Héctor de Souza

La semilla del Profeta

     Una tarde, ya tarde, casi al anochecer como para decir una tardecita, llamaban a la puerta de la casa de Celia dando unos aldabonazos que retumbaban en toda la cuadra. La mujer oyó los golpes.
     Al morir su madre, lo único que le había quedado era la casa. Sola y en una decorosa modestia, fue encaneciendo hasta que sus cabellos adquirieron un color gris azulado, y ya no cambiaron más. Ningún joven le había resultado suficientemente bueno, y cuando cumplió los cuarenta años y seguía soltera, toda la gente de Pirajusar empezó a compadecerse de ella.
     Celia había presenciado la temprana muerte de su padre y luego la lenta enfermedad de su madre. Doña Josefa comenzó a padecer de artritis poco tiempo después de haber enviudado, y fue poniéndose cada vez más rígida hasta llegar a moverse con gran dificultad. Durante la enfermedad de su madre, Celia la había atendido sin quejarse, pero procurando hacerle sentir un “si no fuera por ti”.
     Sin decirlo, ambas, Doña Josefa y Celia, madre e hija a fin de cuentas, convivieron con una especie de mutua y complementaria necesidad compulsiva, instalada mediante un sentimiento de recíproca responsabilidad por lo que les tocaba vivir a cada una. Celia había rechazado a dos o a tres pretendientes con el pretexto de la enfermedad de su madre. Acaso, para no aborrecerse a sí misma reconociendo otras causas, le resultó más cándido que la abnegada dedicación a su madre le sirviera de argumento para justificar sus fracasos.
     Era una mujer pequeña, de aspecto frágil y con una baja capacidad para superar obstáculos o dificultades, pero inmensamente testaruda. Tenía frecuentes caídas en rabietas que desconcertaban incluso a quienes bien la conocían.    A pesar de ello, de toda su postura se desprendía una noble dignidad.
     Con la muerte de su madre, Celia advirtió que el tiempo había pasado desmesuradamente, y creyó que ya no tenía fuerzas para enamorarse y que jamás podría perseguir una ilusión.
     Los porrazos en el llamador continuaban sin interrupción y le pareció distinguir entre ellos una voz que decía “¡Por Nuestro Dios Padre, abran! ¡Por favor!”.
     Al fin Celia, que estaba en el fondo, donde el gallinero, se dirigió a la entrada por un costado de la casa, ahuyentando con unos “¡Fuera, fuera!” –proferidos sin demasiado convencimiento– a una media docena de gatos domésticos que, como cada vez que iba al corral de las aves para dar de comer a las gallinas o para llenar de agua los bebederos o para recoger los huevos, se arremolinaban alrededor de sus piernas impidiéndole el paso.
     –¡Santa María y el Niño Jesús!; ¡cuánto alboroto! –habló para sí.
     No bien se aproximaba a la entrada percibió la voz de otra manera, o así le pareció:
     –¡Por el Dios Padre, abran!
     ¡Qué forma de llamar! –pensó Celia– . Ni que fuera un perseguido que busca amparo.
     De camino a la puerta de entrada gritó:
     –¡Ya va! –y lo dijo, precavida, con la inflexión y el modo particular de hablar que adoptaba cuando, ahuecando la voz, procuraba enronquecer su expresión para que pareciera masculina.
     A la débil luz del último sol, cuyos rayos apenas atravesaban las nubes espesas y heladas del atardecer invernal, advirtió una figura arrebujada con unos andrajos amplios. Entonces exclamó en voz alta, de forma que el desconocido pudiera oírla:
     –¿Sí? ¿Quién es?
     Su apariencia era la de un mendigo. Tenía encasquetado un enorme sombrero chambergo que le cubría hasta las cejas. Su barba era blanca, y con ella se mezclaba una larga y cana cabellera; tenía el aspecto de una persona mayor, pero no superaba los treinta y cinco años. Sus facciones, groseras y endurecidas, denotaban la acción de la intemperie de las estaciones, que habían dado a su cutis el color del cobre. Con todo, su semblante insinuaba un alma bien puesta.
