Ahmed Oubali

LA BOLSA ESCARLATA

Cuando fallece el viejo patriarca, los herederos descubren un testamento de los más sorprendentes que solo el asesinato podría modificar.
 
I
 
La finca dominaba el río Lukus y se extendía por un impresionante valle al sur de Larache.
Con sus doscientas hectáreas, los Benhayún invertían en la diversificación de productos agrícolas, esenciales para la región y hasta se especializaron en la exportación de fruta y flores.
 
El viejo Benhayún empezó a agonizar un jueves al atardecer, aterrado por una crisis cardiaca, mientras veía un telediario sobre los inicios de la guerra del Golfo. Antes de morir tuvo justo el tiempo de reunir a toda la familia para leerles sus últimas voluntades: la tierra tenía que permanecer indivisa en el seno de la familia; los que pensaban vender su parte tendrían que hacerlo entre los herederos y la compra se haría mediante un desembolso común equitativo; los dividendos se distribuirían en partes iguales entre hombres y mujeres, contrariamente a lo que dictaba la ley coránica.
Los que le rodeaban escuchaban, el rostro preocupado y la mirada expectante. El hijo mayor, Abdelkader, un famoso abogado, conocido más por su cortesía, tenía ahora la mirada enternecida, ulcerado por la última cláusula testamentaria. En contraste, su mujer Rkia, cariharta, bajita, de gálibo prosaico, las cejas depiladas, el cuerpo exageradamente provocador y sensual, luchaba por ocultar su jovialidad y evitar atragantarse de risa. El hijo menor, Omar, delgado y esbelto, cabello y ojos oscuros, parecía ausente, cosa habitual en él, como si no supiera nunca lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Tenía la mirada clavada en el suelo. Los demás miembros de la familia estaban profundamente abatidos por esta inesperada situación.
La voz del viejo seguía áspera y atropellada, hasta que, de repente, justo tras firmarse el testamento, el delirio y las convulsiones le entrecortaron la respiración y terminaron asfixiándolo.
Hubo entonces clamores y lamentos femeninos. Munia, la vieja criada, carilarga y patiabierta empezó a lanzar una sonora e histérica lamentación, seguida de Rkia, visiblemente mohína,  quien soltó, simulándolo, un agudo alarido, como una vieja hiena herida, y su marido tuvo que sostenerla  y sacarla de la habitación. Las demás mujeres se contentaron por gemir y sollozar con hipos intermitentes.
Tras el gatuperio habitual en estos casos, el cadáver del viejo fue lavado, envuelto en una sábana blanca y limpia, listo para ser depositado en la última morada del hombre  --una  tumba sin ataúd, con, según la voluntad del difunto, apenas una humilde y pequeña lápida identitaria, acompañado de oraciones, rezos y sollozos de los suyos. En un cementerio –decía--  no hay diferencia alguna entre ricos y pobres.
 
Ya de noche, los herederos se olvidaron completamente del viejo, se retiraron a sus aposentos y se pusieron a pensar en las consecuencias del testamento.
Rkía se metió en la cama, junto a su marido.
—Habibi, lo del “reembolso equitativo” —entonó casi babeando de la emoción—  es importante para nosotros. ¿Qué te parece si nos quedamos al final con las  hectáreas?
—El problema es: ¿dónde encontrar dinero suficiente para el reembolso?  —aseveró, irguiendo la cara.
—Procederemos eliminando caso por caso  —le miró fugazmente y apartó enseguida la vista, recelosa—, sé que tienes mucho dinero.
—Va a ser difícil pero no imposible  —confesó él, mientras una sonrisa sombría y cínica jugueteó en sus labios.
—No me gusta el giro que están dando las cosas. Me dan grima. Mañana lo discutiremos con ellos. Bueno, cariño, apaga la luz y durmamos.
 
