Álvaro Luengo

RENDIJAS


 

 

-¡Qué pollo tan grosero!

-¿Lo dice por mí, señora?

-¿Es que no tienes ojos en la cara, muchacho?- la encolerizada dama agitaba el envase frente a las narices del chico -¿No te has fijado en el grueso del corte o qué?... ¡Esto no es más que grasa!

El chico la miraba asustado, pensando en cómo calmar su ira.

-¿Tú crees que mis hijos van a querer comerse esto?- continuó ella –¡Haz el favor de llevártelo por dónde has venido porque no te lo pienso pagar! Y que sepas que voy a llamar ahora mismo al supermercado para poner una reclamación.

-Lo siento, señora, como usted diga- se excusó él -A mí me entregan así los pedidos y yo solamente me encargo de repartirlos.

Y el caso era que el joven estaba aturdido por la montaña rusa en la que se hallaba. En poco más de tres meses se había precipitado desde las más altas cimas de la felicidad que llegó a alcanzar hasta las más profundas simas del infierno, desde donde un triple salto mortal le había llevado hasta… ¿Dónde coño estaba ahora?... Lo único que tenía claro es que estaba perdiendo la cabeza y eso le daba un poco de miedo.

En sus pesadillas veía a la locura acecharle en la oscuridad como una loba hambrienta, esperando el momento para saltar sobre él y poner fin a su vida con una certera dentellada en el gaznate. Y el caso es que se sentía incapaz de decidir si quería poner tierra por medio o entregarse gozoso en sus brazos, porque la loba era una mujer, claro está.

Así que se encontraba agarrotado y mostraba el mismo aplomo que un flan Dhul viajando en tren, y optó por despedirse de la señora balbuceando excusas y cagándose en todo por lo bajini.

-Y la culpa, mientras no se demuestre lo contrario, siempre es de ellas- pensaba él, que yo no he dicho nada.

 

Cornelio (sin risitas, por favor. El chico se llamaba así y ya está)

Nuestro héroe había sido extremadamente tímido, al menos con las mujeres, y estando a punto de cumplir los veinte aún no había tenido ninguna relación con una chica. Y cuando digo ninguna es ninguna, pues ni siquiera había pasado por la experiencia de besarlas. Y aquello de cuándo conseguiría darse un morreo con alguna le tenía obsesionado. Todas las noches, al acostarse, se repetía:

-¡Me muero de ganas de darle un muerdo a una tía!... Quiero saber qué se siente… ¿Se me pondrá dura mientras lo hago?... Joder, ¿y qué hago si hay gente delante y se dan cuenta?…

Y por esos laberintos andaba.

Hasta su adolescencia no se había enterado de nada, era de los que se creían que los americanos eran siempre los buenos y los defensores de la paz mundial, tal como mostraban las películas, y había volcado todos sus esfuerzos en arreglar motos, pescar ranas y cosas así. Y ahora se encontraba con que se había convertido en el farolillo rojo del pelotón, porque todos sus amigos ya habían tenido algún tipo de relación amorosa, y vale, todo había sido culpa suya, pero… ¿es que nadie le iba a revelar nunca el secreto de cómo cojones se podía besar a una chica sin que ella te pegara una hostia?... ¿Qué señales emitían?... ¿Qué banderas ondeaban?... ¿Cómo se podía saber cuándo aceptaban enrollarse con uno, aunque fuera por despecho?... Él veía muchas parejas besándose en los bares, muchas más que dándose hostias, por lo que estadísticamente lo de besarse sería lo normal y lo de atizarse no, pero el caso era que él se había llevado sendas bofetadas las dos primeras veces que lo había intentado, y quieras que no, eso le había minado la moral de tal manera que le bloqueaba por completo cada vez que se acercaba a alguna con intención de enrollarse y no era capaz de decir nada ni hacer nada coherente ni ingenioso. Era una estaca.

Tartamudeaba, le sudaban las manos, soltaba banalidades o inconveniencias cada vez que abría la boca, o repetía su actuación estelar, que era volcar algún vaso sobre la inocente víctima de manera imprevista y espasmódica.

-¡Perdón! ¡Lo siento!- balbuceaba mientras le ofrecía puñados de servilletas de papel para que se secara -¿Te he manchado mucho?

-Pues bastante, tío, mira cómo me has puesto, joder… Ya podías tener más cuidado... Anda, déjame en paz que voy al baño a limpiarme y no quiero verte por aquí cuando vuelva, ¿vale? Tú y yo no nos conocemos.

Y se alejaba maldiciendo su suerte en voz alta por haberse encontrado con semejante gilipollas.

Cornelio tenía que admitir que se encontraba muy desorientado y que necesitaba un guía para instruirle en el arte del amor, así decidió pedirle consejo a su amigo Julio, un conocido pistolero que había tenido ya tres novias, así que algo sabría de esto.

-Pavo, mal vas- sentenció gravemente su colega después de escucharle atentamente -No creo que tu caso tenga solución. Yo creo que la solución menos mala es la eutanasia.

-¡Joder, tío! ¿Y eso es todo lo que se te ocurre?... Yo creí que tú sabías algo sobre tías y que me podrías contar algún truco infalible de esos que dicen que tienes.

-Ja, ja, ja, ja- se descojonó el experto –Con las mujeres la única táctica infalible que existe es ir de pagano, que siendo así siempre habrá alguna que te acompañe al fin del mundo, déjate de tonterías. Lo que te pasa es muy grave y debemos atajar el mal de inmediato… ¡Nunca había visto un caso igual!... ¿Me dejas que lo cuente por ahí sin decir que eres tú?

-¡Hostias, Julio, no te pases tanto!… A ti te sonará a coña, pero a mí me tiene jodido. ¿Qué crees que debo hacer?… ¿Me voy de putas a ver si aprendo algo o qué?... ¿Tú has ido de putas alguna vez?... El caso es que me convierto en un idiota en cuanto intento enrollarme con una piba.

-Ja, ja, ja, ja, ja- su amigo continuaba burlándose sin piedad –Bueno, lo de las putas no está mal, no te vayas a creer, pero te acabas dejando una pasta. Mejor te vienes a dar un rulo un par de tardes conmigo y asunto arreglado... ¡Te convertirás en el rey del mambo! Palabra de Julio, ya lo verás.

Cornelio le miraba incrédulo, sin saber qué decir.

-Anda, págate una rondita por mis servicios y no seas rata, tío. Esta misma tarde empezamos con las clases, que creo que tienes mucho que aprender.

 

Las enseñanzas de Julio

A pesar de su machismo, Julio era un tío simpático que tenía amigos en todas partes. Tenía su cultureta y sobre todo muy buen rollo, que te o pasabas muy bien saliendo con él, así que Cornelio no tardó en descubrir que sintonizaban aunque no siempre estuvieran de acuerdo en sus opiniones y no se jalara ni una rosca en los primeros intentos.

-¡Pero relájate, Corni!- le decía él -¿No ves que las tías tienen mucho instinto y se dan cuenta de lo inseguro que estás? Las mujeres siempre buscan un hombre que les proporcione seguridad, y para eso hay que mostrar aplomo.

-Aplomo, sí, ya, aplomo, pero oye, Julio, ¿tú por qué sales a ligar conmigo?- preguntó Cornelio una vez -¡Si tú tienes fama de ser Johnny el rápido y yo no me como un colín!

-Pues precisamente por eso- contestó su amigo, muy serio -Porque saliendo contigo siempre tengo el triunfo asegurado si nos encontramos con alguna gallinita. Y si salgo con cualquier otro vete tú a saber cómo acaba la cosa, que igual me la levanta y me vuelvo para casa con el rabo entre las piernas…

Y soltó una sonora carcajada seguida por un violento guantazo en el hombro que le dejó escocidito.

-¿Pues por qué va a ser, gilipollas?- continuó –Pues porque eres un colgado y un coñazo de tío y me lo paso fatal saliendo contigo, ¿por qué va a ser si no?... Pues porque soy masoca, que no tiene otra explicación, ¿no te das cuén?

Y volvió a reír.

-¡Qué cabrón eres!- y se rió él también -Pues a mí me pasa lo mismo, que sufro mucho saliendo contigo y lo paso fatal… Y hasta me fío de ti, y no sé porqué, con lo hijoputa que eres... Eso será que nos hemos hecho buenos amigos, ¿no?

-No corras tanto, colega, dejémoslo ahí. De momento somos amigos y ya está. Que luego la vida da muchas vueltas y trae muchas sorpresas.

Pero aunque se cachondeaba de él, le daba pruebas de su amistad abriéndole de par en par las puertas de sus inmensos conocimientos en la materia:

-Pues Corni, tío, no sé cómo explicarte- le decía -A mí es que me sale solo, aquí te pillo, aquí te mato, que es lo normal, ¿no?… Y es que hay muchas formas de enrollarse, ¿no lo has visto en las películas?... Quizás lo más sencillo en tu caso sería que la llevaras a bailar a algún sitio y una vez en ello le aplicaras un frotis circular con tu pecho, marcando el giro sobres sus pitos como si fuera un sin querer, ¿me sigues?- hizo una demostración práctica para ilustrarle –Pero con vaivén, ¿eh? Y ella enseguida te deja muy claro si consiente o si te pone barrera.

Cornelio no perdía detalle de la lección.

-Pero con tacto, ¿eh, amigo?, que tampoco te tienes que chocar contra sus tetas como si fueras un tren de mercancías, que a mí me da que tú te las das por ahí de finolis y educadito pero pierdes los nervios cuando te da por pensar que te van a dar una hostia filmándolo con el móvil para colgarlo luego en las redes. Y entonces te aterrorizas y la cagas.

-¡Es que eso sería una putada! ¡Sería una humillación pública y todas las tías huirían de mi como de un apestado en cuanto se corriera la voz!- se explicó él –¡Ya nunca me lo podría hacer con ninguna! ¡Nunca! En youtube hay muchos videos en los que salen cosas así…

-Pues eso, colega, que hay que hacerlo con un poco de arte y con tacto, pero tú eres ingenioso y tienes recursos, que yo te he visto tratar con chicas y tienes labia y las engatusas muy bien.

-¿Qué las engatuso, dices?... A ver si ahora me vas a hablar como si fueras mi abuela… Pues bueno, vale, puede ser que las engatuse como tú dices, pero en cuanto quiero ligar con alguna se me funden los plomos y me quedo muerto, no sé qué hacer. Que no valgo pa ná, vamos.

-Eso por el momento parece claro, pero ya veremos si progresas adecuadamente. Y esta lección bien vale una birra, tío, así que págate una rondita que las niñas ya están al caer… ¡Vaya mierda de tarde!... Parece que hoy tampoco ha salido ninguna...

-¡Joder! Salir a ligar es más barato que las putas, me dijiste, y ya llevo gastada una pasta gansa…

-Hombre, chaval, no te lo tomes así, que esto no es más que un juego, ¿no? A ti te entran ganas de jugar con las chicas, y buscas a alguna que quiera jugar contigo esta tarde, ¿no?... De buen rollito y sin que vaya nadie obligado… ¡Pues eso es todo!... Y si la encuentras, pues todos contentos, y si no es así, pues game over y vuelta a empezar.

-Eso es lo que intento hacer, planteármelo como un juego, pero quisiera saber cómo puedo saber si la chica con la que esté estaría dispuesta a morrearse conmigo o no… ¿Qué terreno piso?... ¿Cuál es el código de pista libre?

-¡Ah! Ja, ja, ja, ja… Quieres saber dónde se encuentra la delgada línea roja, ¿no?... Pues es muy fácil darse cuenta, colega, porque cuando ella traga te emite señales por todos sus canales: sus pupilas se dilatan, sus glándulas se reactivan, segrega feromonas y aumenta la temperatura y el riego sanguíneo de su piel, sus genitales se hinchan, su corazón se acelera y aumenta su presión arterial, así que hay que estar muy atento a todo esto…

Cornelio le miraba alucinado.

-Pero las señales más inequívocas- continuó -las más claras son cuando se te arrima y te clava con la mirada, deslizando su lengua sobre sus labios, así como relamiéndose… Y ahí sí que tienes que actuar rapidito, porque si no lo haces la cagas, que no te lo perdonará nunca, porque no encontrarás peor enemigo que una mujer despechada.

-Sí, claro. Así que lo único que tengo que hacer será llevar un botiquín de urgencias y tomar la temperatura y la tensión arterial de las pibas con las que quiera ligar para saber si voy por buen camino, ¿no es eso?

-Pues más o menos, amigo, pero tendrás que hacerlo a pelo, sin tanto instrumento, porque te digo que si te quedas pasmado llegado a ese punto perderás todas tus opciones con cualquiera de ellas… Te colocan la etiqueta de indeciso y pasas a formar parte de su lista negra, la de los indolentes postergados y carentes de interés, y te obsequiará con un regate en corto y se enrollará con el primer cercanías que pase, a ser posible amigo tuyo, para darte más por culo, que las pibas son así, que te lo digo yo. Les encanta hacernos sufrir y se valen de todos los medios a su alcance para conseguirlo, porque no tienen corazón, que eso es otra de las cosas que debes saber sobre ellas.

-Vale, tío, vale. Haz una pausa que me estás empachando. Así que me dices que la indecisión es lo peor, ¿no?... Pues ahí creo que tienes razón, porque recuerdo una tarde con Rosi en la que ella estaba como una mona y se me puso a huevo, y yo me quedé esperando que fuera ella la que diera el primer paso, que ya sabes la fama que tiene, pero me levanté a pedir un par de copas y cuando volví me la encontré morreándose con otro, la muy cerda… ¡Y a pesar de todo se trincó sin respirar el cubata de ron que la llevé! ¡Por toda la cara!

-¡Pues claro, Corni! Te digo que no tienen corazón. Y eso es porque la mayoría de las chicas, digan lo que digan las feministas, no han superado su instinto de querer tener a su lado a un hombre fuerte y resuelto que las proteja y que las haga sentirse seguras, y si te ven indeciso no molas y quedas eliminado. En ese sentido Tarzán sigue siendo su ideal.

-¿Tú crees?... Pero eso suena muy machista, ¿no?

-Ni machista ni hostias, tío. Eso es una verdad como un templo, porque gracias a ese instinto ellas han sobrevivido desde que éramos mandriles hasta nuestros tiempos, y no se lo van a quitar de encima en diez minutos, ¿no crees?

-Yo que sé… Yo no estaba ahí y no sé a quién preguntar.

-¡Joder! Pues no es difícil imaginarlo, colega, porque es de suponer que en las cavernas, cualquiera de ellas que no consiguiera tener a su lado a algún aguerrido mostrenco que la protegiera a mamporros de los peligros de su entorno, y sobre todo de sus congéneres que se las quisieran follar, no le quedaría otra que dedicarse a buscar leña y servir de alivio para los gallitos de la tribu que se quisieran echar un kiki de vez en cuando, porque si no tragaba con ellos se llevaría un garrotazo… ¡Menudo chollo de plan, ¿no?! ¡Un puente hacia su jubilación!... Así que todas querían ser la mujer del forzudo, y eso lo llevan grabado en su mente, porque sus vidas serían más agradables o más jodidas en función de que lo consiguieran o no.

-Mmmh… Pues es posible que tengas razón. Al menos tiene su lógica.

-¡Pues claro, hombre! Y ese instinto de quién a buen árbol se arrima buena sombra le cobija lo tienen grabado en las profundidades de sus mentes y no resulta tan fácil extirparlo de ahí. Muy a su pesar.

-Entonces habrá que darle algún tiempo para que las cosas puedan cambiar, ¿no? Por mucho que nos enseñen las tetas las de Femen.

-¡Nos ha jodido! ¿No has visto lo que ha pasado en USA? Se hace famoso por la tele un repugnante mandril millonario que desprecia e insulta públicamente a las mujeres, y todos suponemos que ellas van a votar mayoritariamente a su oponente, ¿no?, que sería lo lógico, pero votan a los dos por igual, ¿no? Porque se impone el instinto Trump, y la mitad de las mujeres del país estarían encantadas de ligar con él, que es el que pone a todos firmes con ademanes típicos del macho alfa. Y ellas vivirían de lujo bajo ese paraguas, como así fue durante miles de años. ¡Pues a por él! Y le dieron el triunfo. Tratándose de mujeres, nunca utilices la lógica, joven aprendiz.

-¡Joder, Jedi Julio! Eres como el wikipedia, como el Rerum Novarum, no sé qué decir, en fin, muy bien… Bueno, el caso es que dices que tengo que ser más resuelto, ¿no? Y hacerla creer que la podría defender de un tigre dientes de sable si fuera necesario, ¿no?

-¡Exactamente! Esa es la actitud. Pero también tienes que aprender a elegir mejor el objetivo, el target, que se dice ahora, ¿eh?, porque ¿cómo cojones se te ocurrió la otra noche entrarle a Conchita, sabiendo que ella te odia desde el día en el que en el instituto proclamaste a los cuatro vientos que tenía la regla?

-¡No lo hice aposta!- se defendió él -Yo me la encontré sangrando por el pasillo y creí que se había cortado con algo y pedí ayuda a gritos. ¡Lo hice por socorrerla!

-Pues con todo y con eso hay que decir que la hostia que te pegó la otra noche, aunque llegara con retraso, estuvo muy bien dada, que yo tuve el honor de presenciarla y puedo dar fe de ello. Je, je, je, je, je. Así que tú me dirás si tienes que afinar en la elección o no. Y bueno, a lo que vamos, que una vez al ataque le buscas con el pico un ladito del cuello dónde anidar, y le empiezas a dar besitos moviendo los labios muy despacio, y con tus sensores a tope, captando las ondas de sus latidos, muy atento a las olitas de calor que te puedan llegar y sobre todo a si se le pone la carne de gallina, en cuyo caso significa que es tuya, y en ese caso ¡gallinita a la cazuela!... Y se notan muy bien las cosquillitas que te hace su vello en los labios, que no tiene pérdida...

Cornelio escuchaba extasiado, pues Julio le estaba revelando los Grandes Secretos. Extremó su atención y rozó su antebrazo con los labios para valorar el tacto de su vello y tener alguna referencia para cuando llegara el momento.

-Y si ves que te responde y se te arrima al níspero- Julio se iba animando con su lección magistral -Pues tiras palante y surcas caminitos con la punta de la lengua, tirando siempre hacia arriba y enroscándola al final, ¿eh? Siempre por pasos, con tacto y con suavidad, porque la mayoría de ellas espera que respetes el orden de sus 3 estaciones, que son boca, teta y coño, que casi todas se enfadan si les quieres tocar una teta de entrada. No lo olvides.

-No sé si voy a poder acordarme de todo lo que me dices- repuso Cornelio, admirado ante su alud de sabiduría -¿Tienes un boli a mano?

-Pero siempre con tacto y suavidad, ¿eh, colega?- su amigo no le hizo ni caso –Como si jugaras con una nube. Nada de lengüetazos al empezar. El objetivo es la orejita y utiliza solo la punta de la lengua para subir hasta allí, donde le puedes hacer un buen fregadete salpicado de mordisquillos, que es otra receta infalible, y en cuanto se te confíe y empiece a reposar su cabecita sobre ti, ¡zas!, le haces un truco de magia y le das un vuelco a la situación.

-¿Zas?... ¿Cómo que haga zas y un truco de magia?... ¿La tiro al suelo y me la tiro ahí mismo, delante de todo el mundo?... ¿Crees que eso va a salir bien?

-¡Qué corto eres, tío! Antes te he dicho que la engatusaras con tacto y suavidad, como si jugaras con un nube, ¿no?, pues ahora toca sorprenderla con tu lado salvaje, que eso también las vuelve locas, y la sujetas por la quijada con tus dos manos, y le atizas un buen tornillo del 17 sin dejarla respirar, jugando al que te pillo con su lengua, que verás qué bueno, colega… ¡Es un subidón!...

-No sé, no sé si me saldrá bien. ¡Son tantas cosas de las que debo acordarme!

-¡Ah! Y un último detalle que también es importante.

-¿Aún más?... Pues tú me dirás.

-Con las tías te tienes que despedir siempre cuando mejor te lo estés pasando.

-¿Y eso? ¿Las tengo que dejar con un polvo a medias? Qué palo, ¿no?

-No, hombre, no, que tampoco es eso. Me refiero a que las digas que te tienes que marchar cuando aún lo estéis pasando muy bien, sin agotar tu tiempo, para dejarlas con ganas de más. Y así, cuando la llames un día que te apetezca volver a verla te dirá siempre que sí, porque aún no habrá descubierto lo aburrido que puedes llegar a ser.

Al llegar a casa, Cornelio apuntó detalladamente las instrucciones que le había dado su amigo para memorizarlos y ponerlos en práctica todas las noches con su fiel almohada, a la que llamaba Trudy, que era el nombre de una chica que había visto en una película en la tele y le había gustado mucho. Tanto ahínco ponía en sus prácticas que hasta una noche soñó que se casaba con Trudy, pero para su desgracia volvió a adquirir su forma de almohada durante la noche de bodas… ¡Porca miseria!

-¿Quieres que te quite la manta, Cornelio?- le preguntaba su madre -Creo que sudas mucho por la noche, porque tu almohada está siempre empapada, ¿quieres que te la cambie por otra a ver qué tal?

-¿Cambiarla por otra?... No, no, mamá, déjalo así, que me gusta esta, no te preocupes- respondía azorado –Trudy… digo, mi almohada es estupenda, ni se te ocurra cambiarla… Es que se me tapa la nariz por la noche y al tener la boca abierta se me cae algo de babilla.

-¿No respiras bien?- se inquietó ella –A ver si va a ser algo del tabique. Tu tío Anatolio, que era peluquero, empezó con unas molestias en el tabique y al final tuvo un cáncer de páncreas. Ven aquí que te vea, acércate. Vamos al baño que hay mejor luz.

-¡Anda, mamá déjame en paz, no seas pesada! Que tengo mucho que hacer. Adiós, adiós, hasta luego…

-¡Ay, hijo, cómo te pones! No se te puede decir nada. Desde luego que estás de un rarito…

Y la historia empezó a complicarse la noche en la que los dos amigos celebraban que les habían contratado como conductores-repartidores en el supermercado Roñas de Madrid, después de llevar mucho tiempo buscando trabajo y de pasarlas caninas.

A eso de la una, cuando ya llevaban unas cuantas copas y algún porrete por medio, vieron a dos chicas que se sentaban en una mesa un poco más allá de dónde ellos estaban.

-¿Qué te parecen esas dos chonis?- le preguntó Julio -¿Las entramos?

-Pfff… No sé, tío… A mí me parecen un par de avutardas… No parecen muy atractivas que se diga…

-Déjate de tonterías, colega, que si te pones a elegir no te jalas una rosca. Yo a la bajita le doy un pase, ¡fíjate qué tetas tiene!

-Hombre… A oscuras y echándole colonia no te digo yo que no, ¿pero y la otra? ¿Has visto a la otra?... ¡Si me da miedo acercarme a ella por si me suelta un picotazo!…

-¡No jodas, tío, que están buenísimas! ¡Vamos por ellas!

Julio se fue derechito a por la del pase, claro, de manera que Cornelio se las tuvo que ver con la de peor presencia.

-¿Buenísimas?... ¿Será cabrón el Julio este?

Y haciendo de tripas corazón, respiró hondo, y exhibiendo una sonrisa lastimera, le dijo:

-Perdona, ¿me puedo sentar aquí un momento?... Es que tengo un esguince en el pie y me acaba de dar una punzada muy fuerte… ¡Ay!- dio un traspiés haciendo un amago de caer sobre ella.

-¡No se hizo la miel para la boca del asno!- graznó la avutarda con gesto altanero.

A Cornelio le ofendió aquello y respondió de volea sin cortarse un pelo:

-Bueno, mujer, que tampoco te pongas así... Que no te he pedido que me la chupes, que sólo te he preguntado si me podía sentar un momento a tu lado…

Ella se levantó de un respingo, le clavó una furibunda mirada y comenzó a montar un escándalo:

-¡Herminia!... ¿Has oído lo que me ha dicho este gilipollas?... ¡Me acaba de llamar burra y me ha dicho que se la chupe.

-¿Pero de dónde ha salido este hijo de puta? ¿Y no le has dado dos hostias?- vociferó su amiga, dando paso a llamar al encargado -¡Fermííín!... ¡Fermííín!

-¡Pues se las voy a dar ahora mismo!

Y ni corta ni perezosa le cruzó la cara a Cornelio con dos sonoras bofetadas.

-¡Ahí tienes! ¡Por gracioso!

Nuestro héroe, anestesiado por la bebida, encajó muy bien los golpes y hacía esfuerzos por contener la risa ante la sorprendida mirada de Julio.

-¡Tranquilos, chicos! ¿Qué es lo que está pasando aquí?- llegó el bueno de Fermín, en tono conciliador.

Al aplacarse el revuelo los dos amigos volvieron a la barra con andares algo inseguros y partiéndose el culo de risa.

-¡Es que tú no has visto el desprecio con el que me lo ha dicho la tía!... ¡Pues menudo corte que se ha llevado!…

-Sí, sí, je, je, je, je... ¡Y tú qué par de hostias, que también las he visto!... ¡Ay, que me descojono!... Si es que siempre eliges mal, que te lo tengo dicho, ¿cómo vas a triunfar así?

-¡Vete a tomar por culo y déjame en paz, cabrón!... ¿Y esas dos?- preguntó Cornelio, señalando a otras dos chicas que estaban sentadas en el extremo más tenebroso del local -¿Quiénes son? ¿Las conoces?

 

Sara

-¡Hostias!- exclamó su amigo –Esas son dos pibas muy marchosas que vienen de vez en cuando por aquí. La de negro está muy buena y se llama Sara, y dicen que es muy lanzada y le vacila a todo el mundo.

-Pues mejor aún, ¿no? Que eso le da emoción. ¿Tú le has entrado alguna vez?

-La vi una tarde pero no pude, porque yo estaba con Marta, pero te digo que vacilaba a todo dios.

Con el aplomo subido de tono por la contribución de unas famosas destilerías escocesas, Cornelio se encaminó muy decidido hacia ella, pero por el camino le empezaron a asaltar las dudas:

-¡Joder, pero si está buenísima!...Me va a mandar a la mierda, ¿y qué coño le digo?

-Eeerh… ¿Te gusta bailar?

-¡Pfff!- resopló ella dando muestras de hastío, mientras le escaneaba de arriba abajo y contestó con sarcasmo –Qué forma tan original de romper el hielo, ¿no?… Depende de con quién, naturalmente.

Cornelio no se amilanó por la respuesta y se abrió un poco la chupa, sacando pecho.

-¡Conmigo! ¿Qué te parezco?- se pavoneó ante ella.

-Pues me pareces un vulgar ejemplar de humanoide serie B programado para repetir tópicos y frases carente de interés, así llevas bastante crudo conseguir lo que quieres, niñato.

-¡Hostias!- se dijo él -¡Qué tía tan chula!...

Pero aquel desafío le supuso un estímulo para continuar en la lucha y se soltó.

-Oye, acércate, no tengas miedo- entonó una frase chulesca de una vieja canción que recordó y la soltó muy decidido –Quiero decirte que nadie baila como yo.

Ella soltó una carcajada y le miró con sorna, pero salieron a bailar una baladita blandiblú que sonaba oportunamente. Cornelio intentó recordar las instrucciones de Julio pero se había quedado en blanco… ¿Qué era lo primero?... ¿Lo de las 3 estaciones?... No, no, eso iba al final… ¿Hacia dónde tenía que ir con la lengua, hacia arriba o hacia abajo?...

-Y bueno, ¿es que no vas a decir nada, o qué?- le dijo ella -Se te ve algo envarado, ¿no? ¿Vienes incluido en la consumición?

-¡Qué hijaputa y qué guapa es la tía esta!- nudo en la garganta -¡Tiene que ser dinamita!

-¿Sabes decir tu nombre o vas demasiado cargadito para acordarte de él?

-Perdona, sí, me llamo… Todos me llaman Corni- contestó él, consciente de que la verdad invitaba a las chanzas -¿Y tú?

-¿Corni?... Qué nombre tan raro- dijo ella, sin contestar su pregunta –Tendré que estudiarlo… ¿De dónde viene, eres croata o algo así? Yo creo que los nombres marcan mucho a las personas, ¿tú no?

-¿Cuál es el tuyo?- contestó el chico, ignorando también la suya.

-Sara. Me llamo Sara. ¿Sabes lo que significa?

-Yooo… Eeerh- no sabía pode dónde salir y recurrió a la inventiva –A mí me suena a mujer interesante y peligrosa, eso es a lo que me suena.

-Pues significa princesa, embaucador- se le arrimó, rozando su pecho contra el suyo- ¿Peligrosa?... ¿Tú crees que yo soy peligrosa?... ¿Y por qué piensas eso de mí?

-¿Yooo?... Pues porque estás muy buena, y las tías tan buenas casi siempre tenéis veneno, que ya lo he visto en muchas películas.

-¿Veneno?- se echó a reír -¿Crees que tengo veneno y te puedo picar como si fuera una arañita?... ¿Me tienes miedo por eso?... ¡Pobre pequeñín!

Cornelio asintió y se lanzó a la aventura:

-No me asusta lo que pueda doler tu picadura, pero me preocupa que tu veneno me pueda hacer que me enganche a ti. Tú sabes que estás muy buena y…

Sara se detuvo escuchándole mientras deslizaba su lengua entre sus labios de un lado al otro, mirándole a párpado caído.

Al joven le sacudieron los siete males… No podía creérselo… ¡Aquella tía cañón se le estaba poniendo a tiro!... Su mente se le nubló y olvidó todos los pasos intermedios del manual de Julio, así que sujetándola por la quijada le plantó un torniquete de los de aquí te espero. Y luego otro, y otro, y otro, y otro… ¡Qué sensaciones!... ¡Qué castillo de fuegos artificiales!... El chico estaba en pleno nirvana y deseaba que aquello no acabara nunca para poder desquitarse de todos los besos que no había dado.

-Para un poco, torito, que eres insaciable- le dijo ella cuando llevaban media hora de faena.

-No me llames así- contestó él dando un respingo -Que los toros y los cuernos siempre van juntos y no me gusta ese apodo.

-Huy, huy, huy… No menciones la soga en casa del ahorcado, que dice el refrán- le respondió Sara.

-¿Qué insinúas? A mí nadie me ha puesto nunca los cuernos- dijo orgulloso.

-Será que eres franciscano y no has conocido mujer alguna- contestó ella burlona –Se nota que eres novato, pero pones mucho afán por aprender... ¿Quieres que sigamos jugando en mi casa?... ¿Te gustaría?- le sonrió con picardía -Si me quitas con arte el vestido te invito a champán, como decía la canción, o mejor a tequila, que es mi bebida favorita, y te dejaré jugar con mis rendijas, que estás en tu noche de suerte, chaval.

-¿Jugar con sus rendijas? ¡Qué cerdita tan simpática!- a Cornelio le pegó un subidón de vértigo y se pellizcó para asegurarse de que no estaba soñando -¡Qué atrevida era esa chica!... No sólo se había morreado con él de lo lindo sino que también le proponía viajar con ella al más allá.

-Parece que nuestros amigos están muy entretenidos y no creo que nos vayan a echar de menos- insistió ella.

Vivía justo detrás de la esquina, tal como decía la canción, así que tardaron muy poco en llegar.

