Álvaro Luengo

RENDIJAS

 
 -¡Qué pollo tan grosero!

-¿Lo dice por mí, señora?

-¿Es que no tienes ojos en la cara, muchacho?- la encolerizada dama agitaba el envase frente a las narices del chico -¿No te has fijado en el grueso del corte o qué?... ¡Esto no es más que grasa!

El chico la miraba asustado, pensando cómo calmar su ira.

-¿Tú crees que mis hijos van a querer comer esto?- continuó ella –¡Haz el favor de llevártelo por dónde has venido porque no te lo pienso pagar! Y que sepas que voy a llamar ahora mismo para poner una reclamación.

-Lo siento, señora, como usted diga- se excusó él -A mí me entregan así los pedidos y yo solamente me encargo de repartirlos.

Y el caso era que el joven estaba aturdido por la montaña rusa en la que se hallaba. En poco más de tres meses se había precipitado desde las más altas cimas de felicidad que llegó a escalar hasta las más profundas simas del infierno, desde donde un triple salto mortal le había llevado hasta… ¿Dónde coño estaba ahora?... Lo único que tenía claro es que estaba perdiendo la cabeza y eso le daba un poco de miedo.

En sus pesadillas veía a la locura acecharle en la oscuridad como una loba hambrienta de afilados colmillos, esperando el momento para saltar sobre él y poner fin a todo con una certera dentellada en el gaznate. Y el caso es que se sentía incapaz de decidir si quería poner tierra por medio o entregarse gozoso en sus brazos, porque la loba era una mujer, claro está.

Así que se encontraba agarrotado y mostraba el mismo aplomo que un flan Dhul viajando en tren, así que optó por despedirse de la señora balbuceando excusas y cagándose en todo por lo bajini.

 
Cornelio (sin risitas, por favor. El chico se llamaba así y ya está)

Nuestro héroe había sido extremadamente tímido, al menos con las mujeres, y estando a punto de cumplir los veinte aún no había tenido ninguna relación con una chica. Y cuando digo ninguna, es ninguna, pues ni siquiera había pasado por la  experiencia de besar a una. Y aquello de cuándo conseguiría darse un morreo con alguna le tenía obsesionado. Todas las noches, al acostarse, se repetía:

-¡Me muero de ganas de darle un muerdo a una tía!... Quiero saber qué se siente… ¿Se me pondrá dura mientras lo hago?... Joder, ¿y qué hago si hay gente delante y se dan cuenta?…

Y por esos laberintos andaba.

Hasta su adolescencia había sido medio tonto, de esos que se creían que los americanos eran siempre los buenos, todo el día arreglando motos y pescando ranas, que en ese tipo de cosas era un líder. Y ahora se había convertido en el farolillo rojo del pelotón, porque la totalidad de sus amigos ya había tenido algún tipo de relación amorosa, y vale, había sido culpa suya, pero… ¿es que nadie le iba a revelar nunca el secreto de cómo cojones se podía besar a una chica sin que te pegara una hostia?... ¿qué señales emitían?... ¿qué banderas ondeaban?... ¿cómo se podía saber cuándo querían morrear?... Él veía muchas más parejas besándose en los bares que dándose de hostias, así que estadísticamente lo de besarse sería lo normal y lo otro no, pero el caso era que él se había llevado sendas bofetadas las dos primeras veces que lo había intentado, y quieras que no, eso le había minado la moral y se sentía como un ciego en el país de los tuertos cada vez que se acercaba a alguna con intención de enrollarse, porque se bloqueaba y no se enteraba de nada.

Tartamudeaba, le sudaban las manos, soltaba banalidades o inconveniencias cada vez que abría la boca, o repetía su actuación estelar, que era volcar algún vaso con líquido oscuro sobre su presa de forma imprevista y espasmódica…

-¡Perdón! ¡Lo siento!- balbuceaba mientras le ofrecía puñados de servilletas de papel empapadas de cuba libre a su víctima -¿Te he manchado mucho?

-Pues bastante, tío, mira cómo me has puesto, joder… Ya podías tener más cuidado... Anda, déjame en paz que voy al baño a limpiarme y no quiero verte sentado aquí cuando vuelva, ¿vale?

Y se alejaba maldiciendo su suerte en voz alta por haberse encontrado con semejante gilipollas.

Cornelio tenía que admitir que había perdido el rumbo y que necesitaba un guía para instruirle en el arte de del amor, y decidió ir a pedirle instrucciones a Julio, un amigo que tenía fama de pistolero y que había tenido ya tres novias, así que algo sabría de esto.

-Pavo, mal vas- dictaminó gravemente su colega después de escucharle atentamente -No creo que tu caso tenga solución. Yo creo que lo más aconsejable es la eutanasia.

-¡Joder, tío! ¿Y eso es todo lo que se te ocurre?... Yo creí que tú sabías algo de esto y me podrías contar alguna táctica infalible de esas que dicen que tienes.

-Ja, ja, ja, ja- se descojonó el otro –Con las mujeres la única táctica infalible que existe es ir pagando… Quítate esas tonterías de la cabeza ahora mismo. Lo que te pasa es muy grave y debemos atajar el mal de inmediato… ¡Nunca había visto un caso igual!

-Bueno, no te pases tanto… A ti te sonará a coña, pero a mí me tiene jodido. ¿Qué  crees que debo hacer?… ¿Me voy de putas o qué?... ¿Tú has ido alguna vez?... El caso es que me convierto en un idiota en cuanto intento enrollarme con una.

-Ja, ja, ja, ja, ja- su amigo se descojonaba sin disimulo –Bueno, lo de las putas no está tan mal, no te vayas a creer, pero te acabas dejando una pasta. Mejor te vienes a dar un rulo una tarde conmigo y asunto arreglado... ¡Te convertirás en el rey del mambo! Palabra de Julio, ya lo verás.

Cornelio le miraba incrédulo, sin saber qué pensar.

-Anda, págate una ronda por mis servicios y no seas rácano, tío. Esta misma tarde empezamos con las clases, que creo que tienes mucho que aprender.
 

Las enseñanzas de Julio

Julio era un tío simpático que se encontraba amigos en todas partes. Tenía su cultureta y sobre todo muy buen rollo. Y Cornelio no tardó en descubrir que sintonizaba y se lo pasaba bien con él, aunque no siempre estuvieran de acuerdo en sus opiniones y no se jalaran ni una rosca las primeras veces que salieron juntos.

-Oye, Julio, ¿tú por qué sales a ligar conmigo?- preguntó Cornelio una vez -¡Si tú tienes fama de ser Johnny el rápido y yo no me como un colín!

-Pues precisamente por eso- contestó su amigo, muy serio -Porque saliendo contigo siempre tengo el triunfo asegurado si nos encontramos con alguna gallinita. Y si salgo con cualquier otro vete tú a saber cómo acaba la cosa, que igual me la levanta y me vuelvo para casa con el rabo entre las piernas para consolarme con la alemanita.

Y soltó una sonora carcajada seguida por un sonoro guantazo en el hombro que le dejó escocidito.

-¿Pues por qué va a ser, gilipollas?- continuó –Pues porque eres un colgado y un coñazo de tío y me lo paso fatal saliendo contigo, ¿por qué va a ser si no?... Pues porque soy masoca, que no tiene otra explicación, ¿no te diste cuenta? - volvió a reír -Y si nos encontramos con tías, pues mejor me lo pones, porque con suerte me acabo tirando a alguna… No te digo que lo superes, pero iguálalo si puedes.

-¡Qué cabrón eres!- y se rió él también -Pues a mí me pasa lo mismo, que sintonizo contigo y me das buen rollo… Y hasta me fío de ti, y no sé porqué, con lo hijoputa que eres... Eso será que nos hemos hecho buenos amigos, ¿no?

-No corras tanto, colega, dejémoslo ahí. Somos amigos y ya está. Que luego la vida da muchas vueltas y trae muchas sorpresas.
Pero aunque se cachondeaba de él, le dio pruebas de su amistad abriéndole de par en par las puertas de sus vastos conocimientos en la materia:

-Pues Corni, tío, no sé cómo explicarte- le decía -A mí es que me sale solo, aquí te pillo, aquí te mato, que es lo normal, ¿no?… Y es que además hay muchas formas de enrollarse, ¿no lo has visto en las películas?... Quizás lo más sencillo en tu caso sería que la llevaras a bailar a algún sitio y una vez en ello le aplicaras un frotis circular con tu pecho, marcando el giro sobres sus pitos como si fuera un sin querer, ¿me sigues?- hizo una demostración práctica para ilustrarle –Pero con vaivén, ¿eh? Y ella enseguida te deja muy claro si consiente o si te pone barrera.

Cornelio no perdía detalle de la primera lección.

-Pero con tacto, ¿eh, amigo?, que tampoco te tienes que chocar contra sus tetas como si fueras un tren de mercancías, que a mí me da que tú te las das por ahí de finolis y educadito pero pierdes los nervios cuando te da por pensar que te va a dar una hostia filmándolo con el móvil para para colgarlo en internet. Y entonces te aterrorizas y la cagas.  

-¡Es que eso es una putada! ¡Sería una humillación pública y todas las chicas huirían de mi como de un apestado en cuanto se corriera la voz!- se explicó él –¡Ya nunca me jalaría una rosca! ¡Nunca! En youtube hay muchos videos en los que se lo han hecho…
 
 -Pues eso, colega, que hay que hacerlo con un poco de arte y con tacto, pero tú eres ingenioso y no eres ningún moñas, que yo te he visto tratando con chicas y tienes mucha labia y las engatusas muy bien.

-¿Qué las engatuso, dices?... A ver si ahora me vas a hablar como si fueras mi abuela… Pues bueno, vale, puede ser que las engatuse como tú dices, pero en cuanto quiero ligar con alguna se me funden los plomos y me quedo muerto, no sé qué hacer. Que no valgo pa ná.

-Vale, pero esta lección bien vale una birra, tío, así que págate una rondita que las niñas ya están al caer… ¡Vaya mierda de tarde!... Parece que hoy tampoco ha salido ninguna...

