Héctor de Souza

Pepo, el que cantaba mejor que Gardel

El turquito Abu Arab llegó temprano, como siempre, a la estación desierta. Como siempre, con el mate cimarrón recién ensillado. Saludó a Apolo Rivero con sincera amabilidad. Dio una chupada exhaustiva y ruidosa a la bombilla desfalleciente, como si quisiera agotar un caudal inexistente. Con lentitud, inclinó el termo que llevaba aprisionado en su sobaco derecho por un brazo que parecía agarrotado. Cebó un mate y, parsimonioso, convidó. El negro Rivero, ordenanza de la estación, lo aceptó, gustoso.

–Don Goldaracena no ha llegado –informó Apolo Rivero.

Por iniciativa de la Administración de Ferrocarriles y Tranvías del Estado, la estación había sido habilitada al tráfico en 1921. El primer jefe de estación fue Artemio Goldaracena, quien debió darle marcha a la actividad ferroviaria en el pueblo. Un año después, en medio de decenas de proyectos que hablaban de tender vías férreas por todos lados, se empezó a plantear la prolongación del ramal hacia Sopa de Arroyo. Cuando llegó el ferrocarril a  Sopa de Arroyo, la estación de Pirajusar tuvo la característica de ser una forzosa parada intermedia.

Por razones que nadie conoce, detrás de una engañosa fraternidad, los habitantes de ambas localidades tenían una vieja rivalidad, siempre latente, que encubrían con cierto cinismo. No extrañaba que en Pirajusar se hablara de “los de allá” para referirse a la gente de Sopa de Arroyo.

Unos cuantos años pasaron. Pirajusar –el pueblo– y la estación, eran inseparables, y Goldaracena continuaba siendo el jefe de la estación de ferrocarriles.

Luego de cinco o diez minutos, el ordenanza, abandonando el cadencioso ir y venir del mate, ingresó al despacho de Goldaracena, como lo hacía todos los días, con la finalidad de acomodar los papeles, que apilaba con desatenta minuciosidad sobre el escritorio del jefe.

El turquito Abu Arab, que lo había seguido, recorrió el despacho como si estuviera en él por primera vez. No buscaba nada en particular. Acompañaba a Rivero, y hacía tiempo para comenzar la jornada de trabajo. En cierto momento se detuvo frente a una fotografía prensada debajo de la lámina de vidrio biselado que protegía la superficie del escritorio de Goldaracena. Era una foto, raída, de las que suelen oler a setas, y estaba teñida de un rojizo pálido, de seguro derivado menos de la acción de alguna materia colorante que de la influencia destructiva de la humedad y del paso del tiempo.

–¿Goldaracena? –preguntó con extrañeza, señalando la fotografía con el dedo índice.

–Sí, es de don Artemio cuando era joven. Esa foto fue sacada aquí, en la estación. Y está junto a Pepo, el cantor –aclaró Apolo Rivero con una animación algo inexplicable.

–¿Pepo?; ¡¿el de la voz privilegiada?! –exclamó Abu Arab, asombrado–. ¿Con el jefe Goldaracena?

En ese mismo instante ingresaba al despacho su ocupante legítimo.
Este otro Goldaracena, este hombre que había sido él en la fotografía y ahora, en un viejo cuerpo, seguía siendo él aunque otro, traía en su mano derecha la boina, con la que se cubría la cabeza los días de frío. Mientras se quitaba la bufanda de lana que tenía enroscada en varias vueltas al cuello, y el gabán de paño, se acercó al perchero de madera, largo y con un pie para estribarlo al suelo, que llevaba mucho tiempo erguido en el rincón opuesto a la ventana. Colgó la boina, la bufanda y el gabán.

–¿Nunca habías visto esa fotografía? –intervino Goldaracena.

El turquito Abu Arab no habló, pero negó tal posibilidad con la cabeza.

–Tiene una rica historia detrás. Ves –indicó Goldaracena–, la foto fue tomada en la estación; es de alguna escala en las frecuentes visitas que hacía Pepo a su pueblo natal.