 

Un estreno Top Gun

-¿Has follado alguna vez?- le preguntó a quemarropa en el ascensor.

-Eeerh…

-¡Oooh!... ¡No me digas que eres primerizo!... Ja, ja, ja, ja… ¡Qué bueno!... ¡No me lo puedo creer!... ¡Seré tu maestra de ceremonias, qué gran honor!

El chico se mimetizó con los tomates, pero su corazón se aceleró porque aquello prometía.

-¡Deja que se lo cuente a las amigas por whatsapp!- continuó ella, sacando el móvil –¡Que no, ja, ja, ja, ja, ja, que no, que es broma!… Ja, ja, ja, ja… Alegra esa cara de pingüino que se te ha quedado porque esta noche me voy a esmerar contigo y vas a tener un estreno inolvidable, colega… ¡Anda que no vas a fardar contándoselo a tus amigos!

Cornelio lo estaba flipando y no supo qué decir.

-Pero antes cumpliremos con el programa, que los tempos los marco yo- le dejó muy claro, y ni corta ni perezosa agarró una botella de José Cuervo y le mostró un par de pastillitas marrones en la palma de su mano, depositando una de ellas sobre la lengua de Cornelio y metiendo la otra en su boca, para echar luego un buen trago y besar apasionadamente a Cornelio mientras le hacía un Tajo-Segura para que cada uno tragara la suya.

-¿Qué era?- quiso saber él, inocentemente orgulloso de su acción.

-Es burundanga, el aliento del diablo- le contestó muy seria -Anulará tu voluntad y mañana te despertarás desnudo y con un cardo en el culo en la cuneta en la que se me antoje dejarte, sin acordarte de nada.

Al chico se le pusieron de corbata.

-¡No me jodas, Sara! Me estás vacilando, ¿verdad? ¡No habrás sido capaz de hacerme eso!

-Eres un gilipollas, amigo, te creía más listo- le recriminó ella –No se puede ir así por la vida… ¿Me acabas de conocer y estás dispuesto a meterte cualquier cosa con tal de follarme? En estos tiempos no se puede ser tan confiado. Así no puedes moverte en el mundo de la noche y te puedes llevar un buen palo.

-Pero no era burundanga, ¿verdad? ¡Dime que no!

-Sólo era ácido, tranqui, para potenciar las sensaciones, ya sabes, ¿pero y si hubiera sido lo otro?... ¿Te imaginas el marrón en el que estabas metido?... ¿Te has escapado de algún convento o es que quieres ganar el premio del tonto del mes?

Cornelio aguantó la reprimenda callado y cabizbajo, pero le dolió que la chica le hablara así. Resopló concluyendo que sería mejor dejar la cosa como estaba y no cagarla aún más, y le cedió las riendas de la situación manteniendo los ojos bien abiertos.

-Jugaremos al “a ver quién manda”- sentenció ella sin dar lugar a réplica –Y te va a encantar, ¡te va a volver loco!

Y dejó escapar una risita maliciosa.

-Mmmh…- Cornelio no las tenía todas consigo -Pero explícame de qué va al menos, ¿no? ¿Cómo se juega?

-Ja, ja, ja, ja, ja… ¡Te escapaste del convento, lo dejaste claro!... Pues verás, nos jugamos a cara o cruz a ver quién es el que manda, y el que pierda ya sabe lo que le toca, que tiene que obedecer y dejarse hacer todo lo que el dueño quiera, menos pegarle o hacerle daño si es que al otro no le gusta, ¿ok? Que todos los juegos tienen sus normas y hay que respetarlas. Es el juego de la vida, y en una sola partida conmigo aprenderás más que en toda tu vida entera.

-Sara… Me asustas un poco…

-Pues no seas cobarde, niño, que con el miedo se te afloja la minga y te convertirás en un desperdicio- le dijo ella, mostrándole una moneda -¿Qué prefieres, cara o cruz?

-Eeerh… Yo cara... casi prefiero cara, pero…

Rien ne va plus!

La moneda ascendió girando rápidamente y fue atrapada en el aire por la veloz mano de Sara, que la plantó sobre el dorso de la otra.

-¡Salió cruz!- exclamó triunfante -¡Soy yo la que mando! ¡Qué suerte tuviste!

-¡Hostias! ¿Qué vas a hacer?

Ella chasqueó la lengua, y le miró sonriendo malévolamente.

-Te voy a hacer volar como a un astronauta.

-Sííí, Sara, sí… Si de eso estoy seguro porque yo ya he despegado hace un rato- debía ser la pastilla lo que le hacía sentirse relajado –Pero me siento como si estuviera subiendo a un trapecio sin red y me da miedo darme una hostia…

-¡Buah!... ¡Mariquita!... ¡Indeciso!- le dijo ella con desprecio.

-¿Indeciso yooo?... ¡Eso sí que no!... Soy cualquier cosa menos eso- recordó las palabras de Julio y aquello le encendió muchísimo -¡Vamos allá! ¿Qué quieres que haga?

-Je, je, je, je, je…. Lo primero vamos a echarle un traguito al viejo cuervo, fiel compañero de noches de excesos, y luego te quitas la ropa y te echas boca arriba en la cama, que te voy a atar.

Y en cosa de diez minutillos Cornelio se vio como vino al mundo encadenado de pies y manos a las patas de una cama tamaño king size en una amplia habitación de aspecto tenebroso.

-Por favor, Sara, me pone muy nervioso y me agobia mucho estar así sujeto. ¿Podemos dejar los candados abiertos y yo no me muevo? te lo prometo. Es solo por saber que si yo quisiera podría moverme, pero no quiero, ¿eh?... ¿Qué más te da?

Ella negó lentamente con la cabeza, le dio un jugoso beso de despedida, y le colocó una banda negra tapándole los ojos.

-Hostias, Sara, eso no, por favor… Quiero verte desnuda, quiero ver lo que haces.

-¿Lo que hago?... ¡Ja!... Te haré todo lo que quiera, cariño, porque esta noche soy tu dueña y tú no eres más que el juguete nuevo de una niña muy caprichosa. Y ten por seguro que te exprimiré hasta la última gota antes de cansarme de ti.

-¡Hosti, tú, qué fuerte!... Aaay… ¿Qué me estás haciendo? Me gusta mucho pero no sé…

-¡Ja! Mira al cotilla de don Capullo cómo se asoma para ver lo que pasa… ¡Qué gracioso es!... Tranquilo, don Capullo, tranquilo, que no pasa nada, y póngase bien de pie que le voy a tapar los ojos, ¿eh?, y no se estire usted tan deprisa a ver si se va a caer, que las prisas no son buenas ni para los delincuentes… ¡Ja, ja, ja!

-¡Aaay!... ¡Sara!... ¡Sara!

Y los detalles de lo que allí sucedió los dejo para la imaginación de cada cual, pero sí que os diré que varios vecinos se quejaron al día siguiente por no haber podido pegar ojo durante toda la noche debido a los aullidos de un joven que decía:

-¡Para, por favor, Sara! ¿Qué me estás haciendo? ¡Que me va a explotar como si fuera un globo!... ¡Dios mío, qué boca tienes!... ¿Qué haces ahora?... No pares ahora, cabrona, no me dejes así, sigue, sigue…

Replicados por la cargada y socarrona voz de una joven que arrastraba sus palabras entre gemidos de loba en celo:

-¡Indeciso! ¿Ves cómo eres un indeciso?... Primero que pare y luego que siga… ¿Quién te crees que eres para pedir nada, gusano?... ¡Soy tu dueña y haré contigo lo que me plazca!

-¿Indeciso? ¡Nooo! ¡No me digas eso! Yo… Aaah… ¿Qué haces ahora?

Y resonaban unos fustazos en la pared.

Porque las artes y la inventiva de Sara parecían no tener fin y llegó un momento en el que Cornelio, extenuado, con un ojo estrábico y presa de un ataque de temblores generalizados, le suplicó una pausa para reponer fuerzas, y se pudo sentar en la cama resoplando como una locomotora.

-Un descansito, Sara, por favor- dijo con un hilo de voz –Para un poquito que acabas conmigo, que no te puedo seguir el ritmo.

-Pobrecito mío, ¿sufriste mucho?- le preguntó con sorna.

-Eres la hostia, tía... Me subes al cielo para dejarme caer y me haces explotar de… ¡Yo qué sé de qué!... Eres una bruja.

-Acertaste… Ja, ja, ja… ¡Pobres almas en desgracia de los que caen en mis manos!

Así que acordaron aplicar un protocolo más moderado durante el segundo tiempo, y el conjunto les debió dar buen resultado porque se estuvieron viendo casi a diario durante dos meses seguidos, en los que Cornelio se quedó completamente deslumbrado por Sara. Y es que aquella chica enganchaba mucho, no os vayáis a creer que el chico era tonto.

Cornelio, trastornado hasta la médula, repetía como un loro:

-Pero Sara, tú me quieres de verdad, ¿verdad?... Necesito saberlo... Nunca me lo dices.

-¡Ay, hijo, y eso a ti qué más te da!- le contestaba burlona -Si eso es pan para hoy y hambre para mañana… ¡Cómo no te voy a querer con lo bonito que eres!... ¡Si eres un encanto!… Pero no te olvides lo que te he dicho, ¿eh?, que yo soy como una alcachofita: una hojita para cada uno y el corazón para ti. Así que no me vengas con rollos de compromisos, que si te gusta cómo vuelo no me quieras enjaular, que cuando se quiere a alguien hay que querer hacerle feliz, y en el amor hay que ser altruistas.

Y aquella respuesta tan redonda le sumía en la inquietud y le hacía sentirse como quien se encuentra a la espera de que llegara un tsunami que fuera a barrerlo todo, pero como se la tenía que tragar porque no le quedaba otra, intentó pensar en ello lo menos posible.

-¿Pero Sara me querrá o no? ¡Tengo que saberlo!

 

Aterriza como puedas

Una mañana en la que coincidió con Julio al terminar los repartos, su amigo le dijo con tono de darle el pésame:

-Oye Corni, que aunque me jode mucho tener que hacerlo, hay una cosa que te tengo que decir, porque soy tu amigo y quiero seguir siéndolo.

-¿Qué pasa?- preguntó él, alarmado -¿Te has liado con Sara o qué?

-¿Qué dices?... No, hombre, no, que no es eso. Que yo soy tan gilipollas que respeto a los amigos. Pero ya que sacas el tema que sepas que también me pone caritas y tontea conmigo, pero nunca ha pasado nada entre nosotros… La cosa es que anoche la vi morreándose con la Nacha en la barra del Teknos.

-¿Anda ya!... ¿Con la Nacha?... ¡Amos no jodas, Julio, que esa historia no tiene ni puta gracia!

La Nacha era un chico gay de modales amanerados del que las chicas decían que tenía mucho encanto. Todos le llamaban la Nacha y a él no parecía molestarle en absoluto. No llegaban a ser colegas pero se conocían de los bares del barrio y alguna vez habían tomado algo juntos hablando de cualquier cosa.

-No es broma, tío, lo siento. Pasé por allí con Marta antes de irnos a casa y me los encontré. Los vi con mis propios ojos.

-¿Qué me estás contando?... ¡Qué cabrona!... Podía haberme dicho algo, ¿no?

-Sabes que no te lo diría si no estuviera seguro. Ellos a mí no me vieron hasta que pasó un buen rato, y entonces pagaron y se fueron, pero al salir Sara me tiró un beso al pasar frente a mí y me dijo adiós con la mano, que no te creas que se cortó un pelo.

-¡Joder! Ya me temía yo que lo de la maldición de llamarme Cornelio me caería encima tarde o temprano… ¡Mis padres tuvieron razón al ponerme ese nombre!

-Hombre, tampoco te lo tomes así, que a todos nos los han puesto alguna vez- las palabras de Julio tuvieron efecto sedante -¿Te acuerdas de cuando terminé con Jenny, lo mal que me puse, que llegué a estar un finde entero sin salir?... Pues no sabes la cantidad de veces que me he alegrado de que me los pusiera ella, porque si no, no me habría enrollado con Marta, que es mucho mejor que Jenny… ¡Le da mil vueltas!

-Hombre, pues visto así… No sé, pero no creo que pueda encontrar a nadie mejor que Sara. Tengo que hablar con ella enseguida a ver qué cojones me cuenta de la historia esta de la Nacha.

-Y además déjate de hostias, que el que no tenga algún cuerno es que no tiene experiencia con tías- Julio era de la misma opinión que Sara -Porque si has estado en muchas guerras alguna cicatriz tendrás, ¿no? Y los cuernos son como los dientes, que duelen un poco al salir, pero en cuanto rompen cráneo y se liberan, se te pasa todo y hasta resultan muy útiles.

-No sé para qué- mostró su incredulidad –Pero entiendo lo que dices, colega, que es como el sarampión y hay que pasarlo, pero es que me ha pillado cagando la tía, porque no me esperaba de ella… Te aseguro que creía que me quería y me encuentro ahora con esto… ¡Qué palo!

-Y seguro que te quiere, pero parece que aún le queda sitio libre en su amplio corazón. Eso es todo. Cada tía es un mundo y Sara es una mujer que lleva su vida por caminos alternativos, que tú me lo has dicho, así que deja de pensar gilipolleces y habla con ella a ver si hay arreglo, pero lo veo muy negro.

-Pfff… Muchas gracias por lo que me dices, amigo, pero me has dejado descolocado y ahora no sé qué pensar.

-Pues yo creo que en estos casos lo mejor es recurrir a los clásicos, y ya sabes que un clavo saca a otro clavo, así que nos ponemos manos a la obra de inmediato y aquí no ha pasado nada... Tú déjame a mí carta blanca que yo sé lo que hay que hacer.

-¿Pero qué estás diciendo, tío?... ¿Quieres que cambie de novia así, sin respirar?... Que me acabo de llevar un hostión de cojones y necesito un poquito de tiempo para reponerme, ¿no?... Que todavía estoy groggy…

-¿Sabes quién no te quita ojo de encima y le entran unos celos que te cagas cada vez que te ve con Sara?- su amigo ignoró sus palabras -¿A que no tienes ni idea?

Cornelio apreció el fuelle de oxígeno y se interesó por el tema.

-No digas bobadas… ¿Quién?

-Oh, claro, como tú solo tienes ojos para tu maravillosa Sara no te enteras de nada de lo que pasa a tu alrededor… ¡Pues Lidia, idiota! Te digo que Lidia pierde el culo por ti, y esa chica está como para hacerle un favor, ¿no?

Lidia estaba bastante buena y tenía unos ojos muy bonitos, pero tenía fama de ser demasiado pavisosa y excesivamente tradicional.

-¿Lidia?... Déjate de hostias, Julio, y no me líes más de lo que estoy, que lo estoy pasando muy mal, que tú sabes que estoy loquito por Sara… ¡Espera a que hable con ella y no me vengas con cuentos ahora!

Así que quedó con ella para hablar y Sara admitió jovialmente todos los cargos en su contra sin el menor remordimiento ni propósito de la enmienda mientras devoraba patatas bravas y apuraba una cerveza.

-¡No entiendo por qué te pones así, torito!- le decía -¡Sí ayer me dijiste que estabas cansado y no querías salir! ¿Qué mal te hice?

-Déjate de leches, Sara, y no me llames torito que sabes que no me gusta ese mote.

-Pero si ya te he dicho que te lo llamo por tu bravura y por el tamaño de tus atributos, ¿por qué va a ser si no? Y volviendo a lo de antes, no sé porqué te pones así si tú no estabas y no te perdiste nada… Anda, si quieres podemos quedar el sábado, que tengo luz verde.

-¿El sábado, dices?... ¿Luz verde?... ¿Y por qué no quedamos mañana, que es viernes?... ¿De qué color es la luz del viernes?... ¿Es que tienes algún plan?

-Mañana he quedado con Nacha para ir a ver una exposición fandango-alternativa que han organizado dos amigos suyos, un músico y un pintor. Va a ser en un chalet okupado y se lo han montado a topete, con un grupo de música, copas, y hasta periodistas y todo el rollo.

-¿Ah, sí?- en tono celoso.

-¿Por qué no vienes? Seguro que a Nacha le encantaría que fuéramos los tres.

-¡Una mierda! Para que todos se enteren de que trago con eso, ¿no?

Su orgullo le impidió aceptar el plan y le llevó a romper con ella cuando rechazó sus exigencias de exclusividad.

-Te quiero demasiado para compartirte- le dijo muy digno al despedirse.

-Pues tú te lo pierdes, lo siento- le contestó ella, encogiéndose de hombros y mirándole con lástima -Ya te dije que soy como una alcachofa y que mi corazón es tuyo, pero deberás dejar que reparta mis hojitas con los demás, que no eres el único.

Cornelio se la quedó mirando con cara de plancha.

-El poliamor es el futuro, Corni, ¿no te das cuenta? Es la mejor postura y la más lógica, porque todos somos polígamos por naturaleza, que la fidelidad no es propia de los seres humanos. Echa un vistazo a tu alrededor y luego me cuentas.

-Ya sé que se cometen muchas infidelidades, ya lo sé, pero yo creo que la relación de pareja es la solución menos mala posible y que lo del poliamor no es más que una excusa para poder tirarse a todo lo que se mueva.

-¡Buah!... El mito de la pareja fiel e indisoluble se lo inventaron hace algunos milenios los de la Asociación de Débiles de la Época para evitar que los forzudos de la tribu se apropiaran de todas las macizas y les dejaran a ellos peleándose por las sobras, hasta que finalmente los débiles se unieron y derrotaron a los forzudos tras una tremenda batalla en el estrecho de Monogamia, de donde procede el nombre de esa aberración neurotizante, e impusieron su norma y la convirtieron en ley. Pero todo eso con el objeto de pillar alguna tía buena en el reparto, que ya te lo digo yo, y nada de ensalzar los valores cristianos ni majaderías por el estilo.

-Pfff- la miró dubitativo -¡Y yo qué sé!... Me estás liando, Sara… ¿Todo eso es verdad o te lo estás inventando?

-Las dos cosas a la vez- afirmó ella, convencida -Y además es la mejor forma de vida y la más divertida, que que de eso sí que estoy segura… ¡Lo que pasa es que tú eres un antiguo y un cobarde, que no te atreves ni a probar! Haz lo que quieras, pero ya sabes que yo, por si acaso, te guardaré un rinconcito en mi corazón por si algún día quieres volver.

 

Lidia

-¡Enhorabuena, colega!- le felicitó burlón Julio al saberlo –Parece que vas saliendo de tu estado de encoñamiento profundo y das muestras de volver a tu ser… ¡Pronto saldrás de la UCI y serás trasladado a planta, esto hay que celebrarlo!... ¿Te parece que le diga a Marta que quede con Lidia y nos vemos con ellas esta noche para ahogar nuestras penas en alcohol? ¿Te hace?

Y Cornelio se dio cuenta enseguida de que su amigo no exageraba cuando decía que Lidia perdía el culo por él. La chica se presentó muy arregladita y lo acaparó de inmediato para ella sola, ignorando por completo a los demás, y mirándole con brasa… ¡Que se le estaba poniendo a huevo, vamos!... Y la verdad es que Lidia no estaba mal, que al menos tenía más curvas que Trudy, y ya le hubiera gustado a él pillar algo así en su larga época de sequía, pero el caso era que no podía quitarse a la cabrona de Sara de la cabeza. Su cara se le aparecía junto a la de Lidia haciéndole gestos provocativos para descentrarle y hacerle ver que ella era su dueña y que no había comparación posible con aquella otra chica… ¿Tendría razón Julio cuando decía que debía ver a un médico?

-¿Te pasa algo? ¿He dicho algo malo- le preguntó Lidia –Te has quedado muy callado y se te pierde la mirada por encima de mi hombro.

-¿A mííí?... No nada, nada, no me pasa nada. Lo estoy pasando muy bien contigo- sonrió forzadamente.

-Pero parece que no me escucharas cuando te hablo, Corni, estás como ausente… ¿Qué estás pensando?

-¿Yooo?... Nada, nada… Es por un problema que he tenido en el trabajo- mintió –Pero ya se me pasa, perdona.

El chico se esforzó en prestarle más atención durante el resto de la noche y al despedirse ella le dio un beso en la boca, así como de soslayo, dando a entender que podría haber más.

-¿Pero estás gilipollas o qué te pasa, tío?- le recriminaba Julio de vuelta a casa – Ella venga a darte cancha y tú ni puto caso… ¿No viste que va a por ti?

Y total, que gracias a la tenacidad e insistencia de Julio, Lidia y Cornelio acabaran enrollándose. Ella estaba más feliz que una perdiz, porque al fin tenía un novio guapo y formal, que además se lo había levantado a la zorra de Sara, tan creída ella siempre cuando se trataba de cuestiones de hombres.

Pero él no se estaba tranquilo, porque Sara se le seguía apareciendo ofreciéndole su jugosa boca en cuanto él se arrimaba un poco a Lidia, y su presencia se la ponía morcillona y le alteraba enormemente.

-¿Pero te la has follado ya o no?- Julio le exigía una respuesta contundente.

-No es eso, Julio, no es eso. Es otra cosa. Es que la cabrona de Sara me viene a la cabeza cada vez que estoy con Lidia, y me hace ver lo que me estoy perdiendo por no estar con ella, con la que todo sería mejor y más divertido.

-¡Buaah!... ¡Excusas!... Pues eso es que aún no te la has follado. Te lo dije, colega, estás encoñado con Sara hasta el culo… ¿Y ahora qué hacemos?... ¡Ya te adelanté que en tu caso la mejor solución sería la eutanasia!- y se reía de él.

Y el caso es que Lidia era una buena tía y viceversa. Era atractiva y trabajaba como esteticista en una peluquería del barrio, con lo que tenía su pasta y no gorroneaba cuando salían juntos, pero a él no acababa de convencerle, quizás porque fuera demasiado clásica y le machaba con que tenía que conocer a sus padres, que le iban a caer genial, y aquello le sonaba a ratonera y no le gustaba porque no tenía ninguna prisa por establecer una relación formal con ninguna chica. No quería verse atrapado tan pronto y menos con Sara aún rondándole la cabeza.

-Dentro de pocos días es san Valentín- le dijo Lidia una tarde -¿Me vas a regalar algo?

-¿San Valentín?... ¡Ufff!... Mi padre dice que eso es un pufo que se inventaron los de El Corte Inglés para aumentar sus ventas… No había caído en ello, ¿tú sí?

-¡Pues claro, hombre! Y daba por hecho que lo tenías en cuenta- suspiró dolida -Yo ya llevo unos días preparando una sorpresa para ti. Y es la primera vez que hago un regalo de san Valentín, ¿sabes?

Cornelio se sintió incómodo ante la inminencia de tener que hacer oficial su relación, pero sonrió con resignación y le propinó un beso para que viera que la quería.

-¡Muac!... Claro, claro, yo también te haré un regalo a ti, cariño- acertó a decir.

-Podrías venir a comer a casa ese día, que cae en sábado, ¿vale?- propuso ella -Y así conocerías a mis padres, que te van a caer genial, ya lo verás.

¡Ratón en la ratonera!: palidez, sudoración fría, tartamudeo y temblor fino en la mandíbula y las extremidades superiores.

En las comparaciones, siempre odiosas, que hacía entre Lidia y Sara nunca podía olvidar que los vértigos que había sentido haciendo el amor con Sara no tenían parangón con el digno 6,5 que hubiera obtenido Lidia en un examen realizado en la Real Academia de Follaje… Pero Sara era la mujer pantera, eso resultaba obvio, y resultaba incomparable en ese terreno.

-Julio tiene razón!- tuvo que reconocer –Esta tía me ha envenenado…

En fin, que ni contigo ni sin ti, porque su imagen le perseguía allá a donde fuera para aguarle la fiesta... ¡Menuda maldición le había caído encima!

-¿Por qué siempre cierras los ojos cuándo me haces el amor?- le preguntó Lidia una noche –Me gustaría que me miraras y saber que eres mío.

-¡Oooh!... ¿Eso?... Verás, es que me pasó algo horrible de pequeño- Cornelio soltó la primera trola que le pasó por la cabeza –En una ocasión sorprendí a mi abuelo sodomizando a una oveja en un pajar y aquello me dejó traumatizado y su imagen se me presenta inevitablemente cuando hago el amor con los ojos abiertos, así que tengo que cerrar los ojos para no verte como a una oveja, y comprende que eso no es plan, así que no me queda otra.

-¡Oooh!… En ese caso… ¿Y si fuéramos a ver a un médico?- quiso saber ella, espantada por la noticia.

-Mis padres ya me llevaron- continuó él -Pero el doctor dijo que aquello era normal y que ya se me pasaría, que no se preocuparan. Y que delante de mí hicieran como si no pasara nada, que eso me ayudaría mucho. Y debía ser un psiquiatra muy bueno, porque cobraba una pasta. Pero el caso es que todo siguió igual, pero ahora presiento que tú me estás ayudando mucho a que se vaya pasando el trauma.

-¿Ah, sí?- ella se sintió halagada - ¿Y eso por qué?

-Pues porque noto como si la imagen de la oveja se fuera difuminando y fuera siendo sustituida poco a poco por la tuya, lo cual resultaría más normal en este caso, ¿no te parece?

-¿Me lo dices en serio? ¿Me estás vacilando?

-¡Que sí, cari, que te lo digo en serio! Que la imagen se aleja, que te lo digo de verdad. Y todo gracias a ti, que me estás curando.

Ella le miró incrédula y decidió tirar por lo práctico.

-¿Probamos a hacerlo otra vez a ver si te curas del todo?- le preguntó.

-Vale, y esta vez lo voy a hacer con un ojo abierto y el otro cerrado a ver qué pasa, ¿vale?

No pudo contener la risa.

-¡Idiota! No te burles de mí, no seas tan malo, que me das mucho miedo cuando te pones así…

Pero el caso era que con razón o sin ella, él se iba sintiendo cada vez más agobiado por sus continuas demandas pasteleras: más cariñitos, más te quieros, más hoy tengo la tarde libre, ¿nos vemos un rato?, más te estuve llamando y no cogías, ¿qué estabas haciendo?, y sobre todo más mis padres te van a caer genial y tienes que conocerlos…

Y todo aquello coincidió con que Victoriano y Hortensia, sus padres ya jubilados, hartos del frío invierno madrileño decidieron ir a pasar una temporada a su apartamento de Almuñécar, porque allí se estaría de maravilla, así que le quedó la casa para él solo... ¡Bieeen!

-Haz el favor de portarte bien y de cuidarlo todo mucho, ¿eh? -le advirtió su madre al despedirse –Te he dejado la compra hecha y pórtate como si nosotros siguiéramos aquí. Y que sepas que vendremos de vez en cuando a pasar revista y que no te voy a avisar antes… Y nada de chicas ni fiestecitas en casa, ¿eh?, que ya sabes que doña Laura me lo cuenta todo.

 

El reconocimiento médico

Una mañana temprano, mientras Cornelio se ponía el uniforme para empezar su jornada se le acercó el señor Olivares, el supervisor, y le entregó una nota.

-Toma, pringado- le dijo -Son las instrucciones para que vayas esta tarde al reconocimiento médico que tienes que pasar si quieres seguir trabajando aquí, así que hoy no comas nada más que te tienes que hacer los análisis.

-¿Esta tarde? ¿Y tengo que quedarme sin comer después de pasarme la mañana cargando y descargando barquetas?- protestó el chico –¿Y por qué no voy por la mañana como todos los demás?

-Mala suerte, amigo, te tocó a ti. Así que ya puedes hacer el reparto ligerito porque tienes que estar allí a las cuatro- le contestó secamente.

Estaba claro que Olivares le había cogido inquina desde el primer día sin que el chico supiera porqué. Él hacía las cosas lo mejor que podía y no tenía ni una sola falta de puntualidad, pero hablando con compañeros se enteró de que corría el rumor el rumor de que la entrada de Cornelio le había quitado el puesto a una pilingui amiga de Olivares a la que él intentaba colocar en la empresa.

Así que Cornelio siguió sus indicaciones y se presentó muerto de hambre a las cuatro menos diez en el lugar indicado, que resultó ser un servicio médico de aspecto bastante cutre en un barrio periférico de Madrid.

Aquella mañana le había tocado repartir muchos más pedidos de lo normal porque un compañero se había dado de baja- y Olivares olvidó notificárselo, mala suerte otra vez -y estaba desfallecido, deseando que aquello fuera rapidito para acabar cuanto antes y poder tomarse un pincho de tortilla con una caña en cualquier bar.

En la sala de espera se encontró con una pareja que parecían ser un padre de aspecto desaliñado con su hijo pseudopunky, y un fornido rumano vestido de albañil, casco amarillo, que hablaba con un joven negro, poquita cosa físicamente, que daba evidentes muestras de nerviosismo.

-Tú sigue corriente al doctorr y dile nunca has estado enferrmo y nunca te pasó nada- le aleccionaba el albañil a su acólito -¡Nunca!... ¡Y sobrre todo no le hagas enfadarr parra que te dé aptitud!

-Pero yo no poder mentir- objetaba el negrito –En mi país yo tener muchas fiebres y estar muy enfermo así, así…

Y aleteaba temblequeando y castañeando los dientes frente a su instructor para que pudiera apreciar lo malito que llegó a estar.

-¡Eso da igual, tonto! ¿Tú quierres trrabajo o no?- le miró fijamente y se dio una palmada en la frente –O haces lo que te digo o te vas a puta calle… ¿Entiendes eso o no?

-Dsííí, dsííí- asintió el joven -Yo hacer lo que tú dices y así tú no enfadar conmigo.

Y para colmo, a nuestro héroe le daban miedo las agujas, que olvidé decíroslo. Para ser sinceros le daban pánico: pá-ni-co.

-¿Seré gilipollas?- se preguntaba –¿Por qué me pasa esto?... Si no es por cobardía, si ya una vez me las tuve que ver con un navajero y no me achanté...

Se abrió una puerta y el doctor Ricardo Cartílagos, que pasaba ya de los sesenta y tenía aspecto despistado y bonachón, llamó al primer paciente:

-¿Elvis Presley Pérez Pescadero?

El pseudopunky avanzó hacia él y le preguntó:

-¿Puede pasar mi padre conmigo?- señalando a su acompañante con el pulgar.

-¿Pero no eres ya mayorcito como para venir aquí tú solo?

-¿Pero qué dice, doctor?... Si lo que pasa es que tengo que cuidar de él- se explicó el joven –Este deshecho es alcohólico y mi madre me ha pedido que no le pierda de vista ni un momento, porque si empieza a beber no hay quien le pare. En casa, mientras yo me duchaba, él ya se estaba pegando unos lingotazos de anís de una botella que tiene escondida… Y no se le puede dejar dinero porque se lo gasta todo en vino, así que usted me dirá.

-¡En vino! ¡Ja!- repuso airado el padre –¿Serás ijnorante, hijo mío?... A ver si te crees que el anís me lo regalan. Porque yo sólo bebo el de Chinchón, ¿sabe usted? Que ese es muy bueno y no daña.

-¿Es usted su padre?- quiso comprobar el doctor.

-Eso es lo que dice él- interrumpió Elvis -Pero mi madre y yo no estamos muy seguros.

-Con todo y con eso soy yo el que lo paga todo- replicó el supuesto progenitor sin inmutarse.

