Álvaro Luengo

Nouvelle Cousine

La población de Afrikonga, un empobrecido país africano que se vio azotado por una persistente sequía que provocó una terrible hambruna cuyas víctimas se contaban por millares, decidió, tras llevar a cabo un referéndum realizado de acuerdo con las más estrictas normas democráticas, legalizar la práctica del canibalismo.

Y hay que decir que la cosa tenía su razón de ser, porque las tierras  estaban yermas y solamente les quedaba una pareja de cabras esmirriadas como único exponente de su anteriormente espléndido ganado, con lo que no exagero cuando les digo que su población no tenía nada, pero nada de nada, que comer. Y a los que tenemos la suerte de poder hacerlo a diario ya se nos ha olvidado lo mucho que duele el hambre. 

Y la situación llegó hasta el punto en el que empezaron a surgir madres que no tuvieron más remedio que alimentar a sus hijos con los escuálidos restos de los familiares que iban falleciendo para evitar verles morir de hambre ante ellas... 

Todo comenzó a hacerse a escondidas en un principio, pero la feroz hambruna provocó que aquella conducta se generalizara hasta el punto en el que varios países occidentales dieron la voz de alarma ante aquella nueva y abominable perversión que se extendía como una epidemia desde aquellos remotos confines africanos, profanando los cimientos de la civilización universal, de la que ellos eran los celosos guardianes, claro está.

Las autoridades afrikongueñas se vieron presionadas para tomar cartas en el asunto y tuvieron que practicar detenciones de familias enteras, en las que todos sus miembros eran acusados de realizar o promover el consumo de carne humana, siempre llevadas a cabo entre las airadas protestas de los espectadores, pues cada vez era mayor la resistencia popular a enterrar a sus familiares cuando sus raquíticos restos podían salvar sus vidas y las de sus hijos. Para ellos la elección estaba clara, y la tía Makeba acababa troceada en la cazuela, pero hay que decir que todos los actos relacionados con su elaboración e ingesta se llevaban a cabo con el máximo respeto y agradecimiento hacia ella, que les ofrecía su cuerpo para salvarles.

-Gracias, tía Makeba, por estos alimentos que nos brindas- decían mientras gruesos lagrimones les resbalaban por las mejillas
-Nunca olvidaremos lo que has hecho por nosotros y te juramos que siempre vivirás en nuestros corazones… ¡Ñam, ñam, ñam!... ¡Qué rica estás!

Y fuera casualidad o no, el caso es que los habitantes de sus pueblos comenzaron a presentar un aspecto bastante más lustroso que el que tenían unos meses más atrás, cuando deambulaban como espectros famélicos buscando cucarachas y ratones por las calles, así que pareció evidente que aquella práctica estaba resultando beneficiosa para la población.

Y como los afrikongos, que eran gente pacífica, consideraban que aquello cumplía al pie de la letra con los deseos expresados por los difuntos antes de estirar la pata, no querían comerse a sus parientes a escondidas, acordaron realizar un referéndum nacional sobre el asunto, que fue supervisado hasta el más mínimo detalle por personal de la ONU, y en el que la Unión Canibalista consiguió una aplastante victoria obteniendo el 100% de los votos.

Así que quedó claro que la libertad en la práctica de ese tipo de canibalismo era la voluntad del pueblo, expresada de acuerdo con todas las normas democráticas habidas y por haber.

El mundo civilizado puso el grito en el cielo ante aquella atrocidad y desencadenó una tormenta de condenas sobre el pequeño país africano,  amenazándoles con todo tipo de calamidades en el caso de que persistieran en su bárbara conducta, pero aquello no amedrentó a sus desesperados habitantes, que se negaron a abandonar su nuevo método de supervivencia.

 –Pero si no tenemos ná de ná… ¿Qué es lo que dicen los blancuchos estos que nos van a quitar ahora?- se preguntaban con sorna.

-¡No podemos permitirlo!- bramaban los occidentales –¡Esta bárbara conducta atenta contra las normas más básicas de nuestra civilización! Esa práctica es un cáncer que nos corroe las entrañas y al que debemos extirpar antes de que su crecimiento acabe con nosotros.