     Él la miró. Se quito el sombrero. El pelo le caía sobre la frente y ardía todo él en una especie de sofocación interior, hasta el punto de no poder hablar.
     Unos segundos pasaron. Vuelto en sí, pero casi sin aliento y lleno de pánico, dijo, con un hilo de voz:
     –Me persiguen; me quieren linchar.
    Decir que no se sintió inquieta o que su sangre no experimentó una terrible sensación, sería mentir. Celia movió los dedos de la mano para hacer la señal de la cruz y apretó con fuerza la crucecita de plata que siempre colgaba sobre su pecho. Luego, se apoyó en la manija de la puerta, y como poniéndose en las manos y la voluntad del desconocido, le franqueó el paso. El hombre ingresó a la casa, resueltamente.
     Ya a los pocos días sabía de él todo el mundo en Pirajusar. Aunque nunca se dejó ver paseando, los cotilleos de pueblo chico no dejaban de dar por descontado que las relaciones de Celia con el forastero habían llegado demasiado lejos.
     Si bien imitaba todas las prácticas aprendidas de su madre, ayunando como ella, confesándose de cuando en cuando, Celia no había tenido en la niñez una estricta instrucción religiosa. Respetaba las creencias sin una rigurosa conformidad con la profesión y observancia de la doctrina. Elevaba su mente a Dios para alabarlo o pedirle mercedes como una forma elemental de la primera parte de la doctrina cristiana que se enseña a los niños, donde se incluye el padrenuestro o el avemaría. Y asistía a la misa parroquial que se celebraba los domingos y en las fiestas de guardar. Cuando visitaba la parroquia, permanecía en adoración, entre duerme y vela, disfrutando la calma del templo.
     En cuanto a los dogmas, no entendía demasiado; ni siquiera intentó jamás entender. Cuando el padre Alfonso, cura de la parroquia San Blas, hablaba en sus oficios divinos, Celia acababa por dormirse; y se despertaba de pronto, cuando los demás fieles se iban y provocaban con sus pasos y el murmullo unos ecos que mucho resonaban, reflejados recíproca y alternativamente por las paredes y la bóveda de la capilla.
     Si, a su manera, alguna vez había sido feligresa de la Parroquia San Blas, parecía haberlo olvidado; desde aquel día en que se instaló en su casa el forastero desconocido, ya no se la vería asistir más a misa de once. Así las cosas.
Y esa era la situación cuando el forastero desapareció y nada más se supo de él. Mientras permaneció hospedado en la casa de Celia,  llegó a vérselo unas pocas veces en el terreno trasero. Alguna que otra noche su silueta pudo distinguirse recortada en la ventana, a contraluz. Luego, ni rastro. Apenas seis semanas después de su llegada, cuando golpeando con estruendo a la puerta de Celia había irrumpido inesperadamente en la vida de ella y en la curiosidad de las lenguas serpentinas del pueblo, por razones que nadie supo, se lo tragó la tierra.
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     Años más tarde se presentó la oportunidad de conocer la historia del fugitivo de chambergo. Unos tres años después de su misteriosa aparición y de su no menos misteriosa desaparición, llegó a Pirajusar un tal Faustino Rijo. Era propietario de la estancia De Palo a Pique. El establecimiento rural, dedicado a la ganadería, estaba ubicado a veinte kilómetros de Sopa de Arroyo, un pueblito compuesto de un almacén, unas pocas casas, un aserradero, dos iglesias y un prostíbulo conocido con el nombre de La Delfina, famoso incluso más allá del respectivo confín por faltarse allí al decoro con una exultante diversión y por la afable disipación de sus putas.
     El fugitivo misterioso, que había implorado por su vida ante la puerta de la casa de Celia, procedía de Sopa de Arroyo.