-¡Joder! Más barato que las putas, me dijiste, y ya llevo gastada una pasta gansa…

-Hombre, chaval, no te lo tomes así, que esto no es más que un juego, ¿no? A ti te entran ganas de jugar con las chicas, y buscas a alguna que quiera jugar contigo esta tarde, ¿no?... De buen rollito y sin que vaya nadie obligado… ¡Pues eso es todo!... Y si la encuentras, pues todos contentos, y si no es así, pues game over y vuelta a empezar.

-Eso es lo que intento hacer, planteármelo como un juego, pero quisiera saber cómo puedo saber si la chica con la que esté estaría dispuesta a morrearse conmigo o no… ¿Qué terreno piso?... ¿Cuál es el código de pista libre?

-¡Ah! Ja, ja, ja, ja… ¡Ya entiendo! Me preguntas por la delgada línea roja, ¿no?... Pues es muy fácil distinguirla, porque cuando ella traga te emite señales por todos sus canales: sus pupilas se dilatan, sus glándulas se reactivan, segrega feromonas y aumenta la temperatura y el riego sanguíneo de su piel, sus genitales se hinchan, su corazón se acelera y aumenta su presión arterial, así que hay que estar muy atento a todo esto…

Cornelio le miraba alucinado.

-Pero las señales más inequívocas- continuó -las más claras son cuando se te arrima y te clava con la mirada, deslizando su lengua sobre sus labios, así como relamiéndose… Y ahí sí que tienes que actuar rapidito, porque si no lo haces la cagas, que no te lo perdonará nunca, porque no encontrarás peor enemigo que una mujer despechada.
 
-Sí, claro. Visto así resulta muy fácil. Lo único que tendré que hacer será llevar un botiquín de urgencias y tomar la temperatura y la tensión de las pibas con las que quiera ligar para saber cómo van las cosas, porque si tengo dudas la cago, ¿no es eso?

-Más o menos, colega, pero tendrás que hacerlo a pelo, sin tanto instrumento, porque te digo que si te quedas pasmado llegado a ese punto perderás todas tus opciones con cualquiera de ellas… Te coloca la etiqueta de indeciso y pasas a formar parte de su lista negra, la de los indolentes postergados y carentes de interés, y te pegará un regate en corto y se enrollará con el primer cercanías que pase, a ser posible amigo tuyo, para darte más por culo, que las pibas son así, que te lo digo yo. Les encanta hacernos sufrir y se valen de todos los medios a su alcance para conseguirlo, porque no tienen corazón, que eso es lo primero que debes saber sobre ellas.

-Vale, tío, vale. Haz una pausa que me estás empachando. Así que me dices que la indecisión es lo peor, ¿no?... Pues ahí creo que tienes razón, porque recuerdo una tarde con Rosi en la que ella estaba como una mona y se me puso a huevo, y yo me quedé esperando que fuera ella la que tomara la iniciativa, que ya sabes la fama que tiene, pero me levanté a pedir un par de copas y cuando volví me la encontré morreandose con otro, la muy cerda… ¡Y a pesar de todo se trincó sin respirar el cubata de ron que la llevé! ¡Por toda la cara!

-¡Pues claro, Corni! Te digo que no tienen corazón. Y eso es porque la mayoría de las chicas, digan lo que digan las feministas, no han superado su instinto de querer tener a su lado a un hombre fuerte y resuelto que las proteja y que las haga sentirse seguras, y si te ven indeciso no molas y quedas eliminado. Tarzán sigue siendo su ideal.

-¿Tú crees?... Pero eso suena muy machista, ¿no?

-Ni machista ni hostias, tío. Eso es una verdad como un aeropuerto, porque gracias a ese instinto ellas han sobrevivido desde que éramos mandriles hasta nuestros tiempos, y no se lo van a quitar de encima en diez minutos, ¿no crees?

-Yo que sé… Yo no estaba ahí y no sé a quién preguntar.

-¡Joder! Pues no es difícil imaginarlo, colega, porque es de suponer que en las cavernas, cualquiera de ellas que no consiguiera tener a su lado a algún aguerrido mostrenco que la protegiera a mamporros de los peligros de su entorno, y sobre todo de sus congéneres que se las quisieran follar, no le quedaría otra que dedicarse a buscar leña y servir de alivio para los gallitos de la tribu que se quisieran echar un kiki de vez en cuando, porque si no tragaba con ellos se llevaría un garrotazo… ¡Menudo chollo de plan, ¿no?! ¡Un puente hacia su jubilación!... Así que todas querían ser la mujer del forzudo, y eso lo llevan grabado en su mente, porque sus vidas serían más agradables o más jodidas en función de que lo consiguieran o no.

-Mmmh… Pues es posible que tengas razón. Al menos tiene su lógica.

-¡Pues claro, hombre! Y ese instinto de quién a buen árbol se arrima buena sombra le cobija lo tienen grabado en las profundidades de sus mentes y no resulta tan fácil extirparlo de ahí. Muy a su pesar.

-Entonces habrá que darle algún tiempo para que las cosas puedan cambiar, ¿no? Por mucho que nos enseñen las tetas las de Femen.

-¡Nos ha jodido! ¿No has visto lo que ha pasado en USA? Se hace famoso por la tele un repugnante mandril millonario que desprecia e insulta públicamente a las mujeres, y todos suponemos que ellas van a votar mayoritariamente a su oponente, ¿no?, que sería lo lógico, pero votan a los dos por igual, ¿no? Porque se impone el instinto Trump, y la mitad de las mujeres del país estarían encantadas de ligar con él, que es el que pone a todos firmes con ademanes típicos del macho alfa. Y ellas vivirían de lujo bajo ese paraguas, como así fue durante miles de años. ¡Pues a por él! Y le dieron el triunfo. Tratándose de mujeres, nunca utilices la lógica, joven aprendiz.

-¡Joder, Jedi Julio! Eres como una wikipedia, como el Rerum Novarum, en fin, muy bien… Bueno, el caso es que dices que tengo que ser más resuelto, ¿no? Y hacerla creer que la podría defender de un tigre dientes de sable si fuera necesario, ¿no?

-¡Exactamente! Esa es la actitud. Pero también tienes que aprender a elegir mejor el objetivo, ¿eh?, porque ¿cómo cojones se te ocurrió la otra noche entrarle a Conchita, sabiendo que ella te odia desde el día en el que proclamaste a los cuatro vientos en el instituto que tenía la regla?

-¡No lo hice aposta!- se defendió él -Yo aún no sabía lo que era eso, y me la encontré sangrando por el pasillo del colegio, y creí que se había cortado con algo y pedí ayuda a gritos. ¡Lo hice por socorrerla!

-Pues con todo y con eso hay que decir que la hostia te pegó la otra noche, aunque llegara con retraso, te la sacudió muy bien, que yo tuve el honor de presenciarla y puedo dar fe de ello. Así que tú verás si tienes que afinar en la elección o no. Tú mismo. Y bueno, a lo que vamos, que una vez al ataque le buscas con el pico un ladito del cuello dónde anidar, y le empiezas a dar besitos moviendo los labios muy despacio, y con tus sensores a tope, captando las ondas de sus latidos, muy atento a las olitas de calor que te puedan llegar y sobre todo a si se le pone la carne de gallina, en cuyo caso significa que es tuya, ¡gallinita a la cazuela!... Y se notan muy bien las cosquillitas de su vello en los labios, que no tiene pérdida...

Cornelio escuchaba extasiado, pues Julio le estaba revelando los Grandes Secretos. Extremó su atención y  rozó su antebrazo con los labios para valorar el tacto de su vello y tener alguna referencia para cuando llegara el momento.

-Y si ves que te responde y se te arrima al níspero- Julio se iba animando con su lección magistral -Pues tiras palante y haces caminitos con la punta de la lengua, tirando siempre hacia arriba y enroscándola al final, ¿eh? Siempre por pasos, con tacto y con suavidad, porque la mayoría de ellas espera que respetes sus 3 estaciones, que son boca, teta y coño, siempre por ese orden, y que hagas turismo por ese orden antes de llegar al hotel, que casi todas se enfadan si les quieres tocar una teta de entrada. No lo olvides.

-No sé si voy a poder acordarme de todo lo que me dices- repuso Cornelio, admirado ante su alud de sabiduría -¿Tienes un boli a mano?

-Pero siempre con tacto y suavidad, ¿eh, colega?- su amigo no le hizo ni caso –Como si jugaras con una nube. Nada de lengüetazos al empezar. El objetivo es la orejita y utiliza solo la punta de la lengua para subir hasta allí, donde le puedes hacer un buen fregadete salpicado de mordisquillos, que es otra receta infalible, y en cuanto se te confíe y empiece a reposar su cabecita sobre ti, ¡zas!, le haces un truco de magia y le das un vuelco a la situación.

-¿Zas?... ¿Cómo que haga zas y un truco de magia?... ¿La tiro al suelo y me la tiro ahí mismo, delante de todo el mundo?... ¿Crees que eso va a salir bien?

-¡Qué corto eres, tío! Antes te he dicho que la engatusaras con tacto y suavidad, como si jugaras con un nube, ¿no?, pues ahora toca sorprenderla con tu lado salvaje, que eso también las vuelve locas, y la sujetas por la quijada con tus dos manos, y le atizas un buen tornillo del 17 sin dejarla respirar, jugando al que te pillo con su lengua, que verás qué bueno, colega… ¡Es un subidón!...

-No sé, no sé si me saldrá bien. ¡Son tantas cosas de las que debo acordarme!

-¡Ah! Y un último detalle que también es importante.

-¿Aún más?... Pues tú me dirás.

-Con las tías te tienes que despedir siempre cuando mejor te lo estés pasando.

-¿Y eso? ¿Las tengo que dejar con un polvo a medias? Qué palo, ¿no?

-No, hombre, no, que tampoco es eso. Me refiero a que las digas que te tienes que marchar cuando aún lo estéis pasando muy bien, sin agotar tu tiempo, para dejarlas con ganas de más. Y así, cuando la llames un día que te apetezca volver a verla te dirá siempre que sí, porque aún no habrá descubierto lo aburrido que puedes ser.

