Álvaro Luengo

RENDIJAS


 

CORNELIO

 

-¡Qué pollo tan ordinario!

-¿Lo dice por mí, señora?- exclamó el chaval, sobresaltado.

-¿Es que no tienes ojos en la cara, muchacho?- doña Urraca agitaba el envase del pollo a escasos centímetros de su nariz -¿Has visto el grueso del corte?... Mira, mira, si es más grueso que mi pulgar, ¿no lo ves? Y yo pedí escalopines, ¡ES-CA-LO-PI-NES!, ¿comprendes? ¿Tú sabes lo que son los escalopines?

El chico retrocedió un paso y la miró con asombro.

-Pues sí, señora, sí que lo sé. Y lo sé porque me gustan mucho los animales- el repartidor se mostró muy ufano –Los escualopines son las crías de los escualos, que son los tiburones y su amplia familia. Así que son tiburones pequeños, del tamaño de un salmonete, más o menos, para que se haga una idea. Y es por eso que escualopines es su nombre correcto, sepa usted, y no escalopines, que eso es un término referido al senderismo y no viene a cuento ahora.

-Pero… Pero… ¿Qué es esa sarta de tonterías que estás diciendo, chico?- el asombro cambió de bando -¿Es que te estás riendo de mí o qué? ¿Has visto qué aspecto tienen?... Si es todo grasa, no hay más que verlo. Mira, mira, blanco, todo blanco... ¿Tú crees que yo les voy a dar de comer esto a mis hijos? 

Aspiró ruidosamente una bocanada de aire y continuó con sus graznidos:

–¡Vete por donde has venido y llévate estos despojos de aquí porque no te voy a dar ni un euro por ellos! Y que sepas que ahora voy a llamar a tu supermercado para poner una queja. O mejor dicho dos: una por sus productos y otra por tu insolencia.

-Hágalo, señora, está en su derecho- le animó él -A mí me entregan los pedidos y yo los reparto, así que a mí no me cae el marrón.

-¿Qué es lo que dices? ¿Cómo te llamas? Dímelo, que quiero poner tu nombre en la queja- le increpó ya cuando bajaba la escalera.

-¡Cornelio, doña Urraca, sepa usted que me llamo Cornelio!- vociferó él desde un piso más abajo, apenas volviendo la cara al contestar.

-¿Cóóómo dices que te llamas? ¿Corneliooo? Ja, ja, ja, ja… ¡Mentira, mentira! Ja, ja, ja, ja… ¡Qué ocurrencia! Eso es imposible, nadie se llama así, ¿quién le va a hacer eso a su hijo? ¿Me estás tomando el pelo otra vez?

El hartazgo acumulado de las innumerables chanzas y chascarrillos que había tenido que soportar a lo largo de su vida acerca de su nombre le brotó desde lo más hondo: 

-¡Pues yo me llamo así, señora, y a mucha honra!- los berridos ya procedían de la puerta de la calle -¡Sepa usted que me llamo Cornelio, como Publio Cornelio Escipión, el gran general romano que venció a Aníbal! Y a usted quién le puso el nombre, ¿eh? Porque tuvo mucho tino. ¡Que pase un buen día y disfrute mucho de su teléfono, doña Cuerva!

-¿Cómo has dicho? ¡Sube hasta aquí y repítelo!- qué joven tan impertinente, y qué cosas tan raras decía… Que si Cornelio, que si escorpión, que si escualopines… ¿Estaría bien de la cabeza? Iba a llamar a la tienda a preguntar por si acaso…

-A ver si la marquesa esta del pan pringao me va a joder el curro ahora- mascullaba el otro, ya por la calle -¡Será cabrona!... Qué vida tan perra esta…

Y aquí hay que hacer un inciso para explicar que Cornelio no estaba pasando por su mejor momento, que eso lo reconocía él, pero lo más alarmante es que la cosa iba a peor. Él había sido siempre muy tímido, pero su timidez llegaba al extremo a la hora de tratarse con chicas. En cuanto al sexo, él tenía claro que era hetero porque notaba que eran ellas quienes le encendían, pero eso no quitaba para que se pudiera llevar bien con cualquiera que profesara cualquier otra opción sexual. Lo único que daba y exigía a cambio era mostrarse respeto entre ellos. Le parecía lo más lógico y le salía sin forzar lo más mínimo, de natural, así que así lo hacía y le iba bien en ese terreno.

Total, que el caso es que ya cerca de los veinte no había tenido ninguna relación física con ninguna chica. Y cuando digo ninguna es ninguna, que no miento. Ni la más mínima: ni un beso, ni una caricia, ni siquiera caminar cogidos de la mano: NADA DE NADA.

Pero el despertar de su sexualidad, algunas páginas de internet, y la lógica curiosidad y el deseo de darse un palizón con alguna chica guapa que fuera entusiasta de la misma idea crecían de día en día y le habían llegado a obsesionar. Le disgustaba el hecho de que, quién más, quién menos, todos sus amigos y conocidos tenían alguna experiencia con chicas, ¡pero eran todos menos él! Eso no podía ser, le daba mucha vergüenza. Tenía que enrollarse de alguna manera con alguna piba, tenía que probarlo. Y si follaba, mejor.

La oscuridad de la noche daba rienda suelta a su desesperación:

-Otro día perdido sin que pase nada- pensaba al meterse en la cama.

Y se entregaba en brazos de Trudy, su querida almohada, su compañera fiel:

-¡Si es que me muero de ganas de darle un buen morreo a una tía, Trudy! Pero no sé cómo conseguirlo... ¿Me lo grabo en una camiseta, lo vocifero con un megáfono?... ¿Tú qué harías? Tengo que probarlo, quiero saber qué se siente, no sé si me entiendes- y ella le acogía con cariño y comprensión, porque estaba profundamente enamorada de él.

Pero en cuanto se durmió Trudy y él se quedó a solas, sus satanillos volvieron para inquietarle:

-¿Se me pondrá dura mientras me morreo?... La chica lo notaría, claro, y ella sabrá qué hacer, pero ¿y si hay más gente delante y me pillan con la tienda de campaña puesta?… ¡Qué corte, ¿no?! ¡Se van a descojonar!

El chico era una cosa exagerada. Con las que le gustaban perdía los nervios hasta cuando se sentaban a su lado, como le pasó una vez en el autobús del instituto con Wendy, una compañera de clase morenita y pizpireta que le tenía atrapado y le quitaba el sueño. A Cornelio se le disparó el corazón como una carraca cuando ella, que no apartaba la mirada del móvil, se sentó a su lado sin advertir su presencia, con lo que él empezó a boquear como un pez, le temblaron las piernas y se empapó en sudores fríos al sentirla tan cerca.

Al menos su vista no estaba afectada, menos mal, con lo que la echaba miraditas de reojo pensando en cómo abordarla.

-¡Joder qué bonita es! ¿Pero qué le digo yo ahora? ¿Hago como si no me hubiera dado cuenta y la saludo fingiendo sorpresa o qué? Sí, parece que es buena idea.

Pero una contractura repentina en su mandíbula le indicó que quizás no lo era tanto… ¡Si no podía articular palabra!

-Qué ojazos tiene- se limitó a pensar -qué pelo, qué boca, qué tetitas tan simpáticas, qué manos tan, tan… ¿fuertes?... Y las muñecas también… ¡Joder! ¿A veeer?... ¿No será que?...

Bajó la mirada hasta su entrepierna ¡y descubrió que Wendy tenía paquete!, que desde ahí lo veía muy bien. Un buen paquetillo, sí señor. Y se quedó helado con el hallazgo.

-¡Hostias!- pensó -¡Pero si Wendy es trans! ¡Ahí va la leche, quién lo iba a pensar!

Y decidió quedarse callado, esta vez por decisión propia y sin contracturas que le obligaran. Porque aquello le descolocaba y se sentía confuso. Sabía que cada persona tiene derecho a elegir el sexo que prefiera, nada que objetar, pero resulta que él se había hecho ilusiones con esa persona creyendo que ella era de otra manera… Y no es lo mismo, o al menos él lo sentía así.

-¿Y por qué no es lo mismo, si se puede saber? (incluyo esta pregunta a petición de un lector interesado en el tema).

-Pues… no sé si sabré explicarlo bien- le contesta Cornelio -Quizás tenga algo que ver con que en las fantasías sexuales de los hombres heteros no era raro que acariciáramos y jugáramos con los genitales de nuestra chica. Y si donde te esperas encontrar una rendija te encuentras con un lagarto… Pues que no es lo mismo, que te descoloca la fantasía. Me lleva a replantearlo. Y no es por prejuicios sino por sensaciones… ¡Qué le voy a hacer si soy así! Yo también tengo derecho a vivir mi sexualidad libremente, ¿no?

El caso fue que el chico se quedó calladito hasta que ella se levantó para bajarse:

-Hasta mañana, Wendy- acertó a farfullar.

Ella se volvió sorprendida y le regaló una espléndida sonrisa. La verdad es que era muy guapa, ¡qué putada!

-¡Corni, si eres tú! Viajabas acá conmigo ¿y cómo no dijiste nada?

-Yooo… eeerh… te veía muy centrada en el móvil y no quería molestar.

-¡Eh, tú, joven!- gritó el conductor -¿Quieres dejar bajar a la chica de una vez y no molestarnos a todos? ¡Queremos llegar a casa, que tenemos que comer!

En fin, que no daba una.

Y cuando salía de fiesta y se encontraba con alguna que le gustaba, pues también era lo de siempre, que se la quedaba mirando embobado sin saber qué coño decirla para romper el hielo. Y entretanto llegaba otro que le decía cualquier tontería que la hiciera reír y ¡zas! Como por arte de magia el camino se le allanaba y a los pocos minutos ya se estaban dando con la manita en la pierna el uno al otro. ¡El truco era la risa, hacerlas reír!

La risa con sus propiedades relajantes y benefactoras tenía que ser una de las llaves mágicas que abren el corazón femenino, no podía ser de otra manera. Ahora bien, ¿cómo podría hacerlas reír? Tampoco quería convertirse en el típico pesado que te cuenta doce chistes seguidos sin respirar…

-¿Qué técnicas había para hacer reír? ¿Cuál era el mejor chiste del mundo?

Escaneó la red y vio que en todas partes se destacaba el poder hilarante de una buena carcajada contagiosa (pero ojo, que no servía una risa cualquiera) soltada por alguien que se estuviera partiendo de risa era una de las cosas que más podían inducían a reír.

Pero ¿cómo tenía que ser una carcajada para ser contagiosa? Esa era la cuestión, así que buceando en youtube seleccionó una carcajada que le gustó mucho y le hizo reír, pensando que él la podría llegar a imitar muy bien con un poco de práctica en su habitación. Y cuando lo dominara podría llegar y decir la gilipollez más grande que quisiera, que si después se reía así de bien y le lograba contagiar a ella, eso era simbiosis segura.

Y debatiendo con Trudy los pormenores del caso le venció el sueño.

Fiel a su propósito se puso a practicar la carcajada contagiosa la misma tarde del día siguiente. Le daba una pasada al video de youtube y luego lo imitaba él. Y así una y otra vez. Y cuando ya llevaba una hora larga y lo hacía bastante bien, su madre, Hortensia, se asomó por la puerta de su dormitorio:

-Cornelio, hijo, ¿te encuentras bien? No tendrás ningún animal aquí metido, ¿verdad?

-¿Un animal, mamá? ¿Cómo se te ocurre, porqué dices eso?

-No, perdona, es que cada vez que paso por el pasillo me parece oír un glugluteo de pavo en tu habitación, y no sé si eres tú o que tienes algún bicho.

-¿Cómo dices? ¿Que si estoy glugluteando o que si hay un bicho en mi habitación? ¡Qué cosas tan raras dices!- le echó cara -Yo no glugluteo, mamá. Nunca lo he hecho. No sé cómo se hace y ni siquiera sabía que se llamaba así. ¿Y tú cómo sabes cómo gluglutean los pavos, si se puede saber, dónde los has oído?

Ella sonrió y le explicó:

-Es una vieja historia. Cuando yo era pequeña, todos los años en navidades me llevaban a pasar unos días al pueblo, a casa de los abuelos. Y ellos tenían allí un pavo suelto en la cocina, que andaba de aquí para allá picoteándolo todo y soltando un glu-glu-glu-glu-glu muy repetitivo. Su triste destino era el de servirnos de cena, claro, y su negra mirada decía que él también lo sabía, de manera que yo interpretaba su glu-glu como su canción del adiós a la vida en una ópera que ponían mis padres, y yo me ponía muy triste al oírlo y lloraba a escondidas. Y ahora me pareció oírlo de nuevo y por eso me he asomado, no fuera a ser que se te hubiera ocurrido subir un pavo a tu habitación.

-¿Un pavo en mi habitación? Si, estuve pensando en adoptar uno, pero casi prefiero un avestruz… ¡Cosas tan raras dices, mamá!

-O que estuvieras enfermo y estuvieras tosiendo de manera que sonaras como el adiós a la vida del pavo, yo qué sé. Me asustó oír ese ruido y me asomé.

De nuevo a solas en su habitación, Cornelio, incrédulo, tragó saliva y soltó un bufido:

-¡Puuuf! Vaya ducha fría que me acaba de dar mi madre- resopló -¿Que mi risa le da lástima?... ¿Qué si es el al adiós a la vida?... ¿Qué llora a escondidas?... ¿Es eso lo que transmiten mis carcajadas contagiosas?... Pues menudo éxito voy a tener con ellas, no te jode. Todas las chicas llorando desconsoladas y alejándose de mí como de la peste, mejor desechar la idea. ¿Qué podía hacer ahora?

Como todos, tenía su corazoncito y su dignidad, y no se encontraba a gusto siendo el farolillo rojo del pelotón, por lo que estaba firmemente decidido a integrarse en él, pero no sabía cómo hacerlo… ¿Es que nadie le iba a revelar nunca el secreto de cuándo podía besar a una chica sin que le pegara una hostia?... ¿Cómo son sus señales, cómo detectarlas, pueden ser ultrasónicas, existe algún manual?... ¿Cómo podía saber cuándo alguna chica estuviera receptiva y dispuesta a tener algún rollo con él?... Pues el caso era que él se había llevado dos bofetones las dos primeras veces que lo había intentado, y quieras que no, un principio así mina la moral de cualquiera.

Y total, que se idiotizaba cada vez que se acercaba a alguna chica con intenciones de enroscar, y yo tuve la suerte de asistir una vez a su actuación estelar, que consistía en acercarse sigiloso cual guepardo a su inocente víctima para volcar una bebida sobre ella mediante un aspaviento imprevisible e intempestivo:

-¡Perdona, mil perdones! ¡Lo siento!- balbuceaba rojo de vergüenza mientras insistía en secarle la ropa con un puñado de servilletas de papel -¿Te he mojado mucho?

La chica le miró iracunda y le calzó un bofetón:

-Joder, tío, mira cómo me has puesto… ¡Y aparta esa mano, que encima quieres aprovechar para tocarme, cabrón! Anda, déjame en paz que voy al baño a limpiarme y no quiero verte aquí cuando vuelva, ¿vale? Que como se entere Jackie te va a poner la cara a cuadros, ya lo verás.

Y se alejaba maldiciendo su suerte por haberse cruzado con semejante gilipollas.

Cornelio no tenía remedio y él lo sabía. Tenía que admitir que estaba muy desorientado en las cuestiones de amor… Y por cierto, ¿quién cojones sería ese Jackie? No sería de alguna banda, ¿no? Ese rollo no le iba nada y ella parecía centroamericana... ¡Qué gilipollez, eso era una paranoia suya!... Pero ¿y si…?

Bueno, él era muy neuras, sí, pero no era ningún blandengue, y si los demás eran capaces de conseguirlo ¿por qué no iba a conseguirlo él? ¡Temblad, chicas, que voy por vosotras!- se reía de sí mismo.

 

Tenía que dejarse de teorías y ser práctico. Lo único que necesitaba era la ayuda de un guía, un maestro, un instructor, un coach que fuera experto y discreto. Y no había muchos candidatos para esa especialidad.

Así que después de tres noches de intensos debates con su almohada:

 - A Ricardo no, Trudy, que es un bocazas. Para explicarle el problema le tengo que contar todos mis fracasos. Y encima dándole detalles… No, no y no. Que al día siguiente lo sabe todo el barrio y me sacan los colores en tós laos.

Ella permaneció en silencio y él le comunicó su decisión:

-Prefiero pedírselo a Julio, que le veo más fiable y me cae mejor que él. Le pediré que me haga de profesor, y a ver si lo acepta y qué es lo que me pide a cambio.

Trudy se encogió de hombros dando a entender ¡y yo qué sé!

Julio era un compañero de trabajo con el que tenía buen rollo y era buen tío, que en todas partes le apreciaban y hablaban bien de él. Y además tenía fama de ser un rápido pistolero con tres novias formales registradas y otras varias informales, así que algo sabría de esto. Con lo que cumplía con las condiciones.

Así que quedaron una tarde en el Niu para tomarse unas birras a cuenta de Cornelio y le explicó su conflicto para pedirle su opinión y ayuda.

-Pavo, mal vas- sentenció en tono burlón su nuevo coach -Francamente, no creo que lo tuyo tenga vaya a tener solución.

-¡Y dale con lo del pavo!- se rebotó él -¿Y eso es todo lo que se te ocurre?... ¿Me vas a cantar tú también el adiós a la vida?...

-Perdona, Corni, ¿de qué me hablas?- preguntó Julio extrañado -¿Qué parte me he perdido?

-Nada, nada, déjalo. Que yo creía que tú sabías de tías y que me podrías contar alguna forma de acercarme a ellas sin espantarlas o algún truco infalible para ligar.

-Ja, ja, ja, ja- se descojonó el maestro –Con las mujeres el único truco infalible que existe es ir de pagano, que siendo así siempre habrá alguna que te acompañe al fin del mundo, déjate de tonterías. Lo que te pasa es muy grave y debemos atajar el mal por la raíz… Yo creo que lo mejor será tramitar tu eutanasia.

-¡Déjate de hostias, Julio!

-Pero es que nunca he visto un caso igual... ¿Te importa si lo cuento por ahí sin decirle a nadie que eres tú?

-¡Joder, Julio, no te pases!… A ti te sonará a coña, pero a mí me tiene jodido, ¿qué crees que puedo hacer?… ¿Me voy de putas una noche a ver si aprendo algo y me suelto o qué?... ¿Tú te has ido de putas alguna vez?...

-Bueno, lo de las putas no creas que es mala idea, pero te acabas dejando una pasta, eso sí. Mejor espera a ser director del supermercado antes de aficionarte. Vente conmigo un par de tardes a dar un rulo por ahí y asunto arreglado, hombre... ¡Te sentarás en la cima del mundo! Palabra de Julio, ya lo verás.

Cornelio le miraba incrédulo, sin saber qué decir.

-Anda, págate otra rondita por mis servicios y no seas rata, tío. Esta misma tarde empezamos con las prácticas, que no tenemos tiempo que perder, pero las birras van de tu cuenta, ¿ok?

-Vale, trago. Gracias.

 

LAS ENSEÑANZAS DE JULIO

A pesar de su machismo, de su aires de superioridad y de ir tan de sobrado, Cornelio acabó apreciando más a Julio al descubrir que se divertía saliendo con él, porque aunque no siempre estuvieran de acuerdo en sus opiniones sí que había cosas en las que lo estaban y además se reían bastante saliendo juntos. Y cuando no coincidían en algo la cosa no iba a mayores y aparcaban el tema a un lado.

-Bueno, pues tú eres del Barça y yo del Madrid, pero a los dos nos gusta el fútbol, ¿no?

-Sí.

-Bueno, pues eso. Si todos opináramos lo mismo la vida sería aburridísima, ¿no te parece? Así que una vez establecido este punto pasemos al siguiente asunto, que podría ser… eeerh… las chicas, por ejemplo.

Julio daba muestras de ser un hombre sabio, pero en los primeros intentos no se jalaron una rosca y las dudas empezaron a hacer mella en su amigo.

-¡Pero relájate, Corni!- le decía el coach -¿No ves que las tías son todas brujas y perciben tu inseguridad? Las mujeres siempre buscan un hombre que les proporcione seguridad. Y eso es así desde los tiempos de las cavernas, y para hacerlas creer eso hay que mostrar aplomo. Y tú con ellas muestras menos aplomo que un flan Dhul viajando en barco.

-¡Un flan Dhul viajando en barco! Ya te daré yo a ti flan Dhul en barco, soplagaitas, que eres un fraude- le echó en cara Cornelio -Tanta fama de ser Johnny el rápido y llevamos tres días saliendo y aún no nos hemos estrenado… Oye, Julio, una pregunta, ¿tú por qué sales conmigo a ligar además de por tener acceso a birras unlimited?

-Ja, ja, ja, ja… Pues porque eres un colgado y un coñazo de tío y me aburro de cojones contigo. Porque soy masoca, que no tiene otra explicación.

Y volvió a reír antes de explicarse:

-Pues porque saliendo contigo tengo el triunfo asegurado, colega. Si nos encontramos algún pibón seguro que me la llevo yo a la cazuela, porque contigo no tengo competencia, pero si voy con otro colega igual me vuelvo a casa con el rabo entre las piernas. Y si no se diera el caso de encontrar al pibón pues me doy mi rulito tomando el pulso a la calle, me tomo mis birras y después me la casco en mi casa tan contento. ¿Te das cuén?

-¡Qué cabrón eres!- y se rió él también -Pues a mí me pasa lo mismo, que me aburro de cojones contigo y lo paso fatal todas las tardes, y que tu coaching me sale por un ojo de la cara porque bebes como un dromedario, así que debo de ser también masoca.

-Pues bienvenido al club- celebró Julio chocando su palma de la mano.

Pero aunque se cachondeaba de él, también le daba pruebas de su amistad abriéndole de par en par las puertas de sus inmensos conocimientos:

-Pues Corni, tío, no sé cómo explicarte- le decía -A mí es que me sale solo, aquí te pillo, aquí te mato, que es lo normal, ¿no?… Y es que hay muchas formas de enrollarse, ¿es que no ves las películas?... Quizás lo más sencillo en tu caso sería que la llevaras a tomar algo y a bailar a algún sitio, un agarrao, y una vez en ello le aplicaras un frotis con vaivén con tu pecho sobre sus pitos como si fuera un sin querer, ¿me sigues?- le hizo una demostración práctica para ilustrarle –Y ella enseguida te deja muy claro si consiente o si te pone barrera.

Cornelio no perdía detalle de la lección.

-Sí, claro, eso si no me pega una hostia- alegó.

-Que no, hombre, que no. Qué pocas luces tienes. Hay que hacerlo con tacto, que tampoco te tienes que chocar contra sus tetas como si fueras un tren de mercancías, te digo que le pongas un poco de arte al frotis y que lo hagas como si fuera un sin querer, pero que lleve vaivén, ¿eh? Es fundamental que el roce tenga ida y vuelta para que se note que lleva intención, y que no sea solo una pasada que pudiera ser accidental.

-Con arte, con tacto y con vaivén- repitió para no olvidar nada -¿Y entonces? ¿Ella qué se supone que hace?

-Pues una de dos, o pega un respingo y te pone los codos o se acurruca contigo.

-O me suelta la hostia- insistió, Cornelio.

-Que no, gilipollas, que no te la da, que tus miedos son el germen del mal- su amigo se puso trascendente -Que a mí me da que tú pierdes los nervios cuando piensas que te van a dar una hostia y alguien lo va a filmar con el móvil para colgarlo luego en las redes. Y entonces te cagas y te bloqueas. Esa es tu peor pesadilla.  

-¡Aaaah! ¡No lo había pensado, pero eso sí que sería una putada!- cayó en la cuenta -Sería una humillación pública, me convertiría en el hazmerreír de todos y las chicas se apartarían de mí como si fuera un apestado. Nunca jamás me lo haría con ninguna ¡nunca!

-Ja, ja, ja, ja… Es que contigo me descojono, ¿de dónde has salido? Tú eres ingenioso y tienes recursos, que te vi tontear con unas la otra tarde y tienes labia y las sabes engatusar, que la de los ojos verdes te seguía el rollo y te miraba mucho, emitiendo feromonas, que no había más que verla.

-¿Que me emitía feromonas, dices?... Bueno, sí, es posible que la de los ojos verdes me mirase. Y si no hubiera sido por el detalle de que a ella le sobraran cincuenta kilos de peso es también posible que yo la hubiera mirado más a ella.  

-¡Ah! Ahora parece que don Cornelio es un tiquismiquis y le hace ascos a las personas debido a pequeños aspectos físicos, ¿no? Pues eso no está nada bien porque la belleza está en el interior- el maestro se mostraba socarrón -Pero advierto que haces algún progreso, porque te diste cuenta de que la chica emitía, ¿no? Y yo no la vi agitar banderas ni llevar ninguna pancarta, y entonces ¿cómo lo percibiste?

-Sí, me di cuenta de que se me acercaba mucho al hablarme, y me dijo que se llamaba Lechutza y que era letona, que no es una marca de leche sino que nació en Letonia, un país báltico. Su mirada era intensa y su cara tenía una expresión especial, mostrando mucho sus labios al hablar. Y yo no soy tiquismiquis, que si hubieran sido seis o siete kilos de más lo hubiera pasado a pesar de su nombre, pero cincuenta son demasiados.

-¡Déjate de rollos conmigo, que soy tu instructor!- su amigo se puso serio repentinamente -Su cara expresaba deseo y tú lo percibiste perfectamente, no te hagas el tonto. Abandona esos criterios tan materialistas y la próxima vez que la veas te lo haces con ella. Y ahora págate otra rondita que las chicas están al caer y estás aprendiendo mucho, quizás más de la cuenta.

-¡Joder! Me dijiste que salir a ligar contigo era más barato que lo de las putas, y ya llevo invertida una pasta en esto, y no nos comemos un colín.

-Hombre de poca fe, piensa en que esto no es más que un juego, ¿no? A ti te entran ganas de jugar con las chicas y buscas a alguna que quiera jugar contigo, ¿no es así?... Pues de buen rollito y sin presiones, ¿no?… ¡Es un juego y eso es todo, no hay más!... Y si encuentras alguna y os lo montáis, pues todos tan contentos, y si no es así, pues game over, insert coin y vuelta a empezar.

-Es posible que tengas razón, sí, Creo que me tomo esto demasiado en serio y me olvido de lo esencial: que se trata de un juego.

-Tú quieres saber dónde se encuentra la delgada línea roja, ¿no? Pues si quieres traspasar esa frontera y caminar por el wild side de los encantos femeninos lo primero que tienes que hacer es ir provisto de…

-Condones, ya sé, que no me pille nada malo, sáltate eso, hombre.

-¡Nooo! Antes que los condones lo que tienes que hacer es llevar contigo a un notario, no seas incauto, que certifique que la damisela de turno se lo quiere hacer contigo, que eso te podrá evitar posibles problemas futuros en el caso de que ella se moleste luego y te quiera denunciar.

-Me estás vacilando, ¿no? ¿Cómo voy a llevar a un notario conmigo cada vez que salga a ligar?

-Pues deberías planteártelo tal como están las cosas. Cuando yo salía con Clara me lo hice una noche de viernes con Sandra, diciéndola que Clara y yo habíamos roto, y cuando me pilló la trola se cogió tal cabreo que me quiso ir a denunciar diciendo que yo la había forzado a tener sexo conmigo cuando no era cierto.

-¡Hostias, qué marrón! ¿Y cómo pudiste librarte de ello?

-Pues menos mal que había varios testigos aquí en el Niu dispuestos a declarar que Sandra salió encantada conmigo la muy zorra y así se cortó de ir a la comisaría.

-Vaya, pues parece que esto se va complicando: el frotis con arte, con tacto y con vaivén, y además frente a un notario o con testigos… Bueno, cuéntame más sobre las emisiones, ¿cómo puedo saber que la chica está receptiva?

-Pues eso salta a la vista, colega, porque cuando ella traga te envía señales por todas partes: sus pupilas se dilatan, sus glándulas se dislocan y aumenta la temperatura y el riego sanguíneo de su piel, se dilatan sus poros, segrega feromonas a borbotones, sus genitales se hinchan, su corazón se acelera y su presión arterial aumenta, así que hay que estar muy atento a todo eso…

Cornelio le miraba alucinado.

-Ah, claro, así que además del notario y los testigos tendré que llevar un botiquín de urgencias para tomar la temperatura y la tensión arterial de las pibas con las que quiera ligar para saber si voy por buen camino, ¿no es eso?

-Pues más o menos, amigo, pero tendrás que hacerlo a pelo, sin tanto instrumento, porque te digo que si no haces nada mientras ella se muestra entregada y se pone a huevo, ten por seguro que te odiará para siempre y perderás definitivamente todas tus opciones con ella. Te colocará la etiqueta de indeciso e inapetente y pasarás a formar parte de su lista negra, la de los postergados carentes de interés, con lo que se enrollará con el primer cercanías que pase, a ser posible amigo tuyo, para darte bien por culo, que las pibas son muy malas, que te lo digo yo. Les encanta hacernos sufrir y se valen de todos los medios para conseguirlo, porque no tienen corazón, que eso es otra de las cosas que debes saber sobre ellas.

-¿Tan malas son?

- ¡No lo sabes tú bien! Y nunca te creas lo que te cuente una mujer, porque las mujeres siempre mienten, siempre. Tampoco lo olvides.

-Vale, tío, vale. Pero haz una pausa que me estás desbordando con tanta información... ¡Uuf! Así que dices que la indecisión es lo peor, ¿no?... Pues ahí creo que tienes bastante razón, porque recuerdo una tarde con Rosa en la que ella estaba como una mona y se me puso a huevo, y yo ya me creía que iba a ser mía, que sabes la fama que tiene, pero me levanté a buscar un par de copas y cuando volví me la encontré morreándose con otro, la muy cerda… ¡Y a pesar de todo se trincó sin respirar el cubata de ron que la llevé! ¡Por toda la cara!

-¡Pues claro, amigo! Te digo que las mujeres no tienen corazón. Y eso es porque la mayoría de las chicas, digan lo que digan las feministas, no han superado su instinto de querer tener a su lado a un hombre fuerte y resuelto que las proteja y que las haga sentirse seguras, y si te ven indeciso te sacan tarjeta roja y quedas eliminado de inmediato. En ese sentido Tarzán sigue siendo su ideal.

-¿Tú crees?... Pero eso suena muy machista, ¿no?

-Ni machista ni hostias, tío. Eso es una verdad como un templo, porque gracias a ese instinto ellas han ido sobreviviendo desde que éramos mandriles hasta nuestros tiempos, y todo ese bagaje de cientos de miles de años de llevarlo de una manera no se lo van a quitar de encima en diez minutos, ¿no crees? Las cosas llevan su tiempo.

-Yo qué sé… Yo no me acuerdo de cuando era mandril y no sé a quién preguntarle sobre eso.

-¡Joder! Pues no es difícil imaginarlo, colega, porque es de suponer que en los tiempos de las cavernas, cualquiera de ellas que no consiguiera tener a su lado a algún aguerrido mostrenco que la protegiera a mamporros de los peligros de su entorno, y sobre todo de sus congéneres que se las quisieran follar, no le quedaría otra que dedicarse a recoger leña y frutitas del bosque, y para servir de alivio a los gallitos de la tribu que se quisieran echar un kiki de vez en cuando, porque si no tragaba con ellos se llevaría algún garrotazo que otro… ¡Menudo plan, ¿no?! ¡Un puente hacia su jubilación!... Así que había hostias por ser alguna protegida de uno de los más forzudos que hubiera por allí. Y si era el que más, mejor. Y puede que cueste admitirlo pero nos guste o no nos guste eso fue así durante muchos miles de años, y lo llevamos grabado en nuestros instintos y en nuestra forma de comportarnos, tanto ellas en su papel como nosotros en el nuestro, que tampoco era fácil, pero aquella fue la mejor forma de sobrevivir día a día, que fue a lo único que aspiramos durante tooodo ese tiempo.

-Mmmh… Pues es posible que tengas razón. Al menos tiene su lógica.

-¡Pues claro, hombre! Y ese instinto de quién a buen árbol se arrima buena sombra le cobija lo tienen grabado en las profundidades de sus mentes y no resulta tan fácil extirparlo de ahí. Porque el dinero es poder.

-Entonces habrá que darle tiempo para que las cosas vayan cambiando, ¿no? Habrá que hacer un esfuerzo en ese sentido por ambos lados, estoy de acuerdo, pero llevará su tiempo por mucho que nos enseñen las tetas las de Femen.

-¡Nos ha jodido! ¿No viste lo que pasó en USA? Se presenta a las elecciones de presidente un repugnante multimillonario que desprecia e insulta públicamente a las mujeres, y cuando parece que ellas van a votar mayoritariamente a su oponente, resulta que sale elegido. Te hablo de Trump, claro, porque la mitad de las mujeres del país estarían encantadas de ser su pareja, que es el que pone a todos firmes con sus ademanes típicos del macho alfa. Y ellas vivirían de lujo bajo su paraguas. ¡Pues a por él! Y sus votos le dieron el triunfo. Tratándose de mujeres, nunca utilices la lógica, joven aprendiz.

-¡Joder, Julio, eres como el maestro Jedi! Cuánta estrategia manejas, no sé cómo catalogarte… Bueno, el caso es que dices que tengo que ser más resuelto con las mujeres, ¿no? Y hacerla creer que la podría defender de un tigre dientes de sable si fuera necesario, ¿no?

-¡Exactamente! Esa es la actitud. Pero también tienes que aprender a elegir mejor el objetivo, el target, que se dice ahora, ¿eh?, porque ¿Cómo cojones se te ocurrió la brillante idea de entrarle a Ainhoa, sabiendo que ella te odia desde el día en el que proclamaste en el insti a los cuatro vientos que tenía la regla?

-¡No lo hice aposta!- se defendió él -Yo me la encontré sangrando por el pasillo y creí que se había cortado con algo y pedí ayuda a gritos.

-Y debiste hacerlo muy bien, porque conseguiste reunir a medio instituto en menos de dos minutos, je, je, je, je… A eso de las diez se convirtió en el chisme del día. No te lo perdona.

-Pues lo siento mucho, quería disculparme. Creí que estaba herida y quería socorrerla. Eso fue todo.

- Pues por el calibre del guantazo que te soltó la otra tarde, aunque llegara con tanto retraso, debería de seguir muy cabreada, ¿no te parece? ¿Qué fue lo que le dijiste para que ella se pusiera así?

-Nada, no le dije nada. Te digo porque cuando quería disculparme por lo que pasó me atraganté con algo y se me fue la voz, y solo podía hacer glú-glú-glú como si fuera un pavo. Y Ainhoa creyó que me estaba descojonando de ella y entonces me dio la hostia.

-¡Muy bien dada!- aplaudió Julio

Cornelio le miró torvamente y su amigo se explicó:

-Lo digo desde el punto de vista estético y deportivo, no te vayas a ofender: El brazo en extensión máxima, encaje perfecto del talón de la mano sobre el mentón del oponente y dedos muy estirados buscando el oído… ¿Te zumbó el oído?

-Joder, estás tocapelotas hoy, ¿no? Pues la verdad es que sí. Que me tuvo medio sordo y con pitido durante un buen rato.

- Ya ves. Pues tú me dirás si es importante afinar en la elección o no.

-Vale, ¿seguimos con la clase, señor instructor?

-¿Por dónde íbamos?

-Técnicas de ataque II.

-¡Ah, sí! Bueno, pues que una vez que estés metido en acción, le buscas con la boca un rinconcito del cuello dónde poder anidar, y ahí le empiezas a besar moviendo los labios muy despacio, con tus sensores a tope, percibiendo sus latidos y las oleadas de calor que ascienden por la carótida. ¡Ah! Y sobre todo muy atento a si su piel se pone de carne de gallina, en cuyo caso significa que está entregada. Aprovecha el momento y ¡gallinita a la cazuela!... Y se notan muy bien las cosquillitas que te hace su vello en los labios al erizarse, que eso no tiene pérdida...

Cornelio escuchaba extasiado la revelación de Grandes Secretos que le estaba haciendo su amigo, y se llevó su antebrazo hasta los labios para valorar el tacto de su vello y tener alguna referencia para cuando llegara el momento.

-Y si ves que te responde y se te arrima al níspero- ya iban por la tercera cerveza y Julio se iba animando con su clase magistral -Pues tiras palante y surcas caminitos con la punta de la lengua, tirando siempre hacia arriba, hacia la orejita, y enroscándola al final, ¿eh? siempre con tacto y suavidad, porque la mayoría de ellas espera que sigas el orden de sus tres estaciones, que son boca, teta y coño, en ese orden, que casi todas lo toman a mal si quieres tocar una teta de entrada.

-No sé si voy a poder acordarme de todo lo que dices- repuso Cornelio, desbordado ante ese alud de sabiduría -¿No tienes un boli a mano? Voy a pedir uno en la barra.

-Quieto, colega- le sujetó del brazo para que no se levantara -Pero siempre con tacto y suavidad, ¿eh?- se ve que estaba iluminado y no quería que sus palabras se perdieran –Como si jugaras con una nube. Nada de lametazos de entrada. El objetivo de la primera fase es llegar a la oreja y utiliza solo la punta de la lengua para subir hasta allí, donde ya le puedes hacer un fregadete adornado de mordisquillos, que es otra receta infalible, y en cuanto se te confíe y empiece a reposar su cabecita sobre ti, ¡zas!, le haces un truco de magia y le das un vuelco a la situación.

-¿Zas?... ¿Cómo que haga zas y un truco de magia?... ¿La tiro al suelo y me la follo allí mismo?... ¿Crees que eso va a salir bien?

-¡Qué corto eres, tío! Antes te he dicho que la engatusaras con tacto y suavidad, como si jugaras con una nube, ¿no?, pues una vez bien asentado en su oreja te toca sorprenderla con tu lado salvaje, y para eso la sujetas por la nuca-quijada con tus dos manos, y le atizas un buen morreo sin dejarla respirar, jugando al que te pillo con su lengua y verás qué bueno, colega… ¡Es un subidón!...

-No sé, no sé si me saldrá bien. ¡Son tantas cosas de las que debo acordarme!

-¡Ah! Y un último detalle que también es importante.

-¿Aún hay más?... Pues tú dirás.

-Con las tías te tienes que despedir siempre cuando mejor te lo estés pasando.

-¿Y eso? ¿Las tendré que dejar a medio polvo, si es que consigo llegar hasta allí? Pues vaya palo, ¿no? Seguro que me pasarán a la sección de postergados como me decías antes.

-No, hombre, no, que no entiendes nada, que eres un obseso. Me refiero a que le digas que te tienes que marchar cuando aún lo estéis pasando bien, sin estirar el chicle más de la cuenta, para dejarla con ganas de ti. Y así, cuando la llames un día que quieras verla te dirá que sí, porque aún no habrá descubierto lo aburrido y lo pesado que puedes llegar a ser. Es un buen consejo para tu agenda.

Nada más llegar a casa Cornelio apuntó detalladamente las instrucciones que le había dado su amigo para memorizarlas y poner algunas en práctica por la noche contando con la colaboración de Trudy, que se prestó gozosa a ello. Y vivieron aquello con tanto entusiasmo que una noche soñó que Trudy se convertía en una preciosa jovencita ¡y se casaban!, pero desgraciadamente ella volvía a adoptar su forma de almohada durante la noche de bodas… ¡Porca miseria!

-¿Quieres que te quite la manta, Cornelio?- le preguntó su madre -Creo que sudas mucho de noche, porque tu almohada está empapada, ¿quieres que te la cambie por otra más fresca?

-¿Más fresca que Trudy?... No, no, mamá. Eso es imposible Déjalo así, que a mí me gusta el punto que tiene esta. No cambiaría mi almohada por nada del mundo, ni se te ocurra comprarme una nueva… Es que se me tapa la nariz por la noche y al respirar por la boca se me cae algo de babilla.

-¿No respiras bien?- se inquietó ella –A ver si va a ser del tabique. Tu tío Anatolio, que era peluquero, empezó con unas molestias en el tabique y al final tuvo un cáncer de páncreas. Ven aquí que te vea, acércate. Vamos al baño que hay mejor luz.

-¡Anda, mamá déjame en paz, no seas pesada! Que tengo mucho que hacer. Adiós, adiós, luego lo vemos…

La historia empezó a salir de su zona de confort el viernes en el que los dos amigos celebraban por todo lo alto que los habían contratado como conductores-repartidores en la cadena de Supermercados Roñas de Madrid, que ya llevaban muchos meses buscando curro y estaban muy tirados.     

A eso de la una, ya cargaditos (birras, copas y algún petardo) en una disco, vieron a dos chicas cerca de donde estaban.

-¿Qué te parecen esas dos chonis?- le preguntó Julio -¿Las entramos?

-Pfff… No sé, tío… A mí me parecen un par de sepias… No resultan muy atractivas que digamos…

-Déjate de melindres, colega, que las dos tienen un pase. Yo me pido a la bajita, que a esa le doy el pase, ¡fíjate qué tetas tiene!

-Hombre… Pues a oscuras y echándole colonia no te digo yo que no, ¿pero y la otra? ¿Has visto a la otra?... ¡Si me da miedo acercarme a ella por si me da un picotazo! ¡Si es una avutarda del jurásico!

-¡No jodas, tío, que también está buenísima! Vamos por ellas.

Como era previsible Julio se fue derechito a por la del pase, así que a Cornelio no le quedó otra que vérselas con la del jurásico.

-Las dos buenísimas dice... ¿Será cabrón el tío este?

Él era consciente de que tampoco era un Adonis y de que los feos y las feas también tenían derecho a existir y merecían todo el respeto del mundo por el hecho de ser personas, nombre común sin adjetivos. De eso no tenía duda. Pero aquella chica le echaba para atrás. Que de eso tampoco tenía dudas, que es que eso lo sentía así.

Y animado por los productos de unas famosas destilerías escocesas se acercó a ella, respiró hondo y le dijo con tono lastimero:

-Perdona, ¿me puedo sentar un momento?- fingió un gesto de dolor -Es que tengo un esguince en el tobillo y he dado un tropezón y me ha dado una punzada muy fuerte… ¡Ay!- y dio un traspiés haciendo un amago de caer sobre ella...

-¡No se hizo la miel para la boca del asno!- graznó la avutarda con gesto altanero.

A Cornelio le mosqueó aquello y respondió de volea:

-Bueno, tampoco te pongas así... Que no te he pedido que me la chupes, que solo te he preguntado si me podía sentar un minuto a tu lado.

Ella se levantó de un brinco, le apuñaló con la mirada, apretó los puños y comenzó a montar el escándalo:

-¡Malena!- dijo a su amiga -¿Has oído lo que me ha dicho este gilipollas?... ¡Me acaba de llamar burra y me ha dicho que se la chupe!

-¿Qué dices?- vociferó su amiga -¿De dónde ha salido este hijo de puta? ¿Y aún no le has dado dos hostias?... ¡Fermííín!... ¡Fermííín!- llamando al encargado.

-¡Pues se las doy yo ahora mismo!

Y ni corta ni perezosa le cruzó la cara a Cornelio con dos magníficas bofetadas, todo hay que decirlo.

-¡Ahí tienes, gilipollas! ¡Por maleducado! 

El chico, anestesiado por la bebida, encajó los golpes como un campeón y hacía esfuerzos por contener la risa ante la sorprendida mirada de Julio.

-¡A ver, chicos! ¿Qué es lo que pasa por aquí?- dijo la sólida y tranquila voz de Fermín.

El cual por suerte era un enorme profesional (medidas Volkswagen Combi, no exagero) que arregló el asunto en un pispas con la ayuda de un extintor evitando que la sangre llegara al río. Y desde aquí le enviamos un saludo: ¡Olé, Fermín!

Y el caso es que al terminar el kickboxing los dos amigos volvieron a la barra con andares inseguros y partiéndose el culo de risa.

-¡Es que tú no has visto el desprecio con el que me lo ha dicho la tía!... ¡Pues menudo corte que la he dado!…

-Sí, sí, je, je, je, je... ¡Y tú qué par de hostias te has llevado a cambio, que también las he visto!... ¡Ay, que me descojono!... Si es que siempre eliges mal, que te lo tengo dicho, ¿cómo vas a triunfar así?

-¡Vete a tomar por culo y déjame en paz, cabrón!... ¿Y esas dos?... ¿De dónde han salido?- preguntó Cornelio, indicándole a dos chicas que estaban sentadas en el extremo más lejano del local -¿Quiénes son? ¿Las conoces?

 

SARA

-¡Hostias!- exclamó su amigo –Esas son dos pibas marchosas que se dejan caer por aquí. La de negro, que está muy buena, se llama Sara. Es muy atrevida y le vacila a todo dios. Bueno, y la otra debe de ser su escudera, pero no es mal complemento.

-Pues mejor, que así hay partido. ¿Y tú no la entraste?

-No pude, porque vine con Marta para celebrar el cumple de una amiga, pero la vi que se trataba con todo el mundo.   

A topete de aplomo gracias al empujón brindado por unas famosas destilerías escocesas, Cornelio se encaminó muy decidido hacia ella pero de pronto la asaltaron las dudas:

-¡Joder, qué tía tan guapa, si está buenísima!...Me va a mandar a la mierda, ¿y cómo la entro?

La escudera se fue a la barra en busca de un par de copas y aprovechó el momento:

-Eeerh… ¿Te gusta bailar?

-¿Eeerh? – le contestó, burlona  –Qué forma tan original tienes de romper el hielo, ¿no? Pues depende de con quién sea, naturalmente.

Cornelio no se achantó, y se irguió y se abrió un poco la chupa, pavoneándose ante ella.

-¡Pues conmigo, ¿con quién va a ser?! ¿Qué te parezco?- hacía giros de frente y perfil.

Ella le miró con expresión de hastío y le sometió a un escaneo de cabeza a pies, ida y vuelta. ¡Qué ojazos tenía la chorva! ¡Si es como las de las pelis!

-Pues te lo voy a decir, mira: me pareces un humanoide del tipo BP, o sea, de bajo presupuesto, de esos que encuentras en todos los saldos y que solo sirven para repetir tópicos, chistes sin gracia y frases habituales carente de interés. Así que mejor deja que corra el aire entre nosotros, niñato. Ya sabes.

-¡Hostias!- se dijo él -¡Qué tía tan chula!...

Pero su raza le hizo crecerse con el castigo y le respondió cantando un trocito de una vieja canción que le hacía gracia:

-Oye, acércate, no tengas miedo, quiero decirte que nadie baila como yooo

 

La chica le miró con la cabeza ladeada, le sonrió y contestó:

 

- Venga, la madrugada nos espera, cuando me pruebes no me podrás decir adiós

 

-¡Ahí va, la leche, si se sabía la canción!

 

Ella soltó una carcajada, pero accedió a salir a bailar con él una balada blandiblú que sonaba oportunamente. Cornelio no se lo creía, no sabía si era un sueño, e intentaba recordar las instrucciones de Julio pero sus nerrrvios le traicionaban… ¿Qué era lo primero que había que hacer?... ¿Lo de las tres estaciones cómo era?... ¿Con la lengua había que ir hacia arriba o hacia abajo?...

-Y bueno, qué ¿es que no me vas a decir nada, te comió la lengua el gato?- le dijo ella, mosqueada -Se supone que deberías decirme algo, ¿no crees, pavo? ¿Te quedaste sin pilas o se atascó una piedra en el riñón?

-¡Otra vez lo del pavo!- pensó él -¡Pero qué hijaputa y qué guapa es la tía esta! ¡Y es dinamita!

Y tan extasiado estaba en sus pensamientos que se le olvidó que tenía que hablar, así que siguió ella:

-¿Sabes cuál es tu nombre o vas demasiado cargadito para acordarte de él?

-Perdona, sí, lo siento, me llamo… Todos me llaman Corni- contestó él, consciente de que la cruda verdad invitaría a las chanzas -¿Y tú?

-¿Corni?... Qué nombre tan raro- dijo ella, ignorando su pregunta –¿De dónde viene, eres de Cracovia o por allí? Yo creo que los nombres marcan mucho a las personas, ¿tú no?

-¿Cuál es el tuyo?- contestó el chico, ignorando a su vez la suya.

-Sara. Me llamo Sara. ¿Sabes lo que significa?

-Yooo… Eeerh- recurrió a la inventiva –A mí me suena a mujer interesante y peligrosa. Como una mujer pantera, eso es a lo que me suena.

-¿Mujer pantera? ¡Ja!... Significa princesa, embaucador- se le arrimó llegando a rozar su pecho contra el suyo -¿Peligrosa yo?... ¿Tú crees que soy peligrosa?... ¿Y qué te hace pensar eso de mí?

-¿Yo?... Pues porque estás muy buena, Sara, que tú lo tienes que saber. Y las tías tan buenas siempre tenéis veneno, que eso sí que lo he visto yo en las películas, que sois siempre un poco alacranas.

-¿Alacranas? ¿Veneno?- se echó a reír -¡Tú estás chalado! ¿Te da miedo que tenga veneno y te pueda picar en algún sitito tuyo?... ¿Me tienes miedo por eso?... ¡Pobre criatura!

Cornelio se encogió de hombros sonriendo, se acordó de Bruce Lee- be water, my friend -y tiró por la sinceridad:

-No me asusta el dolor que me pueda hacer tu picadura, Sara, pero me da miedo que  me haga engancharme a ti. Tú sabes que estás muy buena y cuando te miro veo que eres la mujer de mis sueños, y encima tienes un carácter de mil demonios, con lo que serás activa y divertida, y que… que me gustas mucho y me haces perder la cabeza…

Sara le escuchaba mirándole a párpado semicaído mientras deslizaba lentamente su lengua entre los labios desde una comisura a la otra. Con vaivén. Difícil resistir, os lo aseguro.   

Al joven le sacudieron los siete males como no podía ser otra… No podía creérselo… ¡Aquella chica cañón se le estaba poniendo a tiro!... Se cortocircuitó su cerebro y se le descolocaron todos los pasos del manual de Julio, que no sabía por dónde empezar, así optó por sujetarla nuca-quijada (que de eso sí se acordaba, que sonaba muy rimbombante) y le plantó un torniquete malayo de los de aquí te espero. Y luego otro, y otro, y otro, y otro… ¡Y qué sensaciones! ¡Qué calambritos! ¡Que siga, que siga!... El joven estaba en pleno nirvana y porque se estaba desquitando de los muchos besos que no había dado. ¡Y eran muchos!

-Para un poco, torito, que eres insaciable- le dijo ella cuando llevaban casi media hora de faena en el bailongo.

-No me llames así, por favor- contestó él -Que los toros y los cuernos van siempre muy unidos y no me gusta ese apodo.

-Uy, uy, uy, uy… ¿Qué mosca te ha picado? No menciones la soga en casa del ahorcado, que dicen algunos- le respondió Sara.

-¿Qué insinúas? A mí nadie me ha puesto nunca los cuernos- afirmó sin mentir.

-¿Pues entonces por qué pegas esos respingos cuando oyes la palabra, eh, Corni? Me dijiste que te llamabas así, ¿no?... ¿Cuál es tu verdadero nombre, por qué lo ocultas?- preguntó Sara, medio en serio medio en broma.

-Cornelio- confesó él -Pero no me gusta decirlo porque siempre sale algún graciosillo que hace el chiste de turno, y todos se ríen porque habían pensado lo mismo aunque no lo fueran a decir. Y yo me mosqueo y me amarga la noche en vez de ir de buen rollo. Así que no me renta y prefiero Corni que el otro.

-Pues a mí me gusta Cornelio. Me suena muy chocante- dijo ella, conteniendo la risa.

-¿Chocante? No entiendo.

-Chocante, sí, hombre, sí. Como las cabras montesas cuando se pelean entre sí, ¿no lo has visto en la tele?… ja, ja, ja, ja- se le escapó.

-¿Las cabras montesas, no se te ocurre una imagen mejor para referirte a mí?... ¡Canalla! ¿Lo ves? Ya salió el chistecito, la gracia de mis padres.

-No te lo tomes así, gran general romano, que si lo hubieran hecho a mala leche para joderte te hubieran puesto algo peor: Sarnoso, Espantajo, Gordinario, Indecente… que hay miles para elegir. No les guardes rencor, que seguramente habrían bebido y lo harían sin darse cuenta, o sin pararse a pensar, no sé. Fue una distracción, un accidente. Al fin y al cabo se trataba de un asunto menor y todos podemos equivocarnos, ¿o tú no te equivocas nunca, mi gran general romano?

Y se le escapó otra risa.

-Joder, Sara, vamos a dejar el temita para otro rato, anda que ya…- pero ella le interrumpió posando un dedo sobre sus labios:

-Pues deberías saber que te equivocas al ir presumiendo de no tener cuernos, porque el hombre que asegura no tenerlos, una de dos: o es un idiota que no se entera de nada, o es que ha conocido a muy pocas mujeres, y tú me cuadras más en el segundo grupo, que tienes pinta de haberte escapado de algún convento- y solo interrumpió sus risas para darle un muerdo king size sin dejar de abrasarle con la mirada.

 

-¡Joder, Sara!- finalmente rompió a reír él también -Me estás haciendo un lío con este juego y el vacile que te traes.

 

-Ah, sí, ¿eh?- se acercó aún más a él, y cogiendo sus abiertas manos las apretó contra sus pechos -¿Te gusta jugar conmigo? ¿Quieres venir a mi casa y seguimos jugando allí?... Tú serás el alumno y yo la profesora, ¿vale?, que se trata de un juego muy saludable, ya verás. ¿No quieres probar?- le sonrió con picardía- ¿O te da miedo engancharte?

 

Y él se derritió hasta la médula, claro. Os lo aseguro.

 

-¿Ves cómo eres una alacrana, Sara?- le dijo -Ya me has picado con tu veneno. ¡Pues claro que sí, que me voy contigo al fin del mundo!- estaba que no se lo creía.

 

-Está más cerquita, detrás de la esquina, como en la vieja canción: si me quitas con arte el vestido te invito a champán ♫- canturreó muy risueña -¡O mejor a tequila, que va más conmigo! ¿Do you like tequila?

 

-Si es contigo sí. Vámonos, anda, que nuestros amigos están entretenidos y no creo que nos vayan a echar de menos- le apremió él, al darse cuenta de que se le había montado la tienda de campaña.

Ella también lo advirtió, y le cogió por la cintura y tiró palante.

-Y la clase de hoy tratará sobre el cuerpo humano, ya verás: te dejaré jugar con mis montañitas y mis rendijas, para que te lo aprendas bien, y yo también jugaré con el tuyo para enseñarte, que estás en tu noche de suerte, chaval.

 

-¿Jugar con sus rendijas ha dicho? ¡Qué cerdita tan ideal!- Cornelio se pellizcó para asegurarse de que no soñaba -¡Esta chica era la hostia! Ahora se lo llevaba para viajar juntos al más allá.

 

 

UN ESTRENO TOP GUN

-Oye, Corni, ¿tú has follado alguna vez?- le preguntó a quemarropa cuando estaban en el ascensor.

-Eeerh…- él apartó la mirada -Pues la verdad es que yo… yooo...

-¡Oooh!- palmoteó celebrándolo - Ja, ja, ja, ja… ¡Qué bueno!... ¡No me lo puedo creer!... ¡No me digas que eres primerizo!... ¡Ser tu profesora en esta ocasión, qué gran honor! El primer polvo nunca se olvida, je, je.

A Cornelio se le aceleró el corazón y se quedó mirándola sin saber qué decir, mientras ella proseguía:

-¡Déjame que se lo cuente a las de mi grupo de insta, por fa!- le echó mano al móvil –¡No se lo van a creer! Ja, ja, ja, ja…

A él se le heló la sangre en las venas y adquirió un tono azul muy favorecedor.

-Ja, ja, ja, ja… ¡Que es broma, hombre! Que no se lo digo a nadie, ja, ja, ja, ja, alegra esa cara y respira un poco, que pareces un avatar. Te digo que vas a tener un estreno inolvidable, y anda que no vas a fardar contándoselo a tus amigos... ¡Que me he tirado a Sara! ¡Que me he tirado a Sara!

-Perdona, Sara, pero ahí te equivocas. Que yo podré tener muchos defectos, pero soy un caballero.

-Juá, juá, juá, juá- la chica se partía literalmente de risa -Seguro que sí. Con capa y sombrero, my dear, que nadie duda de eso.

Cornelio lo estaba flipando y permaneció expectante a ver qué venía ahora.

-Pero antes cumpliremos con el protocolo- continuó ella -Que cada cosa requiere su tiempo- y agarró una botella de José Cuervo por el cuello y le mostró un par de pastillitas verdosas en la palma de su mano, depositando una de ellas sobre la lengua de Cornelio y metiendo la otra en su boca, para echar luego un buen trago de tequila y besar apasionadamente a Cornelio para proporcionarle un Tajo-Segura y así que cada uno engullera la suya.

-¡Qué fuerte! ¿Qué era?- quiso saber él, orgulloso de su arrojo.

-Es burundanga, el aliento del diablo- le contestó ella muy seria -Anulará tu voluntad, serás mi juguetito y te despertarás mañana desnudo y con un cardo en el culo en la cuneta en la que se me antoje dejarte, sin acordarte de nada de lo que pasó… ¿Te mola?

Al chico se le pusieron de corbata. No muy favorecido.

-¡No me jodas, Sara! Me estás vacilando, ¿verdad? ¡No habrás sido capaz de hacerme eso!

Ella se plantó de pie frente a él, endureció sus facciones y le acusó con el índice: eres un gilipollas, amigo, te creía más listo- le recriminó –No se puede ir así por la vida… ¿Es que eres tonto o qué? ¿Me acabas de conocer y estás dispuesto a meterte padentro cualquier cosa que te dé con tal de follarme? En estos tiempos no se puede ser tan confiado, porque eso es de gilipollas. Así no te puedes mover por la vida y mucho menos en el mundo de la noche, que te van a dar por todos lados.

-Pero no era burundanga, ¿verdad, Sara? ¡Dime que no!

-¡Que no, hombre, que no era burundanga, cálmate! Solo era un poco de ácido, para potenciar las sensaciones, ya sabes, ¿pero y si hubiera sido lo otro?... ¿Te imaginas el marrón en el que estabas metido?... ¿Es que quieres ganar el premio del tonto del mes o qué?

Cornelio aguantó la reprimenda callado y cabizbajo, pero le dolió que ella le hablara así. Concluyó que sería mejor dejar las cosas como estaban y no cagarla más aún poniendo excusas a las que no había lugar, así que le cedió las riendas de la situación dispuesto a mantener los ojos bien abiertos.

-Jugaremos al “a ver quién manda”- sentenció ella sin dar lugar a réplica –Y te va a encantar, ¡te vas a volver loco!

Y dejó escapar una risita maliciosa.

-Mmmh…- Cornelio no las tenía todas consigo -Pero explícame de qué va al menos, ¿no? ¿Cómo se juega?

-Ja, ja, ja, ja, ja… ¡Te escapaste del convento, lo dejaste claro!... Pues verás, nos jugamos a cara o cruz a ver quién es el que manda, y el que pierda ya sabe lo que le toca, que tiene que obedecer y dejarse hacer todo lo que el dueño o la dueña quiera.

-¿Todo lo que quiera? ¿Y si te da por pegarme una paliza me tengo que aguantar?