-Pues eso es una prueba inequívoca de paternidad- el médico quiso zanjar la cuestión con una pincelada humorística –Tan fiable o más que el ADN. Así que pasen ustedes y hablemos, que no tenemos toda la tarde.

-¿Cornelio Escipión Lasarte?- se abrió otra puerta en la que ponía sala de extracciones y apareció el enfermero Romerales –Pasa aquí conmigo, chaval, que te voy a dar un pinchacito.

Cornelio tragó saliva y obedeció.

-A ver, Elvis- comenzó el galeno en la consulta -¿Has tenido alguna enfermedad importante?... ¿Estás tomando alguna medicación?

-¿Yooo?... ¡Qué va!... ¡Si yo estoy bien de todo!... No necesito ninguna.

-¿Pero, cómo?- objetó el padre -¿Y la Viagra? ¿La has dejado ya?

-¡Eso es mentira, doctor, que yo no tomo eso!- protestó el chico –A mí no me hace falta, que es él quién se lo toma, que es un pichafloja, que lo sé porque mi madre me lo cuenta todo.

-No le haga caso, doctor, que el chico está loco… ¿Es que no ve el aspecto de drogadito que tiene? ¡Si usted viera cómo vuelve a casa por las noches! ¡Si no se tiene de pie y parece que habla en francés!

Y así siguió la cosa durante un buen rato, hasta que el bueno del doctor Cartílagos estableció un poco de orden y decidió finalizar aquél lunático reconocimiento como buenamente pudo y librarse de sus pacientes lo antes posible.

-¡Por fin se fueron!- suspiró aliviado –Vaya parejita… ¿Y qué es lo que pasa ahora?

Porque se abrió la puerta de golpe y apareció Romerales, que acudía muy sofocado sujetando por el brazo a Cornelio, que a duras penas se sostenía en pie y tenía la cara blanca como la leche.

-Perdone doctor, pero le ha dado una lipotimia mientras le pinchaba- explicó el enfermero –Se llama Cornelio Escipión Lasarte, repartidor del supermercado Roñas de Madrid, y está al borde de la hipoglucemia. El glucómetro marca 55 y no llega a 9 de tensión máxima, pero tengo que pinchar a los que quedan para salir con la unidad móvil, y no le puedo dejar sin vigilancia… ¿Le parece que le dejemos en la camilla de su cuartito auxiliar y así usted le echa un ojo de vez en cuando mientras sigue pasando consulta?

-¡Uuuf!... Vale… Menudo embolado- aceptó el doctor, contrariado –Pero tráele una lata de coca cola de la máquina y asegúrate de que beba un poco antes de pinchar a nadie más, ¿eh?… ¡Y tráela de las normales, nada de light!

Así que ahí tenemos a Cornelio, con la cabeza dando más vueltas que un tiovivo, tumbado en la camilla del cuartito auxiliar, intentando beber algo del contenido de su lata antes de que se derramara por completo sobre su camisa. El médico había dejado la puerta entreabierta y el chico oyó que llamaba al siguiente paciente:

-¿Teodoro Ngamba?... Pasa por aquí y siéntate, Teodoro.

El negrito se sentó frente al médico y se quedó allí muy quieto, exhibiendo una amplia sonrisa repleta de dientes deslumbrantemente blancos.

-A ver, Ngamba, ¿hablas español? ¿Entiendes lo que te digo?

-Dsííí, dsííí, dsíii- asintió, contento de haber acertado la primera pregunta.

-Muy bien, muy bien... ¿Alguna vez has tenido algún accidente? ¿Un hueso roto, una quemadura o herida grande o algo así?

-Dsííí, dsííí, dsíii- insistió el chico. Si algo funciona, ¿por qué cambiarlo?

-¿Y qué te pasó?... ¿Te rompiste un hueso?

-Dsííí, dsííí, dsíii- los ojos del moreno irradiaban entusiasmo. ¡Estaba en racha!

-¿Y qué hueso fue?... ¿Te rompiste un brazo?- el doctor Cartílagos se agarró un antebrazo con la mano del otro y lo agitó inerme frente a él como si estuviera roto.

-Dsííí, dsííí, dsíii- el bueno de Teodoro se mostraba eufórico, pensando que la entrevista le estaba saliendo fenomenal ¡Seguro que le daban el trabajo!

-¿Y cuál fue? ¿El derecho o el izquierdo?

-¡Dsíííííí!- el chico explotó de júbilo, pero se desinfló bruscamente al darse cuenta de que algo se había torcido, porque el doctor se le había quedado mirando con una expresión muy severa... ¿Por qué se habría enfadado aquél señor?... ¡Si le había dado la razón en todo!

-A ver, muchacho, ¿me estás tomando el pelo o qué? ¿Es que me vas a decir que sí a todo lo que te pregunte?

-Dsí, dsí, Yo siempre decir dsí y así tú no enfadar- contestó quejumbroso.

El joven miraba al médico sin comprender lo que pasaba… ¿Se habría enterado de lo de sus fiebres en Gambia?

-¿Sí, eh?... Pues hala, márchate de aquí, porque te voy a poner un “no apto por mentiroso”. Y eso que no lo he hecho nunca en la vida, pero a ti te lo voy a poner, y que venga luego tu empresa con reclamaciones que se van a enterar.

–Tú no enfadar conmigo, doctor- suplicó Teodoro en tono lastimero -Yo decir lo que tú quieras y tú no enfadar conmigo… ¿Eso estar bien?... ¿Tú querer?... Yo solo querer trabajar para ayudar familia… Padre murió en guerra, madre estar enferma y yo tener dos hermanos pequeños…

¡Vaya panorama! El médico elevó la mirada al cielo, respiró unas cuantas veces sin decir nada, y llevó a cabo la exploración de su paciente sin hacer más preguntas, tranquilizándole al despedirse asegurándole que tendría su aptitud.

Y mientras tanto Cornelio, que ya se iba encontrando mejor, se disponía a decirle que ya le podía reconocer cuando le oyó llamar al siguiente paciente:

-¿Víctor Kuchichea?... Buenas tardes, Víctor. Pase y siéntese… A ver, dígame, ¿ha tenido usted algún accidente con lesiones importantes en su vida?

-¿Accidentes?- ... ¡Accidentes yo nunca, doctorr!... Ningún accidente- afirmó rotundamente el rumano –Ni enferrmedades, ni alerrgias ni nada! ¡Yo siemprre sano y fuerrte como un torro!

Y se puso en pie golpeándose el pecho sonoramente con los puños.

-¿A ver?- inquirió el doctor –Muéstreme sus manos, Víctor, por favor…

Él le mostró sus puños.

-Aquí, extendidas sobre la mesa, si no le importa… ¿Y eso?- preguntó el doctor indicándole la ausencia de dos dedos de su mano izquierda -¿Qué pasó ahí?... No me diga que esto fue por una gripe…

-¡Oh, esto!- el rudo albañil se fingió sorprendido –Esto no es nada. ¡Es una tonterría! Esto fue un juego de niños allá en mi pueblo de Rumanía.

-¡Pues vaya con la tontería!- exclamó el doctor -¿Y se puede saber a qué jugaban ustedes de niños allá?

-Pues aquél día jugábamos a que erramos cazadorres, y mi amigo, con un hacha, me corrtó los dedos sin querrerr, porrque a mí me tocaba hacerr de oso y yo le ataqué y él se tuvo que defenderr... Y luego me pidió perrdón y llorró mucho porr mí.

-¿Y jugaban ustedes con hachas cuando eran pequeños? ¿Y los adultos se lo permitían?

-Pues claro, doctorr. Las arrmas de fuego las reserrvaban parra ellos, ¿qué se crree usted? ¡No somos tan bárrbarros!

El médico le miraba sin estar seguro de si se encontraba frente a un embaucador profesional o frente a un auténtico orco.

-Perro no fue un accidente, ya le digo, que fue jugando… Yo accidentes ninguno... ¡Estoy tan fuerrte como un torro!- insistió.

Y por fin Cornelio pudo pasar su reconocimiento sin mayores contratiempos y se marchó de allí pensando que vaya jaula de grillos había en esa clínica, y el doctor Cartílagos se fue a su casa pensando en lo poco que se parecían sus sueños de estudiante de medicina a lo que había llegado a ser en su vida… ¡Qué ganas tenía de jubilarse!

 

¿Donde las dan las toman?

-Bueno, y te sabes la última, ¿no?- le preguntó Julio, en el bar en el que quedaban para el bocata al hacer una pausa en los repartos.

-Pues no sé a qué te refieres, porque llevo unos días que no me entero de nada, que la espalda me tiene doblado, ¿de qué va?

-Pues las cosas de tu querida Sara, colega, que ahora resulta que la Nacha le está poniendo los cuernos a ella…

-¡Anda ya! ¡Amos no jodas, tío!

Su móvil se puso a cantar. Cornelio miró la pantalla y rechazó la llamada.

-¿No coges?

-No. Es Lidia, pero ya me ha llamado tres veces hoy y me tiene abrasado. Quiere que vaya con ella y con sus padres a una excursión cultural el domingo a Toledo, y yo la he dicho que ni de coña madrugo el domingo y menos para ir a ese bodrio, que no se me ha perdido nada allí. Le diré que iba conduciendo y que por eso no cogí.

-Pues a mí me parece un plan cojonudo, no sé porqué te lo pierdes- se burló Julio.

-Déjate de hostias y dime cómo sabes lo de los cuernos… ¿Quién te lo ha dicho?

-No ha hecho falta que me lo dijera nadie porque lo he visto yo con estos ojitos.

-¿Sííí?... ¿Qué es lo que viste?... ¡Cuéntame, tío, di algo!

-¡Te vas a descojonar, colega!... Se los ha puesto con Carlitos…

Cornelio le miró asombrado.

-¡No!... ¿Con Carlitos el gay?... ¡No me jodas!... Pues no te digo que me alegre pero casi, casi… ¡Qué cojones!... Pues claro que me alegro, porque le está muy bien empleado. Donde las dan las toman… ¿No me los puso ella a mí con un gay? ¡Pues ahora que trague de su propia medicina, a ver qué tal le sienta!... ¿Y dónde les viste?

-Ayer estaban los dos solitos tomando unas birras en el Wild Side y les vi muy acaramelados y morreándose un rato antes de irse- proclamó su amigo.

-Pues hala, que se joda y que se aguante como me he aguantado yo- exclamó Cornelio –Que cuando los cuernos rompan cráneo ya dejarán de dolerle, ¿no es así?

Y el caso es que se encontró con ella un par de días después. Sara estaba tomándose una cerveza mientras miraba una revista en un bar del barrio al que entró a comprar tabaco. Se la quedó mirando sin saber qué decir.

-¡Hola, Corni!- le saludó ella jovialmente -¿Por qué tienes esa cara?... ¿Es que te aprietan los zapatos o es que tienes ganas de hacer caca?... ¿No te vas a sentar a tomar algo conmigo?

La muy condenada estaba guapísima.

Su inoportuno móvil cantó su cuchufleta de nuevo. Cornelio se asomó a la pantalla y rechazó la llamada.

-¿No lo coges? ¿Quién es?

-Es Lidia, pero es que hoy está muy pesada y ya he hablado con ella antes.

-¿Y qué es lo que quiere?... Si es que se puede saber, claro está.

-Nada, que quiere que vaya con ella de excursión a Toledo y a mí no me apetece nada- omitió lo de los padres.

-¡Una excursión a Toledo! ¡Qué plan tan emocionante! ¡Te encantará la catedral!- dijo ella con sarcasmo -¿Y te lo vas a perder?

-Déjate de leches, Sara, que no quiero ir y ya está.

-¡Qué lástima! Te iba a pedir que me trajeras una navajita de esas tan monas de las de allí- no parecía dispuesta a soltar presa –Así que no quieres hablar con ella delante de mí, ¿verdad?

-No es eso, no... ¡Qué tontería! Es que ella se enrolla mucho por teléfono y tampoco es plan… Prefiero dejar la charla para más tarde.

-Ya, ya…

Cornelio se sentó con Sara y se pidió una caña para acompañarla.

–Me han contado lo de la Nacha con Carlitos y suponía que estarías jodida…

-¿Jodida? ¿Por qué iba a estarlo? ¿Qué quieres decir?- repuso ella, sorprendida.

-Pues porque sé que la Nacha te la está pegando con Carlitos, Sara, ¿por qué va a a ser si no?... Pero si prefieres hablamos de fútbol, que tampoco quiero hurgar en tu herida.

-¿Mi herida?... ¿Creías que estaba dolida porque la Nacha se hubiera enrollado con Carlitos?- preguntó ella con expresión divertida -¡Pero si Carlitos es un encanto! ¿Por qué iba a enfadarme con ellos? Si es como un niño chico y me encanta jugar con él también. ¡Si vieras cómo se pone en cuanto le hago dos cositas de nada!

-¿Carlitos es como un niño chico?... Pero si te acaba de levantar a tu chico, tía… ¿No se ha enrollado con Nacha?

-¿Y eso qué tiene que ver? Yo les quiero mucho a los dos, y ellos están loquitos por mí. Ya te dije que mi alcachofita es una hojita para cada uno y el corazón para ti, pero como tú no lo quieres…

-¿Pero qué me estás contando? ¿Ahora estás con los dos? ¿Así, por las claras?

Ella asintió sonriendo.

-¡Ahí va!... ¿Y eso cómo se lleva?

-Pues de lujo, Corni, ¿cómo quieres que lo lleve? Entre los dos me tienen como a una reina y no me falta de nada. Los dos son un encanto y compiten para colmarme de atenciones de la mañana a la noche… ¡Menudo disgusto tengo! ¡Ja!

-¡Caray!... Sí, desde tu punto de vista no está tan mal… Vamos, que en cuanto te descuidas van y te hacen un pespunte, uno por delante y otro por detrás…

Ella se echó a reír y le dijo:

-Ya te digo que no me falta de nada, como a una reina. Y yo de vez en cuando me los quito de encima un par de días con la excusa de que tengo que acabar algún proyecto y los mando a Toledo a ver monsergas, por ejemplo. Que nunca ha sido bueno saturar las relaciones, ¿no te parece?

-No me cabe duda de que lo haces por su bien- contestó irónico –que así se ilustran.

-¡Pues claro que sí!- no cambió el tono -Pero no me importa confesarte que a veces te echo de menos y que me gustaría volver a jugar contigo… ¿Aún te gusta jugar o ya has madurado y te has vuelto serio y aburrido?... ¿Ya encontraste a tu demonio de la pesadez?

-¿Mi demonio de la pesadez? ¿De qué leches me estás hablando ahora, Sara?

-Ay, hijo, qué ignorantito eres… El demonio de la pesadez era el peor enemigo de Nietzsche, que habrás oído hablar algo de él, ¿no?

-¿De Netzer?... ¡Claro que sí!... Era un interior izquierda alemán magnífico, muy fino y elegante, que jugaba hace tiempo en el Madrid, ¿quién no ha oído hablar de él?

-¡Nietzsche, no Netzer, so burro! ¿Es que tu cultura se reduce sólo al fútbol?... Me refiero al filósofo, al pensador, al que decía que todo lo que no te mata...

-Engorda, ¿no?- interrumpió Cornelio muy ufano –Lo que no te mata engorda, ¿no es así? ¿Ves cómo sí que leo cosas?

Sara le miró como quien mira a un terminal. Al fin y al cabo ella era la hija de un diplomático y tenía que admitir que aquello facilitaba algunas cosas, como el acceso a la cultura y a la pasta.

-Nietzsche decía que todo lo que no te mata te hace más fuerte, gilipollas, no que engorde, aunque eso a mí me parece bastante discutible, porque no entiendo cómo te va a hacer más fuerte el que te atropelle un coche y te deje tetrapléjico, por ejemplo, ¿no crees?

-Hombre, pues ahí creo que tienes razón- contestó el chico en tono conciliador -Porque puestos a elegir yo prefiero evitarme la experiencia.

-¡Pues claro! Pero a lo que vamos, que también decía que el demonio de la pesadez convertía a todos aquellos a los que poseía en personas serias, graves, solemnes, rígidas, intolerantes y aburridas, cosas que él odiaba profundamente y no quería ser.

-¡Ah!... Pues también mola ese tío, ¿no?

-Sí, deberías leerlo, aunque dudo que lo entiendas. Lo único que no me gusta es que era un machista de mierda, pero a cambio de eso dice cosas interesantes sobre las personas y sobre los hombres en particular. Por ejemplo, dice que hay dos cosas a las que aman todos los hombres de verdad, que son el peligro y el juego… ¿A ti qué te parece eso?

-¿El peligro y el juego?- Cornelio se quedó pensativo y asintió –Pues sí, creo que tiene razón, porque James Bond, que es muy machote él, siempre sale en las películas en situaciones peligrosas ligando con macizas en los casinos… Son dos cosas que molan, ya lo creo que sí.

-¡Pues claro que molan, pero no solo a vosotros, sino que a nosotras también!... ¿Por qué lo dice refiriéndose exclusivamente a los hombres?... Yo no me siento hombre para nada y también amo el peligro y el juego… ¿Es que por ser mujer no tengo derecho a hacerlo?

-Vale, vale, no te enfades conmigo que yo no he dicho nada de eso, así que págala con Nietzche. Le llamas una tarde y se lo dices.

-Buen consejo, querido amigo, no tardaré en hacerlo- suspiró ella mirando al cielo -Y concluye que es por eso por lo que el hombre de verdad ama a la mujer, porque ella es el más peligroso de los juguetes…

-Mmmh… Eso está bien pensado... Un tipo interesante tu amigo. Preséntamelo algún día que seguro que nos llevamos bien, ¿te hace?

Ella puso expresión de hastío haciendo caso omiso a sus palabras, y continuó:

-Y eso me ofende y me halaga a la vez, porque solo permito que me traten como un juguete cuando yo quiero jugar y estoy de acuerdo en las normas del juego, porque exijo que me respeten, ¿no crees?

-Puuuf… Vaya comida de tarro que te pegas, ¿no?... ¿Tanto piensas en esas cosas?

-Pues claro que sí, ¿qué pasa? A mí me importan mucho. Y el caso es que no sé a qué carta quedarme, porque ya te digo que es un machista de mierda... Bueno, a lo que vamos, ¿quieres volver a jugar conmigo un rato o no?

Aquella generosa oferta le pilló desprevenido.

-¿Jugar contigo?... ¿Cuándo?... ¿Ahora, dices?

Sara asintió, dedicándole una mirada rebosante de promesas incandescentes.

Y total, que para los que hayáis pensado que aquella tarde acabaron haciéndoselo en casa de Cornelio, os diré que habéis acertado, que así fue la cosa. Y se lo hicieron de diez.

-¡Qué diferencia con Lidia! ¡Cómo le ponía esta chica! ¡Qué cantidad de cosas se le ocurrían! ¡Desde luego que era una bruja!

Y fumándose un cigarrito ya de vuelta al planeta Tierra, ella insistió:

-¿Por qué no entras a formar parte de la familia, Corni?... Anda, di que sí, que ya sabes que mi corazón siempre será para ti… Prueba a venir una vez al menos a ver si te gusta, que no se puede decir que no a algo sin haberlo probado, no seas tan rígido…

Y el caso fue que tanto insistió la chica que él se comprometió a salir con ellos una noche a ver qué tal se lo montaban, a cambio de su palabra de que Lidia no se enteraría nunca de nada.

-No te preocupes, que tu mochuela no lo sabrá- le contestó ella con sonrisa maliciosa.

-¡No te pases, Sara, que Lidia no es ninguna mochuela!- protestó él.

-Claro, claro, mozuela quise decir, perdona por el lapsus.

El chico no se quedaba muy convencido sobre la ética de todo aquello, porque eso suponía portarse mal con Lidia, a la que tampoco quería hacer daño, pero en aquel momento se sentía incapaz de decirle que no a Sara, tanto era el poder que tenía sobre él.

–Y cuando lo hayas probado un día, tú ya decides luego, que así serás el dueño de tu destino. ¿Acaso no es eso lo que tú quieres, machote mío?

Y le miraba burlona. Y lo que siguió me lo salto porque ya os lo sabéis.

Al bajar del ascensor se dieron de bruces con doña Laura, la vecina.

-Hombre, Cornelio, cuánto tiempo sin verte…

-Hola, doña Laura, a mí no se me hizo tan largo- repuso él, que bajaba envalentonado.

-Pues te veo con buen aspecto, aunque algo despeinado, ¿pero por qué llevas los zapatos puestos al revés?- en su estado de éxtasis ni se había dado cuenta -¿Esta chica tan guapa es amiga tuya?

-Para nada, doña Laura, para nada- contestó él con tono mordaz, dando saltitos mientras se cambiaba los zapatos -Es mi peor enemiga y nos llevamos fatal. Y le he pedido que subiera un rato a mi casa para insultarla a mis anchas.

-¡Qué humor tan original tienes!- continuó ella en tono ladino –Ya sé que tus padres se han ido a pasar unos días a Almuñécar y he quedado en llamarles esta tarde para ver qué tal están... ¿Les digo algo de tu parte? Les diré que te he visto y que estabas muy bien... acompañado.

Cornelio le lanzó una mirada furibunda y no contestó.

-¡Cago en la leche!- le dijo a Sara en la calle –Esta cotorra se lo va a largar todo a los viejos.

-No importa, Corni, has estado genial, dando saltitos con el tomate en el calcetín y diciendo esas cosas. Me enamoré de ti otra vez, ja, ja, ja, ja, no sé cómo pude aguantar la risa viendo la cara de doña Laura.

Y como no podía ser de otra manera, sujetó al chico por la quijada con ambas manos y le plantó un delicado beso en la boca.

-¡Cago en la leche! ¡Cuánta razón tenía Nietzche!- pensó Cornelio, aturdido.

 

La prueba

Y el caso es que Cornelio acabó quedando una noche con Sara, Nacha y Carlitos, en un bar un poco apartado para no dar mucho cante, aunque al único que le preocupaba aquello era a él, porque a los otros tres se la traía floja, a ver qué tal iba la cosa. Pero con poca confianza por su parte, todo hay que decirlo.

Hay que aclarar que Cornelio no tenía nada contra los gays, lesbianas, transexuales ni contra la sodomización consentida de ovejas, que en ese sentido era un tipo abierto y trataba con mucho respeto a los de todos los colores simplemente por ser personas, pero a su vez exigía que ellos respetaran su identidad claramente hetero, y que nadie se le acercara más de la cuenta al hablarle, ni le dieran toquecitos en la pierna cada vez que le dijeran algo, ni le pusieran en situaciones incómodas ni equívocas. Porque pocas cosas hay peores en la vida que verte perseguido por una maricona loca durante toda la noche, que una vez ya le pasó, y no le partió la cara de milagro, ¡menudo cabronazo, qué noche le dio! Así que sin pasarse de copas y bien alerta. Ese era su plan.

Pero el caso es que no sabía si lo que sentía era producto del machismo, del raquitismo o del cretinismo, pero no tenía el cuajo para llevar bien aquello y muy a su pesar se iba mostrando más hermético y malhumorado según transcurría la noche, mientras que la felicidad de Sara iba in crescendo. Ella se mostraba alegre, locuaz y encantadora. Y estaba bebiendo más de lo acostumbrado, o sea, torrentes.

-¡Tenemos que brindar por nuestra nueva familia!- decía jubilosa mientras descorchaba otra botella de Moet Chandon -¡Por nuestra familia, que es la célula de la sociedad!

Y soltaba contagiosas carcajadas que eran coreadas por todos menos por Cornelio, que se sentía extrañado por ese afán repentino que mostraban las chicas por incorporarle a sus familias… ¡Qué difíciles son de entender!...

-No, muchas gracias, Javier- sonrió Sara al camarero que traía las copas –Esta nos la beberemos a morro. Pero tráenos un cubo de hielo, por favor.

Y le pegó un buen soplete a la botella, jaleada por Nacha y Carlitos, mantuvo buena parte en la boca si llegar a tragárselo, y enganchando a Cornelio por el cuello le hizo un Tajo-Segura que él aceptó de buen grado, ya que se mostró muy sonriente tras darle cauce al asunto.

-¡Bravo!- sus acompañantes aplaudieron la acción entre risas y el chico se distendió un poco.

-Toma- le dijo Sara, ofreciéndole la botella en su papel de reina de la noche –Ahora tú con el siguiente, que nadie quede excluido… ¡Tenemos que completar el círculo!

El chico la miró extrañado- ¡menudo embolado, traidora! -y luego a Nacha, que era quién estaba a su lado, el cual le sonrió beatíficamente con expresión de a quién dios se la dé, san Pedro se la bendiga, y volvió a mirar a la chica.

-No, Sara, no- su voz cambió al cabrearse -No me pidas que haga eso porque no me voy a morrear con Nacha dándole el champán en mi boca, como si fuera la mamá de Tarzán… ¡Eso no lo voy a hacer!

-¿Qué pasa?- le preguntó sorprendida –Creía que estabas a gusto y bien.

Sus grandes ojos lucían difuminados mientras unas lagrimitas de champán escurrían por su comisura derecha… Uuuf… ¡Aquella chica resultaba sexy de cualquier manera!

-Lo siento, pero no tengo estómago para esto- se explicó él -No voy a morrearme con ningún tío, no me gusta la idea, no me atrae para nada, me da repeluco… Es posible que sea un antiguo como tú dices, o yo qué sé, pero mejor me marcho de aquí porque este no es mi sitio.

La chica le miró con profunda tristeza y le lanzó un beso de despedida. Cornelio se detuvo al salir a la calle para encender un cigarro y hacer un poco de tiempo con la vana esperanza de que ella cambiara de idea y saliera corriendo tras él, como en las películas, pero esta vez no ocurrió así. ¡Cago en la leche! Así que se marchó para casa maldiciendo su mala suerte.

 

No hay dos sin tres

No se atrevió a contarle nada de esto a Julio para que no se cachondeara de él, pero aquél encuentro le alteró bastante. Estaba nervioso, tenía que hacer esfuerzos para comer a sus horas, había tenido dos o tres roces con compañeros del trabajo cuando se había llevado siempre bien con todos, y no paraba de dar vueltas en la cama por las noches, abrazando a su querida Trudy y pidiéndole consejo para que le ayudara a decidirse entre Lidia, su chica estándar y previsible, que le ofrecía estabilidad sin sobresaltos, y Sara, que le volvía loco pero que le exigía más de la cuenta.

-¡Alegra esa cara, hombre!- le decía Julio -¡Que parece que estás alelado! ¿Qué coño te pasa?

-Si es que no pego ojo por las noches, colega, que anoche a las cinco y media encendí la luz para fumarme un cigarro porque no podía dormir… ¡Y en cuanto me duermo suena el despertador y me levanto matao!

-¡Joder, tío! ¡Si es que así no puedes seguir, que las tías te tienen sorbido el seso!- le advirtió su amigo -Tendrás que ir al médico a que te dé algo, ¿no?

-¿Algo para qué?

-Pues una caja de pañuelos para tu depresión por ejemplo… ¿Pues para qué va a ser? ¡Pues para dormir, gilipollas!... ¿Tus padres no toman nada para dormir?

-Sí, mi madre toma unas pastillas y en casa hay una caja casi entera, que la he visto en el cuarto de baño, pero es que no quiero acostumbrarme.

-¿A qué?

-A dormir con pastillas, no va a ser a ir al cuarto de baño, gilipollas- se la devolvió.

-Ah, claro, muy lógico… Prefieres acostumbrarte a no dormir antes que a tomar pastillas para dormir, ¿no?... ¡Muy buena idea, colega! ¡Mucho más práctico! ¿Y me cuentas cómo te vas a acostumbrar a eso? ¡Nadie ha conseguido acostumbrarse a no dormir! ¿No sabes que la privación del sueño es una de las torturas que se aplicaban en Guantánamo?

-Sí, algo he visto en la tele, pero…

-Pues si no te las tomas acabarás por quedarte dormido en el trabajo y te darás una hostia con la furgoneta y te pondrán en la puta calle, en el mejor de los casos, o te llevarán al talego por llevarte a alguien por delante. A mi hermano Kike se las dieron durante tres o cuatro meses cuando se mató su novia en el accidente de coche, y las dejó luego poco a poco en un mes y medio sin problema. ¿Es que estás tonto o qué?

Y como aquella noche le dieron las 3 de la mañana devanándose los sesos en compañía de Trudy, se levantó para tomarse una de esas pastillas, a ver qué tal. Se la tragó con un sorbo de leche, se volvió a acostar y soñó.

Era un luminoso día en el que paseaba por el camino que bordeaba un caudaloso río que bajaba a lo largo de un bonito valle, así que hasta ahí todo redondo, ¿no?

-¡Qué farde de sitio!- pensó -¡Qué bien se está aquí!

Era un estilo a los que salen en las películas clásicas del oeste, con su pareja de alces en la orilla opuesta bebiendo por turnos y un oso acercándose a ellos en plan disimulo, para que no faltara detalle. Y todo envuelto en laderas salpicadas de rocas entre espesos bosques que brillaban al sol… No os digo el lugar exacto porque luego se llena de gente y se echa a perder.

Y de repente apareció un vigoroso indio escondido bajo la piel del oso y de un certero flechazo acabó con la vida de un alce.

-¡Gracias, Manitú!- exclamó elevando sus brazos al cielo -¡Mi familia y yo tendremos comida para dos lunas, que no venga nadie más!

-¡Caray con la gente que hay por aquí!- pensó Cornelio en su sueño –Qué mañosos son.

Pero no sintió inquietud ni miedo, porque algo había en el ambiente que le hacía sentirse tranquilo y despreocupado, sin plantearse ni dónde estaba ni a dónde iba, que le daba igual, que él estaba allí tan contento y dispuesto a pelar la pava un rato con cualquiera que se encontrara, aunque fuera un indio disfrazado de oso, ¿qué más dará si todo es efímero?

De repente, al doblar un recodo, vio a una joven que se bañaba en un remanso frente a él. Ella estaba de espaldas y no advirtió su presencia, y él permaneció observándola en silencio hasta que un pajarraco traidor delató su presencia echando a volar y soltando graznidos. La chica se dio la vuelta y se le quedó mirando muy seria, con una empapada camisola blanca que destacaba sus contundentes y rotundas formas como único atuendo.

-¡Diooos!- pensó Cornelio -¡Pero qué buena está esta tía! ¡Si es una preciosidad! ¿De dónde habrá salido este ejemplar?

La escaneó desde cabeza a los pies y concluyó que aquello no tenía desperdicio, y yo os digo en su descarga que aquella chica algo exagerado y se la podía calificar de bomba.

-¡Ten cuidado, un arzobispo!- exclamó ella de repente, señalando a un abejorro negro muy gordo que pasó zumbando junto a él.

-¿Un arzobispo?- dijo Cornelio, dando un respingo -¿Qué estás diciendo?

-Sí, hombre, sí. ¿Es que no sabes nada? Son esos abejorros grandes que pican como demonios, y pueden llegar a matarte si lo hacen en tu nuez, por donde muestran predilección y una increíble precisión… El otro día me picó uno aquí pero ya se me ha pasado- explicó la joven, subiéndose la camisola por un costado para mostrarle cuarto de culo.

A Cornelio se le quitó el hipo para los diez años siguientes.... ¡Pero qué culo tenía esa chica! ¡Sin duda era la mujer de sus sueños!