Horas después, cuando el abogado se hubo dormido como una piedra, lanzando sus habituales ronquidos, la esposa se deslizó subrepticiamente de la cama, enfiló su chilaba, se aseguró de que en el piso superior, Hamid y Omar y las demás mujeres dormían como lirones en sus respectivos apartamentos y salió en la noche. En caso de que la  sorprendiera alguno de los que velaban al fallecido, diría que se dirigía a inspeccionar el establo.
La primavera se anunciaba calurosa y seca. Con paso firme, se dirigió a la cabaña mal enjalbegada de Yalal, el hombre de cuadra, que hacía de todo, granjero, jardinero y pastor. Un auténtico patán. Tras llamar con los tres golpecitos habituales, se abrió la puerta con un chirrido ensordecedor y apareció el aldeano con cara sin afeitar, zafio y la nariz aplastada.  La mujer entró y echó el cerrojo.
Sin soltar palabra, el rudo y hercúleo amante empezó a estrujar y a amasar los hinchados senos de Rkía que, sin pensarlo, se apresuró a desembarazarse de su chilaba, su único atuendo, y arrastró al hombre hacia una vieja y destartalada cama rellena de paja y heno, donde se puso boca abajo. Yalal se desabrochó el cinturón, como solía hacerlo, y empezó a pegarla fuerte hasta que el brazo empezó a dolerle y ver que las nalgas de ella estaban en carne viva. Entonces le susurró al oído algún secreto obsceno que la hizo ruborizarse.  Sus ojos se humedecieron y asintió con la cabeza. Se puso primero a horcajadas sobre él y, sin retener sus gemidos de ninfa insaciable y enfurecida, empezó a cabalgarlo como una loca.
—¿Cuándo serás solo mía? —jadeó el bruto campesino, ansioso, sin dejar de mordisquearle los pezones.
—Paciencia, hombre, que pronto realizarás ese sueño  —le tranquilizó ella, invirtiendo la postura amorosa.
—Al viejo, su mujer y hermana ya los matamos. ¿A quién le toca morir ahora?
—Habrá que matarlos a todos, si no aceptan el reembolso  —refunfuñó ella, resoplando y poniéndose ahora en postura de galgo.
El pajarraco mostró espanto en la cara, luego carraspeó con tozudez, pellizcándose  la nariz con el pulgar y el índice y sin parar de penetrarla:
— A tu marido también?  —tosió, incrédulo, abriendo los ojos como platos.
—Por supuesto  —confirmó ella, furiosa. Le vibraban frenéticamente los labios y un sonido estrafalario le salió de la boca—:  ese hijo de puta lleva mucho tiempo impotente. Sólo reza, el muy inútil, creyendo encontrar en el paraíso a esas estúpidas huríes, esperándole. Menos mal que te tengo a ti.
—No insultes. Yo creo mucho en las huríes. Dicen que te hacen cosas de sublime locura. Tú no te lo crees porque no tienes fe; yo, sí, por eso hago ramadán y no falto a ninguna oración  —en su voz había reproche y triunfo, luego añadió, algo inquieto, cambiando de tema—: hay que obrar con mucho tiento y cordura. Nos pueden pillar. Dime, ¿cuánto cobraré yo?
La mujer rezongó, sin llegar a articular palabra. Luego farfulló, la mirada opaca, llena de irritación:
— Qué mosca te ha picado? Solo piensas en el dinero y en rezar, hijo de puta. Un sinvergüenza como tú iría sin falta al infierno, si es que éste existe, por acoplarte con animales y chicos. Deja de atosigarme y darme tanto la lata con tu hipócrita fe. Pasemos ahora a la postura del águila.
—No me vengas con sermones, habibti  —tarareó él, lanzándole una mirada de acero al mismo tiempo que cambiaba de postura—. Y no te pases de sabihonda. Has de ser muy generosa conmigo. Porque sé que te gusta lo que te hago. 
—¡Vaya presumido! ¿Se te están aflojando las clavijas o qué? Así que cierra el pico y termina de satisfacerme. Hilvanaremos un plan cuando acabes, ¿Vale? Estoy hasta el moño de esta familia. Habrá que matarlos a todos. ¡A todos! ¿Te enteras? Luego, solo luego, seré tuya para siempre.
 
Fuera, la luz lunar era tenue, amortiguada por una inesperada llovizna. Rkia volvió sigilosamente a su alcoba matrimonial, se acurrucó junto a su marido, roncando todavía y esperó el momento de despertarlo para la oración del alba.
Reconsideró, mientras tanto, los últimos acontecimientos y los proyectos futuros.
 
 
Este ritual hedónico lo llevaba realizando desde que descubrió al pobre Yalal acoplándose con una vaca de la granja porque repelía a las mujeres por su fealdad, joroba y cojera. ¿Tuvo piedad y compasión por él o fueron la lujuria y el deseo que se habían apoderado de ella al verle en ese estado degenerado? Bien era cierto que su marido nunca la satisfizo como ella hubiese querido ni consintió a adoptar hijos para afianzarla en la familia, limitándose solo a donarle en secreto tres apartamentos ubicados en Tánger.  El caso fue que se entregó a Yalal por ser el más sádico y repugnante en la cama. Poco a poco fue distanciándose de Chantuf, el enfermero, y de Kadur, el carnicero, por ser éstos menos brutales y sucios. Pero la verdadera razón de este enredo era otra. El muy idiota de Yalal no podía adivinar que lo utilizaba para perpetrar crímenes perfectos. Prueba de ello: los tres últimos homicidios pasaron por ser muertes naturales. "Así lo serán las próximas", pensó. Y en su debido tiempo, matará y echará el cadáver de Yalal a los carroñeros que se regodearán largo rato. Muerte por accidente. Crímenes perfectos.
Fue él quien le proporcionó veneno para asesinar primero a su suegra, a su cuñada y luego al viejo. Las muy idiotas, se habían opuesto rotundamente a su unión con Abdelkader. Tenían sobradas razones para oponerse. Sabían sin duda que ella era una descarada cazafortunas. Sabían a ciencia exacta que Abdelkader se la había ligado no por sus estudios superiores sino por sus encantos, en un lupanar en Tánger. Sabían que era hija adoptiva. Una bastarda. Sabían que era estéril. Sabían…pero ¿qué importaba ahora todo esto? Estaban bien enterradas. Lo que nunca sabrían era que fue ella quien había salvado a Abdelkader, sacándolo de aquellos bares sórdidos donde empinaba insistente y diariamente el codo, acechando a mujeres impuras e indecentes, para llevarlas luego a su mísero estudio donde satisfacía sus repugnantes perversiones. Sí. Lo salvó de la depravación. Se casaron. Pero pronto dejó de satisfacerla, por impotencia. Renunció luego a adoptar niños. Pero no a faltar a la mezquita ni a ninguna oración. Convencido de ganar el paraíso donde cree encontrar, como todos los impotentes, eterna virilidad, mejor alcohol y bellas mujeres.
Hasta el viejo patriarca había empezado a irritarla con sus miradas inquisitoriales y sus sospechas insoportables. ¿Habría descubierto algo sobre sus relaciones adúlteras con los vecinos? Pero, ¿qué importaba eso ahora? El muy idiota estaba también bien muerto, con toda esa comida envenenada que corre aún en sus venas. Bueno, idiota, no. Un genio, sí. Cojonudo. Por dictaminar una distribución igualitaria entre hombres y mujeres. ¿El próximo en morir? Su plan diabólico seguirá hirviendo en su mente hasta el final. Está el paranoico de Omar y el subnormal de su hermano Hamid que, de hecho, representaba un serio peligro porque estaba al corriente de sus infidelidades. No la ha delatado phasta ahora or alguna razón especial. ¿Tendría miedo de Yalal? ¿Se callaba por recelo a su hermano? ¿Esperaba su turno para gozar? Recordó repentinamente que lo sorprendió en varias ocasiones mirarle lascivamente los pechos y el culo. Están también las hermanas. ¿Firmarán todos? ¿Desistirán? Ningún problema. Tendrá que deshacerse también del cándido y ferviente de su marido y, al final,  del retardado mental de Yalal, por saber demasiado. Todo entrará pronto en orden. El pastel aumentará conforme vayan desapareciendo bocas y cuerpos. Total: el plan es quedarse con la finca y volver a sus viejos vicios de Tánger.  Esto lo tenía metido definitivamente entre ceja y ceja y nadie podría hacerle cambiar de parecer.
¡Volver a Tánger! ¡Que regocijo!  Pronto su vida volverá a adquirir ese viejo y maravilloso ritmo, esa modulación pasada de sus temas preferidos: escenarios y lugares donde ejercer de prostituta distinguida. Pero elegirá esta vez a gente de la High Class, a directivos alcohólicos desgraciados en sus matrimonios, prestos a pagar caro sus depravadas perversiones. Y organizará recepciones aristocráticas en sus casas de Tánger, para despistar cualquier sospecha o ncriminación. Sí. El plan definitivo era dormir desentume- ciéndose desnuda sobre infinitos fajos de billetes de 200 dh.
 