-No, hombre, no, que no entiendes nada. Es una forma de hablar. Vale todo menos pegar o hacerle daño físico si es que al otro no le gusta, ¿ok? Que todos los juegos tienen sus normas y hay que respetarlas.  

-Sara… Me asustas un poco…

-Pues no seas cobarde, niño, que con el miedo se te aflojará la minga y te convertirás en un desperdicio- le dijo ella, mostrándole una moneda -¿Qué prefieres, cara o cruz?

-Eeerh… Yo cara... casi prefiero cara, pero…

Rien ne va plus!- como en el casino.

La moneda ascendió girando rápidamente y fue atrapada en el aire por la veloz mano de Sara, que la plantó sobre el dorso de la otra.

-¡Salió cruz!- exclamó triunfante -¡Soy yo la que mando! ¡Qué suerte tuviste!

-¡Hostias! ¿Qué vas a hacer?

Ella chasqueó la lengua, y le miró sonriendo malévolamente.

-Te voy a hacer volar como a un pájaro.

-Sííí, Sara, sí… Si de eso estoy seguro porque ya he despegado desde hace un rato- debía ser la pastilla lo que le hacía sentirse relajado –Pero me siento como si estuviera subiendo a un trapecio sin red y me da miedo pegarme una hostia…

-¡Buah!... ¡Mariquita!... ¡Indeciso!- le dijo ella con desprecio.

-¿Indeciso yooo?... ¡Eso sí que no!... Soy cualquier cosa menos eso- recordó las palabras de Julio y aquello le encendió muchísimo -¡Vamos allá! ¿Qué quieres que haga?

-Je, je, je, je, je…. Lo primero vamos a echarle un par de tragos al viejo cuervo, fiel compañero de noches de excesos, y luego te quitas la ropa y te echas boca arriba en la cama, que te voy a atar.

Y en cosa de diez minutillos Cornelio se vio como vino al mundo encadenado de pies y manos a las patas de la gran cama que había en el dormitorio de Sara.

-Por favor, Sara, me pone muy nervioso y me agobia mucho estar así sujeto. ¿Podemos dejar los candados abiertos y yo no me muevo? te lo prometo. Es solo por saber que si yo quisiera podría moverme, pero no quiero, ¿eh?... ¿Qué más te da?

Ella negó lentamente con la cabeza, le dio un jugoso beso de despedida, y le colocó una banda negra tapándole los ojos.

-Hostias, Sara, eso no, por favor… Quiero verte desnuda, quiero ver lo que haces.

-¿Lo que hago?... ¡Ja!... Te haré todo lo que quiera, cariño, porque esta noche soy tu dueña y tú no eres más que el juguete de una niña muy caprichosa. Y ten por seguro que te exprimiré hasta la última gota antes de cansarme de ti.

-¡Hosti, tú, qué fuerte!... Aaay… ¿Qué me estás haciendo? Me gusta mucho pero no sé…

-¡Ja! Mira al cotilla de don Capullo cómo se asoma para ver lo que pasa… ¡Qué gracioso es!... Tranquilo, don Capullo, tranquilo, que no pasa nada, que ahora empieza lo bueno, ¿eh? Y hagamos todo sin prisas, que las prisas no son buenas ni para los delincuentes… ¡Ja, ja, ja!

-¡Aaay!... ¡Sara!... ¡Sara!

Y los detalles de lo que allí sucedió los dejo para la imaginación de cada cual, pero sí que os diré que la comunidad de vecinos presentó una queja al día siguiente por no haber podido pegar ojo hasta las cinco de la mañana debido a los alaridos de un joven que decía:

-¡Para, por favor, Sara! ¿Qué me estás haciendo? ¡Que me va a explotar como si fuera un globo!... ¡Dios mío, qué boca tienes!... ¿Qué haces ahora?... No pares ahora, cabrona, no me dejes así, sigue, sigue…

Alaridos que eran replicados por la cargada y socarrona voz de una joven que arrastraba palabras entre gemidos de loba en celo:

-¡Indeciso! ¿Ves cómo eres un indeciso?... Primero que pare y luego que siga… ¿Quién te crees que eres para pedir nada, gusano?... ¡Soy tu dueña y haré contigo lo que me plazca!

-¿Indeciso? ¡Nooo! ¡Eso sí que nooo! Yo… Aaah… ¿Qué me haces ahora? ¿Eso que me pones es hielo?... ¡Aaay!... ¡Quema, quema!…

Y resonaban unas risotadas de escándalo.

Porque las artes y la inventiva de Sara parecían no tener fin y llegó un momento en el que Cornelio, extenuado, con un ojo estrábico y presa de un ataque de temblores generalizados, le suplicó una pausa para reponer fuerzas, y se pudo sentar en la cama resoplando como una locomotora.

-Un descansito, Sara, por favor- dijo con un hilo de voz –Para un poquito que acabas conmigo, que no puedo seguir tu ritmo.

-Pobrecito mío, ¿sufriste mucho?- le preguntó con sorna.

-Eres la hostia, tía... Me subes al cielo para dejarme caer y me haces explotar de… ¡Yo qué sé de qué!...  Eres una bruja.

-Acertaste… Ja, ja, ja… ¡Pobres almas en desgracia de los que caen en mis manos!

Así que acordaron aplicar un protocolo más moderado durante el segundo tiempo, y el conjunto les debió dar buen resultado porque se estuvieron viendo casi a diario durante un mes y medio, en el que Cornelio quedó completamente atrapado por Sara. Y es que aquella chica enganchaba mucho, no os vayáis a creer que el chico era tonto.

Su madre le decía:

-¿Pero dónde te pasas las noches, hijo mío? Si no vienes ni a dormir.

-Me quedo estudiando en casa de Julio, mamá. Que han convocado unas oposiciones para supervisor en el Roñas y me quiero ganar el puesto.

-Eso está muy bien, Cornelio, pero tienes que dormir que cada día tienes peor cara, se te ve agotado. ¿Quieres que te compre unas vitaminas de las que anuncian en la tele?

-¿Unas vitaminas? Pues la verdad es que me vendrían muy bien, buena idea. Cómprame de las que llevan ginseng, ¿vale? Gracias, mamá.

Y Trudy permanecía en silencio porque no quería delatarle, pero también le miraba con gesto de desaprobación y preocupación.

Cornelio, desquiciado por completo, le repetía como un loro todas las noches a Sara:

-Pero Sara, tú me quieres de verdad, ¿verdad?... Necesito saberlo... Nunca me lo dices. Dímelo, por favor, aunque solo sea una vez.

-¡Y eso a ti qué más te da!- le contestaba burlona -Si eso es pan para hoy y hambre para mañana… ¡Cómo no te voy a querer con lo bonito que eres!... ¡Si eres un encanto!… Pero no te olvides lo que te he dicho, ¿eh?, que no te vayas a enamorar de mí, que no me vengas con rollos de compromisos, que si te gusta cómo vuelo no me quieras enjaular, que cuando se quiere a alguien hay que querer hacerle feliz, y en el amor hay que ser altruistas.

Y aquella respuesta tan redonda le sumía en la inquietud y le hacía sentirse como quien se encuentra a la espera de que llegara un tsunami que fuera a barrerlo todo, pero como se la tenía que tragar porque no le quedaba otra, intentó pensar en ello lo menos posible.

-¿Pero Sara me querrá o no? ¡Tengo que saberlo!

 

ATERRIZA COMO PUEDAS

Una mañana en la que coincidió con Julio al terminar los repartos, su amigo le dijo con tono de darle el pésame:

-Oye Corni, que aunque me jode mucho tener que hacerlo, hay una cosa que te tengo que decir, porque soy tu amigo y quiero seguir siéndolo.

-¿Qué pasa?- preguntó él, alarmado -¿Te has liado con Sara o qué?

-¿Qué dices?... No, hombre, no, que no es eso. Que yo soy tan gilipollas que respeto a los amigos. Pero ya que sacas el tema que sepas que también me pone caritas y tontea conmigo, pero nunca ha pasado nada entre nosotros… La cosa es que anoche la vi morreándose con la Nacha en la barra del Teknos.

-¿Anda ya!... ¿Con la Nacha?... ¡Amos no jodas, Julio, que esa historia no tiene ni puta gracia!

La Nacha era un chico gay de modales muy amanerados del que las chicas decían que tenía mucho encanto. Todos le llamaban la Nacha y a él no parecía molestarle en absoluto. No llegaban a ser colegas pero se conocían de los bares del barrio y alguna vez habían tomado algo juntos hablando de cualquier cosa.

-No es broma, tío, lo siento. Pasé por allí con Marta antes de irnos a casa y me los encontré. Los vi con mis propios ojos.

-¿Qué me estás contando?... ¡Qué cabrona!... Podía haberme dicho algo, ¿no?

-Sabes que no te lo diría si no estuviera seguro. Ellos a mí no me vieron hasta que pasó un buen rato, y entonces pagaron y se fueron, pero al salir Sara me tiró un beso al pasar frente a mí y me dijo adiós con la mano, que no te creas que se cortó un pelo.

-¡Joder! Ya me temía yo que lo de la maldición de llamarme Cornelio me caería encima tarde o temprano… ¡Mis padres tuvieron razón al ponerme ese nombre!

-Hombre, tampoco te lo tomes así, que a todos nos los han puesto alguna vez- las palabras de Julio tuvieron efecto sedante -¿Te acuerdas de cuando terminé con Jenny, lo mal que lo pasé, que llegué a estar un finde entero sin salir?... Pues no sabes la cantidad de veces que me he alegrado de que me los pusiera ella, porque si no, no me habría enrollado con Marta, que es mucho mejor que ella… ¡Le da mil vueltas!

 

-Hombre, pues visto así… No sé, pero no creo que pueda encontrar a nadie mejor que Sara. Tengo que hablar con ella enseguida a ver qué cojones me cuenta de la historia ésta de la Nacha.

-Y además déjate de hostias, que el que no tenga algún cuerno es que no tiene experiencia con tías- parecía que Julio era de la misma opinión que Sara -Porque si has estado en muchas guerras alguna cicatriz tendrás, ¿no? Y los cuernos son como los dientes, que duelen un poco al salir, pero en cuanto rompen cráneo y se liberan, dejan de hacerlo y hasta resultan muy útiles.

-Pues tú me dirás para qué- mostró su incredulidad –Pero entiendo lo que me dices, colega, que es como el sarampión y hay que pasarlo, ¿no? Pero es que me ha pillado cagando la tía, porque no me esperaba eso de ella… Te aseguro que creía que me quería y me encuentro ahora con esto… ¡Qué palo!

-Y yo creo que te quiere, pero parece que aún le queda sitio libre para alguno más en su amplio corazón. Eso es todo. Cada tía es un mundo y Sara es una mujer que se mueve por caminos alternativos, que tú me lo has dicho, así que deja de pensar gilipolleces y habla con ella a ver si tiene arreglo, pero lo veo un poco negro.

-Pfff… Muchas gracias por lo que me dices, amigo, pero me has dejado descolocado y me lo tengo que pensar.

-Pues yo creo que en estos casos lo mejor es recurrir a los clásicos, y ya sabes que un clavo saca a otro clavo, así que nos ponemos manos a la obra de inmediato y aquí no ha pasado nada... Tú déjame a mí carta blanca que yo sé lo que hay que hacer.

-¿Pero qué estás diciendo, tío?... ¿Quieres que cambie de novia así, sin respirar?... ¡Pero si yo quiero a Sara! Me acabo de llevar un hostión de cojones y necesito un poquito de tiempo para reponerme, ¿no?... Que todavía estoy groggy…

-¿Sabes quién no te quita ojo de encima y le entran unos celos que te cagas cada vez que te ve con Sara?- su amigo ignoró sus palabras -¿A que no tienes ni idea?

Cornelio se agarró al oxígeno y se interesó por el tema:

-No digas bobadas… ¿Quién?

-Oh, claro, como tú solo tienes ojos para tu maravillosa Sara no te enteras de nada de lo que pasa a tu alrededor… ¡Pues Lidia, idiota! Te digo que Lidia pierde el culo por ti, y esa chica está como para hacerle un favor, ¿no?

Lidia estaba bastante buena y también era muy guapa, pero le resultaba un poco pavisosa y era excesivamente tradicional.

-¿Lidia?... Déjate de hostias, Julio, y no me líes más de lo que estoy, que lo estoy pasando muy mal, que tú sabes que estoy loquito por Sara… ¡Espera a que hable con ella y no me vengas con cuentos ahora!

Así que quedó con ella una tarde para hablar y Sara admitió jovialmente todos los cargos en su contra sin el menor remordimiento ni propósito de la enmienda mientras devoraba patatas bravas apurando una cerveza.

-¡No entiendo por qué te pones así, torito!- le decía -¡Sí ayer me dijiste que estabas cansado y no querías salir! ¿Qué mal te hice?

-Déjate de leches, Sara, y no me llames torito que sabes que no me gusta ese apodo.

-Pero si ya te he dicho que te llamo así por tu bravura y por el tamaño de tus atributos, ¿por qué va a ser si no? Y volviendo a lo de antes, no sé por qué te sienta mal si tú no estabas y no te perdiste nada… Anda, que si quieres podemos vernos el sábado, que tengo luz verde.

-¿El sábado, dices?... ¿Luz verde?... ¿Y por qué no quedamos mañana, que es viernes?... ¿De qué color es la luz del viernes?... ¿Es que tienes algún plan?

-Mañana he quedado con Nacha para ir a ver una exposición fandango-alternativa que han organizado dos amigos suyos, un músico y un pintor. Va a ser en un chalet okupado y se lo han montado a topete, con un grupo de música, copas, y hasta periodistas y todo el rollo.

-¿Ah, sí?- en tono celoso.

-¿Por qué no vienes? Seguro que a Nacha le encantaría que fuéramos los tres.

-¡Una mierda! No quiero pasar por formar un trío, y mucho menos en público para que todos se enteren de que trago con eso, ¿no? Yo te quiero demasiado para compartirte- contestó muy digno.

-Pues tú te lo pierdes, y es una pena, lo siento mucho- le contestó ella, mirándole con lástima -Ya te dije que soy como una alcachofita y que mi corazón es para ti, pero que deberás dejar que reparta mis hojitas con los demás, que no vas a ser el único.

Cornelio se la quedó mirando con cara de plancha pero su orgullo le impedía aceptar ese planteamiento.  

-El poliamor es el futuro, Corni, ¿no te das cuenta? Y debería ser el presente. Es la mejor actitud ante la vida y la más lógica, porque todos somos polígamos por naturaleza, que la fidelidad no es propia de los seres humanos. Echa un vistazo a tu alrededor y luego me cuentas.

-Ya sé que se cometen muchas infidelidades, ya lo sé, pero yo creo que la relación de pareja es la solución menos mala posible y que lo del poliamor no es más que una excusa para poder tirarse a todo lo que se mueva.

-¡Buah!... El mito de la pareja fiel e indisoluble es un invento represor de la religión cristiana, especialmente la católica, en la que cualquier cosa relacionada con la sexualidad siempre es pecado, es vergonzosa y está prohibida, llegando hasta el absurdo de prohibirnos la masturbación, cuando ¿a quién dañamos con eso? El caso es hacernos sentirnos culpables para que sean solo ellos los propietarios de las llaves del cielo, que es nuestra supuesta salvación. Puuuf… No es más que un montaje construido sobre una colección de falacias. Jesucristo nunca dijo nada así.

-Yo no soy creyente porque me da miedo, Sara.

-¿Y eso? ¿Es que te planteaste hacerte adorador de Lucifer, o qué?  

-Pues casi, casi, porque si acaso existe un dios, se llame como se llame, que sea nuestro buen padre todopoderoso y permite que haya diariamente crímenes y torturas de crueldad extrema, castiga sin causa a familias con el nacimiento en su seno de niños deformes o sentenciados genéticamente a cosas terribles, y deja que mueran atrozmente de hambre miles de personas que no han hecho daño nunca a nadie, y no sé cuántos mil horrores más, pues como que no me vale ese señor, que no me inspira confianza, vamos.… Si hasta mi hermana cuida a su hámster mejor que él a nosotros… Así que yo por si acaso prefiero mantenerme lejos de él, que me da miedo. No es buena persona y si se cabrea me convierte en estatua de sal o algo peor.

-Vaya, no está mal pensado. Yo creo que es lo único sensato que te he oído decir desde que te conozco. Y encima que como toda respuesta nos digan que “los caminos del señor son inescrutables”, pues ya suena a coña, ¿no? Pero a lo que vamos, que no sé qué tonterías has dicho antes de “trío”, y tengo que decirte que partiendo de la base de que tú y yo no somos “pareja”, porque siempre hemos evitado los compromisos entre nosotros y no hemos querido serlo, mucho menos vamos a ser ahora “un trío” porque una noche salgamos acompañados de alguien, ¿no? ¿Y si vamos con un equipo de fútbol ya seremos una orgía? ¿Qué es lo que pasa por tu cabeza?, anda dime algo.

-Pues verás, es que no sé. A mí Nacha me cae bien, y no tengo problemas con gais ni lesbianas, ni trans, ni bis, ni astrosexuales, siempre que haya respeto entre nosotros, ¿ok? Pero a ti te debo confesar que la variedad del gay extremadamente amanerado, de muñeca caída y mirada lánguida, que se acerca tanto para hablarte y que si se sienta a tu lado te oprime con el hombro y te empuja con el muslamen cada vez que dice algo…

-Me estás describiendo a Nacha, ¿no es así?

-Tú verás, lo siento, es visceral y no puedo evitarlo. Me hace sentirme incómodo. Con razón o sin ella no estoy a gusto. No sé explicártelo bien.

-¡Pfff! Pues bueno, si se trata de una rareza tuya, con la iglesia hemos topado. Pero has de saber que es un hecho comprobado que los humanos no somos monógamos ni nunca lo hemos sido. Y entre otras especies la monogamia tampoco es frecuente, aunque se da entre algunas aves: pingüinos, loros, gansos, frailecillos y demás.

-Lo sé- le interrumpió Cornelio -Me gustan los animales.

-Mejor- continuó ella -Porque entonces sabrás que los simios tampoco lo son, a excepción del gibón y no sé si alguno más, pero no es así en el caso del chimpancé, ni del orangután, ni del bonobo, ni del gorila, que son nuestros primos más cercanos. ¿Entonces por qué cojones tendríamos que ser nosotros monógamos? ¿Es que no lo ves a tu alrededor?

-Pues yo qué sé, Sara- la miró dubitativo -Me estás liando con las teorías del poliamor, pero es que yo no te quiero compartir con nadie, no sé si me entiendes. Aunque después de escucharte no sé si tengo derecho a hacerlo. No sé nada, lo confieso, pero sé lo que siento: la idea de compartirte sexualmente con otra persona, fuera del sexo que fuera, me da muy mal rollo, y ya está.

-Ah, sí, ¿eh? ¿Estás seguro de eso?

-¡Pues claro que sí! La sola imagen se me atraganta y me sobrecalienta la sesera. ¡De ninguna de las maneras!

-Y me estás diciendo que si se tratara de una lesbianita discreta, al estilo Margot Robbie, tampoco aceptarías, ¿no?- con gran sarcasmo -¿Te imaginas qué tríos podríamos hacer?

-Yo… Eeerh… Bueno, en un caso así… Es… ¡No sé!... No me confundas más, Sara, dejemos aparcado el asunto de momento. Una tregua.

-Vale, pero tus argumentos no son racionales, y lo que lo que pasa es que eres un machista y un cagado, que le tienes miedo a los cambios y al qué dirán. Haz lo que quieras, mi amor- aquí le pareció que su voz destilaba amargura -pero sabes que siempre habrá un sitio para ti en el parking de mi corazón.

¡Toma, ya!- me dicen que dijo un lector.

 

LIDIA

-¡Enhorabuena, colega!- le felicitó burlón Julio al saberlo –Parece que vas saliendo de tu estado de encoñamiento profundo y empiezas a dar muestras de volver a ser persona… ¡Sales de la UCI para ser trasladado a planta y eso hay que celebrarlo!... ¿Te parece que le diga a Marta para que quede con Lidia y salimos con ellas esta noche para ahogar nuestras penas en alcohol? ¿Te hace?

Cornelio no tardó en darse cuenta de que su amigo no exageraba cuando decía que a Lidia se le caía la baba por él. Aquella tarde se presentó muy arregladita y muy mona, y acaparó al chico de inmediato para ella sola, pasando de los demás, y mirándole con brasa… ¡Que se le estaba poniendo a huevo, vamos!... Y la verdad es que la chica tampoco estaba mal, que ya le hubiera gustado a él pillar algo así en sus largos años de sequía, pero el caso era que no podía quitarse a la cabrona de Sara de la cabeza. Su imagen se le aparecía haciéndole gestos burlones o provocativos para descentrarle cuando se encontraba a solas con ella para hacerle ver que seguía siendo su dueña y no tenía comparación con aquella otra chica tan vulgar… ¿Tendría razón Julio cuando le decía que debería verle un médico?

-¿Perdona, te pasa algo? ¿Acaso he dicho algo malo?- le preguntó Lidia –De repente te has quedado muy callado y se te pierde la mirada por encima de mi hombro, como si vieras a un fantasma.

-¿Un fantasmaaa? No, que va, a mí no me pasa nada. Ejem, estoy muy a gusto contigo- sonrió forzadamente.

-Pero parece que no me escucharas cuando te hablo, Corni, estás como ausente… ¿En qué piensas cuando te hablo?

-¿Yooo?... En nada, en nada… Es por un problema que he tenido en el trabajo- mintió descaradamente mientras le hacía gestos a la imagen de Sara para que se alejara de allí  –Pero ya me olvido de ella, digo de él, perdona.

Se esforzó en prestarle más atención durante el resto de la noche y al despedirse ella le dio un beso en la boca, así como de soslayo, pero dando a entender que podría haber más si algún día llegaban a buen puerto.

-¿Pero estás gilipollas o qué te pasa, tío?- le recriminaba Julio en el trabajo – Ella venga a darte cancha y tú ni puto caso… ¿No viste claro que va a por ti?

Y total, que gracias al buen talante de Lidia y Cornelio, y a la tenacidad e insistencia de Julio, acabaron enrollándose. Ella estaba más feliz que una perdiz, porque al fin tenía un novio guapete y formal, que además se lo había levantado a la zorra de Sara, tan creída ella siempre con sus aires de superioridad cuando se trataba de cuestiones de hombres.

Pero él no conseguía estar tranquilo con la imagen de Sara haciendo acto de presencia y ofreciéndole su jugosa boca cada vez que él se arrimaba un poco a Lidia. Aquello le alteraba enormemente.

-¿Pero te la has follado o no?- su amigo le exigía una respuesta contundente.

-No es eso, Julio, no es eso. Es otra cosa. Es que la cabrona de Sara me viene a la cabeza cada vez que estoy con Lidia, y me hace ver lo que me estoy perdiendo al haberla dejado, porque con ella todo sería mejor y más divertido.

-¡Buaah!... ¡Excusas!... Pues eso es que aún no te la has follado. Te lo dije, colega, estás encoñado con Sara hasta el culo… ¿Y ahora qué hacemos?... ¡Ya te dije al principio que en tu caso la mejor solución sería la eutanasia!- y se reía de él.

Y el caso es que Lidia era una buena tía y viceversa. Era atractiva y trabajaba como esteticista en una peluquería del barrio, con lo que ganaba su pasta y no gorroneaba cuando salían juntos, pero a él no acababa de convencerle, quizás porque fuera demasiado clásica y convencional, tanto era así que le insistía en que tenía que conocer a sus padres, porque le iban a caer genial. Pero aquello le sonaba a trampa y además no le apetecía porque no tenía ninguna prisa por establecer una relación formal con ella ni con ninguna otra chica. No quería compromisos con nadie y menos estando Sara dando vueltas por su cabeza.

-Dentro de poco ya es san Valentín- le dijo Lidia una tarde -¿Me vas a regalar algo?

-¿San Valentín?... ¡Ufff!... Mi padre dice que eso es un pufo que se inventaron los de El Corte Inglés para aumentar sus ventas… No había pensado en ello, ¿tú sí?

-¡Pues claro que sí, cari! Y daba por hecho que tú hicieras lo mismo- suspiró dolida -Yo estoy preparando una sorpresa para ti. Y es la primera vez que hago un regalo de san Valentín, ¿sabes?

Cornelio se sintió incómodo ante el hecho de tener que hacer oficial su relación, pero sonrió con resignación y le dio un beso para que viera que él también la quería.

-¡Muac!... Claro, claro, yo también te haré un regalo a ti, cariño- acertó a decir.

-Podrías venir a comer a casa ese día, que cae en sábado, ¿vale?- propuso ella -Y así conocerías a mis padres, que te van a caer genial, ya lo verás.

¡Ratón en la ratonera! Palidez, sudoración fría, tartamudeo y temblor fino en la mandíbula y extremidades superiores.

En las comparaciones, siempre odiosas, que él hacía entre Lidia y Sara haciendo el amor, no podía olvidar que los vértigos que había sentido con Sara no tenían comparación con el digno aprobado que hubiera obtenido Lidia examinándose en la Real Academia del Follaje. Pero Sara era la mujer pantera, que no era normal y resultaba obvio, con lo que resultaba incomparable en ese terreno.

-¡Julio tiene razón!- se vio obligado a reconocer –Esta tía me ha envenenado de por vida…

En fin, que ni contigo ni sin ti, porque su imagen le perseguía allá a donde fuera para aguarle la fiesta... ¡Menuda maldición le había caído encima!

-¿Por qué siempre cierras los ojos cuándo me haces el amor?- le preguntó Lidia una tarde –Me gustaría que me miraras y sentir que eres mío.

-¡Oooh!... ¿Eso?... Verás, eso es porque me pasó algo horrible de pequeño- soltó la primera trola que le pasó por la cabeza –Es que en una ocasión sorprendí a mi abuelo sodomizando a una oveja en un pajar y aquello me dejó traumatizado, y resulta que su imagen se me presenta inevitablemente cuando hago el amor con los ojos abiertos, así que tengo que hacerlo con los ojos cerrados para no verte como a una oveja, cariño, que comprende que eso no es plan, así que no me queda otra.

-¡Oooh!- exclamó ella, espantada por la noticia -En ese caso… ¿No deberíamos ir a ver a un médico?

-Mis padres ya me llevaron- la huida hacia delante, ya sabéis -Pero el doctor dijo que aquello era normal y que ya se me pasaría, que no se preocuparan. Y que delante de mí hicieran como si no pasara nada, que eso me ayudaría mucho. Y debía ser un psiquiatra muy bueno, porque cobraba una pasta. Pero el caso es que todo sigue igual, aunque ahora presiento que tú me estás ayudando mucho a que se vaya pasando el trauma.

-¿Ah, sí?- ella se sintió halagada - ¿Y eso por qué?

-Pues porque noto como si la imagen de la oveja se fuera difuminando y fuera siendo sustituida poco a poco por la tuya, lo cual resultaría más normal en este caso, ¿no te parece?

-¿Me lo dices en serio o me tomas el pelo? ¿Te ríes de mí?

-¡Que no, cari, que te lo digo muy en serio! Que la oveja se aleja, te lo digo de verdad. Y es gracias a ti, que me estoy curando.

Ella le miró incrédula y decidió tirar por lo práctico.

-¿Probamos a hacerlo otra vez a ver si te curas del todo?- se le insinuó.

-Vale, y esta vez lo voy a hacer guiñando un ojo, ¿vale? Y te digo qué es lo que veo.

Pero se le escapó la risa.

-¡Idiota! No te burles de mí, no seas tan malo, que me das miedo cuando te portas así…

Pero el caso era que con razón o sin ella, él se iba sintiendo cada vez más agobiado por sus crecientes demandas pasteleras: más arrumacos, más te quieros, más ¿qué plan tienes para hoy, nos vemos un rato?, más te estuve llamando y no cogías, ¿qué estabas haciendo?, y sobre todo más mis padres te van a caer genial y tienes que conocerlos…

Y todo aquello coincidió con que Victoriano y Hortensia, que así se llamaban sus padres ya jubilados, cansados del frío invierno de Madrid decidieron ir a pasar una temporadita a su apartamento de Almuñécar, que allí se estaría de maravilla, así que le quedó la casa para él solo... ¡Bieeen!

-Haz el favor de portarte bien y de cuidarlo todo mucho, ¿eh? -le advirtió su madre al despedirse –Te he dejado la compra hecha y pórtate como si nosotros siguiéramos aquí. Y que sepas que vendremos de vez en cuando a pasar revista y que no te voy a avisar antes… Y nada de chicas ni fiestecitas en casa, ¿eh?, que ya sabes que doña Laura me lo cuenta todo.

Así que avisado quedó.

 

EL RECONOCIMIENTO MÉDICO

Una mañana, mientras Cornelio se ponía el uniforme para empezar la jornada se le acercó el señor Olivares, su supervisor, y le entregó una nota.

-Toma, pringado- le dijo -Son las instrucciones para que vayas esta tarde al reconocimiento médico que tienes que pasar si quieres seguir trabajando, así que hoy no comas nada más que te tienes que ir en ayunas a los análisis.

-¿Esta tarde? ¿Y tengo que quedarme sin comer después de pasarme la mañana conduciendo y descargando barquetas?- protestó el chico –¿Y por qué no voy por la mañana como todos los demás?

-Mala suerte, amigo. Alguien tenía que ser y te tocó a ti. Así que ya puedes hacer el reparto ligerito porque tienes que estar en la clínica a las cuatro. Y en ayunas- le contestó secamente.

Tenía claro que Olivares le había cogido tirria desde el momento en el que le vio, aunque no sabía por qué. Él hacía el trabajo lo mejor que podía, era siempre muy puntual y no tenía problemas con los compañeros, pero hablando con ellos se enteró de que corría el rumor de que la entrada de Cornelio le había quitado el puesto a una amiguita de Olivares a la que quería colocar en el super.

Así que Cornelio acató las órdenes y se presentó muerto de hambre a las cuatro menos diez en el lugar indicado, que era una clínica bastante cutre en un barrio periférico de Madrid.

Aquella mañana le había tocado repartir más pedidos de lo normal porque un compañero había pedido ese día libre- cosa que Olivares le concedió de inmediato y olvidó posteriormente decírselo a Cornelio, mala suerte otra vez, vaya por dios -y se encontraba desfallecido. Ojalá que lo de los médicos fuera rapidito para acabar cuanto antes, pero lo peor era lo de las agujas, lo del análisis, porque las agujas le daban pánico, y lo pasaba fatal viendo a una pinchando su vena. No podía evitarlo. Pasaba un mal rato que te cagas.

-¿Seré gilipollas?- se preguntaba –¿Por qué me pasa esto?... Si no es por cobardía, si una vez me vino uno con una navaja y no me achanté… ¡Si es la aguja en sí!

¡Qué ganas de acabar con aquello y tomarse una caña con un pincho de tortilla en el bar que había visto en la esquina!

La sala de espera era amplia, provista de varias puertas, y allí estaba una pareja que resultaron ser padre e hijo, el joven de estilo pseudopunky desfasado, con redondel en las napias, y el otro con mirada extraviada y aspecto desaliñado, ambos con ropa muy gastada, además de un fornido rumano, mono azul albañil, casco amarillo, que daba instrucciones a un joven negro, poquita cosa él físicamente, que regalaba a cambio evidentes muestras de nerviosismo. El rumano se desesperaba:

-Tú síguele rollo al doctorr y dile nunca has estado enferrmo y nunca pasarrte nada, ¡nunca! Eso es todo- el rumano aleccionaba al aspirante a peón -Y aunque él te toque en algún sitio, tú nunca digas te duele, ¿entendido?... ¡Y sobrre todo no le hagas enfadarr al doctorr parra que te dé aptitud y puedas empezar mañana!

-Pero yo no poder mentir, siñor- objetaba el negrito –Mentira no buena, pues yo no hacer mentira. En mi país yo tener muchas fiebres y estar muy enfermo, casi morir. Ponerme así, así…

Y se ponía bizco y aleteaba agitando los dedos y castañeando los dientes para que apreciara lo malito que llegó a estar.

-¡Eso ahorra da igual, tonto! ¿Tú quierres trrabajo o no?- le clavó con la mirada y se dio una palmada en la frente –¿Es que tú no entiendes? O haces lo que te digo o te quedas sin trabajo y te vas a puta calle, que eso sí que lo entiendes, ¿verrdad?

-Dsííí, dsííí- asintió gravemente el joven -Yo hacer lo que tú dices y así tú no enfadar conmigo. Enfadar no bueno, pues yo no hacer enfadar.

-¡Eso es! Buen chico.

Que así, a lo tonto lo bailo, es como nos corrompe la sociedad, ¿o no es así?

En esto se abrió una puerta en la que ponía EXTRACCIONES y apareció el enfermero Romerales -¿Cornelio Escipión Lasarte? Pasa por aquí conmigo, que tengo que darte un pinchacito… Tienes nombre de gladiador, ¿no?

Cornelio tragó saliva y obedeció mientras se abría otra puerta y se asomaba el doctor Tuétanos, que rondaría los sesenta y tenía aspecto de buena persona, con nariz roja de borrachín incluida, y llamó al primer paciente de su lista de reconocimientos:

-¿Elvis Presley Pérez Guanchimbamba?

El pseudopunky avanzó hacia él y le preguntó:

-¿Puede pasar mi padre conmigo?- señalando a su acompañante con el pulgar.

-¿Pero no eres ya mayorcito como para venir tú solo, Elvis?

-¿Pero qué dice, doctor?... Si lo que pasa es que tengo que cuidar yo de él- se explicó –Este deshecho es un alcohólico impenitente y mi madre me ha pedido que no le pierda de vista ni un momento, porque si empieza a beber no hay quien le pare. En casa, mientras yo me duchaba para venir, él ya se estaba pegando unos lingotazos de una botella que tiene escondida… Y no se puede dejar dinero en casa porque todo lo que pilla se lo gasta en vino, así que vengo a que me diga usted qué puedo hacer con él.

-¡En vino! ¡Ja! ¿Serás ijnorante, hijo mío?- intervino el supuesto padre -Parece que el chico se cree que el anís me lo regalan, ¿verdad, usted? Porque sepa que yo sólo bebo anís de Chinchón, pero el de la etiqueta violeta. Que ese tiene un alcohol purísimo que es el que no hace daño.

-Ya, ya, eso está clarísimo… ¿Es usted su padre?- quiso saber el doctor.

El enamorado del Chinchón asintió, pero intervino Elvis:

-Eso es lo que dice él, pero mi madre y yo no estamos muy seguros. Sobre todo ella, que dice que siempre fue un pichatriste. Yo solo vengo a que me diga qué es lo que podemos hacer con él, porque mi madre y yo solos no podemos con él.

-No le haga ningún caso, doctor, que el chico está trastornao y es un delirio… ¿Es que no ve la semblanza de drogadito que tiene? ¡Si usted viera cómo vuelve a casa por las noches! ¡Si no se tiene de pie y parece que habla en francés!

El doctor Tuétanos se frotó los ojos- ¡Menuda pareja! ¡Vaya manera de empezar la tarde! -y los acompañó atentamente hasta el departamento de Asistencia Social para explicar el error informático y asegurarse de que los atendieran allí, y volvió a su consulta con el ánimo de quitarse de encima los pocos reconocimientos que tenía que ver y marcharse a su casa para poder ver el fútbol.

-¿Y qué es lo que pasa ahora?- se preguntó sobresaltado, porque se abrió de golpe la puerta de la consulta y apareció Romerales, muy sofocado, que venía sujetando  por el brazo a Cornelio, que a duras penas se sostenía en pie y tenía la cara blanca como la leche.

-Perdone doctor, pero le ha dado una lipotimia mientras le pinchaba- explicó el enfermero –Se llama Cornelio Escipión Lasarte, es conductor/repartidor del supermercado Roñas de Madrid, y está al borde de la hipoglucemia. El glucómetro marca 55 y no llega a 9 de tensión máxima, pero tengo que pinchar a los que faltan, porque tengo que salir con la unidad móvil, y a este chico no le puedo dejar solo… ¿Le parece que le deje en la camilla de su cuarto auxiliar y así le echa usted un ojo de vez en cuando mientras pasa la consulta?

-Joder, Romerales, qué marrón… ¡Uuuf!... Menudo embolado- dijo el doctor, contrariado –Pero tráele una lata de coca cola de la máquina y asegúrate de que beba un poco antes de pinchar a nadie más, ¿eh?… ¡Y que sea de las normales, nada de zeros ni hostias!

Así que ahí tenemos a Cornelio, con la cabeza dando más vueltas que un tiovivo, tumbado en la camilla del cuarto auxiliar, intentando beber algo del contenido de su lata antes de que se derramara toda sobre su camisa. El médico había dejado la puerta entreabierta y el chico oyó que llamaba al siguiente paciente:

-¿Teodoro Ngamba?... ¡Hola! Pasa por aquí y siéntate, Teodoro.

El negrito se sentó frente al médico y se quedó allí muy quieto, exhibiendo una amplia  y deslumbrante sonrisa repleta de dientes blanquísimos.   

-A ver, Ngamba, ¿hablas español? ¿Entiendes lo que te digo?

-Dsííí, dsííí, dsíii- asintió, muy contento de haber acertado la primera pregunta.

-Muy bien, muy bien... ¿Alguna vez has tenido algún accidente? ¿Un hueso roto, una quemadura o herida grande o algo así?

-Dsííí, dsííí, dsíii- insistió el chico. Si algo funciona, ¿para qué cambiarlo?, pensaba.

-¿Y qué te pasó?... ¿Te rompiste un hueso?

-Dsííí, dsííí, dsíii- los ojos del moreno irradiaban entusiasmo. Las estaba acertando todas, estaba en racha.

-¿Y qué hueso fue?... ¿Te rompiste un brazo?- el doctor Tuétanos se agarró un antebrazo con la mano del otro y lo agitó inerme frente a él como si estuviera roto.

-Dsííí, dsííí, dsíii- el bueno de Teodoro se mostraba eufórico, pensando que la entrevista le estaba saliendo fenomenal ¡Seguro que le daban el trabajo!

-¿Y cuál fue? ¿El derecho o el izquierdo?

-¡Dsíííííí!- el chico explotó de júbilo, pero se desinfló bruscamente al darse cuenta de que algo se había torcido, porque el doctor se le había quedado mirando con una expresión muy severa... ¿Por qué se habría enfadado aquél señor?... ¡Si le había dado la razón en todo!

-A ver, muchacho, ¿me estás tomando el pelo o qué? ¿Es que me vas a decir que sí a todo lo que te pregunte?

-Dsí, dsí, Yo siempre decir dsí y así tú no enfadar- contestó quejumbroso -Enfadar no bueno, pues yo no hacer enfadar.

El joven miraba al médico sin comprender lo que pasaba… ¿Sería posible que se hubiera enterado de lo de sus fiebres en Guinea?

-Ah, sí, ¿eh?... Pues hala, márchate de aquí, porque te voy a poner un “no apto por mentiroso”, que no lo he hecho nunca en la vida, pero a ti te lo voy a poner, y que venga luego tu empresa con reclamaciones que se van a enterar.

–Tú no enfadar conmigo, doctor- suplicó Teodoro en tono lastimero -Yo decir lo que tú quieras y tú no enfadar conmigo… ¿Eso estar bien?... ¿Tú querer?... Yo querer trabajar para empujar familia… Padre muerto, madre enferma y dos hermanos pequeños…

¡Vaya panorama! Tuétanos elevó la mirada al cielo, respiró profundamente un par de veces sin decir nada, y llevó a cabo la exploración de su paciente sin más preguntas, tranquilizándole al asegurarle que tendría su aptitud.

Y mientras tanto a Cornelio se le fue pasando el soponcio, y le iba a decir al doctor que ya le podía reconocer cuando oyó que llamaba al siguiente paciente:

-¿Florin Cuchichea? Buenas tardes, Florin. Pase y siéntese… A ver, dígame, ¿ha tenido usted algún accidente con lesiones importantes en su vida?

-¿Accidentes?- ... ¡Accidentes yo nunca, doctorr!... Ningún accidente- afirmó rotundamente –Ni enferrmedades, ni alerrgias ni nada! Yo siemprre sano y fuerrte como un torro, como todos mis herrmanos!

Y se puso en pie golpeándose el pecho sonoramente con los puños.

-¿A ver?- inquirió el doctor –Muéstreme sus manos, Florin, por favor…

Él mostró sus puños.

-Sus manos. Aquí, abiertas sobre la mesa, por favor… ¿Y eso?- preguntó el doctor indicándole la ausencia de dos dedos de su mano izquierda -¿Qué le pasó ahí?... No me diga que esto fue una gripe…

-¡Oh, eso!- el rudo albañil se fingió sorprendido –Esto no es nada. ¡Es tonterría! Eso fue juego de niños allá en mi pueblo de Rumanía.

-¡Pues vaya con la tontería!- exclamó el doctor -¿Y se puede saber a qué jugaban ustedes de niños en su pueblo de Rumanía?

-Pues aquél día jugábamos a que erramos cazadorres, y yo era un oso, y mi amigo, me corrtó los dedos con un hacha sin querrerr, porrque yo le ataqué y él se tuvo que defenderr... Y luego me pidió perrdón y llorró mucho porr mí.

-¿Y jugaban ustedes con hachas cuando eran pequeños? ¿Y los adultos se lo permitían?

-Pues clarro, doctorr. Ellos se reserrvaban las arrmas de fuego, ¿qué se crree usted? ¡No somos tan bárrbarros!

El médico le miraba dudando de si se encontraba frente a un embaucador o frente a un auténtico orco.

-Perro no fue un accidente, ya le digo, que solo fue un juego… Yo accidentes ninguno... ¡le digo que estoy fuerrte como un torro!- insistió.  

Y llegó el turno de Cornelio y al fin pudo pasar su reconocimiento sin mayores contratiempos y se marchó de allí pensando que vaya jaula de grillos había en esa clínica, mientras que el doctor Tuétanos se iba a su casa pensando en lo poco que se parecían sus sueños de estudiante a lo que había llegado a ser en su vida… ¡Qué ganas tenía de jubilarse!

 

 

¿DÓNDE LAS DAN LAS TOMAN?

-Bueno, y ya sabes la última, ¿no?- le preguntó Julio, en el bar en el que quedaban cuando podían para hacer un descanso con los repartos.

-Pues no sé a qué te refieres, porque llevo unos días que no me entero de nada, que la espalda me tiene doblado, ¿de qué va la vaina?

-Pues las cosas de tu querida Sara, colega, que ahora resulta que la Nacha le está poniendo los cuernos a ella…

-¡Anda ya! ¡Amos no me jodas, tío!

Su móvil se puso a cantar, pero Cornelio miró la pantalla y rechazó la llamada.

-¿No coges?

-No. Es Lidia, que ya he hablado con ella hoy tres veces y me tiene achicharrao. Quiere que vaya con ella y con sus padres a una excursión cultural el domingo a Toledo, y yo ya la he dicho que ni de coña madrugo los domingos y menos por ese motivo tan peregrino, y no veas el globo que se ha cogido. Ahora no cojo. Le diré que iba conduciendo y que por eso no cogí.

-¿Una excursión cultural a Toledo? Pues a mí me parece un plan cojonudo, no sé cómo te lo pierdes- le dijo Julio con sorna.

-Déjate de hostias y dime cómo sabes lo de los cuernos… ¿Quién te lo ha dicho?

-No ha hecho falta que me lo dijera nadie porque lo he visto yo con estos ojitos.

-¿Sííí?... ¿Qué es lo que viste?... ¡Cuéntame, tío, di algo!

-¡Te vas a descojonar, colega!... Se los ha puesto con Carlitos…

Cornelio le miró asombrado.

-¡No!... ¿Con Carlitos el gay?... ¡No me jodas!... Pues no te digo que me alegre pero casi, casi… ¡Qué cojones!... Pues claro que me alegro, porque le está muy bien empleado. Donde las dan las toman… ¿No me los puso ella a mí con un gay? ¡Pues ahora que trague de su propia medicina, a ver qué tal le sienta!... ¿Y dónde los viste?

-Anoche estaban los dos solitos tomando unas birras en el Wild Side y les vi muy acaramelados, y se morrearon durante un rato antes de irse- proclamó su amigo.

-Pues hala, que se joda y que se aguante como me he aguantado yo- exclamó Cornelio –Que cuando los cuernos rompan cráneo ya dejarán de dolerle, ¿no es así?

Y el caso es que se encontró con ella un par de días después. Sara estaba tomándose una cerveza mientras miraba una revista en la terraza de un bar al que entró a comprar tabaco al salir del trabajo. Se la quedó mirando sin saber qué decir.

-¡Hola, Corni!- le saludó ella jovialmente -¿Por qué pones esa cara?... Parece como si te apretaran los zapatos o tuvieras ganas de hacer caca... ¿No me vas a dar un beso y te vas a sentar a tomar algo conmigo? Mucho tiempo sin vernos.

La muy condenada estaba guapísima.

Su inoportuno móvil cantó su tonadilla de nuevo. Cornelio se asomó a la pantalla y rechazó la llamada con gesto brusco.

-¿No lo coges? ¿Quién es?

-Es Lidia, pero es que hoy está muy pesada y ya he hablado con ella antes.

-¿Y qué es lo que quiere?... Si es que se puede saber, claro está.

-Nada, que quiere que vaya con ella de excursión a Toledo y a mí no me apetece nada- el chico prefirió omitir lo de cultural y lo de sus padres.

Ella palmoteó y exclamó con sarcasmo:

-¡Una excursión a Toledo! ¡Qué plan tan emocionante! ¿Y te lo vas a perder?

-Déjate de leches, Sara, que no me apetece nada ir y ya está.

-¡Qué lástima! Te iba a pedir que me trajeras una navajita de esas tan monas de las de allí- había olido sangre y no estaba dispuesta a soltar presa –Así que no quieres hablar de eso con ella delante de mí, ¿verdad?

-No es eso, no... ¡Qué tonterías se te ocurren! Es que ella se enrolla mucho por teléfono y tampoco es plan… Prefiero dejar la charla para más tarde.

-Buena idea.

Cornelio se sentó con ella y pidió una caña para acompañarla.

–Me han contado lo de la Nacha con Carlitos y creía que estarías jodida…

-¿Jodida? ¿Por qué iba a estarlo? ¿Qué quieres decir?- repuso ella, sorprendida.

-Pues porque sé que la Nacha te la está pegando con Carlitos, Sara, ¿por qué va a ser si no?... Pero si prefieres hablamos de fútbol, que tampoco quiero hurgar en la herida.

-¿La herida?... ¿Creías que me había hecho daño Nacha al enrollarse con Carlitos?- preguntó ella con expresión divertida -¡Pero si Carlitos es un encanto! Si es como un niño chico y me encanta jugar con él también. ¡Si vieras cómo se pone en cuanto le hago dos cositas de nada!

-¿Que Carlitos es como un niño chico?... Pero si te acaba de levantar a tu chico, tía… ¿No se ha enrollado él con la Nacha?

-¿Y eso qué tendrá que ver? ¡Pues bienvenido al grupo! Yo les quiero mucho a los dos, y ellos están loquitos por mí. Ya te dije que mi alcachofita es una hojita para cada uno y el corazón para ti, pero como tú no lo quieres ahí sigue esperando- le fundía con la mirada.

-¿Pero qué me estás contando? ¿Ahora vas de trío? ¿Así, por las claras?

Ella asintió sonriendo. Estaba radiante.

-¡Ahí va!... ¿Y eso cómo se lleva?

-Pues yo lo llevo de lujo, Corni, ¿cómo quieres que lo lleve? Los dos me tratan como a una reina, me colman de atenciones, cubren con creces todas mis necesidades y nunca me falta de nada. ¡Si es que los dos son un encanto y hasta compiten entre ellos para obtener mis favores!… Pues menudo disgusto tengo, ¡ja, ja!

-¡Caray, tía!... Sí, desde tu punto de vista no se ve tan complicado… Vamos, que en cuanto te pillan distraída van y te obsequian con un pespunte, uno por delante y otro por detrás…

A ella le hizo gracia aquello y le aclaró:

-No lo sabes tú bien. Ya te digo que me cuidan como a una reina, pendientes de mí todo el día. Y yo, que me conoces y sabes que no me gusta encasillarme, de vez en cuando los mando en un autobús a hacer alguna excursión cultural, a ver catedrales o a cualquier monserga, para quitármelos de encima unos días, que nunca ha sido bueno dejar que las relaciones se saturen, ¿no te parece?

-No me cabe duda de que es una magnífica idea y que lo haces por su bien- contestó sarcástico –que así se ilustran y no son tan zotes como yo.

-¡Pues claro que sí!- no cambió el tono -Pero no me importa confesarte que a veces te echo de menos y que me gustaría volver a jugar contigo algún día… ¿Aún te gusta jugar o ya te has vuelto serio y aburrido?... ¿Encontraste a tu demonio de la pesadez?

-¿Mi demonio de la pesadez? ¿De qué me estás hablando ahora?

-Ay, Corni, qué ignorantito eres… El demonio de la pesadez, de la seriedad y la formalidad, era el peor enemigo de Nietzsche, que habrás oído hablar de él, ¿no?

-¿De Netzer?... ¡Claro que sí!... Lo he visto en videos. Era un interior izquierda alemán magnífico, muy fino y elegante, que jugaba hace tiempo en el Madrid, ¿quién no ha oído hablar de él?

Sara se le quedó mirando con estupefacción:

-¡No hablo del tal Netzer, so burro! ¿Es que tu escasa cultura se reduce sólo al fútbol?... Hablo de Nietzche, el filósofo, el pensador alemán…

-¡Ah! Al menos acerté en eso, ¿no? ¿Ves como era alemán?- el chico le echaba cara  al asunto -¿Ves como sí que sé cosas? El que decía que todo lo que no mata engorda, que se lo he oído decir a mi padre.

La chica no sabía si le estaba vacilando.

-¡Ay, Corni, qué atrevida es la ignorancia! Nietzsche decía que todo lo que no te mata te hace más fuerte, no que te engorde.

-Lo sé.

-¿Cómo que lo sabes, tú qué vas a saber?- chasqueando la lengua.

-Lo sé por dos razones- continuó él con aplomo -La primera porque me lo acabas de decir tú hace un momento. Y para mí tu palabra es la ley.

-Zalamero de mierda, cuentista, ¡ja!, ¿te crees que me lo trago? Esa no vale- intercambiaron miradas con chispa-¿Y la segunda?

-Porque lo vi en la peli de Conan, el bárbaro, que lo ponían al principio, y me acabo de acordar. ¿Ves cómo sí que sé muchas cosas?

Sara le miró con guasa y se dio cuenta de que echaba de menos las charlas con él, aunque a veces fueran diálogos para besugos. Aquél jodío chaval tenía algo que la encandilaba, ¿y quién era ella para juzgar a nadie? Al fin y al cabo ella era hija de un diplomático y tenía que admitir que aquello facilitaba muchas cosas, como el acceso a la cultura y a la pasta, entre otras.  

-Anda, dame un beso y te perdono- le dijo Cornelio riendo. Y ella se lo dio, gustosa.

-Bueno, que a lo que íbamos, que eso de que todo lo que no te mata… a mí me parece un desvarío de nuestro amigo, porque no entiendo cómo te va a hacer más fuerte el que te atropelle un coche y te deje tetrapléjico, por ejemplo, ¿no crees?

-Uuuf… Yo, puestos a elegir prefiero evitarme la experiencia.

-¡Pues claro! Pero a lo que vamos, que también decía que el demonio de la pesadez convertía a todos aquellos a los que poseía en personas serias, graves, solemnes, rígidas, intolerantes y aburridas, cosas que él odiaba profundamente y que no quería ser.

-¡Ah!... O sea que le iba la marcha, ¿no? Pues mola ese tío.

-No es eso exactamente, pero era guerrero. Te gustaría leerlo, es muy cañero. Lo único que no me gusta es que era un machista de mierda, pero a cambio de eso dice cosas interesantes sobre las personas y sobre los hombres en particular. Por ejemplo, dice que hay dos cosas a las que aman todos los hombres de verdad, que son el peligro y el juego… ¿A ti qué te parece eso?

-¿El peligro y el juego?- Cornelio se quedó pensativo y asintió –Pues sí, creo que tiene razón, porque James Bond, que es muy machote él, siempre sale en las películas en situaciones peligrosas ligando con tías macizas en los casinos… Son dos cosas que molan, ya lo creo que sí.

-¡Ya lo creo que molan, pero no solo a vosotros, sino que a nosotras también!... ¿Por qué lo dice refiriéndose exclusivamente a los hombres?... Yo no me siento hombre para nada y también amo el peligro y el juego… ¿Es que por ser mujer no tengo derecho a hacerlo?

-Vale, vale, todo eso suena muy bien y estoy de acuerdo con ello, pero no te enfades conmigo que yo no he tenido nada que ver, así que págala con tu Netzer o como se llame. Le llamas una tarde, se lo dices y tan amigos.

-Buen consejo, mi querido amigo, lo haré mañana mismo- suspiró ella mirando al cielo -Y concluye que es por eso por lo que el hombre de verdad ama a la mujer, porque ella es el más peligroso de los juguetes…

-Mmmh… Eso tiene mucha tela, un tipo interesante el alemán.

Ella puso expresión de hastío y continuó:

-Y eso me ofende y me halaga a la vez, lo reconozco, pero dejando muy claro que solo permito que me traten como un juguete cuando esté de acuerdo con las normas del juego y esté dispuesta a jugar, ¿no? Porque siempre debo exigir que me respeten, ¿no crees?

-Pues claro que sí, Sara, se debe respetar a todas las personas solamente por el hecho de serlo, eso debería estar claro siempre… Pero vaya comida de tarro te estás dando con eso ahora, ¿no?

-Pues sí, ¿qué pasa? A mí los principios me importan mucho. Y el caso es que no sé a qué carta quedarme, porque ya te digo que era un machista de mierda, quizás fuera por culpa de los tiempos en los que vivía, en los que las mujeres éramos ciudadanos de tercera clase, no sé... Bueno, a lo que vamos, ¿quieres venir a jugar conmigo un rato para recordar viejos tiempos?

Aquella generosa oferta le pilló desprevenido.

-¿Eeeh?... ¿Jugar contigo?... Pues claro que sí, pero ¿ahora, dices?

Sara asintió, dedicándole una mirada rebosante de promesas incandescentes.

Y como ya habréis supuesto, aquella tarde se lo acabaron haciendo en casa de Cornelio. Les salió de cine y ¡la Academia del Follaje les puso un nueve!

-Aunque esté mal decirlo, qué diferencia con Lidia- pensaba -qué cantidad de cosas se le ocurrían… ¡Desde luego que aquella mujer era una bruja!

Y fumándose un cigarrito y ya de vuelta en el planeta Tierra, ella insistió:

-¿Por qué no entras a formar parte de la familia, Corni?... Anda, di que sí, que sabes que mi corazón será siempre tuyo… Ven una vez al menos a ver qué tal te lo pasas, que no se puede opinar de algo sin haberlo probado. No seas tan melindres y tan rígido, hombre.

Melindres y rígido, le llamaba ella, había que joderse…

Y el caso fue que tanto insistió Sara que se comprometió a salir con la familia una noche a ver qué tal se lo pasaban, a cambio de su palabra de que Lidia no se enteraría nunca de nada.

-No te preocupes, que tu mochuela no sabrá nada- le prometió ella con sonrisa maliciosa.

-No te pases, Sara, que Lidia no es ninguna mochuela- protestó él.

-Claro, claro, quise decir mozuela, perdona mi mala dicción.

El chico no se quedaba muy convencido sobre la ética de todo aquello, porque eso suponía engañar a Lidia, con la que tampoco quería portarse mal, pero el caso era que se sentía incapaz de decirle que no a Sara, tanto era el poder que tenía sobre él.

–Y cuando lo hayas probado un día, tú ya decides luego, que así serás el dueño de tu destino. ¿Acaso no es eso lo que tú quieres, mi valiente centurión?

Y le miraba burlona. Y lo que pasó en casa de Cornelio me lo salto, porque ya os lo sabéis.

Al bajar del ascensor se dieron de bruces con doña Laura, la vecina cotilla.

-Hombre, Cornelio, cuánto tiempo sin verte…

-Hola, doña Laura, a mí no se me hizo tan largo- repuso él, que bajaba envalentonado.

-Pues te veo con buen aspecto, aunque algo despeinado, ¿pero por qué llevas los zapatos puestos al revés?- en su estado de éxtasis ni se había dado cuenta -¿Esta chica tan guapa es amiga tuya?

-Para nada, doña Laura, todo lo contrario- contestó él con tono mordaz, dando saltitos a la pata coja mientras se cambiaba los zapatos -Es mi peor enemiga y nos llevamos fatal. Y le he pedido que subiera un rato a mi casa para insultarla a mis anchas.

-¡Qué humor tan original tienes!- continuó ella en tono ladino –Ya sé que tus padres se han ido a pasar unos días a Almuñécar y he quedado en llamarles esta tarde para ver qué tal están... ¿Les digo algo de tu parte? Les diré que te he visto y que estabas muy bien acompañado, que eso les tranquilizará.

Cornelio le lanzó una mirada furibunda y no contestó.

-¡Cago en la leche!- le dijo a Sara en la calle –Esta cotorra se lo va a largar todo a los viejos y me la van a liar.

-No importa, Corni, has estado genial, dando saltitos con el tomate en el calcetín y diciendo esas cosas. Me enamoré de ti otra vez, ja, ja, ja, ja, no sé cómo pude aguantar la risa viendo la cara que ponía esa señora.

Y como no podía ser de otra manera, sujetó la cara del chico con ambas manos y le plantó un delicado beso en la boca.

-El más peligroso de los juguetes, cuánta razón tenía Netzer- pensó Cornelio, aturdido.

 

LA PRUEBA

Tras tres largas noches de debates con Trudy sobre el asunto, Cornelio decidió quedar una noche con Sara, Nacha y Carlitos, en el Kulo del Mundo, un bar algo apartado de su zona habitual para evitar encuentros incómodos y probar qué tal iba la cosa. Acudía algo receloso, no os lo voy a ocultar, y me dijo que sus propósitos eran: ser cordial con todo el mundo, no pasarse mucho de copas y mantenerse bien alerta. Que no empezara nadie con toquecitos en la pierna, ni se le acercaran más de la cuenta al hablarle, ni le pusieran en situaciones engorrosas porque se iba.

Le alteraba mucho sentirse acosado, y nunca olvidaría una noche de verano en la que tuvo que huir de una chica muy obesa con mallas y camiseta de leopardo que se empeñaba en arrinconarle en una esquina del bar para atizarle con las tetas en los ojos y tuvo que huir como una rata por la ventana del lavabo de un bar de copas de un pueblo, que no le quedó otra, porque la leoparda era muy amiga de la novia del amigo con el que iban, así que no podía mandarla a tomar por culo directamente, y si optaba por salir por la puerta la leoparda se abalanzaría sobre él y le devoraría como castigo a su ofensa. Ya os dije que no le quedó otra.

El chico no quería pasar por otra situación así, que lo pasó fatal y soltó la pota por el camino de vuelta. Mal rollo lo del acoso sexual- se decía -No está nada bien comportarse como mandriles.

Pero el caso es que la cosa no empezó nada mal. Nacha y Carlitos se levantaron para saludarle con mucha efusividad:

-¡Hola, Corni! ¿Qué tal, tío? Hemos hecho un canutillo, pero no queríamos encenderlo hasta que llegaras. Vamos saliendo de dos en dos y nos lo fumamos fuera, ¿ok?