     Las cosas ocurrieron del modo siguiente:
     Aunque él supusiera lo contrario, era un personaje extraño. Apático, a pesar de sus evidentes esfuerzos por parecer sociable y cordial, vivía entre la gente del pueblo, pero distanciado de ella. Se le miraba con curiosidad, como a un lugar umbrío que permaneció durante mucho tiempo desconocido y aparece de improviso ante la vista de todos, expuesto a la luz del día.  
     Músico y compositor, Natalio Farber –que así se llamaba– en algún momento de su vida abandonó la música, actividad que no despertaba nada en particular, y se convirtió al sacerdocio. Fundó un movimiento religioso. Anunciaba que tenía la autoridad de actuar en nombre de Dios, y comenzó a observar una conducta que, en un pueblo de dos iglesias enfrentadas con inquina, nadie podía considerar sino como provocadora y, por lo mismo, sospechosa.
     Como es bien sabido, Sopa de Arroyo siempre tuvo dos iglesias. Y hubo un tiempo en que se exasperaron los ánimos y nació una gran agitación religiosa entre ellas. Unos decían: “He aquí la verdad”; otros afirmaban que  ellos portaban la más pura verdad. Unos contendían a favor de los unos y otros a favor de los otros. En medio de tanto ajetreo santo, en el alma de Natalio Farber germinó el proceso que lo conduciría a proclamarse profeta. Al principio, con las disputas de las dos iglesias, había sentido confusión y ansiedad. Dedicó largos meses con sus días y sus noches a reflexionar. Mientras, se mantuvo apartado de las dos tendencias religiosas enfrentadas, aunque asistía a las reuniones de ambas cada vez que podía.
     Años después, desde el púlpito, estrenando su reciente condición de iluminado y converso, declararía públicamente:
     “Nací en el año de nuestro Señor, 1925, el veintitrés de diciembre, en Villa Fetén. Cuando yo tenía alrededor de quince años, mi padre mudó a nuestra familia de Villa Fetén a Barbas del Monte. Unos cuatro años más tarde, nos vinimos para Sopa de Arroyo.
     “Cuando hacía poco más de un año que vivíamos aquí, inicié mi búsqueda de la verdad. Asistía a las dos iglesias tradicionales, por ese entonces en  pugna. Sin embargo, empecé a inclinarme por las creencias de los anabaptistas, que tenían una fuerte presencia en Colonia Holandesa –una villa distante unos cinco kilómetros, donde grupos de menonitas se dedican a la labranza de la tierra y a vivir con un estilo de vida sencillo, vistiendo con modestia y apartados del mundo del consumo–, “y hasta pensé en un unirme a ellos, pero la confusión y las discusiones entre sus diferentes expresiones (una revolucionaria, otra extremista, la unitaria y la pacifista trinitaria) eran tan grandes que resultaba imposible que alguien tan joven como yo y con tan poca experiencia, decidiera con precisión quién tenía la razón.
     “Tan enorme era la turbulencia entre las dos congregaciones religiosas de Sopa de Arroyo que a veces me llenaba de inquietud. En medio de esa guerra de palabras y tumultos de opiniones, muchas veces me pregunté: ¿cuál de ellas tendrá la verdad?, o ¿será que todas están equivocadas? Si alguna fuera la verdadera, ¿cómo podré averiguarlo?”
     Luego, ocurrió lo que una y mil veces repitió en cada unas de sus acciones evangelizadoras, en las que se le reconocía por su oratoria desenfrenada.
     Un día o una noche se sintió perdido. Agobiado por las preocupaciones causadas por las discusiones acaloradas entre las iglesias, se dio a descifrar los textos sagrados para hallar una respuesta. En la fatiga de su labor, encontró un inciso que le alumbró un despertar: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Era la Epístola de Santiago, capítulo uno, versículo cinco.
