Héctor de Souza

Vísperas

Saulo llegó a trabajar a la ferroviaria el mismo año y casi el mismo mes y casi el mismo día que La Bizquita a Pirajusar. Él por la calle Trevithick, cuando Pico de Oro, el capataz de la cuadrilla de operarios, lo aguardaba para comenzar a enseñarle el trabajo; La Bizquita por la estación, con el matrimonio Zaldumbide, cuando nadie la esperaba ni se tenía la menor idea acerca de su nombre o de su origen.

Los Zaldumbide eran antiguos habitantes de Pirajusar. Mejor: de los primeros colonos que llegaron alguna vez al lugar para verlo crecer despacio, por sucesiva agregación de casas, galpones y ranchos que, como telaraña, un hilo primero, y otro después, y otro, y otro, se yuxtapusieron en círculos desordenados alrededor de la estación del ferrocarril.

No habían dado a la vida los frutos de la descendencia. A su tiempo, adoptaron a La Bizquita. La recibieron como hija, aunque sin los requisitos y solemnidades que establecían las leyes. Una tarde de otoño llegaron con la muchacha desde Montevideo, casi como con el trofeo de una victoria.
 
Así que Saulo llegó a trabajar a la ferroviaria por la misma época que La Bizquita al pueblo. Y cuando, años más tarde, ella ingresó como empleada a la estación, coincidieron. Si bien estuvieron a un tiempo y con unidad de lugar, no deja de resultar inverosímil, o por lo menos absurda, la siguiente aserción: no se conocieron durante varios años. Para decirlo con claridad, se habían visto muchas veces, pero no habían entablado un trato o comunicación entre ellos.
 
Desde un principio –desde el día de 1945 en que el jefe Artemio Goldaracena la había convocado para trabajar en la estación–, La Bizquita estuvo asignada a la boletería. Despachaba las encomiendas y la correspondencia, y expendía los boletos y abonos que aseguraban a los pasajeros el derecho de viajar y de ocupar los asientos en los coches con salones.
 
Al frente de la boletería, un gran cartel manuscrito, pegado con engrudo a una tabla sostenida por una escarpia, anunciaba al público que el tren a Montevideo, llamado el Rápido de la Mañana, partía todos los días a mediodía, en punto.
 
Pero la vida no es tan previsible. Y el cartel mentía como son capaces de mentir ciertos políticos, al punto que a pesar de haber dado las doce en el reloj de la sala de pasajeros, con sonoros y característicos campanazos, y de haberlas confirmado el de la Parroquia San Blas –que tiene la peculiaridad de anunciar no solo las horas canónicas sino todas las horas solares– con el tañido repetido de su campana a modo de lamento pacífico que se propaga para hacer notorio lo que se quiere hacer saber a todos, a pesar de las evidencias que daban por cierto que se estaba en tiempo para la partida del Rápido de la Mañana, con frecuencia, no se veía llegar ninguna locomotora al sitio contiguo al andén. No, y no se escuchaba resuello alguno. No; las más de las veces, a la hora señalada, nada se dejaba ver aunque más se perdiera la vista sobre el camino de hierro de la estación de Pirajusar.
 
En tales ocasiones, cuando los pasajeros empezaban a impacientarse, cuando esa especie de contrariedad que experimenta el que espera se hacía ostensible, La Bizquita tenía buen tino para mejorar la situación.
 
Tenía habilidades para contentar a todos. En invierno, cuando los días se ponían más fríos, La Bizquita les acercaba unas mantas de campaña a los pocos pasajeros que esperaban con incertidumbre la salida del servicio del Rápido de la Mañana. Acondicionaba cuidadosamente unas cobijas, ponía fósforos para uso de los fumadores y alguna revista o diario del pasado con noticias remotas, y lo dejaba todo en el extremo de la fila de bancos más próxima a la ventanilla de la boletería. La Bizquita lo hacía calladamente, como en misa. Una inexplicable fraternidad la embargaba. La bondad de su corazón fue desarrollándose con el paso del tiempo.
 