Sara le dijo que sí con la mirada y él tragó. Así que salió con Nacha en el primer turno.

-¡Joder, lo que te quiere Sara!- le dijo pasándole el porro -No para de hablar de ti, que si Cornelio por aquí, Cornelio por allá… Se nota que tenéis química, que yo de eso sé mucho.

-Si tú lo dices…

-Y me alegro mucho porque ella es una mujer maravillosa, que bien lo sabes tú, y tú me pareces un buen tío y me caes bien, así que bueno pala todos, bueno pala colazón, como dicen los sabios chinos.

-Je, je, je, je…Gracias por decirlo, amigo. Bueno, ella es increíble, pero es mujer y por lo tanto es alacrana, ya sabes lo que eso supone.

-Algo de eso también sé, que a mí también me han picado- contestó Nacha con guasa.

-Me picó con su veneno y aquí estoy haciendo de palmero por ella. Tú a mí también me caes bien, y Carlitos me parece buen tío, así que…

-¡Pues ahí te equivocas, amigo!- el cannabis iba haciendo su efecto -Ese sí que es un bicho, ja, ja, ja, ja, Carlitos es más malo que la bruja de Hansel y Gretel, que ya le irás conociendo, ja, ja, ja, ja….

-Ja, ja, ja, ja- Cornelio tampoco era inmune a sus efectos -Y creo que sabéis que no tengo nada contra los gays, las lesbianas, los trans, y ni siquiera contra la sodomización consentida de ovejas, así que vengo con la intención de pasar una noche divertida y de buen rollo con vosotros.

Nacha asentía y le escuchaba atentamente con expresión muy seria.

-Oye, ¿y eso de las ovejas dónde dices que es?

-Pues aquí cerquita, en una granja que hay justo detrás de la gasolinera.

Los dos se vacilaban y se reían las gracias.

-¿Y admiten voyeurs?

-Si no interrumpen, sí.

Y se descojonaban.

-Bueno, me voy para dentro y que salga Carlitos, ¿vale? Darme cinco minutos con Sara, anda.

-Vale, pues ir pidiendo una rondita, salao.

Ella estaba guapísima, más pantera que nunca, y él flaqueó nada más verla.

-Bueno, te saliste con la tuya, ¿no es así?- acertó a decir -Pues que sepas que vengo de muy buen rollo para que lo pasemos todos muy bien.

Ella le respondió con un delicioso beso que le puso un ojo estrábico.

Y el caso fue que se lo estaban pasando muy bien, tal como él quería, y la conversación era muy animada, y las risas se oían por todas partes. Pero volando vengo, volando voy, se estaban poniendo cieguitos de copas, quizás algo más de la cuenta…

Sara se mostraba alegre, ocurrente y encantadora, pero estaba bebiendo a torrentes.

-¡Tenemos que brindar por nuestra nueva familia!- decía jubilosa mientras descorchaba una botella de champán -¡Bebamos por nuestra familia, que es la célula de la sociedad!

Y soltaba contagiosas carcajadas- de las auténticas, no como las del pavo -que eran coreadas por todos, aunque Cornelio, se sentía extrañado por ese afán repentino que mostraban todas las chicas por incorporarle a sus familias… ¡Qué difíciles son de entender las mujeres!...

-No queremos copas, gracias, Javier- sonrió Sara al camarero –Esta nos la bebemos a morro. Pero tráenos un cubo de hielo para la botella, por fa.

Y le pegó un buen lingotazo a la botella jaleada por Nacha y Carlitos, mantuvo buena parte del champán en su boca sin tragárselo, y enganchando a Cornelio por el cuello le hizo un trasvase que él aceptó de buen grado, mostrándose muy sonriente tras darle cauce al asunto.

-¡Bravo!- sus acompañantes aplaudieron la acción entre risas y el chico se sintió distendido.

-Toma- Sara se había metido en el papel de reina de la noche y le ofreció a él la botella -Ahora te toca hacerlo a ti con el siguiente, hasta que cerremos el círculo. ¡Que nadie quede excluido!

El chico la miró sorprendido y luego miró a Nacha, que era quién estaba a su otro lado, el cual le sonrió beatíficamente como queriendo decir que a quién dios se la dé, san Pedro se la bendiga, y volvió a mirar a la chica- ¡menudo embolado, traidora! – pensó.

-No, Sara, no- su voz se quebró al molestarse -No me pidas que haga eso porque no me voy a morrear con Nacha dándole el champán de mi boca. No me des por culo por deporte, haz el favor… ¡Eso no lo voy a hacer!

-¿Qué te pasa?- le preguntó ella –Creía que estabas a gusto y pasándotelo bien.

Sus grandes ojos lucían nublados y unas lagrimitas de champán escurrían por su comisura derecha… Uuuf… ¡Aquella chica resultaba tan sexy de cualquier manera!

-Y así era, pero lo siento, pero no tengo estómago para esto- se explicó él -No voy a morrearme con ningún tío, no me gusta la idea, no me atrae para nada, me da repeluco, es visceral… Es posible que yo sea un antiguo como tú piensas, o yo qué sé, pero lo mejor será que me vaya de aquí porque no estoy en mi sitio.

Todos, especialmente Sara, intentaron quitarle importancia al asunto y que desechara la idea, pero no hubo manera.

-Gracias a todos porque habéis sido muy amables y me lo he pasado muy bien, pero ahora se me ha cruzado el cable y mejor me voy.

La chica no insistió más, le miró con tristeza y le dio un beso de despedida.

Cornelio se detuvo al salir a la calle para encender un cigarro y hacer un poco de tiempo con la vana esperanza de que ella cambiara de idea y saliera corriendo tras él, como en las películas, pero no ocurrió así. ¡Cago en la leche!  Todo iba bien y se torció de repente, ¿por qué le daría a Sara por hacer una cosa así?... Se encaminó hacia su casa maldiciendo su mala suerte.

Él se sentía muy hombre, de eso no tenía dudas, pero ¿acaso no había actuado con excesiva precipitación? ¿no hubiera sido mejor aceptar las explicaciones que le habían dado y haber permanecido en la reunión? Al fin y al cabo se lo estaban pasando muy bien, que de eso se trataba, ¿no?... La sola idea de perder a Sara le atormentaba hasta la médula.

 

NO HAY DOS SIN TRES

Cornelio no quiso contarle nada a Julio para que no se cachondeara de él, pero aquella reunión le había descentrado mucho. Los días siguientes estuvo nervioso e irritable. Sentía un nudo en el estómago y tenía que hacer esfuerzos para comer a sus horas, y había tenido un par de roces con sus compañeros del trabajo cuando hasta entonces se había llevado bien con todos. Por las noches no paraba de dar vueltas en la cama abrazando a su querida Trudy, pidiéndole consejo para que le ayudara a decidirse entre Lidia, la chica estándar y previsible que le ofrecía estabilidad sin sobresaltos, y Sara, que le volvía loco pero que le exigía más de lo que se sentía capaz de dar.          

-¡Alegra esa cara, hombre!- le decía Julio -¡Que pareces un cordero degollado! ¿Se puede saber qué coño te pasa?

-Si es que no pego ojo por las noches, colega, que anoche a las cuatro y media encendí la luz para fumarme un cigarro porque no me podía dormir… ¡Y en cuanto me duermo suena el despertador y me levanto matao!

-¡Joder, tío! ¡Si es que así no puedes seguir, que las tías te tienen sorbido el seso!- le advirtió su amigo -Tendrás que ir al médico a que te dé algo, ¿no?

-¿Algo como qué?

-Pues una caja de kleenex para tu depresión por ejemplo… ¿Pues para qué va a ser? ¡Pues para dormir, gilipollas!... ¿Tus padres no toman nada para dormir?

-Sí, mi madre toma unas pastillas y en casa hay una caja casi entera, que la he visto en el cuarto de baño, pero es que no quiero tomarlas para no acostumbrarme.

-¿No acostumbrarte a qué?

-A dormir con pastillas, no va a ser a ir al cuarto de baño, capullo- se la devolvió.

-Ah, claro, muy lógico… Crees que es mejor acostumbrarte a no dormir antes de que a tomar pastillas para dormir, ¿no?... ¡Muy buena idea, colega! ¡Mucho más práctico! ¿Y me quieres explicar cómo te vas a acostumbrar a eso? ¡Nadie ha conseguido nunca acostumbrarse a no dormir! ¿No sabes que la privación del sueño es una de las torturas más crueles que se aplican a los prisioneros de guerra?

-Sí, algo de eso he visto en la tele, pero…

-Pues si no te las tomas acabarás por quedarte dormido en el trabajo y te darás una hostia con la furgoneta y te pondrán en la puta calle, en el mejor de los casos, o te llevarán al talego por llevarte a alguien por delante. A mi hermano Kike le dieron pastillas para dormir durante tres o cuatro meses cuando se mató su novia en el accidente de coche, y él las dejó luego poco a poco en un mes y medio sin problema alguno. ¿Es que estás tonto o qué te pasa?

Y como aquella noche le dieron las tres de la mañana hablando con Trudy acerca de las sorpresas que da la vida, se levantó para tomarse una de esas pastillas, a ver qué tal. Se la tragó con un sorbo de leche, se volvió a acostar y soñó:

Era un luminoso día en el que paseaba por el camino que bordeaba un caudaloso río que bajaba a lo largo de un bonito valle, así que hasta ahí todo redondo, ¿no?

-¡Qué farde de sitio!- pensó -¡Qué bien se está aquí!

Era un estilo a los que salen en las películas clásicas del oeste, con una pareja de alces en la orilla opuesta bebiendo del cauce y un oso acercándose a ellos en plan disimulo, con unos andares un poco ortopédicos, para que no faltara detalle. Y todo envuelto en laderas salpicadas de rocas entre espesos bosques que brillaban al sol… Perdonar que no os diga el lugar exacto de este lugar idílico porque luego se llena de gente y se pone todo echo una pena.

Y de repente apareció un fornido indio piel roja que estaba escondido bajo la piel del oso y de un certero flechazo acabó con la vida de uno de los alces.

-¡Gracias, Manitú!- vociferó elevando sus brazos al cielo -¡Tendremos comida para dos lunas, si es que no vienen invitados!

-¡Caray con la gente de por aquí!- pensó Cornelio en su sueño –Qué mañosos son.

Estaba ahí muy a gusto, porque algo flotaba en el ambiente que le hacía sentirse contento y despreocupado a pesar de que no sabía ni dónde estaba ni a dónde iba, porque le daba igual. Estaba de buen humor y dispuesto a pelar la pava un rato con el primero que se encontrara, aunque fuera un indio disfrazado de oso, ¿qué más le daba si todo le daba igual?

Al doblar un recodo vio a una joven que se bañaba en un remanso que había frente a él. Ella estaba de espaldas y no advirtió su presencia, así que permaneció observándola en silencio hasta que un pajarraco traidor delató su presencia echando a volar soltando graznidos. La chica se dio la vuelta y se le quedó mirando muy seria sin decir nada. Como único atuendo vestía una empapada camisola blanca que destacaba sus contundentes y rotundas curvas.

-¡Diooos!- pensó Cornelio -¡Pero qué buena está esta tía! ¡Si es una preciosidad! ¿De dónde habrá salido este ejemplar?

La escaneó de pies a cabeza y concluyó que aquello no tenía desperdicio, y yo os aseguro en su descarga que aquella chica era algo exagerado. Imaginaros por un momento a la mujer más atractiva que os podáis imaginar, ¿vale? Pues ella era algo así, haceros cargo. Calificarla de bomba era quedarse muy corto.

-¡Ten cuidado, un arzobispo, te puede picar!- exclamó ella señalando a un gran abejorro negro que pasó zumbando junto a él.

-¿Un arzobispo?- dijo Cornelio, dando un respingo -¿Qué estás diciendo?

-Sí, hombre, sí. ¿No sabes lo que son? Son esos abejorros negros, gordos y hermosos que pican como demonios. Y mucho ojo, porque pueden llegar a matarte si te pican en la nuez, por la que muestran predilección y atacan con una extraordinaria precisión. Son capaces de acertar en la nuez de una persona a doscientos metros de distancia.

Cornelio la miraba atónito y ella continuó:

-La otra tarde otro día me picó uno aquí pero ya se me ha pasado- explicó la joven, subiéndose la camisola por un costado dejando a la vista cuarto de culo -Pero yo soy especial.

Aquella visión le dejó vacunado para el hipo durante los diez años siguientes.... ¡Qué culo tenía esa chica! ¡Aquello no era normal!

Una ola de calor africano le invadió desde el bajo vientre. Hacía esfuerzos por guardar la compostura y mirarla a la cara, pero sus desobedientes ojos se empeñaban en recorrer su maravilloso cuerpo, con lo que el calentón iba en aumento, claro… Así que puso en práctica un truco que aprendió cuando le operaron de fimosis: ¡había que enfriarse los pies como fuera para que no se le notara la tienda de campaña!

-Perdóname un momento, pero tengo que ir a meterme en el agua porque creo que me está dando un golpe de calor- se excusó el chico.

-Ya lo veo, ya lo veo- apreció ella con sarcasmo -Y te ha debido de dar en la entrepierna, porque se te está hinchando por momentos.

-¡Ahí va!... Pues no me había dado cuenta- mintió él, descalzándose a toda prisa y echando una carrerita para meterse en el río hasta media pierna -¡Jolín, qué fría está!

-Sí, ¿verdad? Es deliciosa. Baja directamente desde un glaciar que hay más arriba… ¡Pero mójate el bulto para que se baje la inflamación!

-¿El bulto?... No, no, el bulto no.

-¿Por qué no? ¡El bulto es el origen de tu problema!- insistió ella, encogiéndose de hombros y esbozando una pícara sonrisa.

-Te digo que no, que no. Que una vez por hacerme el machito me bañé en Portugal y el agua estaba tan fría que me quedé incapacitado como hombre durante dos semanas. Se me quedó la pirindola como un bígaro, que me la tenía que sacar con un alfiler cada vez que quería mear. Con congelarme a media pierna vale, que ya se me va pasando y este frío no hay quién lo aguante.

-Y bueno, a todo esto ¿se puede saber qué hacías escondido acechándome como una garduña?- le increpó ella -¿Quién eres?... ¡Tendrás un nombre, digo yo! Presentarse es lo primero.

-¿Yooo?... Ehrrr… ¿Mi nombre?... Sí, me llamo Cor… ¡Corni!...- el frío le hacía temblar la voz- contestó saliendo del agua.

-¿Corcorni? ¡Qué nombre tan raro! Suena como si fuera una marca de cereales o de pienso para gallinas… ¡Corcorni, qué gracioso, me gusta!...

Los ojos del chico dieron por terminada su aventurilla y se fijaron obedientes sobre su bonita cara, ¡como para quejarse de algo!

-No, no- le aclaró -No me llamo Corcorni. Es sólo Corni.

-¿Solocorni?... ¡Pues más raro aún!... Parece el de un animal legendario, como un unicornio o algo así- la chica le sonrió con curiosidad -¿Acaso vienes de algún lugar exótico, Solocorni?... ¿vienes de Barakaldo quizás? No sé dónde está pero me encanta el nombre.

Cornelio la miraba extasiado, sin poderse creer que aquella maravilla de mujer surgida de las aguas, tan mojadita y tan preciosa, mostrara ese interés por su persona y le diera carrete de aquella manera… ¡Julio no le creería nunca!

-Bueno, Solocorni, pues hablemos de cosas interesantes para conocernos mejor. Por ejemplo: ¿tú crees que los nombres marcan a las personas que los llevan?... Me refiero a si es cierto eso de que los Federicos suelen ser finolis, los Jaimes deportistas, los Albertos elegantes, y los Abundios… Bueno, a los Abundios mejor dejarles tranquilos que bastante tienen con llevar su cruz... Te lo pregunto porque tú tienes un nombre bastante rarito y tampoco pareces ser muy normal, ¿no? Lo digo por lo de no advertir de tu presencia y esconderte entre la maleza... ¿Esa es tu forma de ser? ¿Qué es lo que te pasa?

-¿A mííí?... Nada. A mí no me pasa nada- contestó aparentando firmeza –Pero es que antes te decía que mi nombre es Corni. Corni nada más pero no me expliqué bien.

-¿Corni solamente?- masculló ella enarcando las cejas –¿Pero qué clase de nombre es ese?...  ¡Aaah, no me digas más!…  ¡Ya los sé!... Te llamas Cornelio y te avergüenza decirlo, ¿no es así? Ja, ja, ja, ja… ¡No me lo puedo creer! ¡Pobre criatura, lo que has debido sufrir, qué humor tan negro tenían tus padres! ¿Y te fugaste de casa para castigarles por lo que te hicieron y por eso te escondes tras los matorrales, no es así? Ja, ja, ja, ja…

El chico no sabía por dónde empezar a defenderse:

-Me llamo Cornelio Escipión, como el general romano que derrotó a Aníbal, el que cruzó lo Alpes con su ejército de elefantes y…

-¡Aaaah!... Sí, claro, perdona que no me haya dado cuenta, si eres igualito que él, ¡tú eres el gran Cornelio Escipión, claro que sí!... Ja, ja, ja, ja, ja… ¡Gloria a ti! El que gana las batallas con sus feroces embestidas, ¿no?... ¿Quién no ha oído hablar de ti, siendo la estrella de los sanfermines?

-Bueno, bueno, tampoco te pases tanto, ¿no?- lo peor de todo era que su risa también era muy contagiosa -Me llamo Cornelio y ya está. ¿Qué tiene de malo?

-Pues que se te engancha la cabeza con las ramas si paseas por el bosque, por ejemplo, ja, ja, ja… perdona, que ya me pongo seria… ¿y en el colegio qué tal?... ja, ja- y se aproximó hacia él haciendo esfuerzos por contener la risa -¿Y qué andas buscando por aquí, general Cornelio?... ¿Qué es lo que quieres?

Aquellos ojazos verdes le achicharraban como brasas y esa boca que parecía la puerta del paraíso acabaron de derrumbar las ruinas de su entereza y aquí nuestro héroe se descompuso por completo:

-¿De verdad quieres saberlo?- su expresión era anhelante -¿De verdad quieres saber qué es lo que ahora más quiero?

-No hay nada que me intrigue tanto. No me lo puedo ni imaginar y además me encantan las sorpresas- contestó ella, dedicándole una sonrisa burlona y una mirada bastante desvergonzada.

-¡Pues quiero tenerte!- explotó él -¡No puedo pensar en otra cosa!... ¡Quiero follarte ahora mismo!... Me muero de ganas de hacerlo, ¿te quedó claro así?

-¿Y a qué es a lo que esperas entonces?- le abrió los brazos de par en par -¡Ven a por mí!

Cornelio se abalanzó como un tigre sobre la joven, pero al querer abrazarla ella se desvaneció entre sus manos por arte de magia, con lo que él se desequilibró y fue a dejarse los morros contra un pedregal lleno de ortigas que había tres metros más allá.

-¡Jodeeer, esto sí que ha sido un coitus interruptus, qué hostia me he dado! Se lo tengo que contar a Julio... ¡Pero si no podía ser, si había pasado a través de ella como si fuera un fantasma!

Aturdido, se incorporó y se quedó sentado en el suelo frotándose su dolorida cara mientras buscaba alguna explicación a lo sucedido.

-¡Ja, ja, ja, ja!- ella soltó otra de sus contagiosas carcajadas -¡Si vieras qué cara de bobo se te ha puesto! ¡Te lo tienes muy merecido! ¡Eso te pasa por mirón!

¡Qué barbaridad, cómo escocían aquellas ortigas!

-Pues no le acabo de ver la gracia- se quejó -Me he dejado media cara entre las piedras y las ortiguitas estas, que pican como demonios… ¿Pero, cómo lo has hecho?

-¿A qué te refieres?

-A lo de desaparecer, a lo que has hecho de convertirte en nube cuando te iba a coger… ¿A qué va a ser si no?

-Si es que no entiendes nada, Cornejo, nada de nada, eres uno del montón. Has tenido la ocasión de conocer a la mujer de tus sueños y lo único que te interesaba era echarme un polvo, que para eso servís todos. ¿Es que los chicos no tenéis ninguna otra habilidad que mostrar?

-¿Y qué tiene de malo desearte? ¿Cómo lo puedo evitar?- protestó él, muy airado al sentirse ninguneado de aquella manera–Si es que estás buenísima tía, que tú lo tienes que saber de sobra, y me has hecho descontrolar… Lo siento, no debí hacerlo, pero tú sabías que quería hacerlo y me abriste los brazos, ¿qué esperabas que hiciera?

-Al menos podrías haber intentado hacerme el amor, ¿no? Que no es exactamente lo mismo que follar, aunque para ser sincera, ni aun así lo hubieras conseguido- y suspiró -Que te quede claro que nunca, nunca, podrás tenerme, así que se te quite esa tonta idea de la cabeza. Espero que esta lección no se te olvide y sirva para que te comportes conmigo como una persona normal.  

-¿Cómo una persona normal, dices? Tiene gracias la cosa, ¿es que acaso tú te comportas conmigo como si fueras una persona normal?

-Pues claro que sí, Columpio, ¿es que acaso no sabes dónde estás?... Estás en el mundo de los sueños, merluzo. Y aquí casi todo es posible.

 -¿En el mundo de los sueños, dices? ¿Ahora estoy soñando?... No puede ser. Pero si dices que aquí casi todo es posible, ¿por qué no he podido abrazarte?

-¡Eso es cosa de mi padre! Él aquí es un mandamás y me castigó con la maldición de que ningún hombre vivo pudiera tenerme.

El chico se levantó lentamente sin dejar de frotarse los ojos y se quedó mirándola con desconcierto.

-Perdóname un momento, por favor, que este golpe me ha debido trastornar… Antes de que me aclares un poco lo de la maldición de tu padre, ¿me quieres decir quién eres?

-¿Que quién soy?... Ja, ja, ja, ja… ¿Por qué preguntas lo que ya sabes?... ¿Acaso no ves que soy la encarnación de tus fantasías?… ¿Pues quién voy a ser?... ¡Soy Maga, soy tu sueño de mujer!-  se plantó en jarras frente a él con actitud retadora -¿O no es así?

Los ojos de Cornelio parecían huevos fritos y tragó saliva con dificultad para poder expresarse:

-¡Y que lo digas!... Puuuf… La verdad es que no podría negártelo. Trago con ello aunque no puedo entenderlo, pero aunque seas la mujer de mis sueños tendrás algún nombre, ¿no? ¿Cómo te llamas si no es mucho preguntar?

-Me llamo Maga, ya te lo he dicho, y soy hija de Morfeo y Afrodita, ¿te suenan?

-Claro que sí, eran un grupo rockero, ¿no? Tenían una cantante muy guapa.

La chica trilita chasqueó la lengua con desdén y le aclaró:

-Te digo que me llamo Maga, y soy hija de Morfeo, el dios de los sueños, y de Afrodita, la diosa del amor, y por lo tanto yo también soy una diosa. ¿Lo entiendes mejor así?

-Puuuf… Joder, Maga, dame un respiro, ¡no puedes hablar en serio!... ¿Me estás diciendo que eres una diosa de las de verdad, de las que tienen poderes y vuelan lanzando rayos y truenos y todo eso?

-Bueno, yo todavía soy joven, que aún no he cumplido los tres mil años, y estoy desarrollando esas capacidades, pero mis padres y mis tíos sí que lo hacen con mucha soltura. Y muchas más cosas, ¿qué te has creído? Venimos de Grecia, nací en el Olimpo.

-Aaah, pues no se te nota casi acento, hablas igual que yo- fue lo único que acertó a decir.

-¿Pero no tienes ojos en la cara?- se puso en posturita de modelo y parpadeó insinuante –Pues lo que tengo en la trastienda es aún mejor, así que imagínate, pero no olvides que tendrás que conformarte con mirarme, hablarme y acompañarme, que ya te dije que ningún hombre vivo podrá poseerme. Si te acercas o me tocas con intención deshonesta me perderás para siempre.

Los huevos fritos que tenía bajo las cejas aumentaron de tamaño y parecía que empezaban a echar pompas.

-Perdona, Maga, pero me cuesta mucho entender lo que me dices… ¿Y qué haces aquí tú sola? ¿Has quedado con el indio?... No he visto a nadie más por aquí.

-¿Te refieres a Andarapié, el cazador de alces? No, no. Somos amigos y charlamos un rato cuando nos encontramos, eso es todo. He venido sola y no he quedado con nadie, por si te interesa saberlo, pero cuida tus rendijas, que no se escapen tus intenciones. No olvides lo que te dije antes.

-¿Mis rendijas?- Cornelio puso cara de rana y estuvo a punto de croar.

-Vengo a este lugar porque aquí me encuentro bien, me da buenas vibraciones, y me hace sentirme feliz. Eso de entrada ya es algo, ¿no crees? Y disfruto con los fugaces encuentros que tengo con los que pasáis por aquí de vez en cuando.

-¡Vaya! O sea, que te vienes a pasar la tarde aquí para charlar con los paseantes como quien va al cine a ver qué es lo que echan, ¿no?- Cornelio la miró extrañado –Yo creía que las diosas os ocupabais de otras cuestiones de más importancia.

Ella se encogió de hombros y le dedicó una luminosa sonrisa.

-Es lo que hay. Sabiendo que estamos en el mundo de los sueños, y que nuestra relación será muy breve y acabará con tu despertar, ¿se te ocurre un plan mejor?

Cornelio la miró en silencio, labios prietos, y ella prosiguió como si tal cosa:

-Pero he de confesarte que a los jovenzuelos os rehúyo habitualmente porque os encuentro muy chulitos y con poca gracia… ¡Yo quiero follar!... ¡Yo quiero follar!... ¡Yo quiero follar!... No sabéis decir otra cosa, siempre estáis con lo mismo en la cabeza, parecéis niños de teta- terminó con gesto de hastío.

-¿Que parecemos niños de teta? ¡Ya quisiera yo ser un niño de teta en esta ocasión!- se dio cuenta de que se había pasado y se disculpó -Perdona, pero me resulta difícil controlar mis palabras cuando te miro porque me produces un casatchok visceral, Maga. Tendré que hablarte de espaldas a partir de ahora- bromeó para quitar hierro al asunto.

Ella le hizo caso omiso y siguió adelante:

-Y el caso es que mi padre viene a recogerme de vez en cuando para llevarme a merendar y de compras por el Olimpo, pero no me relaciono de forma estable con nadie más que con él. Ya te dije que mis amistades son muy fugaces.  

Al chico aquello le desbordaba, pero quería mostrarse amistoso y ayudar de alguna manera:

-Pero lo de estar siempre tan sola es un poco triste, ¿no? ¿Por qué no te vas a vivir a algún sitio en el que haya más gente?

-¡Ay, mi querido Cornetas! Eso no está en mi mano. Ya te he dicho que soy una diosa, y nací en el Olimpo, sin que ningún castigo pesara entonces sobre mí. Y allí fui muy feliz hasta que cumplí los dieciséis, cuando todos los chicos se empezaron a volver locos por mí, declarándome su amor y diciéndome que yo era la chica de sus sueños, y fue allí fue donde tuve mis primeras experiencias con chicos, y como yo tengo un carácter bastante fogoso, pues después ya no eran tan chicos… La verdad es que a pocos les hice ascos… ¡Uuuf!... ¡Tú no sabes que entusiasmo ponen los mozos del Olimpo!

-¡Vaya!- acertó a decir -Pues debiste hacerte muy popular, ¿no?… ¿Y eso llegó a oídos de tus padres?

-Pues sí, mira tú. Y el caso es que mi madre lo llevaba muy bien, con mucho orgullo y alegría por tener una hija que seguía sus doctrinas. Y mi padre no se enteraba de nada porque siempre estaba ocupado enredando en los sueños de los mortales, así que todo fue muy bien durante un tiempo, y yo tan contenta, claro… ¿cómo no lo iba a estar rodeada de enamorados? Pero mi felicidad terminó el día en el que mi tío Zeus, insaciable mujeriego, se fijó en mí y se empeñó en hacerme suya utilizando todas las artimañas imaginables para conseguirlo: se transformaba en cisne para poder abrazarme, o en perchero para poder abalanzarse sobre mí, cualquier cosa era posible estando él por medio. Pero ahí yo me resistí como una roca a pesar de su indudable atractivo.

-Ya entiendo. Te resististe por ser tu tío, ¿no? Que no te parecía bien hacértelo con él siendo tu tío, vamos- menuda serie que le estaba colocando la diosa, pero el chico se había relajado y se encontraba a gusto allí. Flotante.

-Oh, no, qué tontería- ella negó categóricamente -Para mí la familia es lo primero y siempre acudiré en su auxilio cuando alguien tenga una necesidad. ¡Si tengo varios primos encantadores a los que ya conozco! Lo hice, en primer lugar, por orgullo, porque sé que él desea tenerme para poder ir fardando de ello por ahí con los amigos, que le conozco muy bien. Y en segundo lugar porque a pesar de su imponente presencia, hay una parte de su anatomía que me produce un asco enorme, que ni siendo diosa lo puedo evitar.

Cornelio imaginaba deformidades monstruosas ocultas bajo el atuendo de Zeus: 

-Oooh… ¿Qué le pasaba?

-El motivo de mi invencible repulsión es el estado de las uñas de sus pies. No he visto nada peor en mi vida: largas, sucias, partidas, llenas de picos y afiladas como garras, y aquella imagen se me presenta cada vez que él se acerca y me produce esa sensación de repugnancia. ¿Tú podrías hacer el amor con una persona así? ¡Qué asco! ¡Si me va a tiznar las piernas! ¡Yo soy una diosa y no hago el amor con cerdos!

-Eso está bien- el chico repasaba mentalmente el estado de sus uñas de los pies -¿Y no lo consiguió?

-¿Asearse las uñas? ¡Qué va, siempre tenía alguna excusa para no hacerlo!

-Hacerte suya, quiero decir.

-¡Ah! Pues estuvo a punto de conseguirlo, porque una tarde el muy ladino adquirió la forma de un cervatillo herido y se plantó en un claro del bosque, y cuando le vi y me acerqué para socorrerlo recuperó su aspecto real y me agarró del culo y me apretujó contra sus partes. Y cuando yo ya estaba a punto de ceder ante su empuje fuimos sorprendidos por mi padre, el cual montó en cólera, me liberó de sus fuertes brazos con un ensalmo prodigioso y me trasladó hasta su reino, en el que estamos ahora, para ponerme a salvo de las artimañas de Zeus. Y desde entonces mi padre y mi tío ya no se hablan y es por eso por lo que Zeus suelta sus rayos y truenos de preferencia durante la noche, para interrumpir el sueño de los mortales evitando así que Morfeo, mi padre, pueda jugar y divertirse con ellos. Lo hace para fastidiarle.

-¿Pero qué dices ahora, Maga?... ¡Lo estoy flipando!- se rascaba los mofletes con saña -¡Joder con las putas ortigas estas, que todavía siguen picando!

-Y es por eso por lo que me he visto obligada a vivir los últimos tres mil años bajo un régimen de castidad forzada del que no puedo escapar, porque este mundo se rige bajo las leyes de mi padre, que pueden cambiar a su antojo de un día para el otro. Pero que sepas que en ningún caso fue mi elección, mi querido Cornualles.

-Cornejo, Columpio, Cornetas, Cornualles… ¿Quieres llamarme por mi nombre de una vez y dejar de ponerme motes?... Cor-ne-lio… ¡Me llamo Cornelio!

-¡Así me gusta, chaval! ¡Que te sientas orgulloso de tu nombre y lo proclames a los cuatro vientos! ¡Muy bien hecho, Cornetes!

La miró con furia, pero ella le sonreía conteniendo la risa y sus ojos brillaban como luceros. Aquella visión le trastocaba y le incapacitaba por completo. No podía evitarlo.

-Ti-ti-ri-ti-rí… TI-TI-RI-TI-RÍ… TI-TI-RI-TI-RÍ…- el volumen de su móvil subía cada vez más.

-Ven a verme si quieres cuando vuelvas a soñar, Cornelio, que por aquí estaré –y él quiso creer que la veía tirándole un beso mientras su imagen se desvanecía en la oscuridad de su dormitorio.

-TI-TI-RI-TI-RÍ… TI-TI-RI-TI-RÍ… TI-TI-RI-TI-RÍ…

-¡Joder!... ¡Qué sueño tan guai! ¿Quién coño llamaría a esas horas?- el chico se incorporó sobresaltado en su cama, y resacoso por la pastilla atendió al teléfono:

-¿Gggh?

 

¡FELIZ SAN VALENTÍN!

-¡Hola, cari! ¡Feliz san Valentín!- la chillona y entusiasta voz de Lidia le chirrió en los tímpanos –Qué bueno que caiga en sábado, ¿verdad?...

-Gggh…

-¿Qué te pasa en la voz? ¿Ya estás haciendo el tonto? Hacemos como acordamos y me paso a buscarte en veinte minutos, que te quiero dar tu regalo, y que sepas que estoy deseando ver el mío… ¡Me hace una ilusión!

-¿Ahora? ¿En veinte minutos, dices?

-¡Claro! No te habrás olvidado de que quedamos en ir a comer a casa de mis padres, ¿verdad?... ¡Ay, qué susto me has dado! ¡Tengo unas ganas de que les conozcas! Mi padre te va a caer genial, ya verás cómo te partes de risa con él.

-¡Hostias!- pensó -¿Qué hora era?... La una menos cuarto… ¡Se había quedado dormido y había olvidado comprarle un regalo a Lidia! ¡Qué cagada! ¡Tenía que bajar a toda leche a la floristería de enfrente a por un ramo de lo que pudiera quedar!

-¿Corni?... ¿Estás ahí?... ¿Te encuentras bien, cari? ¡No me asustes!

El chico conservaba muy vívido el recuerdo de su sueño y estaba desorientado. ¿No estaría soñando ahora también?

-Sí, estoy bien, muy bien- acertó a decir -pero dame un poquito más de tiempo, que tengo que acabar de limpiar la casa por si acaso vienen mis padres, ¿vale?

Y el caso es que seguía sintiendo un intenso picor en la cara y en las manos, pero aquello no podía ser, era imposible.

-¿Y por qué leches me pica entonces?- se preguntó -¡Si solo fue un sueño!

Se dio un afeitado y una ducha exprés, y cuando abrió la puerta para bajar a la calle se dio de bruces con Lidia.

-¡Ay, cari, perdóname pero no he podido esperar más! ¡Felicidades, cariño, te quiero muuucho!- dijo abrazándole y propinándole un efusivo beso –Aquí tienes tu regalo, a ver si te gusta, que lo encargué con mucha ilusión para ti… Bueno, en realidad es para los dos.

Se deshizo del envoltorio de la cajita que le entregaba y la abrió. Dentro había un colgante dorado en forma de corazón con una inscripción en rosa que ponía:

Lidia y Cornelio - San Valentín 2018 – Forever in Love

-Glú-glú- yo creo que fue lo que dijo, igualito que el pavo.

-¿Te gusta, cari? ¡Es nuestro primer san Valentín!

-¡Me encanta, me encanta, claro que sí!- sudor frío en la frente -¡Es muy bonito, precioso!... Muchas gracias, cariño, qué puntazo, ¿cómo no me va a gustar?... Lidia y Cornelio, como tú y yo, qué casualidad.

-¿Cómo que qué casualidad? ¡Si es que somos tú y yo, tonto! ¿No te has dado cuenta? ¿Qué te pasa? Te has puesto muy pálido… ¿Te encuentras mal?

-¿Yooo?... ¡Qué va! Al revés, todo lo contrario, estoy muy bien. Es que me he emocionado al verlo, y como aun no he desayunado me ha dado un mareo… Me encanta, es algo fastuoso… ¿Pero no crees que vamos muy rápido?

-¿Muy rápido?... ¿Qué quieres decir?... ¿Acaso no somos novios?... ¿Es que ya no me quieres?

-¿Cómo dices?... Sí, claro que te quiero, te quiero cada día más, mucho más que a nadie vivo.

-¿Más que a nadie vivo? ¿Por qué dices eso? Suena muy raro. Anda, déjate de tonterías y no me hagas sufrir, que sabes que soy muy sensible… ¿Y mi regalo?... ¿Dónde lo tienes?... Me dijiste que me ibas a hacer un regalo y me muero de ganas de verlo- dio un saltito y palmoteó.

-Sí, sí, claro que sí, ¿cómo lo iba a olvidar?- se tiró de cabeza al agua -Y espero que te guste mucho. Ahora mismo iba a bajar a la floristería a por él, que he estado esperando hasta el último momento para que se mantuvieran bien frescas.

Como habréis visto, Lidia era muy buena chica y pecaba de ingenua, pero tampoco era tonta del todo, así que bajó con él a la calle con la mosca detrás de la oreja.

-Zzzh…- zumbaba la mosca.

-Buenos días, venía a recoger el ramo que le encargué- Cornelio saludó al florista, guiñándole un ojo al entrar –El de las rosas rojas, ¿se acuerda?

El viejo vendedor adquirió una expresión zorruna:

-¿Tu ramo de rosas?... Ah, sí, muchacho, claro que sí. En esta casa siempre hemos cumplido con nuestros compromisos. No me dio tiempo a terminarlo pero me llevará tres minutos hacerlo.

-Muchas gracias, señor, no tenemos prisa. Es usted muy amable.

-Déjate de mariconadas que hoy no he podido parar en toda la mañana, ¿qué se iba a esperar siendo un día de san Valentín?... Pero así estará más reciente y verás qué bonito queda.

El cánido se zambulló en la trastienda y emergió en tres minutos portando sonriente un espléndido ramo de rosas.

-Aquí lo tienes, muchacho- se lo entregó -¿Qué te parece? Una docena de bellísimas rosas belgas, de la variedad C’est Magnifique, tal como me encargaste. Como su nombre indica son una flores magníficas… ¿Me permites fotografiar el ramo?

-Sí, claro- muy preocupado por el palo que se veía venir.  

-Permítame, señorita, aprecie su aroma y sus tonalidades- añadió acercándoselo a Lidia, y ella asintió mirándolo emocionada.

-Aunque siendo para esta señorita, hay que decir que bien lo merece.

-Muchas gracias- le sonrió, sonrojada.

-Así que su precio son 180 euros, como te dije, que ya sabes que lo exclusivo siempre sale caro.

-¿180 euros? ¡Pero si en el escaparate se anuncian a 60!

-Pues claro, muchacho. Ya te dije que 60 euros era el precio de las rosas normales, de las del montón, pero luego te hablé de estas, que cuestan el triple pero que no tienen comparación alguna, y luego tú me hablaste sobre lo guapa y encantadora que era tu chica y que bien valía lo mejor … ¿No fue así?- el chacal hizo su presa.

Cornelio no tuvo más remedio que asentir con la boca abierta.

-Pero si no las quieres me quedo con ellas- continuó él -que hoy las vendo seguro, y por más… No me digáis que no son hermosas, ¡fijaros qué pétalos tienen y qué tonos reflejan!

Y rozó el ramo con la mejilla de Lidia para cautivarla con su tacto y conseguir vender el ramo a aquél membrillo. Viejos trucos de florista.

-¡Ay, cari, cuánto te quiero!-  suspiró ella, mirándole tiernamente -¡Qué detalles tan lindos tienes conmigo!

-¿Efectivo o tarjeta?

Cornelio se produjo erosiones en la lengua de tanto mordérsela y después le entregó su tarjeta, acojonado por el agujero que suponía eso en su cuenta.

Emprendieron el camino hacia casa de Lidia.

–¡Y mira que llegué a pensar que te habías olvidado de mi regalo y que te estabas cansando de mí!- le cogió por ambos brazos y le miró muy melosa -¿Podrás perdonarme algún día?  

Y él quiso pensar que al fin y al cabo la multa se la había ganado él, por gilipollas, y que sobreviviría a ella, así que continuaron su camino, a lo largo del cual recibió cuantiosa información sobre sus padres.

-¡Pero cojones! ¿Cómo era posible que aquellas ortigas siguieran picando de esa manera?- se devanaba él, mientras tanto.

 

DON LEONCIO PEDERNALES

Así es como se llama el padre de Lidia, que es un fornido e impetuoso coronel de paracaidistas, que a modo de bienvenida le estrujó la mano a Cornelio y le soltó un palmetazo en el hombro que le dejó tiritando.

-Así que estás saliendo con mi hija, ¿no es así?- rugió indicando al ramo delator -Pues muévete con cautela, muchacho, porque estás en una situación parecida a la mía, cuando estuve en Afganistán: un paso en falso y eres hombre muerto. Y la muerte nunca sabes de dónde te viene, puede ser una mina, un francotirador, un coche bomba e incluso un dron, pero da lo mismo porque ahí se acaba todo. Fundido a negro y ya no hay más. Así que mucha cautela y ni un paso en falso, ¿me entiendes?- pulgar cruzando su cuello de lado a lado.

Y Cornelio acojonado de nuevo. Vaya manera de empezar el día.

-No le hagas caso, que es un bromista- se interpuso Lidia.

-¡Ay qué ramo tan bonito, qué flores tan preciosas! Te lo ha regalado él, claro- doña Concha, que así se llama la madre de Lidia, sonrió a su hija con picardía y soltó una larga cambiada -Vamos a ponerlas en agua con una Aspirina, ¡qué hermosura!

Después de treinta años de convivencia se había inmunizado frente a aquella apisonadora, y tiene su mérito la señora, no os vayáis a creer.

Total, que al chico le sorprendió que sirvieran gazpacho de primero siendo el catorce de febrero, ¿sería porque rimaba?, pero fue cauteloso y no comentó nada al respecto, no fuera a pisar una mina de las que hablaba el coronel.

-Al enemigo hay que vencerle con sus propias armas- sentados a la mesa, don Leoncio le explicaba sus estrategias bélicas –Para humillarle más que nada. Y si el frío invierno nos ataca y se nos echa encima, que no espere encontrar aquí el calor que anda buscando, que nosotros le responderemos con más de lo mismo: ¡un gazpacho bien fresquito! Le daremos de su propia medicina y así se irá a buscar calor a otro sitio.

Cornelio no le encontraba la cordura a todo aquél galimatías pero no se atrevió a decirlo, así que le miró, engulló su cucharada de gazpacho con tropezones -¡qué punto le daban!- y asintió:

-Pues no se me había ocurrido. Bien mirado, visto así…

-No olvides nunca, chaval, que en la guerra lo más eficaz es usar la táctica de la tierra quemada, como hicieron los rusos cuando les invadieron Napoleón y Hitler, y no encontraron más que brasas, destrucción y cenizas en su avance. Es un recurso terrible pero infalible, y mira cómo los putos rojos salieron siempre triunfantes.

-El único comunista que ha habido bueno era el tío Jesús, que en paz descanse- interrumpió doña Concha, dirigiendo un suspiro a Cornelio –Fíjate si sería bueno que murió de un infarto de nuestro cardio, y digo nuestro porque él siempre compartía todo con los demás, pero aquella vez le tocó todo a él.

Aquella sentida confidencia desconcertó al chico y no supo qué responder, pero viendo que había calamares de segundo aprovechó para cambiar de tema diciendo algo amable:

-¡Qué bien! ¡Calamares en su tinta, me encantan!

-Muchas gracias, muchacho, pero no me llames de usted- le respondió ella –Se trata de nuestra tinta, que yo también soy generosa y me gusta compartir, como al tío Jesús.

Cornelio la miró atónito. Aquella mujer no dejaba de decir incongruencias y gilipolleces, y le tenía perplejo.

-¡Joder dónde me he metido!- pensó  -¡Esta es una casa de locos!

Y para desengrasar, el coronel le machacó sin piedad con los relatos de sus múltiples hazañas en Afganistán, que dejaban a los trabajos de Hércules a la altura de un tebeo. Y cuando Cornelio suspiró aliviado pensando en que aquello llegaba a su fin, empalmó sin paradas intermedias con la cuestión de que los jóvenes de ahora eran todos unos maricones y que la única solución para meterlos en vereda para que volvieran a las buenas costumbres de antaño: que no se huela, que no se note y que no transpire. Como las compresas. Y que en el caso de que no fueran capaces de enderezarse por sí mismos, era deber de sus padres el inculcárselo, que la letra con sangre entra, y que también deberían castigar a los padres que no cumplieran con su obligación con multas o cárcel en el caso de ser reincidentes.

-¿Usted cree que hacer eso sería correcto?

-No le hagas caso, que es un bromista- parece ser que Lidia se había puesto el piloto automático.

-No existe otra manera, muchacho: disciplina, disciplina y disciplina. El problema de los maricones y sus sucedáneos lo resuelvo yo en un momento aplicando disciplina.

Su discurso, estimulado por generosas dosis de tintorro, se iba exaltando cada vez más, y terminó pidiendo trabajos forzados para padres e hijos, que nada de mantenerlos encerrados en sus celdas estando a la sopa boba, ¡qué se habían creído! Que el bienestar actual de nuestras cárceles suponía un reclamo para la delincuencia, y aquello no podía ser porque ya estaban abarrotadas y se rifaban las plazas.

Pero de repente, el coronel se levantó de un respingo y se acercó al televisor para subir el volumen y prestar atención a una noticia sobre un tremendo atentado ocurrido en Kabul.

Doña Concha aprovechó la ocasión y le susurró a Cornelio al oído:

-No te preocupes. Existe una manera de apaciguarlo y volverle manso como un corderito.

-¿Sííí? ¿Cuál es?- respondió el chico, ansioso.

-Hay que llamarle Serapio. Si tú le das una orden llamándole Serapio, él la cumple de inmediato y acepta que tú eres su superior, pero, ojo: tienes que acordarte de decir siempre Serapio al final de la frase.

-¿Me está tomando el pelo? ¿Cómo es posible eso?

-Dicen que así era como se iba a llamar su hermano gemelo, al que Leoncio estranguló con el cordón umbilical durante el parto para que no le obstaculizara la salida, pero los forenses concluyeron que no había pruebas suficientes para encausarlo y la cosa quedó en nada. Yo no sé más que eso, pero Leoncio tiene unos prontos…

Cornelio la miró horrorizado.

-Tú prueba a hacerlo y verás- insistió ella -¡Si en realidad es un bendito, si es un  trozo de pan!

Y Lidia mientras tanto estaba ocupada cambiando los platos, así que se encontraba solo ante el peligro.

-Venga usted aquí, Serapio- acertó a decir en tono inseguro.

Y para su sorpresa el coronel se sumió en un aparente estado de narcolepsia y acató la orden de inmediato, quedándose finalmente parado frente a él, esperando sus órdenes, así que se envalentonó:

-Serapio, siéntate y come.

El coronel no se inmutó.

-¡Tienes que decirle Serapio siempre al final!- susurró doña Concha.

-Siéntate y come, Serapio.

Y don Leoncio tomó asiento y se puso a engullir calamares como si tal cosa, mientras que Lidia traía otro cestito de pan de la cocina sin haberse enterado de nada y doña Concha le daba en el codo y le hacía un guiño cómplice.

-¿Lo ves?- parecía decirle.

El chico miraba a Lidia en busca de alguna agarradera, pero ella tenía la atención centrada en la tele, que había empezado Saber y Ganar y no atendía a más razones, así que ¿qué hacer? De repente le vino a la cabeza la deslumbrante imagen de Maga... ¡Qué cabrón era el Morfeo ese de los cojones! ¡Qué castigo tan cruel le había impuesto a su hija!

Y don Leoncio tomó de nuevo el timón de su organismo tras terminar su plato y de atizarse un lingotazo de coñac para aclararse la voz, continuando su arenga con renovados ímpetus:

-¡A los homosexuales habría que fusilarlos a todos porque son acólitos de satanás!... Diga lo que diga el papa. ¡Que el papa de ahora ni es papa ni es nada!

-Perdone, Morfeo- en un cruce de cables llamó así al coronel –Pero yo creo que el papa de ahora es mucho mejor que los que había antes…

-¿Morfeo? ¿Por qué me llamas Morfeo si me llamo Leoncio, niño?... ¿Es que acaso te aburro y te doy sueño?- el hombre se desternilló de su propia ocurrencia.

-No, no, todo lo contrario- nuestro héroe recurrió de nuevo a contar la primera trola que se le pasara por la cabeza para salir del embrollo –El nombre me vino a la cabeza porque así se llamaba uno que sale en una película, que era el líder de la resistencia de los hombres contra las máquinas, y me recuerda mucho a usted.

-¿Ah, sí, eh?... ¿Así que te recuerdo al líder de la resistencia de los hombres contra las máquinas? ¿Y se puede saber por qué?... Porque yo sí que soy una máquina, ¿has visto qué bíceps tengo, muchacho?- y se volvió a reír sacando bola -¿Y quién era ese actor? ¿Quién interpretaba al Morfeo ese que dices?

-Eeerh… Samuel L. Jackson, señor… ¿Sabe usted quién es?

-Sí, sí, claro que sí. ¿Te crees que soy un paleto o qué?... Se trata de ese negro grandote, con ojos de pulpo, que salía en la película de Pulfisión, ¿no?... Ya, ya… ¿Y en qué me encuentras parecido a él si se puede saber?

Lidia intuía peligros en la pregunta trampa y miró sobresaltada a Cornelio, pero el chico evitó su mirada y continuó con su huida hacia adelante:

-Pues es en lo figurado, señor… Ese actor siempre hace de personajes con un carácter muy fuerte, ¿no?... El sicario que hacía en Pulp Fiction, o el caballero Jedi en la Guerra de las Galaxias, o de Morfeo liderando a la resistencia, como le digo… Y es en ese aspecto en el que me recuerda a usted, que se le nota que es un hombre muy seguro de sí mismo, con mucha experiencia, y que sabe poner orden en las cosas y controlar las situaciones.

A ver si colaba.

Lidia dio por buena la salida pero el militar no se fiaba y dirigió a Cornelio una mirada inquisitiva.

-Eres muy original en tus opiniones, muchacho. Y eso te convierte en elemento potencialmente peligroso en lo que respecta a mi hija, tú ya me entiendes- era evidente que sospechaba que el chico le estaba vacilando –Así que tendré que vigilarte muy de cerca.

-Perdone, Leoncio, pero creo que me he perdido… No sé de qué me está hablando usted ahora…

-Ah, no lo sabes, ¿eh? Pues te lo voy a dejar muy claro, muchacho: que de sobra sé que a tu edad no sois más que subalternos del pene, que él es quién os manda y vosotros os limitáis a seguís sus indicaciones, jua, jua, jua. ¡Pensáis con la polla!

-Por Dios, Leoncio, que nos vas a cortar la digestión- intervino doña Concha.  

-¿Cómo le había llamado aquél rinoceronte?... ¿Subalterno del pene?- Cornelio se pellizcó la barbilla para asegurarse de que no se trataba de otro sueño, pero no era, no. Mala suerte.

-Y que sepas que a mí no me engañas y que te he calado en cuanto te he visto, que no eres el primer guapito con cara de no haber roto un plato que se ha cruzado en mi camino, y sé que tus intenciones hacia ella son sucias y deshonestas, porque lo que quieres es beneficiarte a mi hija, lo mismo que todos, ¡ja!... Y más te vale que la respetes o tendrás que vértelas conmigo. Que sepas que ella es mi bien más preciado y que defenderé su honra con mi vida, ¿te quedó claro?

Cornelio se atragantó y le dio un golpe de tos, y miró a Lidia esperando alguna ayuda de su parte.

-¿Sigo sin hacerle caso porque es un bromista?- le preguntó con la mirada mientras tosía.

-Por favor, Leoncio, que el chico es nuestro invitado y se nos va a sofocar- doña Concha volvió a interceder a su favor –No le hagas caso, Cornelio, que siempre que bebe un poquito le da por hablar de estas cosas, pero ya te he dicho que es un trozo de pan. ¡Si le vieras hacer de costalero en la procesión!

-Y si te la tienes que cascar, pues te la cascas- el militar continuó con su pirotecnia -Que no se sufre tanto al hacerlo. Pero no olvides nunca que lo que le hagas a mi hija me lo estarás haciendo a mí, así que no vayas a venir a joderme, ¿estamos? Y que sepas que te va la vida en ello.

Y alzó sus puños en actitud pugilista frente al despavorido joven.

-Por favor, papá- al fin intervino Lidia –Que Cornelio aún no te conoce y se va a llevar una impresión falsa de ti, que se cree que hablas en serio. Dile que te cae bien, anda... Hazlo por mí, que es mi novio, Serapio.

-No te asustes, tesoro, que no pasa nada- su padre cambió bruscamente de actitud y exhibió una amplia sonrisa ante el chico -Si hablando entre hombres siempre nos entendemos, hija, y verás cómo Cornelio y yo llegamos a ser buenos amigos… ¿Verdad que sí, chaval?

Le soltó otro palmetazo en la espalda.

-Desde luego que sí, señor- asintió él, pasmado ante el espectáculo.

-Y por cierto, ¿cómo vas a querer que te llamemos en público? No querrás que lo hagamos por tu verdadero nombre, ¿no? Je, je, je, je…

-¡Me llamo Cornelio Escipión, como el general romano que derrotó a Aníbal cuando cruzaba los Alpes con sus elefantes!- el chico explotó -¿Qué tiene de malo mi nombre?

-Ja, ja, ja, ja… Nada, muchacho, nada… Ja, ja, ja, ja… Pero tú llámale Cornelio a cualquier desconocido con el que te cruces por la calle y verás cómo te ofrece una manita de hostias, ja, ja, ja, ja… No tiene nada de malo, muchacho, no pierdas los nervios… Oye, ¿tú te bebes el agua de los espárragos?

¿A qué vendría ahora esa gilipollez?

-Eeerh… Pues… Alguna vez le he echado un traguito a la lata cuando venía fría de la nevera, pero tampoco me atrae especialmente. ¿Por qué lo dice?

-Porque deberías hacerlo, porque he oído que es buenísima para los pólipos y los nefríticos, porque depura todo el organismo y es muy recomendable que la bebamos… ¿Lo harás tú a partir de ahora? ¡No quiero tener nietos endebles!

-Yo… Glup… Haré lo que pueda, señor- concedió el chico –Intentaré recordarlo.

-Yo la tomo a diario y mira cómo me encuentro- le sacudió un tercer palmetazo para que comprobara su vigor -¡Auténtico acero sueco!... Así que tú hazme caso y verás qué bien nos llevamos.

-Claro, así cualquiera, ¿no te jode?- Cornelio lo flipaba.

-Y por cierto, muchacho, ¿te gustaría ver mi colección de armas?... Tengo algunas con una potencia de fuego capaz de hacer unos destrozos impresionantes en las personas, te pondré un video, lo vas a ver- sus ojos brillaban.

Y nuestro héroe, en la vorágine de la situación, se dejó llevar.

-¿Te ha caído bien mi padre?- le preguntó Lidia al despedirse en el portal –Al principio parece un poco brusco, pero luego os habéis hecho muy amigos, ¿no? ¿A que es muy enrollado y se puede hablar con él de cualquier cosa?

-¡Uuuf!... Pues verás, Lidia, no sé cómo decirte, pero desde luego que tu padre resulta impactante y aún estoy algo aturdido por el encuentro…

-¿Y de verdad que te recuerda a Samuel L. Jackson?- quiso saber ella -¿Por qué le dijiste eso?

-Por nada, por nada. La verdad es que ayer estuve leyendo un artículo sobre mitología y me vino Morfeo a la cabeza… Morfeo y sus problemas con Zeus, ya sabes…

-¿Morfeo y sus problemas con Zeus?... No sabía que te interesara la mitología… ¡Eres una caja de sorpresas, cari! ¡Cuánto te quiero!

El oportuno estampido de un trueno que anunciaba la llegada de un buen chaparrón cortó la conversación.

-Pues ahí tienes al tío Zeus soltando rayos y truenos en su turno habitual de noche, para joder a Morfeo… Adiós, cariño, mañana te lo cuento, que voy a llegar empapado. ¡Qué noche tan oscura!

-¡Hasta mañana, cari, te quiero! ¡Y cada día más! ¡Corre y no te mojes mucho!

Cornelio corría como una liebre bajo el aguacero con la esperanza de que aquella ducha fría le ayudara a recuperarse de aquella traumática velada cuando la imagen de Maga volvió a aparecer en su mente.

-¡Qué historia tan fantástica la de aquella chica!- pensaba mientras corría sorteando charcos entre los puestos de la feria instalada en el parque que había frente a su casa -Y qué bien se acordaba del sueño, qué raro era todo, pero solo era un sueño, ¿o no?... ¡Hostias que me resbalo y casi me caigo al charco!

Zeus tuvo el detalle de iluminarle con un par de relámpagos mientras llegaba al portal.

-Pero entonces- se preguntaba -¿de dónde venía aquel picor que aún persistía a pesar de la ducha de agua fría que acababa de recibir?... Qué putada que le hubieran despertado cuando aún quería saber tantas cosas de ella… ¡Maldito teléfono, maldito san Valentín y maldita Lidia! ¡Y maldito mil veces el psicópata de su padre! ¡Y sobre todo ya podían haberle prestado un paraguas los muy ratas viendo lo negra que se había puesto la tarde!

Nada más entrar en casa le sonó el móvil. Era Julio, que estaba algo fumado y tenía ganas de vacilar y de cotillear un rato:

 

-¿Qué pasa, tronco?... ¿Cómo fue todo, sobreviviste al coronel? ¡Vaya encerrona, colega!... Anda, desembucha y canta de plano, que me he abierto una birra para escucharte…

 

-¡Pufff!... Pues lo peor, tío, lo peor. No te lo puedes imaginar… Pero no me hagas hablar de eso ahora que aún me tiemblan las piernas… ¡Qué tarde he pasado!

 

-Ah, sí, ¿eh?… Entonces intuyo que mis temores eran fundados y que ya has sido fagocitado por la secta, es decir, por tu nueva familia, ¿no?… Ja, ja, ja, ja… Pues la cagaste, machote, porque me han dicho que son como la mafia y de ahí sólo se sale con los pies por delante, estás perdido, eutanasia, eutanasia.

 

-¡No me jodas, tío! Que te digo que lo he pasado fatal... Que menuda jaula de grillos, que en esa casa están todos locos, lo flipas, mañana te cuento.

 

-Ya te lo dije: pavo, mal vas, ¿no? ¿Y para cuándo es la próxima?... Porque seguro que ya te has comprometido para la siguiente, ja, ja, ja… Mira que te advertí de que no lo hicieras, forastero, no debiste cruzar el río Pecos.

 

-¡Pero qué Flanagan ni qué hostias, colega! Que esto es serio, que están locos- y aquí debo confesaros que Cornelio, empujado por la vergüenza, ocultó que les había asegurado volver en quince días para celebrar el cumpleaños de doña Concha con una merendola de órdago -Pero te quería contar ahora, que te encuentro iluminado, que anoche tuve un sueño acojonante. Soñé con una tía…

 

-¿Y te corriste?- le interrumpió Julio.

 

-¡No, no, qué va!... No iba de eso exactamente, aunque bueno, también un poco sí.

 

-Pues déjate de gilipolleces, que si no llegaste a culminar no sería tan bueno, je, je…

 

-¡Joder, Julio, que te estoy hablando en serio!... Es que era una tía fuera de lo normal, que no has visto algo así en tu vida. Ni en el cine. Y bueno, de hecho ella decía que era una diosa y yo juraría que lo es, pero ya te lo contaré otro día, que ahora ya es tarde y fue solo un sueño.

