Jose Alvarez

El Negro Pescador

~~El Negro pescador   
Cada mañana bajaba hasta el embarcadero en la desembocadura del rio, se sentaba allí antes que amaneciera y esperaba por alguien que lo contratara para un día de pesca; pero ya estaba viejo y aunque tenía muchas mañas para atrapar un pez, los patrones de las embarcaciones preferían a gente joven que sirvieran para jalar los palangres, era un trabajo duro que requería de musculo joven;  Pero aun así  él se sentaba al borde del embarcadero  hasta que el sol empezaba a esparcir sus rayos dorados sobre la superficie risada del agua y todos los barcos abandonaban la bahía y ponían rumbo norte hasta perderse en el horizonte. Entonces se levantaba y regresaba a su cabaña en la empinada colina, nadie sabía desde cuando vivía allí, ni qué edad podía tener, ni siquiera su verdadero nombre todos lo llamaban “El negro” por el color quemado de su piel a fuerza de sol intenso y salitre. Con el tiempo llego a conocer aquella costa como la palma de su mano, y los pesqueros más antiguos, los lugares donde merodeaban los dentuzos, tenia olfato para las agujas y los Casteros y muchas veces en su vida peleo con algunos de los más grandes durante horas hasta traerlos a la popa del barco. Pero ese tiempo ya estaba lejos, olvidado para muchos, incluso él ya empezaba a olvidar algunas cosas.
Cuando Joven los patrones se lo disputaban para llevarlo unas veces de guía otras de timonel siempre se estaba seguro que con “el Negro” la pesca seria buena. Ganaba buen dinero en esa época, que terminaba gastando en los bares de la playa con mujeres de paso, peleaba a ratos en apuestas de cantina. Siempre ganaba, a veces dejaba que su contrario tomara alguna ventaja y cuando las apuestas se ponían en su contra revertía el combate, pegaba duro con su mano izquierda. Los más viejos de Cojimar creían que se mudo allí a principio de los años 40 venia de Isabela de Zagua, ya le decían “el negro” cuando llego era apenas un chiquillo, que demostró ser pescador y nadador desde siempre, la gente decía que tenía una novia en su pueblo natal, pero que el padre de la muchacha nunca  permitió aquel noviazgo y al final la comprometió con el hijo del único medico del pueblo, pero eso también eran habladurías porque “el negro” nunca conto nada de su vida, ni siquiera cuando se ponía a beber en el bar “la terraza” hasta que casi no podía caminar y subía la colina a su cabaña casi a gatas.
Cada tarde regresaba al embarcadero, cuando ya los pescadores estaban de vuelta entonces podía conseguir que alguien lo contratara para limpiar el pescado, era hábil con el cuchillo, fileteaba bien, y dejaba las masas limpias de pescado, también era hábil descuerando. Esa tarde “El jabao” regreso en el “Ciana” traía un buen Castero, le ofreció al “negro” diez pesos para que lo limpiara, el viejo salto ágil desde el embarcadero y puso manos a la obra, con agilidad abrió el gran pez, le corto la cabeza la cola y abrió la ventrecha de un solo tajo, con las manos arranco el tripero y  echo las piltrafas y las tripas en un cubo, luego enjuago el  pez sobre el lavadero con una manguera y lo dejo listo para la venta, entonces cogió la cubeta con los desechos y fue a botarlos en la desembocadura del rio como era la costumbre. Allí era donde todos tiraban el despojo de la pesca y las carnadas viejas, parado sobre la tabla vertió el contenido del cubo en el agua, y vio las aletas de los tiburones que se acercaban al festín. No se percato que alguien por accidente había vertido desechos sobre el tablón donde estaba parado y cuando fue a regresar resbalo y cayó al mar entre el enjambre de tiburones que revoloteaban, con rapidez saco el cuchillo que llevaba siempre en la cintura, para defenderse. Y aunque hizo ruido sobre el agua a la caída los tiburones estaban excitados por el olor a comida y no se espantaron. El negro vio la primera aleta venir directo a él, era un Mako de al menos metro y medio, no sintió miedo cuando lo tubo lo bastante cerca lo golpeo en el hocico con el pie  y le clavo el cuchillo bajo la aleta, ese no volvería se dijo. Luego sintió un golpe en la espalda y una sensación de calor que le quemaba,  acto seguido el agua se tiño de rojo. Un segundo ataque sobrevino por el lado izquier! do, era un tiburón costero que paso rosándolo, tuvo tiempo de clavar el cuchillo sobre su cabeza, el tiburón se alejo llevándole el cuchillo, ya no tenía fuerzas y “El Negro” se fue hundiendo lentamente, recordando tal vez. La novia que había dejado antaño en su pueblo natal, los primeros  pescadores que llegaron en su auxilio espantaron los tiburones, golpeando con remos la superficie del agua, con una soga lograron sacarlo del agua pero era tarde, la mordida del escualo le había cercenado los músculos de la espalda como con una sierra mecánica,  el negro se había desangrado en cuestión de segundos, el cuerpo sin vida fue llevado al embarcadero, donde quedo expuesto a la vista de todos. Se veía más viejo que de costumbre, aunque su rostro esbozaba una leve sonrisa. Entre los pescadores no había dinero para darle una cristiana sepultura, así que decidieron enterrarlo en la cima de la colina, para que desde allí pudiera ver el mar cada mañana. Al día  siguiente dos tiburones sin vida carenaron en la playita al final de la bahía, uno llevaba aun un cuchillo encajado donde comienza la cabeza. Después del incidente se colocaron tanques para recoger los desechos de la limpieza de pescado y al menos dos veces por semana viene la compañía que se encarga de llevárselo y aunque ha pasado el tiempo, la historia del viejo pescador que se batió con una manada de tiburones en la desembocadura del rio se sigue contando en los bares de la playa alguna que otra tarde; pero lo que es seguro es que  desde esa época no volvieron  los tiburones.
 

 

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Published on e-Stories.org on 11/04/2015.

 

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