Una ola de calor africano le invadió desde el bajo vientre. Hacía esfuerzos por mostrarse educado y mirarla a la cara, pero sus admirados y desobedientes ojos se empeñaban en recorrer sin parar su maravilloso cuerpo, con lo que el calentón iba en aumento, así que puso en práctica un viejo truco que aprendió cuando le operaron de fimosis: ¡había que enfriarse los pies como fuera!

-Perdona un momento, pero me tengo que ir a refrescar en el agua del río porque creo que me está dando un golpe de calor- se excusó el chico.

-Ya lo veo, ya lo veo- apreció ella con sorna -Y te ha debido de pegar en la entrepierna, porque se te está hinchando a ojos vistas.

-¡Ahí va!... Pues no me había dado cuenta- mintió él, metiéndose en el agua de una carrerita -¡Jolín, qué fría está!

-Sí, ¿verdad? Baja directamente del glaciar de allí arriba… ¡Pero mójate el bulto para que se baje la inflamación!

-¿El bulto?... No, no, el bulto no.

-¿Por qué no? ¡El bulto es el núcleo de tu problema!- insistió ella, esbozando una pícara sonrisa.

-Te digo que no, que una vez me bañé en Portugal y el agua estaba tan fría que me quedé incapacitado durante dos semanas. Se me quedó la pirindola como un bígaro, que me la tenía que sacar con un alfiler cada vez que quería mear, que era para lo único que servía, con eso te digo todo. Con refrescarme a media pierna vale, que ya se me va pasando, ya, que esto no hay quién lo aguante.

-Y bueno, ¿se puede saber qué hacías ahí escondido acechándome como una garduña?- le increpó ella -¿Quién eres?... ¡Tendrás un nombre, digo yo!

-¿Yooo?... Ehrrr… ¿Mi nombre?... Sí, me llamo Cor… ¡Corni!... Todos me llaman así- contestó saliendo del agua.

-¿Corcorni? ¡Qué nombre tan raro! ¿Seguro que es ese? Suena como si fuera algún pienso para gallinas… ¡Corcorni, qué gracioso!...

Los ojos del chico dieron por terminada su aventurilla y se fijaron obedientes sobre su bonita cara, como para quejarse de algo.

-No, no- le aclaró -No me llamo Corcorni. Es solo Corni.

-¿Solocorni?... ¡Pues más raro aún!... Parece el de un animal legendario, como un unicornio o algo así- la chica le sonrió con curiosidad -¿Acaso vienes de algún lugar exótico, Solocorni?... ¿vienes de Barakaldo quizás?

Cornelio la miraba atónito, pues no se podía creer que aquella maravilla de mujer surgida de las aguas, tan mojadita y tan preciosa, mostrara ese interés por su persona y le diera carrete de aquella manera… ¡Julio no se lo creería nunca!

-Bueno, Solocorni, pues cuéntame cosas interesantes, por ejemplo, ¿tú crees que los nombres marcan a las personas que los llevan?... Me refiero a eso de que los Federicos suelen ser finolis, los Jaimes deportistas, los Albertos elegantes, y los Abundios… Bueno, a los Abundios mejor dejarles tranquilos que bastante tienen llevando su cruz... Lo digo porque tú tienes un nombre bastante rarito y tampoco pareces ser muy normal, ¿no? Lo digo por lo de la garduña... ¿Qué es lo que te pasa?

-¿A mííí?... Nada. No me pasa nada- contestó, queriendo aparentar firmeza –Pero antes te decía que mi nombre es Corni, Corni nada más, pero no me entendiste.

-¿Corni?- masculló ella enarcando las cejas –¿Pero qué clase de nombre es ese?... ¡Aaah, no me digas más!… Tú te llamas Cornelio y te avergüenza decirlo, ¿no es así? Ja, ja, ja, ja… ¡No me lo puedo creer! ¡Pobre criatura, lo que has debido sufrir, qué humor tan negro tenían tus padres! ¿Y te fugaste de casa para castigarles por lo que hicieron, no es así? Ja, ja, ja, ja…

El chico se volcó en la defensa de su nombre:

-Me llamo Cornelio Escipión, como el general romano que derrotó a Aníbal, el que cruzó lo Alpes con su ejército de elefantes y…

-¡Aaaah!... Sí, claro, perdona que no me haya dado cuenta, si eres igualito que él, ¡tú eres el gran Cornelio Escipión, claro que sí!... Ja, ja, ja, ja, ja… El que gana las batallas con sus feroces embestidas, ¿no?... ¿Quién no ha oído hablar de ti, si eres la estrella de los sanfermines?

-Bueno, tampoco te pases tanto, ¿no?- lo peor de todo era que su risa era muy contagiosa -Me llamo Cornelio y ya está. ¿Qué tiene de malo?

-Pues que te das contra las ramas si cabalgas por el bosque, por ejemplo, ja, ja, ja… perdona, que ya me pongo seria… ¿y en el colegio qué tal?... ja, ja, ja, ja- y se aproximó hacia él haciendo esfuerzos por contener la risa -¿Y qué andas buscando por aquí, general Cornelio?... ¿Qué es lo que quieres?

Aquellos ojazos verdes le achicharraban como brasas y esa boca que prometía ser la puerta del paraíso acabaron de echar abajo sus escasos restos de entereza, y nuestro héroe se descompuso por completo:

-¿De verdad quieres saberlo?- su gesto era anhelante -¿De verdad quieres saber qué es lo que quiero hacer ahora?

-No hay nada que me intrigue tanto, no me lo puedo ni imaginar y además me encantan las sorpresas- contestó ella, dedicándole una sonrisa burlona y una mirada con deje.

-¡Pues quiero tenerte!- explotó él -¡No puedo pensar en otra cosa!... ¡Quiero follarte ahora mismo!... Me muero de ganas de hacerlo, ¿te quedó claro así?

-¿Y a qué es lo que esperas?- le abrió los brazos de par en par -¡Ven a por mí!

Cornelio se abalanzó como un tigre sobre la joven, pero al querer sujetarla se desvaneció entre sus manos, con lo que se desequilibró y fue a dejarse los morros contra un pedregal lleno de ortigas, tres metros delante de él.

-¡Jodeeer, qué hostia me he dado!... ¡Pero no podía ser, había pasado a través de ella como si fuera un fantasma!

Aturdido, se incorporó y se quedó sentado en el suelo frotándose su dolorida cara mientras le buscaba alguna explicación a lo sucedido.

-¡Ja, ja, ja, ja!- ella soltó otra de sus contagiosas carcajadas -¡Si vieras qué cara pones! ¡Te lo tienes muy merecido! ¡Eso te pasa por mirón!

¡Qué barbaridad, cómo escocían aquellas ortigas!

-Pues no le acabo de ver la gracia- protestó -Me he dejado media cara en las piedras y encima las ortiguitas, que pican como demonios… ¿Pero cómo lo has hecho?

-¿El qué?

-Lo de convertirte en nube cuando te iba a coger… ¿Qué va a ser si no?

-Si es que eres tonto, Cornejo, no entiendes nada de nada, eres un chico del montón. Has tenido la ocasión de conocer a la mujer de tus sueños y lo único que te interesaba era echarme un polvo, que para eso servís todos. ¿Es que no tienes ninguna otra habilidad que mostrar?

-¿Y qué tiene de malo el desearte?- protestó él, muy airado al sentirse ninguneado de esa manera –Si es que estás buenísima tía, que tú lo tienes que saber de sobra, y me has hecho descontrolar… Lo siento, no debí hacerlo, ¿pero qué esperabas que hiciera?

-¡Al menos podrías haber intentado hacerme el amor, ¿no?! Que no sé si sabes que no es exactamente lo mismo que copular, aunque aún así tampoco lo hubieras conseguido- y suspiró -Que te quede claro que nunca, nunca podrás tenerme y que se te quite la tontería de la cabeza. Espero que esta lección no se te olvide y sirva para que te comportes conmigo como una persona normal.

-¿Cómo una persona normal, dices? Tiene gracias la cosa, ¿es que acaso tú te comportas conmigo como si fueras una persona normal?

-Pues claro que sí, Cornupio, ¿acaso no sabes dónde estás?... Estás en el mundo de los sueños, merluzo, que es el mundo al que yo pertenezco. Y aquí casi todo es posible.

-¿En el mundo de los sueños, dices? ¿Estoy soñando?... Pero si dices que aquí casi todo es posible, ¿por qué no he podido abrazarte?

-¡Eso son cosas de mi padre! Él es el número uno, el mandamás de este mundo e impuso la prohibición de que ningún hombre vivo pudiera tenerme.

El chico se levantó lentamente sin dejar de frotarse los ojos y se quedó mirándola con desconcierto.

-Perdóname un momento, por favor, que este golpe me ha debido trastornar… Antes de que me aclares eso que dices que impuso tu padre, ¿me quieres decir quién eres?

-¿Que quién soy?... Ja, ja, ja, ja… ¡Qué pregunta tan boba!... ¿Acaso no ves que soy la encarnación de tus deseos y fantasías?… ¡Soy tu sueño de mujer!- le miró retadora y se plantó en jarras frente a él -¿Sí o no?

Cornelio tragó saliva.

-¡Y que lo digas!... La verdad es que no podría negártelo. Trago por ello aunque empiece con desventaja, que no soy tan tonto. Pero además de ser la mujer de mis sueños tendrás un nombre, digo yo, ¿no? ¿Cómo te llamas?

-Me llamo Maga, y soy hija de Morfeo y Afrodita, ¿te suenan?

-Claro que sí, son unos cantantes, ¿no?

La chica trilita chasqueó la lengua con disgusto y explicó:

-Te digo que me llamo Maga, y soy hija de Morfeo, el dios de los sueños, y de Afrodita, la diosa del amor, y por lo tanto yo también soy una diosa. ¿Lo entiendes así?

-Pfff… Joder, Maga, dame un respiro, ¡no hablas en serio!... ¿Me estás diciendo que eres una diosa de las de verdad, de las que tienen poderes y lanzan rayos y nunca se mueren y todo eso?

-¿Es que no tienes ojos en la cara? ¿Tú crees que una mujer normal puede llegar a ser así?- le puso una posturita y parpadeó vivazmente la muy canalla –Pues lo de la trastienda es aún mejor, así que imagínate si puedes, pero te recuerdo que tendrás que conformarte con mirarme, hablarme y acompañarme, que no olvides que ni tú ni nadie podrá poseerme.

-Perdona, Maga, pero me cuesta entender lo que dices… ¿Y qué haces aquí tu sola?

-Bueno, me gusta mucho estar aquí, donde todos mis sentidos me transmiten sensaciones placenteras y me siento bastante feliz. Eso es un buen principio. Y disfruto de los fugaces encuentros con los excursionistas que venís de vez en cuando por aquí.

-O sea, que tú vienes aquí a pasar la tarde viendo excursionistas como quien sale al cine, ¿no?, a ver qué es lo que ponen- Cornelio la miró extrañado –Yo creía que las diosas os interesabais por otras cuestiones más elevadas.

Ella se encogió de hombros y le dedicó una luminosa sonrisa.

-Sabiendo que estamos en el mundo de los sueños y que nuestra relación se acabará en cuanto despiertes, y que no podemos hacer lo que tú ya sabes, será muy bienvenido algún plan mejor, querubín.

Cornelio la miró en silencio, boca de rana y labios prietos, y ella prosiguió como si tal cosa:

-Pero he de confesarte que a los muy pimpollos os rehúyo habitualmente porque os encuentro muy chulitos y con poca chicha… ¡Yo quiero!... ¡Yo quiero!... ¡Yo quiero!... Siempre estáis con lo mismo en la cabeza, parecéis niños de teta, que no maduráis ni a tiros- terminó con gesto de hastío.

-¿Qué dices, que parecemos niños de teta? ¡Ya quisiera yo en estos momentos!... Pero se ve que hoy no es mi día, qué mala suerte he tenido- se lamentó.

-Y mi padre se deja caer por aquí para llevarme alguna tarde de tiendas al Olimpo, pero no me relaciono de forma estable con nadie más que con él. Ya te dije que mis relaciones son muy fugaces.

-Pero eso es un poco triste, ¿no?- el chico quería ayudar pero sentía que pisaba un terreno muy pantanoso -¿Y por qué no te vas a otro lugar y cambias de forma de vida?

-Eso no está en mi mano, querido Cornetas. Ya te he dicho que soy una diosa, y nací en el Olimpo, sin que ninguna imposición pesara sobre mí y donde fui muy feliz durante mis primeros años de vida, en los que todos los chicos que conocía se volvían locos por mí, y me decían que yo era la chica de sus sueños, y donde tuve mis primeras experiencias con ellos, y como yo, que yo tengo un carácter bastante fogoso, no sé si sabes, a pocos fueron a los que les hice ascos… ¡Uuuf!... ¡Tú no sabes cómo son los chicos del Olimpo, tendrías que verlos!

-¡Vaya!... Pues debiste hacerte muy popular, ¿no?… ¿Y tus padres que opinaban de aquello?, por preguntar algo- acertó a decir.

-Pues mira tú, el caso es que mi madre lo llevaba muy bien, con mucha alegría, que ella es de mente muy abierta y se sentía muy orgullosa de mí. Y como mi padre no se enteraba de nada porque siempre andaba enredando en los sueños de los mortales, pues todo fue muy bien durante algún tiempo, pero mi felicidad terminó el día en el que mi tío Zeus, insaciable mujeriego, se fijó en mí y se empeñó en hacerme suya utilizando todas las triquiñuelas imaginables para conseguirlo, pero yo me resistí como una roca a pesar de su indudable atractivo.

-Te resististe por ser tu tío, ¿no? Que no te parecía bien hacértelo con él siendo tu tío, vaya.

-Oh, no, qué tontería- negó ella -para mí la familia es lo primero y siempre que haga falta acudiré en su auxilio para aliviarle. ¡Si tengo muchos primos que son encantadores! El motivo de mi repulsión era que él siempre llevaba muy descuidadas las uñas de los pies, largas, negras y afiladas como las garras de un tejón, y aquella visión se me presentaba cada vez que él se acercaba y me producía un rechazo invencible. ¿Tú podrías hacer el amor con una persona así? ¡Qué asco! ¡Si me va a tiznar las piernas! ¡Yo soy una diosa y no hago el amor con cerdos!

-Eso está bien- el chico repasaba mentalmente el estado de las uñas de sus pies -¿Y al final lo consiguió?

-¿Asearse las uñas? ¡Qué va, siempre tenía alguna excusa para no hacerlo!

-Hacerte suya, quiero decir.

-¡Ah! Pues estuvo a punto de conseguirlo, porque una tarde el muy ladino adquirió la forma de un cervatillo herido y se plantó en un claro del bosque, pero cuando le vi y me acerqué para socorrerlo recuperó su aspecto real y me cogió por el culo y me apretujó contra sus partes, y cuando yo ya estaba a punto de ceder ante su empuje fuimos sorprendidos por mi padre, el cual montó en cólera, me liberó de sus fuertes brazos con un ensalmo y me trasladó hasta su reino, en el que estamos ahora, para ponerme a salvo de las añagazas de Zeus. Y desde entonces mi padre y mi tío se llevan muy mal, y es por eso por lo que Zeus suelta sus rayos y truenos a poder ser durante la noche, para interrumpir el sueño de los mortales evitando así que mi padre pueda jugar con ellos.

-¿Pero qué dices, Maga?... ¡Lo estoy flipando!- se rascaba los mofletes con saña -¡Joder con las putas ortigas estas, que todavía siguen picando!

-Y por eso me he visto obligada a vivir los últimos tres mil años bajo un régimen de castidad forzada del que no puedo escapar, que este mundo se rige bajo las leyes de mi padre. Pero que sepas que en ningún caso fue mi elección, mi querido Cornualles.

-Cornejo, Cornetas, Cornualles… ¿Quieres llamarme por mi nombre de una vez y dejar de ponerme motes?... Cor-ne-lio… ¡Me llamo Cornelio!

-¡Así me gusta! ¡Que te sientas orgulloso de tu nombre y lo proclames a los cuatro vientos! ¡Bien hecho, Cornetes!

Ella le miraba conteniendo la risa, y aquella imagen le trastocaba y le provocaba invalidez. No podía evitarlo.

-Ti ti ri ti… Ti ti ri ti… Ti ti ri ti tí…- el volumen de su móvil se incrementaba cada vez más.

-Ven a verme si quieres verme cuando vuelvas a soñar –la voz y la imagen de Maga se desvanecieron en un fundido a negro.

-TI TI RI TI… TI TI RI TI… TI TI RI TI TÍ…

-¡Joder!... ¿Quién coño llamaría a esas horas?- el chico se incorporó sobresaltado en su cama, y resacoso por el efecto de la pastilla, atendió al teléfono.

 

¡Feliz San Valentín!

-¡Hola, cari! ¡Feliz san Valentín!- la aguda y entusiasta voz de Lidia le chirrió los tímpanos –Qué bueno que caiga en sábado, ¿verdad?... Hacemos lo que dijimos y me paso a buscarte en 20 minutos, que te quiero dar tu regalo, y que sepas que estoy deseando ver el mío…

-Gggh…

-No te habrás olvidado de que quedamos en ir a comer a casa de mis padres, ¿verdad?... ¡Ay, qué susto me has dado! ¡Tengo unas ganas de que les conozcas! Mi padre te va a caer genial, ya lo verás.

-¡Hostias!- pensó -¿Qué hora era?... La una menos cuarto… ¡Se había quedado dormido y había olvidado comprar un regalo para Lidia! ¡Qué cagada! ¡Tenía que bajar a toda leche a la floristería a por un ramo de algo!

-¿Corni?... ¿Estás ahí?... ¿Te encuentras bien, cari?

El chico aún conservaba muy vívido el recuerdo de su sueño y estaba desconcertado.

-Bien, bien, muy bien, pero dame diez minutos más que tengo que acabar de limpiar la casa, no sea que vengan mis padres, ¿vale?

Y seguía sintiendo un intenso picor en la cara y en las manos, pero aquello no podía ser, era imposible.

-¿Pero por qué leches me pican entonces?- se preguntó -¡Si solo fue un sueño!

Afeitado y ducha exprés, y cuando abrió la puerta para bajar a la calle se dio de bruces con Lidia.

-¡Ay, cari, perdóname pero no he podido esperar más! ¡Felicidades, cariño, te quiero mucho!- le dijo abrazándole y propinándole un efusivo beso –Aquí tienes tu regalo, a ver si te gusta, que lo encargué con mucha ilusión para ti…

Se deshizo del papelorio de la cajita que le entregaba y la abrió. Dentro había un colgante en forma de corazón con una inscripción que decía: Lidia y Corni / San Valentín 2016.

-Glup- ya sé que esto no es propio de un escritor de recursos, pero el ruido que hizo sonó así.

-¿Te gusta, cari? ¡Es nuestro primer san Valentín!

-¡Me encanta, me encanta, claro que sí!- sudor frío en la frente -¡Es muy bonito!... ¡Muchas gracias, cariño, qué puntazo! ¿Cómo no me va a gustar? Lidia y Corni, tú y yo, claro que sí.

-Te lo pregunto porque te has puesto muy pálido al verlo… ¿Te encuentras mal?

-No, no… Estoy bien, muy bien, es que me he emocionado al verlo, porque no me esperaba algo así… ¿No crees que vamos muy rápido?

-¿Muy rápido?... ¿Qué quieres decir?... ¿Acaso no somos novios?... ¿Es que ya no me quieres?

-¿Yooo?... Sí, claro que te quiero, te quiero mucho, más que a nadie.

-Pues entonces déjate de tonterías y no me hagas sufrir con mis dudas, que ya sabes que soy muy sensible… ¿Y mi regalo?... ¿Dónde lo tienes?... Me dijiste que me ibas a comprar algo y me muero de impaciencia por verlo.

-Sí, sí, claro que sí, claro que lo he hecho- se tiró de cabeza a la piscina -Y espero que te guste mucho, ¡muchísimo! Ahora mismo iba a bajar a la floristería a por él, que he querido que se mantuvieran bien frescas hasta el último momento.

Lidia era muy buena chica pero no era tonta del todo, y le acompañó hasta la calle con la mosca detrás de la oreja.

-Zzzh…- decía la mosca.

-Buenos días, venía a por el ramo que le encargué- le saludó Cornelio al floristero guiñándole un ojo al entrar –El de las rosas rojas, ¿se acuerda?

El anciano vendedor echó las orejas hacia atrás adquiriendo una expresión zorruna, y le contestó:

-¿Tu ramo?... Ah, sí, muchacho, claro que sí. Aún no me dio tiempo a terminártelo pero tardaré dos minutos en hacerlo. Hoy no me han dejado parar en toda la mañana, ¡siendo un día tan señalado! Pero así estará más reciente y verás qué bonito queda...

-No importa, señor, no tenemos prisa- el chico sonrió aliviado a su cómplice –Es usted muy amable, muchas gracias.

El cánido se zambulló un momento en la trastienda y emergió sonriente portando un espléndido ramo de rosas.

-Aquí lo tienes- se lo entregó -¿Qué te parece? Una docena de bellísimas rosas belgas, de primerísima calidad, tal como encargaste, ¡es un ramo magnífico!

Cornelio asintió preocupado por el palo que veía venir.

-Permítame, señorita, aprecie usted su aroma y sus tonalidades- añadió acercándoselo a Lidia, y ella asintió mirándolo complacida.

-Aunque si son para esta señorita, hay que decir que bien se lo merece.

-Muchas gracias- le sonrió, sonrojada.

-Así que su precio son 120 euros, como te dije, que ya sabes que lo exclusivo siempre sale caro.

-¿120 euros? ¡Pero si en el escaparate se anuncian a 60!

-Pues claro, muchacho. Ya te dije que 60 euros era el precio de las rosas normales, de las del montó, pero luego te hablé de estas, que cuestan el doble pero que no tienen comparación, y tú me hablaste de lo guapa que era tu chica y que se merecía lo mejor … ¿No fue así?

Cornelio asintió con la boca abierta.

-Pero si no las quieres no pasa nada- continuó él -que me lo quedo y tan amigos, que hoy las vendo seguro y por más… No me digáis que no son hermosas, fijaros que pétalos tan delicados.

Y acerco aún más el ramo a la cara de Lidia.

-¡Ay, cari, cuánto te quiero!- suspiró ella, mirándole tiernamente -¡Qué detalles tan bonitos tienes conmigo!

-Con su correspondiente IVA, claro está- el floristero, crecido, incrementó su castigo.

Cornelio se hizo daño en la lengua de tanto mordérsela y le entregó su tarjeta preocupado por el agujero que eso suponía en su cuenta.

–¡Y mira que llegué a pensar que te habías olvidado de mi regalo y que te estabas cansando de mí!- ella le agarró de ambos brazos y le miró muy melosa -¿Podrás perdonarme algún día?

Y él y permaneció gris y taciturno durante el trayecto hasta la casa de la chica.

-¡Pero cojones! ¿Cómo era posible que aquellas ortigas siguieran picando de esa manera?

 

Don Leoncio Pedernales

Así se llamaba el padre de Lidia, un fornido y exaltado coronel de paracaidistas, y en doña Concha, su madre, su oronda cintura y sus peludas pantorrillas delataban la desgana nacida de los treinta años de convivencia con aquella apisonadora.

A Cornelio le sorprendió que sirvieran gazpacho de primero siendo el catorce de febrero.

-Al enemigo hay que vencerle con sus propias armas, para humillarle- don Leoncio le explicó su maquiavélico plan –Y si el invierno viene con frío que no se espere encontrar aquí el calor que anda buscando, que en esta casa solo le daremos más de lo mismo: un gazpacho bien fresquito. Le daremos de su propia medicina y así se irá a buscar calor a otro sitio.

-Pues visto así…

Cornelio le miraba extrañado sin poder entender la lógica de aquél razonamiento mientras engullía tropezones de cebolla, tomate y pimiento verde.

-En la guerra siempre hay que utilizar la táctica de la tierra quemada, como hicieron los rusos cuando les invadieron Napoleón y Hitler, y no encontraron más que brasas y cenizas en su avance. Es un recurso terrible pero infalible, y mira cómo los rojos siempre se llevaron el gato al agua.

-El único comunista bueno era el tío Jesús, que en paz descanse- doña Concha se dirigió a Cornelio lanzando un suspiro –Fíjate si sería bueno que murió de un infarto de nuestro cardio, porque él siempre compartía todo con los demás, pero le tocó a él.

Aquella sentida confidencia desconcertó al chico y no supo qué responder, pero viendo que había calamares de segundo aprovechó para expresar algo amable:

-¡Qué bien! ¡Calamares en su tinta, me encantan!

-Muchas gracias, muchacho, pero no me llames de usted- le contestó ella –Se trata de nuestra tinta, que yo también soy generosa y me gusta compartir, como al tío Jesús.

Cornelio la miró atónito. Aquella mujer no dejaba de decir gilipolleces y le tenía perplejo.

-¡Joder dónde me he metido!- pensó -¡Esto es una casa de locos!

Y una vez cogido impulso, el coronel le machacó con los relatos de sus múltiples hazañas en Afganistán. Y cuando Cornelio suspiró aliviado pensando en que aquello llegaba a su fin, empalmó sin paradas intermedias con que los jóvenes de ahora eran todos unos maricones y que la única solución era volver a las buenas costumbres de antaño, porque iban por muy mal camino. Y que si ellos por sí mismos no eran capaces de hacerlo, era deber de sus padres el inculcárselo, que la letra con sangre entra, y que también deberían castigar a los padres que no cumplieran con su obligación. Disciplina, disciplina, que todo aquello se resolvía aplicando disciplina. Su discurso se iba exaltando cada vez más y terminó pidiendo trabajos forzados para padres e hijos, porque nada de mantenerlos en sus celdas con la sopa boba, ¡qué se habían creído! Que el bienestar actual de las cárceles españolas era un reclamo para la delincuencia y aquello no podía ser.

Y de repente, el coronel se levantó de un respingo y se aproximó al televisor para subir el volumen y prestar su atención a una noticia sobre un atentado en Kabul.

Doña Concha aprovechó la ocasión y le susurró a Cornelio al oído:

-No te preocupes. Existe una manera de apaciguarlo y volverle manso como un corderito.

-¿Sííí? ¿Cuál es?- quiso saber el chico.

-Llamarle Bernardo. Si le das una orden llamándole Bernardo la cumple de inmediato, pero tienes que acordarte de decir siempre Bernardo al final de la frase.

-¿Me está tomando el pelo? ¿Y eso por qué?

-Dicen que es así como se iba a llamar su hermano gemelo, al que Leoncio estranguló con su cordón umbilical durante el parto para que no le obstaculizara la salida, pero los forenses concluyeron que no había pruebas suficientes para encausarlo y la cosa quedó en nada. Yo no sabría decirte.

Cornelio la miró horrorizado.

-Tú prueba a hacerlo y verás- insistió ella -¡Si en realidad es un bendito, si es un trozo de pan!

Y Lidia y estaba ocupada cambiando los platos, así que no podía esperar ninguna ayuda de ella.

-Venga usted aquí, Bernardo- probó a decir en tono inseguro.

Y para su sorpresa el coronel se sumió en un aparente estado de narcolepsia y acató la orden de inmediato, quedándose finalmente parado frente a él, así que se envalentonó:

-Bernardo, siéntate y come.

El coronel no se inmutó.

-¡Tienes que decirle Bernardo al final!- le susurró doña Concha.

-Siéntate y come, Bernardo.

Y don Leoncio tomó asiento y se puso a engullir calamares como si tal cosa, mientras que Lidia traía otro cestito de pan de la cocina sin enterarse de nada y doña Concha le soltaba un poquito el codo y le hacía un guiño cómplice.

-¿Lo ves?- parecía decirle.

El chico miraba a Lidia en busca de algún apoyo, pero ella había centrado la atención en Saber y Ganar y no atendía a razones, así que ¿qué hacer? Y de repente le vino a la cabeza la deslumbrante imagen de Maga... ¡Qué cabrón era el Morfeo ese de los cojones! ¡Qué castigo tan cruel le había impuesto a la su hija!

Y fue don Leoncio el que rompió el impasse y al terminar con la hogaza con la que había rebañado el plato y de atizarse un par de lingotazos de vino para aclararse la voz, continuó con su arenga con renovados ímpetus:

-¡Y a los homosexuales habría que fusilarlos a todos porque son los acólitos de satanás!... Diga lo que diga el papa. ¡Que el papa de ahora ni es papa ni es nada!

-Perdone, Morfeo- en un cruce de cables llamó así al coronel –Pero yo creo que el papa de ahora es mucho mejor que los que había antes…

-¿Morfeo? ¿Por qué me llamas Morfeo si me llamo Leoncio, niñato?... ¿Es que acaso te aburro y te doy sueño?- el hombre se desternilló de su propia ocurrencia.

-No, no, todo lo contrario- nuestro héroe recurrió una vez más a contar la primera trola que pasara por su mente para salir del embrollo –El nombre me vino a la cabeza porque así se llamaba uno que sale en una película que era el líder de la resistencia de los hombres contra las máquinas, y me recuerda mucho a usted.

-¿Ah, sí, eh?... ¿Así que te recuerdo al líder de la resistencia de los hombres contra las máquinas? ¿Y se puede saber por qué?... Pero si yo soy una máquina, ¿has visto qué bíceps tengo, muchacho?- y se volvió a reír sacando bola -¿Y quién era ese actor? ¿Quién interpretaba al Morfeo ese que dices?

-Eeerh… Samuel L. Jackson, señor… ¿Sabe usted quién es?

-Sí, sí, claro que sí. ¿Te crees que soy un paleto o qué?... Se trata de ese negro grandote, con ojos de pulpo, que salía en la película de Pulfisión, ¿no?... Ya, ya… ¿Y en qué me encuentras parecido con él?

Lidia intuyó algún peligro en la pregunta trampa y miró sobresaltada a Cornelio, pero el chico evitó su mirada y continuó con su huída hacia adelante.

-Pues es en lo figurado, señor… Ese actor siempre hace de personajes con un carácter muy fuerte, ¿no?... El asesino de Pulp Fiction, o de caballero de la Guerra de las Galaxias, o de Morfeo liderando a la resistencia… Y es en ese aspecto en el que me recuerda a usted, que se le nota que es un hombre con mucha experiencia y muy seguro de sí mismo, que siempre sabe controlar las situaciones.

Lidia suspiró aliviada ante la salida y el militar dirigió a Cornelio una mirada inquisitiva.

-Eres muy original en tus juicios, muchacho. Y eso te convierte en elemento potencialmente peligroso en lo que respecta a mi hija, tú ya me entiendes- era evidente que sospechaba que el chico se estaba quedando con él –Así que tendré que vigilarte de cerca.

-Perdone, Leoncio, pero creo que me he perdido… No sé de qué me está hablando ahora…

-Ah, no, ¿eh? Pues te lo voy a dejar muy claro, muchacho, que de sobra sé que a tu edad no sois más que unos subalternos del pene, que él es quién manda y siempre os dirigís a donde él os indique.

-¿Subalterno del pene le había llamado?- Cornelio se pellizcó para asegurarse de que no se trataba de otro sueño más, pero esta vez no.