 

-¡Oooh!... ¡Qué bonito!... ¡Así que la conociste en un sueño, como en la bella durmiente!- su amigo se ensañó con él –Pues ahora sí que me preocupas, colega, porque a ti te han dado algún producto que te ha idiotizado una buena porción del cerebro. No hay duda alguna: es el modus operandi de tu secta.

 

-Anda, Julio, que no me jodas más ahora y que te vayas a dar por culo a otro un rato, pórtate bien. Que tú te has fumado un peta y tienes ganas de risas, pero yo vengo chorreando y estoy de muy mala hostia, así que mejor mañana, ¿oca? Ahora no tengo ganas de bromas… Mañana nos vemos, adiós, adiós.

 

Pero cuando se puso ropa seca y se consiguió tranquilizar un poco, una idea empezó a darle vueltas en la cabeza:

 

-¿Sería posible reenganchar con un sueño? ¿Volver a entrar en él en algún momento de su discurrir?

 

Él había tenido algunos sueños repetidos, como todo el mundo, y pudiera ser que en alguna ocasión hubiera reenganchado con alguno, pero de haber sido así habría sido casualmente, sin intención, así que no sabía si sería capaz de hacerlo.

 

-¿Podría volver a verla y estar juntos otro rato para saber más cosas de ella?

 

No dejaba de asombrarle que nunca había recordado un sueño con tantísima nitidez, exactamente igual que si lo hubiera vivido.

 

-♪Sólo es un sueño, inalcanzable, ya lo sé♫- la aguda voz de la cantante de Camela atronó a través de la megafonía de la feria -♪Y es que no puedo, vivir mi vida junto a él♫…

 

-¡Vaya por dios, qué inoportunos!- refunfuñó.

 

Al día siguiente era domingo y libraba, así que no se lo pensó dos veces. Se tomó un par de pastillas para dormir a pierna suelta aquella noche y se sentó un rato a mirar la tele antes de zambullirse en la cama en busca de su Maga.

 

Trudy se mostraba preocupada y le hizo saber que aquella nueva obsesión no podía ser buena porque era irreal e iba destinada al fracaso, pero el chico ni caso. Su delirio se mostraba refractario a cualquier argumento lógico y se durmió con la imagen de su amada en la cabeza.

 

 

EL INCENDIO

 

Cornelio permanecía sentado en el sofá de su casa, viendo las noticias que daban por la tele:

-Un pavoroso incendio se ha declarado hoy en el supermercado Roñas de Madrid- decía el locutor, mostrando las imágenes de un edificio que ardía como una tea.

-¡Hostias, pero si es mi curro!- palideció -¡Y yo aquí sentado sin enterarme de nada!... ¿Qué es lo que ha pasado?

-… y ahora vamos a oír en directo las declaraciones del señor Olivares, supervisor del establecimiento, que ha sido el que ha dado la voz de alarma y ha participado en la lucha contra el fuego en primera línea de combate…

-¡No me jodas, Olivares!... ¡A ver qué va a decir el cabrón este ahora!

La tiznada y sudorosa cara de Ernesto Olivares se apoderó de la pantalla y su mirada cargada de odio se clavó sobre Cornelio.

-Quiero mostrar públicamente mi agradecimiento al Cuerpo de Bomberos y a casi todos los empleados del centro, que gracias a su valor, colaboración y entrega, hemos podido evitar daños personales, que dada la gran afluencia de público que se encontraba a esa hora en el establecimiento fue nuestro principal objetivo.

-Perdone- interrumpió el locutor -¿Pero por qué dice que quiere dar las gracias a casi todos los empleados del centro? ¿Es que ha habido alguna excepción?

Cornelio sintió un escalofrío y temió lo peor.

-Efectivamente, así es- Olivares gesticulaba mirándole a los ojos como si quisiera salir de la pantalla y abalanzarse sobre él –Es sabido que en todos los rebaños siempre hay una oveja negra, y nosotros, desgraciadamente no hemos sido la excepción. Nuestro empleado Cornelio Escipión Lasarte, en cuya zona de trabajo, la número 12,  comenzó el fuego, no se encontraba en su puesto como era su deber, y de haber estado allí el incendio se hubiera localizado en su inicio y se habría apagado fácilmente con un extintor. Su falta de profesionalidad avergüenza enormemente a los supermercados Roñas de Madrid y queremos pedir perdón a nuestros clientes por las molestias que les hemos causado y hacerles saber que el individuo en cuestión ya ha sido expulsado con mucho deshonor de nuestra entidad…

-¿Expulsado con mucho deshonor por no estar en su puesto de trabajo?... ¡Mentira!... ¡Eso era mentira!... ¡Si aquél martes libraba!... Lo tenía pedido desde hacía más de quince días y se lo habían dado sin ningún problema… ¡Y hasta guardaba la nota de la solicitud con el visto bueno de Olivares!...

Rescató la nota del bolsillo de su chupa, la desdobló y la miró.

¡Pero si se la había devuelto con una sonrisa diciendo que todo era ok y no la había firmado!- se le heló la sangre en las venas –El muy cabrón de Olivares había montado la de dios para salirse con la suya y conseguir que le echaran de la empresa y sustituirle por la pilingui amiga suya, ¡qué hijoputa! ¿Habría encendido él el fuego?... No, no, pensar eso era una locura… ¿Pero no era mucha casualidad que hubieran coincidido ambas cosas?... ¿Qué podía hacer?

Estaba pasando revista mentalmente a sistemas indoloros de suicidio cuando el timbre de la puerta le hizo dar un respingo.

-¿Sería Julio? ¿Quién podría ser a esa hora?

Según se iba acercando a la puerta iba escuchando con mayor claridad las voces de varias personas que conversaban al otro lado, y unos enérgicos nudillos repicaron en la madera.

-¿Quiénes serían? ¿Qué querrían?

-¡Abra sin miedo, somos la prensa!

-¿La prensa? ¿Qué prensa? ¿Qué es lo que quieren?- preguntó, entreabriendo la puerta.

Una pesada bota de seguridad hizo de cuña en la rendija y una marea humana empujó la puerta hasta abrirla de par en par. La figura de su supervisor emergió en primer plano capitaneando a una docena de cámaras y fotógrafos, con sus luces encendidas como una verbena.

-¡Ahí lo tenéis! ¡Él es Cornelio Escipión Lasarte!- bramó Olivares surgiendo entre los  flashes -¡El incendio se originó en su zona y si él hubiera estado cumpliendo con su deber se hubiera sofocado sin mayor problema! ¡Es el culpable de todo! ¡Prendedle!

-¡Granuja! ¡Sinvergüenza!- se exaltó la turba -¡Vamos todos por él!

-¡Traed antorchas y poner agua a hervir!- gritó Olivares como un demonio endemoniado.

-Perdone, señor Olivares, ¿pero para qué quiere que hagamos eso?- preguntó un periodista muy crítico.

-Las antorchas para prenderle, como ya os he dicho, y el agua hirviendo por si hay alguna parturienta entre nosotros, ignorante- contestó el supervisor airado -¿Es que no aprendes nada de las películas?

Y no se sabe cómo, él se hizo con un gran tridente con el que apuntaba a Cornelio.

-¡Hosti, tú!... Yo…- el chico se armó instintivamente con un escobón a modo de lanza y se enfrentó a Olivares, apuntándole al esternón -¡Y como no te vayas de aquí ahora mismo al primero que me llevo por delante es a ti, por cabrón! 

La multitud gritaba enfervorecida agitando sus antorchas y él dudaba entre soltar su estocada o achantar a su adversario para que retrocediera.

-¡Una red, una red! ¡Hay que cogerle en una red!

-¡Es todo mentira!- gritó -Yo pedí día libre para hoy, tenía vacaciones, Olivares está mintiendo, salir todos de aquí!

Y el caso es que todos, incluyendo al supervisor, obedecieron la orden sin rechistar y salieron de allí como corderitos, tirando escaleras abajo en silencio.

Cornelio no daba crédito y una alegre carcajada acompañada de un palmoteo estalló detrás de él.

Se volteó y se sorprendió al verla:

-¿TÚ?... ¿Eres tú?... ¿Pero qué haces aquí, cómo has podido llegar?

-Perdona- respingó ella fingiéndose indignada -Creo que eso me correspondería preguntarlo a mí, ya que eres tú el que viene a mi mundo, ¿no? ¿Tú qué, haciendo turismo?

Estaba radiante. Más bonita si cabe que el día anterior.

-Yo… Eeerh… Tenía muchas ganas de volver a verte, así que me tomé dos pastillas para dormir y me fui a la cama pensando en ti- el chico estaba confuso pero aliviado, porque si estaba en un sueño lo del incendio no sería real…-¿Se quemó el Roñas, el incendio pasó de verdad?

-Bueno… Quizás hoy sea mentira, pero mañana podría convertirse en verdad, así que en cualquier caso se trata de un asunto incierto, no te fíes. No sabes tú como cambian las cosas de un día para otro.

-Joder, Maga, no sigas, que me estás liando, casi prefiero dejarlo ahí, ¿pero la noticia de dónde salió?... La noticia del incendio no era idea mía, porque me sorprendió, así que vino de tu cosecha, ¿no? Te la inventaste tú, ¿no es así?

-Sí- admitió ella, sin cortarse ni un pelo –Y eso te pasa por no prestar atención, así que la culpa es tuya en cualquier caso.

-¿Cómo que la culpa es mía? ¿Qué culpa? ¿Ahora de qué me estás hablando?

-Pues me refiero a que tú eres el director, el guionista y el actor de tus sueños, ¿no? En tus sueños siempre sales tú, eso es innegable, ¿no? Así que eres el protagonista porque siempre te toca. Y en tu mente está la capacidad de situarte en el escenario que quieras, ya sea en un palacio de las mil y una noches o en una nave espacial, solo en compañía de quien tú quieras, personas queridas y agradables, o incluso personajes históricos como Sócrates o de quién a ti te dé la gana. Y lo más de lo más es que puedes adquirir capacidades sobrenaturales como volar o aguantar la respiración buceando como si fueras un delfín… ¡Puedes hacer lo que quieras! ¿Nunca te has parado a pensarlo?

-Mmmh… Sí, Maga, todo eso está muy bien y muy bonito, pero te olvidas de que yo no controlo mis sueños, y no puedo hacerlo por la sencilla razón de que estoy inconsciente. Mis sueños son a boleo, igual me toca uno estupendo que una pesadilla. Mi consciencia está en off y yo no controlo nada.

-Ya, ya. ¿Está seguro de eso? ¿Y lo que me contabas de que tenías muchas ganas de volver a verme cuando te fuiste a dormir no habrá tenido nada que ver con este encuentro?... Existen poros por las que se puede viajar de un mundo al otro, la frontera es permeable.

-¿Quieres decir que puedo soñar contigo siempre que me lo proponga?- se le iluminó la cara al chico -No le veía mucho futuro a esa posibilidad.

-¡Pues claro que sí! Querer es poder. Tienes que practicar la doctrina del esfuerzo, porque tú puedes construir tus sueños como te dé la gana, nada te lo impide, eres omnipotente, créelo porque es cierto. Pero tienes que aprender a cuidar más sus detalles, a mimarlos. Porque si las piezas de tu sueño no encajan bien y dejan rendijas, por ahí se puede colar algún hijoputa y aguarte la fiesta. Dejaste una rendija y se te coló Olivares, que yo lo vi con estos ojitos- se le acercó mucho a él y le dedicó una mirada incandescente que le fundió -Debes cuidar tus rendijas, me dice siempre el tío Zeus, y ahora te descuidaste y pasaste un mal rato.

-¿El tío Zeus te dice eso? ¿Que cuides de tus rendijas? Je, je, je… ¡Qué guarrillo!

-♪Las rendijas y el poder son los grandes motores cósmicos, oh baby, que yo sé cómo funciona el mundo♫ me canta él muy a menudo- afirmó muy seria.

-¡Vaya! Desde luego que tu tío es todo un personaje- hizo un gesto de aprobación.

-Pero si es que los hombres sois así, ¿no?, que me dijiste tú una vez. ¿Es que tú te crees mejor que él? El tío Zeus es un dios, pero también siente y percibe como un hombre. Y yo le tengo cariño porque es mi tío.

-Pos bueno, pos vale, pos m’alegro- aquél zarzal le resultaba muy complicado, así que volvió sobre el tema anterior -Pero el caso es que lo del incendio te lo inventaste tú, ¿no es así?

Ella asintió risueña. ¡Qué bonita era esa mujer, dios mío!

-¿Y por qué me has hecho esto?- incrédulo -¡Las he pasado putas!

-¡Pobrecito mío! ¡Si vieras qué caras ponías! Je, je, je… Pero no había más remedio que pasar por ahí- contestó ella con entusiasmo –Y lo has hecho estupendamente, que te he estado viendo y eras un angustiado perfecto… ¡Si vieras qué bien lo hacías!

-¿Pero qué dices?... ¿Qué lo he hecho estupendamente?... Pero Maga, yo no estaba actuando, y lo he pasado muy mal y casi me quedo en el sitio… ¿Esto te parece divertido?... ¿Y qué hubieras hecho si se me para el corazón y me hubiera quedado tieso?... Supongo que eso sería el clímax de la película y te descojonarías de la risa, ¿no?… Joder, qué humor tan raro tienes, chica, que yo no le veo la puta gracia.

A la diosa le debió de incomodar aquella manera de dirigirse a ella, porque enarcó las cejas y contestó:

-Por favor, Córner, no te pongas estupendo, que llegados al extremo de que cayeras fulminado, que yo sabía que no te iba a pasar porque tú eres un centurión, le hubiera pedido ayuda al tío Zeus y ya está.

-¿Cómo?... ¿Le hubieras pedido ayuda al tío Zeus y ya está? ¿Cómo que ya está? ¿Es que acaso el tío Zeus me hubiera podido resucitar si hubiera muerto?

-Uuuy… No sabes tú los prodigios que es capaz de realizar ese viejo bribón a cambio de un par de achuchones- le guiñó un ojo con picardía y añadió -Y además, tenía que hacerlo, no quedaba otra.

-¿Cómo que tenías que hacerlo? ¿Por qué?

-Pues por una nueva ley impuesta por mi padre y que por tanto hay que cumplir.

-¿Otra ley impuesta por tu padre? ¿Pero cuántas leyes ha impuesto?

-¡Huuuy! ¡Centenares! Nadie lo sabe a ciencia cierta, porque las cambia siempre que quiere.

-¡Qué carácter!

- Él es así.

-¿Y qué es lo que dice esa nueva ley?

-Pues dice que aquél que quiera la llave para poder entrar en mi mundo siempre que quiera tendrá que superar con éxito una broma de mal gusto elegida con especial saña por el Consejo de los Dioses del Olimpo, y como fuiste tú el primero que llamó a mi puerta, pues te tocó a ti.

-Qué mala suerte, ¿no? Ya podría haberle tocado a otro.

--¿Qué dices? ¿Pero es que no lo entiendes? Eso nos ha dado la oportunidad de que fueras tú el que ganara la llave, así que podremos vernos siempre que quieras…

Nuestro héroe la escuchaba poniendo cara de rosquilla.

-Pero fueron ellos, los dioses, los que idearon la situación, y menos mal que hoy les pillamos de buen humor y no fueron duros contigo, qué divertido estabas.

-¿Por qué no me avisaste? No me dijiste nada de esto- protestó él.

-No dudes por un momento de que se hubieran enterado de ello, y eso hubiera supuesto mi desgracia y tu expulsión.

Cornelio la miraba atónito sin saber qué decir.

-Y bueno, pues que sepas que tu actuación les ha gustado mucho y te premian con la llave de mi mundo- y le ofreció muy sonriente una reluciente llavecita de plata en la palma de su mano -Aquí la tienes.

Su imagen le hechizaba, no podía remediarlo, y alargó el brazo sin atreverse a tocarla.

-¿Así que te entrego la llave de mi mundo y te deja indiferente la noticia?- depositó la llave sobre la palma de su mano y la estrechó entre las suyas.

Y Cornelio encendido, claro... ¡Qué sensación transmitía esa piel!... ¡Y cómo le embrujaban aquellos ojazos verdes!... ¡Menudo cambio climático!

-¿Es para mííí?… ¿En serio?... ¡Muchas gracias, Maga! Es un honor, no sé qué decirte… Pero, ¿de qué puerta es? ¿cómo se usa?

-Es muy fácil, bobo. Solamente tendrás que tenerla cogida en tu mano y pensar en mí cuando te vayas a dormir, nada más. Y me encontrarás en tus sueños, porque también serán los míos, darling querido, que se trata de pasar el rato, ya sabes.…

-¿De verdad me dices que me será tan fácil venir a verte? ¿Solo tendré que dormirme pensando en ti con la llave en la mano?

-Solo con eso. Hombre, a lo mejor tardo un rato en salir, porque al fin y al cabo soy mujer y me gusta hacerme esperar, pero será cosa de poco, algo así como hoy. Pero no la vayas a perder porque en ese caso me perderías a mí para siempre, así que estate bien al loro, querido Conífero- le advirtió la diosa –Y bueno, ¿por qué tenías tantas ganas de verme, qué es lo que te cuentas?

-¿Que qué es lo que me cuento?... Pues joder, Maga, que me tienes hecho un lío con estas turbulencias emocionales a las que me sometes, porque hace cinco minutos te hubiera matado por lo mal que me lo hiciste pasar con lo de Olivares y ahora te comería a besos porque me estás entregando tu confianza con la llave de tu mundo, o al menos yo lo entiendo así. No sé qué decirte, ¿por dónde quieres que empiece?

-Pues por algún tema que dé algo de sí, ¿no? No seas rancio. Pues, por ejemplo: ¿qué más te gusta de las mujeres además del sexo? ¿Qué es lo que quieres y con qué te conformarías?

Nuestro héroe tragó saliva y la miró en silencio. Sentía que su cerebro era como un cubo de Rubik que no sabía encajar.

-¿Lo ves?- exclamó ella triunfante –Tu silencio alumbra la ausencia de otros motivos más nobles. ¿Así que lo único que te importa es meterla, y encima pretendes hacerlo en seco, sin ofrecerle antes a tu víctima nada de beber?... Pues así conmigo empiezas mal. O dicho de otra forma: pavo, mal vas.

-Yooo… Eeerh… Glú, glú, glú… Sí, perdona, claro, no había caído. ¿Qué quieres tomar?

-¡Ja!... ¡Estaba claro! Ya vuelves a las andadas y me quieres follar aunque ya sabes que no podrás, ¿eh? Pues ahora que lo dices, me gustaría tomar un Martini muy seco, de ginebra con un toque de vodka, y agitado, no mezclado. Estilo James Bond- la diosa disfrutaba de la situación como si fuera una niña –Creí que no me lo preguntarías nunca.

-Joder, Maga, no seas canalla, tía, no me atormentes el alma… ¿No puedes pedir algo más sencillito, algo así como una cerveza o un cubata? ¡Es lo que tomamos en mi mundo!

-Je, je, je, je… ¡Y dale con tu mundo! ¿Olvidas de nuevo que estamos en el mío? Ahora te crees que estamos en tu casa, ¿no? Pues llama a la puerta del vecino de abajo y asegúrate de que no sea un alienígena, porque me crucé con varios en la escalera, y si bajas a la calle quizás te encuentres en una ciudad desconocida, o en medio de un desierto, o frente a un mar bravío… ¡Es tu sueño, es tu película! Verás lo que quieras ver si cuidas tus rendijas.

El chico la miró asustado y no se atrevió a comprobarlo. Por si aca, no fuera a ser…

-Está bien, pocholo- continuó ella -Pues no te pongas tan digno y márcate un par de botellines de los de la nevera, que ya estás tardando. Por cierto, hidromiel no tendrás, ¿verdad? ¡Me pirra la hidromiel!

-Lo siento, pero la hidromiel se la bebió el abuelo y tengo que ir a comprar más- Cornelio le siguió la coña y volvió enseguida trayendo un par de cervezas con patatas fritas. Se sentaron en el sofá, cerquita pero sin tocarse por si acaso se desvanecía.

Turbadora. Su belleza era turbadora, esa era la expresión. Y el chico se quedó como yo a los doce años cuando vi un poster de Raquel Welch anunciando la película de “Hace un millón de años”, con eso os digo todo.

Los jóvenes buscarlo en internet que no tiene pérdida* (*nota del traductor).

-Tenía muchas ganas de verte- no se anduvo con rodeos porque quería aprovechar el tiempo -He pensado mucho en ti, ¿sabes? A decir verdad, he estado pensando todo el tiempo en ti.

-¿Ah, sí?- ella jugaba otra vez con maestría su papel de ingenua inocente -¿Y eso por qué?- caída de ojos con parpadeo.

-Yooo… Por muchas cosas… Quería oír tu risa. Tu risa es mágica, Maga... Me tiene hechizado, me da un subidón cuando la oigo, y te echo mucho de menos cuando no estás.

-¿De verdad?- rio alegremente para complacerle -¿Y es sólo por eso? ¿Seguro que no escondes ninguna carta, ladino? No me creo que seas tan puro. ¡Si solo soy un sueño! Pero lo malo es que soy tu sueño de mujer, ¿verdad?

Su expresión era burlona y provocativa. Agitada, pero no mezclada, como Bond manda, eso sí.

Él no sabía qué hacer, porque su impulso era comérsela de inmediato, claro, pero sabía que si lo intentaba, ella se convertiría en una nube y escaparía entre sus dedos, como ya hizo la otra vez, cuando acabó en las ortigas. Y se empezó a poner nervioso.

-Vámonos, Maga, por favor- le pidió -Vámonos de aquí, que me está dando muy mal rollo. No sé. Que siento como una presencia y tengo la sensación de que va a pasar algo malo, que va a volver a salir el hijoputa de Olivares en la tele para darme por culo otra vez, o algo así.

-Pues muy bien, darling querido, como tú quieras. ¿Dónde te gustaría ir?

-¿Podemos volver al río? Donde el remanso de la otra tarde. Me gustaría volver allí.

-¡Aaah, pajarraco!... Veo que aprecias el valor de lo sencillo... Eso es que progresas aunque sea a trompicones, por la senda de la sabiduría. Pues tú mandas, señor director, que es tu sueño, ¡cambia de escenario y vámonos al río!… ¡Cierra los ojos y deséalo con fuerza!

Él siguió sus instrucciones y en menos que canta un pavo, digo un gallo, volvieron a encontrarse allí, donde el remanso.

 

VUELTA A EMPEZAR 

-¡Muy bien, Cornflakes, pues ya estamos de nuevo aquí!- le dijo ella sonriente -¿Ves qué fácil fue? ¿Te imaginas lo que puedes hacer aquí?

 

-Maga, que no seas canalla, que bien sabes que me llamo Cornelio y que ya me tienes harto con ese jueguito de cambiarme el nombre rozando siempre las cornadas. Chiste repetido no hace gracia.  

 

-¡Huuuy, qué genio tienes, chico!... ¡Cómo te pones por tan poca cosa!- siguió jugando la carta de la inocencia –Perdóname, darling querido: no lo haré casi nunca si tanto te molesta- y se rio.

 

Cornelio le lanzó una mirada asesina que rebotó contra el resplandor de su mirada.

 

-¿Quieres que te llame Cornelius, como si fueras un noble caballero inglés? Tú te mereces un nombre más distinguido y estoy tratando de dar con él, déjame pensar.

 

Cornelio optó por ignorarla con gesto de fastidio. ¡Aquella mujer le sabía sacar de quicio!

 

-¡Ponte a la sombra, bombón! ¡Qué te vas a derretir!- la sonora voz de un paseante sesentón que apareció ante ellos agitando con donaire su pañuelo les sorprendió -¡Y olé por las pelirrojas con garbo!

 

-¡Muchas gracias, señor, le haré saber a su esposa lo galante que es usted- le respondió Maga con intención.

 

Y el frustrado tenorio desapareció acelerando el paso río arriba.

 

-Esto es lo peor que tiene el ser como soy… ¡Los moscones!- se excusó ella, encogiéndose de hombros –pero este al menos se ha retirado pronto.

 

-Sí, le has dado un buen corte, pero ¿pelirrojas con garbo ha dicho?- preguntó Cornelio extrañado –Pero si tú eres más rubia que una cerveza… ¡Tu caballero andante veía menos que un topo!

 

-Ja, ja, ja, ja, ja- ella rio alegremente –¡Veía igual de bien que tú!... Pero en eso consiste mi esencia, que hay muchas cosas de mí que aún no sabes…

 

-¿Ah, sí? ¿Cómo por ejemplo qué?

 

-Pues verás: tú dices que soy la mujer de tus sueños, ¿no es así?

 

-No puedo ocultarlo.

 

-Y siendo tú un hombre de gustos mujeriles tirando a explosivos (véase Raquel Welch) me verás rubia, de ojos verdes, piel morenita, y esbeltita con formas sólidas y atléticas, ¿o no es así?- levantó los brazos y giró ante él como una bailarina para que pudiera apreciar la certeza de sus palabras.

 

-Claro que sí. De eso no hay duda alguna. ¿O me vas a decir que eres pelirroja?…

 

Maga asentía sonriendo.

 

-O brasileña…

 

Seguía asintiendo y ampliaba su sonrisa.

 

-Asiática, india, negra, piel roja, esquimal, ¿no eres doradita como yo te veo?... Eso es imposible.

 

-¿Imposible?- su carcajada le acabó contagiando a él -¡Qué palabra tan graciosa! Amplía tu mente, muñeco, que soy la mujer de tus sueños pero la de los demás también, y para ti soy rubia con ojos verdes, y para él pelirroja con ojos azules, y para el de allá castaña pilonga, o con una cresta azul eléctrico… Que cada uno me veis de acuerdo con vuestro ideal de mujer, que cada uno tenéis el vuestro. Y al final, de una manera o de otra, siempre acabáis perdiendo las formas, que os conozco bien.

 

Cornelio la escuchaba boqueando como un bacalao.

 

-Cierra la boca, niño, que se te va a colar un arzobispo.

 

-¡Joder, Maga, qué lío!- rompió su silencio –Es que tú lo pones muy difícil al ser nuestro ideal, y los tíos somos así, estamos programados así, qué quieres que te diga, yo qué sé... Y oye, una cosa, ¿Cuándo te miras al espejo o en el reflejo del agua, tú cómo te ves?

 

Ella le sonrió, se le encendieron las mejillas y le miró con trasfondo de brasas:

 

-Ah, no. Eso sí que no. Eso no te lo voy a decir ahora de ninguna de las maneras. A ti no. Será mi único secreto. Yo tendré la forma que tú quieras. Pero no olvides que soy solo un sueño, ¿eh, querubín? Que no quiero verte llorar.

 

-Vale, Maga, trago con esto porque me tienes muy pillado y no me queda otra, seamos sinceros, que contigo al fin del mundo, pero me tendrás que dar algo de tiempo para que cerebrice toda esta locura, ¿no?... Y oye, otra cosa, para el que fuera tu pareja, qué vida tan inquietante iba a tener que llevar, ¿no?

 

-Y te confieso que por una parte me resulta muy halagador- ella le escuchó como quién oye llover -Pero por otra me tiene bastante harta… ¿Te imaginas lo que supone llevar miles de años sin poder tener una relación de amistad ni cariño con nadie y ahuyentando moscones todo el tiempo?

 

-Uuuf… Pobrecita, eso es un castigo demasiado cruel, ¿no? ¿Y tu padre Morfeo no va a cambiar nunca esa norma? ¿No le has hecho ver que con eso te castiga a ti más que a Zeus?- dijo Cornelio queriendo mostrar su apoyo.

 

-Lo he intentado muchas veces, pero no ha habido manera, ya que él sigue pensando que yo soy demasiado joven para tener relaciones profundas y duraderas.

 

-¿Demasiado joven?- preguntó sorprendido -¡Pero si me has dicho que tienes más de tres mil años!

 

-Eso para él no es nada- se encogió de hombros -Él me dice que, en geología, un siglo no es nada y un millón de años ya es algo. Y que aún soy muy niña para esas cosas.

 

-¡Vaya carretera!- les interrumpió el aullido de un joven technopunky desfasado (cresta de cuatro pelos, chupa negra imitación cuero con tachuelas y más leds que un árbol de navidad) que apareció por el recodo del camino y se desgañitó con entusiasmo en cuanto vio a Maga.

 

-¿Lo dices por las curvas?- replicó ella con brío.

 

-Qué va, niña, qué va… ¡Lo digo por er porvo!- exclamó con acento andaluz.

 

-Pues se ha pasado tres pueblos- pensó nuestro héroe –A ver qué es lo que hacemos con el pavo este ahora.

 

Y ya había dado dos zancadas hacia él cuando Maga miró con disgusto al visitante y chasqueó los dedos apuntando con el índice a su bajo vientre.

 

-¡Aaay, ay, ay!- el aparecido saltaba y gritaba de dolor agarrándose sus partes - ¡Que me ha picao una bicha, que lo he visto yo! ¡Que estaba subida a esa rama y no me di cuenta! Y me ha picao en tóa la herramienta, pero en tó er mondongo, que ya te digo yo… ¡Mírala, que por ahí se va! ¡Ay, la virgen, cómo me duele!

 

-¡Caramba, qué mala suerte has tenido!- le dijo Maga con regocijo –Lo que te ha picado ha sido una mamba atrozis, y la zona de la mordedura se gangrenará y se te caerá al suelo en menos de media hora, y morirás entre horribles convulsiones antes de una hora a menos de que alguien te haga un corte en la herida y succione la sangre con el veneno,… ¡Es una lástima!

 

El chaval la miraba aterrorizado y tenía la cara más blanca que la de un payaso listo.

 

-No te hagas ilusiones conmigo porque yo me mareo al ver la sangre, así que no podré hacerlo. Tendrá que ser mi amigo quien lo haga- añadió, indicando a Cornelio, quién la miró estupefacto.

 

-¿Pero qué dices, Maga, que le tengo que succionar yo el veneno de los huevos a este cantamañanas?- respingó indignado -¡Que te digo yo que no, que de ninguna de las maneras! Lo siento, colega, pero date por muerto. Lo único que puedo hacer es darte con una piedra en la cabeza para acortar tu agonía.

 

-¡No, no, musha grasia!- el de las luces dio un paso atrás -¿Y dise tú que se me va a caer tó ar suelo?

 

-Eso no lo dudes si te quedas ahí parado sin hacer nada- continuó ella, disfrutando la situación –Pero es posible que tengas una oportunidad, porque a tres kilómetros monte arriba hay un bar de chicas que se llama Chapa y Pintura. Tiene luces verdes, rojas y amarillas, como tu chupa, ya las verás. Sube corriendo y pregunta por Malalena, que es la más gordita de todas y la que maneja el cuchillo mejor que nadie, y dile que vas de mi parte, que te hará un trabajo muy fino.

 

-¿Malalena? ¿Sííí? ¿Le puedo decir que voy de tu parte, de la morenaza de ojos de gata?

 

-¡Sí, sí, dile eso que ella ya sabe quién soy!- Maga se descojonaba.

 

-¡Eso, que le succione la Malalena si es que le renta!

 

El techno salió disparado monte arriba mientras Maga seguía riéndose y Cornelio continuaba atónito.

 

-¿Ves cómo os pasa lo mismo a todos? ¡Cada uno me veis de una manera! También era su mujer ideal… Bueno, Malalena es muy amiga mía y le dará su merecido a este don Juan de pacotilla, je, je, je, je.

 

-¡Pobre chaval!- se apiadó el chico -¿No te has pasado un poco con él? ¿Cómo hiciste para que le picara la serpiente?... No te rías que sé que fuiste tú.

 

-¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cómo no me voy a reír! Ha sido mi amiga Mambrina, que se pone a tomar el sol en esa rama todas las mañanas! Pero su picadura solo duele y se inflamará un poco. Se le pasará en tres días. ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Has visto qué saltos daba subiendo por el monte? ¡Si parecía un corzo!... Ya pasaremos por el bar en algún rato para que Malalena nos cuente el final, que no me lo pierdo.

 

Cornelio se sintió aliviado y se empezó a reír también pensando que le estaba bien empleado por entrar de aquella mala manera mostrando tan poco respeto hacia su chica y hacia él.

 

Echaron a andar por el sendero en dirección rio arriba.

 

-Aprovechemos que ahora no hay moscones- continuó ella –para charlar un rato, que tengo ganas de fisgar en tu interior y comprobar si bajo tu anodina duramadre existe algo interesante y divertido que pudiera dar lugar a que lo pasáramos bien sin follar, claro está, que parece que no sirves para otra cosa.

 

-Hombre, tampoco es eso- protestó él, ofendido –Que yo sé hacer muchas cosas.

 

-¿Por ejemplo?

 

-Eeerh… Pues sé arreglar motos, y pescar ranas, y un poco de informática, y algo de música, y hago fotos chulas, y conduzco deprisa, y una vez arreglé un móvil poniéndole arroz…

 

Ella le escrutaba a ceja levantisca y dando golpecitos con el pie en el suelo esperando algo más. Estaba claro que aquello le sabía a poco.

 

-Bueno… En cualquier caso creo que entiendo cómo te sientes en lo que se refiere a lo de que todos los tíos nos quedemos locos contigo- él quiso poner su granito de arroz aportando su experiencia –Yo una noche me tuve que esconder de una marsopa con mallas de leopardo que quería devorarme en una discoteca de un pueblo, y que amenazaba con subirse al coche conmigo si intentaba marcharme sin ella. Me cortó todo el rollo y me tuve que escapar por la ventana del cuarto de baño sin despedirme de nadie, así que…

 

-¡Farsante! No creo una sola palabra de lo que me dices- dijo ella en buen tono –Pero al menos tú tenías una escapatoria, una rendija, que fue la ventana del cuarto de baño, pero yo no tengo ninguna y no podré cambiar hasta que mi padre no levante su ley.

 

-Pfff… Lo entiendo, ¡qué putadón!, pero bueno, mientras se decide a hacerlo a mí me gustaría poder venir a verte todas las noches para pasar un rato contigo, pero no sé si a ti te gustaría que lo hiciera…

 

Ella le miró profundamente a los ojos y le sonrió con dulzura.

 

-Me encanta saber cosas de ti- aquella sonrisa le dio subidón –Saber quién eres y qué es lo que haces y cómo lo haces, y me lo paso muy bien contigo, y ya he visto que a los moscones educados les das un corte y los mandas a casa, que a los algo menos educados nos tiras a los pedruscos plagados de ortigas, y que a los que se pasan de rosca los mandas al Chapa y Pintura para que Malalena les haga una puesta a punto. ¡Contigo nunca dejan de pasar cosas extraordinarias y todo es una aventura!

 

-Qué bonito, lo tomaré como un halago, gracias Cornelio.

 

El chico se sorprendió al oírse llamado por su nombre y cogió carrerilla:

 

-Pues muy bien, Maga, y ya que nos estamos haciendo amigos, al menos te podré dar un par de besos para saludarte, ¿no?...  En los mofletes, quiero decir, nada sexual. En mi mundo es normal. Al saludarse y al despedirse.

 

Ella aceptó el trato y le ofreció su mejilla, y él juntó la suya con delicadeza, pudiendo apreciar cómo se diluían su textura y su aroma (¡qué aroma!) si aumentaba la presión.

 

-¡Me cago en la leche!- se dijo -¡Que maldición tan perversa! No deja rendijas por donde colarse.

 

Pero en aquel mundo de los sueños nada era imposible, decía Maga, así que habría alguna manera de conseguirlo. Solo había que dar con ella. La diosa le deslumbraba y él se derretía mirándola, ajeno al mundo exterior, y ella volvía a las andadas:

 

-¿Sabes una cosa, Cortijo?- le dijo ella, divertida -Pues que a pesar de toda tu simpleza y falta de sustancia hay algo en tu persona que me gusta mucho y que te hace caerme muy bien. Es cierto, si no fuera así no te habría dado la llave.

 

El chico la miró expectante a ver qué cualidad destacaba, pero se quedó con la miel en los labios.

 

-El caso es que por más vueltas que le doy no consigo acordarme de lo que es, que soy muy olvidadiza, vaya…

 

-Ah, pues muchísimas gracias, querida amiga… Me engorda la autoestima saber que no eres capaz de decir ni una sola cosa que te pueda gustar de mí… ¡Ay!... ¡Aaay!- se quejó amargamente llevándose el pulgar a la boca.

 

-¿Qué te pasa ahora? ¡Cuánto te gusta llamar la atención!

 

-Nada, nada, que me he pinchado el dedo queriendo cogerte una flor, pero el tallo tenía espinas y mira qué pinchazo me he llevado, que no veas si duele.

 

-¡Oh, lo siento! Se me olvidó prevenirte: esas flores tan bonitas, llamadas florindas officinalis, tienen espinas que rezuman venenillo de san Martín, que solo duele un poquitín… Ja, ja, ja, ja, ja- ella se reía con mucho estilo, que es como hacen las diosas, en vez de descojonarse despatarradas, cosa que no cuadraría con su estilo.

 

-Pues yo no le veo la gracia, porque el venenillo del san Florindo ese de los cojones duele bastante y tengo la rareza de que me molesta el dolor. La quería coger para ti pero estoy por ofrecérsela a Mambrina.

 

-¡Ay, pobrecito mío, que lo quiso hacer por mí!... ¿Te molesta el dolor?... Pues haz que se vaya, imbédul, ¿no ves que estás en tu sueño?... ¡Cuánto te queda por aprender!

 

-Sí, ya, como si fuera tan fácil, tú me dirás cómo lo hago.

 

-Te he dicho mil veces que tú eres el director de tu sueño, ¡es tu película! ¿No te das cuenta? Y puedes inventarte o quitar y poner todo lo que quieras, y además cuentas con un presupuesto ilimitado para escenarios, actrices, actores y efectos especiales… Los sueños son un chollo y no debes temerlos nunca. Lo único que tienes que hacer es desear borrar el dolor del guion y el dolor se irá. Así de fácil.

 

Aunque no las tenía todas consigo, en un acto de fe Cornelio siguió sus instrucciones deseando que el dolor se aliviara y comprobó que era cierto. Miró a Maga y sus ojos se iluminaron ante el sinfín de posibilidades que se les abrían…

 

-Hostias, Maga, ¿entonces podemos hacer lo que queramos? ¿Podemos volar?

 

-Ja, ja, ja, ja… ¡Pues claro que sí! ¿Qué estilo prefieres, el del astronauta, en plan globo sonda, o el del vencejo, que vuela deprisa para no hacerse viejo?

 

-Mmmh… Pues yo creo que el del vencejo suena más emocionante, ¿no?

 

-Pues muy bien, teniente von Cornelius, ¡a volar, a ver si me pillas!  

 

Y despegó como una centella como si fuera el hada Maléfica y nuestro héroe quiso ir detrás, aleteando torpemente como hacen los grandes albatros al despegar, pero en poco tiempo le cogió el truco y los dos se lo pasaron de miedo jugando a perseguir pájaros por los cielos durante un rato hasta que el chico se estampó contra un imprudente sequoia que se cruzó en su camino.

 

Cornelio cayó al suelo aturdido y ella aterrizó grácilmente a su lado, pues después de tres mil años de prácticas lo tenía completamente dominado.

 

-¡No ha estado mal para empezar!- concedió Maga, muerta de risa.

 

-¡Qué flipe, qué hostión me he dado y no me he hecho daño!- dijo él, asombrado.

 

-Claro, borraste el dolor del guion, ¿no recuerdas? Oye, ¿y si jugamos a que cambiaras de aspecto para ver si me engatusas? Todos los chicos se arreglan para ir a ver a su chica, ¿no? ¿Tú no lo haces?

 

-¿Engatusarte?... ¿Arreglarme?... ¿Y eso ahora a qué viene? ¿Es que no resulto así de tu agrado?

 

-No es eso, coliflor, que tienes un pase. Es por jugar. Es que tengo curiosidad por ver como serías si fueras el hombre más fuerte del mundo… ¡Hazlo por mí, anda!

 

-No entiendo nada, pero bueno, si eso te hace feliz lo intentaré.

 

Se concentró un poco y en menos de un minuto el increíble Hulk hubiera parecido un alfeñique a su lado.

 

-¡Muy bien, Cornhulk, lo has hecho muy bien!- ella daba saltitos mirándole risueña y palmoteando de alegría -Sin duda que así tendrías tu público y tendrías un montón de seguidores, pero no eres mi tipo… ¿Y a ver cómo serías si fueras el hombre más huraño y gruñón del mundo? Hazlo un ratito, anda, a ver si así me gustas más. Que lo has hecho muy bien.

 

-¿El hombre más huraño y gruñón del mundo?... Mmmh… Pues me temo que no te voy a gustar mucho, pero lo haré si así lo quieres… Y cerró los ojos y se congestionó imaginando cómo sería el hombre más gruñón del mundo y deseando ser como él.

 

Y en menos de un minuto se convirtió en un viejo Gárgamel que no paraba de soltar graznidos e improperios moviéndose de un lado para el otro como si fuera el gran Chiquito de la Calzada presa de un ataque de nervios.

 

-¡Así, sí, sí!- exclamaba ella, interrumpida por la risa -¡Esa calva te favorece mucho y esa nariz aguileña rebosante de pelos es enternecedora! ¡Creo que hoy sí que me estás conquistando, darling querido!

 

-Esto es un flipe, Maga- dijo él mientras volvía a su aspecto habitual -Es como ponerse unas gafas de realidad virtual que funcionan a todo trapo, es alucinante. Pero no entiendo… Entonces ¿por qué existen las pesadillas? Yo soñé una vez que me perseguía un sapo gigantesco que me disparaba lengüetazos para devorarme, y me desperté acojonado dando un brinco en mi cama con el corazón como una moto.

 

-Eso es verdad- admitió ella -A veces hay incidencias por fallos del Sistema Olímpico, que casi todas ocurren cuando mi hermanastro Fobos, el dios del miedo y el pánico, logra burlar los controles de seguridad que establece nuestro padre y se cuela por las rendijas de vuestras mentes para agitaros las angustias y temores ancestrales.

 

-Vaya, ¡qué hijoputa tan salao! Uuuf… Qué familia tan variopinta tienes, ¿no?

 

Ella no tuvo más remedio que admitirlo haciendo un gesto de ¡qué quieres que yo le haga!

 

-Está mal que yo lo diga porque soy su hermanastra- quiso explicarse -pero Fobos es mala gente. Disfruta con el sufrimiento ajeno, que esa es la esencia de la maldad. ¡Y cómo se lo pasa el muy cabrón haciendo daño!

 

-¡En fin! Bueno es saberlo, quedo advertido y no me acercaré a él... Así que en nuestro mundo, que ya lo voy sintiendo como mío, puedo hacer casi todo lo que me dé la gana menos hacérmelo contigo, ¿no?... Ningún hombre vivo podrá tenerte, me dijiste.

 

Maga se excusó por segunda vez, cosa a tener muy en cuenta en una diosa, que como es sabido suelen ser muy creiditas:

 

-No es así por mi gusto, ya te conté la maldición que me impuso mi padre- se encogió de hombros -Pero debes saber que aquí hay también otras chicas, muchas de ellas muy guapas, que estarían muy contentas de poder tener relaciones con un famoso centurión tan apuesto como tú. También puedes verte con ellas si así lo prefieres...

 

-¡No jodas, Maga! Sabes que estoy loco por ti, vengo solo para verte a ti… ¿Qué pinto yo aquí sin ti? Pero creo que voy a necesitar un manual de instrucciones para moverme por este mundo tan loco.

 

-Será un mundo loco, como tú dices, pero es más auténtico que el vuestro, en el que imperan la falsedad, la hipocresía y la codicia.

 

Cornelio se tuvo que tragar el chorreo, y solamente se le ocurrió decir:

 

-Pues desgraciadamente es cierto. 

 

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…- la tonadilla del móvil insistía machaconamente, aumentando su volumen con cada nueva embestida -TI TI RI TI TÍ… TI TI RI TI TÍ… TI TI RI TI TÍ…

 

-¡No pierdas la llave! ¡Cuídala mucho y no la pierdas!- la oyó decir mientras su imagen se fundía a negro tirándole un beso.

 

-¡Hostias!... ¿Quién coño será ahora?- se preguntó, presa de una turbulencia cerebral.

 

DESBORDADO

 

-Hola, cari, ¿qué tal estás, te he despertado?... ¿Pues quién voy a ser?... ¡Lidia!... ¿Te encuentras bien?

 

-Sí, hola, Lidia, claro que sí... Perdona… Estoy bien, muy bien, estoy mejor que nunca… Y ya he recuperado mi aspecto y ya no me parezco a Gárgamel… No, no... No salí anoche y no bebí nada. ¿Por qué lo dices?…

 

-Bueno, bueno, tú sabrás de lo que hablas, pero te llamo porque tengo una noticia estupenda que darte, que es que mis padres nos invitan a ir con ellos a la playa durante el puente, y así tú solo tendrás que pagarte el hostal, ¿ves que enrollados son?... ¡Te dije que te iban a encantar!

 

-¿Cóóómo?... ¿Entonces en qué consiste la invitación?

 

-Pues que te vienes en el coche con nosotros hasta Benicasim, donde puedes coger una habitación en un hostal que está cerca de nuestro apartamento, para que puedas ir y venir dando un paseo y podamos pasar el día juntos. Tú y yo solos paseando por la playa, ¿te imaginas? Y me dicen que puedes venir a comer todos los días y a ver el fútbol con mi padre, pero eso sí, no se te ocurra decirle que eres del Atleti porque él es muy hincha del Madrid, y cuando se trata de fútbol pierde los papeles con facilidad y se pone muy agresivo, ¿no te parece estupendo?

 

-Eeerh... Estupendo es poco, Lidia, ¡me parece extraordinario, es un plan magnífico!… ¡Tus padres se enrollan a tope, qué demasiao!... ¡Es que no quepo en mí de gozo! ¿Me perdonas un momento, que tengo que ir urgentemente al baño?... Te llamo enseguida.

 

-¡Menudo marrón, qué planazo!- se apresuró en ir a buscar la llave, ¡ahí estaba!, antes de ir al baño -¿Ir a la playa en marzo con estos jenízaros? ¿Querrán que vayamos a pescar pingüinos? Y seguro que el bestiajo este querrá que vea los partidos con camiseta y bufanda del Madrid, y mi alma colchonera no podrá soportarlo, ¡esa traición jamás! Siempre sería fiel a su Atleti y a Simeone. ¿Pero cómo me escapo de esta?... Y el puto hostalito me va a salir por una pasta, encima.

 

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…- ahora era Julio el que tocaba la gaita.

 

-¿Qué pasa, colega? ¿En dónde te metes que no hay quién te vea? ¿Te has vuelto a enrollar con Sara o qué?... ¿Te hace una birra en el Estrella, y me pones al día y pasamos revista al gallinero?

 

-¿Una birra ahora?... ¿Pero qué hora es, Julio?... Me acabo de levantar…

 

-Joder, tío, pues qué marmota eres. Son las doce y cuarto. ¿Nos vemos en una hora? He encontrado un anuncio de un chollo de Ibiza que ha tenido un solo dueño que casi no lo usaba y quiero que me acompañes a verlo, que si me lo deja en mil doscientos se lo compro. Pero quiero que le des tu visto bueno, que tú sabes de mecánica y así lo pruebas conmigo.

 

-¿Que te compras un Ibiza, dices? Perdona, que me pillas un poco perjudicado… no, no salí, no- ¡joder, otro igual! -Quedamos, sí, vale, que yo también te quiero contar a ti unas cosas un poco raras que me están pasando, y quiero saber tu opinión.

 

-¿Cosas raras?... ¿A qué te refieres, has sido abducido por un ovni o que has descubierto que el padre de Lidia es gay y ya te ha dado lo tuyo?, je, je, je…

 

Así que se vieron en el bar y Cornelio le puso al corriente de sus aventuras oníricas.

 

-¡Lo estoy flipando, colega!- le dijo su amigo tras escucharle atentamente -¿Y cómo dices que se llaman esas pastillas que tomas para dormir?... ¿Seguro que no son tripis?... Ja, ja, ja, ja… Ahora en serio, Corni, tienes que dejar de tomar eso ahora mismo porque se te ha recocido la olla.

 

-¡No me jodas, Julio, que tú fuiste el que me dijiste que tenía que tomarlas! Que nunca me iba a acostumbrar a no dormir.

 

-Pero eso era antes y rectificar es de sabios, y ahora te digo que no te tomes ni una más, que te están sentando muy mal y me estás preocupando mucho.

 

-Muy bien, puto sabio, pues si Maga es sólo un sueño como dices, ¿de dónde salió la llave que había esta mañana bajo mi almohada?- bajo la custodia de Trudy -¡Es su llave, la que ella me dio!

 

-¡A verla!

 

-¿Estás gilipollas? No la llevo conmigo, la tengo guardada en casa. No quiero sacarla a la calle porque podría perderla. ¿Te crees que estoy loco o qué?

 

Julio le miró escéptico.

 

-Pues francamente, tío, no sé. ¿Pero de verdad que no te estás metiendo nada nuevo? No me vayas a mentir, colega, que me estás asustando. No sé qué pensar. Al menos cambia el tipo de pastillas y toma algo más flojo, de lo que anuncian en la tele, a ver qué pasa.

 

Cornelio prometió tenerlo muy en cuenta y se fueron a ver el coche en un taller de las afueras cercano a un poblado de mala pinta, pero el coche resultó ser un ladrillo pestilente, y a la vuelta tuvieron que escapar corriendo de dos navajeros que les salieron al paso, de manera que Cornelio aprovechó el desánimo generalizado para marcharse pronto a casa, con la intención de aclarar un poco sus ideas y acostarse temprano, que al día siguiente era lunes y había que volver al tajo y se las tendría que ver con Olivares otra vez.

 

-Gracias por acompañarme, tío- le dijo Julio al despedirse –Y quítate a esa chica de la cabeza y tira su llave por la ventana, que esta historia te puede hacer mucho daño. Y llámame si quieres algo, ¿vale?

 

Cornelio estaba obsesionado en encontrar la rendija por la que su relación con Maga pudiera ser un poco más cercana de lo que era, pero se daba cuenta de que todo aquello era una locura, porque nada era real y no podía caer en el tremendo error de edificar su vida sobre un sueño, en el sentido literal de la expresión, y…

 

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…

 

-¡Maldito móvil!... Era Sara… ¿Qué coño querría a las ocho y media de la tarde de un domingo?

 

-¿Qué pasa, Corni, qué estás haciendo?... ¿Puedes hablar o te pillo en faena con tu gallinita?- su voz sonaba jovial y algo eufórica.

 

-¡Sara!... ¡Estoy yo solo en mi casa y por aquí no hay ninguna gallinita!... Perdona, pero te advierto que no estoy de muy buen rollo hoy.

 

-¡Ah! Será por eso.

 

-¿Por eso el qué?

 

-Que estás cabreado porque no hay gallinita.

 

-¡Mira Sara, que estoy de mal rollo y no quiero vaciles!

 

-Vale, hombre, no te preocupes, dejémoslo en que estás ovulando- le contestó ella con sorna.

 

-Sí, algo así tiene que ser- concedió él -¿Pero qué es lo que quieres, dime? ¿Te pasa algo?

 

-No, no. No te preocupes que no estoy buscando un hombro sobre el que llorar. Es sólo que me acordé de ti y decidí llamarte para ver qué te contabas. Estoy sola en casa y pensé que a lo mejor te apetecería venir a tomar un José Cuervo y echar una de damas conmigo, ¿te parece un buen plan? ¿qué le parece a usted la propuesta, señor Lasarte?  

 

Seis meses antes hubiera sido imposible imaginar al chico rechazando una oferta semejante, pero en aquel momento…

 

-¿Qué pasa, mi amor, te dio un ictus? ¿Sigues estando ahí?

 

-Sííí… Eeerh… Yo… Perdona, Sara, sabes que cualquier otro día iría encantado a verte, que me parece un cojoplán, vamos, pero que en estos momentos necesito y quiero estar solo para pensar y poner un poco de orden en mi vida, que no sé qué sentido tiene ni si me estoy volviendo loco.

 

-Ja, ja, ja, ja- lo celebró ella -¿Estás buscando el sentido de tu vida? ¡Pues menuda panzada a rumiar que te queda por delante!... ¿Y se puede saber de dónde sacas que tu vida tenga que tener algún sentido? ¿En qué te basas para creer que eres algo más que una hormiguita que puede morir aplastada cualquier día sin que eso cambie el mundo para nada?

 

-Anda, Sara, no me comas el tarro que no estoy hoy para que me líes aun más.

 

-No olvides, muchacho- continuó en plan charla doctoral -que no somos más que los descendientes de aquellas primeras moléculas que fueron capaces de replicarse a sí mismas, que probablemente surgieron del laboratorio de algún volcán submarino, porque ahí tienen de todo, como en botica, y que consiguieron aumentar sus capacidades adaptándose eficazmente a los cambios ambientales: a unas les toca frío, a otras calor, unas les toca la oscuridad y otras se buscan la vida bajo un sol abrasador, o en una atmósfera tóxica y carente de oxígeno, luego sequía y luego inundaciones, pero aquellos pequeños aglomerados de moléculas consiguieron vencer las adversidades y sobrevivir, y todas luchaban por hacerlo, porque esa es la esencia de la vida. Es el esfuerzo por mantenernos vivos lo que representa a la vida en sí misma, y sobrevivir es su único sentido, que no hay otro, porque estamos hechos para eso.

 

-¿Pero qué historias me estás contando? ¿Te has hecho de una secta?

 

-Lo he visto en un documental de la BBC, Corni, así que tiene que ser cierto, ja, ja, ja, ja- su voz mantenía un tono alegre –Al nacer ya estás en deuda con la vida y la única forma que tenemos de saldarla es sobreviviendo y multiplicándonos a todo trapo, que es la única ley universal a la que debemos obedecer.

 

-Mmmh… Vale, Sara, pues todo eso está muy bien, pero no tengo ganas de hablarlo ni de pensarlo ahora, que estoy ocupado con mis cosas y no estoy bien, tía, perdóname.

 

-Anda, no seas bobo y vente para acá un rato- ella seguía a lo suyo - Ya verás cómo la doctora Sara te quita las tonterías de la cabeza y vuelves a casa cantando villancicos…

 

-Joder, Sara, que te digo que es un plan cojonudo, pero yo no estoy ahora para eso,  que ya no sé cómo decírtelo… Anda, que nos vemos mañana si quieres, que te llamo yo, y no te lo tomes a mal, ¿eh? Siempre como amigos, ¿ok? ¡Viva el poliamor! Anda, anda, déjame ahora, adiós, adiós…

 

La verdad era que seguía queriendo y admirando mucho a Sara por su forma de ser, siempre tan valiente y que le importaba un bledo lo que los demás pensaran de ella, pero no, no… Aquella noche no, que bastante tenía encima y al día siguiente era lunes, joder… ¡Que tenía que ir a currar!

 

Se hizo un bocata de jamón y se puso una película de superhéroes para no tener que pensar más de la cuenta, que su cabeza necesitaba un descanso. Pero fracasó, porque sentía la presencia de Maga a su alrededor, y no se centraba y no se enteraba de nada de lo que pasaba con Spiderman y compañía.

 

Se le ocurrió que la vida a su lado debería de ser muy difícil aunque ella fuera maravillosa, porque la idea de enamorarse de alguien a quien nunca podría hacer el amor, ya era muy exigente de entrada, y tener que estar toda la vida pendiente del pichabrava de Zeus, el cabrón de Morfeo y el hijoputa de Fobos, y sabiendo que todos los tíos que la miraban se volvían locos por ella, lo convertía en… ¿cómo decirlo?... Era algo así como jugar al fútbol en un campo minado, ¿no? Era algo inquietante, muy inquietante. Y se sentía inseguro y jodido ante aquel inquietantísimo plan de futuro que se le presentaba.

 

-¿Pero qué coño le estaba pasando? ¿Qué ilusiones tan absurdas se estaba haciendo con esa mujer?... ¡Si ni siquiera era real! ¿Se le estaba yendo la olla o qué?

 

Apagó la tele, se tomó dos pastillas para dormir y se metió en la cama, asegurándose de que la aguja del despertador apuntaba a las seis y media, y se zambulló en busca de su Maga ansioso de saber más de ella. Aquella mujer le tenía embrujado y le había alterado los nervios por completo.

 

Se abrazó a Trudy con la llave agarrada en la mano y ella le recibió con dulzura.

 

-¡Ningún hombre vivo podrá poseerme!- sus palabras retumbaban en su cabeza mientras se quedaba dormido pensando que, como iba a ser su sueño y podría hacer lo que le diera la gana, se presentaría con un bonito ramo de flores para halagarla.

 

-¡A todas las mujeres les gustan las flores!- pensó –Las flores, los perfumes y los peluches, que me lo dijo Julio, que son regalos seguros… Y en la recámara los bombones, ¿a que sí, Trudy?

 

Trudy asintió: sin duda, sin duda, se le oyó decir.

 

-Y él abrazó a su fiel amiga antes de quedarse dormido.

 

UN POQUITO DE FOLKLORE

 

Paseaba por la pradera de una piscina de un abarrotado complejo situado a pie de playa, tipo Marina d’Or, portando un espléndido ramo de flores, y abriéndose paso entre el ejército de tumbonas que la rodeaban sin tener nada claro qué coño estaba haciendo allí.

 

-¡Cornetes, darling querido!... ¡Aquí, aquí!- Maga agitaba su mano en alto tres líneas de tumbonas más allá -¡Qué bien que has venido!

 

Se mostraba espléndida con un pequeño bikini rojo, pamela y gafas negras, y piel dorada contrastando con su abundante melena rubia. Sus curvas no os las describo porque me pierdo. Y para que no faltara detalle, en su manita derecha sujetaba una copa de Martini, limón y aceituna incluidos. Una chica de anuncio, una pocholada, vamos.

 

-¡Oooh! ¡Qué flores tan bonitas, muchas gracias, qué caballeroso!- le tiró un beso -¿Pero qué haces así vestido?... ¿Vas a hacer un anuncio o vas a dar un show?

 

Cornelio se miró a sí mismo y se quedó helado al darse cuenta de que vestía un impecable traje regional- vestimenta y tradiciones que no le atraían lo más mínimo, independientemente de cuál fuera su origen -con su chaleco, alpargatas y pantalones negros, su camisa y medias blancas, y pañuelo en cabeza y fajín rojos. Y sujetando su hermoso ramo de flores, eso sí. Otra pocholada él también.

 

-¡Cago en la leche!- pensó -¡Cada vez que se cruzan las flores en mi camino me ocurre alguna desgracia! ¿Y qué hago yo ahora? ¿Será canalla la tía esta? ¡Ya me la ha vuelto a jugar, menudo ridículo estoy haciendo aquí!

 

Y la verdad es que la gente les miraba cada vez más.

 

-Je, je, je, je… Me colé por las rendijas de tu sueño- le confesó ella sin remordimiento alguno.

 

La diosa le taladró con su mirada y de repente surgió ante él la intimidante imagen de Zeus, advirtiéndole con un enorme dedo índice:

 

-¡Debes cuidar tus rendijas, muchacho!

 

Total, que ahí tenemos a Cornelio descolocado, y a la pareja siendo el blanco de todas las miradas.