Al oír al almuédano llamar a la oración, sacudió a su fanático marido que seguía roncando y le instó a ir a rezar a la mezquita, para dejarla, como de costumbre, cerrar los ojos y dormir en paz.
 
II
 
El sol centelleaba en el firmamento.
Una multitud impresionante salía del cementerio Lala Menana y se dispersaba y fluía en todas direcciones, unos a pie, otros tomando el volante de sus coches. Un hombre prefirió quedarse atrás, solo,  ante una tumba. Era Omar. Estaba profundamente afectado. Seguía sin entender la tragedia que le aterraba. Antes, su madre y hermana murieron en circunstancias misteriosas, y ahora, su padre. Si se añade a esta situación el paro en que se había quedado tras obtener sus diplomas… El suicidio asomaba al horizonte.
Con los ojos húmedos se arrodilló en el suelo junto a la tumba paternal y murmuró algunos rezos.
Percibió al mismo tiempo unos pasos distintos y extraños. Se volvió y lanzó una exclamación de sorpresa. ¡Una mujer! Se restregó los ojos para disipar una posible alucinación. Era ella. ¡Salwa! La amiga de infancia más estimada por la familia. Sí. Era ella. Siempre rubia, cara exquisita, pero ahora de unos treinta años. Ahora vestía de negro. Sin maquillaje. Sus ojos azules estaban anegados y su boca húmeda. La angustia le empañaba el rostro. ¡Salwa!
—Sí. Soy yo  —aclaró, emocionada, para tranquilizarle—,  me telefoneó Abdelkader ayer. Tomé el vuelo Paris-Tánger y aquí me tienes. Tus padres siempre me consideraron como su propia hija y yo, a ellos, como mis padres, que murieron, como sabes, en aquel trágico accidente. Sé que al lugar del entierro sóoo asisten los hombres, por eso esperé a que saliesen todos.
Se abrazaron en silencio. Sintieron sus corazones latir precipitadamente al brotar en sus memorias numerosos recuerdos inolvidables. Pero pronto se separaron, suspirando. Volvieron a inclinarse sobre la tumba del fallecido, oraron algunos rezos y se pusieron luego a andar cabizbajas, rumbo a sus casas.
Omar intentó mostrarse un poco menos sombrío y sonreír de modo un poco más tranquilizador. Tenía ganas de sincerarse. Decirle que nunca cesó de amarla. Se acercó un poco más a ella hasta sentir una vaharada de su perfume. Bajó entonces un poco el tono de voz para declararse. No pudo. En vez de ello, balbució con parsimonia:
—Me alegro mucho de que hayas acudido.
Para amortiguar y aliviar el dolor del joven, Salwa inició una conversación agradable:
—¿Qué tal se conserva nuestro viejo vergel y las plantas rupícolas?
—Lo cuido como puedo. Algunos geranios y crisantemos siguen sobreviviendo. Tu naranjo ha crecido de forma extraña. Parece un paraguas gigante.
—Lo planté cuando celebramos mi cumpleaños la última vez. ¿Siguen visibles nuestros nombres que grabaste en el tronco?
—Sí. Por supuesto. El tiempo no podrá nada contra ellos.
—¡Cuánto me alegro! ¿Recuerdas lo cachondo que lo pasamos?
—Comimos el pastel, dándonos mutuamente las cucharaditas  —recordó él con voz remilgada y ñoña.
—¿Sabes que termino mi carrera de médico dentro de tres meses?
—¡Enhorabuena! Me alegro mucho.  ¿Qué piensas hacer ahora, quedarte allí?
—¡Qué va! En el extranjero nos miran con recelo y reprobación. Por mucho que se diga, creo que es mejor quedarnos en nuestro país. Ayudar a los nuestros.
—En cuanto a mí, obtuve mi doctorado en periodismo, pero sin trabajo, ahora vivo gracias al beneficio arrendatario que me abonan mis hermanos.
—No te preocupes. Saldremos adelante.
— ¡Ah! Gracias por haberme mandado los libros que te pedí. Tengo que pagártelos.
—Para nada. Es un regalo. ¿Qué tal la lectura?
—Leí a Kierkegaard, Heidegger y Kundera. ¡Impactante! Los demás, después. Del primero mantengo esta frase: La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada.
— ¡Qué bonito! Me gusta. Ser y tiempo. El tiempo del ser. El ser del tiempo. Ya me explicarás estas cosas con más tranquilidad.
Apareció el cruce donde los caminos  que llevan a sus respectivas viviendas se separan y la joven murmulló con voz cariñosa, cogiéndole de la mano:
—Quiero que sepas que comparto tu dolor y que me alegro de volver a verte. Cuenta conmigo en todo.
 
