Matias Olivares

La Hbitacion del Fondo

Abrió la puerta y cerró de golpe. Venía con el estomago vacío a esa hora de la tarde. Las llaves colgaron en el cerrojo de la pared y terminó un plato de carbonada. Acompañó con botella de vino tinto, tenía ganas de pensar, de cantar, de hablar, vivir nada más. Una y otra vez acariciaba ese vaso lleno sentado hacia delante con los codos sobre la mesa, entre sillas de madera destruidas por el paso del tiempo. Pensando, luego tragó vino a fondo y saboreó ese exquisito plato hasta muy tarde. El viento que había ingresado soplaba tímido entre las cortinas del living, los dormitorios del fondo estaban abandonados de oscuros. Un crujido interrumpió sus pensamientos, pero la voz de los vecinos hablando como de fiesta hizo que olvidara el asunto. Observo la pared y vio que las llaves ya no colgaban en el cerrojo. Registró su ropa e hizo el mismo recorrido que uno hace cuando se pierde algo. Fue a la cocina, hurgó bajo la mesa, removió muebles, movió las sillas, prendió la luz, y sintió un fuerte estallido desde afuera. Se asomo con precaución para ver lo que pasaba, y noto que la lluvia comenzaba apoderarse de las calles, relámpagos, truenos acompañaban ese nuevo momento quedando a oscuras hasta el otro costado de la casa. Antes de salir, ella le advirtió que las conexiones eléctricas no eran seguras, con el propósito de evitar accidentes.
 Se conocieron en un café y sin hablar estuvieron mirándose toda la noche. De todas las mujeres que conoció en el mundo, ninguna produjo en el, el efecto que, “Lía”. La impresión fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas las mujeres, se borró. Aún en las pausas del amor, permanecían desnudos respirando con las ventanas abiertas. Habían progresado tanto en la pasión, que ya no les alcanzaba el mundo para otra cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier lugar, tratando de hacerlo otra vez, cada vez que lo hacían…
 Tomó su linterna y alumbró hacia la cocina. En completa oscuridad estaba el segundo piso. Un segundo estruendo amenazante proveniente de la cordillera iluminada por un gran rayo, hizo que volteara su cabeza,  tapara sus oídos, era la otra habitación, la que mira hacia el lado norte de la casa.
 La sombra del retrato de tía Julia formaba profunda tenebrosidad sobre la pared del pasillo. Alcanzo una larga vida, heredera de vascos, pero nacida en Chile. No tuvo descendencia alguna, los hombres para ella (decía), eran como bestias salvajes, resolvió adoptar un perro de raza fina e inteligente, un setter irlandés. Su carácter áspero, la hizo tener en muchas ocasiones problemas con sus criadas, cada vez que estas salían a disfrutar de un paisaje hermoso con el sol en alto, al regresar las llamaba desde su habitación preferida, las reprendía fuertemente, quitaba sus ropas y a plena desnudez, tomaba un látigo, y las castigaba hasta el sangra miento. La abordo la muerte de manera inesperada, pero antes mando llamar a un artista y este la retrato de manera como ella quiso ser recordada por siempre.
  A oscuras movió las perillas de su linterna mientras se hacía más de noche. Sentía una rabia feroz contra si mismo, porque no podía soportar las ganas de llorar. Cada vez que alguien ocupaba esa habitación de la casa, una negrura como la de un hombre alto y corpulento mal vestido se aparecía para hacer sufrir. Ella le tenía mucho miedo, por eso se ponía a gritar, narraba doña Rosa. Camino despacio en dirección hacia la habitación del fondo mientras la lluvia guiada por el viento golpeaba como en ráfagas las ventanas de toda la casa. De lejos su linterna alumbraba la puerta grisácea que se veía de un color indeterminado por las tinieblas de la oscuridad de esa estrepitosa noche y a medida que avanzaba un montón de imágenes se cruzaban por el camino en su mente ataviada. Estando a unos metros de distancia que separa el lado oriente de la habitación del fondo se detuvo un momento, tomó el diario y sentado en el baño escucho que abrían despacio la puerta de entrada;
 -¿Quién es?...
-Pregunto-
¿Quién está ahí?...
-Exclamo por segunda vez-
 
 El sonido de la puerta cerrada irrumpió los cimientos de la casa. Un nuevo aroma conocido hasta familiar sacudió todos los recuerdos de ese lugar, quedando completamente desconcertado, fue cuando en ese momento la miró, sonrió de felicidad y la abrazó con la ternura de otras vidas. La retuvo por horas en ese abrazo, mientras le pedía que nunca más lo dejara sólo.
  Pero ese marido estaba sólo. Ha nadie a encontrado y a nadie ha visto. Su esposa yace muerta desde la tarde, al intentar acomodar un cable eléctrico de la casa, que se encontraba caído…

 

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Published on e-Stories.org on 04/12/2015.

 

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