 

-Debe ser un chalado que viene a declararse a esa chica- se le oyó decir a uno –Y no me extraña que lo haga, porque ¿tú has visto lo buena que está? ¡Qué pedazo de mujer!

 

-La verdad que es una negra guapísima… Si se parece a la Naomí Cambél esa, ¿no?

 

-¿Estás de broma? ¿Pero qué negra ni qué hostias dices? ¡Si esa chica es asiática! ¡Es china o algo así!

 

-Que no, que no- sentenció otro que estaba más allá –Que el chico es un cantante famoso que viene a participar en un acto y a bailar unas jotas o unos aurreskus o algo así… ¿No habéis visto los carteles del anuncio en la entrada del hotel?

 

-¡Yo sí los vi! ¡Y yo también! ¡Y yo!- se oían voces -Él es un cantante famoso y se está declarando a su novia, que es Angelina Jolie. ¡Que no, que es Kristen Stewart! ¡Ahí va, pero si es Raquel Welch!- decían los más mayores.  

 

-¡Me gustas mucho así vestido!- aseguró Maga, palmoteando –Me gustas, me gustas… ¿Y las flores?... ¿Es que no me las vas a dar?

 

Él se las entregó con mucho cariño y la multitud lo aprobó con un sonoro aplauso y gritos de ¡vivan los novios! Pero vio con el rabillo del ojo cómo dos señoras de mediana edad que lucían unos coloridos vestidos se aproximaban a él.

 

-Perdona, tú eres Cornelio Lasarte, ¿verdad?- preguntó la más fluorescente de las dos –¡Qué alegría tenerte aquí! Somos Flor Ignacia y Fuencisla de las Piernas, las presidentas de tu Club de Fans de Benicasim, ¿podemos besarte?- ambas besaron al chico, que las miraba estupefacto -¡Por fin llegaste! Carlos Jolgorios, el Ministro de la Tamborrada, está impaciente por condecorarte con la Cruz del Aspaviento por tu contribución a la difusión de la cultura aragonesa, y nuestro grupo de Apoyo al Curry también se muestra impaciente por acompañarte con esas fantásticas jotas que te han encumbrado a la fama.

 

Y señaló a tres sonrientes machucambos que esperaban tras ellas armados de guitarra, bandurria y laúd, que saludaron con una leve reverencia.

 

-¿Fantásticas jotas que me han encumbrado a la fama?... ¿De qué me está hablando, señora?

 

-Oooh, por favor, qué humor tan fino tienes, pareces inglés- comentó Flor Ignacia a su hermana! -Es encantador, ¿no te parece?

 

Fuencisla asintió sonriendo y mostró la portada de un ¡Hola, Manola! en la que aparecía una foto del joven sobre un titular que decía:

 

CORNELIO LASARTE COMPLETA EL AFORO DEL ESTADIO BERNABÉU

EN UNA NOCHE MÁGICA DE SUBLIMES BAILES REGIONALES

 

El chico leyó el titular y se echó a temblar.

 

Total, que entre las dos hermanas se lo llevaron casi en volandas hasta el estrado sobre el que se encontraba el señor Jolgorios con la megafonía dispuesta. Y sorpresa, sorpresa, ¿quién estaba de pie a su lado? ¡Era Wendy, su ex amada del instituto, la chica trans! Sin duda que era ella, porque le sonrió y le guiñó un ojo con disimulo al verle llegar, pero la veía algo cambiada, la veía más mujer. Llevaba un minivestido blanco de quitar el hipo y sandalias tacones del mismo color, con piel mulata dorada y melenaza negra ensortijada, pues ya me diréis. Algo cambiada, sí.  

 

El ministro tomó la palabra para ensalzar el trabajo artístico de Cornelio, y llegó a emocionarse poniéndole como ejemplo a seguir por la descarriada juventud de los tiempos actuales -murmullos y algún grito de quía, quía, entre los jóvenes- y le condecoró con la Cruz del Aspaviento por sus méritos acumulados, estrechándole la mano con fervor al terminar.

 

-Muchas gracias por sus palabras y la medalla, monseñor- fue lo que dijo él.

 

Maga aplaudía a rabiar, y lanzaba olés y bravos desde la primera fila con cara de estar pasándoselo pipa, y entre los fans y los curiosos se había reunido ya un gentío alrededor.

 

El de la bandurria, el más veterano, se hizo con el micro y tomó la voz cantante:

 

-Yo quiero dar las gracias a ustedes todos por su asistencia y quiero proponer que el maestro Cornelio comience su actuación con su jotica superventas: aónde voy yo sin ti, y se la dediquemos a esta lindísima señorita- dijo indicando a Maga.

 

-¡Eso!- coreó el del laúd -¡Que vivan las aragonesas con gracia! ¿A que no puedes negar que eres de Zaragoza, eh, mañica?

 

-Nací en la mismísima basílica del Pilar- aseguró Maga, muy divertida -¡Hay que ver qué arte tienes, baturro!

 

Y los tres componentes del grupo se inclinaron cortésmente ante ella, y me dicen que al más gordo se le escapó una ventosidad.

 

Maga les agradeció el gesto (la inclinación, no la ventosidad) con una sonrisa y agarrando a Cornelio por el brazo le rogó:

 

-¡Ay, darling querido, di que sí, anda! ¡Canta y baila aónde voy yo sin ti, la que te ha hecho tan famoso, para que te veamos, que seguro que me va a gustar muchísimo!- la risa chisporroteaba en sus ojos y se la veía espléndida, con lo que se metió al público en el bolsillo y su petición fue coreada por la multitud.

 

-¡Que baile Cornelio! ¡Que baile Cornelio! ¡Y que cante!

 

-¿Bailar unas jotiiicas?... ¿Yooo?... Si no tengo ni puta idea de cómo se hace, maldito sueño, no seas tan cabrón y cambia de escenario. Llévame al río, a casa o a donde quieras, pero sácame de aquí, por favor- imploró, al borde del colapso total.

 

El caso es que el chico bajó del estrado y miró a los músicos de Apoyo, lo cual ellos lo interpretaron como el disparo de salida, y dieron un paso al frente lanzando acordes con entusiasmo y cantando a voz en grito:

 

-♪ Si tuvieras olivares como tienes fantasía, los molinos del aceite por tu cuenta correrían

 

Y pasito atrás dando pista libre a Cornelio.

 

El chico buscó en la mirada de Maga una salida de aquel atolladero, y al darse de bruces con un ¡a ver qué haces! optó una vez más por la huida hacia adelante y alzó sus brazos al cielo, hizo unos cuantos molinetes con las manos y levantó teatralmente un pie subiendo la rodilla hasta el estómago creyéndose karate kid.

 

Y resultó que su parco gesto de bailarín tuvo dos increíbles efectos inmediatos: por un lado arrancó una tremenda ovación del público, que hasta un guardia de seguridad tuvo que detener a una chica que quiso besar tres veces a Cornelio (consiguiéndolo las dos primeras y contentándose la última con besar al vigilante), y por el otro le provocó un síncope al señor Jolgorios, el cual cayó como un pelele repentinamente sobre la tarima del estrado. Wendy se arrodilló junto a él y Cornelio se plantó a su lado dando tres brincos.

 

-¡Hola, Wendy! ¿Qué haces tú aquí?

 

El hombre permanecía inmóvil, respiraba ruidosamente y estaba empapado en sudor.

 

-Hola, Corni, qué bueno verte- le sonrió -No te asustes, que le pasa de vez en cuando. Ayúdame, anda. Hay que darle sus pastillas de potasio, que las tiene en el bolsillo del interior de su chaqueta, y ponerle tres debajo de la lengua.

 

-¿Cómo sabes tanto de él?- le preguntó mientras le ayudaba con las pastillas.

 

-Bueno, pues porque soy su sugar baby, ¿sabes? A ti no me importa decírtelo, que sé que sabes guardar secretos.

 

-¿De veras?... ¡Viejo asqueroso!

 

-No digas eso, qué va, para nada. Es un cielo. Nunca me pide que haga nada que yo no quiera hacer. Y me respeta y me paga muy bien la compañía. Y gracias a él estudio para ser abogada, así que no digas eso.

 

En boca cerrada no entran moscas, me dicen que pensó el chico mientras le ponían las pastillas bajo la lengua.

 

La gente se había arremolinado a su alrededor y los de Seguridad tuvieron que contenerlos mientras Maga disfrutaba del espectáculo y aplaudía y lanzaba vítores a unos y a otros.

 

-¿Quiénes son ustedes?- les preguntaron.

 

-Yo soy su cuidadora y mi primo es enfermero- dijo Wendy muy resuelta mientras el ministro daba signos de ir reanimándose -¿Llamaron ya a la ambulancia?

 

Y de repente la escena se vio inmersa en un remolino de vértigo, y por fin su sueño accedió a sus deseos y les trasladó una vez más hasta el río.

 

 -Uuuf- ¡Qué alivio sintió!

 

-Ja, ja, ja, ja- las escandalosas carcajadas de Maga inundaron el ambiente según llegaron. Lloraba de risa literalmente -¡Si vieras qué cara ponías con el pie allá arriba como si fueras una cigüeña! ¡Ponla otra vez, anda, hazlo por mí!... ¿Y las gotas de sudor eran auténticas o te echaste algún spray?

 

-¡Cabrona! ¡Traidora!- explotó él -Ya te pillaré yo a ti en alguna, que te aseguro que esta me la pagas… ¡Lo mal que me lo has hecho pasar!

 

-¿Y cuando se desmayó el señor Juergas? Ja, ja, ja, ja- continuó ella -Tendrías que haberte visto…

 

-Era Jolgorios, no Juergas- corrigió él, que no le acababa de ver la gracia al asunto.

 

-Y por cierto, qué cuidadora tan linda tenía y qué buenas migas hiciste con ella, ¿no?... Ay, qué carita de niño bueno ponías- y no paraba de reírse.

 

Por fin enjugó sus lágrimas, y aspiró profundamente el aroma de las flores que llevaba.

 

-¡Qué bien huelen! Muchas gracias por tu regalo, Cornelio- por segunda vez le llamó por su nombre –A mí me gustan mucho los hombres con detalles…

 

-¡Anda! ¡Como a todas, no te fastidia!- el chico seguía escocidito por el bochorno que había pasado.

 

-¡Bah!... Seguro que ni siquiera las has olido… ¡Qué poco romántico eres!... Pero bueno, habrá que tener algo de paciencia contigo, que ya madurarás… Oye, general Cornwalles, ¿sabes que ya sé cosas que me gustan de ti?

 

Él estaba mosqueado porque le había hecho pasar una vergüenza de cojones, y ahora ella le echaba cara y se desentendía de las jotas y decía que no le apetecía hablar de ello… ¡Eso era jugar sucio!

 

Pero su pregunta irrumpió como un bálsamo del alma que le hizo olvidar aquellas ideas tan mundanas y ruines, y estiró de nuevo el cuello dando muestras de interés.

 

-¿Sííí?... ¿Ya lo sabes?... ¿Y cuáles son?

 

-Pues mira, que tienes un fondo de inocencia que me resulta atractivo por su ausencia de maldad, y por lo tanto un corazón bastante limpito para lo que hay hoy en día. Y también sabes ser entretenido y educado, que no es mala combinación.

 

Él la escuchaba con las orejas abiertas de par en par y sin dejar de producir babas.

 

-Y tengo la impresión de que también eres bastante leal- continuó ella –aunque tendría que hablar con tu novia para asegurarme. Que la lealtad es una virtud muy valiosa y muy escasa en nuestros días.

 

-Oye, Maga- él estaba loco por ella pero sentía la necesidad de pisar terreno un poco firme y dejar de flotar como un astronauta-¿Tú crees que nuestra relación podría llegar algún día a algo más?

 

-¿Nuestra relación?... ¿Qué relación?- ella le miró burlona –Ay, perdona, que sé quién eres pero no me acuerdo cómo te llamas, ¿Unicornio podrías ser?

 

-Joder, Maga, hostia que te estoy hablando en serio… Que tú sabes que estoy enganchado contigo, ¿no?

 

-No seas ordinario, Cornelio, que no me gustaría que dijeran en el Olimpo que me trato con gente enganchada… ¡No te digo si se entera mi padre la que me lía! ¿Tú qué es lo que entiendes por estar enganchado a alguien?

 

-¿Enganchado a alguien?... Pues mentalmente es que me paso el día pensando en ti y te conviertes en una obsesión porque me duele tu ausencia, como si estuviera colgado de un gancho de carnicero, que de ahí vendrá lo de enganchado, ¿no?, digo yo.

 

-Muy gráfica tu explicación, Cornelio- aprobó ella –Aunque no es muy poética. ¿No se te ocurre otra manera menos sangrienta de describirlo?

 

-Yo… Eeerh… Bueno, sí, la verdad es que lo que me pasa es que me he enamorado de ti…

-¡Oooh!... ¿Recibiste un flechazo?- interrumpió ella.

-Sí, y no te cachondees, porque no dejo de pensar en ti y siempre tengo ganas de verte y me tienes obsesionado… Pero no sé si tengo alguna posibilidad contigo, porque tú no eres real, y yo me estoy volviendo loco porque no puedo sacarte de mi cabeza. Tú eres… No sé lo que eres, Maga, pero yo te quiero mucho. Y te deseo.

-¡Uuuy qué bien!... ¿Me vas a hacer halaguitos?... Me encantan los halaguitos, sigue, sigue un poco más…

-¡Maga, por favor, necesito que me digas algo! ¿Qué es lo que quieres de mí? Yo no tengo nada para darte.

Ella le miró con ternura y le cogió de la mano.

 

-¿No tienes nada para darme, so tonto? Tú tienes muchos tesoros en tu interior que vislumbro en tus palabras, en tus gestos, en tus silencios, en tus acciones y en tus miradas… ¡Y quiero sacar esos tesoros a la luz del sol!

 

-¿Pero qué dices, Maga? Yo no tengo ningún tesoro escondido... Yo soy un tío normal, más bien tirando a pringado.

-Paparruchas, Cornelio. Tú eres la persona más humana, con lo bueno y lo malo que eso lleva, que me he cruzado en los últimos milenios y disfruto muchísimo de tu compañía y te recordaré para siempre cuando te hayas ido. Palabra de diosa.

-¿Cómo que cuando me haya ido? ¡Pero si yo no voy a irme, si tengo tu llave!- protestó él.

La mirada de Maga hubiera puesto a hervir un témpano y Cornelio intentó besarla creyendo que el amor lo podía todo y esas historias bonitas, pero…

-Tiií… Tiií… Tiií- esta vez no era el puto móvil sino el jodido despertador.

-Páralo, Trudy, hazme el favor, cinco minutitos más- murmuró entre sueños. Y queriendo apretar el botón del snooze, lo apagó accidentalmente.

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti ti…- el puto móvil tomó el relevo dos horas después, y lo cogió con desgana.

 

-¿Cornelio?... ¿Eres tú?... ¿Así que estabas durmiendo, holgazán? Soy Ernesto Olivares, del Roñas, ya me conoces- en tono amenazador -Te llamo para decirte que son las ocho y media de la mañana y que quedarás despedido como no te presentes en tu puesto de trabajo antes de las nueve. Y bien aseado y uniformado, ¿eh?, no vayas a venir en pijama. ¿Me has oído bien? ¡Antes de veinte minutos!

 

-Eeerh… Sí, Olivares, le he oído muy bien. Me quedé dormido, lo siento muchísimo, se quedó el reloj sin pilas. Salgo para allá ahora mismo- balbuceó -¿Podría hacerme un favor? ¿Podría acercarse a la zona 12 para asegurarse de que no hubiera allí un incendio?

 

-¿Un incendio en la zona 12? ¿Qué tonterías estás diciendo?

 

-Por favor, señor Olivares, hágame el favor de acercarse a verlo.

 

-¡Te estoy llamando desde la zona 12, imbécil, y aquí no hay ningún incendio! ¿Me quieres tomar el pelo o es que te has vuelto loco? ¡Haz el favor de venir inmediatamente!

 

Así que al chico no le quedó otra que salir cagando leches hacia allá.

 

DE COMPRAS

Mejor obviamos el chorreo de Olivares a Cornelio porque atenta seriamente contra la dignidad de nuestro héroe, y nos vamos hasta las siete y media de la tarde, hora en la que estaba tomando unas cañas con Lidia y Julio en la terraza del Estrella mientras les contaba el varapalo que se había llevado.

 

-¡Qué hijoputa el tío, ¿te dijo todo eso?!- preguntaba Julio -¿Y no le pegaste una hostia?

 

-Pues me tuve que contener, no creas, que por muy superior mío que sea no tiene derecho a hablarme así.

 

-Ya, pero lo malo es que si le atizas te ponen en la puta calle, colega, así que mejor tragártelo porque sería despido procedente. Así que ajo y agua, que no te queda otra.

 

Lidia miraba a lo alto y ponía cara de qué se le va a hacer. Aquella tarde le había dado al maquillaje algo más de lo normal porque quería animar a su chico, y se puso muy guapetona y bastante llamativa con esa idea.

 

-Y el caso es que no sé si ir mañana a pedirle explicaciones por lo que me dijo, así, a solas y cara a cara, pero no sé si la voy a cagar aún más.

 

Pensaba que ninguno de los héroes que admiraba desde niño hubieran pasado por una humillación así, pero no sabía si era mejor responder o dejarlo estar.

 

-Y si al final le tengo que acabar dando, ¿qué? Pues menudo marrón me va a caer luego, ¿no?, porque me echan seguro, y encima igual me sacude él a mí… Olivares no sabrá artes marciales, ¿verdad?

 

-Ja, ja, ja, ja- Julio se partía –Esa sí que es buena: mejor no vayas a pedirle explicaciones porque creo que es cinturón negro de taekwondo y te va a dar la del pulpo. Y después exhibirá por todo el Roñas tu cuerpo empalado como escarmiento general... Ja, ja, ja… No lo hagas, tío, ahora te lo digo en serio, porque si la jugada te sale mal, que tiene muchas posibilidades de hacerlo, la cagas. Así que guárdate el orgullo donde te quepa, trágate el sapo y no hagas nada. Nada de nada. Y déjate de héroes y tonterías.

 

-Creo que tienes razón, tío. Siempre me das buenos consejos.

 

-Sí, pero no los doy gratis, ¿eh?, no te vayas a engañar. ¡A caña por consejo! ¿A que sí, Lidia? Anda, márcate una rondita que aún no estás en el paro.

 

-Qué buen consejero pero que hijoputa eres. Vale, me trago el sapo y pago una ronda…

 

-¡Con patatas alioli!- saltó Lidia -Anda, Corni, estírate, que sabes que me chiflan las alioli y en la barra he visto que tienen unas con una pinta buenísima.

 

-Pues bueno, vale. Si al fin y al cabo, ¿qué más da un sapo que ochenta? Ya me iré acostumbrando a ellos y les iré cogiendo el gusto. 

 

-Ay, no digas esas cosas que parece que estás endemoniado. ¿Cómo vas a comer sapos, cari?

 

-Y no te quejes tanto porque solo te estamos cobrando la tarifa base de nuestro servicio de plañideras- apuntilló Julio –Y tráete de paso unas anchoas, que a mí también me chiflan, ja, ja, ja, ja.

 

Total, que se pusieron hasta arriba de aliolis, anchoas y cervezas, y al cabo del rato Cornelio se sinceró con Julio:

 

-Oye, colega. A lo mejor soy un blandengue pero me siento muy agobiado por lo que me está pasando, y si tuvieras un petardo por ahí creo que me vendría de puta madre arle unas caladas para poder tranquilizarme y ver las cosas de otro color. Aunque fuera por un rato, que ya sé que no arregla nada.

 

-Pues no tengo ni una china, tío, qué putada. Llevo unos días queriendo pasar por la plaza a comprar y no he tenido ocasión. ¿Quieres que nos acerquemos en un momento?

 

Lidia los miró con expresión de fastidio y dijo:

 

-¡Jo!... Ya sabéis que no me gustáis cuando estáis fumados, que no hacéis más que reíros entre vosotros diciendo tonterías, y a mí no me hacéis ni caso… ¡No me gusta que fumes drogas, Corni, ya te lo he dicho mil veces!

 

-¡Pero si esta vez es terapéutico, cari! ¿Es que no has visto cómo estoy?- y alzó su vaso frente a ella para que apreciara el temblor de su mano –Necesito calmar los nervios, no puedo estar así. No duermo, no como, no vivo…

 

-¡Pero qué tonterías dices! Si eso te ha pasado esta mañana y aún no te ha dado tiempo a que te pasen todas esas cosas…

 

-No hay más remedio, Lidia- aseguró Julio con expresión grave -O se fuma un petardo o le vamos a tener que llevar a urgencias para que le pinchen algún calmante.

 

-¡Tú calla y no la líes más, que eres un listo y siempre vas a lo tuyo, Julio!- objetó ella.

 

-De verdad, Lidia, que vivo sin vivir en mí, como decía la santa.

 

-¿La santa? ¿Qué santa?- quiso saber Julio.

 

-Pues una santa, Julio, no sé, búscalo en el Google. El caso es que yo nunca había entendido qué quería decir con eso hasta ahora.

 

-¡Vaya! Es posible que tu santa te haya iluminado y ahora sí que lo entiendas, ¿no?

 

-¡Pues ya podía haber iluminado a otro, joder! ¡Que tengo un bajón que te cagas y me encuentro de puta pena!

 

Estaba claro que el chico no estaba para cuidar el lenguaje, ¿qué queréis que le haga? Yo no hablo así de mal, pero eso fue lo que él dijo y así os lo tengo que decir. A otra cosa:

 

Durante el trayecto en el metro los dos fueron haciéndole casitos a la chica, intentando apaciguarla para que no diera el coñazo, y llegaron a la Plaza del Enclenque, que era donde compraban el costo a alguno de los camellitos que rondaban por allí. La zona era tranquila, sin broncas y estaba a dos paradas del Estrella, así que les venía bien.

-Ese de ahí seguro que pasa- les indicó Julio nada más llegar, señalando a un negrito que estaba medio tirado en un banco.

-¿Ese?... ¡Ese qué va a pasar!- se burló Lidia, rencorosa -Ese no es más que un negro borracho que no tiene dónde caerse muerto. Veréis como no vende nada de nada.

-A que sí, ¿qué te juegas?- apostó Julio.

-¡Lo que quieras!- contestó ella muy resuelta.

A Teodoro Ngamba, el nuevo peón de la empresa de los Hermanos Cuchichea, en un par de meses le había dado tiempo a comprobar lo caro que resultaba vivir en Madrid, y que con su sueldo a duras penas llegaba a fin de mes a pesar de trabajar en turnos de diez horas en una obra de construcción. Había conseguido llegar a España en una patera con su hermano Komotú, con la esperanza de encontrar trabajo y poder enviar algo de dinero mensualmente a su mujer y su hijo, un bebé de tres meses, que se habían quedado en Guinea, porque el viaje era demasiado arriesgado para ambos.

Pero el caso era que ya les habían amenazado con echarles de la pensión si no pagaban puntualmente, así que él había decidido ganar un extra vendiendo hachís por las tardes en una plaza cercana a la obra. Le hacía mucha falta y solo era hachís, que era como lo que fumaban en su pueblo cuando tenían una tristeza muy grande.

Su jefe en la red local era un joven español conocido como Tiburón el Tetas, alias leche fría, un becerro malcarado que le proporcionaba el material, fijaba su precio, y le exigía el ochenta por ciento sobre las ventas. Teodoro sabía que le explotaban, pero no conocía otra manera de poder incrementar sus ingresos rápidamente, y al menos tenía de bueno que manejaba pequeñas cantidades de droga y de dinero, y así corría pocos riesgos si le pillaba la pasma.

-¡Y sobre todo no me llames al móvil, Teodoro!- le mugía el Tiburón insistentemente -¿Lo has entendido bien?

-Dsí, dsí, dsí.

El punto débil del negocio residía en la personalidad del africano. Su naturaleza extrovertida le llevaba a entablar demasiada relación con los clientes- se enrollaba más de la cuenta -y acababa fumándose porros con ellos. Y a veces se colocaba más de la cuenta. Y aquella tarde Teodoro se había puesto hasta el culo de petardos y chupitos con un grupo de amigos que celebraban un cumpleaños. Se había pasado tres pueblos y se sentía como un náufrago en las coordenadas de espacio y tiempo hasta el punto en el que creía reconocer a sus viejos amigos de su pueblo de Guinea entre los transeúntes que circulaban por allí.

Tanto era así que se fundió en un abrazo y le atizó un par de efusivos besos a un gitano con bigotes que pasó frente a él, confundiéndole con su primo Vieira, que se había quedado allá:

-¡Vieira, soy Ngamba!- le abrazó jubiloso al verle.

El caló le apartó de un empujón muy indignado y se puso a gritar como un demonio:

-¿Pero vieira ni qué gamba? ¿Qué haces, desgraciao?, que me cago en tus muertos. ¡Que me has llenao tó de babas! ¿Es que tienes ganas de guasa a mi costa? ¿Tú te quieres ganar un par de hostias o qué?

Y cuando se calmaron las cosas y Teodoro se excusó, pensó que lo mejor sería sentarse en un banco sin saludar a nadie y quedarse calladito respirando hondo hasta que se le pasara un poco la torrija. Y en esas estaba cuando advirtió la presencia de Lidia frente a él.

-Hola, colega, ¿tienes costo?- sabiéndose respaldada por Cornelio y Julio, ella le entró envalentonada -¿Tienes treinta euros para pasarnos?

El negrito se le quedó mirando muy sorprendido.

-¿Por qué razón le pediría treinta euros aquella chica?- se preguntaba -¿Qué andaría buscando una joven tan llamativa a esa hora de la tarde?

Y mirándola bien creyó entender lo que ofrecía.   

-Dsí, dsí, dsí… ¿Treinta euros?- se buscaba afanosamente en los bolsillos –momento, momento- y le quiso entregar tres billetes muy arrugados de diez euros que Lidia rechazó asustada –Tomar, son treinta euros. Tú y yo solos.

-¿Pero habéis visto a este tío?- dijo Lidia, dando un paso atrás -¡Está chalao! ¡Me quiere dar dinero!

-¡Que no, colega, que no!- intervino Julio –Que mi amiga no te está pidiendo dinero, que lo que queremos es costo, chocolate, hachís, ¿entiendes?... ¿Tienes o no?

El joven Ngamba no apartaba su entusiasmada mirada de Lidia:

-Aquí son treinta euros- le dijo a Julio -Dies, y dies, y dies, treinta. Tú coger dinero y yo marchar con chica un rato y hacer nuestras cosas… ¿Eso estar bien?... Dsí, dsí, dsí. A mí gustar mucho la chica, yo llamar Teodoro y portarme bien.

La expresión de Julio pasó de la sorpresa al descojone y Cornelio se cortó de seguirle ante las temibles consecuencias: ¡Te odio, Cornelio! ¿De manera que un hombre me confunde en la calle con una prostituta y tú te limitas a descojonarte de risa con tu amiguito Julio? ¡No quiero verte más! ¡Mi padre te va a matar!

-¡Hostias, su padre!

-¡Que no, que no es eso!- le cortó rápido -¡Que la chica es mi novia, colega, y que no le sigas diciendo esas cosas porque te vas a llevar dos hostias!

Julio se descojonaba por las bravas mientras Cornelio se aguantaba como podía, y el pobre Teodoro, escuchimizado él ya de por sí, estaba cada vez más acojonadillo y confundido porque todo el mundo le quisiera dar dos hostias aquella tarde.

-¿Pero qué pasa?- intervino Lidia muy airada -¿Que se cree que soy una puta y quiere que me vaya con él, no? ¿Y vosotros dos lo encontráis muy divertido?

-¿Por qué se enfadaban todos con él de aquella forma?- se preguntaba Teodoro -¿Y de qué se reían tanto los dos blanquitos?

-¡Que te digo que ella es mi novia y que no va a ir contigo a ningún sitio, que lo que queremos es chocolate!- zanjó Cornelio -¿Tienes para pasarnos, sí o no?

En el nebuloso cerebro de Teodoro se hizo la luz y se dio cuenta del terrible error que había cometido. Se les quedó mirando espantado, temiendo recibir una somanta de palos a la voz de ya.

-¡Perdón! ¡Perdón!- se postró a los pies de Lidia queriendo agarrar sus tobillos para besárselos.

-¡Pero levanta de ahí! ¿Qué estás haciendo? ¿Quieres estarte quieto?

Se montó un poco de bullicio y eso llamó la atención del Tiburón, que se presentó rápidamente pidiendo explicaciones de forma altanera:

-¿Qué es lo que pasa, Gamba? ¿Tenéis algún problema con este? ¿Qué nueva tontería se le ha ocurrido hacer?

-Pues que le hemos preguntado si nos pasa treinta euros de costo- contestó Julio -Pero resulta que nos ha entendido mal y nos quiere dar treinta euros para irse con la novia de mi amigo. Y de eso ni hablar, claro.

-Dsí, dsí, dsí- corroboró Teodoro –Yo darle dinero pero ella no coger. Yo querer dar.

-¿Pero tú es que eres gilipollas o qué es lo que te pasa, Gamba? ¡Más tonto y naces botijo!... ¿No ves que es su novia?- le increpó el becerro, zarandeándole por los hombros -¡Y te he dicho mil veces que no les des dinero a los clientes, que el dinero es para mí! ¡Me tienes hasta los huevos!

-¡Otro más que quería pegarle! Qué desastre de día- pensaba Teodoro.

Y el caso es que el zarandeo debió de marearle porque una tremenda arcada surgió de las profundidades de su estómago, y el matón dio un salto atrás para evitar que le vomitara encima.

-¿Pero qué haces, so guarro? ¡Mira que un día no me contengo y te doy, ¿eh?!- continuó, alzándole la mano –¡Que abusas de mi bondad!

-Hombre, tampoco te pongas así… ¿No ves el pedo que lleva?- la simpatía por el débil movió a Cornelio para interceder por él.

-¡Hola, Teodoro! ¿Qué pasar aquí?- el vozarrón grave de un negrazo se dejó oír a su espalda -¿Y tú que dices a mi hermano?

Joder con el hermanito. No llegaba a LeBron James pero os aseguro que su presencia imponía mucho.

-No, nada- Tiburón suavizó el tono -Es que tu hermano no entiende aún bien el español y se hace líos con los clientes. Anda, dales lo que te piden y coge su dinero.

Y santas pascuas. El escualo se alejó mascullando cosas ininteligibles, mientras que el de la NBA le ofreció su mano a Cornelio y él se la estrechó.

-Gracias por defender mi hermano. Teodoro ser bueno pero poco loco.

-Sí, ya me di cuenta, pero yo no hice nada especial. ¿Cómo te llamas?

-Me llamo Komotú.

-¿Cómo que te llamas como yo?- sonrió -Anda ya, no me vaciles. ¡Si tú no sabes cómo me llamo!

-Dsí, dsí, yo me llamo Komotú- insistió.

-¡Que no me lo creo!- un gesto de desdén -Yo me llamo Cornelio y no me digas que te llamas tú también así.

-No, no. Yo Cornelio no llamarme. Yo llamarme Komotú.

-Pues bueno, pues vale, pues lo que tú digas. Tú te llamas como yo, pero no te llamas Cornelio. Está clarísimo todo, amigo.

-No, no. Yo Komoyo no llamarme. Yo llamarme Komotú- el africano comenzaba a desesperarse con aquel blanco tan tonto.

-Que sí, que muy bien, que te llamas como quieras y ya está. ¿Te parece bien así?

-¡Que no llamarme Komoquieras! ¡Que llamarme Komotú!... Komotú Ngamba. Yo venir de Guinea.

-¡Aaah, hostias! ¿Te llamas Comotú todo junto?

-Sí, todo junto y con letra K.

-Ah, es con K, ya me parecía a mí- no se vaya a molestar esta mole ahora, pensó -Pues lo dicho, que bueno, que vale, que me alegro. Pues yo me llamo Cornelio, con letra C. Encantado, Komotú. Y mis amigos son Lidia y Julio.

Todos se saludaron y se despidieron después de una breve conversación intrascendente, así que los tres amigos volvieron andando a casa fumándose un petardo, no muy cargado para que no se enfadase Lidia aún más.

-Si es que os lo tengo dicho y no me tomáis en serio: las drogas os llevan a la perdición- les regañaba ella –¡No sé cómo os tratáis con gente así!

-Entiéndelo, Lidia, en esta ocasión se trata de un nanoporro terapéutico y estábamos ante una urgencia, que ya te lo he dicho antes, que si no fuera así de qué íbamos a ir a la plaza del Enclenque… ¿A que sí, Julio?

-Ya te digo.

-Sí, claro, ¿y por esa urgencia a mí me toca aguantar que un borracho me confunda con una puta?... Que sepas que estoy muy decepcionada contigo, Cornelio, pero mucho, mucho, porque tu conducta hacia mí no ha sido nada caballerosa.

-¿Pero qué querías que hiciera, cari? El Teodoro ese estaba cocido como un centollo y no se enteraba de nada. Se equivocó, pero no actuó con maldad, no te pongas así.

-Pero los caballeros siempre deben defender el honor de sus damas- Julio aprovechó la ocasión para meter baza –Y lo correcto hubiera sido que le hubieras pegado un palizón de muerte al negrata ese de mierda y que le hubieras arrancado las uñas durante su agonía, je, je, je…

-¡Es verdad! Debí caer en ello- Cornelio le siguió la coña –Y amputarles las manos a su mujer y a sus hijos, quemar su casa y esparcir su ganado, que es lo que se merece ese inmigrante hijoputa, ¡no te jode! ¡Que se hubiera quedado en su país! ¿No es así, cari?... Je, je, je, je…

-¿Veis por qué no me gusta que fuméis porros? Empezáis los dos con vuestras tonterías y vuestras risitas y a mí me dejáis fuera del rollo. ¡No decís más que bobadas!

-Ya lo sabemos, Lidia, pero al menos nos podemos reír un rato y olvidar nuestros problemas, ¿a quién le hacemos daño?

-A los humoristas les pagan por ello- observó Julio.

-Sí, claro, un par de hostias es lo que habría que pagarte a ti, ¿no te jode?- contestó  ella, muy rabiosa.

-Pero, cari, ¿por qué le das tanta importancia a lo que pasó?- Cornelio insistió en su táctica de regar el fuego –Si solo fue un malentendido. Ya viste cómo se echó a tus pies cuando se dio cuenta de la cagada, ¡pobrecillo!, je, je, je, je… ¡Qué pena daba!

-No me gusta que fumes porros, cari. Eso es todo. Dejémoslo ahí.

-¡La carne es débil, somos humanos!- dramatizaba Julio –Quien esté libre de pecado que se vaya a tirar piedras.

-¡Cállate, Julio, no seas pesado que no tienes gracia!

Julio miró de reojo a su amigo y reprimió una carcajada.

-Ya hablaremos mañana de esto, Corni, que prefiero discutir nuestras cosas a solas- se despidió ella, muy estirada.

El chico llegó a su casa a eso de las diez, y como se había puesto morado de patatas alioli con anchoas y no tenía hambre, se tomó un par de pastillas y se fue a la cama con su llave mágica para ir de nuevo en busca de su Maga.   

-Si me duermo ahora podré estar con ella un buen rato y mañana me levantaré fresco para poder ir a currar– pero con la oscuridad volvieron sus tribulaciones -¡Joder, qué lío! Ya no sé qué es más caótico, si mis sueños o mis realidades… ¿A ti que te parece, Trudy?... Tú que eres lo más sensato del mundo, dime qué debo hacer…

Y Trudy se le acopló emocionada para susurrarle cosas al oído mientras él se quedaba dormido aferrado a su llave de plata.

 

EL ZOCO

Se entregó al torbellino del sueño y se encontró en una plaza de un pueblo árabe inundada de tenderetes, con vendedores que se desgañitaban ofreciendo sus telas, dátiles, verduras, maderas, frutas, cerámica, cuero, perros, gallinas y corderos a todos los que por ahí andaban. ¡Y lo peor eran las moscas!... ¡Había cientos de moscas!

 

Y abriéndose paso como buenamente podía marchaba Cornelio junto a una marabunta de señoras enfundadas en sus atuendos árabes que parecían ir a la compra, cuadrillas de forzudos que quizás buscaban trabajo, grupos de niños jugando a la pelota, patrullas de paramilitares con sus fusiles de asalto al hombro, chavalitos jóvenes que pasaban el rato mirando pasar a las chicas y haciéndoles guiños y gestos para llamar su atención, y madres que daban bofetadas a las chicas que les devolvían las miradas. Y los clientes regateando a gritos con los vendedores mientras un pobre viejo daba voces y hacía equilibrios para abrirse paso empujando un carro lleno de vasijas sin que se le volcara el contenido. ¡No faltaba de nada! Un sitio tranquilo, vaya, un balneario.

 

-¿Pero dónde cojones estoy?- se preguntó -¿Qué hago yo aquí? ¿Ya me la ha vuelto a jugar Maga en mi sueño?

 

Aquél ambiente le resultaba inquietante y no se sentía cómodo.

 

 -¡Aquí, Cornelio, aquí!- pudo distinguir a Maga oculta tras un velo islámico, haciéndole señas desde un tenderete que había frente a él.

 

-¿Pero cómo me has traído aquí, te has vuelto loca?- le susurró el chico al llegar a su lado -Menos mal que hoy vienes tapadita, que como te vean los mozos del pueblo, a juzgar por la pinta que tienen se va a liar una buena.

A Cornelio se le heló la sangre en las venas al pensar lo que podría sucederles si aquella muchedumbre armada de alfanjes y fusiles descubriera la presencia de ese pedazo de mujer… ¡Joooder!...

 

-Me he vestido de árabe porque me sienta de maravilla, ¿no te parece?- y alzó los brazos haciendo un giro de bailarina mientras le dedicaba una encantadora sonrisa. Y el velo se llama hiyab, ignorante.

 

Un grupito de árabes, del que dos de ellos llevaban kalashnikov, detuvo su paso para mirarla y comenzaron a comentar haciendo gestos y riéndose entre ellos.

 

Cornelio empezó a sudar.

 

-Estás preciosa, Maga, y me alegro mucho de verte, pero por favor no me metas en estos líos- le suplicó -¿No hubiera sido mejor vernos en otro sitio? ¿Por qué me has traído aquí?

 

-¿Has visto qué cueros tan estupendos tienen?- preguntó ella impávida, señalando un desordenado montón de bolsos, botas, cinturones y demás entresijos –¿Cómo los trabajarán para darle esta textura? Son casi como los del Olimpo.

 

-Vámonos de aquí, anda, que cualquiera de estos me corta el cuello de un tajo y se queda tan ancho- protestó él -Anda, vámonos, que mira con qué caras nos están mirando. Sé buena y pórtate bien.

 

-¡Pero si estás en tu sueño y no te dolería aunque te pegaran!- ella mientras tanto le trasladaba unos metros más allá para asomarse a otro tenderete nuevo -Te puedes reír mientras lo hacen, que eso saca mucho de quicio a la gente. No seas egoísta, hombre, hazlo por mí, que ya desde niña tenía la ilusión de visitar un mercadillo de estos y nadie me quiso traer nunca. ¡Nunca! ¡Ni mis padres, ni mis tíos quisieron hacerlo!

 

Él se la quedó mirando escéptico.

 

-Mira, Maga, que te conozco y esta historia que me estás contando tiene toda la pinta de ser otra trampuja de las tuyas en la que me metes en un lío para que lo pase mal, y tú te descojonas de risa y me das luego algún óscar de la Academia del Olimpo.

 

-¡Oooh!... ¡Qué palabras tan deplorables!... ¡Me causan dolor tus infamias!... Pero eres afortunado al haber dado conmigo, que sé perdonar y aquí no ha pasado nada. Anda sé bueno tú ahora, que yo ya lo he sido, y acompáñame a dar una vuelta por el mercadillo, que tú serás el primero en traerme a uno. No me dejes morir con este prurito, darling querido, que tú no eres ruin.

 

Cornelio la miraba estupefacto… ¡Qué morro tenía la tía! ¡Qué manera de dar la vuelta a la tortilla!... Pero ella le cogió las manos y él naufragó en su mirada.

 

-¡Jodeeer, Maaaga!... Vale, trago, pero sólo un ratito, ¿eh? Y me has dicho que si me atizan no me va a doler, ¿no? Y tú no te separes de mí ni tontees con nadie, te lo pido por favor, que no quiero malos rollos con esta buena gente.

 

-No te preocupes que irá todo como la seda- le aseguró ella. Y le sonrió con gesto pícaro.

 

-¡Maaaga!

 

Total, que ratonearon un rato por el zoco a pesar de que Cornelio no las tenía todas consigo y quería poner tierra por medio lo antes posible, pero le frenaba el entusiasmo y la ilusión que veía en ella… ¿Sería cierto lo del trauma ese tan tonto o sería una trola que le había contado? ¡Era una mujer tan sorprendente!

 

Estaba dando vueltas a cómo decirle que ya era hora de cambiar de aires cuando un turco grandote, parecido al genio de Aladín pero de color aceitunado en vez de azul, se plantó ante ellos exhibiendo una gran sonrisa plagada de dientes de oro:

 

-¿Buscan algo en especial los señores? Si es algo que existe en el mundo Parra Petrash se lo puede conseguirr. Hay algo que estén buscando los siñorres? Parra mí será un placerr atenderr a una señorrita tan herrmosa y al joven caballo, oh, perrdón, caballerro, que le acompaña.

 

-Bueeeno… Muchas gracias, señor, pero no estamos buscando nada en especial, ¿no es así?- buscó apoyo en su acompañante sin encontrarlo -Estamos echando un vistazo nada más.

 

-¡Excelente!- se inclinó ante ellos -Pasen al interriorr y vean el génerro. Les asegurro que se sorrprrenderrán.

 

Pero Maga se había desentendido de todas las cuestiones mundanas y escudriñaba a su alrededor como un mustélido (véase comadreja) inquieto, arrugando su naricilla olfateando los vientos, sin prestar atención a lo que hablaban.

 

-¿Qué te pasa?- quiso saber él.

 

Se empezó a oír un ruido creciente de aspas de helicópteros que se aproximaban.

 

-¿Qué es eso? ¿Qué pasa?- insistió.

 

-No, no es por esos- le dijo ella en tono de advertencia –Es algo peor.

 

-¡Oh!... No prreocuparr… Son patrrullas de helicópterros buscando terrorristas, no pasarr nada- prosiguió el comerciante sin alterarse -Quizás ustedes estén buscando algo más especial y encuentrren este génerro algo vulgarr, perro acompáñenme porr favorr, que Petrash tiene más cosas parra los perrsonajes de categorría como ustedes.

 

Y les condujo hasta el fondo de su tienda, donde había lo que parecía ser un gran contenedor cubierto por una tela gruesa.

 

-No se moleste, señor, que no buscamos nada especial- se resistía Cornelio –Que no queremos drogas, ni armas, ni nada por el estilo… No se vaya a confundir.

 

Petrash hizo caso omiso de sus palabras y levantó el telón con gesto teatral, descubriendo un destartalado jaulón con suelo cubierto de paja, en cuyo fondo, sentado en un taburete junto a un orinal como único compañero, había un niño famélico de unos siete u ocho años, de aspecto agitanado, vestido con un raído taparrabos de un color indefinido, que les miraba con los ojos muy abiertos. Un Mowgli, para que me entendáis. Un grueso candado aseguraba la puerta del jaulón con el niño dentro… ¿Cómo os quedáis? Pues igual que Cornelio y yo.

 

-¡Pero bueno!- se quedó perplejo -¿Esto qué es?

 

-Si se refierre al orrinal, es una pieza de magnífica porrcelana china, siñorr, y se lo puedo dejarr a muy buen prrecio, y en cuanto al niño lo tengo en oferrta porrque es un poco torrpe, y del recinto… ¿Qué le voy a decirr del recinto si a la vista está que es un palacio?... Lo he constrruído yo mismo y también los hago de encarrgo. Resulta muy prráctico parra alberrgarr a familiarres demenciados y retenerr a rapaces descarriados, véase la muestrra.

 

-¡Oh, qué magnífica idea!- opinó Maga -Lo de albergar familiares demenciados lo veo muy práctico, y creo que me vendría bien disponer de dos o tres unidades, señor Petrash, así que le si le parece bien le haré un pedido en breve.

 

-No faltaba más, siñorrita, ¿con quién tengo el gusto de hablarr?

 

-¡Pero Maga!- el chico estalló -No puedo creer que seas tú. Déjate de jaulas y hostias, ¿es que no ves al niño? ¡Está encerrado!

 

-¡Oh!... ¡El niño!- intervino el turco –Ya dije que también puedo vender. Serr barrato, siñorr. Se lo dejo en trres mil rupias y obserrve que está en florr de la vida. Se llama Suez y sabe hacerr de todo: limpiarr, cocinarr, trabajarr en el campo y cuidarr los animales y los ancianos.

 

Cornelio hervía de rabia y escrutó los ojos de Maga para saber su opinión.

 

-Hay algo en este niño que no me inspira confianza- se limitó a decir ella, muy seria.

 

Y Cornelio atónito, claro está.

 

-¡A verr, Suez!... ¡Acérrcate parra que te vean estos siñorres!- y Petrash azuzaba al niño metiendo la punta de una vara entre las rejas -¡Shiit!... ¡Shiit!... ¡Shiit!...

 

Suez saltaba asustado intentando esquivar las punzadas y avanzó hasta caer de rodillas frente a Maga, implorando con sus grandes ojos negros inundados de lágrimas.

 

-¡Pero deje de hacer eso!- le exigió Cornelio, muy enfadado -¡Deje de pincharle con la vara y déjele salir ahora mismo!

 

Petrash no se alteró lo más mínimo y miró de arriba abajo a Cornelio antes de contestarle:

 

-Naturralmente, siñorr- amplia, dorada y socarrona sonrisa -Lo harré en cuanto usted me entrregue las trres mil rupias.

 

-¡Vámonos, Cornelio, vámonos de aquí!- le urgió Maga agarrándole un brazo -Siento la presencia de Fobos. Esto va a ser una pesadilla.

 

Pero Cornelio se desasió. ¡No podía dejar al niño allí!

 

-Y si usted no dispone ahorra del montante, no se prreocupe, siñorr- el turco continuaba impertérrito exhibiendo su dentadura -Que con Petrash siemprre se puede llegarr a algún acuerrdo, y también puedo ofrrecerrle el niño y dos camellos a cambio de su bella acompañante, ¿qué le parrece? Y así el chaval no le costarrá ni una rupia… ¡Es una ganga!

 

-Pero, ¿qué me está diciendo?... ¿Está usted loco?... ¿Y encima quiere que le venda a mi amiga?... ¡Socorro, que venga alguien!... ¡Suelte al chico ahora mismo que le daré sus tres mil rupias!

 

-¡Trranquilo, no se exalte!- Petrash le posó su manaza en el hombro en actitud apaciguadora -Tiene toda la razón, amigo mío, mi prroposición erra indigna...  ¡El chico y tres camellos a cambio de la bella india que le acompaña!... Me extrriñe muchísimo que usted lo dude, ¡más generroso no se puede serr!

 

-Y ahora dice que le estriñe- pensó Cornelio -¿Pero de qué cojones va este tío? Estaba claro que no tenía ningún tipo de moral, parecía que fuera capaz de comprar o vender a su propia madre.

 

-Rápido, Cornelio, vámonos ya, que la presencia de mi hermanastro ya se nota y se puede convertir en algo muy malo– la diosa le tiraba del brazo reclamándole acción.

 

Y los helicópteros sonaban cada vez más cerca.

 

-Sí, sí, vámonos ya, vámonos ya, ¿pero el niño, qué?- preguntó el chico angustiado -¡No podemos abandonarle! ¿Tienes tres mil rupias?

 

-¿Pero eres tonto o qué? ¿Olvidaste que es tu sueño? Desea tenerlas y las tendrás. Vámonos, ¡te digo que esto es una encerrona!

 

Cornelio no podía creer lo que veía… Su amada Maga queriendo abandonar al pobre Suez en manos de aquel tipejo… ¡Qué chasco se estaba llevando con ella!... Pero siguió sus instrucciones y la cosa salió bien, mira tú por dónde.

 

-¡Suelte al niño ahora mismo, Petrash! ¡Aquí tiene su dinero, así que suéltelo!- le dijo muy cabreado mientras le entregaba una bolsa con tres mil rupias.

 

El estruendo de los tres helicópteros que aterrizaban junto al mercadillo no les dejaba oírse bien, pero en el mismo momento en que Petrash abrió la puerta de la jaula, Suez salió como alma que lleva el diablo y en un par de saltos se abrazó como una lapa a la cintura de Maga, en donde se transformó emitiendo una luz cegadora en el mismísimo Zeus, os lo aseguro. Le dio una vuelta a su nombre y lo consiguió. Y era tal como lo imaginamos: grande, apuesto, atlético, laurel en la cabeza, con poblada barba y pelo blanco a juego con su inmaculada túnica y calzando unas enormes sandalias de las que parecían querer escaparse unos tremendos dedos mugrientos. No podía ser otro.

 

-¡Joder! El que faltaba- pensó Cornelio, sobresaltado -¿Y este ahora de qué va?

 

Y el dios le sacó de dudas rápidamente:

 

-¡Oh, mi dulce amor!- exclamaba mientras manoseaba y besuqueaba a Maga con fruición -¡Mi vida sin ti es un tormento, ten piedad de mí! ¿Por qué me haces sufrir así? ¡Pienso en ti en todo momento!

 

-¡Por favor, tío Zeus, basta ya! ¡Eres incorregible!- se resistía ella –De sobra sé que eso le dices a todas y tú sabes que lo que quieres es imposible... ¡Cómo se entere mi padre nos mata!

 

-Jo, jo, jo, jo… ¡Pero qué cosas dices, pequeña, eres un ser adorable! ¿Cómo nos va a matar si somos inmortales? Jo, jo, jo, jo…

 

Cornelio miraba la escena asombrado, sin atreverse a intervenir ante la imponente presencia y el poderío del dios.

 

-¡Todos de rodillas y con las manos en la cabeza! ¡Rápido!- la autoritaria voz amplificada por un megáfono que sonó a su espalda le puso las pilas -¡Quedáis todos arrestados por terroristas! Tú lárgate de aquí, Petrash- le hizo un gesto con la cabeza que evidenció su traición -A partir de ahora sois combatientes enemigos y como tales seréis tratados.

 

Cornelio se dio media vuelta y sus ojos salían de sus órbitas… ¡No podía ser!... El que profería las órdenes era el mismísimo coronel Leoncio Pedernales, que llegaba acompañado por su escuadrón de paracaidistas y les amenazaba a todos con un extraño tubo de aspiradora conectado a una mochila que llevaba sujeta a su espalda... ¿Por qué rendija se habría colado aquél chalado en su sueño?  

 

-¿Qué estás diciendo, insolente?- bramó Zeus con voz de trueno -¿Pretendes que me arrodille ante ti?... ¿Acaso no sabes con quién estás hablando?... ¡Póstrate tú ante mí si no quieres que te fulmine con mis rayos ahora mismo!

 

Pero con un movimiento rápido y certero como el de una serpiente de cascabel, don Leoncio le roció la cara con una nube de gas procedente de su armatoste y el dios Zeus cayó como un fardo al suelo, poniéndose a roncar de inmediato. Y Maga, a quién la nube le alcanzó de refilón, bostezó un par de veces y se acopló a echar una cabezadita ahí mismo, en el suelo.

 

-¡Ja, ja, ja!- el militar se mostraba exultante -¡El Dormilón XL es un gas infalible! Con esta arma dominaremos el mundo… Desarmarlos y esposarlos a todos, rápido, separando a hombres, mujeres y niños, y hacinarlos en los tenderetes hasta que lleguen los de la policía militar para su traslado al puesto de mando.     

 

Y los miembros de su escuadrón obedecieron sus órdenes como si de un banco de sardinas se tratara, moviéndose a toda velocidad de forma sincronizada y sin chocarse unos con otros. ¡Qué barbaridad, parecían bailarines del Bolshoi!

 

-Y en cuanto al cabecilla- continuó el coronel -El insolente, el de la túnica y los laureles en la cabeza, ponerle un mono naranja y asignarle una pareja de vigilancia para que le echen un chute de gas en cuanto abra un ojo, que despierto puede ser peligroso y aún no le quiero ver. Salta a la vista que es un fanático, pero yo sé domar a los de su calaña y os aseguro que su cabeza disecada adornará mi despacho. ¡Fulminarme a mí!... ¡Al coronel Pedernales!... ¡No te jode el tío lilas este!

 

-Perdone, mi coronel- se atrevió a decir un oficial -pero no sé si vamos a tener monos de su talla, que ya se ve que se trata de un individuo muy corpulento…

 

-¡Pues trae a unos jíbaros para que lo reduzcan y así quepa en el traje, idiota!- las venas del cuello de don Leoncio se hincharon como tuberías gordas, como las de las piscinas –Hazlo como quieras pero hazlo ahora mismo, y tú te encargarás personalmente de proporcionarle el mono y serás el responsable de su vigilancia las veinticuatro horas del día hasta que el taxidermista, que viene de Murcia, se haga cargo de él. ¡Y cómo te pille en algún renuncio te meto un paquete por colaboración con el enemigo que te vas a cagar, porque te fusilo yo solo!

 

Y una vez tomado impulso, se dirigió a Cornelio:

 

-¡Y tú también de rodillas, que os he visto hablando entre vosotros! ¿Qué haces aquí siendo europeo? ¿De dónde eres? Tienes aspecto de ser un apóstata que se haya unido al ejército islámico.

 

-¿Que tengo aspecto de apóstata? ¿Pero qué está diciendo?... No, no, don Leoncio- protestó el chico –Yo soy Cornelio Lasarte, soy de Madrid y usted me conoce, que soy el novio de su hija Lidia y estuve comiendo en su casa el día de san Valentín, y me han invitado a ir a la playa con ustedes. Y ni mi acompañante ni yo somos terroristas, se lo puedo asegurar.

 

El coronel insufló sus pulmones de aire y adoptó la actitud de una hiena rondando a un moribundo.

 

-¿Cornelio?... ¡Cómo olvidarte con ese nombre! ¡Ya me acuerdo de ti, mariconazo, pues claro que te conozco!... Y dices eres el novio de mi hija, ¿no?... ¿Y me puedes explicar qué estás haciendo aquí en compañía de la bella durmiente y del trastornado de la túnica?

 

-No, señor, no... No es exactamente así, se equivoca. Yo al trastornado le acabo de conocer, y he venido aquí con Maga porque a ella le gustan los mercadillos y tenía un trauma infantil porque nadie la traía…- nuestro héroe se daba cuenta de que se estaba liando él solo y no sabía cómo hilar su explicación.

 

-De manera que estás a seis mil kilómetros de tu casa y me quieres hacer creer que has venido aquí solamente para ir al mercadillo… ¿Es que me tomas por un idiota?

 

No quería marcharse del sueño dejando a Maga allí, pero se pudo dar cuenta de que ella hacía pequeños movimientos y cambiaba ligeramente de postura, así que no estaba tan dormida como Zeus, que roncaba como un jabalí, por lo era cuestión de aguantar un poquito más y de marcharse con ella.

 

-Ahora te quedas callado, ¿eh? Mmmh… Pues mira que yo tengo ganas de hablar un buen rato contigo para que me aclares algunas cosas- el coronel hizo un gesto con la cabeza señalando hacia Maga –Así que de momento te vas con los demás a la trena, que ya te iré a ver más tarde, que tengo mucho interés en oír tus explicaciones.

 

Y dirigiéndose a sus hombres, les ordenó:

 

-A este mantenerlo aislado e incomunicado. Y no se os ocurra llevarle nada para merendar. Así que hacerlo todo rápido y despejar esto, que hay que aplicar lanzallamas a todo. No son personas, son víboras, y hay que exterminarlas. ¡Los tiradores a sus puestos! Que al amor de la lumbre irán saliendo de sus escondrijos y los cazaremos como a conejos.

 

Y el banco de sardinas se puso en marcha con su hipnótica eficacia.

 

-¡No haga eso, coronel!- suplicó Cornelio, aterrado -¡Son personas normales que paseaban por el mercado, no son terroristas, no arrase la aldea!

 

-Tonterías, chaval, los terroristas fingen muy bien y son como las cucarachas: por cada una que ves resulta que hay diez escondidas. La fuerza es el único idioma que entienden.

 

El chico estaba horrorizado sin saber qué hacer cuando un flash le vino a la cabeza... De pronto recordó que, durante la comida en casa de Lidia, doña Concha le enseñó el truco para amansar y darle órdenes a su marido: había que ordenarle lo que fuera y terminar la frase con un nombre, ¿pero cuál era?, porque no era Leoncio, era otro, también así como antiguo… ¡Ah, sí! Ya se acordaba. Ejem. Se aclaró la voz:

 

-¡Ordena a tus hombres que dejen de ejecutar tus anteriores órdenes y que suelten a todos los prisioneros, Venancio!

 

-¿Cómo dices?- el militar rugió con los ojos inyectados en sangre y le apuntó a la cara con el tubo de Dormilón -¿Quieres repetir eso que has dicho?

 

- ¡Que… que… que…- tartamudeó el chico -¡Que les ordenes a tus hombres que dejen de ejecutar tus anteriores órdenes y que suelten a todos los prisioneros, Serapio!

 

Don Leoncio se transformó como por ensalmo en un zombi de mirada vidriosa y le obedeció de inmediato, con lo que el banco de sardinas comenzó a realizar la maniobra inversa con una sincronización perfecta y un arte pasmoso, ¡os digo que fue digno de verse! Tanto es así que se llevaron una unánime y sonora ovación de los aldeanos, que incluso cogieron a hombros a varios de ellos y les paseaban triunfantes por la plaza. Y las mujeres les tiraban flores, que yo lo vi.

 

-Y ahora deje la manguera y la bombona en el suelo, Ser-hip-apio, digo, Ser- hip-apio- un inoportuno ataque de hipo descompuso por completo a nuestro héroe.

 

El coronel le lanzó una mirada venenosa mientras hacía remolinos con los ojos.

 

-Le digo que deje sus–hip-cosas en el sue-hip-lo, Ser–hip-apio- se esforzó en contener el ataque, pero fracasó.

 

-AQUÍ YACE CORNELIO, CAMPEÓN DE LAS CAUSAS PERDIDAS- se imaginaba en su lápida.

 

-¡Aaah! ¿Con que esas tenemos, eh?- don Leoncio volvió a la vida soltando un alarido de furia  -¿Te atreves a retarme, muchacho? Pues ahora verás lo que es bueno… ¡Subalterno del pene, que los jóvenes solo pensáis con la polla! Te voy a hacer trizas.

 

-¿Será hijoputa el tío este?-  la indignación y la rabia desbordaron a Cornelio y por primera vez en su vida sintió ganas de matar.

 

A su alrededor se había montado la fiesta y se organizó un gran corro en que cantaban los paracaidistas y los aldeanos mientras giraban cogidos de la mano. Ni decir que el vino corría a raudales, claro. El coronel intentó coger la manguera para rociar a Cornelio con el gas, pero el chico se le adelantó y le calzó una hostia con toda su alma que lo levantó del suelo y le mandó a hacer un aterrizaje forzoso un metro más allá. Se adelantó dos pasos para rematarle pero se detuvo al oír la voz de Maga:

 

-¡No lo hagas! Ya vale, Cornelio, déjalo ya. Está inconsciente y ya se llevó lo suyo. El odio y el orgullo son malos compañeros de viaje. Anda, hazlo por mí.