-Y que sepas que a mí no me engañas y que te he calado en cuanto te he visto, que no eres el primer guapito con cara de no haber roto un plato que se me ha cruzado en el camino y sé que tus intenciones son sucias y lo que buscas es beneficiártela, lo mismo que todos. Pero más vale que respetes a mi hija o tendrás que vértelas conmigo cara a cara, que ella es mi tesoro y yo la defenderé con mi vida, ¿te quedó claro?

Cornelio le miró acojonado y se atragantó, tras lo que le dio un golpe de tos.

-Por favor, Leoncio, que el chico es nuestro invitado y se nos va a sofocar- doña Concha intercedió a su favor –No le hagas caso, Cornelio, que siempre que bebe un poquito de más le da por hablar de estas cosas, pero ya te he dicho que es un trozo de pan.

-Y si te la tienes que cascar, pues te la cascas- el militar continuó con su desfile -que no se sufre tanto al hacerlo. Pero no olvides nunca que lo que le hagas a mi hija será como si me lo hicieras a mí, así que no vayas a venir a joderme, ¿estamos? Y que sepas que te va la vida en ello.

Y alzó sus puños en actitud gorilesca frente al despavorido joven.

-Por favor, papá- dijo Lidia al fin –Que Cornelio aún no te conoce y se va a llevar una impresión falsa de ti, que se cree que hablas en serio. Dile que te cae bien, anda... Hazlo por mí, que es mi novio…

-No te asustes, tesoro, que no pasa nada- su padre cambió bruscamente de actitud y exhibió una amplia sonrisa ante el chico -Si hablando entre hombres siempre nos acabamos entendiendo y verás cómo Cornelio y yo llegamos a ser buenos amigos… ¿Verdad que sí, chaval?

Le soltó un palmetazo en la espalda.

-Desde luego que sí, señor- asintió él sin entusiasmo.

-Y por cierto, ¿cómo vas a querer que te llamemos en público? No querrás que lo hagamos por tu verdadero nombre, ¿no? Je, je, je, je…

-¡Me llamo Cornelio Escipión, como el general romano que derrotó a Aníbal cuando cruzaba los Alpes con sus elefantes!- explotó Cornelio -¿Qué tiene de malo ese nombre?

-Ja, ja, ja, ja… Nada, muchacho, nada… Ja, ja, ja, ja… Pero tú dirígete por ese nombre a un desconocido en cualquier sitio y verás cómo enseguida te ofrecen una manita de hostias, ja, ja, ja, ja… No tiene nada de malo, muchacho, no pierdas los nervios… Oye, ¿tú te bebes el agua de los espárragos?

La pregunta mosqueó a Cornelio, que se temía una celada.

-Eeerh… Pues… Alguna vez he le echado un traguito a la lata cuando venía fría de la nevera, pero tampoco me atrae especialmente. ¿Por qué lo dice?

-Porque deberías hacerlo, porque he oído que es buenísima para los pólipos nefríticos porque que depura todo el organismo, y que es muy recomendable que la bebamos… ¿Lo harás tú a partir de ahora? ¡No quiero tener nietos enclenques!

-Yo… Glup… Yo haré lo que pueda, señor- concedió el chico –Intentaré recordarlo.

-Yo la tomo a diario y mira cómo me encuentro- le sacudió un segundo palmetazo para que comprobara su vigor -¡Auténtico acero sueco!... Así que tú hazme caso y verás qué bien nos llevamos.

Cornelio lo flipaba.

-Y por cierto, muchacho, ¿te gustaría ver mi colección de armas de coronel de paracaidistas?... Tengo algunas con una potencia de fuego capaz de hacer unos destrozos impresionantes, ya lo verás. ¡Verdaderas armas de carnicero!

Cornelio, totalmente desbordado, no pudo rechazar su invitación.

-¿Te ha caído bien mi padre?- quiso saber Lidia al despedirse en el portal –Al principio ha estado un poco brusco, pero al final os habéis hecho amigos, ¿no? ¿A que es muy enrollado y se puede hablar con él de cualquier cosa?...

-¡Uuuf!... Pues verás, Lidia, no sé cómo decirte, pero desde luego que resulta impactante y aún estoy aturdido por el encuentro…

-¿Y de verdad que te recuerda a Samuel L. Jackson?- quiso saber ella -¿Por qué le dijiste eso?

-Por nada, por nada. La verdad es que ayer estuve leyendo un artículo sobre mitología y me vino Morfeo a la cabeza… Morfeo y sus problemas con Zeus, ya sabes…

-¿Morfeo y Zeus?... No sabía que te interesara la mitología… ¡Eres una caja de sorpresas, cari!

El oportuno estampido de un trueno cortó la conversación anunciando la llegada de un buen chaparrón.

-Pues ahí tienes al tío Zeus soltando rayos y truenos en su horario habitual de noche… ¡Hasta mañana, cariño, que voy a llegar empapado! ¡Qué oscuro se ha puesto!

-¡Hasta mañana, cari, te quiero! ¡Y cada día más! ¡Corre y no te mojes mucho!

Cornelio corría como una liebre bajo el aguacero intentando recuperarse de aquella traumática velada cuando la imagen de Maga volvió a ocupar su cabeza.

-¡Qué historia tan fantástica la de aquella chica!- pensaba mientras corría entre los puestos de la feria instalada en el parque que había frente a su casa dando saltos de aquí para allá para evitar los numerosos charcos –Y qué bien se acordaba de todo, qué raro era, pero todo había sido un sueño, ¿no?... ¡Hostias que me resbalo y casi me caigo al charco!

Zeus tuvo el detalle de iluminarle con un par de relámpagos hasta que llegó al final.

-Pero entonces- se preguntaba ya en el portal -¿de dónde venía aquel picor que aún persistía a pesar de la ducha de agua fría que acababa de recibir?... Qué putada que le hubieran despertado cuando aún quería saber tantas cosas de ella… ¡Maldito teléfono, maldito san Valentín y maldita Lidia! ¡Y maldito mil veces el psicópata de su padre! ¡Y sobre todo ya podían haberle prestado un paraguas los muy jodíos viendo lo negra que se había puesto la tarde!

Nada más entrar en casa le sonó el móvil. Era Julio, que se había fumado un petardo y le llamaba para meterse un rato con él:

-¿Qué pasa, tronco?... ¿Cómo ha ido todo, sobreviviste al coronel? ¡Vaya encerrona, colega!... Desembucha y cuéntamelo todo, anda, que me voy a descojonar…

-¡Pufff!... Pues lo peor, tío, lo peor. No te lo puedes imaginar… Pero no me hagas hablar de eso ahora que vengo flipado de allí… ¡Qué tarde he pasado!

-Mmmh… Intuyo que mis temores eran fundados y que ya has sido incorporado a la secta, digo a tu nueva familia, ¿no?… Ja, ja, ja, ja… Pues la cagaste, machote, porque eso es como la mafia y de ahí sólo se sale con los pies por delante… Ja, ja, ja, ja…

-¡No jodas, tío! Que te digo que lo he pasado fatal, que menuda jaula de grillos, que están todos locos, mañana te cuento…

-Ja, ja, ja, ja… O sea, que te ceñiste al guión, ¿no?, ¡qué torero!... ¿Y para cuándo es la próxima, dices?... Porque seguro que has pringado y que te has comprometido ya para la siguiente, ja, ja, ja, ja, mira que te avisé de que no lo hicieras…

-Que no colega, que no, que me defendí como un tigre- nuestro héroe, seriamente avergonzado, ocultó que había prometido volver el día 30 para celebrar el cumpleaños de doña Concha con una merendola de cine, tal como le dijeron -Pero te quería contar ahora que te encuentro iluminado que anoche tuve un sueño acojonante con una tía…

-¿Te corriste?- le interrumpió Julio.

-¡No, no, qué va!... No iba de eso exactamente, aunque bueno, también algo sí.

-Pues déjate de gilipolleces, que si no te corriste no sería tan bueno.

-¡Joder, Julio, que te estoy hablando en serio!... Era una tía fuera de lo normal, que no has visto algo así en ningún sitio, y bueno de hecho ella decía que era una diosa y yo juraría que lo es, pero anda, ya te lo contaré otro día que solo fue un sueño.

-¡Oooh!... ¡Qué romántico!... ¡Así que la conociste en un sueño, como en la bella durmiente!- se burló con saña su amigo –Pues ahora sí que me preocupas, colega. A ti te han dado alguna droga los de la secta esa y te han quitado un trozo de sesos, ja, ja, ja, ja...

-Anda, Julio, que no me jodas más ahora y que te vayas a dar por culo un rato por ahí. Que seguro que tú te has fumado un peta y tienes ganas de risas pero yo estoy chorreando y de mala hostia, así que no tengo ganas de rollo… Mañana nos vemos, adiós, adiós.

Pero cuando se puso ropa seca y se pudo tranquilizar un poco una idea empezó a darle vueltas en la cabeza:

-¿Sería posible reenganchar con un sueño? ¿Volver a él en algún momento de su transcurso?

Él había tenido algún sueño repetido, como todo el mundo, y pudiera ser que en alguna ocasión hubiera reenganchado con alguno, pero de haber sido así habría sido casualmente, sin intención, así que no sabía si podría hacerlo.

-¿Será posible hacerlo?- se preguntaba -¿Podría volver a verla y saber más cosas de ella?

Nunca había recordado un sueño con tantísima nitidez, exactamente igual que si lo hubiera vivido.

 

-♪Sólo es un sueño, inalcanzable, ya lo sé♫- la aguda voz de Camela atronó a través de la megafonía de la feria -♪Y es que no puedo, vivir mi vida junto a él♫

 

-¡Vaya por dios, qué inoportunos!- refunfuñó.

Al día siguiente era domingo y libraba, así que no se lo pensó dos veces. Se tomó dos pastillas para dormir a pierna suelta aquella noche y se sentó un momento frente a la tele para ver los goles del fútbol antes de irse a dormir en busca de Maga.

 

El incendio

En la tele estaban dando las noticias:

-Un pavoroso incendio se ha declarado hoy en el supermercado Roñas de Madrid- decía el locutor, mostrando las imágenes de un edificio ardiendo como una tea.

-¡Hostias, pero si es mi curro!- palideció -¡Y yo aquí sin enterarme de nada!... ¿Qué es lo que ha pasado?...

-… y vamos a oír en directo las declaraciones del señor Olivares, ejemplar supervisor del establecimiento, que ha participado en la lucha contra el fuego en primera línea de combate…

-¡No me jodas, Olivares!... ¡A ver qué va a decir el cabrón este!

La tiznada y sudorosa cara de Ernesto Olivares se apoderó de la pantalla y su mirada cargada de odio se clavó sobre Cornelio.

-Quiero mostrar públicamente mi agradecimiento al Cuerpo de Bomberos y a casi todos los empleados del centro, ya que gracias a su valor, colaboración y entrega, hemos podido evitar daños personales, que dada la gran afluencia de público que se encontraba a esa hora en el establecimiento fue nuestro principal objetivo.

-Perdone- interrumpió el locutor -¿Pero por qué dice que quiere dar las gracias a casi todos los empleados del centro? ¿Es que ha habido alguna excepción?

Cornelio sintió un escalofrío y temió lo peor.

-Efectivamente, así es- Olivares gesticulaba como si quisiera salir de la pantalla y abalanzarse sobre él sin dejar de mirarle a los ojos –Es sabido que en todos los rebaños siempre hay una oveja negra, y nosotros, desgraciadamente no hemos sido la excepción, y ha sido nuestro empleado Cornelio Escipión Lasarte, en cuya zona de trabajo, la número 12, comenzó el fuego, ya que él no se encontraba en su puesto como era su deber, ya que se ausentó sin causa justificada. Y de haber estado allí el fuego se hubiera apagado con un extintor. Y su falta de profesionalidad avergüenza enormemente a los supermercados Roñas de Madrid y queremos pedir perdón por las molestias que les hemos causado y decirles que el individuo ya ha sido expulsado con mucho deshonor de nuestra entidad…

-¿Expulsado con mucho deshonor por no estar en su puesto de trabajo?... ¡Mentira!... ¡Eso era mentira!... ¡Si aquél martes libraba!... Lo tenía pedido desde hacía más de quince días y se lo habían dado sin ningún problema… ¡Y hasta guardaba la nota de la solicitud con el visto bueno de Olivares!...

Rescató la nota del bolsillo de su chupa, la desdobló y la miró.

¡Pero si se la había devuelto con una sonrisa diciendo que todo era ok y no la había firmado!- se le heló la sangre en las venas –El muy cabrón de Olivares había montado la de dios para salirse con la suya y conseguir que le echaran de la empresa y sustituirle por la pilingui, ¡qué hijoputa! ¿Y habría encendido él el fuego?... No, no, pensar eso era una locura… ¿Pero no era mucha casualidad que hubieran coincidido ambas cosas?... ¿Qué podía hacer?

Estaba pasando revista mentalmente a sistemas indoloros de suicidio cuando el timbre de la puerta le hizo dar un respingo.

-¿Sería Julio? ¿Quién podría ser a esa hora?

Según se iba acercando a la puerta iba escuchando con mayor claridad las voces de varias personas que conversaban al otro lado, y unos enérgicos nudillos repicaron en la madera.

-¿Quiénes serían? ¿Qué querrían?

-¡Abra sin miedo, somos la prensa!

-¿La prensa? ¿Qué prensa? ¿Qué es lo que quieren?- preguntó, entreabriendo la puerta.

Una violenta bota de seguridad hizo de cuña en la rendija y una marea humana empujó la puerta hasta abrirla de par en par. La figura de su supervisor emergió en primer plano capitaneando a una docena de fotógrafos y cámaras, con sus luces encendidas en plan verbena.

-¡Ahí lo tenéis! ¡Él es Cornelio Escipión!- bramó rodeado de flashes -¡El incendio se originó en su zona y si él hubiera estado cumpliendo con su deber se hubiera sofocado sin mayor problema! ¡Es el culpable de todo! ¡Prendedle!

-¡Granuja! ¡Sinvergüenza!- se exaltó la turba -¡Hay que lincharle ahora mismo!

-¡Traed antorchas y poner agua a hervir!- gritó Olivares como un demonio endemoniado.

-Perdone, señor Olivares, ¿pero para qué quiere que hagamos eso?- preguntó un periodista muy crítico.

-Las antorchas para prenderle, como os he dicho, y el agua hirviendo por si hay alguna parturienta por aquí, ignorante- contestó el supervisor airado -¿Es que no aprendes nada de las películas?

Y no se sabe cómo, él se hizo con un gran tridente con el que apuntaba a Cornelio.

-¡Hosti, tú!... Yo…- se armó instintivamente con un escobón a modo de lanza y se enfrentó a Olivares, apuntándole al esternón -¡Y como no te vayas de aquí ahora mismo al primero que me llevo por delante es a ti, por cabrón!

La multitud gritaba enfervorecida agitando sus antorchas y sus músculos se tensaban al máximo mientras decidía si soltar su estocada necesariamente mortal, porque como fallara al primer intento el linchamiento era claro, o esperar que su adversario obedeciera.

-¡Es todo mentira!- gritó -Yo pedí permiso, tenía vacaciones, él está mintiendo, marcharos de aquí!

Y el caso fue que todos desaparecieron por arte de magia y una alegre carcajada estalló a su lado.

-¿TÚ?- se sobresaltó al verla -¿Eres tú?... ¿Pero qué haces aquí?

-Perdona, ¿cómo dices?- fingiendo sorpresa -Creo que eso me correspondería preguntarlo a mí, ya que eres tú el que está invadiendo mi mundo, ¿o es que acaso no sabes dónde estás?

-¿Estaba soñando? ¡Vaya!- el chico se mostraba confuso, pero aliviado – Entonces ¿lo del incendio no ha sido verdad?… Uuuf…

-Bueno, eso es según cómo se mire. Lo que es mentira hoy, mañana podría ser cierto.

-Bueno, eso es verdad, porque yo nunca le he pegado a un niño, pero si un día viniera un niño cabrón que se liara a darme patadas en la espinilla y no quisiera dejar de hacerlo, sí que le soltaba un bofetón. Y la verdad de antes sería mentira.

-¡Ja!... Todo eso suena muy lógico, pero no tiene porqué ser así. Olvidas que sigues soñando y que aquí nada tiene porqué ser lógico.

-Joder, Maga, no sigas, que me estás liando, prefiero no pensarlo. ¿Pero la noticia?... La noticia del incendio no fue idea mía, y esa vino de tu cosecha, ¿no? Te la inventaste tú, ¿no es así?

-Sí- admitió ella, sin cortarse ni un pelo –Y eso te pasa por no prestar atención, así que ha sido culpa tuya.

-¿Cómo que culpa mía? ¿Ahora qué me estás contando?

-Pues que tú eres el director y el guionista de tu sueño, y podrías hacerlo como tú quisieras, pero deberás cuidar más sus pequeños detalles, porque si tu sueño tiene rendijas se te puede colar algún diablillo que pase por allí y liártela buena. Debes cuidar tus rendijas, me repite el tío Zeus, y tú ahora no lo hiciste.

-¿Que cuides de tus rendijas? ¿El tío Zeus te dice eso?- reprimió una sonrisa -¡Qué guarrillo!

-Las rendijas y el poder son los grandes motores cósmicos, muñeca, que yo sé cómo funciona el mundo- me dice siempre él.

-No sigas, Maga, no sigas, que prefiero no saber más.

-Pero si es que los tíos sois así, ¿no?, que me lo dijiste tú una vez. ¿Es que tú te crees mejor que él? El tío es un dios, pero también es un hombre.

-Pues bueno, vale, no sé- decidió cambiar de tercio -Pero el caso es que la noticia del incendio te la inventaste tú, ¿no es así?

Ella asintió risueña.

-¿Y por qué me has hecho esto? ¡Las he pasado putas!

-¡Pobrecito mío! ¡Si vieras qué caras ponías!- contestó con entusiasmo –Pero lo has hecho estupendamente, que yo te he visto desde la última fila, y eras un angustiado perfecto… ¡Si vieras qué risa dabas!... ¡Lo has hecho estupendo!

-¿Pero qué dices?... ¿Qué lo he hecho estupendo?... Pero Maga, no estaba actuando, y lo he pasado muy mal y casi me quedo en el sitio… ¿Esto te parece divertido?... ¿Y qué hubieras hecho si se me para el corazón y me hubiera quedado tieso?... Supongo que eso sería el clímax de la película y te descojonarías de la risa, ¿no?… Joder, qué humor tan raro tienes, chica, que yo no le veo la puta gracia.

A la diosa le debió de incomodar aquella manera chulesca de dirigirse a ella, porque enarcó las cejas y contestó:

-Por favor, Córner, no te pongas estupendo, que llegados al extremo de que cayeras fulminado, que estaba segura de que no te iba a pasar, le hubiera pedido ayuda al tío Zeus y ya está.

-¿Cómo?... ¿Le hubieras pedido ayuda al tío Zeus y ya está? ¿Cómo que ya está? ¿Es que acaso el tío Zeus me hubiera podido resucitar si hubiera muerto?

-Uuuy… No sabes tú los prodigios que es capaz de realizar ese viejo bribón a cambio de un par de achuchones- le guiñó un ojo con picardía y añadió -Y además, tenía que hacerlo.

-¿Cómo que tenías que hacerlo? ¿Por qué?

-Pues porque es otra ley impuesta por mi padre y hay que cumplirla.

-¿Otra ley impuesta por tu padre? ¿Cuántas leyes ha impuesto tu padre?

-¡Ah! Eso no lo sabe nadie. Las cambia siempre que quiere.

-¡Vaya por dios! ¿Y qué es lo que dice esta ley si se puede saber?

-Pues dice que aquél que quiera obtener la llave del acceso a mi persona y poder verme en sus sueños tendrá que superar con éxito una broma de mal gusto elegida con saña por el Consejo de los Dioses Olímpicos, y hoy eras tú el que llamaba a mi puerta, así que te tocó, y fueron ellos los que idearon la situación, menos mal que hoy estaban de buen humor y no fueron duros contigo, pero el caso es que yo no podía decírtelo porque eso hubiera supuesto mi desgracia y tu expulsión.

Cornelio la miraba atónito sin saber qué decir.

-Y que sepas que tu actuación les ha divertido mucho y acceden a entregarte la llave de mi mundo. Aquí la tienes- y le ofreció muy sonriente una bonita llave de plata en la palma de su mano.

Su imagen le hechizaba, no podía remediarlo, y alargó el brazo sin atreverse a tocarla.

-Así que desde hoy podrás venir a verme cuando quieras. ¿Te entrego la llave de mi mundo y te deja indiferente la noticia?- depositó la llavecita sobre la palma de su mano y la estrechó entre las suyas.

Y Cornelio encendido, claro... ¡Qué sensación transmitía esa piel!... ¡Y cómo le miraban esos ojazos verdes!... ¡Menudo cambio climático!

-¿Para mííí?… ¿En serio?... ¡Gracias, Maga! Pero, ¿cómo se usa, de qué puerta es? ¿En qué rendija la meto?, que diría el tío Zeus- soltó una risita nerviosa.

-Es muy fácil. Solamente tendrás que tenerla en tu mano y pensar en mí cuando te vayas a dormir, nada más. Y podrás verme durante un rato si es que te apetece, que yo tengo todo el tiempo del mundo y no tengo ninguna prisa, así que tú verás, darling querido, se trata de pasar el rato, ya sabes.

-Uuuf… Perdona, Maga, que vas demasiado rápido para mí, que yo no soy ningún dios y no estoy acostumbrado a estas cosas. ¿De verdad me dices que me será tan fácil venir a verte? ¿Solo tendré que dormirme pensando en ti con la llave en la mano?

-Solo con eso. Pero no la vayas a perder porque en ese caso me perderías a mí para siempre, así que estate al loro- le advirtió la diosa –Y bueno, ¿por qué tenías tantas ganas de verme, qué es lo que te cuentas?

-¿Lo que me cuento? ¿Lo que me cuento de qué?... Joder, Maga, que me tienes hecho un lío, que hace 5 minutos te hubiera matado por lo mal que me lo hiciste pasar y ahora te comería a besos porque me estás entregando la llave de tu casa… No sé qué decirte, ¿qué quieres que me cuente?

-Pues algo cotidiano para empezar, por ejemplo, ¿de qué hablas con las incautas a las que consigues follar después de hacerlo? ¿Qué más te interesa de nosotras, qué atractivos tienes para exhibir? O dicho de otra forma, ¿qué más sabes hacer con ellas?

Nuestro héroe tragó saliva y la miró en silencio. Sentía su mente como un cubo de Rubik y no sabía encajarla.

-¿Lo ves?- exclamó ella triunfante –Tu “quién calla otorga” alumbra la ausencia de otros motivos. ¿Es que solo te importa metérsela, y encima en seco, sin ofrecerlas nada de beber? Pues así conmigo empiezas mal.

-Yooo… Eeerh… Sí, perdona, claro. ¿Qué quieres tomar?

-¡Ja!... ¡Me lo imaginaba! Así que me quieres follar, ¿eh? Pues ahora que lo dices, me gustaría tomar un Martini muy seco, de vodka, no de ginebra, y mezclado, no agitado- Maga disfrutaba de la situación como si fuera una niña –Creí que no me lo preguntarías nunca.

-Joder, Maga, no seas canalla, tía, no juegues así conmigo… ¿No me puedes pedir algo más sencillito, algo así como una birra o un cubata? ¡Es lo que tomamos en mi mundo!

-¿Tú mundo? ¡De nuevo olvidas que estamos en el mío! Te crees que estás en tu casa, pero si abres la puerta y te asomas fuera verás una ciudad desconocida, o un descampado, o un mar bravío, o lo que yo te haga ver.

El chico la miró asustado y no se atrevió a comprobarlo.

-Está bien, pues tráeme un botijo si quieres, que yo me apaño con cualquier cosa. No te pongas tan digno y márcate un botellín de esos que tienes por ahí, pocholo.

Cornelio volvió con unas cervezas y se sentó a hablar más tranquilo:

-Tenía muchas ganas de verte- le dijo -He pensado mucho en ti. A decir verdad todo el tiempo.

-¿Ah, sí?- de nuevo jugaba el papel de la falsa inocencia -¿Y eso por qué?

-Yooo… Quería oír tu risa… ¡Es mágica!... Me tiene atrapado y la echo mucho de menos cuando no estás.

-¿De verdad?- rió alegremente para complacerle -¿Y es sólo por eso? ¿Seguro que no escondes ninguna carta, ladino? No es posible que seas tan puro.

Su expresión era burlona y provocativa. Mezclada, pero no agitada, como dios manda, eso sí.

Y él se empezó a poner nervioso.

-Vámonos, Maga, por favor- le pidió -Vámonos de aquí, que me estoy agobiando mucho. Que me parece que va a volver a salir el hijoputa de Olivares de la tele para darme por culo otra vez en cualquier momento.

-Pues muy bien, vale, como quieras. ¿Dónde te gustaría ir?

-¿Podemos volver al río? Me gustaría volver allí.

-¡Aaah!... Veo que vas apreciando el valor de lo sencillo... Progresas a trompicones por la senda de la sabiduría, joven aprendiz, pero creo que algo avanzamos. Tú mandas, señor director, es tu sueño, así que cambia de escenario y vayámonos al río… ¡Cierra los ojos y deséalo con fuerza!

Él hizo lo que ella dijo y en un instante volvieron a encontrarse allí.

 

Vuelta a empezar

-¡Muy bien, Crustáceo, pues ya estamos de nuevo aquí!- le dijo ella sonriente -¡Te felicito, lo conseguiste!

-¡Maga, que me llamo Cornelio y ya me tienes harto! Te voy a empezar a llamar Crustácea yo a ti a ver qué tal te sienta.

-¡Huuuy!... ¡Cómo te pones por tan poca cosa!- siguió jugando la carta de la inocencia –Perdóname, querido darling, pero Cornelio es un nombre que no acaba de cuadrar con tu carácter, ni con tu figura, ni con tu persona… Eso es, no cuadra con tu persona, no encaja.

Y acabó la frase elevando los brazos y abriendo las manos a modo de alce y el chico le dedicó una mirada asesina.

-No vuelvas siempre a lo mismo, no seas ordinaria- acertó a decir.

-¿Ordinaria yooo?- contenía la risa -¡Si soy finísima! ¿Quieres que te llame Cornelius, como si fueras un noble caballero inglés? Tú te mereces un nombre más distinguido y estoy tratando de dar con él, déjame pensar.

Cornelio optó por ignorarla con gesto de fastidio. ¡Qué nervioso le ponía esa mujer!

-¡Ponte a la sombra, bombón! ¡Qué te vas a derretir!- la templada voz de un caminante sesentón que apareció ante ellos agitando con donaire su sombrero les sorprendió -¡Y olé por las pelirrojas con garbo!

-¡Muchas gracias, señor, le haré saber a su esposa lo caballeroso que es usted- le respondió Maga con intención.

Y el frustrado tenorio desapareció acelerando el paso río arriba.

-Esto es lo peor que tiene el ser como soy… ¡Los moscones!- se excusó ella, encogiéndose de hombros –pero este al menos se ha ido prontito.

-Sí, le has dado un buen corte, pero ¿pelirrojas con garbo ha dicho?- preguntó Cornelio muy extrañado –Pero si tú eres más rubia que una cerveza… ¡Tu caballero andante veía menos que un topo!

-Ja, ja, ja, ja, ja- se rió ella alegremente –¡Veía igual de bien que tú!... Y en eso consiste mi esencia, que no te enteras de nada, que soy la mujer de tus sueños pero la de los demás también, y para ti soy rubia con ojos verdes, y para él pelirroja con ojos azules, y para el de allá castaña, o también me puede ver con una llamativa cresta azul eléctrico… Que cada uno me veis como vuestro ideal de mujer, que eso os pasa a todos. Y al final, de una manera o de otra, siempre acabáis perdiendo las formas, que os conozco bien.

Cornelio la escuchaba boqueando como un bacalao.

-Cierra la boca, niño, que se te va a llenar de moscas.

-¡Joder, Maga, qué lío!- exclamó –¡Es que tú lo pones muy difícil, y los tíos somos así, funcionamos así!... Pero oye, para el que fuera tu pareja, qué vida más inquietante iba a tener que llevar, ¿no?

-Y te confieso que por una parte me resulta muy halagador- ella le escuchó como quién oye llover -Pero por la otra me tiene bastante harta… ¿Te imaginas lo que supone llevar miles de años ahuyentando moscones y sin poder tener una relación de amistad ni cariño con nadie?

-Pobrecita, te debes encontrar muy sola, ¿no? ¿Y tu padre Morfeo no te va a cambiar nunca esa norma? ¿No le has hecho ver que con eso te castiga a ti más que a Zeus?- dijo Cornelio mostrando empatía.

-Lo he intentado muchas veces, pero no ha habido manera, ya que él sigue pensando que yo aún soy demasiado joven para tener relaciones duraderas.

-¿Demasiado joven?- preguntó sorprendido -¡Pero si me has dicho que tienes más de tres mil años!

 

-Eso para él no es nada- se encogió de hombros - aún me considera una niña.

-¡Vaya carretera!- un joven de aspecto technopunky, con chupa negra de tachuelas que lucía más leds que un árbol de navidad, apareció por el camino y se desgañitó con entusiasmo en cuanto vio a Maga.

-¿Lo dices por las curvas?- le replicó ella con brío.

-Ya la vamos a liar- pensó quien suponéis –A ver qué es lo que pasa con el menda este ahora.

-Qué va, niña, qué va… ¡Lo digo por er porvo!- exclamó con acento andaluz.

Ella le miró con disgusto y chasqueó los dedos en su dirección. Cornelio estaba a punto de intervenir cuando el technopunky comenzó a gritar dando saltitos y agarrándose sus partes.

-¡Ay, ay, ay! ¡Que me ha picao una bicha, que la he visto yo! ¡Que estaba subida a esa rama y no me di cuenta! Y me ha picao en tóa la herramienta, pero en tó el mondongo, que ya te digo yo… ¡Mírala, por ahí se va! ¡Ay, la virgen, cómo duele!

-¡Caramba, qué mala suerte has tenido!- le dijo Maga con regocijo –Lo que te ha picado ha sido una mambis atrocis, y la zona de la picadura se oscurecerá y se te caerá al suelo en veinte minutos y morirás entre horribles convulsiones en menos de una hora a menos de que alguien te haga un corte en la herida y succione el veneno,… ¡Es una lástima!

El chaval la miraba aterrorizado y tenía la cara más blanca que la de un payaso listo.

-Yo me mareo mucho al ver la sangre, así que no podré hacerlo y tendrá que ser mi amigo el que te salve- añadió, señalando a Cornelio, quién la miró estupefacto.

-¿Pero qué dices, Maga, que le tengo que succionar yo el veneno y le ha picado en la polla?- respingó indignado -¡De ninguna de las maneras! Lo siento, amigo, pero date por muerto.

-¡Vaya por dió!– se lamentó el de las luces -¿Y dise que se me se me va a caer tó ar suelo?

-Eso no lo dudes si te quedas ahí parado sin hacer nada- continuó ella muy animada – Pero es posible que tengas una oportunidad, porque a tres kilómetros monte arriba hay un bar de chicas que se llama Chapa y Pintura. Tiene luces verdes, rojas y amarillas, es inconfundible, ya lo verás. Sube corriendo y pregunta por Malalena, que es la más gordita de todas y la que maneja el cuchillo mejor que nadie, y dile que vas de mi parte, que te hará un trabajo muy fino.