Al llegar a casa, Cornelio apuntó detalladamente las instrucciones que le había dado su amigo para memorizarlos y ponerlos en práctica todas las noches con su fiel almohada, a la que decidió llamarla Trudy, que era el nombre de una chica que había visto la noche anterior en una película en la tele y le había gustado mucho. Tanto ahínco ponía en sus prácticas que hasta una noche soñó que se casaba con Trudy, pero para su desgracia volvió a adquirir su forma de almohada durante la noche de bodas… ¡Porca miseria!

-¿Quieres que te quite la manta, Cornelio?- le preguntaba su madre -Creo que sudas mucho por la noche, porque tu almohada está siempre empapada, ¿quieres que te la cambie por otra a ver qué tal?

-¿Cambiarla por otra?... No, no, mamá, déjalo así, no te preocupes- respondía azorado –Trudy… digo, mi almohada es estupenda, ni se te ocurra cambiarla… Es que se me tapa la nariz por la noche y al tener la boca abierta se me cae algo de babilla.

-¿No respiras bien?- se inquietó ella –A ver si va a ser algo del tabique. Tu tío Anatolio, que era peluquero, empezó con unas molestias en el tabique y al final tuvo un cáncer de páncreas. Ven aquí que te vea, acércate. Vamos al baño que hay mejor luz.

-¡Anda, mamá déjame en paz, no seas pesada! Que tengo mucho que hacer. Adiós, adiós, hasta luego…

-¡Ay, hijo, cómo te pones! No se te puede decir nada. Desde luego que estás de un rarito…

Y la historia comenzó a complicarse la noche en la que los dos amigos celebraban que les habían contratado como conductores-repartidores en el supermercado Roñas de Madrid, después de llevar mucho tiempo buscando trabajo y de pasarlas caninas.    
A eso de la una, cuando ya llevaban unas cuantas copas y alguna fumeta por medio, vieron a dos chicas que se sentaban en una mesa un poco más allá de dónde ellos estaban.

-¿Qué te parecen esas dos chonis?- le preguntó Julio -¿Las entramos?

-Pfff… No sé, tío… A mí me parecen un par de avutardas… No están muy bien que se diga…

-Déjate de tonterías, colega, que si te pones a elegir no te jalas una rosca. Yo a la bajita le doy un pase, ¡fíjate qué tetas tiene!

-Hombre… A oscuras y echándole colonia no te digo yo que no, ¿pero y la otra? ¿Has visto a la otra?... ¡Si me da miedo acercarme por si me suelta un picotazo!…

-¡No jodas, tío, que están buenísimas! ¡Vamos a por ellas!

Julio se fue derechito a por la del pase, claro, de manera que Cornelio se las tuvo que ver con la zancuda.

-¿Buenísimas?... ¿Será cabrón el Julio este?

Y haciendo de tripas corazón, respiró hondo, y exhibiendo una sonrisa lastimera, le dijo:

-Perdona, ¿me puedo sentar aquí un momento?... Es que tengo un esguince en el pie y me acaba de dar una punzada muy fuerte… ¡Ay!- dio un traspiés haciendo un amago de caer sobre ella.

-¡No se hizo la miel para la boca del asno!- graznó la avutarda con gesto altanero.

A Cornelio le ofendió aquello y respondió con el sacacorchos:

-Bueno, mujer, que tampoco te pongas así... Que no te he pedido que me la chupes, que sólo te he preguntado si me podía sentar un momento a tu lado…

Ella se levantó de un respingo, le clavó una furibunda mirada y comenzó a dar un escándalo:

-¡Herminia!... ¿Has oído lo que me ha dicho este gilipollas?... ¡Me acaba de llamar burra y me ha dicho que se la chupe.

-¿Pero de dónde ha salido este hijo de puta? ¿Y no le has dado dos hostias?- vociferó su amiga, dando paso a llamar al encargado -¡Fermííín!... ¡Fermííín!

-¡Pues se las voy a dar ahora mismo!

Y ni corta ni perezosa le cruzó la cara a Cornelio con dos sonoras bofetadas.

-¡Ahí tienes! ¡Por ingenioso!

Nuestro héroe, anestesiado por la bebida, encajó muy bien los golpes y hacía esfuerzos por contener la carcajada ante la sorprendida mirada de Julio.

-¡Tranquilos, chicos! ¿Qué es lo que está pasando aquí?- llegó el bueno de Fermín.

Al aplacarse el revuelo los dos amigos volvieron a la barra con andares algo inseguros y partiéndose el culo de risa.

-¡Es que tú no has visto el desprecio con el que me lo ha dicho la tía!... ¡Pues menudo corte que se ha llevado!…

-Sí, sí, je, je, je, je... ¡Y tú qué par de hostias, que también las he visto!... ¡Ay, que me descojono!... Si es que siempre eliges mal, que te lo tengo dicho, ¿cómo vas a triunfar así?

-¡Vete a tomar por culo y déjame en paz, cabrón!... ¿Y esas dos?- preguntó Cornelio, señalando a otras dos chicas que estaban sentadas en el extremo más tenebroso del local -¿Quiénes son? ¿Las conoces?

 
Sara

-¡Hostias!- exclamó su amigo –Son dos pibas muy marchosas que vienen de vez en cuando por aquí. La de negro está muy buena y se llama Sara, y es de las que no se corta ni un pelo y le vacila a todo el mundo.

-Pues mejor aún, ¿no? Que eso le da emoción. ¿Tú le has entrado alguna vez?

-La vi una tarde pero no pude, porque yo estaba con Marta, pero te digo que vacilaba a todo dios.

Con el aplomo subido por la contribución de unas famosas destilerías escocesas, Cornelio se encaminó muy decidido hacia ella, pero pronto le empezaron a asaltar las dudas:

-¡Joder, pues sí que está buena la tía!... ¿Y qué coño le digo?   

-Eeerh… ¿Te gusta bailar?

-¡Pfff!- resopló ella con muestras de hastío, escaneándole de arriba a abajo -Y eso que tú debes de ser el más original de los dos, ¿no?, porque has sido el encargado de romper el hielo… ¡Pues sí que estamos bien!... Depende de con quién, naturalmente.

Cornelio se envalentonó con la respuesta y se abrió un poco la chupa, sacando pecho.

-¡Conmigo! ¿Qué te parezco?- se pavoneó ante ella.

-Pues me pareces otro vulgar ejemplar de humanoide serie B programado para repetir tópicos y frases carente de interés, así que de entrada lo llevas bastante crudo, niñato.

-¡Hostias!- se dijo él -¡Qué tía tan chula!...

Pero algún morbo tenía que le incitaba a la lucha.

-Oye, acércate, no tengas miedo- recordó una frase chulesca de una canción y se la soltó muy decidido -Cuando me pruebes no me podrás decir adiós.

Ella soltó una carcajada y le miró con sorna, y salieron a bailar una baladita blandiblú que sonaba oportunamente. Cornelio intentó recordar las instrucciones de Julio pero se había quedado en blanco… ¿Qué era lo primero?... ¿Lo de las 3 estaciones?... No, no, eso iba al final… ¿Hacia dónde iba la lengua, hacia arriba o hacia abajo?...

-Y bueno, ¿es que no vas a decir nada, o qué?- le dijo ella -Se te ve algo anticuado, ¿no? ¿Vienes incluido en la consumición?

-¡Qué hijaputa y qué guapa es la tía esta!- nudo en la garganta -¡Tiene que ser dinamita!

-¿Sabes decir tu nombre o ya vas demasiado cargadito para acordarte de él?

-Perdona, sí, me llamo… Todos me llaman Corni..- contestó él, consciente de que la verdad invitaba a las chanzas -¿Y tú?

-¿Corni?... Qué nombre tan raro- dijo ella, sin contestar su pregunta –Tendré que estudiarlo… ¿De dónde viene, eres croata? Yo creo que los nombres marcan mucho a las personas, ¿tú no?

-¿Cuál es el tuyo?- contestó el chico, ignorando también la suya.

-Sara. Me llamo Sara. ¿Sabes lo que significa?

-Yooo… Eeerh… Pues yo me imagino a Sara Montiel fumándose un puro, pero eso ya es muy antiguo, ¿no?- no sabía por dónde salir y recurrió a la inventiva –En todo caso me suena a mujer interesante y peligrosa, a eso es a lo que me suena.

-Pues significa princesa, ignorante- se le arrimó, rozando su pecho contra el suyo- ¿Peligrosa?... ¿Tú crees que yo puedo ser peligrosa?... ¿Y por qué piensas eso de mí?

-¿Yooo?... Pues porque tú estás muy buena, y las tías tan buenas casi siempre tenéis veneno, que lo he visto yo en las películas.

-¿Veneno?- se echó a reír -¿Crees que tengo veneno y te puedo picar como si fuera una arañita?... ¿Me tienes miedo por eso?... ¡Pobre pequeñín!

Cornelio asintió y se lanzó a la aventura por la rama gitanera:

-No me asusta lo que pueda doler tu veneno, lo que me asusta es que acabe enganchándome a ti. Tú sabes que estás muy bien y…

Sara se detuvo escuchándole mientras deslizaba su lengua entre sus labios de un lado al otro, mirándole a párpado caído.

Al joven le sacudieron los siete males… No podía creérselo… ¡Aquella tía tan buena se le estaba poniendo a tiro!... Entonces se olvidó de todos los pasos intermedios del manual de Julio y sujetándola por la quijada le plantó un torniquete de los de aquí te espero. Y luego otro, y otro, y otro, y otro… ¡Qué sensaciones!... ¡Qué castillo de fuegos artificiales!... El chico estaba en pleno nirvana y deseaba que aquello no acabara nunca.

-Para un poco, torito, que eres insaciable- le dijo ella cuando llevaban media hora de faena.

-No me llames así- contestó él dando un respingo -Que los toros y los cuernos siempre van juntos y no me gusta ese apodo.

-Huy, huy, huy… No menciones la soga en casa del ahorcado, que dice el refrán- le respondió Sara.

-¿Qué insinúas? A mí nadie me ha puesto nunca los cuernos- dijo orgulloso.

-Será que eres franciscano y no has conocido mujer alguna- contestó ella burlona -Me dio la impresión de que eras un novato, pero si es así se ve que aprendes rápido... ¿Quieres que sigamos jugando un rato en mi casa?... ¿Te gustaría?- le sonrió con picardía -Si me quitas con arte el vestido te invito a champán, como decía la canción, o mejor a tequila, y te dejaré jugar con mis rendijas, que me has caído bien.