 

Y el mundo se paró un instante en el que su cabeza daba vueltas como un remolino y solo veía la imagen del coronel tirado frente a él.

 

-¡Joder, qué daño me he hecho en la mano!- del susto se le había quitado el hipo –Eso que me has dicho está bien. ¿También te lo enseñó el tío Zeus?

 

-No, eso me lo enseñó mi madre. Son palabras de Afrodita.

 

-¡Ahí va, la que faltaba! Pues a ver si me la presentas algún día, que me gustan sus consejos. Pfff… Anda, vámonos, que ya te dije que no era muy buena idea venir a pasear por aquí- le dijo –Cógeme la mano y le diré a mi sueño que nos lleve de nuevo al río, ¿vale? Y allí ya vemos lo que hacemos.

 

-¡Nooo! ¡No podemos abandonar al tío Zeus de esta manera! ¡Tenemos que llevarlo con nosotros!- le suplicó la diosa.

 

-¡Pero no me jodas, Maga! ¿Qué vamos a hacer con este cachalote a cuestas? ¡Si es un sinvergüenza que lo único que quiere es meterte mano, ¿no te das cuenta?! ¡Ya se las apañará él solo, que he visto que tiene muchos recursos!

 

-Que no, Cornelio, que no. Piensa que a pesar de todo es mi tío, y yo le quiero porque tengo buenos recuerdos de él. Venía a verme de pequeña, y me traía regalos, y jugaba conmigo, y era cariñoso, y me hacía reír... ¡Y ese monstruo- señalando al Pedernales -lo quiere disecar, así que no me iré de aquí sin él!

 

Y como el corazón puede más que la razón, Cornelio claudicó y se sentó en el suelo con Maga abrazando al tío Zeus, se concentró y gritó: ¡Sueño, vámonos de aquí! ¡Llévanos a los tres al río!

 

Y los tres se desvanecieron para materializarse de nuevo junto a la orilla del río.

 

-Muchísimas gracias, Cornelio, te quiero mucho porque tienes un corazón muy grande- ella le miró con ternura.

 

Y el chico me asegura que la tierra tembló en ese momento bajo sus pies.

 

-Me ha dicho que me quiere mucho y me ha mirado con ternura, ¿estaré soñando?- pensó él -¡Pues claro que sí, qué tonto soy, si estoy en mi sueño! ¿Pero se puede soñar que se sueña? Porque yo estaba en un sueño cuando las palabras y la mirada de Maga me hicieron meterme en otro… Echó de menos a Julio para saber su opinión. Tenía que dar con la forma de traerle una noche a dar una vuelta por allí, que lo iba a flipar de colores, y seguramente Maga les llevaría al Chapa y Pintura para celebrarlo y sería muy divertido, je, je, je, je…

 

-Chico, ¿qué te pasó? ¿Te ha dado una ausencia?

 

-Perdona- contestó, frotándose la frente -Ha debido ser el jet lag… Pero, ¿qué pasó con el tío Zeus? ¿No venía con nosotros? ¿Dónde se ha metido este fenómeno?

 

-¡No está!- exclamó Maga con espanto -¡No ha llegado con nosotros, se ha quedado allí a merced de ese gorila y del taxidermista que viene de Murcia! Tenemos que rescatarle, rápido, ¿vienes conmigo, darling querido?

 

-Hostias, Maga, ¿volver a ese avispero? ¡Y con el coronel despierto!

 

Ella optó por derretirle con la mirada y hacerle un mohín con el pico.

 

-Vale, iremos, si no queda otra… Pero dame un susto si me entra el hipo, ¿eh?, que cuando le hable tengo que decir Serapio siempre al final.

 

-Vale, pero tú no dejes que te amordacen, ¿eh?

 

Y en esto, mientras Cornelio se concentraba en pedirle a su sueño que les trasladara de nuevo a aquél horrible zoco, un enorme abejorro negro se posó sobre su nuez, esbozó una enigmática sonrisa, y le soltó un picotazo que resonó hasta en Oklahoma.

 

-¡Un arzobispo! ¡Y te ha picado en la nuez!- exclamó Maga, muy alarmada.

 

-¡Aaargh!... ¡Qué dolor!- el chico quería gritar, pero el aire se le atascaba, y se agarraba el cuello con las dos manos -¡No puedo respirar! ¡Me ahogo!

 

-¡Resiste, Cornelio, resiste, que te haré una traqueotomía!- le aseguró ella.

 

-¿Túúú?- acertó a decir el joven, presa del pánico.

 

-Naturalmente, ¿acaso dudas de mí? Los de la Escuela de Tebas me invitaron a un cursillo cuando hice mi primera comunión y aún recuerdo algo de lo que allí explicaron. Espera un momento, que necesito un tubito, y verás- le aclaró ella mientras cogía un canuto de un matojo cercano.

 

-¿Tu primera comunión? ¿Cuándo fue eso?... ¡Aaargh!... ¡Con eso no, por favor, Maga, no me vayas a pinchar con eso, que me matas!- el chico perdía la vida a ojos vista.

 

-¡BRRROOOM!- un rayo cayó junto a ellos, y de entre los flashes y los humos surgió la imponente figura de Zeus.

 

-¿Estáis en apuros, muchachos?- preguntó con calma y suficiencia -Tranquilos, tranquilos. No pasa nada, que ya estoy yo aquí.

 

-¡Oh, tío Zeus, qué bien que viniste!- palmoteó ella -¡Qué oportuno has sido en esta ocasión! ¡Cúrale, anda, que le picó un arzobispo, que sé que tú puedes!

 

-Te enseñaré el valor de la experiencia, pequeña- el dios sonrió con benevolencia y masajeó con su enorme manaza el gaznate de Cornelio mientras repetía –Sana, sanita, culito de rana, que si no sanas hoy sanarás mañana…

 

Y el ahogo del chico desapareció por arte de magia. Lo que es el oficio, oye.

 

-Gracias, Zeus, thank you, merci, wilkomenn- deliraba Cornelio entre jadeos –Me has salvado la vida, tronco.

 

El dios le miró con desagrado y fijó la atención en su sobrina, porque una vez superada la alegría inicial, a Maga se le había torcido un poco el gesto.

 

-¿Qué pasa, pequeña, acaso no participas de la fiesta en mi honor?

 

-Espera un momento, tío, aclárame una cosa… Si no tú viajaste hasta aquí con nosotros, ¿cómo sabías dónde estábamos? ¿Cómo te libraste del coronel y llegaste tan rápido?

 

-Mmmh… No entiendo tu pregunta, querida, ¿qué quieres decir?

 

-Pues verás, tío, que conozco muy bien tus bajezas y tus procederes impíos y tramposos, y creo que tú viniste hasta aquí con nosotros y que te transformaste en el gran arzobispo que picó a Cornelio en la nuez, para presentarte después como su salvador y así evitar cumplir tu propia ley.

 

Cornelio escuchaba asombrado.

 

-¿Sería cabrón el tío este? ¡Él había sido el que le había picado! ¿Y de qué ley hablaba ahora Maga?

 

-¡Oh, tamaña infamia!- el dios se fingió dolido –Ese gas del sueño te ha debido afectar, mi niña, y si no te quisiera tanto me ofenderías gravemente. Me desembaracé de los payasos borrachos con los que me abandonasteis repartiendo tres moquetes y vine aquí a buscaros para asegurarme de que os encontrabais bien… Así que déjame que te aplique unos fomentos y te haga unos arrumacos, pequeña, que verás cómo enseguida te encontrarás mejor.

 

Cornelio lo flipaba con las malas artes de Zeus.

 

-¡Déjate de fomentos y arrumacos, tío, que no eres más que un cuentista y un salido, y te vales de métodos muy bajunos! Tú llegaste con nosotros aquí y te transformaste en arzobispo para picar a Cornelio y salvarle después la vida.

 

-¡Oh, por Cronos, tú desvarías ángel mío! ¡Me haces reír! ¿Por qué iba yo a seguir tan errática conducta?

 

-Pues porque fue Cornelio el que te salvó la vida a ti, al sacarte de allí, y no tú a él, como pretendes hacernos creer. Y sabes que la ley por ti promulgada te obliga a ser noble y cortés con él durante toda su vida, y él es mi acompañante, así que eso te impediría abalanzarte sobre mí de manera desaforada cada vez que me vieras, ¿no es así?- le dijo ella muy airada -Conozco tus artimañas y sé que no eres más que un farsante y un tramposo, tío Zeus, que vives de tu leyenda y en realidad eres un fiasco.

 

El dios bajó la vista avergonzado y advirtió que por las uñas de sus pies parecía un explorador de alcantarillas, con lo que los escondió bajo su túnica.

 

-En este mundo cruel nada es verdad ni mentira- arguyó dignamente en su defensa -Todo es según el color del cristal con que se mira.

 

Maga le lanzó una mirada reprobatoria y continuó:

 

-Tú falta de ética es vergonzosa, tío. Casi matas a Cornelio, aun debiéndole la vida, para luego venir a salvarle de algo que tú le habías provocado y ponerte una medalla… ¡Me avergüenzo de ti!... Anda, Cornelio, hazme el favor, dale un par de hostias de mi parte al tío, que ya te las daré yo a ti luego.

 

-¡Eso sí que no!- gritaron al unísono Cornelio y Zeus.

 

-Ja, ja, ja, ja- rió Maga.

 

El dios marcó bíceps y miró desafiante al joven, soltando un resoplido de advertencia.

 

-Tu ley me protege, no debes hacerlo- le recordó el chico, intentando disimular el temblor de sus piernas.

 

Fiel a su estilo huyó hacia adelante:

 

-Yo soy partidario del diálogo, que la violencia no lleva a nada bueno- les aclaró -Y te aseguro que no hay nada como un buen diálogo. Y si puede ir acompañado por unas cervecitas y unas anchoas con patatas fritas aquello se convierte en una experiencia única, insuperable. Y si os fijáis bien, en las guerras siempre hay víctimas por los dos lados, así que eso no le conviene a nadie…

 

-¡Cállate ya, Cornelio, por favor! Solo era una broma, que te lo crees todo. Ahora tengo que zanjar un asunto muy serio con mi tío- y volviéndose hacia él –Y cuanto a ti, que tu conducta es indigna de un dios, porque hiciste esta pantomima para liberarte de tu deuda con Cornelio, ¡a buenas horas te iba yo a querer si no fuera por lo bien que te portaste conmigo cuando yo era pequeña!

 

-¡Por favor, querida niña! ¡Sin duda estás enajenada! No puedo creer que pienses eso de mí- había que reconocer que el tipo tenía tablas y conservaba la entereza -Deja que te abrace, que te haré unas carantoñas que te calmarán de inmediato y aquí paz y después gloria. ¡Verás qué bien!

 

-¡De ninguna de las maneras!- se opuso Maga, muy indignada –Que sepas que tu obligación de ser noble y cortés con Cornelio durante toda su vida sigue en pie, y que si vuelves a hacer algo parecido se lo haré saber al Consejo de los Dioses para que te echen del Olimpo por violar tus propias leyes. ¡Te juro por el padre Cronos que así lo haré, tío Zeus!

 

-¿Expulsarme a mí del Olimpo? Juá, juá, ¡qué desatino! ¡Si el Olimpo es mi reino!

 

-Pues precisamente por eso todos, incluso los Cíclopes, que son muchos y forzudos, obedecerán ciegamente tus leyes y te expulsarán del Olimpo, y eso será tu castigo y tu deshonra eterna.

 

-¡Rayos y truenos!- Zeus pensaba en las palabras de su sobrina –Parecía que ella hablaba en serio y si se chivaba de sus argucias él sería expulsado del Olimpo, ¡expulsado del Olimpo!... ¿Y a dónde iba a ir?... Sí él en el fondo era un paleto, que no había viajado nunca, que sólo había ido una vez a Canarias, a ver el Teide… En su exilio tendría que buscar refugio en el helado norte y tendría que convertirse en un yeti o en un buey almizclero… No, no, mejor que no. No soportaría pasar por ese bochorno.

 

Así que no tuvo más remedio que tragar con las condiciones que le imponía la joven:

 

-Y siempre serás amable con Cornelio y me respetarás a mí para no incomodarle dándole motivo de celos, porque él es una persona muy especial para mí y le debo lealtad… ¡Júrame por el padre Cronos que lo cumplirás, tío! Y que yo vea tus veinte dedos mientras lo haces, no sea que vayas a cruzar unos cuantos.

 

Zeus tragó saliva. ¡Estaba perdido! No tenía más remedio que mostrar sus pies a Maga. ¡Qué mal rato iba a pasar!

 

-¡Por dios, tío, qué uñas tan inmundas tienes!...  Y encima vas exhibiéndolas con calzado abierto. ¿Se puede saber cuántos años tienen ya tus pestilentes sandalias? ¿Es que no hay nadie en el Olimpo que se ocupe un poco de tu higiene? Vamos, Zeus, realiza tu juramento y vete a lavarte los pies, y luego al podólogo para cortarte las uñas antes de que te vea nadie más. ¡Qué van a pensar los Cíclopes de ti!

 

Y la persuasión innata del eterno femenino logró que el dios aceptara sus condiciones, pronunciara el juramento y se marchara de vuelta a casa muy pensativo.

 

-¿Dónde cojones tendría su consulta el podólogo del Olimpo?- se preguntaba, mesándose el cabello mientras se alejaba de allí.

 

-Maga- Cornelio habló el primero cuando se quedaron a solas -¿Es verdad que soy una persona muy especial para ti y que me quieres ser leal?... ¿Es cierto lo que le dijiste a tu tío?

 

-¡Bueno! Son cosas que se dicen para salir del paso- contestó ella riéndose -¿Es que eres tonto o qué?... ¿No te das cuenta de que estoy loquita por ti?

 

-¿Siii?... ¿Y me puedes decir una cosa?

 

-¡Claro! Pregúntame lo que quieras.

 

-¿Cuál es tu verdadero aspecto, el que te ves cuando te miras a un espejo?

 

-¡Jaj, ja, ja, ja! Te tiene intrigado, ¿eh? Pues llegó el momento de decírtelo: mi verdadero aspecto es este, tal como tú me ves.

 

-¿Y eso? Pero si los demás te ven cada uno de una manera…

 

-Ya, pero en tu caso, cuando nos encontramos, yo estaba muy mojadita y ahí me falló la magia. Soy exactamente tal como tú me ves.

 

Y él no pudo vencer al impulso que le empujó a besarla, pero una vez más se impuso la ley de Morfeo y ella se desvaneció en cuanto sus labios contactaron con ella.

 

-Tííí… Tííí… Tííí… Tííí- ¡el puto despertador de nuevo! ¡Cada mañana sonaba más pronto! -¡A repartir pollo otra vez, joder que vida esta!

 

Se arrastró hasta la ducha y se preparó un Nescafé.

 

-¿Será verdad lo del sueldo este que anuncian aquí de por vida? No conozco a nadie que le haya tocado, ya me podía tocar a mí.

 

Acababa de entregar un pedido cuando sonó su móvil.

 

-¿Lidia?... ¿Qué pasa?... Estoy trabajando…

 

-Perdona, cari, pero no sabes lo que ha pasado. Esta mañana se han encontrado a mi padre tirado en el portal inconsciente con la mandíbula rota. Se ha debido de caer por la escalera, pero no se acuerda de nada y le van a operar ahora mismo.

 

-Eeerh… Vaya, qué mala suerte, cuánto lo siento- disimuló su sobresalto -Espero que vaya todo bien. ¿Hay algo que yo pueda hacer?

 

-No, nada, solo pasar a verle luego si quieres, que le gustará mucho verte, porque dicen que repetía tu nombre cuando estaba inconsciente…

 

-¿Quééé?... ¿Decía mi nombre?... ¿Y qué más decía?- preguntó acojonado.

 

-No lo sé muy bien, pero me dicen que no paraba de decir desvaríos sobre historias de guerras, y decía que tú eras un peligroso líder terrorista y te llamaba Cornelio el apóstata, y no sé qué disparates más.

 

-¿Ah, sííí?... ¡Qué cosa tan rara!

 

-Ya te dije que él es muy enrollado y que te cogería cariño enseguida. Mira cómo se acuerda de ti incluso en los malos momentos.

 

-Eso debe de ser- se agarró a un clavo ardiendo -¡Qué entrañable! Pues iré a verle en cuanto pueda, claro que iré.

 

-El doctor Tuétanos dice que el golpe ha sido tremendo, que parecía que le había dado una coz una mula, y que era normal que ahora no se acordara de nada y confundiera la realidad con sus sueños.

 

-Eso tiene que ser. El médico es el que más sabe, ¿no?

 

-Y que ya irá recuperando la memoria en los próximos días, que no nos preocupemos, que no le agobiemos y que le demos mucha sopa.

 

-¿Mucha sopa?

 

-Pues claro, ¿no ves que no puede masticar? Algo tendrá que comer.

 

-¡Vaya por dios!

 

-Así que yo salgo ahora para allá y tú podrías pasarte un rato cuando acabes el trabajo, que le hará ilusión verte.

 

-Muy bien, muy bien. Así lo haré.

 

-¡No era posible!- pensó muy aturdido cuando colgó -Él no tenía tanta fuerza como para romperle la mandíbula a don Leoncio de un puñetazo, así que él no podía haber sido. Aquello era imposible, pero ¿cómo había sucedido?

 

-♫ ¡Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así! ♪- canturreaba Serrat a través de los altavoces de la furgo mientras terminaba de hacer el reparto.

 

HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ

 

Los días fueron pasando y Cornelio ya solo vivía para soñar con su amada y poder estar con ella el mayor tiempo posible. Perdió el hábito de comer regularmente y descuidó mucho su aseo. Sólo salía de casa para ir a trabajar al Roñas y volvía en cuanto acababa su turno. Se chutaba sus pastillas para dormir y se metía en la cama con el móvil apagado para que nadie interrumpiera su sueño, de manera que se redujeron al máximo los contactos con sus padres y sus encuentros con Julio y Lidia. Su falta de puntualidad se hizo evidente en el trabajo, y Olivares le había abierto dos expedientes en diez días. Pero todo aquello se la chuflaba y su única preocupación era que su reserva de pastillas se estaba agotando y no sabía cómo conseguir más, porque sin duda le pedirían receta, que ya se había informado.

 

Una mañana le despertó la voz de su madre:

 

-Cornelio, hijo mío, ¿te encuentras bien? ¿Qué haces metido en la cama a estas horas? ¡Son más de las doce de la mañana!... Tendrías que estar trabajando, ¿no?

 

-¡Mamá, eres tú!... ¿Qué haces aquí?... ¡Debes cuidar tus rendijas!... ¡Ten mucho cuidado con Fobos, es muy mala persona!

 

-¿Pero qué desvaríos dices, hijo, qué es lo que te pasa?- intervino su padre -¿Es que has estado bebiendo hasta ahora? ¿Lo ves, Hortensia? ¡A este chico no se le puede dejar solo!

 

-¡Pero cómo lo tienes todo!- continuó su madre -¿Cuánto hace que no limpias la casa?... Tienes todos los ceniceros llenos, y hay latas de cerveza y platos sucios por todas partes…

 

-Yoo… ¡Lo siento mucho! Iba a recogerlo todo ahora, porque aprovechando que es sábado iba a hacer limpieza general.

 

-¿Pero qué dices, Cornelio, si hoy es jueves?

 

Victoriano y Hortensia, muy alarmados, decidieron llevarle a las urgencias de psiquiatría, de donde salió ocho horas después con un diagnóstico de “brote de esquizofrenia paranoide aguda” y con un tratamiento provisional de siete pastillas diarias de cuatro tipos diferentes que debería tomar al menos hasta que le viera su especialista de zona.

 

-Es posible que le prescriban alguna medicación más, o incluso que le recomienden unos días de ingreso para poder valorarle mejor, porque su hijo no está nada bien. En lenguaje llano ha perdido la chaveta- les dijo el médico al despedirse -¡Y no olviden acudir al neurólogo para descartar un trastorno de médula!

 

Sus padres se quedaron muy preocupados por sus palabras porque aquello no sonaba nada bien.

 

Así que Lidia y Julio se acercaron a su casa para verle al día siguiente.

 

-¿Cómo está? ¿Qué le ha pasado?- le preguntaron a su madre cuando les abrió la puerta.

 

-Ay, hijos, los médicos aún no lo saben. Han dicho que puede ser cosa de glándulas o algo así…

 

-Médula, Hortensia, médula. No glándulas- le corrigió su marido.

 

-Pues eso, cosa de médulas, lo que yo decía, a ver qué diferencia hay… Pasar a verle si queréis, que se alegrará mucho de que hayáis venido.

 

Le encontraron sentado en una butaca, babeante y con la mirada perdida por el exceso de medicación.

 

-¿Qué dicen de mí en el Roñas, Julio?- preguntó arrastrando la voz.

 

-De momento no dicen nada- le explicó su amigo –Tu madre cogió el teléfono cuando llamó Olivares a preguntar por ti, y le dijo que estabas indispuesto y que no te podías poner, pero él reclamó tu justificante médico, y no sé yo si el papel con el membrete de las urgencias psiquiátricas que enviaron tus padres les va a sentar muy bien… ¡En fin!... ¿Qué es lo que te pasa, tío?

 

-Estoy enamorado, Julio, muy enamorado, eso es todo... Pero no te preocupes por mí, que estoy bien- contestó balbuceante mientras se limpiaba las baburrias con un kleenex.

 

-¡Oooh, cari!... ¡No me digas que todo esto te está pasando por mí!- exclamó Lidia en su santa inocencia -¡Pero si yo te quiero mucho y ya estoy pensando en nuestra fecha de boda! Quería darte la sorpresa y proponerte que nos casáramos el diecinueve de mayo del año que viene en la iglesia de Mataborricos, el pueblo de mi padre, pero no sabía que sintieras tanto anhelo por mí… ¡Si quieres lo podemos adelantar!

 

-Si lo que has de hablar no va a agradar es mejor callar- las palabras de la señorita Remedios, su profesora de básica, surgieron de su memoria y Cornelio hundió la mirada en el suelo manteniendo silencio.

 

-Me han contado un chiste buenísimo- Julio intentó quitarle hierro al asunto –Resulta que el Titanic se está hundiendo y el capitán ordena a los oficiales lanzar los últimos botes para subir todos en orden... Pero mi capitán, si todavía quedan mujeres en el barco, le dice el contramaestre, y el capitán contesta: ¡sí, hombre!, para follar estoy yo ahora, ja, ja, ja, ja, ja, ¿no te hace gracia?

 

Cornelio le miraba impávido y Lidia chasqueó la lengua en señal de desagrado.

-Amos no jodas, Corni, que algo más tiene que haber, no me vaciles, dímelo- objetó su amigo, incrédulo –Que algo raro te tienes que estar metiendo para haberte puesto así. Dime toda la verdad ahora mismo.

 

-¡Es una mujer increíble, Julio, y yo la quiero y me ha dicho que ella a mí también! ¿Es que no te das cuenta? ¡Es mi diosa!

 

-¡Oooh, cari!- Lidia estaba visiblemente emocionada –Nunca creí que me quisieras tanto… ¿Podrás perdonarme algún día?...

 

Su amigo le miró preocupado sabiendo de qué iba la historia, pero no quiso hablar delante de Lidia.

 

-Hala, chicos, que ya está bien por hoy- interrumpió doña Hortensia –Que el médico ha dicho que necesita mucho descanso para que se recuperen sus glándulas. Mañana podéis venir otro rato a verle si queréis.

 

Aquella noche Cornelio besó efusivamente a sus padres antes de meterse en la cama y hacerse el dormido.

 

-Ningún hombre vivo podrá tenerme- las palabras de Maga no paraban de dar vueltas en su cabeza -¿Habría manera de burlar el maleficio? ¿No habría alguna rendija por la que colarse?

A eso de la una y media se levantó muy sigiloso para ventilarse las pastillas de todas las cajas que le habían recetado ayudado por una lata de cerveza.

 

-Adiós, Trudy, mi fiel amiga- dijo al volver a la cama –Que sepas que te echaré mucho de menos.

 

Y notó que su almohada se estremecía quejumbrosa.

 

-No me lo pongas difícil, anda, sé fuerte, que sabes que te quiero mucho- y le dio un tierno beso de despedida.

 

Se quedó dormido en cuestión de minutos y Trudy aprovechó para enrollarse en su brazo.

 

A la mañana siguiente sus padres lo encontraron en la cama con una llavecita de plata firmemente asida en su rígida y pálida mano. Su cara mostraba una expresión muy apacible, podría decirse que de felicidad. El chico ya no respiraba y los del SAMUR no pudieron hacer nada por recuperarle a pesar de sus esfuerzos y su premura en llegar.

 

Sus padres se quedaron en estado de shock, sin poder digerir la noticia, y Hortensia se puso a buscar su almohada por toda la casa, pero no aparecía por ninguna parte, qué cosa tan rara.

 

-Demonio de chico, ¿qué habrá hecho con ella? ¡Qué cosas tan malas tienen las glándulas, ay señor!

 

♪ Y morirme contigo si te matas,

y matarme contigo si te mueres,

porque el amor, cuando no muere mata,

y los amores que matan nunca mueren… ♫

 

Se oía cantar al viejo Sabina por la ventana del patio, mientras que lejos de allí, junto al Olimpo, una pareja de jóvenes se comían a besos.

 

 

 

FIN


 

 

 





 


 

 

 

 

 

 

 

-Y siendo tú un hombre de gustos mujeriles tirando a explosivos (véase Raquel Welch) me verás rubia, de ojos verdes, piel morenita, y esbeltita con formas sólidas y atléticas, ¿o no es así?- levantó los brazos y giró ante él como una bailarina para que pudiera apreciar la certeza de sus palabras.

 

-Claro que sí. De eso no hay duda alguna. ¿O me vas a decir que eres pelirroja?…

 

Maga asentía sonriendo.

 

-O brasileña…

 

Seguía asintiendo y ampliaba su sonrisa.

 

-Asiática, india, negra, piel roja, esquimal, ¿no eres doradita como yo te veo?... Eso es imposible.

 

-¿Imposible?- su carcajada le acabó contagiando a él -¡Qué palabra tan graciosa! Amplía tu mente, muñeco, que soy la mujer de tus sueños pero la de los demás también, y para ti soy rubia con ojos verdes, y para él pelirroja con ojos azules, y para el de allá castaña pilonga, o con una cresta azul eléctrico… Que cada uno me veis de acuerdo con vuestro ideal de mujer, que cada uno tenéis el vuestro. Y al final, de una manera o de otra, siempre acabáis perdiendo las formas, que os conozco bien.

 

Cornelio la escuchaba boqueando como un bacalao.

 

-Cierra la boca, niño, que se te va a colar un arzobispo.

 

-¡Joder, Maga, qué lío!- rompió su silencio –Es que tú lo pones muy difícil al ser nuestro ideal, y los tíos somos así, estamos programados así, qué quieres que te diga, yo qué sé... Y oye, una cosa, ¿Cuándo te miras al espejo o en el reflejo del agua, tú cómo te ves?

 

Ella le sonrió, se le encendieron las mejillas y le miró con trasfondo de brasas:

 

-Ah, no. Eso sí que no. Eso no te lo voy a decir ahora de ninguna de las maneras. A ti no. Será mi único secreto. Yo tendré la forma que tú quieras. Pero no olvides que soy solo un sueño, ¿eh, querubín? Que no quiero verte llorar.

 

-Vale, Maga, trago con esto porque me tienes muy pillado y no me queda otra, seamos sinceros, que contigo al fin del mundo, pero me tendrás que dar algo de tiempo para que cerebrice toda esta locura, ¿no?... Y oye, otra cosa, para el que fuera tu pareja, qué vida tan inquietante iba a tener que llevar, ¿no?

 

-Y te confieso que por una parte me resulta muy halagador- ella le escuchó como quién oye llover -Pero por otra me tiene bastante harta… ¿Te imaginas lo que supone llevar miles de años sin poder tener una relación de amistad ni cariño con nadie y ahuyentando moscones todo el tiempo?

 

-Uuuf… Pobrecita, eso es un castigo demasiado cruel, ¿no? ¿Y tu padre Morfeo no va a cambiar nunca esa norma? ¿No le has hecho ver que con eso te castiga a ti más que a Zeus?- dijo Cornelio queriendo mostrar su apoyo.

 

-Lo he intentado muchas veces, pero no ha habido manera, ya que él sigue pensando que yo soy demasiado joven para tener relaciones profundas y duraderas.

 

-¿Demasiado joven?- preguntó sorprendido -¡Pero si me has dicho que tienes más de tres mil años!

 

-Eso para él no es nada- se encogió de hombros -Él me dice que, en geología, un siglo no es nada y un millón de años ya es algo. Y que aún soy muy niña para esas cosas.

 

-¡Vaya carretera!- les interrumpió el aullido de un joven technopunky desfasado (cresta de cuatro pelos, chupa negra imitación cuero con tachuelas y más leds que un árbol de navidad) que apareció por el recodo del camino y se desgañitó con entusiasmo en cuanto vio a Maga.

 

-¿Lo dices por las curvas?- replicó ella con brío.

 

-Qué va, niña, qué va… ¡Lo digo por er porvo!- exclamó con acento andaluz.

 

-Pues se ha pasado tres pueblos- pensó nuestro héroe –A ver qué es lo que hacemos con el pavo este ahora.

 

Y ya había dado dos zancadas hacia él cuando Maga miró con disgusto al visitante y chasqueó los dedos apuntando con el índice a su bajo vientre.

 

-¡Aaay, ay, ay!- el aparecido saltaba y gritaba de dolor agarrándose sus partes - ¡Que me ha picao una bicha, que lo he visto yo! ¡Que estaba subida a esa rama y no me di cuenta! Y me ha picao en tóa la herramienta, pero en tó er mondongo, que ya te digo yo… ¡Mírala, que por ahí se va! ¡Ay, la virgen, cómo me duele!

 

-¡Caramba, qué mala suerte has tenido!- le dijo Maga con regocijo –Lo que te ha picado ha sido una mamba atrozis, y la zona de la mordedura se gangrenará y se te caerá al suelo en menos de media hora, y morirás entre horribles convulsiones antes de una hora a menos de que alguien te haga un corte en la herida y succione la sangre con el veneno,… ¡Es una lástima!

 

El chaval la miraba aterrorizado y tenía la cara más blanca que la de un payaso listo.

 

-No te hagas ilusiones conmigo porque yo me mareo al ver la sangre, así que no podré hacerlo. Tendrá que ser mi amigo quien lo haga- añadió, indicando a Cornelio, quién la miró estupefacto.

 

-¿Pero qué dices, Maga, que le tengo que succionar yo el veneno de los huevos a este cantamañanas?- respingó indignado -¡Que te digo yo que no, que de ninguna de las maneras! Lo siento, colega, pero date por muerto. Lo único que puedo hacer es darte con una piedra en la cabeza para acortar tu agonía.

 

-¡No, no, musha grasia!- el de las luces dio un paso atrás -¿Y dise tú que se me va a caer tó ar suelo?

 

-Eso no lo dudes si te quedas ahí parado sin hacer nada- continuó ella, disfrutando la situación –Pero es posible que tengas una oportunidad, porque a tres kilómetros monte arriba hay un bar de chicas que se llama Chapa y Pintura. Tiene luces verdes, rojas y amarillas, como tu chupa, ya las verás. Sube corriendo y pregunta por Malalena, que es la más gordita de todas y la que maneja el cuchillo mejor que nadie, y dile que vas de mi parte, que te hará un trabajo muy fino.

 

-¿Malalena? ¿Sííí? ¿Le puedo decir que voy de tu parte, de la morenaza de ojos de gata?

 

-¡Sí, sí, dile eso que ella ya sabe quién soy!- Maga se descojonaba.

 

-¡Eso, que le succione la Malalena si es que le renta!

 

El techno salió disparado monte arriba mientras Maga seguía riéndose y Cornelio continuaba atónito.

 

-¿Ves cómo os pasa lo mismo a todos? ¡Cada uno me veis de una manera! También era su mujer ideal… Bueno, Malalena es muy amiga mía y le dará su merecido a este don Juan de pacotilla, je, je, je, je.

 

-¡Pobre chaval!- se apiadó el chico -¿No te has pasado un poco con él? ¿Cómo hiciste para que le picara la serpiente?... No te rías que sé que fuiste tú.

 

-¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cómo no me voy a reír! Ha sido mi amiga Mambrina, que se pone a tomar el sol en esa rama todas las mañanas! Pero su picadura solo duele y se inflamará un poco. Se le pasará en tres días. ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Has visto qué saltos daba subiendo por el monte? ¡Si parecía un corzo!... Ya pasaremos por el bar en algún rato para que Malalena nos cuente el final, que no me lo pierdo.

 

Cornelio se sintió aliviado y se empezó a reír también pensando que le estaba bien empleado por entrar de aquella mala manera mostrando tan poco respeto hacia su chica y hacia él.

 

Echaron a andar por el sendero en dirección rio arriba.

 

-Aprovechemos que ahora no hay moscones- continuó ella –para charlar un rato, que tengo ganas de fisgar en tu interior y comprobar si bajo tu anodina duramadre existe algo interesante y divertido que pudiera dar lugar a que lo pasáramos bien sin follar, claro está, que parece que no sirves para otra cosa.

 

-Hombre, tampoco es eso- protestó él, ofendido –Que yo sé hacer muchas cosas.

 

-¿Por ejemplo?

 

-Eeerh… Pues sé arreglar motos, y pescar ranas, y un poco de informática, y algo de música, y hago fotos chulas, y conduzco deprisa, y una vez arreglé un móvil poniéndole arroz…

 

Ella le escrutaba a ceja levantisca y dando golpecitos con el pie en el suelo esperando algo más. Estaba claro que aquello le sabía a poco.

 

-Bueno… En cualquier caso creo que entiendo cómo te sientes en lo que se refiere a lo de que todos los tíos nos quedemos locos contigo- él quiso poner su granito de arroz aportando su experiencia –Yo una noche me tuve que esconder de una marsopa con mallas de leopardo que quería devorarme en una discoteca de un pueblo, y que amenazaba con subirse al coche conmigo si intentaba marcharme sin ella. Me cortó todo el rollo y me tuve que escapar por la ventana del cuarto de baño sin despedirme de nadie, así que…

 

-¡Farsante! No creo una sola palabra de lo que me dices- dijo ella en buen tono –Pero al menos tú tenías una escapatoria, una rendija, que fue la ventana del cuarto de baño, pero yo no tengo ninguna y no podré cambiar hasta que mi padre no levante su ley.

 

-Pfff… Lo entiendo, ¡qué putadón!, pero bueno, mientras se decide a hacerlo a mí me gustaría poder venir a verte todas las noches para pasar un rato contigo, pero no sé si a ti te gustaría que lo hiciera…

 

Ella le miró profundamente a los ojos y le sonrió con dulzura.

 

-Me encanta saber cosas de ti- aquella sonrisa le dio subidón –Saber quién eres y qué es lo que haces y cómo lo haces, y me lo paso muy bien contigo, y ya he visto que a los moscones educados les das un corte y los mandas a casa, que a los algo menos educados nos tiras a los pedruscos plagados de ortigas, y que a los que se pasan de rosca los mandas al Chapa y Pintura para que Malalena les haga una puesta a punto. ¡Contigo nunca dejan de pasar cosas extraordinarias y todo es una aventura!

 

-Qué bonito, lo tomaré como un halago, gracias Cornelio.

 

El chico se sorprendió al oírse llamado por su nombre y cogió carrerilla:

 

-Pues muy bien, Maga, y ya que nos estamos haciendo amigos, al menos te podré dar un par de besos para saludarte, ¿no?...  En los mofletes, quiero decir, nada sexual. En mi mundo es normal. Al saludarse y al despedirse.

 

Ella aceptó el trato y le ofreció su mejilla, y él juntó la suya con delicadeza, pudiendo apreciar cómo se diluían su textura y su aroma (¡qué aroma!) si aumentaba la presión.

 

-¡Me cago en la leche!- se dijo -¡Que maldición tan perversa! No deja rendijas por donde colarse.

 

Pero en aquel mundo de los sueños nada era imposible, decía Maga, así que habría alguna manera de conseguirlo. Solo había que dar con ella. La diosa le deslumbraba y él se derretía mirándola, ajeno al mundo exterior, y ella volvía a las andadas:

 

-¿Sabes una cosa, Cortijo?- le dijo ella, divertida -Pues que a pesar de toda tu simpleza y falta de sustancia hay algo en tu persona que me gusta mucho y que te hace caerme muy bien. Es cierto, si no fuera así no te habría dado la llave.

 

El chico la miró expectante a ver qué cualidad destacaba, pero se quedó con la miel en los labios.

 

-El caso es que por más vueltas que le doy no consigo acordarme de lo que es, que soy muy olvidadiza, vaya…

 

-Ah, pues muchísimas gracias, querida amiga… Me engorda la autoestima saber que no eres capaz de decir ni una sola cosa que te pueda gustar de mí… ¡Ay!... ¡Aaay!- se quejó amargamente llevándose el pulgar a la boca.

 

-¿Qué te pasa ahora? ¡Cuánto te gusta llamar la atención!

 

-Nada, nada, que me he pinchado el dedo queriendo cogerte una flor, pero el tallo tenía espinas y mira qué pinchazo me he llevado, que no veas si duele.

 

-¡Oh, lo siento! Se me olvidó prevenirte: esas flores tan bonitas, llamadas florindas officinalis, tienen espinas que rezuman venenillo de san Martín, que solo duele un poquitín… Ja, ja, ja, ja, ja- ella se reía con mucho estilo, que es como hacen las diosas, en vez de descojonarse despatarradas, cosa que no cuadraría con su estilo.

 

-Pues yo no le veo la gracia, porque el venenillo del san Florindo ese de los cojones duele bastante y tengo la rareza de que me molesta el dolor. La quería coger para ti pero estoy por ofrecérsela a Mambrina.

 

-¡Ay, pobrecito mío, que lo quiso hacer por mí!... ¿Te molesta el dolor?... Pues haz que se vaya, imbédul, ¿no ves que estás en tu sueño?... ¡Cuánto te queda por aprender!

 

-Sí, ya, como si fuera tan fácil, tú me dirás cómo lo hago.

 

-Te he dicho mil veces que tú eres el director de tu sueño, ¡es tu película! ¿No te das cuenta? Y puedes inventarte o quitar y poner todo lo que quieras, y además cuentas con un presupuesto ilimitado para escenarios, actrices, actores y efectos especiales… Los sueños son un chollo y no debes temerlos nunca. Lo único que tienes que hacer es desear borrar el dolor del guion y el dolor se irá. Así de fácil.

 

Aunque no las tenía todas consigo, en un acto de fe Cornelio siguió sus instrucciones deseando que el dolor se aliviara y comprobó que era cierto. Miró a Maga y sus ojos se iluminaron ante el sinfín de posibilidades que se les abrían…

 

-Hostias, Maga, ¿entonces podemos hacer lo que queramos? ¿Podemos volar?

 

-Ja, ja, ja, ja… ¡Pues claro que sí! ¿Qué estilo prefieres, el del astronauta, en plan globo sonda, o el del vencejo, que vuela deprisa para no hacerse viejo?

 

-Mmmh… Pues yo creo que el del vencejo suena más emocionante, ¿no?

 

-Pues muy bien, teniente von Cornelius, ¡a volar, a ver si me pillas!  

 

Y despegó como una centella como si fuera el hada Maléfica y nuestro héroe quiso ir detrás, aleteando torpemente como hacen los grandes albatros al despegar, pero en poco tiempo le cogió el truco y los dos se lo pasaron de miedo jugando a perseguir pájaros por los cielos durante un rato hasta que el chico se estampó contra un imprudente sequoia que se cruzó en su camino.

 

Cornelio cayó al suelo aturdido y ella aterrizó grácilmente a su lado, pues después de tres mil años de prácticas lo tenía completamente dominado.

 

-¡No ha estado mal para empezar!- concedió Maga, muerta de risa.

 

-¡Qué flipe, qué hostión me he dado y no me he hecho daño!- dijo él, asombrado.

 

-Claro, borraste el dolor del guion, ¿no recuerdas? Oye, ¿y si jugamos a que cambiaras de aspecto para ver si me engatusas? Todos los chicos se arreglan para ir a ver a su chica, ¿no? ¿Tú no lo haces?

 

-¿Engatusarte?... ¿Arreglarme?... ¿Y eso ahora a qué viene? ¿Es que no resulto así de tu agrado?

 

-No es eso, coliflor, que tienes un pase. Es por jugar. Es que tengo curiosidad por ver como serías si fueras el hombre más fuerte del mundo… ¡Hazlo por mí, anda!

 

-No entiendo nada, pero bueno, si eso te hace feliz lo intentaré.

 

Se concentró un poco y en menos de un minuto el increíble Hulk hubiera parecido un alfeñique a su lado.

 

-¡Muy bien, Cornhulk, lo has hecho muy bien!- ella daba saltitos mirándole risueña y palmoteando de alegría -Sin duda que así tendrías tu público y tendrías un montón de seguidores, pero no eres mi tipo… ¿Y a ver cómo serías si fueras el hombre más huraño y gruñón del mundo? Hazlo un ratito, anda, a ver si así me gustas más. Que lo has hecho muy bien.

 

-¿El hombre más huraño y gruñón del mundo?... Mmmh… Pues me temo que no te voy a gustar mucho, pero lo haré si así lo quieres… Y cerró los ojos y se congestionó imaginando cómo sería el hombre más gruñón del mundo y deseando ser como él.

 

Y en menos de un minuto se convirtió en un viejo Gárgamel que no paraba de soltar graznidos e improperios moviéndose de un lado para el otro como si fuera el gran Chiquito de la Calzada presa de un ataque de nervios.

 

-¡Así, sí, sí!- exclamaba ella, interrumpida por la risa -¡Esa calva te favorece mucho y esa nariz aguileña rebosante de pelos es enternecedora! ¡Creo que hoy sí que me estás conquistando, darling querido!

 

-Esto es un flipe, Maga- dijo él mientras volvía a su aspecto habitual -Es como ponerse unas gafas de realidad virtual que funcionan a todo trapo, es alucinante. Pero no entiendo… Entonces ¿por qué existen las pesadillas? Yo soñé una vez que me perseguía un sapo gigantesco que me disparaba lengüetazos para devorarme, y me desperté acojonado dando un brinco en mi cama con el corazón como una moto.

 

-Eso es verdad- admitió ella -A veces hay incidencias por fallos del Sistema Olímpico, que casi todas ocurren cuando mi hermanastro Fobos, el dios del miedo y el pánico, logra burlar los controles de seguridad que establece nuestro padre y se cuela por las rendijas de vuestras mentes para agitaros las angustias y temores ancestrales.

 

-Vaya, ¡qué hijoputa tan salao! Uuuf… Qué familia tan variopinta tienes, ¿no?

 

Ella no tuvo más remedio que admitirlo haciendo un gesto de ¡qué quieres que yo le haga!

 

-Está mal que yo lo diga porque soy su hermanastra- quiso explicarse -pero Fobos es mala gente. Disfruta con el sufrimiento ajeno, que esa es la esencia de la maldad. ¡Y cómo se lo pasa el muy cabrón haciendo daño!

 

-¡En fin! Bueno es saberlo, quedo advertido y no me acercaré a él... Así que en nuestro mundo, que ya lo voy sintiendo como mío, puedo hacer casi todo lo que me dé la gana menos hacérmelo contigo, ¿no?... Ningún hombre vivo podrá tenerte, me dijiste.

 

Maga se excusó por segunda vez, cosa a tener muy en cuenta en una diosa, que como es sabido suelen ser muy creiditas:

 

-No es así por mi gusto, ya te conté la maldición que me impuso mi padre- se encogió de hombros -Pero debes saber que aquí hay también otras chicas, muchas de ellas muy guapas, que estarían muy contentas de poder tener relaciones con un famoso centurión tan apuesto como tú. También puedes verte con ellas si así lo prefieres...

 

-¡No jodas, Maga! Sabes que estoy loco por ti, vengo solo para verte a ti… ¿Qué pinto yo aquí sin ti? Pero creo que voy a necesitar un manual de instrucciones para moverme por este mundo tan loco.

 

-Será un mundo loco, como tú dices, pero es más auténtico que el vuestro, en el que imperan la falsedad, la hipocresía y la codicia.

 

Cornelio se tuvo que tragar el chorreo, y solamente se le ocurrió decir:

 

-Pues desgraciadamente es cierto. 

 

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…- la tonadilla del móvil insistía machaconamente, aumentando su volumen con cada nueva embestida -TI TI RI TI TÍ… TI TI RI TI TÍ… TI TI RI TI TÍ…

 

-¡No pierdas la llave! ¡Cuídala mucho y no la pierdas!- la oyó decir mientras su imagen se fundía a negro tirándole un beso.

 

-¡Hostias!... ¿Quién coño será ahora?- se preguntó, presa de una turbulencia cerebral.

 

DESBORDADO

 

-Hola, cari, ¿qué tal estás, te he despertado?... ¿Pues quién voy a ser?... ¡Lidia!... ¿Te encuentras bien?

 

-Sí, hola, Lidia, claro que sí... Perdona… Estoy bien, muy bien, estoy mejor que nunca… Y ya he recuperado mi aspecto y ya no me parezco a Gárgamel… No, no... No salí anoche y no bebí nada. ¿Por qué lo dices?…

 

-Bueno, bueno, tú sabrás de lo que hablas, pero te llamo porque tengo una noticia estupenda que darte, que es que mis padres nos invitan a ir con ellos a la playa durante el puente, y así tú solo tendrás que pagarte el hostal, ¿ves que enrollados son?... ¡Te dije que te iban a encantar!

 

-¿Cóóómo?... ¿Entonces en qué consiste la invitación?

 

-Pues que te vienes en el coche con nosotros hasta Benicasim, donde puedes coger una habitación en un hostal que está cerca de nuestro apartamento, para que puedas ir y venir dando un paseo y podamos pasar el día juntos. Tú y yo solos paseando por la playa, ¿te imaginas? Y me dicen que puedes venir a comer todos los días y a ver el fútbol con mi padre, pero eso sí, no se te ocurra decirle que eres del Atleti porque él es muy hincha del Madrid, y cuando se trata de fútbol pierde los papeles con facilidad y se pone muy agresivo, ¿no te parece estupendo?

 

-Eeerh... Estupendo es poco, Lidia, ¡me parece extraordinario, es un plan magnífico!… ¡Tus padres se enrollan a tope, qué demasiao!... ¡Es que no quepo en mí de gozo! ¿Me perdonas un momento, que tengo que ir urgentemente al baño?... Te llamo enseguida.

 

-¡Menudo marrón, qué planazo!- se apresuró en ir a buscar la llave, ¡ahí estaba!, antes de ir al baño -¿Ir a la playa en marzo con estos jenízaros? ¿Querrán que vayamos a pescar pingüinos? Y seguro que el bestiajo este querrá que vea los partidos con camiseta y bufanda del Madrid, y mi alma colchonera no podrá soportarlo, ¡esa traición jamás! Siempre sería fiel a su Atleti y a Simeone. ¿Pero cómo me escapo de esta?... Y el puto hostalito me va a salir por una pasta, encima.

 

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…- ahora era Julio el que tocaba la gaita.

 

-¿Qué pasa, colega? ¿En dónde te metes que no hay quién te vea? ¿Te has vuelto a enrollar con Sara o qué?... ¿Te hace una birra en el Estrella, y me pones al día y pasamos revista al gallinero?

 

-¿Una birra ahora?... ¿Pero qué hora es, Julio?... Me acabo de levantar…

 

-Joder, tío, pues qué marmota eres. Son las doce y cuarto. ¿Nos vemos en una hora? He encontrado un anuncio de un chollo de Ibiza que ha tenido un solo dueño que casi no lo usaba y quiero que me acompañes a verlo, que si me lo deja en mil doscientos se lo compro. Pero quiero que le des tu visto bueno, que tú sabes de mecánica y así lo pruebas conmigo.

 

-¿Que te compras un Ibiza, dices? Perdona, que me pillas un poco perjudicado… no, no salí, no- ¡joder, otro igual! -Quedamos, sí, vale, que yo también te quiero contar a ti unas cosas un poco raras que me están pasando, y quiero saber tu opinión.

 

-¿Cosas raras?... ¿A qué te refieres, has sido abducido por un ovni o que has descubierto que el padre de Lidia es gay y ya te ha dado lo tuyo?, je, je, je…

 

Así que se vieron en el bar y Cornelio le puso al corriente de sus aventuras oníricas.

 

-¡Lo estoy flipando, colega!- le dijo su amigo tras escucharle atentamente -¿Y cómo dices que se llaman esas pastillas que tomas para dormir?... ¿Seguro que no son tripis?... Ja, ja, ja, ja… Ahora en serio, Corni, tienes que dejar de tomar eso ahora mismo porque se te ha recocido la olla.

 

-¡No me jodas, Julio, que tú fuiste el que me dijiste que tenía que tomarlas! Que nunca me iba a acostumbrar a no dormir.

 

-Pero eso era antes y rectificar es de sabios, y ahora te digo que no te tomes ni una más, que te están sentando muy mal y me estás preocupando mucho.

 

-Muy bien, puto sabio, pues si Maga es sólo un sueño como dices, ¿de dónde salió la llave que había esta mañana bajo mi almohada?- bajo la custodia de Trudy -¡Es su llave, la que ella me dio!

 

-¡A verla!

 

-¿Estás gilipollas? No la llevo conmigo, la tengo guardada en casa. No quiero sacarla a la calle porque podría perderla. ¿Te crees que estoy loco o qué?

 

Julio le miró escéptico.

 

-Pues francamente, tío, no sé. ¿Pero de verdad que no te estás metiendo nada nuevo? No me vayas a mentir, colega, que me estás asustando. No sé qué pensar. Al menos cambia el tipo de pastillas y toma algo más flojo, de lo que anuncian en la tele, a ver qué pasa.

 

Cornelio prometió tenerlo muy en cuenta y se fueron a ver el coche en un taller de las afueras cercano a un poblado de mala pinta, pero el coche resultó ser un ladrillo pestilente, y a la vuelta tuvieron que escapar corriendo de dos navajeros que les salieron al paso, de manera que Cornelio aprovechó el desánimo generalizado para marcharse pronto a casa, con la intención de aclarar un poco sus ideas y acostarse temprano, que al día siguiente era lunes y había que volver al tajo y se las tendría que ver con Olivares otra vez.

 

-Gracias por acompañarme, tío- le dijo Julio al despedirse –Y quítate a esa chica de la cabeza y tira su llave por la ventana, que esta historia te puede hacer mucho daño. Y llámame si quieres algo, ¿vale?

 

Cornelio estaba obsesionado en encontrar la rendija por la que su relación con Maga pudiera ser un poco más cercana de lo que era, pero se daba cuenta de que todo aquello era una locura, porque nada era real y no podía caer en el tremendo error de edificar su vida sobre un sueño, en el sentido literal de la expresión, y…

 

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…

 

-¡Maldito móvil!... Era Sara… ¿Qué coño querría a las ocho y media de la tarde de un domingo?

 

-¿Qué pasa, Corni, qué estás haciendo?... ¿Puedes hablar o te pillo en faena con tu gallinita?- su voz sonaba jovial y algo eufórica.

 

-¡Sara!... ¡Estoy yo solo en mi casa y por aquí no hay ninguna gallinita!... Perdona, pero te advierto que no estoy de muy buen rollo hoy.

 

-¡Ah! Será por eso.

 

-¿Por eso el qué?

 

-Que estás cabreado porque no hay gallinita.

 

-¡Mira Sara, que estoy de mal rollo y no quiero vaciles!

 

-Vale, hombre, no te preocupes, dejémoslo en que estás ovulando- le contestó ella con sorna.

 

-Sí, algo así tiene que ser- concedió él -¿Pero qué es lo que quieres, dime? ¿Te pasa algo?

 

-No, no. No te preocupes que no estoy buscando un hombro sobre el que llorar. Es sólo que me acordé de ti y decidí llamarte para ver qué te contabas. Estoy sola en casa y pensé que a lo mejor te apetecería venir a tomar un José Cuervo y echar una de damas conmigo, ¿te parece un buen plan? ¿qué le parece a usted la propuesta, señor Lasarte?  

 

Seis meses antes hubiera sido imposible imaginar al chico rechazando una oferta semejante, pero en aquel momento…

 

-¿Qué pasa, mi amor, te dio un ictus? ¿Sigues estando ahí?

 

-Sííí… Eeerh… Yo… Perdona, Sara, sabes que cualquier otro día iría encantado a verte, que me parece un cojoplán, vamos, pero que en estos momentos necesito y quiero estar solo para pensar y poner un poco de orden en mi vida, que no sé qué sentido tiene ni si me estoy volviendo loco.

 

-Ja, ja, ja, ja- lo celebró ella -¿Estás buscando el sentido de tu vida? ¡Pues menuda panzada a rumiar que te queda por delante!... ¿Y se puede saber de dónde sacas que tu vida tenga que tener algún sentido? ¿En qué te basas para creer que eres algo más que una hormiguita que puede morir aplastada cualquier día sin que eso cambie el mundo para nada?

 

-Anda, Sara, no me comas el tarro que no estoy hoy para que me líes aun más.

 

-No olvides, muchacho- continuó en plan charla doctoral -que no somos más que los descendientes de aquellas primeras moléculas que fueron capaces de replicarse a sí mismas, que probablemente surgieron del laboratorio de algún volcán submarino, porque ahí tienen de todo, como en botica, y que consiguieron aumentar sus capacidades adaptándose eficazmente a los cambios ambientales: a unas les toca frío, a otras calor, unas les toca la oscuridad y otras se buscan la vida bajo un sol abrasador, o en una atmósfera tóxica y carente de oxígeno, luego sequía y luego inundaciones, pero aquellos pequeños aglomerados de moléculas consiguieron vencer las adversidades y sobrevivir, y todas luchaban por hacerlo, porque esa es la esencia de la vida. Es el esfuerzo por mantenernos vivos lo que representa a la vida en sí misma, y sobrevivir es su único sentido, que no hay otro, porque estamos hechos para eso.

 

-¿Pero qué historias me estás contando? ¿Te has hecho de una secta?

 

-Lo he visto en un documental de la BBC, Corni, así que tiene que ser cierto, ja, ja, ja, ja- su voz mantenía un tono alegre –Al nacer ya estás en deuda con la vida y la única forma que tenemos de saldarla es sobreviviendo y multiplicándonos a todo trapo, que es la única ley universal a la que debemos obedecer.

 

-Mmmh… Vale, Sara, pues todo eso está muy bien, pero no tengo ganas de hablarlo ni de pensarlo ahora, que estoy ocupado con mis cosas y no estoy bien, tía, perdóname.

 

-Anda, no seas bobo y vente para acá un rato- ella seguía a lo suyo - Ya verás cómo la doctora Sara te quita las tonterías de la cabeza y vuelves a casa cantando villancicos…

 

-Joder, Sara, que te digo que es un plan cojonudo, pero yo no estoy ahora para eso,  que ya no sé cómo decírtelo… Anda, que nos vemos mañana si quieres, que te llamo yo, y no te lo tomes a mal, ¿eh? Siempre como amigos, ¿ok? ¡Viva el poliamor! Anda, anda, déjame ahora, adiós, adiós…

 

La verdad era que seguía queriendo y admirando mucho a Sara por su forma de ser, siempre tan valiente y que le importaba un bledo lo que los demás pensaran de ella, pero no, no… Aquella noche no, que bastante tenía encima y al día siguiente era lunes, joder… ¡Que tenía que ir a currar!

 

Se hizo un bocata de jamón y se puso una película de superhéroes para no tener que pensar más de la cuenta, que su cabeza necesitaba un descanso. Pero fracasó, porque sentía la presencia de Maga a su alrededor, y no se centraba y no se enteraba de nada de lo que pasaba con Spiderman y compañía.

 

Se le ocurrió que la vida a su lado debería de ser muy difícil aunque ella fuera maravillosa, porque la idea de enamorarse de alguien a quien nunca podría hacer el amor, ya era muy exigente de entrada, y tener que estar toda la vida pendiente del pichabrava de Zeus, el cabrón de Morfeo y el hijoputa de Fobos, y sabiendo que todos los tíos que la miraban se volvían locos por ella, lo convertía en… ¿cómo decirlo?... Era algo así como jugar al fútbol en un campo minado, ¿no? Era algo inquietante, muy inquietante. Y se sentía inseguro y jodido ante aquel inquietantísimo plan de futuro que se le presentaba.

 

-¿Pero qué coño le estaba pasando? ¿Qué ilusiones tan absurdas se estaba haciendo con esa mujer?... ¡Si ni siquiera era real! ¿Se le estaba yendo la olla o qué?

 

Apagó la tele, se tomó dos pastillas para dormir y se metió en la cama, asegurándose de que la aguja del despertador apuntaba a las seis y media, y se zambulló en busca de su Maga ansioso de saber más de ella. Aquella mujer le tenía embrujado y le había alterado los nervios por completo.

 

Se abrazó a Trudy con la llave agarrada en la mano y ella le recibió con dulzura.

 

-¡Ningún hombre vivo podrá poseerme!- sus palabras retumbaban en su cabeza mientras se quedaba dormido pensando que, como iba a ser su sueño y podría hacer lo que le diera la gana, se presentaría con un bonito ramo de flores para halagarla.

 

-¡A todas las mujeres les gustan las flores!- pensó –Las flores, los perfumes y los peluches, que me lo dijo Julio, que son regalos seguros… Y en la recámara los bombones, ¿a que sí, Trudy?

 

Trudy asintió: sin duda, sin duda, se le oyó decir.

 

-Y él abrazó a su fiel amiga antes de quedarse dormido.

 

UN POQUITO DE FOLKLORE

 

Paseaba por la pradera de una piscina de un abarrotado complejo situado a pie de playa, tipo Marina d’Or, portando un espléndido ramo de flores, y abriéndose paso entre el ejército de tumbonas que la rodeaban sin tener nada claro qué coño estaba haciendo allí.

 

-¡Cornetes, darling querido!... ¡Aquí, aquí!- Maga agitaba su mano en alto tres líneas de tumbonas más allá -¡Qué bien que has venido!

 

Se mostraba espléndida con un pequeño bikini rojo, pamela y gafas negras, y piel dorada contrastando con su abundante melena rubia. Sus curvas no os las describo porque me pierdo. Y para que no faltara detalle, en su manita derecha sujetaba una copa de Martini, limón y aceituna incluidos. Una chica de anuncio, una pocholada, vamos.

 

-¡Oooh! ¡Qué flores tan bonitas, muchas gracias, qué caballeroso!- le tiró un beso -¿Pero qué haces así vestido?... ¿Vas a hacer un anuncio o vas a dar un show?

 

Cornelio se miró a sí mismo y se quedó helado al darse cuenta de que vestía un impecable traje regional- vestimenta y tradiciones que no le atraían lo más mínimo, independientemente de cuál fuera su origen -con su chaleco, alpargatas y pantalones negros, su camisa y medias blancas, y pañuelo en cabeza y fajín rojos. Y sujetando su hermoso ramo de flores, eso sí. Otra pocholada él también.