-¿Tienen algo de valor?- quiso saber el representante inglés –Los afrikongos, quiero decir.

-Bueno, pues parece que tienen yacimientos de wolframio- aclaró el alemán, que al menos se había tomado la molestia de documentarse un poco en el tema antes de acudir a la reunión -Y dicen que se encuentran diamantes de muchos kilates en los meandros del río grandote ese que lo cruza... El del nombre impronunciable, ya sabéis a cuál me refiero.

-Al Ñññurungungua, oui, monsieur- asintió el francés -Que por cierto, tiene unas posibilidades turísticas impresionantes…  ¡Mon dieu! ¡Qué parajes tan incomparables!

-Wolframio, diamantes, turismo…- rumiaron todos -¡No es un mal lote!

-Invadamos Afrikonga para obligarles a desistir de su inaceptable conducta y conducirles hasta la libertad- propuso el norteamericano -¡Será por su bien y es lo que el mundo espera que hagamos!

-¡BRAVO! ¡ASÍ SE HABLA!- el entusiasmo fue unánime -¡Dios y la Justicia están de nuestro lado! ¡Cumplamos todos unidos con nuestro deber!

Y una vez obtenida la calificación de “Operación Justa y Necesaria” por los pertinentes organismos de la ONU, el plan se llevó a cabo en un plis plas por medio de las fuerzas de elite de una coalición formada por un grupo de los países más poderosos del mundo.

La invasión resultó un completo éxito desde el punto de vista militar, ya que solamente se contabilizó la baja de un soldado holandés que se cayó una noche por un terraplén celebrando la victoria con una gran jarra de cerveza en la mano, mientras que las bajas de los de doce mil valientes lanceros afrikongos que perdieron sus vidas en la contienda fueron considerados “daños colaterales”, pues era evidente que no contaban tanto como los nuestros, ¡dónde va a parar!

Al día siguiente de terminar la invasión el sol alumbraba a centenares de soldados occidentales desparramados por todas partes dedicándose a repartir bolsitas de harina y arroz entre la población, mientras proclamaban incesantemente por megafonía su condición de libertadores, y otros grupos de militares reunían al gentío en las plazas y les insistían machaconamente en que los occidentales eran sus amigos y venían a traerles libertad y prosperidad, tras lo que les proyectaban unas fotos en las que se apreciaba lo bien que se vivía en América y Europa, y se les insistía en que ellos podrían llegar a vivir igual de bien si obedecían sus instrucciones.

-Lo de la prosperidad no nos vendría nada mal- pensaban los morenitos –Pero lo de la libertad no lo entendemos, porque aquí ya tenemos toda la libertad del mundo… ¡Lo malo es que no tenemos qué hacer con ella!

Y seguidamente los soldados anunciaban, así como de paso, que desde aquel mismo momento quedaba terminantemente prohibido comerse a los demás y que se instauraba el delito de canibalismo en todo el país, por lo que todo aquél que fuera sorprendido consumiendo carne humana o promoviendo su consumo sería severamente castigado por ello.

-¡Pues no estamos de acuerdo!- las protestas de los afrikongos se manifestaron de inmediato.

-¿Por qué no voy a hacerme un estofado con los restos de mi suegra y comérmelos antes de que lo hagan los gusanos?- exclamó un joven llamado Kulonga -¿Cuál es la razón?... ¡Ella nos dejó muy claro que prefería reincorporarse a la vida dentro de nosotros antes que pasar a formar parte de gusanos! Y que si además nos salvaba con eso, pues muchísimo mejor… ¿Qué es lo que tiene de malo?... Nos dijo muchas veces que le importaba un pimiento lo que hiciéramos con su cuerpo después de muerta y que nos agradecía muchísimo todos los cuidados que le habíamos dispensado en vida... ¿Veis que nos estamos muriendo de hambre y pretendéis alimentarnos como si fuéramos gatos?... Nosotros no hemos pedido vuestra ayuda y lo que traéis es una gota de agua en el mar… ¡Viva la Unión Canibalista!... ¡Es una opción mucho mejor!