–¿Pueblo natal?

–Sí, pueblo natal. Pepo nació cerca de Sopa de Arroyo, en la estancia De Palo a Pique, propiedad de su padre, don Faustino Rijo.

–¿Pepo, el de la voz privilegiada, de una dulzura fuera de lo común? –articuló otra vez Abu Arab, pasmado.

–El mismo. Pepo nació allá, en Sopa de Arroyo. Aunque muy pocos lo saben, y menos aun que también vivió muchos años aquí, en Pirajusar –aseguró Goldaracena con discreto orgullo.

–Pero, Pepo era un cantor de la capital –atinó a replicar Abu Arab.

–De ninguna manera. Pepo, el cantor, cuya voz no era de la Tierra sino del Cielo –como sostuvo el gran trovador criollo Néstor Feria–, se hizo conocer cuando andaba durante las mañanas por los barrios Goes y Villa Muñoz de Montevideo, con su pregón verdulero, alzando y bajando la voz con tal maestría que halagaba el oído de quienes lo escuchaban gritar desde los almacenes conocidos como “baratillos”: “papa, boniato, cebolla, ajo”. Y Pepo, el de la voz privilegiada, de una dulzura fuera de lo común, llegó a ser uno de los más grandes cantores de todos los tiempos; también es cierto. Pero, si bien triunfó en Montevideo, era, en realidad, oriundo de Sopa de Arroyo, y vivió mucho tiempo aquí, en Pirajusar, porque Rijo se sentía muy incómodo por la presencia de ese hijo (quien sería después Pepo, el cantor), y quiso sacarlo de Sopa de Arroyo.
“Y siendo ya famoso, Pepo visitaba Sopa de Arroyo. De esos regresos, de sus pasajes por nuestra estación, que –como ahora– era parada obligada para llegar a Sopa de Arroyo o volver, en su caso, llegué a conocerlo muy bien.

–¿Sopa de Arroyo? –volvió a preguntar Abu Arab, gemebundo.
       
–Las cosas fueron así –anunció Goldaracena, y se acomodó como para contar una larga historia–. Afincado en la sociedad arroyana, Rijo fue un poderoso estanciero, jefe político y el hombre más poderoso de la región. Había llegado siendo muy joven al pueblo. Rápidamente se convirtió en amante de Elvirita Zapia, bellísima mujer, casada con un tal Tamburini, un italiano de gran prosperidad. La turbulenta vida de Rijo le llevó a estar casado, en forma consecutiva, con las tres hijas de la familia Tamburini, llamadas Clara, Blanca y María Leila, esta última su ahijada. Precisamente, siendo aún adolescente, María Leila fue la madre de Pepo, fruto de una relación con Rijo cuando este todavía estaba casado con Blanca, segunda de las hermanas Tamburini.
“Los detalles de este nacimiento fueron ocultados por motivos familiares, dado que era un hijo de Rijo y su entonces cuñada, pero también incidieron aspectos políticos y religiosos, así como la condición de masón de Rijo. Se dice que Rijo tuvo catorce hijos reconocidos, pero se estima que engendró a más de cincuenta en diversas relaciones extramatrimoniales.
“Cercado por las circunstancias, Rijo comenzó a sentirse muy incómodo con la presencia del niño, que era conocido como “el gauchito de los Rijo”. Para ocultarlo, encomendó a la peona Manuela Casco, o Bentos, o Bentos de Mora, o algo parecido, que se hiciera cargo del niño, y esta mujer lo cuidó por algunos años viviendo en Pirajusar. Es por este hecho que en Pirajusar consideramos a Pepo como nuestro.

Se hizo un silencio. El turquito era, todo él, una incrédula perplejidad. Goldarecena prosiguió.

