Héctor de Souza

Herencia


Tú, noble inspirador de amaneceres,
que me hiciste comprender cuál es la justa victoria;
tú que siempre amaste la verdad,dime: 
qué le han hecho a los jazmines,
que ya no tienen aroma.


Papá, necesito que hablemos.

 

Cuando cumplió los catorce años de edad, heredó el empleo de peón de cuadrilla que su padre había desempeñado en la estación de Pirajusar hasta el día de su muerte.

Saulo creció oyendo de su madre, doña Josefa, las historias de prosperidad de la familia en el pasado; cómo lo habían perdido todo, y las desventuras que sufrieron después-  
     
La infancia de Saulo transcurrió en Villa Fetén, pago exaltado con noble jactancia por sus habitantes, y famoso entre los forasteros por el pan bien horneado y el vino licoroso. Sin embargo, cuando corría el año 1925, su padre –quien había sido bolichero en Villa Fetén y dejó de serlo ante la inapelable razón de la ruina económica que le dejó un mal socio–, decidió emplearse en la estación de Pirajusar; y lo hizo por mandato de la necesidad que, como suele decirse, tiene cara de hereje. Hacia allí migró, para establecerse, llevando consigo a su mujer, a sus tres hijos pequeños y a las muchas obligaciones de pagar.

Las dos localidades, Villa Fetén y Pirajusar, estaban unidas por el ramal ferroviario que había sido inaugurado el veintiuno de junio de 1922, con una extensión de treinta y ocho kilómetros y con dos poblaciones intermedias: Tres Bocas y Barbas del Monte. La Administración de Ferrocarriles y Tranvías del Estado, desde antes, desde el año 1921, brindaba en varias líneas, con un criterio más social que económico, el servicio de transporte de pasajeros que nunca hicieron las compañías británicas en esos tendidos de trocha angosta, marginales, deficitarios y desconectados entre sí, pero que, en última instancia, terminaban por articularse con la red de The Central Uruguay Railway Co. Ltd. (C.U.R.), la empresa ferroviaria más importante de las que operaban en Uruguay.
 
Saulo había adquirido los sentidos sentado a caballito trotador en las rodillas de sus dos hermanas mayores, quienes le habían entregado el suave regazo donde hipar y dormir. Solo unos pocos años de edad los separaban, pero las enfermedades infantiles de Saulo, destetado por fuerza a los pocos meses de vida, protegido todo el tiempo con esmeros ante unas supuestas debilidades físicas, y alimentado, vaya uno a saber porqué, con leche de cabra hasta la adolescencia, hacían que las hermanas encontraran en él un hueco cálido para proyectar un afecto que perduraría por siempre. Esta situación de dulce monigote fue aprovechada por Saulo. Recibió silabeadamente las mieles del hijo menor. Con discreción, también le prodigaba algún dulzor su madre, quien cuidaba de los tres hijos con dedicación, aunque sin llegar a la exageración de mostrar la debilidad del afecto.
 
Pero no hay bien que dure cien años. La vida de Saulo se hizo más penosa cuando tuvo que comenzar a trabajar. La necesidad de dinero en la casa familiar era más urgente que cualquier otra cosa. Muy joven, con no más de once o doce años, Saulo ya trabajaba como ayudante en el Poco Sitio, un almacén misceláneo, tradicional en Pirajusar, sobrado en la variedad de artículos que se vendían al público cuanto escaso de espacio físico para contenerlos.
 
Luego, como fue dicho, con la muerte de su padre, heredó el empleo en la compañía ferroviaria, para trabajar como peón en la cuadrilla encargada de limpiar y arreglar las vías. Quedó desde un principio a las órdenes de Pico de Oro, el capataz de operarios. Pico de Oro era un hombre de unos sesenta años o más, pero cuyo físico manifestaba que la edad no le había despojado aún de sus fuerzas ni de su salud. Sus facciones eran duras. Pese a su aspecto, tras unos minutos, convencía a cuantos le trataban de la mansedumbre de su espíritu, que confirmaba con una mirada bonachona no desprovista de vivacidad. Una figura retórica de ironía, inventada por alguien con perspicacia en la observación y fineza en el sarcasmo, o con inclemencia en la infamia, había convertido su aire entre taciturno y hosco, en un apodo que hacía referencia a una característica de locuacidad que le era ajena.
 
Al principio Saulo vivía como temblando por la impresión que le causaba Pico de Oro. Una mañana de otoño, el muchacho se levantó al amanecer. Miró por la ventana. La cerrazón, de la cual se desprendían gotas que no llegaban a ser llovizna, se filtraba a través de todas las hendiduras y de los ojos de las cerraduras, y era tan densa por fuera que, aunque la calle era de las más estrechas del pueblo, las casas de enfrente se veían como fantasmas.
     