-¡A la trena! ¡Coged al rebelde ese y llevarlo a la trena ahora mismo!- bramó el sargento Bulldozer, número uno de su promoción en West Point, siendo además campeón universitario de boxeo -¡No admito discrepancias en mi distrito! Llevarlo al calabozo del Cuartel General que ya bajaré yo luego a interrogarle…

-¿A la trena?... ¿Por lo que he dicho?... ¿Está usted loco?- se rebeló el rebelde -¿Quién va a llevar comida a mi casa si falto yo?... ¿No veníais a traernos la libertad? ¿A quién le he hecho daño con mis palabras? ¡Aquí no resolvemos las cosas así!

-¡Nosotros defendemos la libertad de expresión, pero no el libertinaje, negrata de mierda!- le escupió el militar mientras le veía marcharse esposado- Y tú eres tan ignorante que no eres capaz de verlo. No te preocupes, que ya tendremos unas palabritas tú y yo más tarde…

-¿Lo veis?... Eso que ha dicho no se puede decir- prosiguió el sargento, dirigiéndose a los asombrados espectadores -Porque supone un delito de exaltación del canibalismo, y eso viola nuestras leyes, de manera que no se os ocurra ir diciendo cosas así… ¡Estáis todos avisados!

Y el caso fue que cada vez se iban llevando a más disidentes a la trena, y que no se volvieron a tener noticias de muchos de ellos, con lo que aniquilaron muchas familias. La gente decía que los soldados paliduchos eran como demonios y contaban cosas horribles de lo que hacían con los detenidos, pero mejor no entrar en detalles.

Los malos modales exhibidos por sus supuestos libertadores rebotaron bastante a la población de Afrikonga, claro, porque a nadie nos gusta que venga el vecino a imponernos cómo tenemos que hacer las cosas en casa, y se formó un clima de intensa hostilidad hacia el invasor, cosa normal, como nos pasó a nosotros cuando nos invadió Napoleón, o a los franceses cuando lo hizo Hitler. Y a todos los pueblos del mundo les pasa lo mismo, que por eso todos tenemos nuestros héroes de la independencia de los que solemos estar orgullosos, que eso es sabido.

Al que le invaden le joden por definición, cosa que parece que a los dirigentes mundiales les da igual y no les frena, así que resulta prudente esperar una probable reacción ante la agresión.

Y mientras tanto la sequía continuaba agrietando las tierras y la hambruna se extendía por los países vecinos provocando un gran aumento de adeptos a la Unión Canibalista, los cuales también rechazaban la presencia militar extranjera, que no había hecho más que empeorar la situación.

Tras un par de meses de tensa calma, se propagó la noticia de que dos soldados de la coalición habían sido víctimas de una emboscada tendida por un pequeño grupo de extremistas, y que sus cadáveres habían aparecido junto a un muro que lucía una pintada en apoyo de la Unión Canibalista, y ambos despojados de sus cuartos traseros, sustraídos con la más que probable idea de zampárselos…

Aquella nueva atrocidad fue tomada como un desafío directo al Mundo Civilizado, que se agitó con gran conmoción… ¡Aquella acción no se podía consentir y recibiría su castigo!

Los registros domiciliarios y las detenciones se intensificaron de inmediato, con lo que un elevado número de civiles fue encarcelado por distintas causas relacionadas con el canibalismo, lo que incrementó la desintegración social del país y acrecentó el sentimiento de odio y los deseos de venganza de sus habitantes por los abusos sufridos.

Y fue precisamente en esos días cuando Davis, se presentó en el despacho del sargento, diciendo:

-¿Sargento William Bulldozer?... Soy Clyfford Davis, doctorado en Ciencias Iconoclastas por la Universidad de Wichita.

-Muy bien, doctor, enhorabuena por su título, ¿qué es lo que le trae por aquí?- preguntó secamente el militar antes de invitarle a sentarse.