 

-¡Cago en la leche!- pensó -¡Cada vez que se cruzan las flores en mi camino me ocurre alguna desgracia! ¿Y qué hago yo ahora? ¿Será canalla la tía esta? ¡Ya me la ha vuelto a jugar, menudo ridículo estoy haciendo aquí!

 

Y la verdad es que la gente les miraba cada vez más.

 

-Je, je, je, je… Me colé por las rendijas de tu sueño- le confesó ella sin remordimiento alguno.

 

La diosa le taladró con su mirada y de repente surgió ante él la intimidante imagen de Zeus, advirtiéndole con un enorme dedo índice:

 

-¡Debes cuidar tus rendijas, muchacho!

 

Total, que ahí tenemos a Cornelio descolocado, y a la pareja siendo el blanco de todas las miradas.

 

-Debe ser un chalado que viene a declararse a esa chica- se le oyó decir a uno –Y no me extraña que lo haga, porque ¿tú has visto lo buena que está? ¡Qué pedazo de mujer!

 

-La verdad que es una negra guapísima… Si se parece a la Naomí Cambél esa, ¿no?

 

-¿Estás de broma? ¿Pero qué negra ni qué hostias dices? ¡Si esa chica es asiática! ¡Es china o algo así!

 

-Que no, que no- sentenció otro que estaba más allá –Que el chico es un cantante famoso que viene a participar en un acto y a bailar unas jotas o unos aurreskus o algo así… ¿No habéis visto los carteles del anuncio en la entrada del hotel?

 

-¡Yo sí los vi! ¡Y yo también! ¡Y yo!- se oían voces -Él es un cantante famoso y se está declarando a su novia, que es Angelina Jolie. ¡Que no, que es Kristen Stewart! ¡Ahí va, pero si es Raquel Welch!- decían los más mayores.  

 

-¡Me gustas mucho así vestido!- aseguró Maga, palmoteando –Me gustas, me gustas… ¿Y las flores?... ¿Es que no me las vas a dar?

 

Él se las entregó con mucho cariño y la multitud lo aprobó con un sonoro aplauso y gritos de ¡vivan los novios! Pero vio con el rabillo del ojo cómo dos señoras de mediana edad que lucían unos coloridos vestidos se aproximaban a él.

 

-Perdona, tú eres Cornelio Lasarte, ¿verdad?- preguntó la más fluorescente de las dos –¡Qué alegría tenerte aquí! Somos Flor Ignacia y Fuencisla de las Piernas, las presidentas de tu Club de Fans de Benicasim, ¿podemos besarte?- ambas besaron al chico, que las miraba estupefacto -¡Por fin llegaste! Carlos Jolgorios, el Ministro de la Tamborrada, está impaciente por condecorarte con la Cruz del Aspaviento por tu contribución a la difusión de la cultura aragonesa, y nuestro grupo de Apoyo al Curry también se muestra impaciente por acompañarte con esas fantásticas jotas que te han encumbrado a la fama.

 

Y señaló a tres sonrientes machucambos que esperaban tras ellas armados de guitarra, bandurria y laúd, que saludaron con una leve reverencia.

 

-¿Fantásticas jotas que me han encumbrado a la fama?... ¿De qué me está hablando, señora?

 

-Oooh, por favor, qué humor tan fino tienes, pareces inglés- comentó Flor Ignacia a su hermana! -Es encantador, ¿no te parece?

 

Fuencisla asintió sonriendo y mostró la portada de un ¡Hola, Manola! en la que aparecía una foto del joven sobre un titular que decía:

 

EL GRAN CORNELIO LASARTE COMPLETA EL AFORO DEL ESTADIO BERNABÉU EN UNA NOCHE MÁGICA DE SUBLIMES BAILES REGIONALES

 

El chico leyó el titular y se temió lo peor.

 

Total, que entre las dos hermanas se lo llevaron casi en volandas hasta el estrado sobre el que se encontraba el señor Jolgorios con la megafonía dispuesta. Y sorpresa, sorpresa, ¿quién estaba de pie a su lado? ¡Era Wendy, su ex amada del instituto, la chica trans! Sin duda que era ella, porque le sonrió y le guiñó un ojo con disimulo al verle llegar, pero la veía algo cambiada, la veía más mujer. Llevaba un minivestido blanco de quitar el hipo y sandalias tacones del mismo color, con piel mulata dorada y melenaza negra ensortijada, pues ya me diréis. Algo cambiada, sí.  

 

El ministro tomó la palabra para ensalzar el trabajo artístico de Cornelio, y llegó a emocionarse poniéndole como ejemplo a seguir por la descarriada juventud de los tiempos actuales -murmullos y algún grito de quía, quía, entre los jóvenes- y le condecoró con la Cruz del Aspaviento por sus méritos acumulados, estrechándole la mano con fervor al terminar.

 

-Muchas gracias por sus palabras y la medalla, monseñor- fue lo que dijo él.

 

Maga aplaudía a rabiar, y lanzaba olés y bravos desde la primera fila con cara de estar pasándoselo pipa, y entre los fans y los curiosos se había reunido ya un gentío alrededor.

 

El de la bandurria, el más veterano, se hizo con el micro y tomó la voz cantante:

 

-Yo quiero dar las gracias a ustedes todos por su asistencia y quiero proponer que el maestro Cornelio comience su actuación con su jotica superventas: aónde voy yo sin ti, y se la dediquemos a esta lindísima señorita- dijo indicando a Maga.

 

-¡Eso!- coreó el del laúd -¡Que vivan las aragonesas con gracia! ¿A que no puedes negar que eres de Zaragoza, eh, mañica?

 

-Nací en la mismísima basílica del Pilar- aseguró Maga, muy divertida -¡Hay que ver qué arte tienes, baturro!

 

Y los tres componentes del grupo se inclinaron cortésmente ante ella, y me dicen que al más gordo se le escapó una ventosidad.

 

Maga les agradeció el gesto (la inclinación, no la ventosidad) con una sonrisa y agarrando a Cornelio por el brazo le rogó:

 

-¡Ay, darling querido, di que sí, anda! ¡Canta y baila aónde voy yo sin ti, la que te ha hecho tan famoso, para que te veamos, que seguro que me va a gustar muchísimo!- la risa chisporroteaba en sus ojos y se la veía espléndida, con lo que se metió al público en el bolsillo y su petición fue coreada por la multitud.

 

-¡Que baile Cornelio! ¡Que baile Cornelio! ¡Y que cante!

 

-¿Bailar unas jotiiicas?... ¿Yooo?... Si no tengo ni puta idea de cómo se hace, maldito sueño, no seas tan cabrón y cambia de escenario. Llévame al río, a casa o a donde quieras, pero sácame de aquí, por favor- imploró, al borde del colapso total.

 

El caso es que el chico bajó del estrado y miró a los músicos de Apoyo, lo cual ellos lo interpretaron como el disparo de salida, y dieron un paso al frente lanzando acordes con entusiasmo y cantando a voz en grito:

 

-♪ Si tuvieras olivares como tienes fantasía, los molinos del aceite por tu cuenta correrían

 

Y pasito atrás dando pista libre a Cornelio.

 

El chico buscó en la mirada de Maga una salida de aquel atolladero, y al darse de bruces con un ¡a ver qué haces! optó una vez más por la huida hacia adelante y alzó sus brazos al cielo, hizo unos cuantos molinetes con las manos y levantó teatralmente un pie subiendo la rodilla hasta el estómago creyéndose karate kid.

 

Y resultó que su parco gesto de bailarín tuvo dos increíbles efectos inmediatos: por un lado arrancó una tremenda ovación del público, que hasta un guardia de seguridad tuvo que detener a una chica que quiso besar tres veces a Cornelio (consiguiéndolo las dos primeras y contentándose la última con besar al vigilante), y por el otro le provocó un síncope al señor Jolgorios, el cual cayó como un pelele repentinamente sobre la tarima del estrado. Wendy se arrodilló junto a él y Cornelio se plantó a su lado dando tres brincos.

 

-¡Hola, Wendy! ¿Qué haces tú aquí?

 

El hombre permanecía inmóvil, respiraba ruidosamente y estaba empapado en sudor.

 

-Hola, Corni, qué bueno verte- le sonrió -No te asustes, que le pasa de vez en cuando. Ayúdame, anda. Hay que darle sus pastillas de potasio, que las tiene en el bolsillo del interior de su chaqueta, y ponerle tres debajo de la lengua.

 

-¿Cómo sabes tanto de él?- le preguntó mientras le ayudaba con las pastillas.

 

-Bueno, pues porque soy su sugar baby, ¿sabes? A ti no me importa decírtelo, que sé que sabes guardar secretos.

 

-¿De veras?... ¡Viejo asqueroso!

 

-No digas eso, qué va, para nada. Es un cielo. Nunca me pide que haga nada que yo no quiera hacer. Y me respeta y me paga muy bien la compañía. Y gracias a él estudio para ser abogada, así que no digas eso.

 

En boca cerrada no entran moscas, me dicen que pensó el chico mientras le ponían las pastillas bajo la lengua.

 

La gente se había arremolinado a su alrededor y los de Seguridad tuvieron que contenerlos mientras Maga disfrutaba del espectáculo y aplaudía y lanzaba vítores a unos y a otros.

 

-¿Quiénes son ustedes?- les preguntaron.

 

-Yo soy su cuidadora y mi primo es enfermero- dijo Wendy muy resuelta mientras el ministro daba signos de ir reanimándose -¿Llamaron ya a la ambulancia?

 

Y de repente la escena se vio inmersa en un remolino de vértigo, y por fin su sueño accedió a sus deseos y les trasladó una vez más hasta el río.

 

 -Uuuf- ¡Qué alivio sintió!

 

-Ja, ja, ja, ja- las escandalosas carcajadas de Maga inundaron el ambiente según llegaron. Lloraba de risa literalmente -¡Si vieras qué cara ponías con el pie allá arriba como si fueras una cigüeña! ¡Ponla otra vez, anda, hazlo por mí!... ¿Y las gotas de sudor eran auténticas o te echaste algún spray?

 

-¡Cabrona! ¡Traidora!- explotó él -Ya te pillaré yo a ti en alguna, que te aseguro que esta me la pagas… ¡Lo mal que me lo has hecho pasar!

 

-¿Y cuando se desmayó el señor Juergas? Ja, ja, ja, ja- continuó ella -Tendrías que haberte visto…

 

-Era Jolgorios, no Juergas- corrigió él, que no le acababa de ver la gracia al asunto.

 

-Y por cierto, qué cuidadora tan linda tenía y qué buenas migas hiciste con ella, ¿no?... Ay, qué carita de niño bueno ponías- y no paraba de reírse.

 

Por fin enjugó sus lágrimas, y aspiró profundamente el aroma de las flores que llevaba.

 

-¡Qué bien huelen! Muchas gracias por tu regalo, Cornelio- por segunda vez le llamó por su nombre –A mí me gustan mucho los hombres con detalles…

 

-¡Anda! ¡Como a todas, no te fastidia!- el chico seguía escocidito por el bochorno que había pasado.

 

-¡Bah!... Seguro que ni siquiera las has olido… ¡Qué poco romántico eres!... Pero bueno, habrá que tener algo de paciencia contigo, que ya madurarás… Oye, general Cornwalles, ¿sabes que ya sé cosas que me gustan de ti?

 

Él estaba mosqueado porque le había hecho pasar una vergüenza de cojones, y ahora ella le echaba cara y se desentendía de las jotas y decía que no le apetecía hablar de ello… ¡Eso era jugar sucio!

 

Pero su pregunta irrumpió como un bálsamo del alma que le hizo olvidar aquellas ideas tan mundanas y ruines, y estiró de nuevo el cuello dando muestras de interés.

 

-¿Sííí?... ¿Ya lo sabes?... ¿Y cuáles son?

 

-Pues mira, que tienes un fondo de inocencia que me resulta atractivo por su ausencia de maldad, y por lo tanto un corazón bastante limpito para lo que hay hoy en día. Y también sabes ser entretenido y educado, que no es mala combinación.

 

Él la escuchaba con las orejas abiertas de par en par y sin dejar de producir babas.

 

-Y tengo la impresión de que también eres bastante leal- continuó ella –aunque tendría que hablar con tu novia para asegurarme. Que la lealtad es una virtud muy valiosa y muy escasa en nuestros días.

 

-Oye, Maga- él estaba loco por ella pero sentía la necesidad de pisar terreno un poco firme y dejar de flotar como un astronauta-¿Tú crees que nuestra relación podría llegar algún día a algo más?

 

-¿Nuestra relación?... ¿Qué relación?- ella le miró burlona –Ay, perdona, que sé quién eres pero no me acuerdo cómo te llamas, ¿Unicornio podrías ser?

 

-Joder, Maga, hostia que te estoy hablando en serio… Que tú sabes que estoy enganchado contigo, ¿no?

 

-No seas ordinario, Cornelio, que no me gustaría que dijeran en el Olimpo que me trato con gente enganchada… ¡No te digo si se entera mi padre la que me lía! ¿Tú qué es lo que entiendes por estar enganchado a alguien?

 

-¿Enganchado a alguien?... Pues mentalmente es que me paso el día pensando en ti y te conviertes en una obsesión porque me duele tu ausencia, como si estuviera colgado de un gancho de carnicero, que de ahí vendrá lo de enganchado, ¿no?, digo yo.

 

-Muy gráfica tu explicación, Cornelio- aprobó ella –Aunque no es muy poética. ¿No se te ocurre otra manera menos sangrienta de describirlo?

 

-Yo… Eeerh… Bueno, sí, la verdad es que lo que me pasa es que me he enamorado de ti…

-¡Oooh!... ¿Recibiste un flechazo?- interrumpió ella.

-Sí, y no te cachondees, porque no dejo de pensar en ti y siempre tengo ganas de verte y me tienes obsesionado… Pero no sé si tengo alguna posibilidad contigo, porque tú no eres real, y yo me estoy volviendo loco porque no puedo sacarte de mi cabeza. Tú eres… No sé lo que eres, Maga, pero yo te quiero mucho. Y te deseo.

-¡Uuuy qué bien!... ¿Me vas a hacer halaguitos?... Me encantan los halaguitos, sigue, sigue un poco más…

-¡Maga, por favor, necesito que me digas algo! ¿Qué es lo que quieres de mí? Yo no tengo nada para darte.

Ella le miró con ternura y le cogió de la mano.

 

-¿No tienes nada para darme, so tonto? Tú tienes muchos tesoros en tu interior que vislumbro en tus palabras, en tus gestos, en tus silencios, en tus acciones y en tus miradas… ¡Y quiero sacar esos tesoros a la luz del sol!

 

-¿Pero qué dices, Maga? Yo no tengo ningún tesoro escondido... Yo soy un tío normal, más bien tirando a pringado.

-Paparruchas, Cornelio. Tú eres la persona más humana, con lo bueno y lo malo que eso lleva, que me he cruzado en los últimos milenios y disfruto muchísimo de tu compañía y te recordaré para siempre cuando te hayas ido. Palabra de diosa.

-¿Cómo que cuando me haya ido? ¡Pero si yo no voy a irme, si tengo tu llave!- protestó él.

La mirada de Maga hubiera puesto a hervir un témpano y Cornelio intentó besarla creyendo que el amor lo podía todo y esas historias bonitas, pero…

-Tiií… Tiií… Tiií- esta vez no era el puto móvil sino el jodido despertador.

-Páralo, Trudy, hazme el favor, cinco minutitos más- murmuró entre sueños. Y queriendo apretar el botón del snooze, lo apagó accidentalmente.

-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti ti…- el puto móvil tomó el relevo dos horas después, y lo cogió con desgana.

 

-¿Cornelio?... ¿Eres tú?... ¿Así que estabas durmiendo, holgazán? Soy Ernesto Olivares, del Roñas, ya me conoces- en tono amenazador -Te llamo para decirte que son las ocho y media de la mañana y que quedarás despedido como no te presentes en tu puesto de trabajo antes de las nueve. Y bien aseado y uniformado, ¿eh?, no vayas a venir en pijama. ¿Me has oído bien? ¡Antes de veinte minutos!

 

-Eeerh… Sí, Olivares, le he oído muy bien. Me quedé dormido, lo siento muchísimo, se quedó el reloj sin pilas. Salgo para allá ahora mismo- balbuceó -¿Podría hacerme un favor? ¿Podría acercarse a la zona 12 para asegurarse de que no hubiera allí un incendio?

 

-¿Un incendio en la zona 12? ¿Qué tonterías estás diciendo?

 

-Por favor, señor Olivares, hágame el favor de acercarse a verlo.

 

-¡Te estoy llamando desde la zona 12, imbécil, y aquí no hay ningún incendio! ¿Me quieres tomar el pelo o es que te has vuelto loco? ¡Haz el favor de venir inmediatamente!

 

Así que al chico no le quedó otra que salir cagando leches hacia allá.

 

DE COMPRAS

Mejor obviamos el chorreo de Olivares a Cornelio porque atenta seriamente contra la dignidad de nuestro héroe, y nos vamos hasta las siete y media de la tarde, hora en la que estaba tomando unas cañas con Lidia y Julio en la terraza del Estrella mientras les contaba el varapalo que se había llevado.

 

-¡Qué hijoputa el tío, ¿te dijo todo eso?!- preguntaba Julio -¿Y no le pegaste una hostia?

 

-Pues me tuve que contener, no creas, que por muy superior mío que sea no tiene derecho a hablarme así.

 

-Ya, pero lo malo es que si le atizas te ponen en la puta calle, colega, así que mejor tragártelo porque sería despido procedente. Así que ajo y agua, que no te queda otra.

 

Lidia miraba a lo alto y ponía cara de qué se le va a hacer. Aquella tarde le había dado al maquillaje algo más de lo normal porque quería animar a su chico, y se puso muy guapetona y bastante llamativa con esa idea.

 

-Y el caso es que no sé si ir mañana a pedirle explicaciones por lo que me dijo, así, a solas y cara a cara, pero no sé si la voy a cagar aún más.

 

Pensaba que ninguno de los héroes que admiraba desde niño hubieran pasado por una humillación así, pero no sabía si era mejor responder o dejarlo estar.

 

-Y si al final le tengo que acabar dando, ¿qué? Pues menudo marrón me va a caer luego, ¿no?, porque me echan seguro, y encima igual me sacude él a mí… Olivares no sabrá artes marciales, ¿verdad?

 

-Ja, ja, ja, ja- Julio se partía –Esa sí que es buena: mejor no vayas a pedirle explicaciones porque creo que es cinturón negro de taekwondo y te va a dar la del pulpo. Y después exhibirá por todo el Roñas tu cuerpo empalado como escarmiento general... Ja, ja, ja… No lo hagas, tío, ahora te lo digo en serio, porque si la jugada te sale mal, que tiene muchas posibilidades de hacerlo, la cagas. Así que guárdate el orgullo donde te quepa, trágate el sapo y no hagas nada. Nada de nada. Y déjate de héroes y tonterías.

 

-Creo que tienes razón, tío. Siempre me das buenos consejos.

 

-Sí, pero no los doy gratis, ¿eh?, no te vayas a engañar. ¡A caña por consejo! ¿A que sí, Lidia? Anda, márcate una rondita que aún no estás en el paro.

 

-Qué buen consejero pero que hijoputa eres. Vale, me trago el sapo y pago una ronda…

 

-¡Con patatas alioli!- saltó Lidia -Anda, Corni, estírate, que sabes que me chiflan las alioli y en la barra he visto que tienen unas con una pinta buenísima.

 

-Pues bueno, vale. Si al fin y al cabo, ¿qué más da un sapo que ochenta? Ya me iré acostumbrando a ellos y les iré cogiendo el gusto. 

 

-Ay, no digas esas cosas que parece que estás endemoniado. ¿Cómo vas a comer sapos, cari?

 

-Y no te quejes tanto porque solo te estamos cobrando la tarifa base de nuestro servicio de plañideras- apuntilló Julio –Y tráete de paso unas anchoas, que a mí también me chiflan, ja, ja, ja, ja.

 

Total, que se pusieron hasta arriba de aliolis, anchoas y cervezas, y al cabo del rato Cornelio se sinceró con Julio:

 

-Oye, colega. A lo mejor soy un blandengue pero me siento muy agobiado por lo que me está pasando, y si tuvieras un petardo por ahí creo que me vendría de puta madre arle unas caladas para poder tranquilizarme y ver las cosas de otro color. Aunque fuera por un rato, que ya sé que no arregla nada.

 

-Pues no tengo ni una china, tío, qué putada. Llevo unos días queriendo pasar por la plaza a comprar y no he tenido ocasión. ¿Quieres que nos acerquemos en un momento?

 

Lidia los miró con expresión de fastidio y dijo:

 

-¡Jo!... Ya sabéis que no me gustáis cuando estáis fumados, que no hacéis más que reíros entre vosotros diciendo tonterías, y a mí no me hacéis ni caso… ¡No me gusta que fumes drogas, Corni, ya te lo he dicho mil veces!

 

-¡Pero si esta vez es terapéutico, cari! ¿Es que no has visto cómo estoy?- y alzó su vaso frente a ella para que apreciara el temblor de su mano –Necesito calmar los nervios, no puedo estar así. No duermo, no como, no vivo…

 

-¡Pero qué tonterías dices! Si eso te ha pasado esta mañana y aún no te ha dado tiempo a que te pasen todas esas cosas…

 

-No hay más remedio, Lidia- aseguró Julio con expresión grave -O se fuma un petardo o le vamos a tener que llevar a urgencias para que le pinchen algún calmante.

 

-¡Tú calla y no la líes más, que eres un listo y siempre vas a lo tuyo, Julio!- objetó ella.

 

-De verdad, Lidia, que vivo sin vivir en mí, como decía la santa.

 

-¿La santa? ¿Qué santa?- quiso saber Julio.

 

-Pues una santa, Julio, no sé, búscalo en el Google. El caso es que yo nunca había entendido qué quería decir con eso hasta ahora.

 

-¡Vaya! Es posible que tu santa te haya iluminado y ahora sí que lo entiendas, ¿no?

 

-¡Pues ya podía haber iluminado a otro, joder! ¡Que tengo un bajón que te cagas y me encuentro de puta pena!

 

Estaba claro que el chico no estaba para cuidar el lenguaje, ¿qué queréis que le haga? Yo no hablo así de mal, pero eso fue lo que él dijo y así os lo tengo que decir. A otra cosa:

 

Durante el trayecto en el metro los dos fueron haciéndole casitos a la chica, intentando apaciguarla para que no diera el coñazo, y llegaron a la Plaza del Enclenque, que era donde compraban el costo a alguno de los camellitos que rondaban por allí. La zona era tranquila, sin broncas y estaba a dos paradas del Estrella, así que les venía bien.

-Ese de ahí seguro que pasa- les indicó Julio nada más llegar, señalando a un negrito que estaba medio tirado en un banco.

-¿Ese?... ¡Ese qué va a pasar!- se burló Lidia, rencorosa -Ese no es más que un negro borracho que no tiene dónde caerse muerto. Veréis como no vende nada de nada.

-A que sí, ¿qué te juegas?- apostó Julio.

-¡Lo que quieras!- contestó ella muy resuelta.

A Teodoro Ngamba, el nuevo peón de la empresa de los Hermanos Cuchichea, en un par de meses le había dado tiempo a comprobar lo caro que resultaba vivir en Madrid, y que con su sueldo a duras penas llegaba a fin de mes a pesar de trabajar en turnos de diez horas en una obra de construcción. Había conseguido llegar a España en una patera con su hermano Komotú, con la esperanza de encontrar trabajo y poder enviar algo de dinero mensualmente a su mujer y su hijo, un bebé de tres meses, que se habían quedado en Guinea, porque el viaje era demasiado arriesgado para ambos.

Pero el caso era que ya les habían amenazado con echarles de la pensión si no pagaban puntualmente, así que él había decidido ganar un extra vendiendo hachís por las tardes en una plaza cercana a la obra. Le hacía mucha falta y solo era hachís, que era como lo que fumaban en su pueblo cuando tenían una tristeza muy grande.

Su jefe en la red local era un joven español conocido como Tiburón el Tetas, alias leche fría, un becerro malcarado que le proporcionaba el material, fijaba su precio, y le exigía el ochenta por ciento sobre las ventas. Teodoro sabía que le explotaban, pero no conocía otra manera de poder incrementar sus ingresos rápidamente, y al menos tenía de bueno que manejaba pequeñas cantidades de droga y de dinero, y así corría pocos riesgos si le pillaba la pasma.

-¡Y sobre todo no me llames al móvil, Teodoro!- le mugía el Tiburón insistentemente -¿Lo has entendido bien?

-Dsí, dsí, dsí.

El punto débil del negocio residía en la personalidad del africano. Su naturaleza extrovertida le llevaba a entablar demasiada relación con los clientes- se enrollaba más de la cuenta -y acababa fumándose porros con ellos. Y a veces se colocaba más de la cuenta. Y aquella tarde Teodoro se había puesto hasta el culo de petardos y chupitos con un grupo de amigos que celebraban un cumpleaños. Se había pasado tres pueblos y se sentía como un náufrago en las coordenadas de espacio y tiempo hasta el punto en el que creía reconocer a sus viejos amigos de su pueblo de Guinea entre los transeúntes que circulaban por allí.

Tanto era así que se fundió en un abrazo y le atizó un par de efusivos besos a un gitano con bigotes que pasó frente a él, confundiéndole con su primo Vieira, que se había quedado allá:

-¡Vieira, soy Ngamba!- le abrazó jubiloso al verle.

El caló le apartó de un empujón muy indignado y se puso a gritar como un demonio:

-¿Pero vieira ni qué gamba? ¿Qué haces, desgraciao?, que me cago en tus muertos. ¡Que me has llenao tó de babas! ¿Es que tienes ganas de guasa a mi costa? ¿Tú te quieres ganar un par de hostias o qué?

Y cuando se calmaron las cosas y Teodoro se excusó, pensó que lo mejor sería sentarse en un banco sin saludar a nadie y quedarse calladito respirando hondo hasta que se le pasara un poco la torrija. Y en esas estaba cuando advirtió la presencia de Lidia frente a él.

-Hola, colega, ¿tienes costo?- sabiéndose respaldada por Cornelio y Julio, ella le entró envalentonada -¿Tienes treinta euros para pasarnos?

El negrito se le quedó mirando muy sorprendido.

-¿Por qué razón le pediría treinta euros aquella chica?- se preguntaba -¿Qué andaría buscando una joven tan llamativa a esa hora de la tarde?

Y mirándola bien creyó entender lo que ofrecía.   

-Dsí, dsí, dsí… ¿Treinta euros?- se buscaba afanosamente en los bolsillos –momento, momento- y le quiso entregar tres billetes muy arrugados de diez euros que Lidia rechazó asustada –Tomar, son treinta euros. Tú y yo solos.

-¿Pero habéis visto a este tío?- dijo Lidia, dando un paso atrás -¡Está chalao! ¡Me quiere dar dinero!

-¡Que no, colega, que no!- intervino Julio –Que mi amiga no te está pidiendo dinero, que lo que queremos es costo, chocolate, hachís, ¿entiendes?... ¿Tienes o no?

El joven Ngamba no apartaba su entusiasmada mirada de Lidia:

-Aquí son treinta euros- le dijo a Julio -Dies, y dies, y dies, treinta. Tú coger dinero y yo marchar con chica un rato y hacer nuestras cosas… ¿Eso estar bien?... Dsí, dsí, dsí. A mí gustar mucho la chica, yo llamar Teodoro y portarme bien.

La expresión de Julio pasó de la sorpresa al descojone y Cornelio se cortó de seguirle ante las temibles consecuencias: ¡Te odio, Cornelio! ¿De manera que un hombre me confunde en la calle con una prostituta y tú te limitas a descojonarte de risa con tu amiguito Julio? ¡No quiero verte más! ¡Mi padre te va a matar!

-¡Hostias, su padre!

-¡Que no, que no es eso!- le cortó rápido -¡Que la chica es mi novia, colega, y que no le sigas diciendo esas cosas porque te vas a llevar dos hostias!

Julio se descojonaba por las bravas mientras Cornelio se aguantaba como podía, y el pobre Teodoro, escuchimizado él ya de por sí, estaba cada vez más acojonadillo y confundido porque todo el mundo le quisiera dar dos hostias aquella tarde.

-¿Pero qué pasa?- intervino Lidia muy airada -¿Que se cree que soy una puta y quiere que me vaya con él, no? ¿Y vosotros dos lo encontráis muy divertido?

-¿Por qué se enfadaban todos con él de aquella forma?- se preguntaba Teodoro -¿Y de qué se reían tanto los dos blanquitos?

-¡Que te digo que ella es mi novia y que no va a ir contigo a ningún sitio, que lo que queremos es chocolate!- zanjó Cornelio -¿Tienes para pasarnos, sí o no?

En el nebuloso cerebro de Teodoro se hizo la luz y se dio cuenta del terrible error que había cometido. Se les quedó mirando espantado, temiendo recibir una somanta de palos a la voz de ya.

-¡Perdón! ¡Perdón!- se postró a los pies de Lidia queriendo agarrar sus tobillos para besárselos.

-¡Pero levanta de ahí! ¿Qué estás haciendo? ¿Quieres estarte quieto?

Se montó un poco de bullicio y eso llamó la atención del Tiburón, que se presentó rápidamente pidiendo explicaciones de forma altanera:

-¿Qué es lo que pasa, Gamba? ¿Tenéis algún problema con este? ¿Qué nueva tontería se le ha ocurrido hacer?

-Pues que le hemos preguntado si nos pasa treinta euros de costo- contestó Julio -Pero resulta que nos ha entendido mal y nos quiere dar treinta euros para irse con la novia de mi amigo. Y de eso ni hablar, claro.

-Dsí, dsí, dsí- corroboró Teodoro –Yo darle dinero pero ella no coger. Yo querer dar.

-¿Pero tú es que eres gilipollas o qué es lo que te pasa, Gamba? ¡Más tonto y naces botijo!... ¿No ves que es su novia?- le increpó el becerro, zarandeándole por los hombros -¡Y te he dicho mil veces que no les des dinero a los clientes, que el dinero es para mí! ¡Me tienes hasta los huevos!

-¡Otro más que quería pegarle! Qué desastre de día- pensaba Teodoro.

Y el caso es que el zarandeo debió de marearle porque una tremenda arcada surgió de las profundidades de su estómago, y el matón dio un salto atrás para evitar que le vomitara encima.

-¿Pero qué haces, so guarro? ¡Mira que un día no me contengo y te doy, ¿eh?!- continuó, alzándole la mano –¡Que abusas de mi bondad!

-Hombre, tampoco te pongas así… ¿No ves el pedo que lleva?- la simpatía por el débil movió a Cornelio para interceder por él.

-¡Hola, Teodoro! ¿Qué pasar aquí?- el vozarrón grave de un negrazo se dejó oír a su espalda -¿Y tú que dices a mi hermano?

Joder con el hermanito. No llegaba a LeBron James pero os aseguro que su presencia imponía mucho.

-No, nada- Tiburón suavizó el tono -Es que tu hermano no entiende aún bien el español y se hace líos con los clientes. Anda, dales lo que te piden y coge su dinero.

Y santas pascuas. El escualo se alejó mascullando cosas ininteligibles, mientras que el de la NBA le ofreció su mano a Cornelio y él se la estrechó.

-Gracias por defender mi hermano. Teodoro ser bueno pero poco loco.

-Sí, ya me di cuenta, pero yo no hice nada especial. ¿Cómo te llamas?

-Me llamo Komotú.

-¿Cómo que te llamas como yo?- sonrió -Anda ya, no me vaciles. ¡Si tú no sabes cómo me llamo!

-Dsí, dsí, yo me llamo Komotú- insistió.

-¡Que no me lo creo!- un gesto de desdén -Yo me llamo Cornelio y no me digas que te llamas tú también así.

-No, no. Yo Cornelio no llamarme. Yo llamarme Komotú.

-Pues bueno, pues vale, pues lo que tú digas. Tú te llamas como yo, pero no te llamas Cornelio. Está clarísimo todo, amigo.

-No, no. Yo Komoyo no llamarme. Yo llamarme Komotú- el africano comenzaba a desesperarse con aquel blanco tan tonto.

-Que sí, que muy bien, que te llamas como quieras y ya está. ¿Te parece bien así?

-¡Que no llamarme Komoquieras! ¡Que llamarme Komotú!... Komotú Ngamba. Yo venir de Guinea.

-¡Aaah, hostias! ¿Te llamas Comotú todo junto?

-Sí, todo junto y con letra K.

-Ah, es con K, ya me parecía a mí- no se vaya a molestar esta mole ahora, pensó -Pues lo dicho, que bueno, que vale, que me alegro. Pues yo me llamo Cornelio, con letra C. Encantado, Komotú. Y mis amigos son Lidia y Julio.

Todos se saludaron y se despidieron después de una breve conversación intrascendente, así que los tres amigos volvieron andando a casa fumándose un petardo, no muy cargado para que no se enfadase Lidia aún más.

-Si es que os lo tengo dicho y no me tomáis en serio: las drogas os llevan a la perdición- les regañaba ella –¡No sé cómo os tratáis con gente así!

-Entiéndelo, Lidia, en esta ocasión se trata de un nanoporro terapéutico y estábamos ante una urgencia, que ya te lo he dicho antes, que si no fuera así de qué íbamos a ir a la plaza del Enclenque… ¿A que sí, Julio?

-Ya te digo.

-Sí, claro, ¿y por esa urgencia a mí me toca aguantar que un borracho me confunda con una puta?... Que sepas que estoy muy decepcionada contigo, Cornelio, pero mucho, mucho, porque tu conducta hacia mí no ha sido nada caballerosa.

-¿Pero qué querías que hiciera, cari? El Teodoro ese estaba cocido como un centollo y no se enteraba de nada. Se equivocó, pero no actuó con maldad, no te pongas así.

-Pero los caballeros siempre deben defender el honor de sus damas- Julio aprovechó la ocasión para meter baza –Y lo correcto hubiera sido que le hubieras pegado un palizón de muerte al negrata ese de mierda y que le hubieras arrancado las uñas durante su agonía, je, je, je…

-¡Es verdad! Debí caer en ello- Cornelio le siguió la coña –Y amputarles las manos a su mujer y a sus hijos, quemar su casa y esparcir su ganado, que es lo que se merece ese inmigrante hijoputa, ¡no te jode! ¡Que se hubiera quedado en su país! ¿No es así, cari?... Je, je, je, je…

-¿Veis por qué no me gusta que fuméis porros? Empezáis los dos con vuestras tonterías y vuestras risitas y a mí me dejáis fuera del rollo. ¡No decís más que bobadas!

-Ya lo sabemos, Lidia, pero al menos nos podemos reír un rato y olvidar nuestros problemas, ¿a quién le hacemos daño?

-A los humoristas les pagan por ello- observó Julio.

-Sí, claro, un par de hostias es lo que habría que pagarte a ti, ¿no te jode?- contestó  ella, muy rabiosa.

-Pero, cari, ¿por qué le das tanta importancia a lo que pasó?- Cornelio insistió en su táctica de regar el fuego –Si solo fue un malentendido. Ya viste cómo se echó a tus pies cuando se dio cuenta de la cagada, ¡pobrecillo!, je, je, je, je… ¡Qué pena daba!

-No me gusta que fumes porros, cari. Eso es todo. Dejémoslo ahí.

-¡La carne es débil, somos humanos!- dramatizaba Julio –Quien esté libre de pecado que se vaya a tirar piedras.

-¡Cállate, Julio, no seas pesado que no tienes gracia!

Julio miró de reojo a su amigo y reprimió una carcajada.

-Ya hablaremos mañana de esto, Corni, que prefiero discutir nuestras cosas a solas- se despidió ella, muy estirada.

El chico llegó a su casa a eso de las diez, y como se había puesto morado de patatas alioli con anchoas y no tenía hambre, se tomó un par de pastillas y se fue a la cama con su llave mágica para ir de nuevo en busca de su Maga.   

-Si me duermo ahora podré estar con ella un buen rato y mañana me levantaré fresco para poder ir a currar– pero con la oscuridad volvieron sus tribulaciones -¡Joder, qué lío! Ya no sé qué es más caótico, si mis sueños o mis realidades… ¿A ti que te parece, Trudy?... Tú que eres lo más sensato del mundo, dime qué debo hacer…

Y Trudy se le acopló emocionada para susurrarle cosas al oído mientras él se quedaba dormido aferrado a su llave de plata.

 

EL ZOCO

Se dejó llevar por el torbellino del sueño y se encontró en una plaza de un pueblo árabe inundada de tenderetes, con vendedores que se desgañitaban ofreciendo sus telas, dátiles, verduras, maderas, frutas, cerámica, cuero, perros, gallinas y corderos a todos los que por ahí andaban. ¡Y lo peor eran las moscas!... ¡Había cientos de moscas!

 

Y abriéndose paso como buenamente podía marchaba Cornelio junto a una marabunta de señoras enfundadas en sus atuendos árabes que parecían ir a la compra, cuadrillas de forzudos que quizás buscaban trabajo, grupos de niños jugando a la pelota, patrullas de paramilitares con sus fusiles de asalto al hombro, chavalitos jóvenes que pasaban el rato mirando pasar a las chicas y haciéndoles guiños y gestos para llamar su atención, y madres que daban bofetadas a las chicas que les devolvían las miradas. Y los clientes regateando a gritos con los vendedores mientras un pobre viejo daba voces y hacía equilibrios para abrirse paso empujando un carro lleno de vasijas sin que se le volcara el contenido. ¡No faltaba de nada! Un sitio tranquilo, vaya, un balneario.

 

-¿Pero dónde cojones estoy?- se preguntó -¿Qué hago yo aquí? ¿Ya me la ha vuelto a jugar Maga en mi sueño?

 

Aquél ambiente le resultaba inquietante y no se sentía cómodo.

 

 -¡Aquí, Cornelio, aquí!- pudo distinguir a Maga oculta tras un velo islámico, haciéndole señas desde un tenderete que había frente a él.

 

-¿Pero cómo me has traído aquí, te has vuelto loca?- le susurró el chico al llegar a su lado -Menos mal que hoy vienes tapadita, que como te vean los mozos del pueblo, a juzgar por la pinta que tienen se va a liar una buena.

A Cornelio se le heló la sangre en las venas al pensar lo que podría sucederles si aquella muchedumbre armada de alfanjes y fusiles descubriera la presencia de ese pedazo de mujer… ¡Joooder!...

 

-Me he vestido de árabe porque me sienta de maravilla, ¿no te parece?- y alzó los brazos haciendo un giro de bailarina mientras le dedicaba una encantadora sonrisa. Y el velo se llama hiyab, ignorante.

 

Un grupito de árabes, del que dos de ellos llevaban kalashnikov, detuvo su paso para mirarla y comenzaron a comentar haciendo gestos y riéndose entre ellos.

 

Cornelio empezó a sudar.

 

-Estás preciosa, Maga, y me alegro mucho de verte, pero por favor no me metas en estos líos- le suplicó -¿No hubiera sido mejor vernos en otro sitio? ¿Por qué me has traído aquí?

 

-¿Has visto qué cueros tan estupendos tienen?- preguntó ella impávida, señalando un desordenado montón de bolsos, botas, cinturones y demás entresijos –¿Cómo los trabajarán para darle esta textura? Son casi como los del Olimpo.

 

-Vámonos de aquí, anda, que cualquiera de estos me corta el cuello de un tajo y se queda tan ancho- protestó él -Anda, vámonos, que mira con qué caras nos están mirando. Sé buena y pórtate bien.

 

-¡Pero si estás en tu sueño y no te dolería aunque te pegaran!- ella mientras tanto le trasladaba unos metros más allá para asomarse a otro tenderete nuevo -Te puedes reír mientras lo hacen, que eso saca mucho de quicio a la gente. No seas egoísta, hombre, hazlo por mí, que ya desde niña tenía la ilusión de visitar un mercadillo de estos y nadie me quiso traer nunca. ¡Nunca! ¡Ni mis padres, ni mis tíos quisieron hacerlo!

 

Él se la quedó mirando escéptico.

 

-Mira, Maga, que te conozco y esta historia que me estás contando tiene toda la pinta de ser otra trampuja de las tuyas en la que me metes en un lío para que lo pase mal, y tú te descojonas de risa y me das luego algún óscar de la Academia del Olimpo.

 

-¡Oooh!... ¡Qué palabras tan deplorables!... ¡Me causan dolor tus infamias!... Pero eres afortunado al haber dado conmigo, que sé perdonar y aquí no ha pasado nada. Anda sé bueno tú ahora, que yo ya lo he sido, y acompáñame a dar una vuelta por el mercadillo, que tú serás el primero en traerme a uno. No me dejes morir con este prurito, darling querido, que tú no eres ruin.

 

Cornelio la miraba estupefacto… ¡Qué morro tenía la tía! ¡Qué manera de dar la vuelta a la tortilla!... Pero ella le cogió las manos y él naufragó en su mirada.

 

-¡Jodeeer, Maaaga!... Vale, trago, pero sólo un ratito, ¿eh? Y me has dicho que si me atizan no me va a doler, ¿no? Y tú no te separes de mí ni tontees con nadie, te lo pido por favor, que no quiero malos rollos con esta buena gente.

 

-No te preocupes que irá todo como la seda- le aseguró ella. Y le sonrió con gesto pícaro.

 

-¡Maaaga!

 

Total, que ratonearon un rato por el zoco a pesar de que Cornelio no las tenía todas consigo y quería poner tierra por medio lo antes posible, pero le frenaba el entusiasmo y la ilusión que veía en ella… ¿Sería cierto lo del trauma ese tan tonto o sería una trola que le había contado? ¡Era una mujer tan sorprendente!

 

Estaba dando vueltas a cómo decirle que ya era hora de cambiar de aires cuando un turco grandote, parecido al genio de Aladín pero de color aceitunado en vez de azul, se plantó ante ellos exhibiendo una gran sonrisa plagada de dientes de oro:

 

-¿Buscan algo en especial los señores? Si es algo que existe en el mundo Parra Petrash se lo puede conseguirr. Hay algo que estén buscando los siñorres? Parra mí será un placerr atenderr a una señorrita tan herrmosa y al joven caballo, oh, perrdón, caballerro, que le acompaña.

 

-Bueeeno… Muchas gracias, señor, pero no estamos buscando nada en especial, ¿no es así?- buscó apoyo en su acompañante sin encontrarlo -Estamos echando un vistazo nada más.

 

-¡Excelente!- se inclinó ante ellos -Pasen al interriorr y vean el génerro. Les asegurro que se sorrprrenderrán.

 

Pero Maga se había desentendido de todas las cuestiones mundanas y escudriñaba a su alrededor como un mustélido (véase comadreja) inquieto, arrugando su naricilla olfateando los vientos, sin prestar atención a lo que hablaban.

 

-¿Qué te pasa?- quiso saber él.

 

Se empezó a oír un ruido creciente de aspas de helicópteros que se aproximaban.

 

-¿Qué es eso? ¿Qué pasa?- insistió.

 

-No, no es por esos- le dijo ella en tono de advertencia –Es algo peor.

 

-¡Oh!... No prreocuparr… Son patrrullas de helicópterros buscando terrorristas, no pasarr nada- prosiguió el comerciante sin alterarse -Quizás ustedes estén buscando algo más especial y encuentrren este génerro algo vulgarr, perro acompáñenme porr favorr, que Petrash tiene más cosas parra los perrsonajes de categorría como ustedes.

 

Y les condujo hasta el fondo de su tienda, donde había lo que parecía ser un gran contenedor cubierto por una tela gruesa.

 

-No se moleste, señor, que no buscamos nada especial- se resistía Cornelio –Que no queremos drogas, ni armas, ni nada por el estilo… No se vaya a confundir.

 

Petrash hizo caso omiso de sus palabras y levantó el telón con gesto teatral, descubriendo un destartalado jaulón con suelo cubierto de paja, en cuyo fondo, sentado en un taburete junto a un orinal como único compañero, había un niño famélico de unos siete u ocho años, de aspecto agitanado, vestido con un raído taparrabos de un color indefinido, que les miraba con los ojos muy abiertos. Un Mowgli, para que me entendáis. Un grueso candado aseguraba la puerta del jaulón con el niño dentro… ¿Cómo os quedáis? Pues igual que Cornelio y yo.

 

-¡Pero bueno!- se quedó perplejo -¿Esto qué es?

 

-Si se refierre al orrinal, es una pieza de magnífica porrcelana china, siñorr, y se lo puedo dejarr a muy buen prrecio, y en cuanto al niño lo tengo en oferrta porrque es un poco torrpe, y del recinto… ¿Qué le voy a decirr del recinto si a la vista está que es un palacio?... Lo he constrruído yo mismo y también los hago de encarrgo. Resulta muy prráctico parra alberrgarr a familiarres demenciados y retenerr a rapaces descarriados, véase la muestrra.

 

-¡Oh, qué magnífica idea!- opinó Maga -Lo de albergar familiares demenciados lo veo muy práctico, y creo que me vendría bien disponer de dos o tres unidades, señor Petrash, así que le si le parece bien le haré un pedido en breve.

 

-No faltaba más, siñorrita, ¿con quién tengo el gusto de hablarr?

 

-¡Pero Maga!- el chico estalló -No puedo creer que seas tú. Déjate de jaulas y hostias, ¿es que no ves al niño? ¡Está encerrado!

 

-¡Oh!... ¡El niño!- intervino el turco –Ya dije que también puedo vender. Serr barrato, siñorr. Se lo dejo en trres mil rupias y obserrve que está en florr de la vida. Se llama Suez y sabe hacerr de todo: limpiarr, cocinarr, trabajarr en el campo y cuidarr los animales y los ancianos.

 

Cornelio hervía de rabia y escrutó los ojos de Maga para saber su opinión.

 

-Hay algo en este niño que no me inspira confianza- se limitó a decir ella, muy seria.

 

Y Cornelio atónito, claro está.

 

-¡A verr, Suez!... ¡Acérrcate parra que te vean estos siñorres!- y Petrash azuzaba al niño metiendo la punta de una vara entre las rejas -¡Shiit!... ¡Shiit!... ¡Shiit!...

 

Suez saltaba asustado intentando esquivar las punzadas y avanzó hasta caer de rodillas frente a Maga, implorando con sus grandes ojos negros inundados de lágrimas.

 

-¡Pero deje de hacer eso!- le exigió Cornelio, muy enfadado -¡Deje de pincharle con la vara y déjele salir ahora mismo!

 

Petrash no se alteró lo más mínimo y miró de arriba abajo a Cornelio antes de contestarle:

 

-Naturralmente, siñorr- amplia, dorada y socarrona sonrisa -Lo harré en cuanto usted me entrregue las trres mil rupias.

 

-¡Vámonos, Cornelio, vámonos de aquí!- le urgió Maga agarrándole un brazo -Siento la presencia de Fobos. Esto va a ser una pesadilla.

 

Pero Cornelio se desasió. ¡No podía dejar al niño allí!

 

-Y si usted no dispone ahorra del montante, no se prreocupe, siñorr- el turco continuaba impertérrito exhibiendo su dentadura -Que con Petrash siemprre se puede llegarr a algún acuerrdo, y también puedo ofrrecerrle el niño y dos camellos a cambio de su bella acompañante, ¿qué le parrece? Y así el chaval no le costarrá ni una rupia… ¡Es una ganga!

 

-Pero, ¿qué me está diciendo?... ¿Está usted loco?... ¿Y encima quiere que le venda a mi amiga?... ¡Socorro, que venga alguien!... ¡Suelte al chico ahora mismo que le daré sus tres mil rupias!

 

-¡Trranquilo, no se exalte!- Petrash le posó su manaza en el hombro en actitud apaciguadora -Tiene toda la razón, amigo mío, mi prroposición erra indigna...  ¡El chico y tres camellos a cambio de la bella india que le acompaña!... Me extrriñe muchísimo que usted lo dude, ¡más generroso no se puede serr!

 

-Y ahora dice que le estriñe- pensó Cornelio -¿Pero de qué cojones va este tío? Estaba claro que no tenía ningún tipo de moral, parecía que fuera capaz de comprar o vender a su propia madre.

 

-Rápido, Cornelio, vámonos ya, que la presencia de mi hermanastro ya se nota y se puede convertir en algo muy malo– la diosa le tiraba del brazo reclamándole acción.

 

Y los helicópteros sonaban cada vez más cerca.

 

-Sí, sí, vámonos ya, vámonos ya, ¿pero el niño, qué?- preguntó el chico angustiado -¡No podemos abandonarle! ¿Tienes tres mil rupias?

 

-¿Pero eres tonto o qué? ¿Olvidaste que es tu sueño? Desea tenerlas y las tendrás. Vámonos, ¡te digo que esto es una encerrona!

 

Cornelio no podía creer lo que veía… Su amada Maga queriendo abandonar al pobre Suez en manos de aquel tipejo… ¡Qué chasco se estaba llevando con ella!... Pero siguió sus instrucciones y la cosa salió bien, mira tú por dónde.

 

-¡Suelte al niño ahora mismo, Petrash! ¡Aquí tiene su dinero, así que suéltelo!- le dijo muy cabreado mientras le entregaba una bolsa con tres mil rupias.

 

El estruendo de los tres helicópteros que aterrizaban junto al mercadillo no les dejaba oírse bien, pero en el mismo momento en que Petrash abrió la puerta de la jaula, Suez salió como alma que lleva el diablo y en un par de saltos se abrazó como una lapa a la cintura de Maga, en donde se transformó emitiendo una luz cegadora en el mismísimo Zeus, os lo aseguro. Le dio una vuelta a su nombre y lo consiguió. Y era tal como lo imaginamos: grande, apuesto, atlético, laurel en la cabeza, con poblada barba y pelo blanco a juego con su inmaculada túnica y calzando unas enormes sandalias de las que parecían querer escaparse unos tremendos dedos mugrientos. No podía ser otro.

 

-¡Joder! El que faltaba- pensó Cornelio, sobresaltado -¿Y este ahora de qué va?

 

Y el dios le sacó de dudas rápidamente:

 

-¡Oh, mi dulce amor!- exclamaba mientras manoseaba y besuqueaba a Maga con fruición -¡Mi vida sin ti es un tormento, ten piedad de mí! ¿Por qué me haces sufrir así? ¡Pienso en ti en todo momento!

 

-¡Por favor, tío Zeus, basta ya! ¡Eres incorregible!- se resistía ella –De sobra sé que eso le dices a todas y tú sabes que lo que quieres es imposible... ¡Cómo se entere mi padre nos mata!

 

-Jo, jo, jo, jo… ¡Pero qué cosas dices, pequeña, eres un ser adorable! ¿Cómo nos va a matar si somos inmortales? Jo, jo, jo, jo…

 

Cornelio miraba la escena asombrado, sin atreverse a intervenir ante la imponente presencia y el poderío del dios.

 

-¡Todos de rodillas y con las manos en la cabeza! ¡Rápido!- la autoritaria voz amplificada por un megáfono que sonó a su espalda le puso las pilas -¡Quedáis todos arrestados por terroristas! Tú lárgate de aquí, Petrash- le hizo un gesto con la cabeza que evidenció su traición -A partir de ahora sois combatientes enemigos y como tales seréis tratados.

 

Cornelio se dio media vuelta y sus ojos salían de sus órbitas… ¡No podía ser!... El que profería las órdenes era el mismísimo coronel Leoncio Pedernales, que llegaba acompañado por su escuadrón de paracaidistas y les amenazaba a todos con un extraño tubo de aspiradora conectado a una mochila que llevaba sujeta a su espalda... ¿Por qué rendija se habría colado aquél chalado en su sueño?  

 

-¿Qué estás diciendo, insolente?- bramó Zeus con voz de trueno -¿Pretendes que me arrodille ante ti?... ¿Acaso no sabes con quién estás hablando?... ¡Póstrate tú ante mí si no quieres que te fulmine con mis rayos ahora mismo!

 

Pero con un movimiento rápido y certero como el de una serpiente de cascabel, don Leoncio le roció la cara con una nube de gas procedente de su armatoste y el dios Zeus cayó como un fardo al suelo, poniéndose a roncar de inmediato. Y Maga, a quién la nube le alcanzó de refilón, bostezó un par de veces y se acopló a echar una cabezadita ahí mismo, en el suelo.

 

-¡Ja, ja, ja!- el militar se mostraba exultante -¡El Dormilón XL es un gas infalible! Con esta arma dominaremos el mundo… Desarmarlos y esposarlos a todos, rápido, separando a hombres, mujeres y niños, y hacinarlos en los tenderetes hasta que lleguen los de la policía militar para su traslado al puesto de mando.     

 

Y los miembros de su escuadrón obedecieron sus órdenes como si de un banco de sardinas se tratara, moviéndose a toda velocidad de forma sincronizada y sin chocarse unos con otros. ¡Qué barbaridad, parecían bailarines del Bolshoi!

 

-Y en cuanto al cabecilla- continuó el coronel -El insolente, el de la túnica y los laureles en la cabeza, ponerle un mono naranja y asignarle una pareja de vigilancia para que le echen un chute de gas en cuanto abra un ojo, que despierto puede ser peligroso y aún no le quiero ver. Salta a la vista que es un fanático, pero yo sé domar a los de su calaña y os aseguro que su cabeza disecada adornará mi despacho. ¡Fulminarme a mí!... ¡Al coronel Pedernales!... ¡No te jode el tío lilas este!

 

-Perdone, mi coronel- se atrevió a decir un oficial -pero no sé si vamos a tener monos de su talla, que ya se ve que se trata de un individuo muy corpulento…

 

-¡Pues trae a unos jíbaros para que lo reduzcan y así quepa en el traje, idiota!- las venas del cuello de don Leoncio se hincharon como tuberías gordas, como las de las piscinas –Hazlo como quieras pero hazlo ahora mismo, y tú te encargarás personalmente de proporcionarle el mono y serás el responsable de su vigilancia las veinticuatro horas del día hasta que el taxidermista, que viene de Murcia, se haga cargo de él. ¡Y cómo te pille en algún renuncio te meto un paquete por colaboración con el enemigo que te vas a cagar, porque te fusilo yo solo!

 

Y una vez tomado impulso, se dirigió a Cornelio:

 

-¡Y tú también de rodillas, que os he visto hablando entre vosotros! ¿Qué haces aquí siendo europeo? ¿De dónde eres? Tienes aspecto de ser un apóstata que se haya unido al ejército islámico.

 

-¿Que tengo aspecto de apóstata? ¿Pero qué está diciendo?... No, no, don Leoncio- protestó el chico –Yo soy Cornelio Lasarte, soy de Madrid y usted me conoce, que soy el novio de su hija Lidia y estuve comiendo en su casa el día de san Valentín, y me han invitado a ir a la playa con ustedes. Y ni mi acompañante ni yo somos terroristas, se lo puedo asegurar.

 

El coronel insufló sus pulmones de aire y adoptó la actitud de una hiena rondando a un moribundo.

 

-¿Cornelio?... ¡Cómo olvidarte con ese nombre! ¡Ya me acuerdo de ti, mariconazo, pues claro que te conozco!... Y dices eres el novio de mi hija, ¿no?... ¿Y me puedes explicar qué estás haciendo aquí en compañía de la bella durmiente y del trastornado de la túnica?

 

-No, señor, no... No es exactamente así, se equivoca. Yo al trastornado le acabo de conocer, y he venido aquí con Maga porque a ella le gustan los mercadillos y tenía un trauma infantil porque nadie la traía…- nuestro héroe se daba cuenta de que se estaba liando él solo y no sabía cómo hilar su explicación.

 

-De manera que estás a seis mil kilómetros de tu casa y me quieres hacer creer que has venido aquí solamente para ir al mercadillo… ¿Es que me tomas por un idiota?

 

No quería marcharse del sueño dejando a Maga allí, pero se pudo dar cuenta de que ella hacía pequeños movimientos y cambiaba ligeramente de postura, así que no estaba tan dormida como Zeus, que roncaba como un jabalí, por lo era cuestión de aguantar un poquito más y de marcharse con ella.

 

-Ahora te quedas callado, ¿eh? Mmmh… Pues mira que yo tengo ganas de hablar un buen rato contigo para que me aclares algunas cosas- el coronel hizo un gesto con la cabeza señalando hacia Maga –Así que de momento te vas con los demás a la trena, que ya te iré a ver más tarde, que tengo mucho interés en oír tus explicaciones.

 

Y dirigiéndose a sus hombres, les ordenó:

 

-A este mantenerlo aislado e incomunicado. Y no se os ocurra llevarle nada para merendar. Así que hacerlo todo rápido y despejar esto, que hay que aplicar lanzallamas a todo. No son personas, son víboras, y hay que exterminarlas. ¡Los tiradores a sus puestos! Que al amor de la lumbre irán saliendo de sus escondrijos y los cazaremos como a conejos.

 

Y el banco de sardinas se puso en marcha con su hipnótica eficacia.

 

-¡No haga eso, coronel!- suplicó Cornelio, aterrado -¡Son personas normales que paseaban por el mercado, no son terroristas, no arrase la aldea!

 

-Tonterías, chaval, los terroristas fingen muy bien y son como las cucarachas: por cada una que ves resulta que hay diez escondidas. La fuerza es el único idioma que entienden.

 

El chico estaba horrorizado sin saber qué hacer cuando un flash le vino a la cabeza... De pronto recordó que, durante la comida en casa de Lidia, doña Concha le enseñó el truco para amansar y darle órdenes a su marido: había que ordenarle lo que fuera y terminar la frase con un nombre, ¿pero cuál era?, porque no era Leoncio, era otro, también así como antiguo… ¡Ah, sí! Ya se acordaba. Ejem. Se aclaró la voz:

 

-¡Ordena a tus hombres que dejen de ejecutar tus anteriores órdenes y que suelten a todos los prisioneros, Venancio!

 

-¿Cómo dices?- el militar rugió con los ojos inyectados en sangre y le apuntó a la cara con el tubo de Dormilón -¿Quieres repetir eso que has dicho?

 

- ¡Que… que… que…- tartamudeó el chico -¡Que les ordenes a tus hombres que dejen de ejecutar tus anteriores órdenes y que suelten a todos los prisioneros, Serapio!

 

Don Leoncio se transformó como por ensalmo en un zombi de mirada vidriosa y le obedeció de inmediato, con lo que el banco de sardinas comenzó a realizar la maniobra inversa con una sincronización perfecta y un arte pasmoso, ¡os digo que fue digno de verse! Tanto es así que se llevaron una unánime y sonora ovación de los aldeanos, que incluso cogieron a hombros a varios de ellos y les paseaban triunfantes por la plaza. Y las mujeres les tiraban flores, que yo lo vi.

 

-Y ahora deje la manguera y la bombona en el suelo, Ser-hip-apio, digo, Ser- hip-apio- un inoportuno ataque de hipo descompuso por completo a nuestro héroe.

 

El coronel le lanzó una mirada venenosa mientras hacía remolinos con los ojos.

 

-Le digo que deje sus–hip-cosas en el sue-hip-lo, Ser–hip-apio- se esforzó en contener el ataque, pero fracasó.

 

-AQUÍ YACE CORNELIO, CAMPEÓN DE LAS CAUSAS PERDIDAS- se imaginaba su lápida.

 

-¡Aaah! ¿Con que esas tenemos, eh?- don Leoncio volvió a la vida soltando un alarido de furia  -¿Te atreves a retarme, muchacho? Pues ahora verás lo que es bueno… ¡Subalterno del pene, que los jóvenes solo pensáis con la polla! Te voy a hacer trizas.