Un día, el jefe Artemio Goldaracena abordó a La Bizquita y le preguntó de repente:
 
–¿Por qué te ocupás de dejar esas cosas? Ni siquiera sabés si habrá pasajeros, y menos aun quiénes serán.
 
–Lo hago porque algún pasajero vendrá, en fija, y quien tenga que aguardar la llegada del tren se sentirá feliz de encontrar un abrigo en los días de frío o algún otro miramiento para pasar mejor la espera –fue la réplica.
 
La Bizquita no hablaba nunca de sus preocupaciones. Tenía la cara escueta y la voz cortante. A los veinte años, le daban treinta. Y era una joven tímida, pero –lo sorprendente– podía llegar a conversar sin parar. El balanceo de su temperamento la hacía verse unas veces silenciosa, erguido el talle y rígidos los ademanes, como alguien de humor agrio que funcionara con automatismo, y otras, con gran apacibilidad de ánimo, como un corazón de una gran blandura.
 
Pensaba y actuaba conforme a la realidad, persiguiendo normalmente un fin útil; tenía un sentido práctico de las cosas. Una vez, baste decir para tener idea de su caso, se cayó de una escalera y se lastimó mucho. A pesar de las cataplasmas y pociones, el dolor le hacía sufrir terriblemente. Sus amigos de la estación de ferrocarriles fueron a consolarla cuando se reponía en su casa:
 
–¡Pudo haber sido peor! –dijo el turquito Abu Arab.
 
–Te vas a aliviar muy pronto –intervino Artemio Goldaracena.
 
Y como respuesta, en el auge del dolor, La Bizquita les gritó:
 
–Les agradezco la visita, pero... ¡váyanse todos! ¡Salgan por favor de este cuarto en seguida!
 
Luego, dirigiéndose a la mujer de Zaldumbide, le ordenó:
 
–Ya no deje entrar a nadie, a menos que se trate de alguien que se haya caído de una escalera.
 
 
No le agradaba viajar a Montevideo porque, entre otras cosas, la ponía muy triste. Lo hacía muy de tanto en tanto, por obligación. Es bien sabido que recurrir a Montevideo es casi inevitable, porque la administración está concentrada en la ciudad capital. La distribución arborescente de los núcleos poblados de todo el país se corresponde con el trazado radial de la red ferroviaria que, como una forma semejante al corte longitudinal de un embudo, desemboca en el ápice de una ciudad y puerto dominantes, cabeza del Estado y puerta de hierro para el comercio con el exterior.
 
Una mañana, en uno de los peores días del año, por Navidades –que así padecía esos días–, La Bizquita llegó a la estación a paso ligero, sin aliento y con gran agitación. No lo hacía para trabajar en la boletería. Debía embarcarse en el Rápido de la Mañana para, según sus dichos, “bajar a la capital”.
 
Lo que más abundaba, hasta el punto que ya no causaba sorpresa, era el habitual retraso en la partida del servicio. Sin embargo, para estupor de La Bizquita, el tren ese día hizo su salida a tiempo, puntualmente, justo cuando la torre de la parroquia marcaba las doce y la manecilla del minutero del reloj de la sala de espera de los pasajeros señalaba el número romano uno, en una discordancia que, por fervorosa unción, cualquier creyente fallaría en beneficio de reconocer la verdad en el sagrado dato del instrumento de campana sufragáneo. La Bizquita tuvo que apresurarse para abordar aquel tren tan cumplidor.
 
Con los viajes a Montevideo, el sufrimiento atormentaba su espíritu. ¿Cómo podía ser de otro modo?  Hija de un operador de grúas portuarias y de una mujer que murió muy joven, en un mudo acatamiento a la fatalidad, su niñez   –hasta que fue adoptada por los Zaldumbide– la había vivido con su padre y sus tres hermanos en la ciudad porteña de Montevideo, en una pieza de conventillo, cerca de los muelles, de los cafetines y a unas cuadras del bulevar del bajo, la calle Yerbal, –“la avenida de los burdeles”, como la referían los poetas de la época–, donde, de día, se vendían sandías en cada esquina, y de noche, trasponiendo zaguanes, detrás de la puerta cancel apropiada y por un precio módico, daban los hombres con la compra del deleite venéreo en lo que vulgarmente se llamaba entrar a “ocuparse”.
 