-Vengo enviado por el DSA, el Departamento de Soluciones Alternativas, para realizar un estudio “in situ” sobre mi tesis. Traigo aquí una orden del Alto Mando en el sentido de que coopere conmigo y atienda las razonables peticiones que me veré obligado a hacerle- explicó el recién llegado, ofreciéndole un documento.

-¡Vaya con el doctor Davis!... Así que se presenta usted aquí de improviso con la orden para que le haga de niñera mientras realiza su interesantísimo estudio, ¿no es así?- contestó el sargento, tras leer su contenido -¡Lo que me faltaba! ¡Primero los problemas con los rebeldes y ahora se presenta usted!... ¿Y se puede saber de qué trata su estudio?

-Es muy sencillo, sargento. Se trata de obtener pruebas sobre el terreno que apoyen la idea de que construir aquí una red de plantas desalinizadoras de agua con sus correspondientes conducciones de suministro y regadío, y aportar a los nativos algo de ganado, semillas y fertilizantes, y la ayuda técnica necesaria para que aprendan a manejarlo todo ellos mismos, resultaría bastante más barata a diez años vista que los gastos que conllevaría la invasión y el control militar del país durante todo ese tiempo. Y eso sin mencionar el incalculable valor del ahorro en vidas humanas.

-¡Imposible, Davis! ¡Eso no son más que tonterías! Lo que usted dice es un cuento de hadas… ¿Cuánto costaría cada una de las plantas esas que pretende instalar?

-Mucho menos de lo que usted se cree utilizando las tecnologías actuales de ósmosis inversa, sargento… ¿Sabe usted cuánto cuesta cada hora de vuelo de cada uno de sus Blackhawks o dar un paseíto de 100 kilómetros en alguno de sus tanques Abrahams?... Todo este circo resulta muy caro y anticuado, y le aseguro que mi hipótesis resulta más que verosímil. Su comprobación llevaría al Congreso a desarrollar políticas menos agresivas hacia el exterior, al mismo tiempo que mejoraría notablemente nuestras relaciones internacionales y nuestra economía.

-Mmmh… ¡Comprendo!... Así que usted ha venido a demostrar que nuestra presencia aquí no resulta rentable y que no es buena para nuestra imagen al exterior... Y se supone que mi deber es ayudarle a demostrar esos desatinos, o lo que es lo mismo, que además de hacerle de puta le pague la cama, ¿no es así, Davis?

-Exactamente, sargento, pero es usted quien lo dice. ¿Podremos salir mañana mismo? No andamos sobrados de tiempo ni de presupuesto.

-¿Mañana, dice?... ¿Qué es lo que necesita usted? ¿En qué consisten sus razonables peticiones?

-Poca cosa, sargento, no se preocupe. Me las arreglaré con dos de sus Humvees y una docena de sus hombres de confianza.

-Petición aceptada, aunque no lo haga de buen grado… ¿Y hacia dónde debo informarles que partirán de excursión?

-Hacia la costa, naturalmente. Es ahí donde debemos tomar los datos que nos faltan para poder valorar el proyecto. Salinidad y temperatura del agua, niveles de las mareas, características de los terrenos circundantes y cosas así. Será sencillo de hacer y nuestra presencia por motivos estrictamente científicos no dará lugar a problemas con la población, se lo aseguro.

-¿Usted cree?... Pues debo advertirle que precisamente es en la franja costera donde se encuentra más asentado el movimiento canibalista. Un rebelde llamado Kulonga ha conseguido aglutinar a todos esos bárbaros y la población se muestra claramente hostil ante nuestra presencia. ¡Debí mantenerle en prisión cuando tuve la ocasión de hacerlo!... Así que sepa que es muy posible que no sea tan bien recibido como cree, que es muy posible que su escolta se quede bastante corta, y que los palos son el único lenguaje que estos salvajes entienden.

-¡Perdón, mi sargento!- la puerta se abrió bruscamente y apareció un ordenanza- Vengo a informarle de que los rebeldes terroristas han dado un paso más allá y han secuestrado y devorado a dos secretarias de la ONU.