Cuando Omar entró en el gran salón, encontró que sus hermanos y hermanas y su cuñada le estaban esperando.
—Siéntate, Omar. Queremos hacerte unas propuestas.
—Puesto que no trabajas la tierra como nosotros ni tienes oficio, hemos pensado que podría interesarte un reembolso si renuncias a tu parte.
—Necesitarás ese dinero para tener tu propia casa y poder vivir con quien te guste.
—Podemos ser muy generosos y darte hasta 500 millones.
—Lo has pasado canutas tratando de encontrar trabajo.
—No pienso vender —dijo el hombre, lanzando una mirada gélida y hosca a la asistencia y levantándose para entrar en la cocina,  que era también comedor.
—Te arrepentirás  —le gritaron al unísono, dirigiéndole  una mirada asesina.
 
Momentos después, cuando todos salieron y se fueron a la mezquita, Rkia entró en la cocina, cerró la puerta e inició la primera etapa de su diabólico plan.
—En este caso puedes disponer de unos 500 m2 para construir tu casa solariega junto al vergel, donde te plantaremos legumbres y hortalizas y hasta frutas, en vez de esas flores inútiles que riegas. No te faltará de nada. Te daremos dinero para que celebres una boda de hadas. Chicas guapas no faltan. Incluso te las podré proporcionar yo, si quieres solo divertirte...
—Firmar esos papeles y...
—¡Claro, hombre! Nada más. Y una nueva vida llena de felicidad empezará para ti. No seas idiota como Hamid. Ahora no tienes nada, si no fuera por las rentas. Pero pronto serás rico e independiente y las mujeres se te pondrán de rodillas.
Omar no comprendía porqué su cuñada le cogía las manos y las amasaba frenéticamente, sin dejar de fijar su mirada en sus labios.
—Sé razonable, hombre, te traeré todas las mujeres que quieras...
Viendo que el hombre dudaba y temiendo que rechazara la oferta, le cogió bruscamente las manos y se las llevó a su pecho y, notando la timidez y la repulsa del joven, se arrodilló y con sus manos tentaculares, procedió a estrujar su bajo vientre con movimientos enardecidos, mientras su boca rozaba su rostro.
Tomó luego su cara entre sus manos y aplicó su boca abierta a la de él. Lo atrajo más hacia ella, una mano ahuecada en su nuca, la otra, juguetona y perversa, deslizándose hacia su entrepierna.
De socarrón su rostro cambió a enfurruñado. Sus ojos echaban chispas.
—Sé que aún eres virgen y tímido. Te enseñaré yo misma el arte de los placeres carnales.
Pero Omar se echó atrás, horrorizado y se liberó, disgustado,  pensando en no traicionar a su hermano.
Esta reacción la dejó hecha una piltrafa. Le miró de hito en hito. Lanzó luego un quejido, liberando sus manos y carraspeó con voz aflautada:
—¡Impotente! ¡Todos sois impotentes en esta asquerosa vivienda! Sólo pensáis en rezar. Vale. Si no firmas, diré que me has acosado para violarme.
Y salió cerrando de un portazo. Su cara parecía un globo de materia incandescente.
 
Más tarde, cuando los hombres volvieron de la mezquita, Yalal se acercó a Abdelkader y,  decidido a apoyar el plan de Rkia, le dijo aparte:
—Tengo que decirte algo muy grave. Tu mujer y Omar... —bajó gradualmente la voz, algo cohibido--,   estaban…él la…
Abrió la boca pero la volvió a cerrar sin decir una palabra al ver que la sonrisa de su interlocutor desaparecía, dejando en su lugar una cara de extremada tensión, el entrecejo fruncido y los labios apretados.
—Habla, idiota.
—La vi...en la cocina...La pobre estaba…Yo pasaba por casualidad...
Abdelkader le echó las manos al cuello y lo sacudió:
—Estás de guasa. Mientes. Mi hermano es íntegro.
—¡Pero la estaba obligando a desvestirse! —siguió mintiendo cínicamente el lechero.
—Vamos a aclarar esto inmediatamente  —vociferó  el marido "engañado" y acto seguido entró en casa y convocó a los aludidos. Se dirigió primero a su hermano.
—El lechero afirma que tú y Rkia estabais...  —vaciló un momento, serio y envarado, frunciendo el ceño y torciendo la boca. En árabe hay palabras tabúes que no se pueden pronunciar entre familiares. Mas la sensación de recelo seguía aumentando. Llegó a ser agobiante, luego volvió a la carga con obstinación—: ¿cómo puedes hacerme esto, precisamente a mí que he sudado sangre ayudándote en tus estudios?
Omar le miró fijamente a la cara, atormentado, casi presto a gimotear, luego hizo una señal negativa con la cabeza. La vehemente negativa de su hermano era tajante y convincente, pero Rkia intervino, mostrando un rostro deshecho, la mirada, acusadora. Carraspeó, tosió y finalmente masculló con voz quejumbrosa y entrecortada por llantos:
—Te juro por el Corán sagrado que me pidió acostarse conmigo a cambio de cedernos su parcela.
Dio en el quid de la cuestión. Sin aguantar más, Abdelkader se echó desesperadamente sobre su hermano y se inició una áspera pelea que interrumpió Hamid, alertado por los gritos.
—Traidor, hermano ingrato y malvado, te juro que te mataré...
 
