Alejandro Meola

El joven correcto



 

   Más o menos al cumplir los 16, dejaron de importarme cosas que siempre se esforzaron por dibujarme como importantes: llevar un buen aseo, comer a la hora que hay que comer, limpiar mi habitación y, como no, dormir temprano. Por alguna extraña razón mi madre se me presentaba como una persona insuficiente en esta vida, incapaz de ver realizadas sus más fantasiosas metas y deseos, otorgándole impunidad a la hora de poner peso sobre mi vida de adolescente agresivo y despreocupado; vamos, como son todos los jóvenes…
 
   Considerando esto último, creo que mi pronta recurrencia a las drogas está justificada ¿o no?, es decir, mi sed de rebeldía e impotencia por la falta de respuestas o precariedad de las mismas, me llevaron de la mano hasta un camino bastante oscuro. Un camino del que apenas veía atisbo de esperanza en un futuro tan asegurado como que yo me graduaría: improbable. Fueron unos cuantos cigarrillos mentolados los que despidieron la virginidad de mi sistema nervioso para, insatisfecho, probar más tarde el tabaco en pasta, alucinógenos y plantas coloridas sobre las que se hacían cultos de adoración entre risas y risas.
 
   En mi hogar todo era un caos, o al menos cuando me hallaba lúcido. Si no era mi madre recriminando mi posición "antitodo", mientras buscaba la correa más gruesa para asestarme disciplina, era mi alter ego susurrándome con insistencia de testigo de Jehová que tenía dos opciones: fugarme o cometer una barbaridad.
 
   Se refería a un suicidio, en primera instancia. Esto debo aclararlo porque en el interrogatorio que me hicieron poco después en la comisaría, los agentes se posaron como zamuros esperando una presa, lanzando preguntas si no retóricas, sí molestas. ¿Qué les importaba saber a qué se refería específicamente mi yo interior? No se lo comentaba ni a las modelos que salían en mis Playboy escondidas. Y sin embargo yo me incliné por tergiversar y hacerlo todo a mi manera.
 
   Si no estoy senil, en aquel entonces era 21 de agosto por la noche. Alrededor de las 9:30 o 10:00 salí de mi casa para adentrarme en el barrio; vivía en el sector 3, frente a la avenida principal por la que bajaban todos a la ciudad. No me esforzaba por ocultar mis adicciones ni ser otra persona delante de otros, doblé en la esquina y recorrí la hilera de casas mostaza y ventanas de barrotes blancos calle abajo, donde un camello cincuentón residía en su jaula de zinc cual ermitaño.
 
   Ese pana es el padre que siempre quise. Barbudo, flaco, voz ronca y tez mugrienta, con sentido del humor explosivo, tragicómico a veces y otras solo cómico, cuando nos dopábamos juntos. Llamé a su puerta como solo yo hacía; al quinto estruendo abrió de golpe y con expresión gruesa dijo:
 
—¿Pero tú eres marico, brother?
—Deja la gafedad, Enzo. Necesito chocolate.
—No, no, váyase a su casa que su mamá lo tiene a monte, ¿oyó?
—Ah pues, mamagüevo loco, saca ahí que te compro.
—No, no carajito tostao —dijo con movimientos de negación rotunda mientras cerraba la puerta—, ya está bueno de la vaina, anda a estudiar o no sé. Chao, chao.
 
Me cerró la puerta en la cara el desgraciado, no podía creerlo. Lo maldije y le rompí una ventana con una piedra, pero el perro no se asomó. Frustrado, regresé cabizbajo a casa, donde algo me decía que una vieja bruja, incapaz de ver realizados sus más fantasiosas metas y deseos, me esperaba con la correa más gruesa.
 
Llego y consigo todo apagado, solo un par de lámparas en la sala irradian el lugar. Me voy directo a mi habitación sin voltear a ningún lado, sin mirar de reojo ni sospechar. Me encierro; realmente no me importaba nada, estaba enojado y cansado. De repente escucho esos pasos. Esos pasos que de niño me alegraban, ahora me llenaban de indiferencia e ira. Más y más cerca, como una ventisca, siento el roce de su mano con la puerta, buscando la perilla. Los tambores comenzaron a sonar…



 
 El misántropo autor.

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Alejandro Meola.
Published on e-Stories.org on 05/29/2015.

 

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