     Ningún pasaje de la Sagrada Escritura penetró el corazón de un hombre con más fuerza que esa enseñanza en el joven; tanto que le dio mucho que pensar y anduvo por varios días como cajón de sastre. En realidad, necesitaba sabiduría de Dios, porque no sabía qué hacer ni cómo poner en orden aquella variedad de ideas confusas que alborotaban su cabeza. Y si Dios no lo iluminaba, nunca podría dar en el punto de la dificultad, debido a que los ministros de las iglesias de Sopa de Arroyo interpretaban el mismo pasaje de las letras divinas de maneras tan distintas que ya había perdido la esperanza de encontrar la respuesta por más que leía y leía, de pe a pa, los libros y epístolas contenidos en el canon de los libros auténticos.
     Al fin, llegó a la conclusión de que si no quería seguir en las tinieblas y en la confusión, tendría que hacer lo que Santiago aconsejaba, o sea, recurrir a Dios. Tomó la decisión de pedirle a Dios, razonando que si les daba sabiduría en abundancia a quienes la necesitaban, sin reprocharles nada, él podría intentarlo.
     Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución de recurrir a Dios, la mañana de un día de la primavera de 1949, se dirigió a una arboleda para orar. Era un día como todos, que nada prometía ni amenazaba, pero que supo guardar su sorpresa hasta pasado el mediodía. El día comenzó siendo hermoso, con una claridad capaz de cegar momentáneamente a cualquiera.
     Después de apartarse al lugar que previamente había elegido, junto a un árbol frondoso, miró a su alrededor y confirmó que estaba solo. Se arrodilló y, de inmediato, empezó a dirigir a Dios su plegaria en voz alta.
     Apenas había comenzado cuando súbitamente algo se apoderó de él, dominándolo por completo. Tanto era el poder que lo aprisionaba, que se le trabó la lengua y no pudo articular palabras por un largo rato.
     Todo se oscureció a su alrededor, y por un momento –que habrá durado medio minuto, un minuto, aunque a él le pareció una hora, por lo menos–, sintió que se podía avecinar un cataclismo, una inminente tormenta sísmica.
     Pero, esforzándose al máximo para pedirle a Dios que lo librara de las garras de ese enemigo que lo tenía sujeto, y en el preciso instante en que iba a dejarse vencer por la desesperación y a entregarse al poder que ejercía sobre él una dominación tan asombrosa que no se comparaba a nada de lo que había sentido antes, en ese instante crucial, oyó un trueno que removió los árboles desde sus raíces –tan estridente fue su estruendo–, aunque no estuvo asociado a un rayo ni fue producido en las nubes por una descarga eléctrica, ya que el día era resplandeciente.
     “Segundos después, vi una tenue neblina, exactamente arriba de mi cabeza, que descendía poco a poco hasta invadirlo todo, hasta hacerme perder noción del sur y del norte, del este y del oeste”, relataba con histrionismo cada vez que podía.
     “Sí, una niebla espesa y baja que surgió de un cielo que había estado bañado de luz hasta ese momento.
     “No bien se oyó aquel trueno, me vi libre del enemigo invisible que me tenía sujeto. Cuando recobré mi sosiego, vi en el aire, arriba de mí, una columna de luz más brillante que el sol, exactamente arriba de mi cabeza, que descendió, gradual, hasta posarse sobre mí. Era el corazón de nuestro Dios Padre que refulgía. Con esa misma luz con que Él eliminó las tinieblas primigenias, terminó con la masa brumosa que se había diseminado a mi alrededor.” 
     Según decía, el corazón del Dios Padre, se manifestó: “Has escuchado el trueno. Ha sido la voz perceptible de mi existencia, invisible, eterna, omnipresente y omnipotente.” Y yo en persona –solía repetir– escuché esas frases, que allí, junto a la arboleda designada, debajo del árbol frondoso, que como todo árbol es camino hacia la tierra sin mal, o sea el cielo, el paraíso, la eternidad, me fueron dichas.