Llegó la noche, densa y profunda. En la gran vivienda, todos intentaban conciliar el sueño sin lograrlo. Los dos hermanos no entendían qué asquerosa mosca había picado al viejo para dictaminar ese injusto testamento. Tenían que hacer algo ante esta endemoniada situación.  Abdelkader tampoco entendía qué locura había llevado a Omar a obrar tan degenerada y vilmente. Atando cabos, empezó a acariciar la idea del divorcio porque estaba al tanto de las infidelidades de su mujer. Ésta, junto a él, estaba también despierta y alerta, pero con los ojos cerrados, simulando dormir pero acechaba en realidad el momento de ver realizado su plan. Hamid, por su parte, estaba decidido a hacer dos cosas: impugnar el contenido del testamento, a beneficio de los barones y revelar a su hermano que su esposa dormía con Yalal y no con Omar. Cerca del  establo, en la cabaña mal enjalbegada, un hombre estaba también despierto, esperando con anhelo el momento de gozar y de matar. Muy lejos de allí, en el aprisco abandonado de la finca, Omar no lograba tampoco conciliar el sueño, deshecho por esa injusta acusación y pensando en la peor de las soluciones para salir de ese espantoso berenjenal en que se había metido. La idea de que Salwa lo supiera le sacaba de quicio y hacía de él el hombre más mísero y culpable del mundo.
 
Fuera, la noche era tenebrosa.  
En alguna parte se abrió y se cerró una puerta, y dos cuerpos se enlazaron y se fundieron en uno. Más tarde estalló un aullido, seguido de unos misteriosos ruidos. Se oyó un golpe sordo y un estertor ahogado.
Alguien se deslizó entre los árboles, como una sombra. Llevaba unos guantes usados y un jersey con cuadrados blancos y amarillos. Debajo del brazo, una bolsa escarlata.
Primero se dirigió a la vivienda, donde permaneció más de media hora, luego salió y tomó el sendero del aprisco, transportando esta vez un bulto sobre los hombros.
Minutos más tarde regresó a la finca...
 
III
 
Al día siguiente, Yalal, como de costumbre, cargó los barriles de leche para llevarlos a la ciudad y distribuirlos a los clientes. Pero antes de arrancar, vislumbró un bulto a lo lejos. Se acercó y descubrió el cuerpo sin vida de Abdelkader, con la cabeza hecha añicos. Aturdido, soltó alaridos que pronto alertaron a los vecinos.
Llegó después Rkia y simuló todos los estados emocionales de una viuda dolorida por la tragedia.
Luego, cuando se agruparon los curiosos y la familia y llegó la policía, entró bruscamente  en un estado de epilepsia, echándose al suelo, ante los ojos atónitos de todos.
—¡Fue Omar! Lo mató por poseerme a mí y por quedarse con la finca  —vociferaba sin parar, desgarrándose los pelos y dándose golpes en el rostro.
Los vecinos la calmaron empapándole la cara con agua para que se despejara.
 
Despertado por los gritos, Omar salió del aprisco y se dirigió al lugar del alboroto. Pero en mitad del camino se paralizó al descubrir el cadáver de su hermano Hamid, con el cuello degollado. Se agachó y reconoció, horrorizado, que el arma homicida era suya. Sintió vértigo. El suelo parecía hundirse bajo sus pies, blando y aéreo. Los objetos empezaron a girar alrededor. Tuvo la sensación de estar borracho. Una pesadilla. Logró recoger apresuradamente la navaja y se dispuso a huir para esconderla, pero era demasiado tarde: un gendarme le instó a detenerse so pena de dispararle.
 
Lo condujeron al salón, donde el comisario, un cuarentón, alto, regordete, severo pero con cara de pan, se aclaró la voz e inició las preguntas habituales, luego concluyó, volviéndose a Omar.
—Habéis reñido tú y tu hermano a causa de tu cuñada. Lo sabemos. ¿Reconoces esta navaja y el martillo?
—La primera me pertenece y el segundo lleva mucho tiempo abandonado en el aprisco.
—El lechero afirma haberte sorprendido obligando a tu cuñada a desnudarse... Y tu hermano se enfadó mucho por ello…
—Ella me…
—Contesta por sí o no.
—Sí. Estuvimos en la cocina pero fue ella quien me…
—¿Ah, sí? ¿Ahora son las mujeres las que acosan a los hombres? No encaja,  muchacho. ¿Reconoces haber asesinado a tus hermanos?  —preguntó el policía, con suma delicadeza.
Omar bajó la cabeza,  apesadumbrado, luego la levantó y replicó, mirando al policía con un candor exagerado en sus ojos:
—No, señor. Soy inocente.
El comisario guardó silencio para escuchar al inspector que acababa de reunirse con ellos.
Tenía una cara mofletuda y abultada. Rondaba los treinta. Ojos castaños, acuosos y sagaces, mentón prominente. Piel morena, pelo oscuro y cejas espesas. Hablaba gritando y gesticulando. Lanzó una larga columna de humo por encima de la cabeza del inculpado. Exclamó con voz ronronea gutural.
----Este chico no soltará prenda, jefe. Tampoco importa. Sabemos lo que ha ocurrido exactamente.
----Soy inocente, lo juro por el sagrado Corán.
El policía lo miró con una sonrisa hipócrita en los labios, sosteniendo en una mano otro cigarrillo que acaba de liar y en la otra el encendedor.
----Estamos investigando unos asesinatos y no una jugarreta en un programa de radio –prosiguió, haciendo oídos sordos.  Inspiró hondo y soltó el aire despacio. Hizo caso omiso de la declaración de Omar, le miró con rostro inexpresivo y prosiguió, volviéndose hacia el comisario:
—El asunto es muy claro, señor comisario: El testigo ocular aquí presente, Yalal Abdessamad, afirma que el inculpado chantajeaba a su cuñada para satisfacer sus instintos perversos. Ayer su hermano se enteró y lo amenazó con matarle. Amedrentado, el acusado le tiende una emboscada y lo mata mientras iba a rezar la oración del alba. En cuanto a Hamid, al notar la ausencia inhabitual de su hermano en la mezquita, se pone a indagar,  descubre el cadáver y adivina la causa del crimen. Pero Omar lo elimina a su vez para no dejar testigos. Al percatarse luego de que ha olvidado sus huellas en la navaja y en el martillo, sale apresurada-mente para borrarlas o para recuperar las armas homicidas,  pero es detenido por la gendarmería real, mientras se proponía escapar. Total, un doble asesinato que puede costarle la reclusión perpetua.

