Matias Olivares

La Entidad

-Abrí la puerta y escuché un grito aterrador. Tomé valor, salí con mi linterna al lugar, no vi nada, mi madre estaba sentada sudando sobre la cama y me indicó que sólo estaba soñando.  - No me engañaba.
 Optó quedarse a oscuras, y con señas me pedía que yo hiciera lo mismo. La ayudé a reincorporarse, mientras giraban las manillas del agua del baño del fondo del domicilio, luego un portazo. No quisimos estar más en ese lado de la casa que mira hacia Dublé Almeida, una avenida peatonal obligada para transeúntes con sus charlas, conflictos íntimos que obligaban después de mediodía a tener que cerrar las ventanas por el peligro evidente. La casa continuaba a oscuras, quedamos así hasta la salida del sol, sin dormir. Toda esa semana fue imposible cerrar los ojos, en el día no fue mejor, algunos incidentes escuchábamos desde la calle, los delincuentes robaban a mano armada, los de seguridad ciudadana que se pasean en sus autos observando desde la comodidad de sus asientos el orden público, brillaban por su ausencia. Risotadas, discusiones, era todo el segundo piso. La tarde se transformaba en un presagio de lo que sabíamos que más tarde ocurriría. Por todos los medios traté de convencerla que nos fuéramos de esta vivienda, fue inútil, no quiso. Yo tampoco pude dejarla sola.
Vivió aferrada al recuerdo de una vida con mi padre, a pesar de todo se sentía protegida por él. -No, abandonaría este lugar, fue a su dormitorio y cerró la puerta.
¡Antes muerta!.. –Me dijo-
Caminé a mi pieza a descansar un poco y me tiré en la cama. Pensé un momento en las palabras de mi madre, en la situación que nos encontrábamos. Moví las cortinas del ventanal que miran hacia la avenida Irarrázaval, las nubes amenazaban con oscurecer pronto, al observar con atención se movían rápido como si de una orden se tratara, como si el rayo y el explosivo trueno atmosférico, ayudaran a las nubes a cerrar todo el plateado cielo azul en unos pocos minutos. Cayeron al mismo tiempo un montón de gotas generando un ruido como de estampida de toros en un desierto, el agua pegaba en la ventana, y era absurdo continuar mirando. Estaba lloviendo afuera.
Hace un año, hablamos a los hermanos mayores de mi madre. Esperamos cuatro semanas, ocho semanas, hasta incluso tratamos de regresar, sin importar oír lo que se decían, lo que murmuraban, detrás de nosotros. El frío de mi pieza, era un frío más allá de las palabras, el largo corredor que conecta el baño principal con el último dormitorio, mantiene a mi desolada madre sin hablar, su mirada la tiene extraviada en el mueble de pino Oregón, su mueble preferido, que sujeta el retrato caído de mi padre, Samuel.
 ¡Mamá! ¡Le hablé!  ¡Mamita!  -La última vez.
Regresé por el corredor en dirección hacia mi pieza, era común ver como “eso”, se paseaba de una habitación a otra, y sentir que gritaba nuestro nombre. Estaba ahí, corrió por toda la casa, su risa perversa venía de las profundidades, un ruido de llaves, más bien de largas cadenas arrastrándose provino del cierre de unas puertas que conducen al sótano, en donde se guarda el alimento para todo el mes. Un ente de aspecto humano grande se acercó decidido a algo, y se paró frente a mí.
Quedé embutido mirando sus pies en el suelo, tenía las uñas descomunal de grandes, un tobillo torcido hacia atrás con garras como de avestruz. Despedía un olor nauseabundo, intolerable para cualquier persona. El abdomen estaba formado por una destrucción de musculatura, de igual forma hacia arriba. No se cuanto tiempo estuve así, pero me día cuenta que hizo un gesto de combate para aplastarme como si fuera una mosca humana a quien hay que matar.
Una lúgubre voz de no se donde reventó mis tímpanos, hasta mas allá de la sordera, entonces fue cuando recordé la señal que hizo mi madre una vez cuando ella me indicó que estaba viviendo una peor pesadilla…
 -Le hice caso.

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 04/16/2015.

 

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