     Al orar a Dios, el objetivo de Natalio Farber, el músico y compositor, era saber cuál de todas las sectas religiosas estaba en lo correcto para poder unirse a ella. Por lo tanto, en cuanto recobró las fuerzas preguntó a la entidad que estaba en la luz arriba de él, cuál de las iglesias era la verdadera y a cuál debía responder.
     “Se me dijo que no debía de unirme a ninguna, porque todas estaban equivocadas, que las creencias de esas iglesias eran detestables; que todos los ministros de religión se habían corrompido; que sus corazones estaban alejados del Dios Padre; que enseñaban mandamientos humanos que tenían parte de la verdad divina, como si fuera doctrina, pero sin reconocer que el poder se manifestaba en la plenitud de la naturaleza y del cosmos. Después de la muerte de los Apóstoles hubo una gran y total apostasía; y ese abandono de la verdadera fe en la iglesia establecida por Jesucristo continúa hasta hoy entre esas iglesias.”
     Y proseguía:
     “A continuación, me prohibió que me afiliara a alguna de ellas y me dijo muchas otras cosas que no puedo referir hasta que me sea autorizado. Cuando volví en mí, me encontraba tendido de espaldas mirando al cielo. Y después soplaron nuevamente los vientos originarios.
     ”Y me dijo, también: Desde hoy abandonarás la música y te convertirás en un sanador. Serás considerado el más sabio de los hombres y el gran profeta. Serás como un hechicero, respetado entre tus pares, conocedor profundo de la sabiduría para sanar el cuerpo y el espíritu. Serás portador de poderes portentosos, capaces inclusive de causar la muerte, de hablar con los espíritus de los muertos, de cambiar el curso de los ciclos de la naturaleza, de provocar o curar enfermedades”. Con esas palabras, así le habló.
     Pronto Natalio Farber descubrió que entre los ministros religiosos su relato extravagante había despertado muchos prejuicios. Eso era todo del diablo –decían–, que no había ya tales cosas como revelaciones o visiones, que todo eso había terminado con los Apóstoles y que nunca más sucedería. Las iglesias, como no podía dejar se ser, debido a las narraciones impertinentes y heterodoxas de Natalio Farber, y a la flagrante herejía sostenida por quien ellas miraban como un falso visionario, comenzaron a acosarlo cada vez más. Aunque fuera un muchacho que tenía escasa influencia en la comunidad, y nada más había asistido cuatro o cinco años a la escuela, los hombres más importantes en la religión local instigaron al pueblo. Provocaron una persecución cerrada contra él, en la que participaron unidas las dos iglesias.
     Natalio Farber había visto una luz y en medio de ella lo que ya fue historiado. Y a pesar de que lo odiaban y hostigaban porque había tenido una visión, esto seguía siendo cierto. Mientras lo perseguían, insultaban y calumniaban, él pensaba: "¿Por qué me persiguen?; ¿por decir la verdad? He tenido una visión. ¿Y quién soy yo para oponerme a Dios Padre?; ¿por qué quiere el mundo hacerme negar lo que realmente he visto?”.
     Porque había tenido una visión y lo sabía, profusamente lo sabía; y no podía negarlo, ni se hubiera atrevido, porque si lo hacía ofendería a Dios.
     Se le había dado la respuesta en cuanto a las sectas religiosas: que no debía unirse a ninguna de ellas y que debía seguir así hasta recibir más instrucciones. Había confirmado que las palabras de Santiago eran ciertas: cuando uno quiere obtener más conocimiento puede pedirlo a Dios y recibirlo sin reproche.
     Desde ese entonces, comenzó a proceder como un verdadero iluminado; al cabo de algunos años pasó a ser el sanador de Sopa de Arroyo. Conocedor profundo de la herboristería, asumió el carácter de médico del cuerpo y del espíritu. Recomendaba, como uno de sus preferidos métodos terapéuticos, el consumo de hierbas y hongos con propiedades alucinógenas, y generaba una atmósfera irreal que arrastraba a quienes con él comulgaban ideas y experimentaban formas místicas.