Desde el comienzo, la vida se le reveló como un combate triste y brutal. Era una muchacha grande y aún decía que sufría unas pesadillas horribles que se repetían desde su niñez; tan grabados le habían quedado esos recuerdos del pasado. Su padre, asediado por la tristeza crepuscular que deja el abuso en el consumo de alcohol, al cumplir los treinta años siguió a su mujer y murió de tisis. Ella misma se creyó atacada de esa enfermedad. Sostenía una premonición como irrefutable: habría de morirse precozmente, a la edad con que había muerto su madre, y sería luego de una larga enfermedad que le minaría los pulmones. Con el tiempo, aunque siguiera amenazada por las visiones de ese mal imaginario, sus presagios de muerte temprana no se cumplieron.
 
Como todas las ocasiones en las que viajaba a Montevideo, La Bizquita sentía sucesivamente atracción y repulsión.
 
A la desventurada joven le apasionaban en algo esos viajes. Lo que más le agradaba no era, sin duda, el mundo urbano que había conocido en su niñez. Por el contrario, lo que disfrutaba era mirar el paisaje del trayecto por la ventanilla del tren. Con la vista perdida en la inmensidad, veía pasar, contemplándolo, el sereno campo verde, como si este fuera un par de ojos claros, como si, de entre los llanos pudiera asomarse un alma hermana.
 
Le encantaba divisar en lo más lejano del horizonte los reflejos del sol que engañaban a sus sentidos sugiriendo manchas de materiales bruñidos o lagos espejados bajo nubes azules, como en las imágenes en relieve de las obras del orfebre de Pirajusar, Teodoro Benuri, a quien todos conocían como Bezaleel.
 
Disfrutaba mirando las vacas lecheras, echadas sobre las cuchillas, indiferentes al paso del tren; y a las cenicientas perdices hembras –que andan más que vuelan– de trote en trote, agitando el aire con un sonido como de silbo en busca de la maciega para la prole. Fascinada, en medio de una naturaleza agreste y apacible que no se cansaba de ver, cerraba por momentos los ojos y soñaba.
 
Tal vez, en esa vida ambiente, donde se da pasto a los ganados, pudiera cebar su corazón; pudiera enterrar, matándola antes, su pequeña peripecia humana del pasado.
 
Y si miramos bien, veremos por debajo de ese embeleso, cómo se inundaban sus entrañas espirituales. Porque, a pesar de todo, creía en un porvenir y profesaba una profunda fe.
 
En contraste, tarde o temprano llegaba a sentir la repulsión. Era acercarse al final del recorrido del tren y tenía la impresión de que estaba acometiendo a una fuerza maligna. Advenir se convertía en un símbolo que aludía excesivamente a un pasado y a un destino. Esa repulsión, sin perder la cualidad esencial, convertía su capacidad de resistencia en una porfía caprichosa; con estas experiencias despertó en La Bizquita el afán de luchar contra la adversidad.
 
Cuando arribaba a Montevideo sabía que comenzaba ese conato con que tendemos a lidiar en nuestro propio ser, y que refiere a quienes fuimos y a quienes somos, a un presente con recuerdos y a un pasado sin redención. Otra vez el disgusto, la aversión que le provocaba el enfrentamiento con un paisaje del pasado que la espantaba. Sí, así fue cada vez. Y así debió ser también aquel día, el que nos importa, en vísperas de Navidad. Pero, como muy pronto se verá, al final el día terminaría siendo venturoso.
 
Le maravillaba la aterradora belleza de la Estación Central General Artigas de ferrocarriles. No le impresionaba la creciente aparición de signos de urbanización ni nada de lo que la rodeaba, sino la mole de lo que después se confirmaba en el edificio. Era una escena capaz de infundirle temor, como si se acercara poco a poco a la boca abierta de un gran pez dispuesto a engullirlo todo. La estación comprendía el sector de los andenes que, en claro ejemplo de la arquitectura del siglo XIX –cuando el desarrollo tecnológico de la revolución industrial–, había incorporado el uso del hierro y el vidrio en la enorme estructura de planta libre, y el sector de accesos, hall y oficinas, envolvente del primero, que había sido erigido como diseño constructivo de una postura intermedia, sin soluciones extremas o bien definidas, en lo que los entendidos llaman eclecticismo.
 
