Raquel Castilla

El juego del tesoro secreto

María finge que es el polvo de la casa cerrada durante años lo que le hace lagrimear, finge y se hace la dura ante su hermana Olga para que no parezca que llora. Mientras Olga levanta las persianas para que la luz ilumine la estancia mientras derrocha su energía habitual. Las hermanas sabían que ese momento llegaría, todos lo saben, pero es tan difícil despedir a la abuela Caridad, porque a pesar de los años de dura enfermedad, del entierro, los pésames y de la muerte misma, María siente que es ahora, cuando tiene que afrontar la dura tarea de vaciar la vieja casa del pueblo cuando realmente dice adiós a la abuela Caridad, por eso ha pasado más de un año sin abordar la tarea, pero ahora el tener que poner la casa en venta lo hace ineludible.
-¿Toda esta ropa para la parroquia, no? – pregunta ahora Olga desde el dormitorio.
Olga es un torbellino que recoge ropa, abre cajones y tose entre ese polvo acumulado de meses, desea acabar la tarea cuanto antes. María se ensimisma, siempre fue más nostálgica y más suya. De repente, se siente culpable y se afana en ayudar a Olga.
-María, las fotos éstas antiguas las tiro, ¿no? Que yo no sé ni quién es la mitad de esta gente y tienen todos una cara de susto que parecen que están todos muertos.
-Hombre, Olga, son parientes mayores de la abuela Caridad, están todos muertos…
-Quiero decir… bueno, tú me has entendido, que parecen de una película antigua de miedo. ¡Eh, cuidado con la ropa, revisa los bolsillos antes de echarla a la bolsa no vaya a ser que haya algo de valor!
-Uy, sí, de valor, pobre abuela Caridad. ¿Recuerdas cuando inventó para nosotras “el juego del tesoro secreto”? Me encantaba, nos dejaba notas ocultas para llegar a los regalos. Al final, cuando los encontrábamos, nos parecían lo más valioso del mundo.
-Sí, no veas que divertido, deseando pillar los regalos y nos tirábamos toda la mañana buscando notitas- protestó Olga mientras revisaba libros- la mayoría de las notas las ponía precisamente en libros, aunque mira, me aficioné a leer en parte gracias a eso. Uy, “Crimen y castigo”, éste me lo quedo… que no lo he leído. ¡María, así no acabamos nunca!
María tenía una camisa en la mano y estaba aspirando su aroma intentando hallar un eco de la fragancia de la abuela Caridad, ésa que ella decía que era de rosas francesas pero que a María siempre le olió a albaricoques maduros, quizás porque era su fruta favorita, como la abuela Caridad fue siempre su favorita. Volvió a su tarea y revisó los bolsillos de un abrigo, como una caricia notó un papel. Lo sacó y leyó lo inscrito y entonces su mente se iluminó.
-Olga… creo que volvemos a jugar.
-¿Qué es eso? Bah, es un papel, por un momento creí que era dinero.
Por toda respuesta, María leyó en voz alta:
- “Escarlata O’Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo…” Y la película favorita de la abuela Caridad era..
-“Lo que el viento se llevó”….No, no, no pienso perder tiempo en…. Ay, no… ay, sí, los videos están ahí…. Ayyy, no puedo creer que esté haciendo esto.
Las dos corrieron como niñas a la caja con los VHS que en breve serían víctima del cubo de basura, entre “Gilda” y “Ben-hur” encontraron lo que buscaban. Olga y María se rieron cómplices y abrieron la caja… no había nada más que la cinta de la película, como último intento sacaron la carátula… nada.
-El juego se acabó, María… nosotras crecimos y la abuela Caridad ya no está- Olga resignada volvió a la habitación- por otro lado me alegro, no me apetece echar aquí todo el día.
María estaba ante las estanterías del salón cuyas baldas estaban dobladas por el peso de tantos libros y de repente lo vio, lo sujetó con fuerza y fue junto a Olga, lo levantó en alto y dijo: “la primera nota del “juego del tesoro secreto” siempre estaba en un libro”. María abrió el libro de Margaret Mitchell y de él cayó otro papel.
Olga lo recogió rauda del suelo y lo recitó en voz alta:
-“D’Artagnan creyó reconocer a la mujer de Meung, la misma a la que el gentilhombre desconocido había llamado “milady”- en ese punto, Olga se emocionó y musitó- Athos, Porthos, Aramis y el joven D’Artagnan.
-“Los tres mosqueteros”, o lo que es lo mismo, tu libro favorito, Olga…¡Oh! Menos mal, los libros están colocados por orden alfabético del autor… No recordaba que la abuela Caridad fuera tan meticulosa… Dumas, Dumas… ¡aquí!
Olga le arrebató el libro nerviosa y lo sacudió boca abajo, de allí salió otra nota, Olga abrió los brazos y entonó cantando lo escrito:
-“Volaaaaaaaaaareeeeeeeeee, oh, oh, cantareeeeeeeeeeee, oh, oh, oh…”