     Con ambigüedades, al principio concitó unas pocas adhesiones y, asimismo, veladas burlas. Pero hay que reconocer que la fama lo alteró; en algo su prédica cambió las sonrisas irónicas por el encono, acaso, antes que nadie, entre quienes se sentían temerosos de que aquellos actos y homilías encubrieran blasfemias contra su dios.
     Pero algo cambio, íbamos diciendo. En especial cuando Natalio Farber llevó las cosas un poco más allá, y comenzó, en nombre de Dios, a querer administrar aspectos del mundo del más acá. Grave error, si bien se mira, porque ampliar la preocupación por aspectos de la esencia espiritual con asuntos de naturaleza corpórea, incluso en relación con la propiedad privada –derecho de posesión reconocido y respetado, si los hay–, es natural que despertara una gran desconfianza y verdadera animosidad en su contra.
     Postulaba, sin ruborizarse, que todo lo que se cosechaba en los cultivos hortícolas, el producto de la cría del ganado y de las aves de corral, los frutos recolectados, todo, debía ser distribuido solidariamente entre los miembros de Sopa de Arroyo por igual. Solamente algunos bienes podían ser considerados como personales, sostenía. La tierra debería ser considerada como un bien del que se podía disponer pero sobre el cual nadie podía pretender derechos exclusivos. Serían comunitarios la tierra cultivable, el monte y todas las fuentes de recursos naturales.
     Natalio Farber estaba provisto de un largo dedo acusador para apuntar a los pecadores en público, y una lengua entrenada para sublevar los sentimientos.
     En uno de sus sermones, había llevado a los oyentes al límite de su resistencia con sus visiones fanáticas. Uno de ellos era un hacendado ricachón, quien terminó por reaccionar ante aquellos postulados comunitarios.
     –Yo desempeño una misión en la Tierra y siempre que alguien me necesita, acudo –gritó Natalio Farber desde el púlpito.
     –Yo, no –replicó el hacendado, desafiante–. No lo necesito a usted para nada.
     –¿Ah, no?
     –No.
     –Eso es lo que tú crees. ¡Qué equivocado estás! ¿De verdad crees que no me necesitas?
     –Que no.
     –¡Genio del Mal! –lo increpó con desprecio–. Tú, arrepiéntete por tu codicia y por tu soberbia, o terminarás lanzado a las tinieblas de afuera, donde será el lloro y el crujir de dientes.
     –¿Por qué me llama Genio del Mal?
     –Por no llamarte otra cosa peor que sería incompatible con la dignidad de la misión que tengo que cumplir en la Tierra... ¡Tú me necesitas, pecador! Lo que pasa es que no te das cuenta y rechazas mi ofrecimiento de salvación.
     Y sin darle más oportunidad, explotó su terrible voz de arcángel agraviado, mientras los presentes dejaron de respirar y los que estaban cabeceando se reanimaron.
     –¿Juras, hombre rico, expulsar los demonios que te gobiernan, lanzarlos al vacío, renunciar a ellos para siempre y hacer definitivo pacto con la luz y conmigo? ¿Juras?
     Todo concluyó cuando el hacendado vociferó abundantes malas palabras, que no cejó de variar en su grosería hasta lo inimaginable para mayor riqueza desde un punto de vista semántico, mientras se alejaba entre la turbamulta y el bochinche, gesticulando en forma amenazante.
     Peor aun fueron las cosas cuando Natalio Farber comenzó a sostener que Dios le había mandado que ingresara a la práctica de la poligamia. Quien lleva el Espíritu Santo en su corazón, y actúa con arreglo a la voluntad divina y la recta razón, no tiene por qué obedecer ninguna ley civil, había preceptuado en una de sus tantas temerarias interpretaciones, muy lejos ya de las prédicas de los anabaptistas que lo habían iniciado.