El comisario  suspiró resignado. Inspiró profundamente luego sacudió la cabeza. Se advertía un súbito aire de cansancio en su rostro ancho. Se tomó su tiempo para encender un cigarrillo y darle una larga calada. Giró la cabeza para mirar a Omar por encima del hombro, luego se volvió al inspector y comentó a regañadientes:
—habrá que verificar estos hechos, inspector. Eso lo decidirán el procurador y el juez. Ponedle las esposas de momento al chico  —ordenó y, volviéndose hacia Omar, dijo en tono paterno—: Vamos a la comisaría a tomar declaración y a ver al juez de instrucción. Tienes derecho a un abogado.
La mirada de Rkia y la de su amante y cómplice se cruzaron furtivamente en ese momento e intercambiaron gestos de satisfacción y triunfo. “Por fin –pensó el campesino, sin reprimir un suspiro de alivio--, pronto seremos dueños de la finca y libres de amarnos a nuestras anchas”.
Asunto terminado.  Se levantaron todos para macharse.
El comisario se puso de pie, visiblemente disgustado por la aceleración que tomaba el asunto.  El inspector notó este malestar, se levantó también, bostezando y desperezándose. La serenidad de su semblante rayaba ahora en la idiotez.
 
 
Iban a salir con el convicto cuando apareció Salwa de repente en el umbral, alzando con determinación la voz:
—Perdone, señor comisario. Tengo algo que lava a Omar de todos los cargos que se le imputan.
El policía mostró un gesto de sorpresa y no supo si era de irritación o estupefacción. Tampoco supo si la intrusa era marroquí o extranjera, pese a su acento árabe perfecto.
—¡Que me aspen si entiendo algo! ¿Pero quién diablos es usted? —tartamudeó, boquiabierto.
—Me llamo Salwa Masmudi. Llego de Paris para asistir al funeral de Hach Benhayún que en paz descanse. Soy una amiga de infancia de Omar. Fui yo quien le telefoneé a usted esta mañana.
—¿Quiere afirmar que su amigo es inocente y que nosotros nos equivocamos?  —preguntó  el policía, enseñando los dientes en una sonrisa forzada.
—Así es, señor. Alguien piensa encasquetarle estos crímenes —sentenció, recalcando cada palabra, dándoles énfasis a través de una mirada penetrante—. Lo quieren utilizar como pantalla de humo.
Se produjo entonces un insoportable y largo silencio en el salón.
Todos, incluso los policías, intercambiaron miradas de suspicacia y asombro. El tono vehemente y decidido de la joven los dejó hipnotizados, esperando la sucesión de los hechos.
Apareció al mismo tiempo un brillo de esperanza en la sonrisa de Omar. Sus ojillos se abrieron sobresaltados. El inspector mantuvo  un rostro inexpresivo durante la intervención de la joven. Se pasó los dedos por el pelo y unas escamas de caspa aterrizaron en sus hombros. Miró hacia las alturas, al techo, visiblemente el más irritado de todos. Se quitó el cigarrillo de los labios para intervenir pero el comisario lo disuadió con una mueca burlona.
—Prosiga, por favor —dijo, invitando a la joven, con una expresión conciliadora.

