yo, sin darme apenas cuenta, dejé de repente de hacer barcos de papel para echarlos a navegar con las lluvias.
 
Parecía también llover menos entonces. Aquellos  temporales de  antaño  ya no volvían a repetirse. Claro que esto  eran  sólo ideas mías. Comprendí luego con los años, que siempre ha  llovido igual. Sólo que un día dejamos de tener el suficiente tiempo para estar pendientes de la intensidad de un aguacero.
 
Una  mañana, ruidosos carros vinieron a cubrir la calle  de chapapote.  Las ya invisibles huellas de los tacones de  Reynalda fueron definitivamente sepultadas por el asfalto. En lo  adelante sobre  él se gastarían los talones de las chancletas de goma  que comenzaron a usar las mujeres de esos años. Y cuando en la  adolescencia dejé por fin de vivir en el pueblo, el polvo del olvido pareció   dormirse  también sobre la imagen  de  aquella  sensual Reynalda  que habitaba en mi memoria.
 
Pero  en estos días, mientras visitaba a la abuela, que  ya apenas puede valerse por sí misma, tuve la dicha de estar sentado en el portal en el justo momento en que una elegante señora, pasó majestuosa por frente a la casa. Ni siquiera desvió la mirada  al portal.
 
La  abuela, pendiente aún -a pesar de sus males- de  todo  el que  transitara  por la calle, notó cómo seguía con la  vista  el ritmo de aquel cadencioso taconeo.
 
-Es la sobrina de Reynalda -dijo con picardía-. ¿Te acuerdas de Reynalda?
 
Fue entonces cuando todo el pasado acudió de golpe a mi mente. Y escuché apesadumbrado a la abuela, quien me contó que la señora había traído en una cajita metálica las cenizas de Reynalda. Cumplía así el último deseo de su  tía, quien mientras agonizaba de cáncer en un hospital de Miami, tantas veces le pidiera que sus restos fueran a reposar a Cuba...
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 03/17/2015.

 

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