-¿Malalena? ¿Sííí? ¿Le puedo decir que voy de tu parte, de la morenaza de ojos de gata?

-¡Sí, sí, dile eso que ella ya sabe quién soy!

-¡Eso, que le succione Malalena!

 

El chaval salió disparado monte arriba mientras Maga se partía de risa y Cornelio presenciaba la escena estupefacto.

-¿Ves cómo os pasa lo mismo a todos? ¡Cada uno me veis de una manera!- se dirigió al chico -Malalena es muy amiga mía y le dará su merecido a este don Juan de pacotilla, je, je, je, je.

-¡Pobre chaval!- opinó el chico -¿No te has pasado un poco con él? ¿Cómo hiciste para que le picara la serpiente?... No te rías que sé que fuiste tú.

-¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cómo no me voy a reír! ¡Ha sido mi amiga la culebra Mambalina, que se pone a tomar el sol ahí todas las mañanas! Pero su picadura solo duele y se inflamará un poco! ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Has visto qué brincos daba? ¡Si parecía un corzo!... Tendremos que pasar a ver a Malalena para que nos cuente el final, que no me lo pierdo.

 

Cornelio se tranquilizó y se empezó a reír también pensando que le estaba bien empleado por irrumpir de aquella manera mostrando tan poco respeto hacia su chica y él.

 

-Aprovechemos que ahora no hay moscones- prosiguió ella –para charlar un rato, que tengo ganas de fisgar en tu interior y comprobar si bajo tu anodina duramadre existe algo interesante y divertido que pudiera dar lugar a que lo pasáramos bien sin follar, claro está, que parece que no sirves para otra cosa.

-Hombre, tampoco es eso- protestó él, ofendido –Que yo sé hacer muchas cosas.

-¿Por ejemplo?

-Eeerh… Pues sé arreglar motos, y pescar ranas, y sé un poco de informática, y algo de música, y hago fotos chulas, y conduzco deprisa y una vez arreglé un móvil poniéndole arroz…

Ella le escrutaba a ceja levantisca y dando golpecitos con el pie en el suelo como quién espera algo más. Estaba claro que aquello le sabía a poco.

-Bueno… En cualquier caso creo que entiendo cómo te sientes- él quiso mostrarse útil y fantaseó de su experiencia –Porque yo una noche me tuve que esconder de una marsopa con mallas de leopardo que me perseguía sin tregua por la discoteca de un pueblo, y que amenazaba con subirse al coche conmigo si intentaba marcharme. Me acabó agobiando tanto que me cortó todo el rollo y me tuve que escapar por la ventana del cuarto de baño sin despedirme de nadie, así que…

-¡Farsante! No creo una sola palabra de lo que me dices- dijo ella en buen tono –Pero al menos tú tenías tu escapatoria, tu rendija, que fue la ventana del cuarto de baño, pero yo no tengo ninguna y no podré cambiar hasta que mi padre no levante su ley.

-Pfff… Lo entiendo, ¡qué putadón!, pero bueno, mientras se decide a hacerlo a mí me gustaría poder venir a verte todas las noches a pasar un rato contigo, pero no sé si a ti te gustaría que lo hiciera…

Ella le miró profundamente y le sonrió con dulzura.

-Me encanta saber cosas de ti- continuó él, pues aquella sonrisa le daba subidón –Saber quién eres y qué es lo que haces, y me lo paso muy bien contigo, y ya he aprendido que a los moscones educados les das un corte y los mandas a casa, que a los algo menos educados nos tiras a los pedruscos plagados de ortigas, y que a los que se pasan de rosca los mandas al Chapa y Pintura para que Malalena les haga una puesta a punto. Y contigo nunca dejan de pasar cosas y es todo una aventura.

-Qué bonito, lo tomaré como un halago, gracias Cornelio.

El chico se sorprendió al oírse llamado por su nombre y cogió carrerilla:

-Pues muy bien, Maga, y ya que nos estamos haciendo amigos, al menos te podré dar un par de besos para saludarte, ¿no?... En los mofletes, quiero decir, nada sexual. En mi mundo es normal.

Ella aceptó y le ofreció su cara y él la besó con delicadeza, pudiendo apreciar cómo se difuminaba cuando sus labios presionaban la piel.

-¡Me cago en la leche!- se dijo -¡Que maldición tan perversa! No te deja rendijas por las que colarte.


La diosa le deslumbraba y él se derretía mirándola, ajeno al mundo exterior y ella volvía a las andadas.

 

-¿Sabes una cosa, Cornflake?- le dijo ella, divertida -Pues que a pesar de toda tu tontería y falta de sustancia hay algo en tu persona que me gusta y que te hace caerme bien.

El chico la miró expectante.

-Pero el caso es que por más vueltas que le doy no consigo saber qué es, que no doy con ello, vaya…

¡Ah, pues muchísimas gracias, querida amiga… Me engorda la autoestima saber que no eres capaz de decir ni una sola cosa que te pueda gustar de mí… ¡Ay!... ¡Aaay!- se llevó el pulgar a la boca repentinamente y empezó a gritar.

-¿Qué te pasa ahora? ¡Cuánto te gusta llamar la atención!

-Nada, nada, que me he pinchado el dedo gordo queriendo coger una flor, pero el tallo tenía espinas y mira qué picotazo me ha dado, que no veas si duele.

-¡Oh, lo siento! Se me olvidó prevenirte: las florindas tienen espinas con venenillo de san Martín, que solo duele un poquitín… Ja, ja, ja, ja, ja- ella se reía con mucho estilo, que es como hacen las diosas en vez de descojonarse despatarradas, que no quedaría nada bien.

-Pues yo no le veo la gracia, porque el venenillo del san Florindo ese de los cojones duele bastante y yo tengo la rareza de que me molesta el dolor. Y además la quería coger para ti.

-¡Pobrecito mío, que lo hizo por mí!... ¿Te molesta el dolor?... Pues haz que se vaya, tonto, ¿no ves que estás en tu sueño?... ¡Cuánto te queda por aprender!

-Sí, como si fuera tan fácil, tú me dirás cómo lo hago...

-Tú eres el director de tu sueño, ¿no te das cuenta? Y puedes inventarte lo que quieras, y cuentas con un presupuesto ilimitado para escenarios, personajes y efectos especiales… Los sueños son un chollo y no debes temerlos nunca. Lo único que tienes que hacer es concentrarte para borrar el dolor del guión y el dolor se va. Así de fácil.

 

Y Cornelio siguió sus instrucciones deseando que el dolor se marchara y comprobó que era cierto. Miró a Maga y sus ojos se iluminaron ante el sinfín de posibilidades que se les abrían…

 

-¿Entonces podemos hacer lo que queramos? ¿Podemos volar?

 

-¡Pues claro! ¿Qué estilo prefieres, el del astronauta, en plan globo sonda, o el del vencejo, que vuela deprisa aunque se haga viejo?

 

-Mmmh… Pues yo creo que el del vencejo suena más emocionante, ¿no?

 

-Pues muy bien, teniente von Cornelius, ¡a ver si me pillas!


Y despegó como una centella como si fuera el hada Maléfica y nuestro héroe detrás, aleteando torpemente como hacen los albatros al despegar, pero pronto le empezó a coger el truco y los dos se lo pasaron de miedo surcando los cielos durante un rato hasta que el chico se estampó contra un imprudente sequoia que se cruzó en su camino.

 

Cornelio cayó al suelo aturdido y ella aterrizó grácilmente a su lado.

 

-¡No ha estado mal para empezar!- concedió Maga, muerta de risa.

 

-¡Qué flipe, y no me he hecho daño!- dijo él, aturdido.

 

–Oye, ¿y si ahora probaras a cambiar de aspecto para ver si me engatusas? Todos los chicos se arreglan para ir a ver a su chica, ¿no? ¿Tú no lo haces?

 

-¿Engatusarte?... ¿Arreglarme?... ¿Es que no resulto así de tu agrado?

 

-No es eso, tonto, que tienes un pase. Es que tengo curiosidad por ver como serías si fueras el hombre más fuerte del mundo… ¡Hazlo por mí, anda!

 

-No entiendo nada, pero bueno, si eso te hace feliz lo intentaré.

 

Se concentró y en menos de un minuto el increíble Hulk hubiera parecido un alfeñique a su lado.

 

-¡Muy bien, Cornhulk, lo has hecho muy bien!- ella le miraba risueña palmoteando de alegría -Sin duda que así tendrías tu público, pero no eres mi tipo… ¿Y a ver cómo serías si fueras el hombre más huraño y gruñón del mundo? Hazlo un ratito, anda, a ver si así me gustas más.

 

-¿El hombre más huraño y gruñón del mundo?... Mmmh… Pues me temo que no te voy a gustar mucho, pero lo haré si así lo quieres… Y cerró los ojos y se congestionó imaginando cómo sería el hombre más gruñón del mundo y deseando ser como él.

 

Y en dos minutos se transformó en un viejo de aspecto córvido que no hacía más que mascullar gruñidos moviéndose de un lado para el otro como si fuera Chiquito de la Calzada.

 

-¡Sí, sí!- exclamaba ella, ahogada por la risa -¡Esa calva te favorece mucho y esa nariz aguileña rebosante de pelos es enternecedora! ¡Creo que hoy sí me estás conquistando, darling querido!

 

-Déjate de tonterías, Maga, que ya está bien de hacer el payaso- gruñó él -La verdad es que todo esto está muy logrado, es como ponerse unas gafas de realidad virtual que funcionan a todo trapo, pero he de decirte que los cambios tardan demasiado en producirse.

 

-Tú quéjate encima, mamón, que menudo chollo tienes. Esto no es como en las películas, bobo, que estás en el mundo de los sueños y aquí las cosas transcurren con suavidad y delicadeza.

 

-¿Con suavidad y delicadeza en el mundo de los sueños?... ¿Te estás quedando conmigo?... Y cuando tienes una pesadilla de esas en la que lo pasas fatal, ¿qué? No te tires tanto el rollo porque en tu mundo hay de todo, como en el mío, por mucho que tú seas una diosa del Olimpo y yo un pringadete de Prosperidad.

 

-Eso es verdad- admitió ella -Pero son fallos del sistema que solamente ocurren cuando mi hermanastro Fobos, el dios del pánico y el miedo, logra burlar los controles de seguridad que establece mi padre y se cuela por alguna rendija de vuestras mentes para agitar vuestras angustias y temores… ¡Está mal que yo lo diga pero Fobos es mala gente!

 

-Desde luego que sí- asintió él, recordando un sueño angustioso en el que un sapo gigante le perseguía disparando lengüetazos para comérselo.

 

-Mi hermanastro disfruta con el sufrimiento ajeno, que esa es la esencia del mal- añadió ella -¡Y cómo se ríe el muy cabrón mientras hace sus maldades!

 

-¡En fin!... Así que aquí puedo hacer todo lo que me dé la gana menos hacérmelo contigo, ¿no?... Ningún hombre vivo podrá tenerte, me dijiste.

 

-No es así por mi gusto, ya sabes- se excusó ella, encogiéndose de hombros –Pero también puedes soñar con otras chicas si así lo prefieres...

 

-Mmmh… No me pongas en aprietos, Maga, dejémoslo así de momento. ¿A qué jugamos ahora?

 

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…- la desagradable tonadilla del móvil insistía machaconamente, aumentando su volumen con cada estrofa -TI TI RI TI TÍ… TI TI RI TI TÍ… TI TI RI TI TÍ…

 

-¡No pierdas la llave! ¡No la pierdas!- la oyó decir mientras su imagen se desvanecía tirándole un beso.

 

-¡Hostias!... ¿Quién coño será ahora?- se preguntó, presa de un remolino cerebral.

 

 

Desbordado

 

-Hola, cari, ¿qué tal estás, te he despertado?... ¿Pues quién voy a ser?... ¡Lidia!... ¿Te encuentras bien?

 

-Sí, sí, claro que sí... Perdona… Estoy bien, muy bien, estoy mejor que nunca… Y ya he recuperado mi aspecto y no me parezco a Gárgamel… No, no... No salí anoche y no bebí nada, ¿por qué lo dices?…

 

-Bueno, bueno, lo que tú digas, pero te llamo porque tengo una noticia estupenda que darte, que es que mis padres nos invitan a ir a la playa con ellos durante el puente, y así tú solo tendrás que pagarte el hotel, ¿ves que enrollados son?... ¡Te dije que eran de guai!

 

-¿Cóóómo?... ¿En qué me dices que consiste la invitación entonces?

 

-Pues que mi padres se ofrecen a llevarte en el coche hasta Benicasim, donde podrás coger una habitación en algún hostal que esté cerca de nuestro apartamento, para que podamos pasar el día juntos, tú y yo paseando solos por la playa, ¿te imaginas? Y me dicen que podrás venir a comer y a ver el fútbol con mi padre, pero no le digas que eres del Atleti porque él es un fanático del Madrid, y cuando se trata de fútbol pierde toda la amabilidad que muestra en su vida normal y se pone muy violento, ¿no te parece estupendo?

 

-Eeer... Estupendo es poco, Lidia, que me parece magnífico, magnífico… ¡Tu padres se enrollan a tope, qué demasiao!... ¿Pero me perdonas un momento, que tengo que ir al baño con urgencia?... Te llamo enseguida.

 

-¡Menudo marrón, qué planazo!- se decía yendo al baño -¿Ir a la playa en marzo? ¿Querrán que vayamos a pescar pingüinos? Y seguro que el cabrón este me hace ver el partido con gorro y bufanda del Madrid, ¿cómo me escapo de esta?... Y el puto hostalito me va a salir por una pasta, encima.

 

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…- ahora era Julio el que tocaba la gaita.

 

-¿Qué pasa, colega? ¿En dónde te metes que no hay quién te vea? ¿Te has vuelto a enrollar con Sara o qué?... ¿Te hace una birra en el Estrella, y me cuentas, y pasamos revista al gallinero?

 

-¿Una birra ahora?... ¿Pero qué hora es, Julio?... Me acabo de levantar…

 

-Joder, tío, pues qué marmota eres. Son las doce y cuarto. ¿Nos vemos en una hora? He encontrado un chollo de Ibiza que ha tenido un solo dueño y quiero que me acompañes a verlo, que tú sabes de mecánica. Y he encontrado una web para bajar pelis mejor que Torrent, luego te digo. Anoche me bajé dos de Jason Bourne y te las llevo en un pincho al Estrella, ¿vale?

 

-Sí, eso. A ver si puedo recuperar mi pincho de una vez. Pero no he entendido nada de lo de Jason Bourne en un Ibiza, que me pillas algo perjudicado… Quedamos, vale, que yo también te quiero contar a ti unas cosas un poco raras que me están pasando, y quiero saber qué piensas.

 

-¿Cosas raras?... ¿A qué te refieres, te han abducido los extras o has descubierto que el padre de Lidia es gay y te ha querido dar lo tuyo?, je, je, je…

 

Así que se vieron en el Estrella y Cornelio le puso al corriente.

 

-¡Lo estoy flipando, colega!- le dijo su amigo tras escucharle atentamente -¿Y cómo se llaman esas pastillas que tomas para dormir?... ¿Seguro que no son tripis?... Ja, ja, ja, ja… Ahora en serio, Corni, tienes que dejar de tomar eso ahora mismo porque se te está cociendo el tarro.

 

-¡No me jodas, Julio, que tú fuiste el que me dijiste que tenía que tomarlas!

 

-Pero eso era antes y ahora te digo que no te tomes ni una más, que eso te están sentando muy mal.

 

-Muy bien, puto sabio, pero si Maga es sólo un sueño como dices, ¿de dónde salió la llave que había esta mañana bajo mi almohada?... ¡Es su llave, la que ella me dio!

 

-¡A verla!

 

-¿Estás gilipollas? No la llevo conmigo, no quiero sacarla de casa porque podría perderla. ¿Te crees que estoy loco o qué?

 

Julio le miró escéptico.

 

-Pues francamente, tío, no sé. ¿Pero de verdad que no te estás metiendo nada nuevo? No me vayas a mentir, colega, que me tienes preocupado. No sé qué pensar. Al menos cambia de marca de pastillas a ver qué pasa.

 

Cornelio prometió hacerlo en cuanto pudiera y se fueron a ver el Ibiza a un taller de las afueras cercano a un poblado de chabolas, pero el coche resultó ser un ladrillo pestilente, y cuando volvían tuvieron que escapar corriendo de dos navajeros que les salieron al paso, de manera que Cornelio aprovechó el desánimo para marcharse pronto a casa, con la intención de aclarar un poco sus ideas y acostarse temprano, que al día siguiente era lunes y había que volver al tajo.

 

-Gracias por acompañarme, tío- le dijo Julio al despedirse –Y quítate a esa chica de la cabeza y tira su llave por la ventana, que esta historia te puede hacer mucho daño. Y llámame si quieres algo, ¿vale?

 

Cornelio estaba obsesionado en encontrar la rendija por la que su relación con Maga pudiera ser un algo más de lo que era, pero se daba cuenta de que todo aquello era una locura, porque nada era real y no podía caer en el tremendo error de edificar su vida sobre un sueño, en el sentido literal de la expresión, y…

 

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…

 

-¡Maldito móvil!... Era Sara… ¿Qué coño querría a las nueve de un domingo?

 

-¿Qué pasa, torito, qué estás haciendo?... ¿Puedes hablar o te pillo metiéndole mano a tu gallinita?- su voz sonaba jovial y parecía algo puesta.

 

-¡Sara!... ¡No me llames torito que ya te he dicho que no me gusta!... Perdona, pero te advierto que no estoy de muy buen rollo hoy.

 

-No será nada, hombre, será que estarás ovulando- le contestó ella con sorna.

 

-Sí, algo así tiene que ser… ¿Pero qué es lo que quieres, dime?, ¿te pasa algo?

 

-No, no, no te preocupes que no estoy buscando a nadie para llorar. Es sólo que me acordé de ti y decidí llamarte para ver cómo estabas. Estoy sola en casa y pensé que a lo mejor te apetecería venir a tomar un tequila y jugar a las damas conmigo, ¿no te parece un buen plan? Se me ha ocurrido que sería una buena idea que nos viéramos de vez en cuando para hacernos un update y hasta la siguiente, ¿qué le parece a usted la propuesta, señor Maduro?

 

Seis meses antes hubiera sido imposible imaginar a Cornelio rechazando una oferta semejante, pero en aquél momento…

 

-¿Qué pasa, mi amor, estás ahí?

 

-Sííí… Eeerh… Yo… Perdona, Sara, que cualquier otro día lo haría encantado, que me parece un plan estupendo, un cojoplán, vamos, pero que ahora necesito estar solo porque mi vida es un sinsentido y me estoy volviendo loco.

 

-Ja, ja, ja, ja- lo celebró ella -¿Estás buscando el sentido de tu vida? ¡Pues menuda panzada a rumiar que te queda por delante!... ¿Y se puede saber de dónde sacas que tu vida tenga que tener algún sentido? ¿En qué te basas para creer que eres algo más que una hormiguita que puede morir aplastada sin que eso cambie nada?

 

-Anda, Sara, no me comas el tarro que no estoy hoy para juegos.

 

-No olvides que no somos más que los descendientes de aquellas primeras moléculas que fueron capaces de replicarse a sí mismas, que probablemente surgieron del laboratorio de algún volcán submarino, porque ahí tienen de todo, y que consiguieron aumentar sus capacidades adaptándose a los cambios ambientales: a unas les toca frío, a otras calor, unas les toca la oscuridad y otras se buscan la vida bajo un sol abrasador, ahora sequía y luego inundaciones, pero aquellos pequeños aglomerados de moléculas consiguieron vencer las adversidades y sobrevivir, y todas luchaban por hacerlo, y ahí se creó la vida, porque el esfuerzo por mantenernos vivos representa la vida en sí misma, que es su misma esencia, y sobrevivir es su único sentido, que no hay otro, porque estamos hechos para eso.

 

-¿Pero qué rollo le estaba soltando esta tía ahora?

 

-Lo he visto en un documental de la BBC, Corni, así que tiene que ser cierto, ja, ja, ja, ja- su voz seguía sonando muy alegre –Al nacer ya estás en deuda con la vida y la única manera que tenemos de saldarla es sobreviviendo y multiplicándonos a todo trapo, que esa es la única ley universal.

 

-Mmmh… Vale, Sara, pues todo eso está muy bien, pero no tengo ganas de hablarlo ni pensarlo ahora, que estoy ocupado con mis propios problemas, ¿vale?

 

-Anda, no seas bobo y vente para acá un rato- ella a lo suyo - Ya verás cómo la doctora Sara te quita las tonterías de la cabeza y sales de aquí cantando villancicos…

 

-Joder, Sara, que te digo que es un plan cojonudo, pero yo no estoy hoy para eso, joder, que ya no sé cómo decírtelo… Anda, que nos vemos mañana si quieres, que te llamo yo, y no te lo tomes a mal, ¿eh? Siempre como amigos, ¿ok? ¡Viva el poliamor! Anda, anda, déjame ahora…

 

-Vale, como quieras, pero mañana no sé si podré, que tengo que hacerme los pies- dijo subrayando las palabras -Y tú te lo pierdes, porque he comprado un juguete en el sex que se llama pitilingorri y te va a encantar. Ya lo verás. Y tenía el estreno reservado para ti.

 

-¡Que no, Sara, que ya te he dicho que no, que hoy no puede ser!... Y no te lo tomes a mal, que la oferta es estupenda, tía, pero hoy no tengo ánimos para eso, adiós, adiós.

 

La verdad es que seguía queriendo y admirando mucho a Sara por su forma de ser, tan valiente y que le importaba un bledo lo que los demás pensaran de ella, pero no, no… Aquella noche no, que bastante tenía encima y al día siguiente era lunes, joder… ¡Que tenía que ir a currar!

 

Se preparó un bocata de jamón y se puso una película de Star Wars para evitar pensar más de la cuenta, que su cabeza necesitaba un descanso, pero fracasó, porque la imagen de Maga no cesaba de rondar a su alrededor.

 

La vida al lado de aquella mujer debería de ser muy complicada, porque aunque fuera maravillosa, la idea de enamorarse de alguien a quien nunca podría hacer el amor, y tener que estar siempre pendiente del pichabrava de Zeus y de la ovación por donde pasa, lo convertía en… ¿cómo decirlo?... Algo inquietante, eso es, muy inquietante. Se sentía bastante jodido por aquel inquietante plan de futuro.

 

-¿Pero qué coño le pasaba? ¿Qué ilusiones tan absurdas se estaba haciendo con Maga?... ¡Si ni siquiera era real! ¿Se le había ido la olla?

 

Apagó la tele, se tomó dos pastillas para dormir, que por cierto, se las tenía que arreglar como fuera para conseguir otro somnífero diferente y probar con él, que se lo había prometido a Julio y le parecía una buena idea, se metió en la cama, asegurándose de que la aguja del despertador apuntaba a las seis y media, y se zambulló en busca de Maga ansioso de saber más. Ya os dije antes que aquella mujer le había puesto de los nervios.

 

Se abrazó a Trudy con su llave agarrada en la mano.

 

-¡Ningún hombre vivo podrá poseerme!- sus palabras retumbaban en su cabeza mientras se quedaba dormido pensando en que, como iba a ser su sueño y podría hacer lo que le diera la gana, se presentaría con un bonito ramo de flores para halagarla.

 

-¡A todas las mujeres les gustan las flores!- pensó –Las flores, los perfumes y los peluches, que me lo dijo Julio, que era regalo seguro… Y en la recámara los bombones, ¿a que sí, Trudy?

Y besó a su fiel amiga antes de quedarse dormido.

 

 

Un poquito de folklore

 

Y él, portando su espléndido ramo la encontró tomando el sol del verano en una tumbona de la piscina de un abarrotado hotel a pie de playa. Ella se mostraba espléndida, llevaba un bikini rojo, pamela y gafas negras, y sobre todo una piel de un dorado escandaloso. De sus curvas no hablo. Y en su manita derecha sujetaba un vasito con medio litrito de Martini. Una pocholada, vamos.

 

La joven se incorporó al verle llegar y exclamó:

 

-¡Querido Cornetes!... ¡Aquí, aquí!... ¡Qué bien que hayas venido!- le tiró un beso - ¿Qué haces así vestido?... ¿Me has preparado algún show?

 

Cornelio se echó un vistazo y se quedó helado al darse cuenta de que vestía un impecable traje regional- vestimenta que él odiaba a muerte independientemente de su región de origen -con su chaleco, alpargatas y pantalones negros, su camisa y medias blancas, y su pañuelito y fajín rojos, portando un hermoso ramo de rosas. Más bonito que un san Luis.

 

-¡Cago en la leche!- pensó -¡Cada vez que se cruzan las rosas en mi camino me ponen en un aprieto! ¿Y qué hago yo ahora? ¿Será canalla la tía esta? ¡Ya me la ha vuelto a jugar, menudo ridículo estoy haciendo!

 

-Je, je, je, je… Me colé por las rendijas de tu sueño- afirmó sin remordimiento alguno.

 

La chica centró su mirada sobre su frente y de repente surgió la imagen de Zeus advirtiéndole con un enorme dedo índice:

 

-¡Debes cuidar tus rendijas!

 

Total, que Cornelio descolocado y los dos siendo blanco de todas las miradas.

 

-Debe ser un chalado que viene a declararse a esa chica- se le oyó decir a uno –Y no me extraña que lo haga, porque ¿tú has visto lo buena que está? ¡Qué pedazo de mujer!

 

-La verdad que es una negra muy guapa… Se parece a la Naomi Cambél esa, ¿no?

 

-Que no, que no- sentenció otro que estaba más allá –Que el chico es un cantante muy famoso que viene a bailar unas jotas o unos aizkolaris o algo así… ¿No habéis visto los carteles de anuncio en la entrada del hotel?

 

-¡Yo sí! ¡Yo sí!- decían muchos.

 

-¡Me gustas mucho así vestido!- aseguró Maga, palmoteando –Me gustas, me gustas… ¿Y esas flores?... ¿Son para mí?

 

Él asintió al inclinarse para dárselas vió con el rabillo del ojoo cómo dos señoras de mediana edad que lucían unos coloridos vestidos de verano se dirigían hacia él.

 

-¡Son preciooosas! ¡Graaacias! ¡Qué detalle tan fino has tenido, gañán!- le dijo Maga, mirándole con ternura.

 

-Perdón, es Cornelio Lasarte, ¿verdad?- preguntó la más fluorescente de las damas –Somos Flor Ignacia y Fuencisla Villasante, las presidentas de honor de su club de fans en Benicasim- ambas besaron al chico, que las miraba estupefacto -¡Por fin llegó usted! ¡Llevamos más de media hora esperándole! ¡Qué alegría tenerle aquí con nosotros! Nuestro grupo de apoyo al curry, que ese es su nombre artístico, se muestra impaciente por acompañarle con esas fantásticas jotas que le han encumbrado a la fama.

 

Y señaló a tres sonrientes machucambos que esperaban tras ella armados de su bandurria, su laúd y su guitarra.

 

-¿Fantásticas jotas que me han encumbrado a la fama?... ¿De qué me está hablando, señora?

 

-Oooh, por favor, qué humor tan fino tiene, parece inglés- comentó Flor Ignacia a su hermana! -¡Qué encantador!

 

Fuencisla asintió sonriendo y desplegó una portada del ¡Hola, Manola! en la que salía el joven sobre un titular que decía: CORNELIO LASARTE COMPLETA EL AFORO DEL VICENTE CALDERÓN EN UNA NOCHE MÁGICA DE SUBLIMES BAILES REGIONALES.

 

-¿Nos podemos hacer un selfie contigo, Cornelio?- le suplicó un trío de quinceañeras que llegaron hasta ellos –Hemos venido desde Madrid en auto stop sólo por ver tu actuación.

 

El chico las miraba embobado sin saber qué decir.

 

-Está bien, pero sólo uno, ¿eh, chicas?- accedieron las hermanas del club de fans –Que llevamos mucho retraso con la actuación. Y las demás luego.

 

Se hicieron la foto, se despidieron con besos, y el de la bandurria tomó la voz cantante:

 

-Y yo quiero proponer que el maestro comience su actuación con su jotica superventas aónde voy yo sin ti, y se la dediquemos a esta lindísima señorita- dijo señalando a Maga.

 

-¡Eso!- coreó el del laúd -¡Que vivan las aragonesas con gracia! Que tú no puedes negar que eres de Zaragoza, ¿verdad, mañica?

 

-Nací en el mismísimo Pilar- aseguró Maga, muy divertida -¡Hay que ver qué arte tienes, baturro!

 

Y los tres componentes del coro se inclinaron cortésmente ante ella.

 

Maga les agradeció el gesto y agarrando a Cornelio por el brazo le rogó:

 

-¡Anda, darling querido, di que sí! ¡Canta y báilanos aónde voy yo sin ti, ya que te ha hecho tan famoso, que seguro que me va a gustar muchísimo!- la risa chisporroteaba en sus ojos y se la veía espléndida, con lo que se metió al público en el bolsillo y su petición fue coreada por la multitud.

 

-¡Que baile Cornelio! ¡Que baile Cornelio! ¡Y que cante!

 

-¿Bailar unas jotiiicas?... ¿Yooo?... Sueño, maldito sueño, no seas tan hijoputa y cambia de escenario lo antes posible… Llévame al río, a casa o a donde quieras, pero sácame de aquí, por favor- imploró, al borde del colapso total.

 

El caso fue que el chico miró a los músicos en busca de apoyo al curry y ellos interpretaron su gesto como el disparo de salida, y dieron un paso al frente lanzando acordes con entusiasmo.

 

-♪ Si tuvieras olivares como tienes fantasía, los molinos del aceite por tu cuenta correrían

 

Cornelio miró a Maga buscando cómo salir de aquel atolladero con un mínimo de dignidad, y mientras se devanaba los sesos optó por alzar sus brazos al cielo, hacer unos cuantos molinetes con las manos y levantar teatralmente un pie.

 

Y resultó que su parco gesto de bailarín arrancó una tremenda ovación del entregado público, y un miembro de seguridad tuvo que detener a una chica muy gorda que le quiso besar tres veces, consiguiéndolo las dos primeras y contentándose la última con besar al vigilante.

 

-¿Y ahora?... ¿Y ahora qué?... ¿Qué hago yo ahora?- Cornelio estaba empapado en sudor frío cuando su sueño se mostró obediente y le trasladó de nuevo hasta el río -Uuuf… ¡Qué alivio!

 

-Ja, ja, ja, ja- las bulliciosas carcajadas de Maga inundaron el aire en cuanto llegaron -¡Si vieras qué cara ponías con el pie allá arriba como si fueras una cigüeña! ¡Ponla otra vez, anda, hazlo por mí!... ¿Y las gotas de sudor eran auténticas o te rociaste con algún spray?

 

-¡Cabrona! ¡Traidora!- explotó él -Ya te pillaré yo a ti en alguna, que te aseguro que esta me la pagas… ¡Lo mal que me lo haces pasar!

 

La diosa se enjugó las lágrimas y aspiró profundamente el aroma de las flores.