Entonces, lentamente y con manos de prestidigitadora, la joven abrió una bolsa negra y de ella sacó otra, escarlata, que levantó para que la vieran todos. 
Instantáneamente, Rkía y Yalal hicieron unos movimientos de retroceso, como si vieran a un fantasma en carne y hueso. Sus rostros, antes plácidamente sonrientes, pasaron de torvos a contraídos. A ella se le cerró la boca como si fuera cuero seco y cuarteado. Y la incertidumbre se afianzó en su rostro. En cuanto a él, se sintió hecho un basilisco. Un estropajo mojado. Al comisario no le escapó esa actitud comprometedora de ambos pero esperó la explicación de la joven intrusa.
—Esta bolsa, señor comisario, va a salvar a Omar y encarcelar a los verdaderos criminales.
Sin esperar, metió la mano en la bolsa escarlata y sacó un jersey con cuadros blancos y amarillos y unos viejos guantes, todos manchados con sangre.
—¡Oh! —exclamaron al unísono Rkia y Yalal, desencadenando la misma escena de espanto, sospecha y temor de antes.
Cautivaron esta vez la atención de la asistencia.
Salwa extendió el brazo y apuntó con el índice a Yalal.
—Todo el mundo aquí en la aldea le dirá, señor comisario —prosiguió la joven, imperturbable—  que estos trastos pertenecen a Yalal, aquí presente y, en el laboratorio, la policía científica comprobará que las huellas en los guantes son también de él y que las manchas de sangre en el jersey pertenecen a  sus víctimas.
—No es verdad  —gritó Yalal, con odio e irritación, echando espuma—,  esta mujer está contando zarandajas. Estos trastos no son míos.
El comisario tomó entonces la palabra y, barajando una trampa, le clavó una mirada perspicaz y furiosa en los ojos:
—Vamos a ver. Usted niega que estos guantes y este jersey sean suyos, pero en cambio, reconoce que usted también tiene  otros idénticos, ¿No es verdad?
Yalal no adivinó la trampa tendida por el policía y dijo vehemente:
—Eso es, señor comisario. Sí, estos no son míos pero tengo unos idénticos, en efecto.
—Entonces —concluyó el policía con malicia y triunfo— enséñenoslos. 
—¿Cómo? No entiendo… —se interrumpió de súbito el aldeano, llevando una mano a la boca, dándose cuenta de su entrometido lapsus. Se mordió el labio, contrito, luego prosiguió—: Me los habrán robado… Sí, alguien me los robó para asesinar a esos granujas.
—Te advierto —sentenció Salwa con tono amenazador, aprovechándose de su desamparo—  que mañana descubrirán en el laboratorio que las huellas en los guantes son tuyas y si no confiesas ahora, la condena será mucho más implacable. Mejor que confieses. El señor comisario te lo puede confirmar.  —Añadió, dirigiéndose al policía.
Éste asintió grave y visiblemente malhumorado, observándole con suspicacia.
—No sé qué decir  —exclamó el aludido, lanzando inesperadamente una carcajada gélida y un poco beoda. Luego dejó de reír al ver el rostro crispado del inspector apuntándole con el índice:
---¿Acaso no nos cree?  —inquirió el inspector con tono ofendido, convencido ahora de corroborar el cambio rotundo que tomaban los hechos—, ¿piensas que estamos bromeando?  Pues escucha bien: si confiesas ahora, te caerán solo algunos años de cárcel  —mintió el policía—;  si no, te pasarás toda tu vida entre rejas.
 
El inspector había dado en la diana. La aserción conminatoria dio el efecto esperado, provocando una reacción brusca de culpabilidad.  El aldeano dudó un momento. Tenía que elegir entre esas dos opciones. Recapacitó. Permanecía sentado, sin saber qué decir. ¡Sus propias huellas dentro de los guantes! ¡Tenía que haberlos quemado o tirado al agua! Se sintió de repente como una alcachofa. Rió primero entre dientes, luego estalló con una carcajada estruendosa y homérica:
---¡Mieeeerdaaa! —la inflexión que el hombre le dio a esta exclamación rayaba en la decepción total y provocó en la asistencia gran alboroto y asombro. Estallaron algunas carcajadas.
Se dio cuenta de la abrumadora prueba contra él. Su culpabilidad era evidente.
Intentó darse a la fuga. Pero notó que sus pies se negaban a sostenerle. Y pronto se sintió perdido. En el portal vio a dos policías. Otros dos en las escaleras. Rodeado. Acorralado. Su rostro se puso lívido, luego cárdeno y su cara tenía ahora un tono cerúleo. Le temblaron las manos y los labios, mientras que unas gotitas frías le poblaron las sienes y un escalofrío recorriendo su espalda.  
Al ver que Rkía no movía ni un dedo en su defensa, se sintió profundamente engañado y humillado, se levantó por fin y, a diestro y siniestro, empezó a gesticular y a vociferar, orientando el índice hacia su cómplice. Dijo con  beoda dignidad teatral:
—Es ella la organizadora de toda esta horrenda tragedia. Me ordenó corroborar la falsa escena de la cocina para avivar los celos de su marido, para que, una vez cometidos los asesinatos, las sospechas recaigan sobre Omar. Fue ella también quien envenenó al viejo, a su mujer e hija. Se sirvió de mí para asesinar a Hamid y Abdelkader y quedarse luego con la finca.

La aludida se irguió repentinamente con su cuerpo enervado, tapado con un haik castaño rayado de verde. Era otra. El exagerado maquillaje no lograba suavizar y nivelar el hundimiento de sus mejillas y la prominencia de sus pómulos, como consecuencia del luto que simulaba llevar. La infeliz era ahora incapaz de asimilar lo que estaba oyendo. Creyó un momento que todo era una pesada pesadilla. Notó como latía su corazón con fuerza, convulsivamente. De pronto la sorpresa se mutó en una expresión de terror. Su cara sufrió varias transformaciones. Sus ojos empezaron a irradiar distintos movimientos, distintas chispas. Intentó retenerse, buscando un subterfugio. Pero pronto estalló en odio y su boca vomitó espuma. Vociferó enloquecida odiosos sonidos guturales y sus aullidos fueron aumentando. Lanzó improperios a voz en grito, zafia y roja de ira sorbiéndose los mocos sonoramente. Terminó soltando una carcajada demente  ante la patética confesión de Yalal.
—Debiste haber cerrado tu asqueroso pico. ¡Cobarde! ¡Burro de  mierda! ¡Hijo de puta! ¡Subnormal! Tus huellas no están en ninguna parte porque los guantes no son de plástico.  Sólo cuentan las huellas de Omar que tiene en su navaja. Esta bruja que llega de París te tendió una trampa y nos pilló. Los eliminamos uno por uno sin alzar sospechas, logramos que Omar pagara por ello en la cárcel. Y ahora tú lo estropeaste todo. ¡Estúpido de mierda! Sí, te utilicé como un burro para estos crímenes. Y te tenía una sorpresa para el final. Estímate pues afortunado por terminar en la cárcel en vez de ser descuartizado por los carroñeros.

Al oír esta sórdida confesión, el jorobado se lanzó sobre ella como una fiera, para arrancarle los ojos. Logró zarandearle y arañarle la cara pero los policías los separaron, esposaron y los metieron en el furgón.
 