Se presentó, temprano, para comenzar el trabajo. En la zona de obra, donde poco se veía porque la niebla se hace más densa en los hondones, tenían que cambiar o clavar los durmientes que, para el caso, eran todos de madera. Los lugares en que había que levantar las vías con balastro –para asentar y sujetar los durmientes al suelo–, y las cunetas a reconstruir, estaban distribuidos a lo largo de siete kilómetros, desde la estación de Pirajusar hacia Barbas del Monte.
     
Las reparaciones se hacían con tráfico en la vía. Había que aprovechar los tiempos muertos ocasionados por los intervalos de trenes.
     
La tarea de Saulo consistía en colocar tirafondos (*) en los durmientes nuevos y en los usados que se le hubieran indicado.
     
Por la impericia propia de los novatos, o por la intranquilidad de las primeras experiencias en la tarea y las urgencias con que había que proceder, o porque Pico de Oro lo intimidaba con su apariencia –que Saulo percibía como amenazante–, en una de las maniobras para ajustar los tirafondos la llave se le zafó. La fatalidad quiso que la mano derecha de Saulo, por la inercia en el esfuerzo, diera de lleno contra la cabeza de un tirafondo.
   
 –¡Huy! ¡La puta madre! –rugió la voz de Saulo mientras se apretaba con la mano izquierda la herida de la que manaba un hilo de sangre.
   
 A la distancia, como a unos diez metros, Pico de Oro, al oírlo, lo interrogó con la mirada.
     
–¡Me jodí la mano! –fue la respuesta del muchacho a una pregunta sin palabras.
     
–¡Méesela, m´hijo! –masculló Pico de Oro con inocultable indiferencia.
     
–¿Qué?
     
–La mano, méesela que se cura. 
     
Terminada la jornada, Pico e Oro, con paso cansino, enderezó hacia donde estaba Saulo. En ese mismo momento pasaba un tren que se desplazaba vías abajo para hacer su parada en Pirajusar.
     
El muchacho permaneció inmóvil, mirando cómo el capataz se acercaba. Tenía, otra vez, esa extraña sensación que se había apoderado de él muchas veces, desde la mañana gris en que, aterido de frío, comenzó a trabajar con la cuadrilla de operarios. Cuando lo tuvo delante, sintió que lo golpeaba en la cara con su respiración caliente y áspera. Todavía con los brazos cruzados, meneando la gorra detrás de la axila, algo le dijo, y siguió frente a Saulo, en la misma posición. Cuando hablaba, no había sorpresa ni enojo ni desaprobación.
     
Saulo no decía nada, inmóvil. El tren no terminaba de pasar. Pico de Oro, apoyado en el mazo de hierro con mango largo, un poco inclinado hacia delante, continuó hablando. Antes de que Saulo pudiera decirle “no escucho un carajo”, él sonrió con ironía pero sin cambiar de posición, echándole al rostro su tufo espeso y agrio. Y súbitamente dejó de sonreír. Y volvió a decir algo mientras se rascaba la cabeza con un movimiento tardo y distraído. Su discurso fue ensordecido por el pausado y atronador ruido del traqueteo del convoy, y por el chirrido de los frenos y del metal de las ruedas contra el metal de los rieles, cuando los primeros vagones, cargados con ganado, se aproximaron a la puerta de la estación con la velocidad que podía esperase del descarnado cadáver de locomotora que tiraba de ellos.
     
Después de una breve pausa, cuando frenó el tren del todo y cuando cundió el silencio, Pico de Oro volvió a decir algo, que esta vez el muchacho pudo oír,  y que le quedó dando vueltas en la cabeza:
     
–Su padre era un buen hombre. Dejó en este trabajo la riñonada, sabe; ahora le toca a usté. Esa es la herencia que su padre le dejó.
------------------------------
                                                         
Fuese por efecto de la conversación, o por exceso de cansancio, lo cierto es que Saulo no durmió bien esa noche. Despertó varias veces. En sueños le pareció oír las palabras de Pico de Oro cuando le decía: “Esa es la herencia que su padre le dejó”.
     
Los latidos de su propio corazón en la almohada, donde apoyaba la cabeza, no le dejaban conciliar el sueño. Cuando despertaba se tendía de espaldas para dejar de sentir el tambor en sus sienes y las palpitaciones contra las paredes del pecho y el golpeteo de las arterias.
     
Entonces le venían a la memoria una y otra vez aquellas palabras que había escuchado. Después, volvía el sueño, difícil, nunca profundo, hasta que, sin saber porqué, quedó en un duermevela exasperante. Se levantó. Terminó, como muchas veces, sentado en el extremo de la cama. Esta vez, con una caja sobre las piernas; una caja que en otros tiempos debió contener zapatos y que ahora no, ni tampoco dinero, alhajas u otros objetos de valor. Quizá solo conservara recuerdos, de los que, objetos al fin, se guardan precisamente para recordar, para traer a la mente, por asociación, a una persona, una circunstancia, un suceso, un sentimiento.
     