     Y así, del escarnio se pasó a la pública repulsa. Eran tiempos menos fingidos en que todavía se necesitaba de la violencia para malograr las herejías; después, con los años y la evolución de la sociedad, se encontrarían otros modos más eficientes, funcionales e ingeniosos para impedir  tales desviaciones anárquicas.
     Regresaba de cumplir con sus deberes evangelizadores al anochecer y se encerraba en la pieza. Desde hacía algún tiempo había suprimido la comida de la noche. Podía dar la impresión de que volvía fatigado e iba directamente a la cama, a dormir hasta el día siguiente. Pero algo extraordinario le sucedía en sus noches. Terminó por no dormir. Se movía en la nocturna pequeñez de la pieza con una atormentada y enloquecedora insistencia, igual que si lo visitara el fantasma del hombre que había sido –el músico y compositor sin esmero– y ambos, el hombre pasado y el hombre presente, se empeñaran en combatir en su corazón, defendiendo su incertidumbre, el primero, y su invulnerable aplomo y su certeza intransigente, el segundo; y el sanador, el iluminado, el profeta, esgrimía su terrible e inmodificable voluntad de liberarse de su propio hombre anterior. Daba vueltas en la pieza hasta la madrugada, hasta cuando su propia fatiga agotaba la fuerza de su adversario invisible.
     Un domingo, después del oficio religioso, al que asistían tres o cuatro adeptos seguidores en un oratorio montado en un rancho precario y misérrimo –que Natalio Farber consideraba, por otra parte, inútil, porque para él la religiosidad profunda no necesitaba de templos ni de ídolos tallados–, cuando regresaba a su casa, fue emboscado. Tratando de escapar, corrió a más no poder para alejar sus talones de los gritos de montería con los que el grupo de fanáticos religiosos avisaban lo que le ocurriría. Llegó a su casa, exánime, coloradas las mejillas, desnudo el pecho, con el sombrero chambergo estrujado entre sus manos y oliendo al campo que había atravesado. Fue la primera advertencia.
     Después desapareció. Fueron seis semanas de secreto y misterio. Seis semanas de interrogantes durante las cuales los habitantes de Sopa de Arroyo –no todos– se preguntaban por las razones de la desaparición. Naturalmente, no faltaron rumores de que se había escondido o refugiado en otro lugar, o de que alguien lo había confinado o matado.
     Toda aquella gente, con sus secretas maquinaciones, desconocía algo que nosotros bien sabemos: Natalio Farber, huyendo, en una de las frecuentes persecuciones de que era objeto por los fanáticos religiosos, había llegado a refugiarse a Pirajusar, en donde conoció a Celia, y recibió de ella cobijo, pábulo y descanso; sin olvidar los beneficios de una cama tibia, hecha a la perfección con unas sábanas de crea almidonadas en las fajas de sus bordados a mano.
     Pero Natalio Farber sabía, aun en esas seis semanas en las cuales sus perseguidores no perdieron la esperanza de su retorno al mundo de Sopa de Arroyo, que su impenitente exilio, su sorda ausencia, habría de terminar antes de que sobreviniera su muerte. Sabía que tarde o temprano habría de volver, porque no hay hombre que pueda vivir media vida en el encierro del ostracismo, alejado de su misión; y él tenía una creencia, una geografía en que predicar sermones fervorosos y una palabra que divulgar; y ni la tortura de la cruz ni la lapidación de su cuerpo, ni los grillos y cepos, ni los azotes e insultos, ni la muerte en la hoguera, ni, peor, el injurioso desprecio, le harían renunciar ante sus inquisidores. Asombraba su enorme firmeza, propia de esos hombres en los que prevalece un amor orgulloso de la verdad en que creen, que los lleva a morir, o bien un orgulloso deseo de muerte, que los lleva a dar testimonio de su verdad, cualquiera que esta sea y sin examinar las consecuencias.