-La canción favorita de mamá- expresó María- cosa que no me extraña porque en el tocadiscos de la abuela no paraba de sonar música italiana desde que hizo aquel viaje a Italia con su hermana cuando eran jóvenes. Es curioso que con lo que le gustó aquel viaje no volviera prácticamente a viajar. ¿Dónde están esos vinilos donde se atesoran tres décadas de música italiana?
Por toda respuesta Olga se dirigió a la cocina canturreando entre saltitos:
           -Nel blu dipinto di blu…
Olga los había apartado en unas cajas en la cocina pensando que de los discos había posibilidad de sacar algo de dinero, quizás alguno tuviera valor en el mercado de segunda mano.
-Esto nos llevará tiempo- se quejó con fastidio- esto comienza a cansarme, espero que el tesoro esta vez sea algo más que la muñeca de moda o un libro juvenil.
-No seas materialista- la recriminó María con cariño- ¿sabes que en el pueblo decían que la abuela se enamoró de un italiano en el viaje? Mamá nunca le dio crédito a los rumores… ¡voilá! Modenico Noduño
-Domenico Modugno, jejeje, nunca supiste pronunciarlo bien- Olga le quito el disco de las manos y lo sacó esperanzada de su funda… no cayó ningún papel. Olga lo revisó bien dejando el disco en el suelo.
María se fijó en la pegatina central del propio disco donde estaban inscritas los títulos de las canciones, allí reconoció la inconfundible escritura señorial de su abuela con trazo más débil y torcido por la edad.
María, pensativa y sorprendida, musitó:
-“Para que me sienta más orgullosa que nunca de mis mujercitas…”
-¡Ah¡ ¿”Mujercitas” es tu libro favorito?- exclamó sorprendida Olga- que cursi, jajajaja… Perdona. Esa es la carta que el padre les manda a sus “Mujercitas” de Louisa May Alcott.
A María había algo que no le cuadraba: “Mujercitas” no era ni de lejos su libro favorito… y aquello parecía romper la dinámica del juego: una nota original seguida de la película favorita de su abuela, el libro de su hermana, la canción de su madre… era como repasar brevemente la historia de la familia a través de sus gustos culturales. Pero… ¿”Mujercitas”? Olga buscó infructuosamente en la estantería entre los autores de la A, y al no aparecer, probó con la L y la M por si la abuela se había equivocado.
-¡Las películas! Recuerdo haberla visto en los vídeos, debe estar quemada de obligarnos a verla cada Navidad- exclamó Olga.
-¿Orgullosa? Si la carta la escribe el padre en la novela, ¿Por qué dice orgullosa? Debería ser orgulloso… -María seguía dándole vueltas aparte de que no quería expresar en voz alta el hecho de que ella siempre se había sentido la favorita de la abuela Caridad, no quería decirlo para no herir los sentimientos de Olga, por eso no entendía el olvido referido a ella en el juego, un olvido que le dolía pero el juego siempre tenía seis pruebas, quizás “Mujercitas” le guardara una grata sorpresa.
-Aquí está… buf, que recuerdos…
Olga abrió el estuche y en vez de la cinta había una vieja foto con los colores difusos de ellas con la abuela. En ella se veía a Olga y María felices con sus regalos de una lejana Navidad logrados tras superar “el juego del tesoro secreto”. Invisible pero presente tras la cámara haciendo el disparo se hallaba su madre.
-Lo reconozco- sonrió Olga- no me habría importado alguna valiosísima joya familiar desconocida y guardada durante años… Vale, me he venido arriba, jaja… No, en serio, no me habría importado algo de valor material pero es muy bonito el mensaje de despedida: nosotras fuimos su tesoro y así nos lo hace saber.
María confundida daba vueltas a la foto buscando una nueva pista más relacionada con ella, pero en el estuche no había nada más que la vieja foto y la carátula. Buscó infructuosamente un papel escondido o alguna anotación, se negaba a aceptar que aquello fuera el tesoro, por mucho que considerara que Olga tenía razón, su tesoro habían sido ellas, sus mujercitas.
Aceptándolo a medias, cargaron algunas cajas de ropa y cosas, Olga quedó en pasarse al día siguiente por la parroquia para donar la ropa, ahora pararían junto a los contenedores para tirar unas bolsas. Se les había hecho casi de noche, Olga se quejó de que no habían adelantado casi nada y les tocaría volver a la casa el próximo fin de semana.
Cargaron las cosas en el coche y se fueron dejando atrás la casa de la abuela Caridad recortándose entre las primeras sombras nocturnas. Olga iba pendiente de la carretera mientras María palpaba la vieja foto en su bolsillo.
-“El conde de Montecristo” –explicó María- mi libro favorito es “El conde de Montecristo”… ¿cómo ha podido olvidarlo la abuela? Y siempre fueron seis notas, incluyendo la del punto de partida.