-¿Cómo es posible?- inquirió el sargento -¿Dónde ocurrió? ¿Ha habido testigos?

-El suceso se llevó a cabo en una calle de Narwala, una aldea de la costa, ante multitud de testigos, señor. Y todos coinciden en que ambas mujeres estaban buenísimas, por lo que dicen que no les extrañó mucho la acción y no se opusieron a ella.

-¿Cómo que estaban buenísimas? ¿Se refieren a su aspecto físico o es que los testigos participaron en el banquete?

-Me temo que fue lo segundo, señor, porque las víctimas estaban bastante jamonas y ya entradas en años.

-¡Qué barbaridad!... ¿Qué le decía a usted, doctor?... Son peores que animales y usted perderá su tiempo lamentablemente pretendiendo enseñarles modales. ¡La única ley que entienden es la del más fuerte! Pero ya seguiremos hablando, que esto no termina aquí…

Clyfford se le quedó mirando con expresión preocupada, y al día siguiente partió con sus hombres hacia la costa.

-¡Esto es intolerable!- bramaron los dirigentes occidentales al conocer las noticias -¡Estos salvajes son la vergüenza de la humanidad! ¡Son peores que ratas! Nuestra civilización se encuentra en peligro ante estas atrocidades y les tendremos que dar un buen escarmiento… ¡Se trata de nosotros o ellos!

Las posturas se extremaron y aumentó la vigilancia y la tensión en todo el país. Los enfrentamientos se recrudecieron, y las emboscadas, los tiroteos y las explosiones se convirtieron en el pan nuestro de cada día.

-¡Los blancos son demonios que no tienen sentimientos ni corazón!- arengaba Kulonga a las masas –Se llevan a nuestras familias y queman después sus casas… Mi hermano es un buen hombre que nunca ha hecho nada malo a nadie, como muchos de vuestros familiares, y también le hicieron eso,  sólo por comerse el muslo del abuelo Naewondo, que él mismo les ofreció como regalo de despedida antes de morir. Dijeron que venían a traernos libertad y ni siquiera nos dejan salir por la noche… Los blancos son malos y solamente han traído tristeza y muerte a nuestro país…

-¡Si no nos dejan comernos a los nuestros nos los comeremos a ellos!- rugía la turba.

-¿Aunque estén vivos?- quiso saber Orejonga, un anciano que se detuvo a escuchar el discurso de su compatriota.

-¿Acaso no nos disparan ellos a nosotros aunque estemos vivos?- respondió Kulonga, furibundo -¡Pues claro que sí, viejo idiota!

-No estoy seguro de que sea lo mismo- objetó el anciano –No estoy seguro de que eso esté bien.

-¿No estás seguro, dices?... ¡Pues un mes de trabajos forzados y verás cómo se disipan tus dudas!... ¡Lleváoslo al campo!

-¿Trabajos forzados?... ¿Sólo por expresar mis dudas?- se le oyó exclamar a Orejonga mientras se lo llevaban -¡El poder corrompe, Kulonga!... Te has vuelto como ellos…
 
-¿Serán membrillos?- se preguntaban los militares mientras tanto -¡Se atreven a retarnos con una docena de metralletas y tres lanzagranadas que han conseguido en una rifa! ¿Es así como nos agradecen la ayuda que les traemos?... ¡Y nuestros muchachos jugándose la vida por ellos en este país de mierda!... ¡Pues se van a enterar de lo que es bueno!... A ver si así aprenden.

Y les mandaban los drones y les arrasaban otro pueblo, con sus heridos y muertos, aumentando así su miseria y su hambruna, sin que sus habitantes tuvieran la más mínima posibilidad de defenderlo, sin causarles una sola baja, ni de ver siquiera el rostro de sus contendientes… Una manera no muy honrosa de hacer la guerra, dicho en palabras del rey Arturo.

Perdón. He mentido al decir que no tuvieron ni una sola baja porque otro soldado holandés se cayó otra noche por otro terraplén con otra jarra de cerveza en la mano, falleciendo por fractura de crisma igual que el anterior.