IV
Instantes más tarde, el comisario liberó a 0mar, dándole unas palmaditas en el hombro, pidiéndole disculpas y luego le dijo a Salwa en tono paternal y condescendiente:
—Cuéntenos ahora lo de la bolsa escarlata.
—Desde mi balcón y con mis prismáticos puedo ver todo lo que ocurre en la finca. Tengo visión nítida sobre la vivienda. Sospeché desde mi llegada que ocurrían cosas horrendas. Sorprendí en varias ocasiones a Rkía intercambiar miradas comprometedoras y cómplices con Yalal, cosa inhabitual entre un pastor y su superior, una mujer honrada y casada. Miradas que interpreté como lascivas. Orienté ayer por pura rutina mis prismáticos hacia la cocina y a través de la ventana la vi acosando sexualmente a Omar y no él a  ella. Observé cómo pelearon luego los dos hermanos. Y con las muertes repentinas anteriores empecé a comprender que había gato encerrado y decidí indagar.
    »La cabaña está a unos trescientos metros de mi chalet. Solo nos separa un camino lleno de fragosidad. Me metí por él. Al principio no veía nada; la oscuridad era casi completa, si no fuera por la luz lunar. Gradualmente mis ojos se habituaron a ella y pude ver. Me asomé con cuidado, sigilosamente y vi una fina línea amarilla horizontal bajo la puerta. Supuse Rkía y Yalal estaban dentro. Avancé de puntillas hacia esa luz. Manoseé el pasador y entreabrí la puerta con infinito cuidado.
    »Me acerqué sin hacerme notar y vislumbré a Rkia y Yalal vistiéndose y absortos en su conversación. Oí un fragmento de frase sin sentido: "Entiérrala junto al naranjo, cuando estalle la oración del alba"  —le ordenó ella, entregándole una bolsa escarlata vacía. Retuve mi respiración. Hablaban de mi naranjo, plantado en el aprisco de Omar, a mitad de camino entre la finca y mi casa.
    »Volví precipitadamente a casa, por temor a ser descubierta y me instalé en el salón para recapacitar. Miré el reloj. Faltaban dos horas para la oración del alba. ¿Por qué diablos enterrar una bolsa escarlata y a esa hora precisa? ¡Una bolsa vacía! No tenía ni pies ni cabeza. ¿Qué secreto podían ocultar esos miserables degenerados? En ese momento no podía entender el sentido del misterio. La  finca seguía hundida en la oscuridad. Pero, desde mi ventana,  tenía al aprisco en mi campo de visión, gracias a la luz lunar. Las dos horas se sucedieron pero nada ocurrió. Empecé a dormitar y a cansarme. Dudé de mí misma y me iba a dormir a mi cuarto cuando de repente, oí la lejana voz del almuédano desgarrar la noche y al mismo tiempo vi acercarse una sombra.
    »Era Yalal sosteniendo un bulto, que supuse ser la bolsa escarlata, esta vez llena. El hombre empezó a excavar frenéticamente, echando de vez en cuando miradas furtivas a su alrededor, como si temiera ser descubierto. Cuando terminó su faena y se hubo marchado, salí con precaución. Desenterré la bolsa y volví corriendo a casa para abrirla: reconocí horrorizada el jersey a cuadros que tenía puesto Yalal cuando lo sorprendí con Rkía y deduje que los guantes eran suyos también. Comprendí por las manchas de sangre que algo horrible y trágico había ocurrido mientras me hallaba en casa. Comprendí también por qué enterrar la bolsa a esa hora del alba: nadie podía sorprender a Yalal porque todo el mundo estaba en la mezquita, orando. El resto ya lo sabe Ud., señor comisario.
 
—Hija mía, estamos muy orgullosos de ti. Sobre todo siendo una mujer que logra dilucidar estos crímenes tan horribles y complicados y salvar a un inocente. ¡Y con esa fabulosa mentira de las huellas en los guantes! ¡Hasta yo mismo me lo creí! ¿Dónde aprendiste este truco?
—En una novela de Agatha Christie. Pero la idea se me ha ocurrido a bote pronto.
El policía levantó la mano haciendo un círculo con el pulgar y el índice.
—¡Magnífico! Pues lo has aplicado en la vida real. Nos acabas de dar una buena lección. ¡Eres digna de admiración! Que Dios te bendiga, hija.
 
V
 
La primavera, al atardecer, se anunciaba más exuberante y aromática ahora y el horizonte, límpido, diáfano y apacible. La noche era hermosa, la brisa, fresca y acariciadora, tan suave como una melodía de Nat king Cole. El cielo de Larache, de un intenso rojo oscuro, estaba ahora despejado y las estrellas brillaron como chispeantes diamantes.
 
Quedándose a solas  Salwa y Omar:
—Te felicito, pues ahora eres dueño único de la finca.
—Querrás decir: "somos".
—No entiendo.
—Sin tu ayuda, querida, lo habría perdido todo, incluso mi vida. Así que mi finca es tuya también. Pero dejémonos de estos detalles. ¿Estás libre o no, quiero decir: tienes a alguien en tu vida?
La embargó una emoción tan intensa que apenas pudo respirar.
Pero algo relampagueó en sus ojos y susurró:
—Eres el único hombre a quien siempre amé y sigo amando.
 
Y para demostrárselo en concreto, pegó instintivamente su cuerpo al de él y con acaloramiento, se irguió y le imprimió en la boca un beso cálido, de película que, en un exquisito chasquido, selló para siempre su unión.

FIN

Por Ahmed Oubali

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Ahmed Oubali.
Published on e-Stories.org on 10/21/2015.

 

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