-¿Todavía sigues con eso?- la reprendió Olga quien, al sentirse culpable, intentó consolarla- María, la abuela Caridad tenía casi noventa años, si lo piensas bien, es sorprendente que se acordara del juego y que nos lo preparara como despedida, la pobre mujer ni se acordaría de cuantas notas escondía hasta llegar al tesoro, y todos sabemos que siempre fuiste su favorita. Y siento decirte que “El conde de Montecristo” no lo he visto entre los libros, repasé a Dumas para coger “Los tres mosqueteros”, ni lo recuerdo entre las películas.
Olga apartó el coche junto a los contenedores. Ambas bajaron con las bolsas. A Olga se le rompió una de las bolsas. Entre maldiciones echó el contenido suelto dentro del contenedor.
-¡Mierda! Menos mal que son cajitas y trastos y no arena de gato ¡María! ¿Estás rebuscando en la basura?
-El ejemplar que la abuela Caridad tenía de “El conde de Montecristo” me lo regaló hace años porque ella sabía que era mi libro favorito- explicó María mostrando lo que había rescatado de la basura.
-¿Y qué tiene que ver todo esto con una caja sucia de puros del abuelo?
-El abuelo fumaba “Cohiba”- María señaló el inconfundible logo triangular coronado por espadas de la caja.
-Puros “Montecristo”, pero ¡abre ya la caja!- apremió Olga.
El tiempo y la falta de tacto habían pretendido sellar la caja, que opuso una leve resistencia a la intromisión en su privacidad, pero con un leve chasquido abrió su secreto a las hermanas. Dentro de la caja había unas pocas cartas antiguas redactadas en un mal español entremezclado con vocablos italianos que hablaban de un amor bruscamente interrumpido acompañadas de tres fotos en lugares emblemáticos de Roma en las que se veía a  la abuela, mucho antes de que el tiempo hiciera estragos en su rostro, junto a un apuesto joven.
-O sea, que la historia de amor con el italiano era verdad ¡Mira la abuela, que lista!- exclamó Olga sorprendida- enhorabuena, María, la abuela no sólo se acordó de ti en el juego si no que has logrado encontrar el verdadero tesoro de la abuela, una historia de amor que no pudo olvidar a pesar de los años ¡Ay, qué familia más romántica tengo! Estoy pensando hacerme un estudio genético para comprobar si sois realmente mi familia. En serio, es muy bonito pero sigo creyendo que en este último juego la abuela Caridad escondió dos tesoros secretos: su familia y una historia de amor juvenil. Volvamos ya.
De regreso en el coche, Olga iba pendiente del asfalto mientras María iba ensimismada leyendo las cartas de amor, a juzgar por lo escrito debió ser sólo un romance entre un apuesto italiano y una turista de paso, pero el italiano siguió escribiendo a la abuela aunque, según él le recriminaba en cartas posteriores, ella nunca volvió a ponerse en contacto con él. Algunas cartas conservaban el sobre de envío y a María no se le pasó por alto el detalle de que, aunque las cartas iban dirigidas inconfundiblemente a la abuela Caridad, el destinatario era el nombre y la dirección de la hermana de la abuela. A María no le extrañó, ya que a juzgar por la fecha de las cartas, el viaje se debió hacer el mismo año que se casaron los abuelos, muy probablemente la abuela Caridad viajara estando ya prometida con el abuelo. De repente, recordó a su abuelo, tan bueno y trabajador, su mirada enamorada hacia la abuela. A María siempre le llamó la atención el que de pequeña parecía leer amor en los ojos de su abuelo… y agradecimiento en los de la abuela. María le dio la vuelta a las fotos, ella tenía muy mala memoria para las fechas.
-Olga, ¿tú recuerdas el año en que nació mamá?
-Sí, claro, los abuelos se casaron a finales de 1958, que ya les vale con el frío que hace en el pueblo, y mamá nació en 1959. Si te soy sincera, siempre pensé que la abuela llevaba paquetito a la boda- respondió Olga guiñando un ojo- ¿Por qué lo preguntas?
-Por nada- mintió María recostándose en el asiento. Leyó para sí en el reverso de una de las fotos “Roma, 1958”, le dio la vuelta y se perdió en los detalles de la foto, pero no en los detalles escultóricos de la fastuosa Fontana de Trevi que intentaba robar protagonismo a la joven pareja. Se perdió en la sonrisa de esa joven en la que le costaba reconocer a su querida abuela, en los elegantes gemelos del joven.
De repente, Olga comenzó a cantar:
-Arrivederciii, Rooomaaa…
Y así, con Olga entonando viejas canciones italianas y María absorta en unos familiares ojos romanos fueron dejando atrás kilómetros de carretera como dejaban atrás para siempre a la abuela Caridad y su secreto.
 

 

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Published on e-Stories.org on 11/01/2016.

 

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