La nave de andenes era una estructura reticular de hierro cubierta de chapas onduladas de cinc y un sector en vidrio armado para obtener iluminación natural. La sección central, más elevada, permitía la salida de humos y olores. En el edificio de oficinas la estructura combinaba muros de ladrillos de prensa y columnas de hierro fundido. Al acercarse más, se advertía que en algunas partes, mirando desde abajo, el techo parecía  prolongarse hacia el cielo, sin cambio de color ni de materia.
 
Por los andenes o corredores, la gente circulaba sin la agitación que, después, años más tarde, trajo consigo la tensión del progreso. Y se cruzaban y se mezclaban quienes entraban en los vagones para emprender un viaje y quienes se apeaban de ellos por haber llegado a destino, algunos con equipajes y efectos, unos con alegría, muchos con desconcierto. Las miradas todavía podían posarse en los ojos de los otros, y hasta podían toparse unas sonrisas halagüeñas ofrecidas siempre con sensata cordialidad.
 
La Bizquita se sentía amedrentada, presa de una vaga inquietud. Por suerte era una tarde luminosa y no tuvo que ver el edificio de la estación con el aspecto que presentaba los días de tormenta.
 
Sin embargo, estos datos que estamos consignando jamás hubieran tenido significación alguna en este relato a no ser por un episodio casual, ocurrido aquella tarde, víspera de Nochebuena, cuando La Bizquita desembarcó en la Estación Central de Montevideo. La renuencia de La Bizquita no impidió que la alcanzara un convulso destino alejado de los fantasmas de su ánimo. Fue un encuentro fortuito, que nadie podría interpretar como un inequívoco presagio inscripto en las paredes de la estación el día que los albañiles las levantaron. No produjo en nadie sentimientos de júbilo; fue un hecho exiguo, que solo la ilusa voluntad de los protagonistas se atrevería a consagrarlo como algo especial. Lo cierto es que coincidieron en ese punto Saulo y La Bizquita, quizá chocando el uno contra la otra o viceversa; o, con un asomo de urbanidad, mediando el saludo y los buenos modos. No lo sabemos con la debida dignidad de fe y de crédito. De suerte que algo había comenzado; ya era lo que sería, tal vez.
 
Acaso podamos asegurar, como lo hemos hecho, que eran las vísperas de Navidad, y que para La Bizquita esas eran fechas con sabor amargo. Y, como no hemos informado, que él tenía veintisiete años y ella veintitrés.
 
Y que ese encuentro casual resultó ser la dichosa inmediación de algo que habría de suceder pocos días después, en Pirajusar. Algo que empezaría, o proseguiría, o se completaría, mejor dicho, en la calle pavimentada de adoquines irregulares, rojos y grises que sube hacia la Parroquia San Blas. Con los cuernos hacia la izquierda, la luna fue testigo del escarceo amoroso entre los dos. Allí, bajo los reflejos menguados de una luz nocturna que parecía recibida de un farol a querosén, debajo de esa luna plebeya que alumbraba, mortecina, una parte del cielo, nació una relación amorosa que todavía no podía asegurarse que tuviera fines matrimoniales o intención de convivencia en común.
 
No sabemos si despacharon de modo expeditivo los fragosos trámites que entonces imponía una seducción, y las manos ávidas –guiándose sin necesidad de la luminosidad difusa que se filtraba entre las nubes– se encontraron y un instante después estaban abrazados y ambos eran un cuerpo solo. O, por el contrario, sujetándose al uso de esa época, se concedieron tiempo para terminar en la recíproca palabra de matrimonio mediante los ritos o formalidades imperantes. No; no lo sabemos.
 
Pocas cosas podemos afirmar con certeza de aquellas desmesuras.
 
Era noche. El reloj de la parroquia hacía mucho que había dado las ocho.

Eran otras vísperas. Eran buenas vísperas.


FIN

 

 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza.
Published on e-Stories.org on 08/01/2015.

 

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