-¿Jugar con sus rendijas? ¡Qué cerdita tan simpática!- a Cornelio le pegó un subidón de vértigo y se pellizcó para asegurarse de que no estaba soñando -¡Qué atrevida era!... No sólo se había morreado con él de lo lindo sino que también le proponía viajar con ella al más allá.

-Parece que nuestros amigos están muy entretenidos y no creo que nos vayan a echar de menos- insistió Sara.

Vivía justo detrás de la esquina, tal como decía la canción, así que llegaron enseguida.

 
Un estreno Top Gun

-¿Has follado alguna vez?- le preguntó a quemarropa en el ascensor.

-Eeerh…

-¡Oooh!... ¡No me digas que eres primerizo!... Ja, ja, ja, ja… ¡Qué bueno!... ¡No me lo puedo creer!... ¡Qué suerte has tenido!

El chico se mimetizó con los tomates, pero su corazón se aceleró porque aquello prometía.

-¡Deja que se lo cuente a las amigas por whatsapp!- continuó ella, sacando el móvil –¡Que no, ja, ja, ja, ja, ja, que no, que es broma!… Ja, ja, ja, ja… Alegra esa cara de pingüino que se te ha quedado porque esta noche me voy a esmerar contigo y vas a tener un estreno inolvidable, colega… ¡Verás lo que vas a fardar contándoselo a tus amigos!

Cornelio lo estaba flipando y no supo qué decir.

-Pero antes cumpliremos con el programa, que los tempos los marco yo- dejó muy claro, y ni corta ni perezosa agarró una botella de José Cuervo y le mostró un par de pastillitas marrones en la palma de su mano, depositando una de ellas sobre la lengua de Cornelio y metiendo la otra en su boca, para echar luego un buen trago y besar apasionadamente a Cornelio mientras le hacía un Tajo-Segura que cada uno engullera la suya.

-¿Qué era?- quiso saber él, inocentemente orgulloso de su acción.

-Es burundanga, el aliento del diablo- le contestó muy seria y en tono gélido-Anulará tu voluntad y mañana te despertarás desnudo y con un cardo en el culo en el lugar que se me antoje dejarte, sin acordarte de nada.

Al chico se le pusieron de corbata.

-¡No me jodas, Sara! Me estás vacilando, ¿verdad? ¡No habrás sido capaz de hacerme eso!

-Eres un gilipollas, Corni, te creía más listo- le recriminó ella –No se puede ir así por la vida… ¿Me acabas de conocer y estás dispuesto a meterte cualquier cosa con tal de follarme? En estos tiempos no se puede ser tan confiado. Tú eres un novato en el mundo de la noche y te puedes llevar un buen palo.

-Pero no era burundanga, ¿verdad? ¡Dime que no!

-Sólo era ácido, tranqui, para potenciar las sensaciones, ya sabes, ¿pero y si lo hubiera sido?... ¿Te imaginas el marrón en el que estabas?... ¿Te has escapado de algún convento o es que quieres ganar el premio del tonto del mes, niñato?

Cornelio aguantó la reprimenda callado y cabizbajo, reconociendo su error, aunque le dolió que Sara le hablara así. Resopló pensando que sería mejor dejarlo como estaba y no cagarla más, y cedió las riendas a su nueva amiga con los ojos bien abiertos.

-Jugaremos al “a ver quién manda”- sentenció ella sin dar lugar a réplica –Y te va a encantar, ¡te va a volver loco!

Y dejó escapar una risita maliciosa.

-Mmmh…- Cornelio no las tenía todas consigo -Pero dime de qué va al menos, ¿no? ¿Cómo se juega?

-Ja, ja, ja, ja, ja… ¡Te escapaste del convento, lo dejaste claro!... Pues verás, nos jugamos a cara o cruz a ver quién es el que manda y el que pierda ya sabe lo que le toca, que tiene que obedecer y dejarse hacer todo lo que el dueño quiera, menos pegarle o hacerle daño si es que al otro no le gusta, ¿ok? Que todos los juegos tienen sus normas y hay que respetarlas. Es el juego de la vida, y en una sola partida aprenderás más que en una vida entera.  

-Sara… Me asustas un poco…

-Pues no seas cobarde, que se te afloja y te conviertes en un desperdicio- le dijo ella, mostrándole una moneda -¿Qué prefieres, cara o cruz?

-Eeerh… Yo cara... casi prefiero cara, pero…

-¡Rien ne va plus!

La moneda ascendió dando volteretas y fue atrapada en el aire por la rápida mano de Sara, que la plantó sobre el dorso de la otra.

-¡Salió cruz!- exclamó triunfante -¡Soy yo la que mando! ¡Qué suerte tuviste!

-¡Joder!... ¿Y encima te quejas?... Pues te lo cambio si quieres.

Ella le chasqueó la lengua, y le miró sonriendo malévolamente.

-Vas a volar, astronauta.

-Sííí, Sara, sí… Si de eso estoy seguro. Si yo lo que creo es que he despegado ya hace un rato- debía de ser la pastilla lo que le empujaba hacia otra realidad –Pero siento que me estoy subiendo al trapecio sin red y me da miedo meterme una hostia…

-¡Buah!... ¡Mariquita!... ¡Indeciso!- le dijo ella con desprecio.

-¿Indeciso yooo?... ¡Eso sí que no!... Soy cualquier cosa menos eso- no le podía haber llamado nada peor -¡Vamos allá! ¿Qué quieres que haga?

-Je, je, je, je, je…. Lo primero de todo vamos a echarle otro traguito al viejo cuervo, fiel compañero de tantas noches de excesos, y luego quítate la ropa y échate en la cama boca arriba, que te voy a atar.

Y en un periquete- diez minutos exactamente, como es sabido –Cornelio se vio como vino al mundo encadenado de pies y manos a las patas de una cama tamaño king size.

-Por favor, Sara, me pone muy nervioso y me agobia mucho estar así sujeto. ¿Podemos dejar los candados abiertos y yo no me muevo? Te lo prometo.
Es por saber que si quisiera podría moverme, y así no me agobio tanto, ¿eh?... Si es lo mismo, ¿qué más te da?

Ella negó lentamente con la cabeza, le dio un jugoso beso de despedida, y le colocó con una banda negra tapándole los ojos.

-Hostias, Sara, eso no, por favor… Déjame que vea lo que haces.

-¿Lo que hago?... ¡Ja!... Te haré todo lo que quiera, cariño, porque ahora yo soy tu dueña y tú no eres más que el juguete nuevo de una niña caprichosa. Y ten por seguro que te exprimiré para disfrutarte todo lo que pueda. Hasta la última gota.

-¡Caray, qué fuerte!... Aaay… ¿Qué me estás haciendo? Me haces muchas cosquillitas, pero…

-Mira al cotilla de don Capullo cómo se asoma para ver lo que pasa… ¡Qué gracioso es!... Tranquilo, don Capullo, tranquilo, que no pasa ná, que solo son rumores, que el ritmo lo marco yo, no se confunda, que las prisas no son buenas ni para los delincuentes…

 -¡Aaay!... ¡Sara!... ¡Sara!

Y omitiré los detalles del encuentro porque esto no pretende ser un cuento porno, pero para no perder el hilo es conveniente saber que todos los vecinos se quejaron de que no pudieron pegar ojo aquella noche, oyendo los gritos de un joven que decía:

-¡Para, por favor, Sara! ¿Qué me estás haciendo? ¡Que me va a explotar como si fuera un globo!... ¡Dios mío, qué boca tienes!... ¿Qué me has puesto ahora?... ¿Hielo en los pezones? ¡No lo dejes ahí, cabrona, quítalo ya!... ¡Sigue, por favor, sigue con lo de antes!

A los que contestaba la cargada voz de una joven arrastrando las palabras:

-¡Indeciso! ¿Ves cómo eres un indeciso?... Primero que pare y luego que siga… ¿Quién te crees que eres, gusano?... ¡Soy tu dueña y haré contigo lo que me plazca!

Siempre que no gemía como una loba en celo.

Las artes de Sara parecían no tener fin y llegó un momento en el que Cornelio, extenuado, con un ojo estrábico y presa de un ataque de temblores generalizados, le suplicó una pausa para reponer fuerzas y se pudo sentar en la cama resoplando como una vieja locomotora.

-Un descansito, Sara, por favor- dijo con un hilo de voz –Para un poquito que acabas conmigo.

-Pobrecito mío, ¿sufriste mucho?- le preguntó socarrona.

-Eres la hostia, tía... Me subes al cielo para dejarme caer y me haces explotar de… ¡Yo qué sé de qué!...  Eres una bruja.

-Acertaste… Ja, ja, ja… ¡Pobres almas en desgracia!

Así que acordaron aplicar un protocolo más moderado durante el segundo tiempo, y el conjunto les debió dar buen resultado porque se estuvieron viendo casi a diario durante dos meses seguidos, en los que Cornelio se quedó completamente deslumbrado por Sara. Y es que aquella chica enganchaba mucho, no os vayáis a creer que el chico era tonto.

Cornelio, trastornado hasta la médula, repetía como un loro:

-Pero Sara, tú me quieres de verdad, ¿verdad?... Necesito saberlo... Nunca me lo dices.

-¡Ay, hijo, y eso a ti qué más te da!- le contestaba burlona -Si eso es pan para hoy y hambre para mañana… ¡Cómo no te voy a querer con lo bonito que eres!... ¡Si eres un encanto!… Pero no te olvides lo que te he dicho, ¿eh?, que yo soy como una alcachofita: una hojita para cada uno y el corazón para ti. Así que no me vengas con rollos de compromisos, que si te gusta cómo vuelo no me quieras enjaular, que cuando se quiere a alguien hay que querer hacerle feliz, y lo demás son egoísmos y me matarías de pena.

Y aquella respuesta tan redonda siempre le provocaba inquietud, como quien se encontrara a la espera de que llegara un tsunami, pero como se la tenía que tragar porque no le quedaba otra, intentó pensar en ello lo menos posible.

-¿Pero me querrá o no?
 

