Emilio Puente Segura

LOS JUGUETES ROTOS ACABAN SIEMPRE EN UNA BOLSA DE BASURA. 7

                                                                        Capítulo 7


09.40 a.m.

  El destello del flash de una cámara fotográfica iluminó brevemente el cadáver.

En el visor de la cámara, aparecía un primer plano de su rostro.

--Una pena chico. Eras muy joven. Créeme, que dentro de lo trágica que es ahora mismo tu situación, lo mejor, dicho entre comillas, lo mejor para que tu imagen pública quede inmaculada, sería que la Durán al final tenga razón y no hayas querido quitarte de enmedio. Estarás conmigo en que colgarse el día antes de Navidad no hubiera sido una buena idea… --comentó en voz alta “Kodak, el Carroñero”, de profesión, fotógrafo forense. Así le apodaban sus compañeros porque gracias a los “restos”, tenía una nómina mensual. "¿Mi trabajo..? ¡Mi trabajo no se diferencia en nada del vuestro! ¿Lo sabéis verdad? No sé a qué viene tanto cachondeo”, les reprochaba a menudo.

--De todas formas, vaya patata caliente para la familia... --añadió mirando al funcionario del Ministerio que no cambió su gesto ausente ni un milímetro. Como si la cosa no fuese con él.

Hizo otra fotografía, esta vez de cuerpo entero.

--Navidad… Navidad… Dulce Navidad… --recitó entre dientes--  ¡Dios..! ¡Qué gran putada!

Enfocó el objetivo.

Apretó el disparador y retrató la mano derecha antes de que un miembro de la científica la protegiera con una especie de manopla de papel.

El funcionario le miraba en silencio. Seguramente, pensó, Kodak había llegado a un punto en el que la cámara fotográfica que manejaba, podía presumir de tener más sensibilidad que él.

Claudia Durán, la forense pericial asignada al caso, seguía atentamente las maniobras que comenzaba a llevar a cabo el personal especializado de la Policía Científica en el estudio-biblioteca de Sergio Suárez.

Rondaba los cincuenta. Estatura media, más obesa de lo que a ella le hubiera gustado, de cara y trasero anchos, y con los pómulos y maxilares tan marcados, que intentaba disimularlos tras un corte de pelo a media melena con las puntas abrazando su rostro.

Hasta su nariz llegó un ligero aroma a páginas de libro viejo mezclado con los efluvios que desprendían los paneles de madera noble de color marrón oscuro que forraban las paredes del estudio y que junto al suelo de tarima barnizada y las vigas vistas que atravesaban el techo, daban a la sala un aspecto antiguo y verdaderamente acogedor. Una decoración que no se ajustaba a la juventud del propietario, si es que había sido elegida por él.

La claridad se colaba en la habitación a través del alargado ventanal de un balcón situado a la izquierda de la puerta de entrada al estudio.

Recorrió el escenario con la mirada. En la pared de enfrente había un sofá de piel. Delante del sofá, una mesa baja de cristal sobre la que reposaban un tablero de ajedrez de madera sapeli con las piezas en posición de plena partida y un portátil cerrado. Al costado derecho del sofá, una lámpara de pie; seguidamente se extendía un mural biblioteca del mismo material y color que las paredes.

La mesa americana de patas en forma de garra, con algunos libros esparcidos por encima y que debería presidir el centro de la sala, parecía haber sido movida a propósito hacia el ventanal, quedando a escasa distancia de los pies del cadáver y junto a una silla de ruedas.

La pared de la derecha acogía un escritorio sobre el que pudo ver un monitor de ordenador, un teclado, el ratón inalámbrico, un equipo de audio y algunos libros. Se acercó y comprobó que todos trataban del mismo tema, el ajedrez. Aperturas, Diferentes tipos de defensa, El arte del ataque, y análisis de las memorables e interminables partidas jugadas por los maestros más famosos del tablero arlequinado.

Encima del escritorio, y bajo la caprichosa sombra del cadáver, colgaba una reproducción del cuadro del pintor inglés, Millais: "Ofelia muerta". Representaba a la prometida del príncipe Hamlet, que irónicamente se suicidó sumergiéndose en un riachuelo al no soportar la muerte de su padre.

Lo que en un principio se trató como un claro caso de suicidio, ahora no estaba tan claro para la forense, sobre todo, después de haber realizado ese primer reconocimiento visual del estudio y del dormitorio. Que la habitación estuviera patas arriba podría ser sinónimo de lucha.  Aparte, la silla de ruedas le llevó a pensar que quizá la víctima podría sufrir algún problema de movilidad. No hacían falta los conocimientos deductivos de Sherlock Holmes, era obvio que algo no cuadraba.

Al considerar que el aparente suicidio podría querer enmascarar un homicidio, su primer paso fue informar del suceso. Llamó a la comisaría para solicitar que enviasen ayuda lo antes posible.

Los chicos de la científica tomaron muestras de los restos de una sustancia pegajosa adherida a los reposabrazos de la silla de ruedas. Pasaron de las labores propias de un suicidio, a buscar huellas dactilares y de pisadas por todo el apartamento, examinando con especial interés el dormitorio de la víctima y la superficie de la mesa que se encontraba bajo los pies del cadáver. También establecieron un perímetro de seguridad alrededor del edificio.

La perita forense enumeraba una a una todas las posibles pruebas y las iba registrando en el informe pericial sujeto con un clip a la carpeta que llevaba en la mano derecha enguantada en látex, y que apoyaba sobre la parte interna de su antebrazo mientras andaba de un lado a otro de la casa. Estaba deseando analizar a fondo el cuerpo de la víctima para comprobar si existían signos de violencia y constatar sus más que seguras sospechas. Sin duda, el propio cadáver aportaría información sobre su desgraciado final cuando fuera liberado de la mortal atadura.

Durán miró con gesto grave a través del ventanal del estudio. El tímido sol aparecía y desaparecía tras gruesas capas de nubes grises que amenazaban con ceder a la lluvia el papel protagonista. Los potentes focos instalados en la habitación, impedirían que la escena del posible crimen quedase sumida en una lúgubre penumbra.

 

                               **************

 

                                  Capítulo 7

 

    09.45 a.m.

Michelle se paró con las manos sobre sus caderas en el umbral de la puerta del despacho donde se encontraban Segré, Laurencio y Blanchard.

--¡Chicos. Se acabó el tiempo muerto. Basta de relax. Empieza el juego! Se ha recibido una llamada urgente de la mismísima doctora Durán. Ha dicho que fueron a atender un 6-4-6…

--Suicidio… --dijeron casi al mismo tiempo Segré y Mata-Santos.

--Pero que ahora, es muy probable que ese 6-4-6, no sea un verdadero 6-4-6 y pase a ser un posible 2-0-2… --los tres la miraron raro--. Osea, que es un 2-0-2 pero que… --estaba comenzando a liarse

--¿Un homicidio…? -- interrumpieron de nuevo al unísono.

--¡Bahh..! Ya sabréis de qué se trata cuando lleguéis. Lo que está claro es que os necesita y rápido. ¡Venga.., vamos! ¡Ya deberíais estar allí!

 

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Published on e-Stories.org on 03/05/2016.

 

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