Y paradójicamente, los que salieron más fortalecidos de aquella fase de la contienda fueron los canibalistas, porque el gran número de víctimas les proporcionaba abundantes cantidades de proteínas y pudieron ir saliendo de su hambruna, con lo que sus filas ganaron en hermosura y esplendor, extendiéndose la voz por los países limítrofes, que tampoco andaban sobrados de nutrientes, con lo que no tardaron en formarse caravanas de voluntarios que acudían para incorporarse a la Unión Canibalista, con la esperanza de poder comer caliente al menos una vez al día.

Un mes después, hambrientos de toda África, que llegaban con esa misma intención, formaban largas colas en los pasos fronterizos de Afrikonga... ¡Los funcionarios no daban abasto! Y todo el mundo lo veía por televisión…
Ante esos hechos se produjo una inesperada reacción por parte de un creciente sector de la opinión pública occidental, que tomó partido a favor de los oprimidos, a pesar de que aquello supusiera un apoyo implícito a las prácticas de canibalismo, y querían poner fin a esa locura.

-¿Otra salvajada en Afrikonga?- se preguntaban los ciudadanos leyendo los titulares de los periódicos -¿Y cuántos muertos van ya?... ¿Y qué pintamos nosotros allí?... ¿Y por qué no les dejamos que se las arreglen ellos solitos mientras no nos pidan ayuda?

Mientras tanto, Clyfford Davis, ya conocido como Au Khalabi, “el blanco que no miente”, iba progresando en su estudio mientras una expresión de satisfacción se iba esculpiendo en su cara día tras día.

-¿Doctor Davis?- el sargento Bulldozer se presentó inesperadamente en el campamento del investigador –Esta vez soy yo el que vengo a traerle órdenes a usted. El Estado Mayor me encarga que le saque de aquí en un plazo máximo de tres días, ya que esta región ha sido considerada como zona caliente y puede ser objetivo de ataques por parte de drones.

-¿Ataques de drones, dice usted?... ¿Por qué, sargento?... Aquí convivimos pacíficamente con la población y no se ven altercados en los alrededores.

-No estoy dispuesto a discutir con usted los motivos de las órdenes del Estado Mayor, doctor Davis. ¡Son órdenes y sanseacabó!

-Está bien, sargento… ¿Tres días dice usted?... Me sobra uno. Ya tengo todas las pruebas que necesito para demostrar la viabilidad de mi tesis y sólo me falta poner un poco de orden en los datos.

-De acuerdo, doctor. En ese caso mis hombres vendrán a recogerle el próximo jueves a las ocho menos diez de la mañana para conducirle de vuelta al Cuartel General.

-Gracias, sargento, pero no es necesario que venga nadie a recogerme. Puedo volver con los chicos que me han acompañado hasta aquí. Son todos muy agradables, y nuestros dos Hummers funcionan perfectamente.

-Perdóneme, doctor, pero su traslado está considerado como una operación militar, y en ese terreno soy yo el que manda. Mis hombres vendrán a recogerle el jueves a la hora indicada diez para conducirle hasta mi despacho en el Cuartel General… ¡Y punto!

-Mmmh… ¿Y punto es lo mismo que sanseacabó?

-¡Sííí!- rugió Bulldozer.

-Bien, pues entonces vale. Si no me queda otra…- se resignó Davis –Diré a los chicos que recogemos el campamento y que estén listos el jueves para acompañarnos hasta allí.

-De ninguna de las maneras, doctor Davis- le advirtió el sargento -Sus acompañantes tienen órdenes de tomar una ruta alternativa y de evitar dar la imagen de un convoy militar, así que ningún vehículo militar podrá acompañarles. Lo hacemos por su seguridad.

-¿Por mi seguridad, dice?... Llevo más de un mes aquí acampado y no he tenido el menor roce con la población, y eso que nos tratamos a diario con ellos.