–Bien; la segunda esposa de Rijo, abrumada por los sucesos, se suicidó. Rijo, viudo por segunda vez, se casó finalmente con la menor de las tres hermanas (la madre de Pepo) quien le dio al estanciero cinco hijos más, todos hermanos enteros de Pepo. Pero, antes, Pepo ya había sido entregado a Berta Maggiori para que se lo llevara a Montevideo.

–¿Y quién era Berta Maaagg…?– intentó, confuso, el turquito.

Y, sin darle tiempo a terminar, le contestó:

–Berta Maggiori era una planchadora calabresa, que habría arribado a Montevideo para trasladarse luego a trabajar, durante tres años, a las famosas Minas de Corrales. El asunto es que no se supo nunca cómo la italianita Berta terminó siendo amiga de Rijo. Dicen que era bastante agraciada y que trabajó en “La Delfina”, una casa de tolerancia, emblemática de Sopa de Arroyo. También habría trabajado en la estancia de Rijo y otras estancias cercanas a Sopa de Arroyo, próximas a Villa Fetén. En ese periodo se relacionó sentimentalmente con un comerciante, de nombre Romualdo López, hijo de un importante estanciero de la zona, y quedó embarazada. Al saber que el futuro abuelo del niño planeaba quitárselo al momento de nacer, Berta decidió dejar Sopa de Arroyo, ocasión que aprovechó Faustino Rijo para entregarle a Pepo, que permanecía aún en Pirajusar, ya casi en edad escolar, a cargo de la peona. El mandato era llevarlo a Montevideo. Así, de esta manera, llegó el futuro cantor a la capital, junto con Berta y Giuseppe.

–¡Ajá! El hijo de Berta y Romualdo López.

Y como si el turquito Abu Arab hubiera hecho una pregunta y no una aclaración, Goldaracena  le dijo:

–Como sabemos, a causa de su convivencia con Berta Maggiori, quien aparecía como su madre, y de su imposibilidad de acceder a una identidad propia, Pepo utilizó la del hijo de Berta. No usó, a decir verdad, Giuseppe Maggiore, sino José Mayuri, escamoteando mediante esta variación, con un cierto humor, aquel nombre que poco le gustaba.

Leyó en los ojos de Abu Arab su estupor y sonrió. Continuó:

–Pepo siempre se sintió molesto por haber sido separado de la peona de la estancia de Palo a Pique Manuela Casco, o Bentos, o Bentos de Mora, o algo parecido. No aceptaba a su nueva “madre”, Berta, y escapaba permanentemente de su casa. Pepo nunca dejó de regresar a Sopa de Arroyo, aunque Berta no lo abandonara jamás y siempre volviera a recibirlo, amorosamente; actitud finalmente reconocida por Pepo, en su madurez.
“Siendo muy joven, Pepo comenzó su vida como feriante y, en ese momento, descubrió sus cualidades vocales. De inmediato se lanzaría a la carrera artística. Muy pronto alcanzó un curso profesional de relieve. Su garganta, como una naranja dulce, podía dar un sabor agridulce muy delicado a sus interpretaciones vocales. 

 – Lo demás, es historia conocida –remató Goldaracena el relato, con inocultable satisfacción.

–Dicen que cantaba como Gardel –comentó el turquito Abu Arab, casi como por decir algo.

–“Los de allá” dicen que mejor, aun. Es discutible. No estoy de acuerdo, para nada– silabeó con lentitud–. Como Gardel, nadie, qué carajo. Es inigualable y cada día canta mejor.

–Pero la historia de Gardel es muy parecida, ¿verdad?– arriesgó Abu Arab con cierta temeridad.

–No, no, muy distinta…¡por favor! La historia del gran Carlos Gardel es una historia sórdida y enrevesada. El Zorzal Criollo, tuvo una infancia clandestina y una vida novelesca,… aunque, en su caso, todo el mundo sabe que nació aquí, en Pirajusar… de eso no hay dudas, muchacho– concluyó Goldaracena con indisimulada indignación.
 
FIN
 

 

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Published on e-Stories.org on 11/27/2016.

 

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