Aterriza como puedas

Una mañana en la que coincidió con Julio al terminar los repartos, su amigo le dijo con tono de darle el pésame:

-Oye Corni, que aunque me jode mucho tener que hacerlo, hay una cosa que te tengo que decir, porque soy tu amigo y no me queda otra si quiero seguir siéndolo.

-¿Qué pasa?- preguntó él, alarmado -¿Te has liado con Sara o qué?

-¿Qué dices?... No, hombre, no, que no es eso. Que yo soy tan gilipollas que respeto a los amigos. Pero ya que sacas tú el tema que sepas que también me pone caritas y tontea conmigo, pero nunca ha pasado nada entre nosotros… La cosa es que anoche la vi morreándose con la Nacha en la barra del Teknos.

-¿Anda ya!... ¿Con la Nacha?... ¡Amos no jodas, Julio, que esa historia no tiene ni puta gracia!

Se trataba de un chico gay de modales bastante amanerados del que las chicas decían que tenía mucho encanto. Todos le llamaban la Nacha y a él no parecía molestarle en absoluto. No llegaban a ser colegas pero se conocían de los bares del barrio y alguna vez habían tomado algo juntos hablando de cualquier cosa.

-No es broma, tío, lo siento. Pasé por allí con Marta antes de irnos a casa y me los encontré. Los vi con mis propios ojos.

-¿Qué me estás contando?... ¡Qué cabrona!... Podía haberme dicho algo, ¿no?

-Sabes que no te lo diría si no estuviera seguro, tío. Ellos no me vieron hasta que pasó un buen rato, y entonces pagaron y se fueron, pero al salir Sara me tiró un beso al pasar frente a mí, que no te creas que se escondió.

-¡Joder! Si lo colgará en facebook para que todo el mundo lo vea… Ya me temía yo que lo de la maldición de Cornelio me caería encima tarde o temprano… ¡Mis padres tuvieron razón al llamarme así! ¿Crees que llevarán mucho tiempo juntos?

-Pues no tengo ni idea, tronco, pero tampoco te lo tomes así, que a todos nos los han puesto alguna vez- las palabras de Julio tuvieron efecto sedante -¿Te acuerdas de cuando terminé con Jenny, lo mal que me puse, que llegué a estar un finde entero sin salir?... Pues no sabes la cantidad de veces que me he alegrado de que me los pusiera ella, porque si no, no me habría enrollado con Marta, que es mucho mejor que Jenny… ¡Le da mil vueltas!

-Hombre, pues visto así… No sé. Tengo que hablar con ella a ver qué cojones me cuenta de la historia esta de la Nacha.

-Y además déjate de hostias, que el que no tenga algún cuerno es que no tiene experiencia con tías- Julio era de la misma opinión que Sara -Porque si has estado en tantas guerras alguna cicatriz tendrás, ¿no? ¿O fuiste de mamporrero? Y los cuernos son como los dientes, que duelen un poco al principio, pero en cuanto rompen cráneo y se liberan, se te pasa todo y hasta resultan muy útiles.

-No sé para qué- mostró su incredulidad –Pero entiendo lo que dices, colega, que es como el sarampión y hay que pasarlo, pero es que me ha pillado cagando la tía, porque no me esperaba algo así de ella… Te aseguro que creía que me quería y me encuentro ahora con esto… ¡Qué palo!

-Y seguro que te quiere, pero parece que aún le queda sitio libre en su amplio corazón. Eso es todo. Cada tía es un mundo y Sara es una mujer que lleva su vida por otros caminos, que tú me lo has dicho, así que deja de pensar gilipolleces y habla con ella a ver si hay arreglo, que lo veo muy negro.

-Pfff… Muchas gracias por lo que me dices, amigo, pero es que estoy descolocado.

-Pues en estos casos lo mejor que funciona es lo de que un clavo saca a otro clavo, así que nos ponemos manos a la obra de inmediato y aquí no ha pasado nada... Tú déjame a mí carta blanca que yo sé lo que hay que hacer.

-¿Pero qué estás diciendo, tío?... ¿Quieres que cambie de chica así, sin respirar?... Que me acabo de llevar un hostión de cojones y necesito un poquito de tiempo para reponerme, ¿no?... Que todavía estoy groggy…

-¿Sabes quién no te quita ojo de encima y le entran unos celos que te cagas cada vez que te ve con Sara?- su amigo le ignoró -¿A que no tienes ni idea?

Cornelio recibió un fuelle de oxígeno en su orgullo y se interesó por el tema.

-No digas bobadas… ¿Quién?

-Oh, claro, como tú solo tienes ojos para tu maravillosa Sara no te enteras de nada de lo que pasa a tu alrededor… ¡Pues Lidia, idiota! Te digo que Lidia pierde el culo por ti, y esa chica está como para hacerle un favor, ¿no?

Lidia estaba bastante buena y tenía unos ojos muy bonitos, pero tenía fama de ser demasiado pavisosa y excesivamente tradicional.

-¿Lidia?... Déjate de hostias, Julio, y no me líes más de lo que estoy, que lo estoy pasando muy mal, que tú sabes que estoy loquito por Sara… ¡Espera a que hable con ella y no me presiones ahora!

Así que quedaron para hablar y Sara admitió jovialmente todos los cargos en su contra sin el menor remordimiento ni propósito de la enmienda mientras devoraba patatas bravas apurando una cerveza.

-¡No entiendo por qué te pones así, torito!- le decía -¡Sí ayer me dijiste que estabas cansado y no querías salir! ¿Qué mal te hizo?

-Déjate de leches, Sara, y no me llames torito que sabes que no me gusta ese mote.

-Pero si ya te he dicho que te lo llamo por tu bravura y por el tamaño de tus atributos, ¿por qué va a ser si no? Y volviendo a lo de antes, no sé porqué te pones así si tú no estabas… Anda, si quieres podemos quedar el sábado, que tengo luz verde.

-¿El sábado, dices?... ¿Luz verde?... ¿Y por qué no quedamos mañana, que es viernes?... ¿De qué color es la luz del viernes?... ¿Qué planes tienes?

-El mañana he quedado con Nacha para ir a ver una exposición fandango-alternativa que han organizado dos amigos suyos, un músico y un pintor. Va a ser en un chalete okupado y se lo han montado a topete, con un grupo de música, copas, y hasta periodistas y todo el rollo.

-¿Ah, sí?- en tono celoso.

-¿Por qué no vienes? A Nacha le encantaría que fuéramos los tres.

-¡Una mierda! Para que todos se enteren de que trago con eso, ¿no?

Su orgullo le impidió aceptar el plan y le llevó a romper con ella cuando rechazó sus exigencias de exclusividad.  

-Te quiero demasiado para compartirte- le dijo muy digno al despedirse.

-Pues tú te lo pierdes, lo siento- le contestó ella, encogiéndose de hombros y mirándole con lástima -Ya te conté lo de la alcachofa y te dije que mi corazón es tuyo, pero mis hojas son mías y que no eres el único…

Cornelio se la quedó mirando con cara de plancha.

-El poliamor es lo que mola, Corni, ¿no te das cuenta? Es la postura mejor y la más lógica, porque todos somos polígamos por naturaleza, que la fidelidad no es lo nuestro, que si lo dudas echa un vistazo a tu alrededor y luego me cuentas.

-Ya sé que se cometen muchas infidelidades, ya lo sé, pero yo creo que la relación de pareja es la solución menos mala posible y que lo del poliamor no es más que una excusa para irse de fiesta todos los días y tirarse a todo lo que se mueva…

-¡Buah!... El pufo de la pareja fiel se lo inventaron hace pocos milenios los de la Asociación de los Débiles de la Época para evitar que los forzudos de la tribu se apropiaran de todas las macizas y les dejaran a ellos peleándose por las sobras,  pero finalmente unieron todos sus fuerzas y derrotaron a los forzudos tras una tremenda batalla en el estrecho de Monogamia, de donde procede el nombre de esa aberración neurotizante, e impusieron su norma y la convirtieron en ley. Pero todo eso con el objeto de pillar alguna tía buena en el reparto, que ya te lo digo yo, y nada de ensalzar los valores cristianos ni majaderías por el estilo.

-Pfff- la miró dubitativo -¡Y yo qué sé!... Me estás liando… ¿Todo eso es verdad o te lo estás inventando?

-Las dos cosas a la vez- afirmó ella, muy convincente -Y además es lo mejor y lo más divertido, que solo por eso vale la pena probarlo… ¡Cobardica, antiguo, que no te atreves ni a probar! Ya sabes que yo, por si acaso, te guardaré un rinconcito en mi corazón por si quisieras volver.
 

Lidia

-¡Enhorabuena, colega!- le felicitó burlón Julio al saberlo –Parece que vas saliendo de tu estado de encoñamiento profundo y das muestras de volver a tu ser… ¡Pronto serás trasladado a planta, esto hay que celebrarlo!... ¿Te parece que le diga a Marta que quede con Lidia y nos vemos con ellas esta noche para ahogar nuestras penas en alcohol? ¿Te hace?

Y Cornelio se dio cuenta enseguida de que su amigo no exageraba cuando decía que Lidia perdía el culo por él. La chica se presentó muy arregladita y lo acaparó de inmediato y a saco, ignorando por completo a los demás, y mirándole con brasa… ¡Que se le estaba poniendo a huevo, vamos!... Y la verdad es que la chica no estaba mal, que al menos tenía más curvas que Trudy, y ya le hubiera gustado a él pillar algo así en su larga época de sequía, pero el caso era que no podía quitarse a la cabrona de Sara de la cabeza. Su imagen se presentaba burlona junto a todas las chicas a las que se acercaba haciéndole gestos provocativos para joderle el rollo y recordarle que ella era su dueña y que sin ella acabaría en el arroyo del tedio… ¿Tendría razón Julio cuando decía que debía ver a un médico?

-¿Te pasa algo?- le preguntó Lidia al cabo de un rato –Tienes la mirada perdida y estás muy pensativo.

-¿Yooo?... No nada, nada, a mí no me pasa nada. Lo estoy pasando muy bien- sonrió forzadamente.

-Pero parece que no me escucharas si no me escucharas cuando te hablo, Corni, estás como ausente… ¿Qué estás pensando?