 

-¡Qué bien huelen! Muchas gracias por tu regalo, Cornelio- por segunda vez le llamó por su nombre –A mí me gustan mucho los hombres con detalles…

 

-¡Anda! ¡Como a todas, no te fastidia!- el chico seguía escocidito por el bochorno.

 

-¡Bah!... Seguro que ni siquiera las has olido… ¡Qué poco romántico eres!... Pero bueno, habrá que tener paciencia contigo, que ya madurarás… Oye, general Cornelio, ¿sabes que ya hay algo en ti que me gusta?

 

La muy jeta hacía como si no hubiera pasado nada, pero aquél bálsamo le alivió de inmediato y estiró el cuello dando muestras de interés.

 

-¿Sííí?

 

-Tengo que admitir que tienes un fondo de inocencia que me resulta atractivo y un corazón bastante limpito para lo que hay hoy en día. Y también sabes ser entretenido y educado, que no es una mala combinación.

 

-¿Eso era un halago o un desprecio? ¿Le estaba diciendo que solo era un entretenimiento para ella?- no sabía si mostrarse ofendido u orgulloso.

 

-Y tengo la impresión de que también eres leal- prosiguió la joven –aunque tendría que preguntarle a tu novia para asegurarme de ello, que la lealtad es una virtud muy escasa en nuestros días.

 

-Oye, Maga- él sentía la necesidad de pisar terreno firme y quiso saber -¿Tú crees que nuestra relación podría llegar algún día a algo más?

 

-¿Nuestra relación?... ¿Qué relación?- ella le miró burlona –Perdona, que sé quién eres pero no me acuerdo de cómo te llamas, ¿cómo dijiste que era?

 

-Joder, Maga, hostia que te estoy hablando en serio… ¿Tú sabes que estoy enganchado contigo, no?

 

-No seas ordinario, Cornelio, que no me gustaría que dijeran en el Olimpo que me trato con gente así- le devolvió la de antes -¿Tú qué es lo que entiendes por estar enganchado a alguien?

 

-¿Enganchado a alguien?... Pues mentalmente es que te pasas el día pensando en ella y se te hace una obsesión porque te desgarra su ausencia y necesitas su presencia. Y visceralmente es como si tuvieras un gato cabreado arañándote el estómago, y que cuando estás sin ella te sientes como si estuvieras colgado de un gancho de carnicero que tuvieras clavado en el pecho, que de ahí vendrá lo de enganchado, ¿no?, digo yo.

 

-Muy gráfica tu explicación del enganche, Cornelio- aplaudió ella –Aunque no muy poética. ¿No conoces otra manera menos sangrienta de describirlo?

 

-Yo… Eeerh… Bueno, sí, la verdad es que creo que lo que me pasa es que me he enamorado de ti, porque no dejo de pensar en ti y siempre tengo ganas de verte y me tienes obsesionado… Pero no sé si tengo alguna posibilidad contigo, porque tú no eres real, y yo me estoy volviendo loco porque no puedo sacarte de mi cabeza. Tú eres… No sé lo que eres, Maga, pero yo te quiero mucho.

-¡Uuuy qué bien!... ¿Me vas a hacer halaguitos?... Me encantan los halaguitos, sigue, sigue…

-¡Maga, por favor, necesito que me digas algo! ¿Qué es lo que quieres de mí? Yo no tengo nada de valor para darte.

Ella le miró con ternura y le cogió la mano sin que se desvaneciera su imagen.

 

-¿No tienes nada para darme? ¡Tonto! Tú tienes muchos tesoros ocultos en tu interior y yo quiero vislumbrarlos en tus palabras, en tus gestos, en tus silencios, en tus acciones, en tus miradas… ¡Quiero sacar tus tesoros a la luz del sol!

 

-¿Pero qué dices? Maga, yo no tengo ningún tesoro escondido... Yo soy un tío normal, más bien tirando a pringado.

-Tonterías, Cornelio. Tú eres la persona más humana, con lo bueno y con lo malo que eso lleva, que me he cruzado en los últimos milenios y quiero disfrutar de tu compañía y poder recordarte cuando te hayas ido, ¿es que no lo notas?

-¿Cuándo me haya ido? ¡Pero si no voy a irme, si tengo tu llave!- protestó él.

Su mirada hubiera derretido un témpano y Cornelio no se pudo contener e intentó besarla creyendo que el amor lo podía todo y esas cosas, pero…

-Tiií… Tiií… Tiií- esta vez no era el puto móvil sino el jodido despertador.

-Páralo, Trudy, hazme el favor, cinco minutos más- murmuró entre sueños. Y queriendo activar el snooze lo desconectó accidentalmente.

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti ti…- el puto móvil tomó el relevo dos horas después, y él lo cogió con desgana.

 

-¿Cornelio?... ¿Eres tú?... ¿Estabas durmiendo, holgazán? Soy Ernesto Olivares, del Roñas, ya me conoces- en tono amenazador -Te llamo para decirte que son las ocho y media de la mañana y que quedarás despedido como no te presentes antes de veinte minutos en tu puesto de trabajo. Y bien aseado y uniformado, ¿eh?, no vayas a venir en pijama. ¿Me has oído bien? ¡Antes de veinte minutos!

 

-Eeerh… Sí, Olivares, le he oído muy bien. Me quedé dormido, lo siento muchísimo, se quedó el reloj sin pilas. Salgo para allá ahora mismo- balbuceó -¿Podría hacerme un favor? ¿Podría acercarse a la zona 12 para asegurarse de que no hubiera allí un incendio?

 

-¿Un incendio en la zona 12? ¿Qué tonterías estás diciendo?

 

-Por favor, señor Olivares, hágame el favor de acercarse a verlo.

 

-¡Te estoy llamando desde la zona 12, imbécil, y aquí no hay ningún fuego! ¿Me quieres tomar el pelo o es que te has vuelto loco? ¡Haz el favor de venir inmediatamente!

 

Así que al chico no le quedó otra que salir cagando leches hacia allá.



De compras

Casi mejor obviamos el chorreo de Olivares a Cornelio porque atenta gravemente a la dignidad del joven y nos vamos a las siete y media de la tarde, cuando tomaba unas cañas con Lidia y Julio en una mesa del Estrella contándoles el suceso.

 

-¡Qué hijoputa, ¿te dijo todo eso?!- preguntó Julio -¿Y no le pegaste una hostia?

 

-Pues me tuve que contener, no te creas, que por muy superior mío que sea no tiene derecho a hablarme así.

 

-Ya, pero si le atizas te ponen en la puta calle, así que mejor tragarlo. Ajo y agua, colega, no queda otra.

 

Lidia ponía cara de qué se le va a hacer. Se había arreglado algo más que de costumbre para de animar a su chico, tan apaleado ese día, y llevaba vestido minifaldero con botas encima del rodillé, se había pasado un pelín con el maquillaje, y quedaba guapetona y llamativa.

 

-Y el caso es que no sé si ir mañana a pedirle explicaciones por lo que me dijo, así, a solas y cara a cara, pero no sé si la voy a cagar aún más.

 

Pensaba que ni Braveheart ni ninguno de los héroes que admiraba desde niño hubieran pasado por una humillación así, pero no sabía si actuar.

 

-Y si al final le tengo que acabar dando, ¿qué? Pues menudo marrón me va a caer luego, ¿no?, porque me echan seguro, y si encima me sacude él a mí, ¿qué? No sabrá artes marciales, ¿no?

 

-Ja, ja, ja, ja, ja- Julio se partía –Esa sí que es buena: mejor no vayas porque Olivares es cinturón negro y te va a pegar la del pulpo, y después se va a descojonar de ti y exhibirá tu cuerpo maltrecho por el Roñas en señal de escarmiento... Ja, ja, ja… No vayas, tío, ahora te lo digo en serio, porque pase lo que pase la jugada te sale mal, así que trágate el sapo y no hagas nada. Nada de nada. Y déjate de Bravehearts y tonterías, ¡hostias!

 

-Tienes razón, Julio, qué buen amigo eres, qué buenos consejos das.

 

-Sí, pero hoy no los doy gratis, ¿eh?, no te vayas a engañar. ¡A caña por consejo! Anda, paga una rondita que aún no estás en paro.

 

-Qué buen amigo pero que hijoputa eres. Vale, me trago el sapo y pago una ronda…

 

-¡Con mejillones!- saltó Lidia -Anda, Corni, di que sí, que tengo antojo de mejillones y he visto unos buenísimos en la barra.

 

-Pues bueno, pues vale, si al fin y al cabo, ¿qué más da un sapo que ochenta? Ya me iré acostumbrando, ya le cogeré el gusto. Ahora mismo las pido.

 

-Ay, cari, no hables así que parece que estás endemoniao.

 

-Es la minuta por nuestros servicios, que menuda brasa das- apuntilló Julio, guiñándole un ojo a Lidia y echándose a reír.

 

Y a la vuelta:

 

-Oye, colega- le dijo a Julio –A lo mejor soy un blandengue pero me siento muy acelerado y agobiado por las cosas que me están pasando, y si tuvieras un peta por ahí creo que un poquito de anestesia me sentaría de puta madre.

 

-Pues no me queda nada, tío, qué putada. Llevo unos días queriendo pasar por la plaza a comprar y no he tenido ocasión. ¿Nos acercamos en un momento?

 

Lidia los miró con expresión de fastidio y dijo:

 

-¡Jo!... Ya sabéis que no me gustáis cuando estáis fumados, que no hacéis más que reíros entre vosotros diciendo tonterías, y a mí no me hacéis ni caso… ¡No me gusta que fumes drogas, Corni, ya te lo he dicho mil veces!

 

-¡Pero si esta vez es terapéutico, cari! ¿Es que no has visto cómo estoy?- y alzó su vaso frente a ella para que apreciara el temblor de su mano –Necesito calmar los nervios, no puedo estar así.

 

-O eso o irnos a urgencias a que le pinchen un calmante- aprobó Julio muy serio -No nos queda otra.

 

-¡Tú cállate, Julio, que siempre vas a lo tuyo y eres un listo!

 

Total, que continuaron la discusión en el metro mientras llegaban a la Plaza del Enclenque, que era donde compraban el material a algún camellito de los que andaban por allí. Era un sitio tranquilo, nunca había broncas y estaba a tres paradas del Estrella, así que fueron haciéndole casitos a la chica para que no diera mucho el coñazo y se callara de una vez.

-Ese de ahí seguro que pasa- les indicó Julio nada más llegar, señalando a un negrito que estaba sentado en un banco –Ya veréis cómo nos dice que tiene polen del bueno, que se lo enseñan en el colegio.

-¿Ese?... ¡Ese qué va a tener!- se burló Lidia, rencorosa -Ese no es más que un negro borracho que no tiene dónde caerse muerto. Veréis cómo no vende nada.

-A que sí, ¿qué te juegas?- apostó Julio.

-¡Ya lo verás!- contestó ella muy resuelta.

Y mientras tanto, a Teodoro Ngamba le había dado a comprobar lo caro que resultaba vivir en Madrid y que con su sueldo no llegaba a fin de mes y le iban a echar de su pensión, y había decidido ganarse un extra vendiendo haschis en turno de tarde en una plaza de allí cerca. Tenía un jefe que le traía el chocolate, fijaba el precio, y le exigía el 80% de lo obtenido en su venta, de manera que él siempre manejaba poquita cantidad y tampoco corría muchos riesgos.

El punto débil del negocio era su personalidad, porque se acababa haciendo amigo de los clientes, con los que acababa fumando porros. Y aquella tarde Teodoro se había puesto hasta el culo de petardos y chupitos. Se había pasado tres pueblos y era un náufrago de las coordenadas espacio / tiempo, y creía reconocer a sus antiguos amigos de África entre los transeúntes que circulaban por allí.

Tanto era así que se fundió en un abrazo y le atizó un par de efusivos besos a un gitano que pasó frente a él, confundiéndole con su primo Vieira, el que se quedó en Guinea:

-¡Vieira, soy Ngamba!- le gritó jubiloso al verle.

Con lo que el caló le apartó muy indignado de un empujón y se puso a gritar como un loco:

-¿Pero qué haces, desgraciao, que me cago en tus muertos? ¡Que me has llenao tó de babas! ¿Es que tienes ganas de guasa a mi costa? ¿Te quieres llevar un par de hostias o qué?

Y cuando se calmaron los ánimos, Teodoro pensó que lo mejor sería sentarse en algún banco y quedarse calladito respirando hondo hasta que se le pasara un poco el pedo. Y en esas estaba cuando advirtió la presencia de Lidia frente a él.

-Hola, colega, ¿tienes costo?- sabiéndose respaldada por sus amigos ella le entró sin titubeos -¿Tienes 30 euros para pasarnos?

El chico se la quedó mirando muy sorprendido.

-¿Por qué razón le pediría 30 euros esa chica?- se preguntaba.

Y fijándose en ella creyó comprender. ¿Qué hacía una chica tan llamativa, a esa hora de la tarde y en esa plaza?

-Dsí, dsí, dsí… ¿30 euros?- se buscaba afanosamente en los bolsillos –momento, momento- y le quiso entregar tres billetes muy arrugados de 10 euros que Lidia rechazó asustada –Toma, coge tus 30 euros.

-¿Pero habéis visto a este tío?- dijo Lidia -¡Está chalao! ¡Me quiere dar dinero!

-¡Que no, colega, que no!- intervino Julio –Que mi amiga no te está pidiendo dinero, que lo que queremos es comprar costo. ¿Tienes o no?

El joven Ngamba no apartaba su entusiasmada mirada de Lidia:

-Aquí son 30 euros- dijo -Uno, dos y tres. Tú coger dinero y yo marcharme con chica un rato a hacer nuestras cosas… ¿Eso no estar bien?... A mí gustar mucho chica, ¿cómo llamar?

La expresión de Julio pasó del asombro al descojone y Cornelio se contagiaba pero intentaba mantener el tipo ante las posibles consecuencias.

-¡Que no, que no es eso!- dijo nuestro héroe -¡Que la chica es mi novia, colega, y que no sigas diciendo esas cosas porque te vas a llevar dos hostias!

Julio se descojonaba por las bravas mientras Cornelio se veía en una situación absurda y el pobre Teodoro, escuchimizado él ya de por sí, se encontraba cada vez más confundido.

-¿Pero qué pasa?- intervino Lidia muy airada -¿Que se cree que soy una puta y quiere que me vaya con él, no? ¿Y vosotros dos lo encontráis muy divertido?

-¿Por qué le habría dado a todo el mundo por darle de hostias aquella tarde?- se preguntaba Teodoro -¿Y de qué se reía tanto aquél blanquito?

-¡Que lo que queremos es chocolate!- quiso zanjar Cornelio -¿Tienes algo para pasarnos, sí o no?

En el nebuloso cerebro del negro se hizo la luz y se les quedó mirando espantado y esperando recibir una somanta de palos a la voz de ya.

-¡Perdón! ¡Perdón!- se postró a los pies de Lidia queriendo abrazarla para besárselos.

-¡Pero levanta de ahí, ¿qué estás haciendo?! ¿Quieres estarte quieto?

El espectáculo atrajo al camello jefe, un becerro chuleta y mal encarado que pidió explicaciones de forma altanera:

-¿Qué es lo que pasa, Gamba? ¿Tenéis algún problema con mi amigo? ¿Ha hecho alguna tontería?

-Le hemos preguntado si nos pasa 30 euros de costo- contestó Julio -Pero resulta que no nos ha entendido y nos quiere dar 30 euros para irse con la novia de mi amigo. Y de eso ni hablar.

-Dsí, dsí, dsí- corroboró Teodoro –Yo darle el dinero pero ella no coger. Yo dar.

-¿Pero tú es que eres gilipollas o qué es lo que te pasa, Gamba? ¿No ves que es su novia?- le increpó el becerro, zarandeándole por los hombros -¡Y te he dicho mil veces que no les des el dinero a los clientes, que el dinero es para mí! ¡Me tienes hasta los huevos!

Una tremenda arcada surgió de las profundidades del estómago del negrito y el becerro dio un salto hacia atrás, temiendo que le vomitara encima.

-¿Pero qué haces, so guarro? ¡Mira que un día no me contengo y te doy, ¿eh?!- continuó, alzándole la mano –¡Que abusas de mi bondad!

-Hombre, amigo, tampoco te pongas así… ¿No ves el pedo que lleva?- la simpatía por el débil llevó a Cornelio a interceder por él.

-¡Si es que es un gilipollas, que se pasa el día colgao! ¡Si es que no vale ni pa hacerse pajas! ¡Anda, dame el dinero que lleves y vete a tu casa a dormirla que no te quiero ver más por aquí!

El moreno obedeció las órdenes y se alejó calle abajo con andares inseguros, y los demás llevaron a cabo el trueque y los amigos volvieron a casa fumando un petardo, no muy cargado para no encabronar más a Lidia.

-Si es que os lo tengo dicho y os cachondeáis de mí, que las drogas llevan a la perdición- protestaba ella –¡No sé cómo os tratáis con gente así!

-Porque era terapéutico y se trataba de una urgencia, mujer, que ya te lo he dicho antes, que si no de qué vamos a ir… ¿A que sí, Julio?

-Ya te digo.

-¿Y de qué tengo que aguantar yo que un negro borracho me confunda con una puta?... Y que sepas que estoy muy decepcionada contigo, Cornelio, porque tu conducta hacia mí no ha sido nada caballerosa.

-¿Pero qué querías que hiciera, cari? El chico estaba cocido como un centollo y no se enteraba de nada. No actuó con maldad, no te pongas así.

-Pero los caballeros siempre deben defender el honor de sus damas- Julio aprovechó para meter baza con sorna –Y lo correcto hubiera sido que le hubieras pegado un palizón de muerte al negrata ese de mierda y que le hubieras arrancado las uñas una a una durante su agonía, je, je, je…

-¡Es verdad! Debí caer en ello- Cornelio le siguió la coña –Y mutilar a su mujer y a sus hijos, quemar su casa y esparcir su ganado, que es lo que se merece ese inmigrante hijoputa, ¡no te jode! ¡Que se hubiera quedado en su casa! ¿No es así, cari?... Je, je, je, je…

-¿Veis por qué no me gusta que fuméis porros? Empezáis los dos con vuestras gilipolleces y vuestras risitas y a mí me dejáis fuera del rollo. ¡No decís más que bobadas!

-Ya lo sabemos, Lidia, pero al menos nos podemos reír un rato y olvidar nuestros problemas, ¿a quién le hacemos daño? ¡Va a ser solo un rato!

-A los humoristas les pagan por ello- añadió Julio.

-Sí, claro, un par de hostias es lo que habría que pagarte a ti, ¿no te jode?- contestó ella, rabiosa.

-Pero, cari, ¿por qué le das tanta importancia a lo que pasó en la plaza?- Cornelio insistió en su vocación de apagafuegos –Sí, solo fue un malentendido. Ya viste cómo se echó a tus pies cuando se dio cuenta de la cagada, ¡pobrecillo!, je, je, je, je…

-No me gusta que fumes, cari. Eso es todo.

-¡La carne es débil, somos humanos!- dramatizaba Julio –Quien esté libre de pecado que…

-¡Cállate, Julio, no seas pesado!

Julio miró de reojo a su amigo y reprimió una carcajada.

-Ya hablaremos mañana de esto, Corni, que prefiero discutir nuestras cosas a solas.

  1. no tuvo en cuenta la amenaza y llegó a su casa tan contento a eso de las diezde la noche, y como sólo tenía hambre de ver a su Maga, se tomó un par de pastillas para dormir y se metió de cabeza en la cama.

-Aún es temprano y podré dormir lo suficiente para despertarme fresco mañana–pensó -¡Joder, qué lío! Ya no sé qué es más demencial, si mis sueños o mis realidades… ¿A ti que te parece, Trudy?... Tú que eres la más sensata de todas, dime qué debo hacer…

Y Trudy se le acopló agradecida por los elogios mientras él se quedaba dormido aferrado a su llave.

 

El zoco

El chico se cayó por el desagüe y se encontró de repente en una plaza de lo que parecía ser un pueblo árabe tomada por un centenar de vendedores que se desgañitaban ofreciendo sus telas, mármoles, maderas, frutas, cerámica, cuero, perros, verduras, gallinas, corderos, todo ello salpicado de pestilentes puestecitos de pescado y cárnicos... ¡Y lo peor eran las moscas! ¡Millones de moscas!

 

Y entre los transeúntes había de todo, pacíficas amas de casa bajando a la compra, grupos de niños corriendo jugando a no sé qué cosa, cuadrillas en busca de trabajo o de vaya usted a saber qué, algún que otro paramilitar con su kalashnikov al hombro, chavalitos jóvenes que se entretenían viendo a las chicas pasar, en fin, lo normal. Y todos vestidos de árabes y regateando a gritos con los vendedores, claro está.

 

-¿Y qué narices pinto yo aquí? ¿Ya me la ha vuelto a jugar mi sueño?- se preguntó.

 

Aquél ambiente le atemorizaba por desconocido.

 

-¡Aquí, Cornelio, aquí!- pudo distinguir a Maga oculta tras un velo islámico, haciéndole señas desde un tenderete que había más allá.

 

-¿Pero cómo me has traído aquí, te has vuelto loca?- le susurró el chico al llegar a su lado -Menos mal que hoy vienes tapada, que como te vean los mozos del pueblo, a juzgar por la pinta que tienen se va a liar una buena.

A Cornelio se le heló la sangre en las venas al pensar lo que podría suceder a él si aquella muchedumbre con sus alfanjes al cinto descubriera la presencia de ese pedazo de mujer… ¡Jodeeeeer!... ¡Picadillo es poco!

 

-El velo se llama hiyab, ignorante- le dijo con calma -Y me he vestido de árabe porque me sienta de maravilla, ¿no te parece?- y alzó los brazos haciendo un giro de bailarina mientras le dedicaba una encantadora sonrisa.

 

Un grupito de árabes, dos de los cuales llevaban kalashnikov, detuvo su paso para mirarla y comenzaron a comentar haciendo gestos y riéndose entre ellos.

 

Cornelio empezó a sudar.

 

-Estás preciosa, Maga, y me alegro mucho de verte, pero por favor no me metas en estos líos- suplicó -¿No hubiera sido mejor vernos en el Museo del Prado?

 

-¿Has visto qué cueros tan estupendos tienen?- preguntó ella impávida, señalando un desordenado montón de bolsos, botas, cinturones y demás entresijos –¿Cómo los trabajarán para darle esta textura? Son como los del Olimpo.

 

-Vámonos de aquí, anda, que cualquiera de estos me corta el cuello de un tajo y se queda tan ancho- protestó él -Anda, vámonos ya que mira con qué caras nos están mirando, sé buena y compréndelo.

 

-¡Pero si estás en tu sueño y no te dolería aunque te pegaran!- ella accedió a regañadientes a cambiar de tenderetum –Te puedes reír mientras lo hacen, que eso saca mucho a la gente de quicio. No seas egoísta, hombre, hazlo por mí, que ya desde niña tuve la fijación por visitar un mercadillo de estos y nadie me quiso traer nunca. ¡Nunca!

 

Él se la quedó mirando escéptico.

 

-Mira, Maga, que te conozco y seguro que me estás contando una trola y me has traído aquí para meterme en algún lío y hacerme sufrir para darme un óscar de esos de los tuyos.

 

-¡Oooh!... ¡Qué palabras tan deplorables!- boca en forma de O y mano en la sien -¡Me causan dolor tus infamias! Pero suerte que tienes que sé perdonar y no ha pasado nada. Anda sé bueno tú ahora y acompáñame a dar una vuelta por el mercadillo, que tú serás el primero en hacerlo. No me dejes morir con este prurito, darling querido, no tú no eres ruin.

 

Cornelio la miraba estupefacto… ¡Qué jeta tenía la tía! ¡Qué manera de dar la vuelta a la tortilla! Pero ella le cogió de las manos y él naufragó en su mirada.

 

-¡Jodeeer, Maaaga!... Vale, trago, pero sólo un ratito, ¿eh? Y me has dicho que si me pegan no me duele, ¿eh? Y no te separes ni tontees con nadie, hazme el favor, que no quiero malos rollos con esta buena gente.

 

-No te preocupes que irá todo como la seda- le aseguró ella. Y soltó una risita.

 

Cornelio no las tenía todas consigo y quería salir lo antes posible de allí, pero le contenía el entusiasmo que veía en ella, y no sabía cómo ni cuándo decírselo, cuando un vendedor turco, estilo genio de Aladín, se dirigió a ellos exhibiendo una sonrisa plagada de dientes de oro:

 

-¿Hay algo que deseen los siñorres? Parra Petrash serrá un placerr atenderr a una señorrita tan herrmosa y al joven caballerro que la acompaña.

 

-Bueeeno… En realidad no estamos buscando nada en especial, ¿no es así?- el chico buscó apoyo en ella sin encontrarlo -Estamos echando un vistazo nada más.

 

Porque Maga se había desentendido de las cuestiones mundanas y escudriñaba a su alrededor como un mustélido (véase comadreja), arrugando su naricilla mientras pasaba revista a los vientos, sin prestar atención a lo que se hablaba.

 

-¿Qué pasa?- quiso saber él.

 

Se empezó a oír el ruido de aspas de helicópteros que se aproximaban.

 

-No es por eso- le indicó ella con un gesto misterioso –Es algo peor.

 

-¡Oh!... No prreocuparr… Son patrrullas de la VOTAN que vuelan buscando terrorristas, no pasarr nada- prosiguió el comerciante -Quizás ustedes estén buscando algo más especial y encuentrren este génerro algo vulgarr, perro acompáñenme porr favorr, que Petrash tiene más cosas parra los perrsonajes de categorría como ustedes.

 

Y les condujo hasta el fondo de su tienda, donde había lo que parecía ser un gran mueble cubierto por una tela.

 

-No se moleste, señor, que no buscamos nada especial- se resistía Cornelio –Que no queremos drogas, ni armas, ni nada por el estilo… No se vaya a confundir.

 

Petrash hizo caso omiso de sus palabras y levantó el telón con gesto teatral, descubriendo un destartalado jaulón en cuyo fondo se veía a un niño de unos 6 ó 7 años, de constitución famélica y color agitanado, vestido con un raído taparrabos que mucho antes debió ser rojo, y que les miraba con temor sentado en un pequeño taburete, con un orinal tras de él, en lo que parecía ser un establo… ¿Cómo os quedáis? Pues Cornelio igual.

 

-¡Pero bueno!- se quedó perplejo -¿Esto qué es?

 

-Si se refierre al orrinal, es de magnífica porrcelana china, siñorr, y se lo puedo dejarr a muy buen prrecio, y en cuanto al niño lo tengo en oferrta porrque es un poco torrpe, y del recinto… ¿Qué le voy a decirr del recinto si a la vista está que es un palacio?... Lo he constrruído yo mismo y resulta muy prráctico parra alberrgarr a los familiarres demenciados y retenerr a los rapaces descarriados, véase la muestrra.

 

-¡Oh, qué magnífica idea!- opinó Maga -Lo de albergar familiares demenciados lo veo muy práctico, y creo que me vendría bien disponer de unas cuantas unidades, señor Petrash, así que le si le parece bien le haré un pedido en breve.

 

-No faltaba más, siñorra, ¿con quién tengo el gusto de hablarr?

 

-¡Déjate de jaulas y hostias, Maga!- el chico estalló -¿Y del niño no dices nada? Maga, por favor, no puedo creer que seas tú.

 

-¡Oh!... ¡El niño!- intervino el turco –El niño también comprrarr, serr barrato, siñorr. Se lo dejo en trres mil rupias y obserrve que está en la florr de la vida. Se llama Alejo y sabe hacerr de todo y con una diligencia extrrema: sabe limpiarr, cocinarr, trabajarr en el campo y cuidarr los animales.

 

Estaba claro que aquél tipejo estaba vendiendo al niño como esclavo. Cornelio hervía de rabia y buscó en la mirada de Maga su opinión.

 

-Hay algo en ese niño que no me inspira confianza- se limitó a decir ella.

 

Y Cornelio atónito, claro está.

 

-¡A verr, Alejo!... ¡Acérrcate parra que te vean estos siñorres!- y Petrash azuzó al churumbel agitando una vara que metió entre las rejas -¡Shiit!... ¡Shiit!...

 

El niño saltó asustado para esquivar la vara y avanzó hasta caer de rodillas frente a Maga, implorando con sus profundos ojos negros inundados de lágrimas.

 

-¡Pero deje de hacer eso!- le exigió Cornelio, muy alterado -¡Deje de dar golpes con la vara y suelte al chico ahora mismo!

 

-Naturralmente, siñorr- amplia sonrisa -Lo harré en cuanto usted me entrregue las 500 rupias.

 

-¡Vámonos, Cornelio, vámonos de aquí!- le urgió Maga agarrándole un brazo -Siento la presencia de Fobos. Va a ser una pesadilla.

 

Pero Cornelio se desasió.

 

-Y si usted no dispone ahorra de ese montante, no se prreocupe, siñorr- el turco continuaba impertérrito exhibiendo su dentaduraa -Que con Petrash siemprre se puede llegarr a algún tipo de trrato, y también puedo ofrrecerrle el niño y un camello a cambio de su bella acompañante, ¿qué le parrece? Y así el chaval no le costarrá ni una rupia… ¡Es una ganga!

 

-Pero, ¿qué me está diciendo?... ¿Está usted loco?... ¿Y encima quiere que le venda a mi amiga?... ¡Socorro!... ¡Suelte al chico ahora mismo que le daré sus 500 rupias!

 

-¡Trranquilo, no se exalte!- Petrash le posó su manaza en el hombro en actitud apaciguadora -Tiene toda la razón, amigo mío, mi prroposición erra indigna... ¡El chico y dos camellos a cambio de la joven mulata que le acompaña!... ¡Más generroso no se puede serr!

 

-¡Y ahora decía que Maga era una joven mulata! ¿Pero de qué cojones iba este tío?

 

-Rápido, Cornelio, vámonos ya, que mi hermanastro se nos acerca y llega a ser muy malvado– la diosa tiraba de su brazo reclamándole acción.

 

Y los helicópteros sonando cada vez más cerca.

 

-Sí, sí, vámonos ya, vámonos ya, ¿pero el niño, qué?- preguntó el chico angustiado -¡No podemos dejarle aquí! ¿Tienes 500 rupias?

 

-Pero eres tonto, ¿olvidaste que es tu sueño? Desea tenerlas y las tendrás. Vámonos, ¡te digo que esto es una encerrona!

 

Cornelio no podía digerir las palabras de su amada, queriendo abandonar al pobre Alejo en manos de aquel bicharraco… ¡Qué chasco se estaba llevando con ella! Pero siguió sus instrucciones y salió bien.

 

-¡Suelte al niño ahora mismo, Petrash! ¡Aquí tiene su dinero y suéltelo!- dijo muy cabreado mientras le entregaba una bolsa con sus 500 rupias.

 

El estruendo de tres helicópteros aterrizando junto al mercadillo no les dejaba oírse bien, pero en el mismo momento en que el turco abrió la puerta de la jaula, el niño pegó cuatro saltos y se abrazó como una lapa a la cintura de Maga, en donde creció y se transformó con una luz cegadora en el mismísimo Zeus, tal como todos lo imaginamos: grande, apuesto, atlético, con poblada barba y pelo blancos a juego con su inmaculada túnica y calzando unas enormes sandalias. No podía ser otro.

