José Álvarez

El bosque de las aves y el lince.

 

                                       En una verde pradera y al lado de un pequeño lago, vivía una mama pato con sus diez pollitos. Pero antes de tener a sus hijos, la mamá pato construyó su casita; la construyó con los juncos del lago, y después, la adornó con las flores del campo.
 
La mamá pato era muy buena cocinera, cada vez que hacía un pastel, su aroma se extendía por todo el bosque, y la casa de los pollitos era la envidia de todas las aves, porque todas querían probar sus ricos pasteles.
 
                                       Además, en aquel bosque también vivía un águila muy grande que era la guardiana del bosque, y no permitía que nadie molestara a sus amigas, por eso las aves vivían en paz y eran felices. Pero… un día un lince entró en el bosque; y era un lince muy, muy astuto, porque siempre conseguía comer los pollitos que se caían de los nidos sin ser visto por el águila guardián.
 
Aquel lince tan astuto también era un problema para la mamá pato, porque una amiga suya que vivía al otro lado del bosque, había tenido ocho pollitos, y la mamá pato quería ir a visitarla y a llevarle un regalo.
 
Pero la mamá pato, al igual que todas las mamás, le preocupaba la seguridad de sus hijos, y no podía ir a visitar a su amiga y dejarlos solos en casa, por temor a que el lince los engañara con algún truco para que le abrieran la puerta; pero tampoco podía llevar a sus hijos con ella, porque los pollitos aún eran muy pequeños y no soportaban un viaje tan largo.
 
Debido a este problema, antes de ir a visitar a su amiga, la mamá pato habló con el águila guardián.
 
                                       -Buenas noches querida águila; mañana estaré fuera todo el día y tengo que dejar a mis hijos solos en casa, pero me preocupa mucho lo que pueda hacer el lince si se entera que mis hijos están solos. ¿Podrías cuidar de mis hijos hasta que yo vuelva por favor?
-¡Pues claro! Querido pato, estaré encantada de cuidar de tus hijos hasta que tú vuelvas y, no te preocupes por lo que pueda hacer el lince durante tu ausencia; yo me ocultaré en el árbol más alto del bosque y, si el lince se acerca a tu casa de juncos, yo descenderé sobre él y lo expulsaré del bosque para siempre.
 
La respuesta del águila tranquilizó a la mamá pato; se sintió más segura y volvió a casa donde reunió a sus hijos y, antes de acostarlos, les dijo: queridos hijitos, mañana voy a estar fuera todo el día, pero no tenéis que preocuparos por nada; yo os he preparado un pastel de trigo y otro de semillas para que tengáis suficiente comida para todo el día; y también he hablado con el águila guardián para que vigile nuestra casa hasta que yo vuelva. Lo único que no debéis hacer es abrir la puerta. Ya sabéis que ahí fuera hay animales que recorren el bosque ocultos entre los arbustos buscando patitos tiernos.
-No te preocupes mamá, -contestaron los patitos- no abriremos la puerta a nadie hasta que tú vuelvas.
Así, a la mañana siguiente la mamá pato se levantó temprano y, se dirigió a la casa de su amiga con el regalo en el pico.
 
 
                                                Los pollitos cerraron la puerta por dentro y se pusieron a dormir, apiñados, todos juntos. Pero cuando se estaban quedando dormidos, alguien picó en la puerta y los despertó.
-Clok clok.
- ¿Quién es? - Preguntaron los pollitos.
-Soy vuestra vecina, la gaviota. ¡Dadme un trocito de pastel!, y a cambio os enseñaré el mar; es como un lago de aguas azules que no tiene fin, y donde se bañan patos de todos los colores.
-No. ¡Márchate! Nos bañaremos en el lago con nuestra madre.
Y la gaviota se marchó muy triste, sin haber probado el rico pastel de trigo.
 
Los patitos vigilaron a la gaviota a través de la ventana hasta que ésta se alejó. Después se apiñaron todos juntos y se pusieron otra vez a dormir. Pero alguien volvió a picar en la puerta y los despertó.
 
-Clok clok,
- ¿Quién es? – Preguntaron los pollitos.
-Soy vuestro vecino, el pavo real. ¡Dadme un trocito de tarta!, y a cambio desplegaré mi cola multicolor ante el sol reluciente.
-No. ¡Márchate! Nuestra madre nos hará un abanico con las flores del campo.
Y el pavo real se marchó muy triste, sin haber probado la rica tarta de semillas.
 
                                       Y después, apareció el lince; que hacía rato que estaba escondido entre los arbustos esperando su oportunidad; y también picó en la puerta de la casa de los pollitos.
-Clok clok.
- ¿Quién es? Preguntaron los pollitos.
- Soy el amigo de vuestra madre. ¡Abridme la puerta! Os traigo un pastel de maíz con chocolate.
                                                
                                       Pero antes de que los pollitos abrieran la puerta… ¡zas! El águila se lanzó sobre el lince. Lo agarró con sus potentes garras y se elevó con él en el aire.
El lince pedía clemencia cuando se vio sobrevolando el bosque colgado de las poderosas garras del águila guardián. Decía que tenía mucha hambre, y que él sólo quería un trozo de pastel. Pero el águila no tuvo compasión de aquel lince malvado que tantos pollitos había comido.
 
Y por eso, cuando sobrevolaban un río lleno de cocodrilos, el águila soltó al lince, abrió sus garras y lo dejó caer. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Y en el río un cocodrilo esperó con la boca abierta.
-¡Guau!
           
                                       La mamá pato se alegró mucho cuando regresó, porque sus hijos estaban todos dentro de la casa y no habían abierto la puerta a nadie.
La mamá pato estaba tan contenta, que hizo varios pasteles, invitó a todas las aves del bosque y celebraron una fiesta al lado del lago. Y mientras el ruiseñor, como mejor cantor entre todas las aves entonaba su mejor melodía, el pavo real extendió varias veces su cola multicolor que era lo que más les gustaba a los patitos.
                                  
                                                     
 

 

 

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Published on e-Stories.org on 10/26/2015.

 

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