-¿Yooo?... Nada, nada… Una bronca que he tenido con mis padres, ya se me pasa, perdona.

El chico se esforzó en prestarle algo más de atención durante el resto de la noche y al final se despidió con un pico de soslayo, con retranca, de los que dan a entender que podría haber más.

-¿Pero estás gilipollas o qué te pasa, tío?- le recriminaba Julio de vuelta a casa – Ella venga a darte cancha y tú ni puto caso… ¿No viste que iba a por ti?

Y total, que gracias a la tenacidad e insistencia de Julio, Lidia y Cornelio acabaran enrollándose. Ella estaba más feliz que una perdiz, porque al fin tenía un novio guapo y formal, que además se lo había levantado a la zorra de Sara, tan creída ella siempre.

Pero él se encontraba intranquilo, porque Sara le ofrecía su jugosa boca en cuanto él se arrimaba un poco a Lidia, y su omnipresencia le descentraba mucho, con lo que se le solía poner morcillona y no había manera de salir del atasco, lo cual le sumía en la desesperación.

-¿Pero te la has follado ya o no?- su amigo le exigía una respuesta contundente.

-No es eso, Julio, no es eso. Es otra cosa. Es que la cabrona de Sara me viene a la cabeza cada vez que estoy con Lidia, y me hace ver lo que me estoy perdiendo con ella, que todo sería mucho mejor y más divertido.

-¡Buaah!... Pues eso es que no te la has follado. Te lo dije, colega, estás encoñado con Sara y estás pringado por ella hasta el culo… ¿Y ahora qué hacemos?... ¡Habrá que desintoxicarte rápidamente!- y se rió.

Y el caso es que Lidia era una buena tía y viceversa. Era atractiva y trabajaba como esteticista en una peluquería del barrio, y no se portaba como una gorrona cuando salían juntos, que se pagaba sus cosas, pero a él no acababa de enamorarle, quizás porque fuera demasiado clásica y le machaba con cosas como que tenía que conocer a sus padres, que le iban a caer genial, y aquello no le gustaba porque él no tenía ninguna prisa por establecer una relación formal con ninguna chica. Le estaba cogiendo el gustillo a la noche y no quería verse atrapado tan pronto.

-Dentro de pocos días es san Valentín- le dijo ella una tarde -¿Me vas a regalar algo?

-¿San Valentín?... ¡Ufff!... Mi padre dice que eso es un pufo que se inventaron los de El Corte Inglés para aumentar sus ventas… No había caído en ello, ¿tú sí?

-¡Pues claro, hombre! Y daba por hecho que lo tenías en cuenta. Yo ya llevo unos días preparando una sorpresa para ti. Y es la primera vez que hago un regalo de san Valentín, ¿sabes?

Cornelio se sintió incómodo ante la inminencia de hacer oficial su relación, pero sonrió con resignación y le propinó un beso para que viera que la valoraba.

-¡Muac!... Claro, claro, yo también te haré un regalo a ti, cariño- acertó a decir.

-Podrías venir a comer a casa ese día, que cae en sábado, ¿vale?- propuso ella -Y así conocerías a mis padres, que te van a caer genial, ya lo verás.

¡Ratón en la ratonera! Palidez, sudoración fría, tartamudeo y temblor fino en la mandíbula y las extremidades superiores.

En las comparaciones, siempre odiosas, que hacía entre Lidia y Sara nunca podía olvidar que los vértigos que sentía haciendo el amor con Sara no tenían parangón con el digno 6,5 que hubiera obtenido Lidia en un examen de la Real Academia de Follaje… Pero Sara era la mujer pantera, eso resultaba obvio, y resultaba incomparable en ese terreno.

-Julio tiene razón!- tuvo que reconocer –Esta tía me ha envenenado…

En fin, que ni contigo ni sin ti, porque su imagen le perseguía allá a donde fuera para aguarle la fiesta... ¡Menuda cabrona estaba hecha!

-¿Por qué siempre cierras los ojos cuándo me haces el amor?- le preguntó Lidia una noche –Me gustaría que me miraras y saber que eres mío.

-¡Oooh!... ¿Eso?... Me pasó algo horrible de pequeño- Cornelio soltó la primera trola que le pasó por la cabeza –En una ocasión sorprendí a mi abuelo sodomizando a una oveja en un pajar y su imagen se me presenta inevitablemente cuando hago el amor con los ojos abiertos, así que tengo que hacerlo con los ojos cerrados, no me queda otra, tú me dirás.

-Bueno… Mmmh… En ese caso… ¿Y eso ya no tiene arreglo?- quiso saber ella, algo aturdida por la noticia.

-Mis padres me llevaron al médico- continuó él -Pero él dijo que aquello era normal y que ya se me pasaría, que no se preocuparan. Y que delante de mí hicieran como si no pasara nada, que eso me ayudaría mucho. Y debía ser un psiquiatra muy bueno, porque cobraba una pasta. Pero el caso es que todo siguió igual y ahora presiento que me estás ayudando mucho a que se vaya pasando el trauma.

-¿Ah, sí?- ella se sintió halagada - ¿Y eso por qué?

-Pues porque noto como si la imagen del abuelo se fuera difuminando y fuera siendo sustituida por la de un enorme carnero, lo cual resultaría más normal en este caso, ¿no te parece?

-¿Me lo dices en serio? ¿Me estás vacilando?

-¡Que sí, cari, que te lo digo en serio! Que la imagen del abuelo se aleja, que te lo digo de verdad, y viene un carnero que le hará feliz a la ovejita. Y todo gracias a ti, que me estás curando.

Ella le miró incrédula y decidió tirar por lo práctico.

-¿Lo hacemos otra vez a ver si te curas del todo?- le preguntó.

-Vale, y esta vez lo voy a hacer con un ojo abierto y el otro cerrado a ver qué pasa, ¿vale?

No pudo contener la risa.

-¡Idiota! No te burles de mí, no seas malo, que me das miedo cuando te pones así…

Pero el caso era que con razón o sin ella, él se iba sintiendo cada vez más agobiado por sus continuas demandas pasteleras: más cariños, más te quieros, más hoy tengo la tarde libre, ¿nos vemos un rato?, más te estuve llamando y no cogías, ¿qué estabas haciendo?, y sobre todo más mis padres te van a caer genial y tienes que conocerlos…

Y todo aquello coincidió con que Victoriano y Hortensia, los padres del chico, ya jubilados, decidieron ir a pasar una temporada a su apartamento de Almuñécar, porque hacía un invierno estupendo y allí se estaría de maravilla, así que le quedó la casa para él solo... ¡Bieeen!

-Haz el favor de portarte bien y de cuidarlo todo mucho, ¿eh? -le advirtió ella al despedirse –Te he dejado la compra hecha y pórtate como si nosotros siguiéramos aquí. Y que sepas que vendremos de vez en cuando a pasar revista y que no te voy a avisar antes… Y nada de chicas ni fiestecitas en casa, ¿eh?, que ya sabes que doña Laura me lo cuenta todo.

 
El reconocimiento médico

Una mañana temprano, mientras Cornelio se ponía el uniforme para empezar su jornada se le acercó el supervisor, y le entregó una nota.

-Toma, pringado- le dijo -Son las instrucciones para que vayas esta tarde al reconocimiento médico que debes pasar si quieres seguir trabajando aquí, así que hoy no comas nada más que te tienes que hacer los análisis.

-¿Esta tarde? ¿Y tengo que quedarme sin comer después de pasarme la mañana cargando y descargando barquetas?- protestó el chico –¿Y por qué no voy por la mañana como todos los demás?

-Mala suerte, amigo, te tocó a ti. Así que ya puedes hacer el reparto ligerito porque tienes que estar a las cuatro- le contestó secamente.

Estaba claro que Ernesto Olivares, el supervisor, le había cogido ojeriza a Cornelio desde el primer día sin causa justa. El chico hacía las cosas lo mejor que podía y no tenía ni una sola falta de puntualidad, pero hablando con compañeros se enteró del rumor que corría de que Cornelio le había quitado el puesto de trabajo a una pilingui amiga suya a la que él intentó introducir en la empresa.

Así que Cornelio siguió sus indicaciones y se presentó muerto de hambre a las cuatro menos diez en el lugar indicado, que resultó ser un servicio médico de aspecto bastante cutre en un barrio periférico de Madrid.

Aquella mañana le había tocado repartir muchos más pedidos de lo normal porque un compañero se había dado de baja- Olivares olvidó notificárselo, mala suerte otra vez -y estaba desfallecido, deseando que aquello fuera rapidito para acabar cuantos antes y poder tomarse un pincho de tortilla con una caña en cualquier bar.

En la sala de espera se encontró con una pareja que parecían ser un padre de aspecto desaliñado con su hijo pseudopunky, y un fornido rumano vestido de albañil, casco amarillo, que hablaba con un joven negro, poquita cosa físicamente, que daba evidentes muestras de nerviosismo.

-Tú sigue la corriente al doctorr y dile que nunca has estado enferrmo y que nunca te pasó nada- le aleccionaba el albañil a su acólito -¡Nunca!... Y sobrre todo no le hagas enfadarr al doctorr.

-Pero eso no ser verdad- objetaba el negrito –En mi país yo tener muchas fiebres y estar muy enfermo así, así…

Y aleteaba temblequeando y castañeando los dientes frente a su instructor para que él pudiera apreciar lo malito que llegó a estar.

-¡Eso da igual, tonto! ¿Tú quierres trrabajo o no?- le miró fijamente y se dio una palmada en la frente –O haces lo que te digo o te vas a la puta calle… ¿Entiendes eso o no?

-Dsííí, dsííí- asintió el joven -Yo hacer lo que tú dices y así tú no enfadarr conmigo.

Y para colmo, a nuestro héroe le daban miedo las agujas. Para ser sinceros le daban pánico: pá-ni-co.

-¿Seré gilipollas?- se preguntaba –¿Por qué me pasa esto?... Si no es por cobardía, si ya una vez me las tuve que ver con un navajero y no me eché para atrás...

-¿Cornelio Escipión Lasarte?- se abrió la puerta y apareció un enfermero –Vente por aquí conmigo que te voy a dar un pinchacito.