 

-¡Joder! El que faltaba- pensó Cornelio -¿Y este de dónde ha salido?

 

-¡Oh, mi dulce amor!- exclamaba el dios, manoseando y besando a la chica con fruición -¡Mi vida sin ti es un tormento! ¿Por qué me haces sufrir así? ¡Te añoro en todo momento!

 

-¡Por favor, tío Zeus, basta ya! ¡Eres incorregible!- se resistía ella –De sobra sé que eso se lo que dices a todas y tú sabes que lo que quieres es imposible... ¡Cómo nos viera mi padre nos mata!

 

-Jo, jo, jo, jo… ¡Pero qué cosas dices, pequeña, eres un ser adorable! ¿Cómo nos va a matar si somos inmortales? ¡Qué humor tan envidiable tienes!

 

Cornelio miraba la escena asombrado, sin atreverse a intervenir ante la imponente humanidad de Zeus.

 

-¡Todos de rodillas y con las manos en la cabeza! ¡Rápido!- la autoritaria voz amplificada por un megáfono que sonó a su espalda le ayudó a volver en sí -¡Quedáis todos arrestados por terroristas! A partir de ahora sois combatientes enemigos y como tales seréis tratados.

 

Cornelio se dio media vuelta y sus ojos saltaron de sus órbitas… ¡No podía ser!... El que profería las órdenes era el coronel Leoncio Pedernales, que llegaba acompañado de su escuadrón de paracaidistas y les amenazaba a todos con un extraño tubo de aspiradora conectado a una mochila que llevaba a su espalda... ¿Pero por dónde se había colado ese chalado en su sueño?

 

-¿Qué estás diciendo, insolente?- bramó Zeus con voz de trueno -¿Pretendes que me ponga de rodillas a tu pies?... ¿Acaso no sabes quién soy?... ¡Póstrate tú ante mí si no quieres que te fulmine con mis rayos ahora mismo!

 

Pero con un movimiento rápido y certero como el de una serpiente de cascabel, don Leoncio le roció la cara con una nube de gas procedente de su armatoste y el dios Zeus cayó como un fardo al suelo, poniéndose a roncar de inmediato, y Maga, a quién la nube alcanzó de refilón por ser más bajita, bostezó un par de veces y se acopló a echar una cabezadita en el suelo.

 

-¡Ja, ja, ja!- el militar se mostraba exultante -¡El Dormilón XXL es un gas infalible! Con esta arma dominaremos el mundo… Desarmarlos y esposarlos a todos, rápido, y hacinarlos en los tenderetes hasta que lleguen los camiones de la policía militar para llevarlos al puesto de mando.

 

Y los miembros de su escuadrón obedecieron sus órdenes todos a una como si de un banco de sardinas se tratara, a toda velocidad y sin chocarse unos con otros.

 

-Y en cuanto al cabecilla, al muyahidín de la túnica y los laureles en la cabeza- continuó el coronel -Ponerle un mono naranja y asignarle una pareja de vigilancia para que le echen un chute de gas en cuanto abra rel ojo, que despierto puede ser peligroso. Se nota que es un fanático pero yo sé domar a los de su calaña y os aseguro que su cabeza adornará mi salón. ¡Fulminarme a mí!... ¡Al coronel Leoncio Pedernales!... ¡No te jode el tío lilas este!

 

-Perdone, mi coronel, pero no sé si vamos a tener monos de su talla, que ya se ve que se trata de un individuo muy corpulento…- se atrevió a objetar un soldado.

 

-¡Pues busca algún sastre para que le tome medidas y le haga uno, o tráete a unos jíbaros para que lo reduzcan y entre en el traje, idiota!- las venas del cuello de don Leoncio se hincharon como morcillas –Hazlo como quieras pero hazlo, imbécil, y ahora mismo, porque tú te encargarás personalmente de proporcionarle el mono y serás responsable de su vigilancia las 24 horas del día hasta que el taxidermista, que viene de Murcia, se haga cargo de él. ¡Y cómo te pille en algún renuncio te meto un paquete por colaboración con el enemigo que te vas a cagar, porque te fusilo yo mismo!

 

Y una vez cogido impulso, continuó hacia Cornelio:

 

-¡Tú también de rodillas, que te he visto hablando con ellos! ¿Tú qué haces aquí siendo europeo? ¿De dónde eres? ¿Eres un apóstata que se ha unido a su causa?

 

-¿Un apóstata yo?... No, no, don Leoncio- tartamudeó el chico –Yo soy Cornelio Lasarte, y usted me conoce, que soy el novio de su hija Lidia, y estuve comiendo en su casa el día de san Valentín, y me ha invitado a la playa. Y ni mi amiga ni yo somos terroristas, se lo puedo asegurar.

 

El coronel llenó sus pulmones y adoptó la actitud de una hiena rondando un cadáver.

 

-¿Cornelio Lasarte?... ¡Ah, sí!... ¡Ya me acuerdo de ti, mariconcete, pues claro que te conozco!... Y dices eres el novio de mi hija, ¡qué pena tan grande!… ¿Y me puedes explicar qué estás haciendo en este lugar en compañía de la bella durmiente y del trastornado de la túnica?

 

-No, no, señor... No es exactamente así, se equivoca. Yo vine acompañando a Maga porque a ella le gustan los mercadillos- Cornelio no sabía por dónde empezar sus explicaciones.

 

-¿Sabes a la distancia que estás de tu casa, chaval? ¿Me quieres hacer creer que te has venido hasta aquí solamente para ir al mercadillo?

 

-¡Sueño, yo soy tu dueño y quiero irme de aquí! ¡Quiero volver con Maga al río!- deseó con todas sus fuerzas. Y se dio cuenta de que el sueño de Maga era ligero y cambiaba de postura.

 

-Ahora te callas ¿eh? Mmmh… Me da la impresión de que tú tienes más de una cosa que ocultar- hizo un gesto con la cabeza señalando a Maga –Así que de momento te vas con los demás a la trena, que ya te interrogaré allí más tarde, que tengo mucho interés en oír tus explicaciones.

 

Y volteándose hacia sus hombres, añadió -Y vosotros daros prisa y pegar fuego a todo al terminar, que esto es un nido de víboras y hay que acabar con todas. Y los tiradores a sus puestos, que el fuego les hará salir de sus escondrijos y los cazaremos como a conejos.

 

-¡No haga eso, coronel! ¡Son gente tranquila que estaba de compras en el mercado, no son terroristas, no haga una carnicería, no arrase su aldea!- suplicó Cornelio.

 

-Tonterías, chaval, los terroristas son como las cucarachas, por cada uno que ves hay diez escondidos. El del fuego es el único lenguaje que comprenden.

 

El chico estaba horrorizado y sin saber qué hacer cuando un flash le vino a la cabeza... ¿Pero era al principio o al final?

 

-¡Bernardo, diles a tus hombres que anulen tus órdenes anteriores y que suelten a todos los prisioneros, Bernardo!

 

Don Leoncio adquirió una mirada vidriosa y acató sus órdenes de inmediato, con lo que el banco de sardinas realizó la maniobra inversa con total perfección, ¡admirable!

 

-Y ahora deje su manguera y su bombona en el suelo, Ber-hip-nar—hip-do- un inoportuno ataque de hipo asaltó a nuestro héroe.

 

El coronel se quedó mirándole cortocircuitado y haciendo remolinos con los ojos.

 

-Digo que deje sus–hip-cosas en el sue-hip-lo, Bernar–hip-do- lo hizo lo mejor que pudo pero no coló.

 

-¡Aaah! ¿Con que esas tenemos, eh?- rugió don Leoncio -¿Te atreves a retarme, muchacho? Pues ahora verás lo que es bueno… ¡Subalterno del pene, que no eres más que un subalterno del pene!

 

-¿Será hijoputa el tío este? ¡Otra vez esa expresión odiosa!

 

El coronel Pedernales hizo ademán de coger su manguera para rociar a Cornelio con su gas pero el chico fue más rápido que él y le endosó un guantazo con todas sus ganas que le hizo volar por los aires y aterrizar unos metros más allá. Dio un par de pasos al frente para rematar la faena pero se detuvo al oír la voz de Maga:

 

-Ya vale, Cornelio, déjalo ya. Que ya se llevó lo suyo. El odio y el orgullo siempre son malos compañeros de viaje- le pidió –Anda, hazlo por mí.

 

Y el mundo se congeló en un instante en el que su cabeza daba vueltas muy deprisa y solo se oían los ronquidos del coronel.

 

-¡Qué daño me he hecho en la mano!- del susto se le quitó el hipo –Eso que has dicho está bien. ¿También te lo enseñó el tío Zeus?

 

-No, eso me lo enseñó mi madre. Son palabras de Afrodita.

 

-Pfff… Anda, vámonos, que ya te dije que no era muy buena idea venir a pasear por aquí- le dijo –Ponte a mi lado y le diré a mi sueño que nos traslade hasta el río.

 

-¡Nooo! ¡No podemos abandonar al tío Zeus de esta manera! ¡Tenemos que irnos los tres!- le hizo saber la diosa.

 

-¡Pero no me jodas, Maga! ¡Si es un sinvergüenza que sólo quiere meterte mano, ¿no te das cuenta?! ¡Ya se las apañará él solo, que tiene recursos!

 

-No, Cornelio, no, porque a pesar de todo es mi tío, y yo le quiero porque venía a verme cuando era pequeña, y me traía regalos, y jugaba conmigo y me hacía reír... ¡Y ese monstruo lo quiere disecar, así que no me iré sin él!

 

Y como el corazón puede más que la razón, Cornelio se sentó en el suelo con Maga junto al tío Zeus, se concentró y gritó: ¡Sueño, vámonos de aquí! ¡Llévanos a los tres al río!

 

Y los tres se desvanecieron ante los sorprendidos militares que pretendían detenerlos para materializarse de nuevo junto a la orilla del río.

 

-Muchísimas gracias, Cornelio, tienes un corazón muy grande.

 

-Sí, sí, como yo quedan poquísimos- agradeció él con una sonrisa -¿Pero y el tío Zeus? ¿No venía con nosotros? ¿Dónde se ha metido este fenómeno?

 

-¡No está!- exclamó Maga con espanto -¡No ha llegado con nosotros, se ha quedado allí a merced del orangután y del taxidermista que viene de Murcia! Debemos ir a buscarle, rápido, ¿vienes conmigo, darling querido?

 

-Joder, Maga, ¿volver a ese avispero? ¡Y con el coronel despierto!...

 

Ella optó por derretirle con la mirada y con un mohín con el pico.

-Vale, iremos, si no queda otra… Pero dame un susto si me entra el hipo, ¿eh?, que tengo que decir Bernardo siempre al final.

 

-Ay, hijo, ¡qué cosas más tontas tienes! Eres como el que se regañaba él solo para ahorrarle trabajo a su mujer…

 

Y total, que Cornelio se estaba arañando la frente –devanándose los sesos lo más que podía- mientras se concentraba en pedirle a su sueño que les trasladara de nuevo al zoco cuando un enorme abejorro negro azabache se posó sobre su nuez, esbozó una enigmática sonrisa, hizo zzzzz y le soltó un picotazo que dicen las crónicas que resonó en Oklahoma.

 

-¡Un arzobispo! ¡Y te ha picado en la nuez!- exclamó Maga, muy alarmada.

 

-¡Aaargh!... ¡Qué dolor!- el chico quería chillar pero no podía y se agarraba el cuello con las dos manos -¡No puedo respirar! ¡Me ahogo!

 

-¡Resiste, Cornelio, resiste, que te haré una traqueotomía!- afirmó ella, muy segura de sí misma.

 

-¿Túúú?- acertó a decir el joven, presa del pánico.

 

-Naturalmente, ¿acaso dudas de mí? Los de la Escuela de Tebas me invitaron a un cursillo cuando hice mi primera comunión y aún recuerdo algo de lo que allí dijeron. Espera un momento, que necesito un tubito, y verás- le aclaró ella mientras cogía un canuto de un matojo cercano.

 

-¿Tu primera comunión?... ¡Aaargh!... ¡Con eso no, por favor, Maga, no me vayas a pinchar con eso!- el chico perdía la vida a ojos vista, que también se le nublaba.

 

-¡BRRROOOM!- un rayo cayó junto a ellos y de entre los flashes surgió la imponente figura de Zeus.

 

-¿Estáis en apuros, muchachos?- preguntó con calma y suficiencia -Tranquilos, tranquilos. No pasa nada, que ya estoy yo aquí.

 

-¡Oh, tío Zeus, qué bien que viniste!- palmoteó ella -¡Qué oportuno has sido en esta ocasión!

 

-Te enseñaré el valor de la experiencia, pequeña- el dios sonrió con benevolencia y masajeó con su enorme manaza el gaznate de Cornelio mientras repetía –Sana, sanita, culito de rana, si no sanas hoy sanarás… ¡mañana!.

 

Y el ahogo del chico desapareció por arte de magia. Lo que es el oficio, oye.

 

-Gracias, tío Zeus, merci, wilkomenn- deliraba Cornelio entre jadeos –Me has salvado la vida, tronco.

 

El dios le miró con desagrado y fijó la atención en su sobrina, porque una vez superada la alegría inicial, a Maga se le había torcido un poco el pico.

 

-¿Qué pasa, pequeña, acaso no participas del jolgorio en mi honor?

 

-Espera un momento, tío. Si no tú viajaste hasta aquí con nosotros, ¿cómo sabías dónde estábamos? ¿Cómo te libraste del Leoncio y llegaste aquí tan rápido?

 

-Mmmh… No entiendo qué quieres decir, querida.

 

-Pues verás, tío, que conozco muy bien tus bajezas y tus procederes tramposos, y creo que tú viniste hasta aquí con nosotros y que te ocultaste rápidamente, transformándote en el gordo y negro arzobispo que picó a Cornelio en la nuez, para presentarte después como salvador y así evitar cumplir tu propia ley.

 

Cornelio escuchaba asombrado.

 

-¿Sería cabrón el tío este? ¿Y de qué ley hablaba ahora Maga?

 

-¡Qué barbaridad!- el dios se fingió dolido –Ese gas del sueño te ha debido afectar, pequeña, y si no te quisiera tanto me ofenderías gravemente. Me desembaracé de los payasos en cuya compañía me abandonasteis repartiendo tres moquetes y vine aquí a buscaros para asegurarme de que os encontrabais bien… Así que déjame que te ponga unos fomentos y te haga unos arrumacos, mi niña, que verás cómo enseguida te encontrarás mejor.

 

Cornelio lo flipaba con las artes de Zeus.

 

-¡Déjate de fomentos y arrumacos, tío, que no eres más que un cuentista y te vales de métodos muy bajunos! Tú viniste con nosotros hasta aquí y te transformaste en arzobispo para picar a Cornelio y salvarle después la vida.

 

-¡Oh, por Cronos, tú desvarías querida mía! ¡Me haces reír! ¿Por qué iba yo a seguir una conducta tan errática?

 

-Pues porque fue Cornelio el que te salvó la vida a ti, y no tú a él, como pretendes hacernos creer. Y sabes que la ley por ti promulgada te obliga a ser noble y cortés con él durante toda su vida, y él es mi acompañante, así que eso te impediría tirarme los tejos de manera desaforada cada vez que me vieras, y tú prefieres tener más libertad en ese campo, ¿no es así?- le dijo ella muy airada -Conozco tus artimañas y sé que no eres más que un farsante y un tramposo, tío Zeus, que vives de tu leyenda y en realidad eres un fiasco.

 

El dios bajó la mirada avergonzado y advirtió por las uñas de sus pies que parecía un explorador de alcantarillas, con lo que escondió los dedos rápidamente bajo su túnica.

 

-En este mundo cruel nada es verdad ni mentira- arguyó en su defensa -Todo es según el color del cristal con que se mira.

 

-Y todos hablan de la feria según les va en ella- añadió Cornelio, contagiado por la solemnidad del momento.

 

Maga le lanzó una mirada reprobatoria y continuó:

 

-Tú falta de ética es vergonzosa, tío. Casi asfixias a Cornelio, aun debiéndole la vida, para luego venir a salvarle y ponerte una medalla… ¡Me avergüenzo de ti!... Anda, Cornelio, dale un par de hostias a este degenerado, que se las tiene bien ganadas y ya te las daré yo a ti luego, hazme el favor.

 

-¡Eso sí que no!- gritaron al unísono Cornelio y Zeus.

 

-Ja, ja, ja, ja- rió Maga.

 

El dios marcó bíceps y miró desafiante al joven, soltando un resoplido de advertencia. Y el otro se concentraba en disimular el temblor de sus piernas, y fiel a su estilo huyó hacia adelante:

 

-Yo soy partidario del diálogo, que la violencia nunca lleva a nada bueno- aclaró -y os aseguro que no hay nada como un buen diálogo. Y si puede ir acompañado por unas cervecitas y unas anchoas aquello se convierte en una experiencia única, insuperable. Y si os fijáis bien, en las guerras siempre hay víctimas por los dos lados, así que eso…

 

-¡Cállate ya, Cornelio, por favor! Solo era una broma, te lo crees todo. Ahora tenemos que zanjar un asunto muy serio con mi tío- y volviéndose hacia él –Y cuanto a ti, que tu conducta es más propia de algún demonio que de un dios, que hiciste todo esto para liberarte de tu deuda con Cornelio. ¡A buenas horas te iba yo a querer si no fuera por lo bueno que fuiste conmigo cuando yo era pequeña!

 

-¡Por favor, querida niña! ¡Sin duda estás enajenada! No puedo creer que pienses eso de mí- había que reconocer que el tipo tenía tablas y conservaba la entereza -Acércate a mí, que te haré unas carantoñas que te calmarán de inmediato y aquí paz y después gloria. ¡Verás qué bien!

 

-¡De ninguna de las maneras!- se opuso Maga, muy indignada –Que sepas que tu obligación de ser noble y cortés con Cornelio durante toda su vida sigue en pie, y que si vuelves a hacer algo parecido me encargaré personalmente de contárselo al Consejo de los Dioses para que te echen del Olimpo por violar tus propias leyes. ¡Te juro por el padre Cronos que así lo haré, tío Zeus!

 

-¿Expulsarme a mí del Olimpo? Juá, juá, ¡qué desatino! ¡Si el Olimpo es mi reino!

 

-Pues precisamente por eso todos obedecerán ciegamente tus leyes y te expulsarán, que son muchos, obstinados y forzudos, ya les conoces. Y ser expulsado del Olimpo por tus fieles será tu castigo y tu deshonra eterna.

 

-¡Rayos y truenos!- Zeus pensaba en las palabras de su sobrina –Parecía que ella hablaba en serio y si se chivaba de sus argucias sería expulsado del Olimpo, ¡expulsado del Olimpo!... ¿Y a dónde iba a ir?... Sí él en el fondo era un paleto, que no había viajado nunca, que sólo había ido una vez a Canarias… En su exilio tendría que buscar refugio en el helado norte y podría convertirse en el yeti… No, no, mejor que no. No soportaría pasar por ese bochorno.

 

Así que no tuvo más remedio que tragar con las condiciones de la joven:

 

-Y siempre serás amable con Cornelio y me respetarás a mí para no incomodarle dándole motivo de celos, porque él es una persona muy especial para mí y le quiero ser leal… ¡Júrame por el padre Cronos que lo cumplirás, tío! Y que yo vea tus veinte dedos, no sea que vayas a cruzar unos cuantos.

 

Zeus tragó saliva. ¡Estaba perdido! No tenía más remedio que mostrar sus pies a Maga. ¡Qué mal rato iba a pasar!

 

-¡Por dios, tío, qué uñas tan inmundas tienes!... Y encima vas exhibiéndolas con calzado abierto. ¿Se puede saber cuántos años tienen ya tus pestilentes sandalias? ¿Es que no hay nadie en el Olimpo que se ocupe un poco de tu higiene? Vamos, tío, realiza tu juramento y vete a lavarte los pies y cortarte las uñas antes de que te vea nadie más. ¡Qué van a pensar los Cíclopes de ti!

 

Y la persuasión innata del eterno femenino logró que el dios aceptara sus condiciones, pronunciara el juramento y se marchara de vuelta a casa muy pensativo.

 

-¿Dónde cojones habría dejado el maldito cortaúñas?- se preguntaba, mesándose el cabello mientras se alejaba de allí.

 

-Maga- Cornelio habló el primero cuando se quedaron a solas -¿Es verdad que soy una persona muy especial para ti y que me quieres ser leal?... ¿Es cierto lo que le dijiste a tu tío?

 

-¡Bueno! Son cosas que se dicen para salir del paso- contestó ella riéndose -¿Es que eres tonto o qué?... ¿No te das cuenta de que estoy loquita por ti?

 

Y él no pudo vencer el impulso que le empujó a besarla, pero una vez más se impuso la ley de Morfeo y ella se desvaneció en cuanto sus labios contactaron con ella.

 

-Tííí… Tííí… Tííí… Tííí- ¡el puto despertador de nuevo! ¡Cada mañana sonaba más pronto! -¡A repartir pollo otra vez, joder que vida esta!

 

Se arrastró hasta la ducha y se tomó un Nescafé.

 

-¿Será verdad lo del sueldo este que anuncian aquí? No conozco a nadie que le haya tocado, ya me podía tocar a mí.

 

Acababa de entregar un pedido cuando sonó su móvil.

 

-¿Lidia?... ¿Qué pasa?... Estoy trabajando…

 

-Perdona, cari, pero no sabes lo que ha pasado. Esta mañana se han encontrado a mi padre tirado en el portal con la mandíbula rota y lleno de magulladuras. Parece ser que se ha debido caer por la escalera, pero no se acuerda de nada y le van a operar ahora mismo.

 

-Eeerh… Vaya, qué mala suerte, cuánto lo siento- disimuló su sobresalto -¿Hay algo que yo pueda hacer?

 

-No, nada, solo pasar a verle luego si quieres, que le gustará mucho verte, porque dicen que repetía tu nombre cuando estaba inconsciente…

 

-¿Quééé?... ¿Decía mi nombre?... ¿Y qué más decía?- le entró el canguis.

 

-No lo sé muy bien, pero no paraba de decir desvaríos sobre cosas de guerras y decía que tú eras un peligroso líder talibán y te llamaba Cornelio el apóstata, y no sé qué locuras más.

 

-¿Ah, sííí?... ¡Qué cosas tan raras!

 

-Ya te dije que él es muy enrollado y que te cogería cariño enseguida.

 

-Eso debe de ser- se agarró a un clavo ardiendo -¡Qué entrañable! Pues iré a verle en cuanto pueda, sí, claro que sí.

 

-El médico dice que el golpe ha sido tremendo, que parecía que le había dado una coz una mula, y que era normal que ahora no se acordara de nada y confundiera la realidad con sus sueños.

 

-Eso tiene que ser. El médico es el que sabe, ¿no?

 

-Y que ya irá recuperando la memoria en los próximos días, que no nos preocupemos, que no le agobiemos y que le demos mucha sopa.

 

-¿Mucha sopa?

 

-Claro, ¿no ves que no puede masticar?

 

-¡Vaya por dios!

 

-Así que yo salgo ahora para allá y tú podrías pasarte un rato cuando acabes el trabajo, que le hará ilusión verte.

 

-Muy bien, muy bien. Así lo haré.

 

-¡No era posible!- pensó muy aturdido cuando colgó -Él no tenía tanta fuerza como para romperle a mandíbula a don Leoncio de un puñetazo, así que él no podía haber sido. Aquello era imposible, aunque tratándose de un sueño…

 

-♫ ¡Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así! ♪- canturreaba Serrat a través de los altavoces de su furgo mientras terminaba de hacer el reparto.

 

 

Hasta el infinito y más allá

 

Los días fueron pasando y Cornelio ya solo vivía para dormir, o mejor dicho para soñar con su Maga y poder estar con ella el mayor tiempo posible. Perdió el hábito de comer y descuidó mucho su aseo. Sólo salía de casa para ir al Roñas y volvía en cuanto acababa el turno. Se tomaba dos pastillas para dormir y se metía en la cama con el móvil apagado y el fijo descolgado para que nadie interrumpiera su sueño, de manera que se redujeron al máximo las conversaciones telefónicas con sus padres y sus encuentros con Julio y Lidia. Su falta de puntualidad se hizo patente en su trabajo, y Olivares le había abierto ya dos expedientes en diez días. Pero todo aquello se la chuflaba y su mayor preocupación era que su reserva de pastillas se iba agotando y no sabía cómo conseguir más, porque le pedirían receta, que ya se había informado.

 

Hasta que una mañana la voz de Hortensia, su madre, le despertó.

 

-Cornelio, hijo mío, ¿te encuentras bien? ¿Qué haces metido en la cama a estas horas? ¡Son más de las doce de la mañana!... Tendrías que estar trabajando, ¿no?

 

-¡Mamá, eres tú!... ¿Qué haces aquí?... ¡Debes cuidar tus rendijas!... ¡Ten mucho cuidado con Fobos!

 

-¿Pero qué desvaríos dices, hijo, qué es lo que te pasa?- intervino Victoriano -¿Es que has bebido?

 

-¡Pero cómo lo tienes todo!- criticó su madre -¿Cuánto hace que no limpias la casa?... Tienes todos los ceniceros llenos, y hay latas de cerveza y platos sucios por todas partes…

 

-Yoo… ¡Lo siento mucho! Iba a recogerlo todo ahora, porque aprovechando que es sábado iba a hacer limpieza general.

 

-¿Pero qué dices, Cornelio, si hoy es jueves?

 

Sus padres, muy alarmados, decidieron llevarle a las urgencias de psiquiatría, de donde salió ocho horas después con un diagnóstico de “brote de esquizofrenia paranoide aguda” y con un tratamiento provisional de siete pastillas diarias que debería tomar al menos hasta que le viera su especialista de zona.

 

-Es posible que le prescriban alguna medicación más, o incluso que le recomienden unos días de ingreso para poder valorarle mejor, porque su hijo no está nada bien. En lenguaje llano ha perdido la chaveta- les dijo el médico al despedirse -¡Y no olviden acudir al neurólogo para que descarte un trastorno de médula!

 

Sus padres se quedaron muy preocupados por sus palabras porque aquello no sonaba muy bien.

 

Y Lidia y Julio se acercaron a su casa para verle al día siguiente.

 

-¿Qué es lo que le pasa?- preguntaron a su madre cuando les abrió la puerta.

 

-Pues hijos, los médicos aún no lo saben. Han dicho que puede ser cosa de glándulas o algo así…

 

-Médula, Hortensia, no glándulas- le corrigió su marido.

 

-Pues eso, cosa de médulas, lo que yo decía, a ver qué diferencia hay… Pasar a verle si queréis, que se alegrará mucho de que hayáis venido.

 

Lo encontraron sentado en una butaca, babeante y con la mirada perdida por el exceso de medicación.

 

-¿Qué dicen de mí en el Roñas, Julio?- preguntó arrastrando la voz.

 

-De momento no dicen nada- le explicó su amigo –Tu madre cogió el teléfono cuando llamó Olivares a preguntar por ti, y le dijo que estabas indispuesto y que no te podías poner, pero él reclamó tu justificante médico, y no sé yo si el papel con el membrete de las urgencias psiquiátricas que enviaron tus padres les va a sentar muy bien… ¡En fin!... ¿Qué es lo que te pasa, tío?

 

-Estoy enamorado, Julio, eso es todo... Pero no te preocupes por mí, que estoy bien- contestó balbuceante mientras se limpiaba las baburrias con un Kleenex.

 

-¡Oooh, cari!... ¡No me digas que esto te está pasando por mí!- exclamó Lidia en su santa inocencia -¡Pero si yo te quiero mucho y ya estoy pensando en nuestra fecha de boda! Quería darte la sorpresa y proponerte que nos casáramos el 19 de mayo del año que viene en la iglesia de Mataborricos, el pueblo de mi padre, pero no sabía que sintieras tanto anhelo por mí… ¡Si quieres lo podemos adelantar!

 

-Si lo que has de hablar no va a agradar es mejor callar- las palabras de la señorita Remedios, su profesora de básica, surgieron de su memoria y Cornelio hundió la mirada en el suelo manteniendo silencio.

 

-Me han contado un chiste buenísimo- Julio intentó quitarle hierro al asunto –Resulta que el Titanic se está hundiendo y el capitán ordena a sus oficiales lanzar el último bote y subir todos en orden. Pero mi capitán, si todavía quedan mujeres en el barco, le dice uno de ellos, y el capitán contesta: ¡sí, hombre! Para follar estoy yo ahora, ja, ja, ja, ja, ja, ¿no te hace gracia?

 

Cornelio le miraba impávido y Lidia chasqueó la lengua en señal de desagrado.

-Amos no jodas, Corni, que algo más tiene que haber, no me vaciles, dímelo- objetó su amigo, incrédulo –Que algo raro te tienes que estar metiendo para haberte puesto así. Dime toda la verdad ahora mismo.

 

-¡Es una mujer increíble, Julio, y yo la quiero y me ha dicho que ella a mí también! ¿Es que no te das cuenta? ¡Es mi diosa!

 

-¡Oooh, cari!- Lidia estaba visiblemente emocionada –Nunca creí que me quisieras tanto… ¿Podrás perdonarme algún día?...

 

Su amigo le miró muy preocupado sabiendo de qué iba la historia, pero no quiso hablar de ello delante de Lidia.

 

-Hala, chicos, que ya está bien por hoy- interrumpió la buena de Hortensia –Que el médico ha dicho que necesita mucho descanso para que se recuperen sus glándulas. Mañana podéis venir otro rato a verle si queréis.

 

Aquella noche Cornelio besó efusivamente a sus padres antes de irse a la cama y hacerse el dormido.

 

-Ningún ser vivo podrá tenerme- las palabras de Maga no paraban de dar vueltas en su cabeza -¿Habría manera de burlar el maleficio? ¿No habría alguna rendija por la que poder colarse?

A eso de la una y media se levantó muy sigiloso para ventilarse las pastillas de todas las cajas que le habían recetado ayudado por una lata de cerveza.

 

-Adiós, Trudy, fiel amiga- dijo al volver a la cama –Que sepas que te echaré mucho de menos.

 

Y notó que ella se estremecía lastimera.

 

-No me lo pongas difícil, anda, sé fuerte- y le dio un tierno beso de despedida.

 

A la mañana siguiente sus padres lo encontraron en la cama con una llavecita de plata firmemente asida en su rígida y pálida mano. Su cara mostraba una expresión muy apacible sin el menor rictus de dolor. El chico ya no respiraba y los del SAMUR no pudieron hacer nada por recuperarle a pesar de sus esfuerzos y su premura en acudir.

 

La pobre doña Hortensia se quedó en estado de shock sin poder digerir la noticia y lo que más le sorprendía de todo era la ausencia de la almohada, que no aparecía por ninguna parte.

 

-Demonio de chico, ¿qué habrá hecho con ella? ¡Qué cosas tan malas tienen las glándulas!

 

♪ Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres,

porque el amor, cuando no muere mata,

y los amores que matan nunca mueren… ♫

 

se oía cantar al viejo Sabina por la ventana del patio.

 


FIN

 

 

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Published on e-Stories.org on 12/04/2016.

 

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