     Y, fuera un loco o un vidente, esa hora vendría para él, y no tardó en afrontarla, no como un desafío, no para mitigar una humillación que, en verdad, no sentía, sino porque a lo mejor temía al peligro de convertir en burocrática su devoción, o porque entregarse con desenfreno al destino por una fe puede resultar más sencillo que vivirla en plenitud, con mansa integridad, o porque creía que de algún modo debía librarse de quien había sido, o porque estaba decidido a morir pensando que con ello derrotaría a su enemigo, cualquiera este fuese, o porque ya estaba entreverado en un miedo cerval, o quizá porque ya no podía obrar de otro modo. ¡Quién lo sabe!
     Y así fue. Al principio, no dejaba la casa de Celia; cumplidas unas semanas, dio en salir, un rato al oscurecer. Semanas de aquella vida le habían enseñado que algunos días se parecían a la felicidad. Pero aun molificado por este careo con el bienestar, luego, en la sexta semana, regresó a Sopa de Arroyo para afrontar el martirio y cumplir con su misión en la Tierra.
     Alguien, entre quienes lo esperaban, lo vio. La voz corrió con la rapidez de un rumor, como se echa un secreto en la calle, como el dicho de los centinelas de una muralla, los cuales se avisan sucesivamente unos a otros, para que estén toda la noche alerta. Propalado, ya no hubo tiempo a nada. Fue ubicarlo y lo demás entra dentro de las previsiones normales. Ahorraremos al relato las truculencias del desenlace. Acosado por un grupo enardecido, fue asesinado. Según se dice, mientras procedían con ensañamiento y le gritaban “Satán, ¡vete al infierno!”, Natalio Farber se encomendó a su dios y, ya sin esperanzas, con el rostro del que mira algo que no es de este mundo, gritó: “¡Esto, esto, esta vida es el infierno!; ¡el infierno en el que estamos metidos desde que nacemos!”.
     Los narradores de historias han inventado muchas mentiras. Pero, el tal Faustino Rijo, propietario de la estancia De Palo a Pique, asegura que Natalio Farber fue linchado por una turba furiosa de vecinos de Sopa de Arroyo, en agosto de 1954. Y para mayor admiración y asombro, como para dejar helada la razón y en suspenso la palabra, porque las casualidades no se pueden prever, ni evitar, y mucho menos explicar, Rijo sostiene que Natalio Farber, el profeta, fue ejecutado en las últimas horas del  veinticuatro de agosto, tan sólo dos días después de haber retornado de su enigmática desaparición de seis semanas, y en el mismísimo día de San Bartolomé, cuando, según las leyendas del pago, Satanás, por una única vez en el año, se libra de la vigilancia de los ángeles.
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     Mientras esto ocurría, lejos de allí, en Pirajusar, Celia vivía su soledad. Daba inicio a un tiempo de encierro en su casa. Con el paso de los meses, solo alguna que otra noche su silueta se recortaría a contraluz en la ventana. Cada vez con menos esperanzas y más nostalgia, evocaría el cintilar de seis semanas felices, sin vislumbrar el destino fatal del forastero de chambergo que, sin proponérselo, había  regalado el dolor de tanta ternura.
     A pesar de la insistencia del Padre Alfonso, no volvió a asistir a misa. Creía que el reino de Dios está dentro de cada ser y a su alrededor,  junto a un trozo de madera, debajo de una piedra o en el amasado de los gatos contra las piernas de su amo.  
     Dentro del  alma de Celia, en la gran uva seca enjugada durante casi medio siglo a fuerza de esperar sensaciones amorosas, tintinaban, como el delicado cristal de dos copas al recibir el ligero choque que mutuamente se dispensan en un brindis, las frases de alcoba inconfesable que durante aquellas seis semanas invocaron besos y caricias, sábanas revueltas, piel viviente, espasmos y delirios furiosos.

FIN
 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza.
Published on e-Stories.org on 09/24/2016.

 

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