Y un ratito antes, el doctor Tuétanos, que pasaba ya de los sesenta y tenía aspecto despistado y bonachón, había llamado a su primer paciente:

-¿Elvis Presley Pérez Pescadero?

El pseudopunky avanzó hacia él y le preguntó:

-¿Puede pasar mi padre conmigo?- señalando a su acompañante con el pulgar.

-¿Pero no eres ya mayorcito como para venir aquí tú solo?

-¿Pero qué dice, doctor?... Si lo que pasa es que tengo que cuidar de él- se explicó el joven –Este deshecho es alcohólico y mi madre me ha pedido que no le pierda de vista ni un momento, porque si empieza a beber no hay quien le pare. En casa, mientras yo me duchaba, él ha aprovechado para pegarse unos lingotazos de anís de una botella que tiene por ahí escondida… Y no se le puede dejar dinero porque se lo gasta todo en vino, así que usted me dirá.

-¡En vino! ¡Ja!- repuso airado el padre –¿Serás ijnorante, hijo mío?... A ver si te crees que el anís me lo regalan. Porque yo sólo bebo el de Chinchón, ¿sabe usted?

-¿Es usted su padre?- quiso comprobar el doctor.

-Eso es lo que dice él- interrumpió Elvis -Pero mi madre y yo no estamos muy seguros.

-Con todo y con eso soy yo el que lo paga todo- replicó el supuesto progenitor sin inmutarse.

-Pues eso es una prueba inequívoca de paternidad- el médico quiso zanjar la cuestión con una pincelada humorística –Tan fiable o más que el ADN. Así que pasen ustedes y hablemos, que no tenemos toda la tarde.

Entraron en la consulta y tomaron asiento.

-A ver, chaval- comenzó el galeno -¿Has tenido alguna enfermedad importante?... ¿Estás tomando alguna medicación?

-¿Yooo?... ¡Qué va!... ¡Si estoy bien de todo!... No tomo ninguna.

-¿Pero, cómo?- objetó el padre -¿Has dejado ya la Viagra?

-¡Eso es mentira, doctor, que yo no tomo de eso!- protestó el chico –A mí no me hace falta, que es él quién se lo toma, que es un pichafloja, que lo sé porque mi madre me lo cuenta todo.

-No le haga caso, doctor, que el chico está loco… ¿Es que no ve el aspecto de drogadito que tiene? ¡Si usted viera cómo vuelve a casa por las noches! ¡Si no se tiene de pie!

Y así siguió la cosa durante un buen rato, hasta que el bueno de Tuétanos estableció un poco de orden y finalizar aquél lunático reconocimiento médico como buenamente pudo y despedir a sus pacientes.

-¡Por fin se fueron!- pensó, aliviado –Vaya parejita… ¿Y qué es lo que pasa ahora?

Porque se dio de bruces con el enfermero Romerales, que acudía muy sofocado sujetando por el brazo a un joven que a duras penas se tenía de pie y tenía la cara blanca como la leche.
-Perdone doctor, pero se me ha mareado mientras le pinchaba- explicó Romerales –Se llama Cornelio Escipión Lasarte, del Roñas de Madrid, que está al borde de la hipoglucemia y le ha dado una lipotimia. El glucómetro marca 60 y no llega a 9 de máxima, pero tengo que pinchar a otros dos más que quedan y salir luego con la unidad móvil, y no le puedo dejar sin vigilancia… ¿Le parece que le dejemos en la camilla de su cuartito auxiliar y así usted le echa un ojo de vez en cuando mientras sigue pasando consulta?

-¡Uuuf!... Vale… Menudo embolado- aceptó el doctor, contrariado –Pero tráele una lata de coca cola de la máquina y asegúrate de que beba antes de pinchar a nadie más, ¿eh?… ¡Y de las normales, nada de light!

Así que ahí tenemos a Cornelio, con la cabeza dándole más vueltas que un tiovivo, tumbado en la camilla del cuartito auxiliar y boqueando como un pez ante su lata de coca cola, intentando beber algo de su contenido antes de que se derramara por completo en su camisa. El médico había dejado la puerta entreabierta y oyó que llamaba al siguiente paciente:

-¿Teodoro Ngamba?... Pasa por aquí y siéntate, Teodoro.

El negrito se sentó frente al médico y se quedó allí muy quieto, exhibiendo una amplia sonrisa repleta de dientes muy blancos.  

-A ver, Ngamba, ¿hablas español? ¿Entiendes lo que te digo?

-Dsííí, dsííí, dsíii- asintió, contento de haber acertado la primera pregunta.

-Muy bien, muy bien... ¿Alguna vez has tenido algún accidente? ¿Un hueso roto, una quemadura o herida grande o algo así?

-Dsííí, dsííí, dsíii- insistió el chico. Si algo funciona, ¿por qué cambiarlo?

-¿Y qué te pasó?... ¿Te rompiste un hueso?

-Dsííí, dsííí, dsíii- los ojos del moreno irradiaban entusiasmo. ¡Estaba en racha!

-¿Y qué hueso fue?... ¿Te rompiste un brazo?- el doctor Tuétanos se agarró un antebrazo con la mano del otro y lo agitó inerme frente a él como si estuviera roto.

-Dsííí, dsííí, dsíii- el bueno de Teodoro se mostraba eufórico, pensando que la entrevista le estaba saliendo fenomenal ¡Seguro que le daban el trabajo!

-¿Y cuál fue? ¿El derecho o el izquierdo?

-¡Dsíííííí!- el chico explotó de júbilo, pero se desinfló bruscamente al darse cuenta de que algo se había torcido, porque el doctor se le había quedado mirando con una expresión muy severa... ¿Por qué se habría enfadado aquél señor?... ¡Si le había dado la razón en todo!

-A ver, muchacho, ¿me estás tomando el pelo o qué? ¿Es que me vas a decir que sí a todo lo que te pregunte?

-Yo siempre decir dsííí y así tú no enfadar- contestó quejumbroso.

El joven miraba al médico sin comprender lo que pasaba… ¿Se habría enterado  de lo de sus fiebres en Guinea?

-¿Sí, eh?... Pues hala, márchate de aquí, porque te voy a dar un “no apto por mentiroso”. Y eso que no lo he hecho nunca en la vida, pero a ti te lo voy a dar, y que venga luego tu empresa con reclamaciones que se van a enterar.

–Tú no enfadar conmigo, doctor- suplicó Ngamba en tono lastimero -Yo decir lo que tú quieras y tú no enfadar conmigo… ¿Eso estar bien?... ¿Tú querer?... Yo solo querer trabajar para ayudar a mi familia… Padre murió en guerra, madre estar enferma y yo tener dos hermanos pequeños…

El médico elevó la mirada al cielo, respiró unas cuantas veces sin decir nada, y llevó a cabo la exploración de su paciente sin hacer más preguntas, tranquilizándole al despedirse asegurándole que tendría su aptitud.

Y mientras tanto Cornelio, que ya encontraba mejor, se disponía a decirle que ya le podía reconocer cuando le oyó llamar al siguiente paciente:

-¿Víctor Cuchichea?... Buenas tardes, Víctor. Pase y siéntese… A ver, dígame, ¿ha tenido usted algún accidente con lesiones importantes en su vida?

-¿Accidentes?- ... ¡Accidentes yo nunca, doctorr!... Ningún accidente- afirmó rotundamente el rumano –Ni enferrmedades, ni alerrgias ni nada! ¡Yo siemprre sano y fuerrte como un torro!

Y se puso en pie golpeándose el pecho sonoramente con los puños.

-¿A ver?- inquirió el doctor –Muéstreme sus manos, Víctor, por favor…

Él le mostró sus puños.

-Aquí, extendidas sobre la mesa, si no le importa… ¿Y eso?- preguntó el doctor indicándole la ausencia de dos dedos de su mano izquierda -¿Qué pasó ahí?... No me diga que esto fue por una gripe…

-¡Oh, esto!- el rudo albañil se fingió sorprendido –Esto no es nada. ¡Es una tonterría! Esto fue un juego de niños allá en mi pueblo de Rumanía.

-¡Pues vaya con la tontería!- exclamó el doctor -¿Y se puede saber a qué jugaban ustedes de niños allá?

-Pues aquél día jugábamos a que erramos cazadorres, y mi amigo, con un hacha, me corrtó los dedos sin querrerr, porrque a mí me tocaba hacerr de oso y yo le ataqué y él se tuvo que defenderr... Y luego me pidió perrdón y llorró mucho porr mí.

-¿Y jugaban ustedes con hachas cuando eran pequeños? ¿Y los adultos se lo permitían?

-Pues claro, doctorr. Las arrmas de fuego las reserrvaban parra ellos, ¿qué se crree usted? ¡No somos tan bárrbarros!

El médico le miraba sin estar seguro de si se encontraba frente a un embaucador profesional o frente a un auténtico orco.

-Perro no fue un accidente, ya le digo, que fue jugando… Yo accidentes ninguno... ¡Estoy tan fuerrte como un torro!- insistió.  

Y por fin Cornelio pudo pasar su reconocimiento sin mayores contratiempos y se marchó pensando que vaya jaula de grillos que había en esa clínica, y el bueno de Tuétanos se fue a su casa pensando en lo poco que se parecían sus sueños de estudiante de medicina y lo que había alcanzado en su vida… ¡Qué ganas tenía de jubilarse!

 
¿Donde las dan las toman?

-Bueno, y te sabes la última, ¿no?- le preguntó Julio, en el bar en el que quedaban para el bocata al hacer una pausa en los repartos.

-Pues no sé a qué te refieres, porque llevo unos días que no me entero de nada, que la espalda me tiene doblado, ¿de qué va?

-Pues las cosas de tu querida Sara, colega, que ahora resulta que la Nacha le está poniendo los cuernos a ella…

-¡Anda ya! ¡Amos no jodas, tío!

Su móvil se puso a cantar. Cornelio miró la pantalla y rechazó la llamada.

-¿No coges?

-No. Es Lidia, pero ya he hablado tres veces hoy con ella y me tiene abrasado. Quiere que vaya con ella y con sus padres a una excursión cultural el domingo a Toledo, y yo la he dicho que no, que ni de coña. Que el domingo no me levanto a las siete y media ni pa dios, y que no se me ha perdido nada allí. Le diré que iba conduciendo y que por eso no cogí.