-Ya le informé de que no estoy dispuesto a discutir las órdenes del Estado Mayor con usted, doctor, así que ya lo sabe: esté aquí preparado el jueves a las ocho menos diez, con su equipaje y todas sus notas, incluyendo los discos duros de sus ordenadores. Y muy importante: preséntese usted solo.

Mientras tanto, un sinfín de nuevas células canibalistas se habían ido añadiendo a la Unión, dando lugar a una inmensa tela de araña cuyos confines se infiltraban por todo occidente.

ATENTADO DEL TERRORISMO CANIBALISTA EN MADRID- decía el periódico – Una célula canibalista da un golpe mediático secuestrando a la mujer de José María Aznar, y difundiendo posteriormente en internet imágenes suyas, sumergida hasta el pecho dentro de un enorme caldero puesto al fuego en cuyas aguas se veían flotar patatas y distintas hortalizas, junto a un letrero luminoso que anunciaba su inminente cocción y se ofrecía el envío de raciones a domicilio a unos precios más que populares.

Y para salir al paso de algunos rumores maledicentes, debo aclarar que no estaba desnuda, como hay quien va diciendo por ahí, sino que llevaba un vestido azul celeste, de escote redondo, y sin mangas. Y lucía un collar de cascabeles o algo así, que yo de eso no entiendo.

Y hay que reconocer que el video se dejaba ver y no contenía imágenes escabrosas, pues a ella se la veía sonriente y saludando al público en todo momento, mientras que ellos se mostraban corteses y le preguntaban sobre sus gustos por la sal, así que obtuvo un Grammy muy merecido en mi opinión. 

-¡Debemos acabar con los terroristas! ¡Unámonos todos para  bombardearles!- gritaban los halcones desde sus nidos.

-¡Pongamos fin a esta locura!- exigía el zureo de las palomas que se atrevían a enfrentarse a un enemigo más fuerte.

-¡Larga vida a la Unión Canibalista! ¡Muerte a los demonios de occidente!- rugían los leones por doquier.

Y en el periódico del día siguiente:

ATENTADO DEL TERRORISMO SUICIDA EN PARÍS

Tres integrantes de una célula terrorista canibalista secuestran y se comen al director de Burger King Francia, muriendo todos ellos de botulismo a las pocas horas de hacerlo.

Y lo del pobre Clyfford Davis también salió en los periódicos, que supongo que más de uno lo habréis leído. Tuvo la mala fortuna de saltar en pedazos cuando el vehículo en el que era trasladado se confundió de ruta y voló por los aires al detonar una mina supuestamente colocada por los rebeldes canibalistas, mientras que sus tres acompañantes salvaron milagrosamente sus vidas. Y los resultados de sus estudios fueron hechos añicos por la deflagración.

-¡Caray, qué tragedia! ¿Y no le sustituyó nadie al mando del proyecto?

-Pues sí, ya que fue reemplazado por George Marshall, un joven analista de la Banca Bolhwinkel, de Sao Rico, con el fin de finalizar sus estudios, pero las conclusiones a las que llegó lo hacían inviable, así que el caso fue archivado.

El rebelde Kulonga sufrió una suerte similar a la de Davis al ser víctima de un asesinato selectivo llevado a cabo por un dron, y el sargento Bulldozer fue degradado al ser considerado culpable de una acusación de acoso realizada por una oficial estadounidense de rango inferior, y trasladado a la primera línea de fuego, donde murió víctima de una emboscada tendida por los caníbales. 

Con lo que acabó pasando lo de siempre, que los odios fueron creciendo hasta que las posturas se hicieron irreconciliables, sin que nadie diera su brazo a torcer, el conflicto se enquistó a nivel mundial y se cometieron muchas, muchísimas atrocidades por ambas partes en el nombre de la libertad y la justicia.

Y van pasando los años y la cosa sigue igual, si no es cada vez peor. Ya os avisaré cuando parezca que algo cambia, pero mientras sigamos siendo todos así de burros tiene toda la pinta de que esto va para largo.
 

FIN

 

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Published on e-Stories.org on 06/24/2015.

 

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