Escarbó en el interior de la caja repleta como buscando un tesoro escondido, con la urgencia forzosa de un deseo vehemente. Ni siquiera desvió los ojos cuando tuvo un violento ataque de tos que lo dejó jadeante y secándose los ojos.
Quien busca, encuentra. Y fue lo que se suele llamar dicho y hecho. La madrugada ya estaba muy avanzada cuando una tibia sonrisa se dibujó en su cara. Movió la cabeza, como si negara algo, y murmuró con una renovada alegría: “Pico de Oro no tiene razón”.
     
Se quedó pensativo, mirando la cinta blanca que había extraído de la caja. Mientras, sus dedos, minuciosos, recorrían la tira de tela como si se tratara de un rosario.
------------------------------
 
Eran tiempos difíciles. Lo más probable es que muchos pensamientos ensombrecieran la mirada de Saulo. Debió aprender que hay que tener paciencia, dar tiempo al tiempo, que las cosas se construyen poco a poco, sin precipitarse, y que el destino tiene que dar muchos rodeos para llegar a cualquier parte.

Nada le hacía vislumbrar que una grieta en la pesadumbre le dejaría ver la luz de la vida; que rostros desconocidos se transformarían en rostros amados. Se estaba convirtiendo rápidamente en un hombre. De complexión media y estatura baja, con su cabeza perfecta y cabellos negros, y con sus enormes ojos castaños, era el vivo reflejo de su padre. Su naturaleza extravertida y social era un ideal condimento para complementarlo en su congénita inteligencia y su carácter reflexivo. Tras su calma habitual escondía un sentido del humor ácido y sutil, que siempre encontraba en las mujeres un par de oídos afinados para comprender sus palabras mucho más que sus segundas intenciones.
     
Y esto era su patrimonio. Esto y una divisa: muerto su padre, Saulo había heredado una cinta blanca que, con un bordado azul, lucía la leyenda “Defensores de las Leyes”. Pero no solo recibió el lema que estrenara el general Manuel Oribe en la batalla de Carpintería, sino también los sentimientos por ese trapo, que su padre había atesorado como joyas.
     
Para Saulo no eran desconocidos los pormenores de los combates de Mansavillagra, Illescas y, especialmente, la batalla de Tupambaé. Tampoco ignoraba acerca de Masoller, y si bien sabía de los fusiles Remington y de los Mauser, de gran precisión y largo alcance para las refriegas del año 1904, su relación con ellos era de oídas, ya que nunca había manejado arma alguna.
      
Pero lo significativo de aquel trapo blanco era lo que representaba. Su padre había combatido a favor de la revolución de Aparicio Saravia hasta que el ejército insurgente se arredró con la capitulación. La derrota dejó heridas pero también una dignidad que, con el tiempo, se encargaría de cicatrizarlas y de convertirlas en algo valioso capaz de inspirar sentimientos de admiración, un panteón de dioses y unos principios adoptados por los vencedores.
      
Esa era la ínfima herencia que había recibido Saulo.
     
Con todo ello, que, en verdad, mirando bien, era poco, Saulo tendría sus días y sus noches, que serían, con el tiempo, como sus fuerzas y sus bolsillos pobres.
     
Y casi nada de aquella herencia le depararía la plenitud que acaso en ningún tiempo acezó. Las cosas no ocurrieron según el sabor de unos sueños premeditados, pero el destino de Saulo se confundió con ese patrimonio minúsculo y singular. Comprendió cuál era la verdadera victoria. Comprendió que esa heredad le provocaba esperanza, y que nunca lo defraudaría. Comprendió que se puede aspirar a un sentimiento parecido al amor. Comprendió que los tirafondos se aflojan. Comprendió que Pico de Oro no era intratable. Comprendió que sin los deseos no hay castigo eterno ni tampoco jardín de las delicias.
 
FIN
…………………………………………………………………………………………
(*)  Especie de tornillos afilados dotados de una cabeza diseñada para imprimirle un giro con la ayuda de una llave fija o de un destornillador.
 

 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza.
Published on e-Stories.org on 09/08/2016.

 

Comments of our readers (0)


Your opinion:

Our authors and e-Stories.org would like to hear your opinion! But you should comment the Poem/Story and not insult our authors personally!

Please choose

Previous title Next title

Does this Poem/Story violate the law or the e-Stories.org submission rules?
Please let us know!

Author: Changes could be made in our members-area!

More from category"Fairy Tales" (Short Stories)

Other works from Héctor de Souza

Did you like it?
Please have a look at:

Acorazado de bolsillo - Héctor de Souza (Fairy Tales)
Pushing It - William Vaudrain (General)