 

-¿Será hijoputa el tío este?-  la indignación y la rabia desbordaron a Cornelio y por primera vez en su vida sintió ganas de matar.

 

A su alrededor se había montado la fiesta y se organizó un gran corro en que cantaban los paracaidistas y los aldeanos mientras giraban cogidos de la mano. Ni decir que el vino corría a raudales, claro. El coronel intentó coger la manguera para rociar a Cornelio con el gas, pero el chico se le adelantó y le calzó una hostia con toda su alma que lo levantó del suelo y le mandó a hacer un aterrizaje forzoso un metro más allá. Se adelantó dos pasos para rematarle pero se detuvo al oír la voz de Maga:

 

-¡No lo hagas! Ya vale, Cornelio, déjalo ya. Está inconsciente y ya se llevó lo suyo. El odio y el orgullo son malos compañeros de viaje. Anda, hazlo por mí.

 

Y el mundo se paró un instante en el que su cabeza daba vueltas como un remolino y solo veía la imagen del coronel tirado frente a él.

 

-¡Joder, qué daño me he hecho en la mano!- del susto se le había quitado el hipo –Eso que me has dicho está bien. ¿También te lo enseñó el tío Zeus?

 

-No, eso me lo enseñó mi madre. Son palabras de Afrodita.

 

-¡Ahí va, la que faltaba! Pues a ver si me la presentas algún día, que me gustan sus consejos. Pfff… Anda, vámonos, que ya te dije que no era muy buena idea venir a pasear por aquí- le dijo –Cógeme la mano y le diré a mi sueño que nos lleve de nuevo al río, ¿vale? Y allí ya vemos lo que hacemos.

 

-¡Nooo! ¡No podemos abandonar al tío Zeus de esta manera! ¡Tenemos que llevarlo con nosotros!- le suplicó la diosa.

 

-¡Pero no me jodas, Maga! ¿Qué vamos a hacer con este cachalote a cuestas? ¡Si es un sinvergüenza que lo único que quiere es meterte mano, ¿no te das cuenta?! ¡Ya se las apañará él solo, que he visto que tiene muchos recursos!

 

-Que no, Cornelio, que no. Piensa que a pesar de todo es mi tío, y yo le quiero porque tengo buenos recuerdos de él. Venía a verme de pequeña, y me traía regalos, y jugaba conmigo, y era cariñoso, y me hacía reír... ¡Y ese monstruo- señalando al Pedernales -lo quiere disecar, así que no me iré de aquí sin él!

 

Y como el corazón puede más que la razón, Cornelio claudicó y se sentó en el suelo con Maga abrazando al tío Zeus, se concentró y gritó: ¡Sueño, vámonos de aquí! ¡Llévanos a los tres al río!

 

Y los tres se desvanecieron para materializarse de nuevo junto a la orilla del río.

 

-Muchísimas gracias, Cornelio, te quiero mucho porque tienes un corazón muy grande- ella le miró con ternura.

 

Y el chico me asegura que la tierra tembló en ese momento bajo sus pies.

 

-Me ha dicho que me quiere mucho y me ha mirado con ternura, ¿estaré soñando?- pensó él -¡Pues claro que sí, qué tonto soy, si estoy en mi sueño! ¿Pero se puede soñar que se sueña? Porque yo estaba en un sueño cuando las palabras y la mirada de Maga me hicieron meterme en otro… Echó de menos a Julio para saber su opinión. Tenía que dar con la forma de traerle una noche a dar una vuelta por allí, que lo iba a flipar de colores, y seguramente Maga les llevaría al Chapa y Pintura para celebrarlo y sería muy divertido, je, je, je, je…

 

-Chico, ¿qué te pasó? ¿Te ha dado una ausencia?

 

-Perdona- contestó, frotándose la frente -Ha debido ser el jet lag… Pero, ¿qué pasó con el tío Zeus? ¿No venía con nosotros? ¿Dónde se ha metido este fenómeno?

 

-¡No está!- exclamó Maga con espanto -¡No ha llegado con nosotros, se ha quedado allí a merced de ese gorila y del taxidermista que viene de Murcia! Tenemos que rescatarle, rápido, ¿vienes conmigo, darling querido?

 

-Hostias, Maga, ¿volver a ese avispero? ¡Y con el coronel despierto!

 

Ella optó por derretirle con la mirada y hacerle un mohín con el pico.

 

-Vale, iremos, si no queda otra… Pero dame un susto si me entra el hipo, ¿eh?, que cuando le hable tengo que decir Serapio siempre al final.

 

-Vale, pero tú no dejes que te amordacen, ¿eh?

 

Y en esto, mientras Cornelio se concentraba en pedirle a su sueño que les trasladara de nuevo a aquél horrible zoco, un enorme abejorro negro se posó sobre su nuez, esbozó una enigmática sonrisa, y le soltó un picotazo que resonó hasta en Oklahoma.

 

-¡Un arzobispo! ¡Y te ha picado en la nuez!- exclamó Maga, muy alarmada.

 

-¡Aaargh!... ¡Qué dolor!- el chico quería gritar, pero el aire se le atascaba, y se agarraba el cuello con las dos manos -¡No puedo respirar! ¡Me ahogo!

 

-¡Resiste, Cornelio, resiste, que te haré una traqueotomía!- le aseguró ella.

 

-¿Túúú?- acertó a decir el joven, presa del pánico.

 

-Naturalmente, ¿acaso dudas de mí? Los de la Escuela de Tebas me invitaron a un cursillo cuando hice mi primera comunión y aún recuerdo algo de lo que allí explicaron. Espera un momento, que necesito un tubito, y verás- le aclaró ella mientras cogía un canuto de un matojo cercano.

 

-¿Tu primera comunión? ¿Cuándo fue eso?... ¡Aaargh!... ¡Con eso no, por favor, Maga, no me vayas a pinchar con eso, que me matas!- el chico perdía la vida a ojos vista.

 

-¡BRRROOOM!- un rayo cayó junto a ellos, y de entre los flashes y los humos surgió la imponente figura de Zeus.

 

-¿Estáis en apuros, muchachos?- preguntó con calma y suficiencia -Tranquilos, tranquilos. No pasa nada, que ya estoy yo aquí.

 

-¡Oh, tío Zeus, qué bien que viniste!- palmoteó ella -¡Qué oportuno has sido en esta ocasión! ¡Cúrale, anda, que le picó un arzobispo, que sé que tú puedes!

 

-Te enseñaré el valor de la experiencia, pequeña- el dios sonrió con benevolencia y masajeó con su enorme manaza el gaznate de Cornelio mientras repetía –Sana, sanita, culito de rana, que si no sanas hoy sanarás mañana…

 

Y el ahogo del chico desapareció por arte de magia. Lo que es el oficio, oye.

 

-Gracias, Zeus, thank you, merci, wilkomenn- deliraba Cornelio entre jadeos –Me has salvado la vida, tronco.

 

El dios le miró con desagrado y fijó la atención en su sobrina, porque una vez superada la alegría inicial, a Maga se le había torcido un poco el gesto.

 

-¿Qué pasa, pequeña, acaso no participas de la fiesta en mi honor?

 

-Espera un momento, tío, aclárame una cosa… Si no tú viajaste hasta aquí con nosotros, ¿cómo sabías dónde estábamos? ¿Cómo te libraste del coronel y llegaste tan rápido?

 

-Mmmh… No entiendo tu pregunta, querida, ¿qué quieres decir?

 

-Pues verás, tío, que conozco muy bien tus bajezas y tus procederes impíos y tramposos, y creo que tú viniste hasta aquí con nosotros y que te transformaste en el gran arzobispo que picó a Cornelio en la nuez, para presentarte después como su salvador y así evitar cumplir tu propia ley.

 

Cornelio escuchaba asombrado.

 

-¿Sería cabrón el tío este? ¡Él había sido el que le había picado! ¿Y de qué ley hablaba ahora Maga?

 

-¡Oh, tamaña infamia!- el dios se fingió dolido –Ese gas del sueño te ha debido afectar, mi niña, y si no te quisiera tanto me ofenderías gravemente. Me desembaracé de los payasos borrachos con los que me abandonasteis repartiendo tres moquetes y vine aquí a buscaros para asegurarme de que os encontrabais bien… Así que déjame que te aplique unos fomentos y te haga unos arrumacos, pequeña, que verás cómo enseguida te encontrarás mejor.

 

Cornelio lo flipaba con las malas artes de Zeus.

 

-¡Déjate de fomentos y arrumacos, tío, que no eres más que un cuentista y un salido, y te vales de métodos muy bajunos! Tú llegaste con nosotros aquí y te transformaste en arzobispo para picar a Cornelio y salvarle después la vida.

 

-¡Oh, por Cronos, tú desvarías ángel mío! ¡Me haces reír! ¿Por qué iba yo a seguir tan errática conducta?

 

-Pues porque fue Cornelio el que te salvó la vida a ti, al sacarte de allí, y no tú a él, como pretendes hacernos creer. Y sabes que la ley por ti promulgada te obliga a ser noble y cortés con él durante toda su vida, y él es mi acompañante, así que eso te impediría abalanzarte sobre mí de manera desaforada cada vez que me vieras, ¿no es así?- le dijo ella muy airada -Conozco tus artimañas y sé que no eres más que un farsante y un tramposo, tío Zeus, que vives de tu leyenda y en realidad eres un fiasco.

 

El dios bajó la vista avergonzado y advirtió que por las uñas de sus pies parecía un explorador de alcantarillas, con lo que los escondió bajo su túnica.

 

-En este mundo cruel nada es verdad ni mentira- arguyó dignamente en su defensa -Todo es según el color del cristal con que se mira.

 

Maga le lanzó una mirada reprobatoria y continuó:

 

-Tú falta de ética es vergonzosa, tío. Casi matas a Cornelio, aun debiéndole la vida, para luego venir a salvarle de algo que tú le habías provocado y ponerte una medalla… ¡Me avergüenzo de ti!... Anda, Cornelio, hazme el favor, dale un par de hostias de mi parte al tío, que ya te las daré yo a ti luego.

 

-¡Eso sí que no!- gritaron al unísono Cornelio y Zeus.

 

-Ja, ja, ja, ja- rió Maga.

 

El dios marcó bíceps y miró desafiante al joven, soltando un resoplido de advertencia.

 

-Tu ley me protege, no debes hacerlo- le recordó el chico, intentando disimular el temblor de sus piernas.

 

Fiel a su estilo huyó hacia adelante:

 

-Yo soy partidario del diálogo, que la violencia no lleva a nada bueno- les aclaró -Y te aseguro que no hay nada como un buen diálogo. Y si puede ir acompañado por unas cervecitas y unas anchoas con patatas fritas aquello se convierte en una experiencia única, insuperable. Y si os fijáis bien, en las guerras siempre hay víctimas por los dos lados, así que eso no le conviene a nadie…

 

-¡Cállate ya, Cornelio, por favor! Solo era una broma, que te lo crees todo. Ahora tengo que zanjar un asunto muy serio con mi tío- y volviéndose hacia él –Y cuanto a ti, que tu conducta es indigna de un dios, porque hiciste esta pantomima para liberarte de tu deuda con Cornelio, ¡a buenas horas te iba yo a querer si no fuera por lo bien que te portaste conmigo cuando yo era pequeña!

 

-¡Por favor, querida niña! ¡Sin duda estás enajenada! No puedo creer que pienses eso de mí- había que reconocer que el tipo tenía tablas y conservaba la entereza -Deja que te abrace, que te haré unas carantoñas que te calmarán de inmediato y aquí paz y después gloria. ¡Verás qué bien!

 

-¡De ninguna de las maneras!- se opuso Maga, muy indignada –Que sepas que tu obligación de ser noble y cortés con Cornelio durante toda su vida sigue en pie, y que si vuelves a hacer algo parecido se lo haré saber al Consejo de los Dioses para que te echen del Olimpo por violar tus propias leyes. ¡Te juro por el padre Cronos que así lo haré, tío Zeus!

 

-¿Expulsarme a mí del Olimpo? Juá, juá, ¡qué desatino! ¡Si el Olimpo es mi reino!

 

-Pues precisamente por eso todos, incluso los Cíclopes, que son muchos y forzudos, obedecerán ciegamente tus leyes y te expulsarán del Olimpo, y eso será tu castigo y tu deshonra eterna.

 

-¡Rayos y truenos!- Zeus pensaba en las palabras de su sobrina –Parecía que ella hablaba en serio y si se chivaba de sus argucias él sería expulsado del Olimpo, ¡expulsado del Olimpo!... ¿Y a dónde iba a ir?... Sí él en el fondo era un paleto, que no había viajado nunca, que sólo había ido una vez a Canarias, a ver el Teide… En su exilio tendría que buscar refugio en el helado norte y tendría que convertirse en un yeti o en un buey almizclero… No, no, mejor que no. No soportaría pasar por ese bochorno.

 

Así que no tuvo más remedio que tragar con las condiciones que le imponía la joven:

 

-Y siempre serás amable con Cornelio y me respetarás a mí para no incomodarle dándole motivo de celos, porque él es una persona muy especial para mí y le debo lealtad… ¡Júrame por el padre Cronos que lo cumplirás, tío! Y que yo vea tus veinte dedos mientras lo haces, no sea que vayas a cruzar unos cuantos.

 

Zeus tragó saliva. ¡Estaba perdido! No tenía más remedio que mostrar sus pies a Maga. ¡Qué mal rato iba a pasar!

 

-¡Por dios, tío, qué uñas tan inmundas tienes!...  Y encima vas exhibiéndolas con calzado abierto. ¿Se puede saber cuántos años tienen ya tus pestilentes sandalias? ¿Es que no hay nadie en el Olimpo que se ocupe un poco de tu higiene? Vamos, Zeus, realiza tu juramento y vete a lavarte los pies, y luego al podólogo para cortarte las uñas antes de que te vea nadie más. ¡Qué van a pensar los Cíclopes de ti!

 

Y la persuasión innata del eterno femenino logró que el dios aceptara sus condiciones, pronunciara el juramento y se marchara de vuelta a casa muy pensativo.

 

-¿Dónde cojones tendría su consulta el podólogo del Olimpo?- se preguntaba, mesándose el cabello mientras se alejaba de allí.

 

-Maga- Cornelio habló el primero cuando se quedaron a solas -¿Es verdad que soy una persona muy especial para ti y que me quieres ser leal?... ¿Es cierto lo que le dijiste a tu tío?

 

-¡Bueno! Son cosas que se dicen para salir del paso- contestó ella riéndose -¿Es que eres tonto o qué?... ¿No te das cuenta de que estoy loquita por ti?

 

-¿Siii?... ¿Y me puedes decir una cosa?

 

-¡Claro! Pregúntame lo que quieras.

 

-¿Cuál es tu verdadero aspecto, el que te ves cuando te miras a un espejo?

 

-¡Jaj, ja, ja, ja! Te tiene intrigado, ¿eh? Pues llegó el momento de decírtelo: mi verdadero aspecto es este, tal como tú me ves.

 

-¿Y eso? Pero si los demás te ven cada uno de una manera…

 

-Ya, pero en tu caso, cuando nos encontramos, yo estaba muy mojadita y ahí me falló la magia. Soy exactamente tal como tú me ves.

 

Y él no pudo vencer al impulso que le empujó a besarla, pero una vez más se impuso la ley de Morfeo y ella se desvaneció en cuanto sus labios contactaron con ella.

 

-Tííí… Tííí… Tííí… Tííí- ¡el puto despertador de nuevo! ¡Cada mañana sonaba más pronto! -¡A repartir pollo otra vez, joder que vida esta!

 

Se arrastró hasta la ducha y se preparó un Nescafé.

 

-¿Será verdad lo del sueldo este que anuncian aquí de por vida? No conozco a nadie que le haya tocado, ya me podía tocar a mí.

 

Acababa de entregar un pedido cuando sonó su móvil.

 

-¿Lidia?... ¿Qué pasa?... Estoy trabajando…

 

-Perdona, cari, pero no sabes lo que ha pasado. Esta mañana se han encontrado a mi padre tirado en el portal inconsciente con la mandíbula rota. Se ha debido de caer por la escalera, pero no se acuerda de nada y le van a operar ahora mismo.

 

-Eeerh… Vaya, qué mala suerte, cuánto lo siento- disimuló su sobresalto -Espero que vaya todo bien. ¿Hay algo que yo pueda hacer?

 

-No, nada, solo pasar a verle luego si quieres, que le gustará mucho verte, porque dicen que repetía tu nombre cuando estaba inconsciente…

 

-¿Quééé?... ¿Decía mi nombre?... ¿Y qué más decía?- preguntó acojonado.

 

-No lo sé muy bien, pero me dicen que no paraba de decir desvaríos sobre historias de guerras, y decía que tú eras un peligroso líder terrorista y te llamaba Cornelio el apóstata, y no sé qué disparates más.

 

-¿Ah, sííí?... ¡Qué cosa tan rara!

 

-Ya te dije que él es muy enrollado y que te cogería cariño enseguida. Mira cómo se acuerda de ti incluso en los malos momentos.

 

-Eso debe de ser- se agarró a un clavo ardiendo -¡Qué entrañable! Pues iré a verle en cuanto pueda, claro que iré.

 

-El doctor Tuétanos dice que el golpe ha sido tremendo, que parecía que le había dado una coz una mula, y que era normal que ahora no se acordara de nada y confundiera la realidad con sus sueños.

 

-Eso tiene que ser. El médico es el que más sabe, ¿no?

 

-Y que ya irá recuperando la memoria en los próximos días, que no nos preocupemos, que no le agobiemos y que le demos mucha sopa.

 

-¿Mucha sopa?

 

-Pues claro, ¿no ves que no puede masticar? Algo tendrá que comer.

 

-¡Vaya por dios!

 

-Así que yo salgo ahora para allá y tú podrías pasarte un rato cuando acabes el trabajo, que le hará ilusión verte.

 

-Muy bien, muy bien. Así lo haré.

 

-¡No era posible!- pensó muy aturdido cuando colgó -Él no tenía tanta fuerza como para romperle la mandíbula a don Leoncio de un puñetazo, así que él no podía haber sido. Aquello era imposible, pero ¿cómo había sucedido?

 

-♫ ¡Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así! ♪- canturreaba Serrat a través de los altavoces de la furgo mientras terminaba de hacer el reparto.

 

HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ

 

Los días fueron pasando y Cornelio ya solo vivía para soñar con su amada y poder estar con ella el mayor tiempo posible. Perdió el hábito de comer regularmente y descuidó mucho su aseo. Sólo salía de casa para ir a trabajar al Roñas y volvía en cuanto acababa su turno. Se chutaba sus pastillas para dormir y se metía en la cama con el móvil apagado para que nadie interrumpiera su sueño, de manera que se redujeron al máximo los contactos con sus padres y sus encuentros con Julio y Lidia. Su falta de puntualidad se hizo evidente en el trabajo, y Olivares le había abierto dos expedientes en diez días. Pero todo aquello se la chuflaba y su única preocupación era que su reserva de pastillas se estaba agotando y no sabía cómo conseguir más, porque sin duda le pedirían receta, que ya se había informado.

 

Una mañana le despertó la voz de su madre:

 

-Cornelio, hijo mío, ¿te encuentras bien? ¿Qué haces metido en la cama a estas horas? ¡Son más de las doce de la mañana!... Tendrías que estar trabajando, ¿no?

 

-¡Mamá, eres tú!... ¿Qué haces aquí?... ¡Debes cuidar tus rendijas!... ¡Ten mucho cuidado con Fobos, es muy mala persona!

 

-¿Pero qué desvaríos dices, hijo, qué es lo que te pasa?- intervino su padre -¿Es que has estado bebiendo hasta ahora? ¿Lo ves, Hortensia? ¡A este chico no se le puede dejar solo!

 

-¡Pero cómo lo tienes todo!- continuó su madre -¿Cuánto hace que no limpias la casa?... Tienes todos los ceniceros llenos, y hay latas de cerveza y platos sucios por todas partes…

 

-Yoo… ¡Lo siento mucho! Iba a recogerlo todo ahora, porque aprovechando que es sábado iba a hacer limpieza general.

 

-¿Pero qué dices, Cornelio, si hoy es jueves?

 

Victoriano y Hortensia, muy alarmados, decidieron llevarle a las urgencias de psiquiatría, de donde salió ocho horas después con un diagnóstico de “brote de esquizofrenia paranoide aguda” y con un tratamiento provisional de siete pastillas diarias de cuatro tipos diferentes que debería tomar al menos hasta que le viera su especialista de zona.

 

-Es posible que le prescriban alguna medicación más, o incluso que le recomienden unos días de ingreso para poder valorarle mejor, porque su hijo no está nada bien. En lenguaje llano ha perdido la chaveta- les dijo el médico al despedirse -¡Y no olviden acudir al neurólogo para descartar un trastorno de médula!

 

Sus padres se quedaron muy preocupados por sus palabras porque aquello no sonaba nada bien.

 

Así que Lidia y Julio se acercaron a su casa para verle al día siguiente.

 

-¿Cómo está? ¿Qué le ha pasado?- le preguntaron a su madre cuando les abrió la puerta.

 

-Ay, hijos, los médicos aún no lo saben. Han dicho que puede ser cosa de glándulas o algo así…

 

-Médula, Hortensia, médula. No glándulas- le corrigió su marido.

 

-Pues eso, cosa de médulas, lo que yo decía, a ver qué diferencia hay… Pasar a verle si queréis, que se alegrará mucho de que hayáis venido.

 

Le encontraron sentado en una butaca, babeante y con la mirada perdida por el exceso de medicación.

 

-¿Qué dicen de mí en el Roñas, Julio?- preguntó arrastrando la voz.

 

-De momento no dicen nada- le explicó su amigo –Tu madre cogió el teléfono cuando llamó Olivares a preguntar por ti, y le dijo que estabas indispuesto y que no te podías poner, pero él reclamó tu justificante médico, y no sé yo si el papel con el membrete de las urgencias psiquiátricas que enviaron tus padres les va a sentar muy bien… ¡En fin!... ¿Qué es lo que te pasa, tío?

 

-Estoy enamorado, Julio, muy enamorado, eso es todo... Pero no te preocupes por mí, que estoy bien- contestó balbuceante mientras se limpiaba las baburrias con un kleenex.

 

-¡Oooh, cari!... ¡No me digas que todo esto te está pasando por mí!- exclamó Lidia en su santa inocencia -¡Pero si yo te quiero mucho y ya estoy pensando en nuestra fecha de boda! Quería darte la sorpresa y proponerte que nos casáramos el diecinueve de mayo del año que viene en la iglesia de Mataborricos, el pueblo de mi padre, pero no sabía que sintieras tanto anhelo por mí… ¡Si quieres lo podemos adelantar!

 

-Si lo que has de hablar no va a agradar es mejor callar- las palabras de la señorita Remedios, su profesora de básica, surgieron de su memoria y Cornelio hundió la mirada en el suelo manteniendo silencio.

 

-Me han contado un chiste buenísimo- Julio intentó quitarle hierro al asunto –Resulta que el Titanic se está hundiendo y el capitán ordena a los oficiales lanzar los últimos botes para subir todos en orden... Pero mi capitán, si todavía quedan mujeres en el barco, le dice el contramaestre, y el capitán contesta: ¡sí, hombre!, para follar estoy yo ahora, ja, ja, ja, ja, ja, ¿no te hace gracia?

 

Cornelio le miraba impávido y Lidia chasqueó la lengua en señal de desagrado.

-Amos no jodas, Corni, que algo más tiene que haber, no me vaciles, dímelo- objetó su amigo, incrédulo –Que algo raro te tienes que estar metiendo para haberte puesto así. Dime toda la verdad ahora mismo.

 

-¡Es una mujer increíble, Julio, y yo la quiero y me ha dicho que ella a mí también! ¿Es que no te das cuenta? ¡Es mi diosa!

 

-¡Oooh, cari!- Lidia estaba visiblemente emocionada –Nunca creí que me quisieras tanto… ¿Podrás perdonarme algún día?...

 

Su amigo le miró preocupado sabiendo de qué iba la historia, pero no quiso hablar delante de Lidia.

 

-Hala, chicos, que ya está bien por hoy- interrumpió doña Hortensia –Que el médico ha dicho que necesita mucho descanso para que se recuperen sus glándulas. Mañana podéis venir otro rato a verle si queréis.

 

Aquella noche Cornelio besó efusivamente a sus padres antes de meterse en la cama y hacerse el dormido.

 

-Ningún hombre vivo podrá tenerme- las palabras de Maga no paraban de dar vueltas en su cabeza -¿Habría manera de burlar el maleficio? ¿No habría alguna rendija por la que colarse?

A eso de la una y media se levantó muy sigiloso para ventilarse las pastillas de todas las cajas que le habían recetado ayudado por una lata de cerveza.

 

-Adiós, Trudy, mi fiel amiga- dijo al volver a la cama –Que sepas que te echaré mucho de menos.

 

Y notó que su almohada se estremecía quejumbrosa.

 

-No me lo pongas difícil, anda, sé fuerte, que sabes que te quiero mucho- y le dio un tierno beso de despedida.

 

Se quedó dormido en cuestión de minutos y Trudy aprovechó para enrollarse en su brazo.

 

A la mañana siguiente sus padres lo encontraron en la cama con una llavecita de plata firmemente asida en su rígida y pálida mano. Su cara mostraba una expresión muy apacible, podría decirse que de felicidad. El chico ya no respiraba y los del SAMUR no pudieron hacer nada por recuperarle a pesar de sus esfuerzos y su premura en llegar.

 

Sus padres se quedaron en estado de shock, sin poder digerir la noticia, y Hortensia se puso a buscar su almohada por toda la casa, pero no aparecía por ninguna parte, qué cosa tan rara.

 

-Demonio de chico, ¿qué habrá hecho con ella? ¡Qué cosas tan malas tienen las glándulas, ay señor!

 

♪ Y morirme contigo si te matas,

y matarme contigo si te mueres,

porque el amor, cuando no muere mata,

y los amores que matan nunca mueren… ♫

 

Se oía cantar al viejo Sabina por la ventana del patio, mientras que lejos de allí, junto al Olimpo, una pareja de jóvenes se comían a besos.

 

 

 

FIN


 

 

 





 

RENDIJAS









 

 

 

 


 

ÍNDICE

 

Cornelio…………………………………………………………..……..…..………………. 2

Las enseñanzas de Julio…………………………………………….………..…...……… 10

Sara……………………………………………………………………..….………………. 22

Un estreno Top Gun………………………………………………………...………….… 28

Aterriza como puedas……………………………………………..……………………… 33

Lidia……………………………………………………..……………..…..……………….. 39

El reconocimiento médico……………………………………………..…………………. 43

¿Dónde las dan las toman?....................................................................................... 50

La prueba………………….…………………………………..……………………..……. 58

No hay dos sin tres………….………………………………..………………..…………. 61

¡Feliz san Valentín!.................................................................................................... 74

Don Leoncio Pedernales…………………………………………….…...………………. 78

El incendio………………………………..………..……………..………….…………….. 89

Vuelta a empezar...…………………………………………….………………….……… 99

Desbordado………………………………………………………….……………..…..… 111

Un poquito de folklore.……………………………………….…..…….…………………118

De compras……………………………………………………………..………………… 128

El zoco………………………………………………………….……..………….……….. 138

Hasta el infinito y más allá……………………………………....………..…….………. 160

 

CORNELIO

-¡Qué pollo tan ordinario!

-¿Lo dice por mí, señora?- exclamó el chaval, sobresaltado.

-¿Es que no tienes ojos en la cara, muchacho?- doña Urraca agitaba el envase del pollo a escasos centímetros de su nariz -¿Has visto el grueso del corte?... Mira, mira, si es más grueso que mi pulgar, ¿no lo ves? Y yo pedí escalopines, ¡ES-CA-LO-PI-NES!, ¿comprendes? ¿Tú sabes lo que son los escalopines?

El chico retrocedió un paso y la miró con asombro.

-Pues sí, señora, sí que lo sé. Y lo sé porque me gustan mucho los animales- el repartidor se mostró muy ufano –Los escualopines son las crías de los escualos, que son los tiburones y su amplia familia. Así que son tiburones pequeños, del tamaño de un salmonete, más o menos, para que se haga una idea. Y es por eso que escualopines es su nombre correcto, sepa usted, y no escalopines, que eso es un término referido al senderismo y no viene a cuento ahora.

-Pero… Pero… ¿Qué es esa sarta de tonterías que estás diciendo, chico?- el asombro cambió de bando -¿Es que te estás riendo de mí o qué? ¿Has visto qué aspecto tienen?... Si es todo grasa, no hay más que verlo. Mira, mira, blanco, todo blanco... ¿Tú crees que yo les voy a dar de comer esto a mis hijos? 

Aspiró ruidosamente una bocanada de aire y continuó con sus graznidos:

–¡Vete por donde has venido y llévate estos despojos de aquí porque no te voy a dar ni un euro por ellos! Y que sepas que ahora voy a llamar a tu supermercado para poner una queja. O mejor dicho dos: una por sus productos y otra por tu insolencia.

-Hágalo, señora, está en su derecho- le animó él -A mí me entregan los pedidos y yo los reparto, así que a mí no me cae el marrón.

-¿Qué es lo que dices? ¿Cómo te llamas? Dímelo, que quiero poner tu nombre en la queja- le increpó ya cuando bajaba la escalera.

-¡Cornelio, doña Urraca, sepa usted que me llamo Cornelio!- vociferó él desde un piso más abajo, apenas volviendo la cara al contestar.

-¿Cóóómo dices que te llamas? ¿Corneliooo? Ja, ja, ja, ja… ¡Mentira, mentira! Ja, ja, ja, ja… ¡Qué ocurrencia! Eso es imposible, nadie se llama así, ¿quién le va a hacer eso a su hijo? ¿Me estás tomando el pelo otra vez?

El hartazgo acumulado de las innumerables chanzas y chascarrillos que había tenido que soportar a lo largo de su vida acerca de su nombre le brotó desde lo más hondo: 

-¡Pues yo me llamo así, señora, y a mucha honra!- los berridos ya procedían de la puerta de la calle -¡Sepa usted que me llamo Cornelio, como Publio Cornelio Escipión, el gran general romano que venció a Aníbal! Y a usted quién le puso el nombre, ¿eh? Porque tuvo mucho tino. ¡Que pase un buen día y disfrute mucho de su teléfono, doña Cuerva!

-¿Cómo has dicho? ¡Sube hasta aquí y repítelo!- qué joven tan impertinente, y qué cosas tan raras decía… Que si Cornelio, que si escorpión, que si escualopines… ¿Estaría bien de la cabeza? Iba a llamar a la tienda a preguntar por si acaso…

-A ver si la marquesa esta del pan pringao me va a joder el curro ahora- mascullaba el otro, ya por la calle -¡Será cabrona!... Qué vida tan perra esta…

Y aquí hay que hacer un inciso para explicar que Cornelio no estaba pasando por su mejor momento, que eso lo reconocía él, pero lo más alarmante es que la cosa iba a peor. Él había sido siempre muy tímido, pero su timidez llegaba al extremo a la hora de tratarse con chicas. En cuanto al sexo, él tenía claro que era hetero porque notaba que eran ellas quienes le encendían, pero eso no quitaba para que se pudiera llevar bien con cualquiera que profesara cualquier otra opción sexual. Lo único que daba y exigía a cambio era mostrarse respeto entre ellos. Le parecía lo más lógico y le salía sin forzar lo más mínimo, de natural, así que así lo hacía y le iba bien en ese terreno.

Total, que el caso es que ya cerca de los veinte no había tenido ninguna relación física con ninguna chica. Y cuando digo ninguna es ninguna, que no miento. Ni la más mínima: ni un beso, ni una caricia, ni siquiera caminar cogidos de la mano: NADA DE NADA.

Pero el despertar de su sexualidad, algunas páginas de internet, y la lógica curiosidad y el deseo de darse un palizón con alguna chica guapa que fuera entusiasta de la misma idea crecían de día en día y le habían llegado a obsesionar. Le disgustaba el hecho de que, quién más, quién menos, todos sus amigos y conocidos tenían alguna experiencia con chicas, ¡pero eran todos menos él! Eso no podía ser, le daba mucha vergüenza. Tenía que enrollarse de alguna manera con alguna piba, tenía que probarlo. Y si follaba, mejor.

La oscuridad de la noche daba rienda suelta a su desesperación:

-Otro día perdido sin que pase nada- pensaba al meterse en la cama.

Y se entregaba en brazos de Trudy, su querida almohada, su compañera fiel:

-¡Si es que me muero de ganas de darle un buen morreo a una tía, Trudy! Pero no sé cómo conseguirlo... ¿Me lo grabo en una camiseta, lo vocifero con un megáfono?... ¿Tú qué harías? Tengo que probarlo, quiero saber qué se siente, no sé si me entiendes- y ella le acogía con cariño y comprensión, porque estaba profundamente enamorada de él.

Pero en cuanto se durmió Trudy y él se quedó a solas, sus satanillos volvieron para inquietarle:

-¿Se me pondrá dura mientras me morreo?... La chica lo notaría, claro, y ella sabrá qué hacer, pero ¿y si hay más gente delante y me pillan con la tienda de campaña puesta?… ¡Qué corte, ¿no?! ¡Se van a descojonar!

El chico era una cosa exagerada. Con las que le gustaban perdía los nervios hasta cuando se sentaban a su lado, como le pasó una vez en el autobús del instituto con Wendy, una compañera de clase morenita y pizpireta que le tenía atrapado y le quitaba el sueño. A Cornelio se le disparó el corazón como una carraca cuando ella, que no apartaba la mirada del móvil, se sentó a su lado sin advertir su presencia, con lo que él empezó a boquear como un pez, le temblaron las piernas y se empapó en sudores fríos al sentirla tan cerca.

Al menos su vista no estaba afectada, menos mal, con lo que la echaba miraditas de reojo pensando en cómo abordarla.

-¡Joder qué bonita es! ¿Pero qué le digo yo ahora? ¿Hago como si no me hubiera dado cuenta y la saludo fingiendo sorpresa o qué? Sí, parece que es buena idea.

Pero una contractura repentina en su mandíbula le indicó que quizás no lo era tanto… ¡Si no podía articular palabra!

-Qué ojazos tiene- se limitó a pensar -qué pelo, qué boca, qué tetitas tan simpáticas, qué manos tan, tan… ¿fuertes?... Y las muñecas también… ¡Joder! ¿A veeer?... ¿No será que?...

Bajó la mirada hasta su entrepierna ¡y descubrió que Wendy tenía paquete!, que desde ahí lo veía muy bien. Un buen paquetillo, sí señor. Y se quedó helado con el hallazgo.

-¡Hostias!- pensó -¡Pero si Wendy es trans! ¡Ahí va la leche, quién lo iba a pensar!

Y decidió quedarse callado, esta vez por decisión propia y sin contracturas que le obligaran. Porque aquello le descolocaba y se sentía confuso. Sabía que cada persona tiene derecho a elegir el sexo que prefiera, nada que objetar, pero resulta que él se había hecho ilusiones con esa persona creyendo que ella era de otra manera… Y no es lo mismo, o al menos él lo sentía así.

-¿Y por qué no es lo mismo, si se puede saber? (incluyo esta pregunta a petición de un lector interesado en el tema).

-Pues… no sé si sabré explicarlo bien- le contesta Cornelio -Quizás tenga algo que ver con que en las fantasías sexuales de los hombres heteros no era raro que acariciáramos y jugáramos con los genitales de nuestra chica. Y si donde te esperas encontrar una rendija te encuentras con un lagarto… Pues que no es lo mismo, que te descoloca la fantasía. Me lleva a replantearlo. Y no es por prejuicios sino por sensaciones… ¡Qué le voy a hacer si soy así! Yo también tengo derecho a vivir mi sexualidad libremente, ¿no?

El caso fue que el chico se quedó calladito hasta que ella se levantó para bajarse:

-Hasta mañana, Wendy- acertó a farfullar.

Ella se volvió sorprendida y le regaló una espléndida sonrisa. La verdad es que era muy guapa, ¡qué putada!

-¡Corni, si eres tú! Viajabas acá conmigo ¿y cómo no dijiste nada?

-Yooo… eeerh… te veía muy centrada en el móvil y no quería molestar.

-¡Eh, tú, joven!- gritó el conductor -¿Quieres dejar bajar a la chica de una vez y no molestarnos a todos? ¡Queremos llegar a casa, que tenemos que comer!

En fin, que no daba una.

Y cuando salía de fiesta y se encontraba con alguna que le gustaba, pues también era lo de siempre, que se la quedaba mirando embobado sin saber qué coño decirla para romper el hielo. Y entretanto llegaba otro que le decía cualquier tontería que la hiciera reír y ¡zas! Como por arte de magia el camino se le allanaba y a los pocos minutos ya se estaban dando con la manita en la pierna el uno al otro. ¡El truco era la risa, hacerlas reír!

La risa con sus propiedades relajantes y benefactoras tenía que ser una de las llaves mágicas que abren el corazón femenino, no podía ser de otra manera. Ahora bien, ¿cómo podría hacerlas reír? Tampoco quería convertirse en el típico pesado que te cuenta doce chistes seguidos sin respirar…

-¿Qué técnicas había para hacer reír? ¿Cuál era el mejor chiste del mundo?

Escaneó la red y vio que en todas partes se destacaba el poder hilarante de una buena carcajada contagiosa (pero ojo, que no servía una risa cualquiera) soltada por alguien que se estuviera partiendo de risa era una de las cosas que más podían inducían a reír.

Pero ¿cómo tenía que ser una carcajada para ser contagiosa? Esa era la cuestión, así que buceando en youtube seleccionó una carcajada que le gustó mucho y le hizo reír, pensando que él la podría llegar a imitar muy bien con un poco de práctica en su habitación. Y cuando lo dominara podría llegar y decir la gilipollez más grande que quisiera, que si después se reía así de bien y le lograba contagiar a ella, eso era simbiosis segura.

Y debatiendo con Trudy los pormenores del caso le venció el sueño.

Fiel a su propósito se puso a practicar la carcajada contagiosa la misma tarde del día siguiente. Le daba una pasada al video de youtube y luego lo imitaba él. Y así una y otra vez. Y cuando ya llevaba una hora larga y lo hacía bastante bien, su madre, Hortensia, se asomó por la puerta de su dormitorio:

-Cornelio, hijo, ¿te encuentras bien? No tendrás ningún animal aquí metido, ¿verdad?

-¿Un animal, mamá? ¿Cómo se te ocurre, porqué dices eso?

-No, perdona, es que cada vez que paso por el pasillo me parece oír un glugluteo de pavo en tu habitación, y no sé si eres tú o que tienes algún bicho.

-¿Cómo dices? ¿Que si estoy glugluteando o que si hay un bicho en mi habitación? ¡Qué cosas tan raras dices!- le echó cara -Yo no glugluteo, mamá. Nunca lo he hecho. No sé cómo se hace y ni siquiera sabía que se llamaba así. ¿Y tú cómo sabes cómo gluglutean los pavos, si se puede saber, dónde los has oído?

Ella sonrió y le explicó:

-Es una vieja historia. Cuando yo era pequeña, todos los años en navidades me llevaban a pasar unos días al pueblo, a casa de los abuelos. Y ellos tenían allí un pavo suelto en la cocina, que andaba de aquí para allá picoteándolo todo y soltando un glu-glu-glu-glu-glu muy repetitivo. Su triste destino era el de servirnos de cena, claro, y su negra mirada decía que él también lo sabía, de manera que yo interpretaba su glu-glu como su canción del adiós a la vida en una ópera que ponían mis padres, y yo me ponía muy triste al oírlo y lloraba a escondidas. Y ahora me pareció oírlo de nuevo y por eso me he asomado, no fuera a ser que se te hubiera ocurrido subir un pavo a tu habitación.

-¿Un pavo en mi habitación? Si, estuve pensando en adoptar uno, pero casi prefiero un avestruz… ¡Cosas tan raras dices, mamá!

-O que estuvieras enfermo y estuvieras tosiendo de manera que sonaras como el adiós a la vida del pavo, yo qué sé. Me asustó oír ese ruido y me asomé.

De nuevo a solas en su habitación, Cornelio, incrédulo, tragó saliva y soltó un bufido:

-¡Puuuf! Vaya ducha fría que me acaba de dar mi madre- resopló -¿Que mi risa le da lástima?... ¿Qué si es el al adiós a la vida?... ¿Qué llora a escondidas?... ¿Es eso lo que transmiten mis carcajadas contagiosas?... Pues menudo éxito voy a tener con ellas, no te jode. Todas las chicas llorando desconsoladas y alejándose de mí como de la peste, mejor desechar la idea. ¿Qué podía hacer ahora?

Como todos, tenía su corazoncito y su dignidad, y no se encontraba a gusto siendo el farolillo rojo del pelotón, por lo que estaba firmemente decidido a integrarse en él, pero no sabía cómo hacerlo… ¿Es que nadie le iba a revelar nunca el secreto de cuándo podía besar a una chica sin que le pegara una hostia?... ¿Cómo son sus señales, cómo detectarlas, pueden ser ultrasónicas, existe algún manual?... ¿Cómo podía saber cuándo alguna chica estuviera receptiva y dispuesta a tener algún rollo con él?... Pues el caso era que él se había llevado dos bofetones las dos primeras veces que lo había intentado, y quieras que no, un principio así mina la moral de cualquiera.

Y total, que se idiotizaba cada vez que se acercaba a alguna chica con intenciones de enroscar, y yo tuve la suerte de asistir una vez a su actuación estelar, que consistía en acercarse sigiloso cual guepardo a su inocente víctima para volcar una bebida sobre ella mediante un aspaviento imprevisible e intempestivo:

-¡Perdona, mil perdones! ¡Lo siento!- balbuceaba rojo de vergüenza mientras insistía en secarle la ropa con un puñado de servilletas de papel -¿Te he mojado mucho?

La chica le miró iracunda y le calzó un bofetón:

-Joder, tío, mira cómo me has puesto… ¡Y aparta esa mano, que encima quieres aprovechar para tocarme, cabrón! Anda, déjame en paz que voy al baño a limpiarme y no quiero verte aquí cuando vuelva, ¿vale? Que como se entere Jackie te va a poner la cara a cuadros, ya lo verás.

Y se alejaba maldiciendo su suerte por haberse cruzado con semejante gilipollas.

Cornelio no tenía remedio y él lo sabía. Tenía que admitir que estaba muy desorientado en las cuestiones de amor… Y por cierto, ¿quién cojones sería ese Jackie? No sería de alguna banda, ¿no? Ese rollo no le iba nada y ella parecía centroamericana... ¡Qué gilipollez, eso era una paranoia suya!... Pero ¿y si…?

Bueno, él era muy neuras, sí, pero no era ningún blandengue, y si los demás eran capaces de conseguirlo ¿por qué no iba a conseguirlo él? ¡Temblad, chicas, que voy por vosotras!- se reía de sí mismo.

 

Tenía que dejarse de teorías y ser práctico. Lo único que necesitaba era la ayuda de un guía, un maestro, un instructor, un coach que fuera experto y discreto. Y no había muchos candidatos para esa especialidad.

Así que después de tres noches de intensos debates con su almohada:

 - A Ricardo no, Trudy, que es un bocazas. Para explicarle el problema le tengo que contar todos mis fracasos. Y encima dándole detalles… No, no y no. Que al día siguiente lo sabe todo el barrio y me sacan los colores en tós laos.

Ella permaneció en silencio y él le comunicó su decisión:

-Prefiero pedírselo a Julio, que le veo más fiable y me cae mejor que él. Le pediré que me haga de profesor, y a ver si lo acepta y qué es lo que me pide a cambio.

Trudy se encogió de hombros dando a entender ¡y yo qué sé!

Julio era un compañero de trabajo con el que tenía buen rollo y era buen tío, que en todas partes le apreciaban y hablaban bien de él. Y además tenía fama de ser un rápido pistolero con tres novias formales registradas y otras varias informales, así que algo sabría de esto. Con lo que cumplía con las condiciones.

Así que quedaron una tarde en el Niu para tomarse unas birras a cuenta de Cornelio y le explicó su conflicto para pedirle su opinión y ayuda.

-Pavo, mal vas- sentenció en tono burlón su nuevo coach -Francamente, no creo que lo tuyo tenga vaya a tener solución.

-¡Y dale con lo del pavo!- se rebotó él -¿Y eso es todo lo que se te ocurre?... ¿Me vas a cantar tú también el adiós a la vida?...

-Perdona, Corni, ¿de qué me hablas?- preguntó Julio extrañado -¿Qué parte me he perdido?

-Nada, nada, déjalo. Que yo creía que tú sabías de tías y que me podrías contar alguna forma de acercarme a ellas sin espantarlas o algún truco infalible para ligar.

-Ja, ja, ja, ja- se descojonó el maestro –Con las mujeres el único truco infalible que existe es ir de pagano, que siendo así siempre habrá alguna que te acompañe al fin del mundo, déjate de tonterías. Lo que te pasa es muy grave y debemos atajar el mal por la raíz… Yo creo que lo mejor será tramitar tu eutanasia.

-¡Déjate de hostias, Julio!

-Pero es que nunca he visto un caso igual... ¿Te importa si lo cuento por ahí sin decirle a nadie que eres tú?

-¡Joder, Julio, no te pases!… A ti te sonará a coña, pero a mí me tiene jodido, ¿qué crees que puedo hacer?… ¿Me voy de putas una noche a ver si aprendo algo y me suelto o qué?... ¿Tú te has ido de putas alguna vez?...

-Bueno, lo de las putas no creas que es mala idea, pero te acabas dejando una pasta, eso sí. Mejor espera a ser director del supermercado antes de aficionarte. Vente conmigo un par de tardes a dar un rulo por ahí y asunto arreglado, hombre... ¡Te sentarás en la cima del mundo! Palabra de Julio, ya lo verás.

Cornelio le miraba incrédulo, sin saber qué decir.

-Anda, págate otra rondita por mis servicios y no seas rata, tío. Esta misma tarde empezamos con las prácticas, que no tenemos tiempo que perder, pero las birras van de tu cuenta, ¿ok?

-Vale, trago. Gracias.

 

LAS ENSEÑANZAS DE JULIO

A pesar de su machismo, de su aires de superioridad y de ir tan de sobrado, Cornelio acabó apreciando más a Julio al descubrir que se divertía saliendo con él, porque aunque no siempre estuvieran de acuerdo en sus opiniones sí que había cosas en las que lo estaban y además se reían bastante saliendo juntos. Y cuando no coincidían en algo la cosa no iba a mayores y aparcaban el tema a un lado.

-Bueno, pues tú eres del Barça y yo del Madrid, pero a los dos nos gusta el fútbol, ¿no?

-Sí.

-Bueno, pues eso. Si todos opináramos lo mismo la vida sería aburridísima, ¿no te parece? Así que una vez establecido este punto pasemos al siguiente asunto, que podría ser… eeerh… las chicas, por ejemplo.

Julio daba muestras de ser un hombre sabio, pero en los primeros intentos no se jalaron una rosca y las dudas empezaron a hacer mella en su amigo.

-¡Pero relájate, Corni!- le decía el coach -¿No ves que las tías son todas brujas y perciben tu inseguridad? Las mujeres siempre buscan un hombre que les proporcione seguridad. Y eso es así desde los tiempos de las cavernas, y para hacerlas creer eso hay que mostrar aplomo. Y tú con ellas muestras menos aplomo que un flan Dhul viajando en barco.

-¡Un flan Dhul viajando en barco! Ya te daré yo a ti flan Dhul en barco, soplagaitas, que eres un fraude- le echó en cara Cornelio -Tanta fama de ser Johnny el rápido y llevamos tres días saliendo y aún no nos hemos estrenado… Oye, Julio, una pregunta, ¿tú por qué sales conmigo a ligar además de por tener acceso a birras unlimited?

-Ja, ja, ja, ja… Pues porque eres un colgado y un coñazo de tío y me aburro de cojones contigo. Porque soy masoca, que no tiene otra explicación.

Y volvió a reír antes de explicarse:

-Pues porque saliendo contigo tengo el triunfo asegurado, colega. Si nos encontramos algún pibón seguro que me la llevo yo a la cazuela, porque contigo no tengo competencia, pero si voy con otro colega igual me vuelvo a casa con el rabo entre las piernas. Y si no se diera el caso de encontrar al pibón pues me doy mi rulito tomando el pulso a la calle, me tomo mis birras y después me la casco en mi casa tan contento. ¿Te das cuén?

-¡Qué cabrón eres!- y se rió él también -Pues a mí me pasa lo mismo, que me aburro de cojones contigo y lo paso fatal todas las tardes, y que tu coaching me sale por un ojo de la cara porque bebes como un dromedario, así que debo de ser también masoca.

-Pues bienvenido al club- celebró Julio chocando su palma de la mano.

Pero aunque se cachondeaba de él, también le daba pruebas de su amistad abriéndole de par en par las puertas de sus inmensos conocimientos:

-Pues Corni, tío, no sé cómo explicarte- le decía -A mí es que me sale solo, aquí te pillo, aquí te mato, que es lo normal, ¿no?… Y es que hay muchas formas de enrollarse, ¿es que no ves las películas?... Quizás lo más sencillo en tu caso sería que la llevaras a tomar algo y a bailar a algún sitio, un agarrao, y una vez en ello le aplicaras un frotis con vaivén con tu pecho sobre sus pitos como si fuera un sin querer, ¿me sigues?- le hizo una demostración práctica para ilustrarle –Y ella enseguida te deja muy claro si consiente o si te pone barrera.

Cornelio no perdía detalle de la lección.

-Sí, claro, eso si no me pega una hostia- alegó.

-Que no, hombre, que no. Qué pocas luces tienes. Hay que hacerlo con tacto, que tampoco te tienes que chocar contra sus tetas como si fueras un tren de mercancías, te digo que le pongas un poco de arte al frotis y que lo hagas como si fuera un sin querer, pero que lleve vaivén, ¿eh? Es fundamental que el roce tenga ida y vuelta para que se note que lleva intención, y que no sea solo una pasada que pudiera ser accidental.

-Con arte, con tacto y con vaivén- repitió para no olvidar nada -¿Y entonces? ¿Ella qué se supone que hace?

-Pues una de dos, o pega un respingo y te pone los codos o se acurruca contigo.

-O me suelta la hostia- insistió, Cornelio.

-Que no, gilipollas, que no te la da, que tus miedos son el germen del mal- su amigo se puso trascendente -Que a mí me da que tú pierdes los nervios cuando piensas que te van a dar una hostia y alguien lo va a filmar con el móvil para colgarlo luego en las redes. Y entonces te cagas y te bloqueas. Esa es tu peor pesadilla.  

-¡Aaaah! ¡No lo había pensado, pero eso sí que sería una putada!- cayó en la cuenta -Sería una humillación pública, me convertiría en el hazmerreír de todos y las chicas se apartarían de mí como si fuera un apestado. Nunca jamás me lo haría con ninguna ¡nunca!

-Ja, ja, ja, ja… Es que contigo me descojono, ¿de dónde has salido? Tú eres ingenioso y tienes recursos, que te vi tontear con unas la otra tarde y tienes labia y las sabes engatusar, que la de los ojos verdes te seguía el rollo y te miraba mucho, emitiendo feromonas, que no había más que verla.

-¿Que me emitía feromonas, dices?... Bueno, sí, es posible que la de los ojos verdes me mirase. Y si no hubiera sido por el detalle de que a ella le sobraran cincuenta kilos de peso es también posible que yo la hubiera mirado más a ella.  

-¡Ah! Ahora parece que don Cornelio es un tiquismiquis y le hace ascos a las personas debido a pequeños aspectos físicos, ¿no? Pues eso no está nada bien porque la belleza está en el interior- el maestro se mostraba socarrón -Pero advierto que haces algún progreso, porque te diste cuenta de que la chica emitía, ¿no? Y yo no la vi agitar banderas ni llevar ninguna pancarta, y entonces ¿cómo lo percibiste?

-Sí, me di cuenta de que se me acercaba mucho al hablarme, y me dijo que se llamaba Lechutza y que era letona, que no es una marca de leche sino que nació en Letonia, un país báltico. Su mirada era intensa y su cara tenía una expresión especial, mostrando mucho sus labios al hablar. Y yo no soy tiquismiquis, que si hubieran sido seis o siete kilos de más lo hubiera pasado a pesar de su nombre, pero cincuenta son demasiados.

-¡Déjate de rollos conmigo, que soy tu instructor!- su amigo se puso serio repentinamente -Su cara expresaba deseo y tú lo percibiste perfectamente, no te hagas el tonto. Abandona esos criterios tan materialistas y la próxima vez que la veas te lo haces con ella. Y ahora págate otra rondita que las chicas están al caer y estás aprendiendo mucho, quizás más de la cuenta.

-¡Joder! Me dijiste que salir a ligar contigo era más barato que lo de las putas, y ya llevo invertida una pasta en esto, y no nos comemos un colín.

-Hombre de poca fe, piensa en que esto no es más que un juego, ¿no? A ti te entran ganas de jugar con las chicas y buscas a alguna que quiera jugar contigo, ¿no es así?... Pues de buen rollito y sin presiones, ¿no?… ¡Es un juego y eso es todo, no hay más!... Y si encuentras alguna y os lo montáis, pues todos tan contentos, y si no es así, pues game over, insert coin y vuelta a empezar.

-Es posible que tengas razón, sí, Creo que me tomo esto demasiado en serio y me olvido de lo esencial: que se trata de un juego.

-Tú quieres saber dónde se encuentra la delgada línea roja, ¿no? Pues si quieres traspasar esa frontera y caminar por el wild side de los encantos femeninos lo primero que tienes que hacer es ir provisto de…

-Condones, ya sé, que no me pille nada malo, sáltate eso, hombre.

-¡Nooo! Antes que los condones lo que tienes que hacer es llevar contigo a un notario, no seas incauto, que certifique que la damisela de turno se lo quiere hacer contigo, que eso te podrá evitar posibles problemas futuros en el caso de que ella se moleste luego y te quiera denunciar.

-Me estás vacilando, ¿no? ¿Cómo voy a llevar a un notario conmigo cada vez que salga a ligar?

-Pues deberías planteártelo tal como están las cosas. Cuando yo salía con Clara me lo hice una noche de viernes con Sandra, diciéndola que Clara y yo habíamos roto, y cuando me pilló la trola se cogió tal cabreo que me quiso ir a denunciar diciendo que yo la había forzado a tener sexo conmigo cuando no era cierto.

-¡Hostias, qué marrón! ¿Y cómo pudiste librarte de ello?

-Pues menos mal que había varios testigos aquí en el Niu dispuestos a declarar que Sandra salió encantada conmigo la muy zorra y así se cortó de ir a la comisaría.

-Vaya, pues parece que esto se va complicando: el frotis con arte, con tacto y con vaivén, y además frente a un notario o con testigos… Bueno, cuéntame más sobre las emisiones, ¿cómo puedo saber que la chica está receptiva?

-Pues eso salta a la vista, colega, porque cuando ella traga te envía señales por todas partes: sus pupilas se dilatan, sus glándulas se dislocan y aumenta la temperatura y el riego sanguíneo de su piel, se dilatan sus poros, segrega feromonas a borbotones, sus genitales se hinchan, su corazón se acelera y su presión arterial aumenta, así que hay que estar muy atento a todo eso…

Cornelio le miraba alucinado.

-Ah, claro, así que además del notario y los testigos tendré que llevar un botiquín de urgencias para tomar la temperatura y la tensión arterial de las pibas con las que quiera ligar para saber si voy por buen camino, ¿no es eso?

-Pues más o menos, amigo, pero tendrás que hacerlo a pelo, sin tanto instrumento, porque te digo que si no haces nada mientras ella se muestra entregada y se pone a huevo, ten por seguro que te odiará para siempre y perderás definitivamente todas tus opciones con ella. Te colocará la etiqueta de indeciso e inapetente y pasarás a formar parte de su lista negra, la de los postergados carentes de interés, con lo que se enrollará con el primer cercanías que pase, a ser posible amigo tuyo, para darte bien por culo, que las pibas son muy malas, que te lo digo yo. Les encanta hacernos sufrir y se valen de todos los medios para conseguirlo, porque no tienen corazón, que eso es otra de las cosas que debes saber sobre ellas.

-¿Tan malas son?

- ¡No lo sabes tú bien! Y nunca te creas lo que te cuente una mujer, porque las mujeres siempre mienten, siempre. Tampoco lo olvides.

-Vale, tío, vale. Pero haz una pausa que me estás desbordando con tanta información... ¡Uuf! Así que dices que la indecisión es lo peor, ¿no?... Pues ahí creo que tienes bastante razón, porque recuerdo una tarde con Rosa en la que ella estaba como una mona y se me puso a huevo, y yo ya me creía que iba a ser mía, que sabes la fama que tiene, pero me levanté a buscar un par de copas y cuando volví me la encontré morreándose con otro, la muy cerda… ¡Y a pesar de todo se trincó sin respirar el cubata de ron que la llevé! ¡Por toda la cara!

-¡Pues claro, amigo! Te digo que las mujeres no tienen corazón. Y eso es porque la mayoría de las chicas, digan lo que digan las feministas, no han superado su instinto de querer tener a su lado a un hombre fuerte y resuelto que las proteja y que las haga sentirse seguras, y si te ven indeciso te sacan tarjeta roja y quedas eliminado de inmediato. En ese sentido Tarzán sigue siendo su ideal.

-¿Tú crees?... Pero eso suena muy machista, ¿no?

-Ni machista ni hostias, tío. Eso es una verdad como un templo, porque gracias a ese instinto ellas han ido sobreviviendo desde que éramos mandriles hasta nuestros tiempos, y todo ese bagaje de cientos de miles de años de llevarlo de una manera no se lo van a quitar de encima en diez minutos, ¿no crees? Las cosas llevan su tiempo.

-Yo qué sé… Yo no me acuerdo de cuando era mandril y no sé a quién preguntarle sobre eso.

-¡Joder! Pues no es difícil imaginarlo, colega, porque es de suponer que en los tiempos de las cavernas, cualquiera de ellas que no consiguiera tener a su lado a algún aguerrido mostrenco que la protegiera a mamporros de los peligros de su entorno, y sobre todo de sus congéneres que se las quisieran follar, no le quedaría otra que dedicarse a recoger leña y frutitas del bosque, y para servir de alivio a los gallitos de la tribu que se quisieran echar un kiki de vez en cuando, porque si no tragaba con ellos se llevaría algún garrotazo que otro… ¡Menudo plan, ¿no?! ¡Un puente hacia su jubilación!... Así que había hostias por ser alguna protegida de uno de los más forzudos que hubiera por allí. Y si era el que más, mejor. Y puede que cueste admitirlo pero nos guste o no nos guste eso fue así durante muchos miles de años, y lo llevamos grabado en nuestros instintos y en nuestra forma de comportarnos, tanto ellas en su papel como nosotros en el nuestro, que tampoco era fácil, pero aquella fue la mejor forma de sobrevivir día a día, que fue a lo único que aspiramos durante tooodo ese tiempo.

-Mmmh… Pues es posible que tengas razón. Al menos tiene su lógica.

-¡Pues claro, hombre! Y ese instinto de quién a buen árbol se arrima buena sombra le cobija lo tienen grabado en las profundidades de sus