-Pues es un plan cojonudo, no sé porqué te lo pierdes- se burlaba Julio.

-Déjate de hostias y dime cómo sabes lo de los cuernos… ¿Quién te lo ha dicho?

-No ha hecho falta que me lo dijera nadie porque lo he visto yo con estos ojitos.

-¿Sííí?... ¿Qué es lo que viste?... ¡Cuéntame, tío, di algo!

-¡Te vas a descojonar, colega!... Se los ha puesto con Carlitos…

Cornelio le miró asombrado.

-¡No!... ¿Con Carlitos el gay?... ¡No me jodas!... Pues no te digo que me alegre pero casi, casi… ¡Qué cojones!... Pues claro que me alegro, porque le está muy bien empleado. Donde las dan las toman… ¿No me los puso ella a mí con un gay? ¡Pues ahora que trague de su propia medicina, a ver qué tal le sienta!... ¿Y dónde les viste?

-Ayer estaban los dos solitos tomando unas birras en el Wild Side y les vi morreándose un buen rato antes de irse- proclamó su amigo.

-Pues hala, que se joda y que se aguante como me he aguantado yo- exclamó Cornelio –Que cuando los cuernos le rompan cráneo ya dejarán de dolerle, ¿no es así?

Y el caso es que se encontró con ella un par de días después. Estaba sentada, tomándose algo mientras miraba una revista en un bar del barrio al que entró a comprar tabaco. Se la quedó mirando sin saber qué decir.

-¡Hola, Corni!- le saludó ella jovialmente -¿Qué te pasa?... ¿Te aprietan los zapatos o es que tienes ganas de hacer caca?... ¿No te vas a sentar a tomar algo conmigo?

La muy condenada estaba guapísima.

Su inoportuno móvil cantó su cuchufleta de nuevo. Cornelio se asomó a la pantalla y rechazó la llamada.

-¿No lo coges? ¿Quién es?

-Es Lidia, pero es que hoy está muy pesada y ya he hablado con ella antes.

-¿Y qué es lo que quiere?... Si es que se puede saber, claro está.

-Nada, que quiere que vayamos de excursión a Toledo y a mí no me apetece nada ir.

-¡Una excursión a Toledo! ¡Qué plan tan emocionante! ¡Te encantará la catedral!- dijo ella con sarcasmo -¿Y te lo vas a perder?

-Déjate de leches, Sara, que no quiero ir y ya está.

-¡Qué lástima! Te iba a pedir que me trajeras una navajita de las de allí- ella no parecía dispuesta a soltar presa -Y no quieres hablar con ella delante de mí, ¿verdad?

-No es eso, no... ¡Qué tontería! Es que ella se enrolla mucho por teléfono y tampoco es plan… Prefiero dejar la charla para más tarde.

-Ya, ya…

Cornelio se sentó con ella y se pidió una caña para acompañarla.

–Me han contado lo de la Nacha con Carlitos y suponía que estarías jodida…

-¿Jodida? ¿Por qué iba a estarlo? ¿Qué quieres decir?- repuso ella, sorprendida.

-Pues porque la Nacha te la hay pegado con Carlitos, Sara, ¿qué voy a querer decir si no?... Pero si prefieres hablamos de fútbol, que tampoco quiero hurgar en tu herida.

-¿Mi herida?... ¿Creías que estaba jodida porque la Nacha se hubiera enrollado con Carlitos?- preguntó ella con expresión divertida -¡Pero si Carlitos es un encanto! ¿Por qué iba a enfadarme con ellos? Si es como un niño chico y me encanta jugar con él también. ¡Si vieras cómo se pone en cuanto le hago dos cositas de nada!

-¿Carlitos como un niño chico?... Pero si te acaba de levantar a tu chico, tía… ¿No se ha enrollado con Nacha?

-¿Y eso qué tiene que ver? Yo les quiero mucho a los dos, y ellos están loquitos por mí. Ya te dije que mi alcachofita es una hojita para cada uno y el corazón para ti, pero como tú no lo quieres…

-¿Pero qué me estás contando? ¿Estás con los dos? ¿Así, por las claras?

Ella asintió sonriendo.

-¡Ahí va!... ¿Y eso cómo se lleva?

-Pues de lujo, Corni, ¿cómo quieres que lo lleve? Entre los dos me tienen como a una reina y no me falta de nada. Los dos son un encanto y compiten para colmarme de atenciones de la mañana a la noche… ¡Menudo disgusto tengo!

Ella se echó a reír y le dijo:

-Ya te digo que no me falta de nada, como a una reina. Y yo de vez en cuando me los quito de encima un par de días con la excusa de que tengo que acabar algún proyecto y los mando a Toledo a ver monsergas, por ejemplo. Que nunca ha sido bueno saturar las relaciones, ¿no te parece?

-No me cabe duda de que lo haces por su bien- contestó irónico –que así se ilustran.

-¡Pues claro que sí!- no cambió el tono -Pero no me importa confesarte que a veces te echo de menos y que me gustaría volver a jugar contigo… ¿Aún te gusta jugar o has madurado y te has vuelto serio y aburrido?... ¿Ya has encontrado al demonio de la pesadez?

-¿El demonio de la pesadez? ¿De qué leches me estás hablando ahora, Sara?

-Ay, hijo, qué ignorantito eres… El demonio de la pesadez era el peor enemigo de Nietzsche, que habrás oído hablar algo de él, ¿no?

-¿De Netzer?... ¡Claro que sí!... Era un interior izquierda alemán magnífico, muy fino y elegante en su juego, ¿quién no ha oído hablar de él?

-¡Nietzsche, no Netzer, burro! ¿Es que tu cultura se reduce sólo al fútbol?... Me refiero al filósofo, al pensador, al que decía que todo lo que no te mata...

-Engorda, ¿no?- interrumpió Cornelio –Lo que no te mata engorda, ¿no? ¿Ves cómo sí que leo cosas?

Sara le miró como quien mira a un caso perdido. Al fin y al cabo ella era la hija de un diplomático y tenía que admitir que aquello facilitaba una serie de cosas, como el acceso a la cultura. 

-Nietzsche decía que todo lo que no te mata te hace más fuerte, gilipollas, no que engorde, aunque eso a mí me parece bastante discutible, porque no entiendo cómo te va a hacer más fuerte el que te atropelle un coche y te deje tetrapléjico, por ejemplo, ¿no crees?

-Hombre, pues ahí creo que tienes razón- contestó el chico en tono conciliador -Porque puestos a elegir yo prefiero evitarme la experiencia.

-¡Pues claro! Pero a lo que vamos, que también decía que el demonio de la pesadez convertía a todos aquellos a los que poseía en personas serias, graves, solemnes, rígidas, intolerantes y aburridas, cosas que él odiaba profundamente y no quería ser.

-¡Ah!... Pues también mola ese tío, ¿no?

-Sí, deberías leerlo, aunque dudo que lo entiendas. Lo único que no me gusta es que era un machista de mierda, pero a cambio de eso dice cosas interesantes sobre las personas y sobre los hombres en particular. Por ejemplo, dice que hay dos cosas a las que aman todos los hombres de verdad, que son el peligro y el juego… ¿A ti qué te parece eso?

-¿El peligro y el juego?- Cornelio se quedó pensativo y asintió –Pues sí, creo que tiene razón, porque James Bond, que es muy machote, siempre sale en las películas en situaciones peligrosas ligando con macizas en los casinos… Son dos cosas que molan, ya lo creo que sí.

-¡Pues claro que molan, pero no solo a vosotros, sino que a nosotras también!... ¿Por qué lo dice refiriéndose exclusivamente a los hombres?... Yo no me siento para nada como un hombre y yo las amo también… ¿Es que por ser mujer no tengo derecho a hacerlo?

-Vale, vale, no te enfades conmigo que yo no he dicho nada de eso, así que págala con él. Le llamas una tarde y se lo dices.

-Buen consejo, querido amigo, no tardaré en hacerlo- suspiró ella mirando al cielo -Y luego concluye que es por eso por lo que el hombre de verdad ama a la mujer, porque ella es el más peligroso de los juguetes…

-Mmmh… Está bien pensado... Un tipo interesante tu amigo. Preséntamelo algún día que seguro que nos llevamos bien, ¿te hace?

Ella puso expresión de hastío haciendo caso omiso a sus palabras, y continuó:

-Y eso me ofende y me halaga a la vez, porque solo permito que me traten como un juguete cuando yo quiero jugar y estoy de acuerdo en las normas, pero me agrada que me respeten, y todo lo peligroso lleva un respeto incluido, ¿no?, así que por ese lado no vamos mal.

-Puuuf… Vaya comida de tarro que te pegas, ¿no?... ¿Tanto piensas en esas cosas?

-Pues claro que sí, ¿qué pasa? A mí me importan. Y el caso es que no sé a qué carta quedarme, porque ya te digo que es un machista de mierda... Bueno, a lo que vamos, ¿quieres jugar conmigo un rato o no?

Aquella generosa oferta le pilló desprevenido.

-¿Jugar contigo?... ¿Cuándo?... ¿Ahora, dices?

Sara asintió, dedicándole una mirada rebosante de promesas incandescentes.

Y total, que para los que hayáis pensado que aquella tarde acabaron haciéndoselo en casa de Cornelio, os diré que habéis acertado, que así fue la cosa. Y se lo hicieron de diez.

-¡Qué diferencia con Lidia! ¡Cómo le ponía esta chica! ¡Qué cantidad de cosas se le ocurrían! ¡Desde luego que era una bruja!

Y fumándose un cigarrito ya de vuelta al planeta Tierra, ella insistió:

-¿Por qué no entras a formar parte de la familia, Corni?... Anda, di que sí, que ya sabes que mi corazón siempre será para ti… Prueba a venir una vez al menos a ver si te gusta, que no se puede decir que no a algo sin haberlo probado, no seas antiguo…

Y el caso fue que tanto insistió la chica que él se comprometió a salir con ellos una noche a ver qué tal se lo montaban, a cambio de su palabra de que Lidia no se enteraría de nada.

-No te preocupes, que tu mochuela nunca lo sabrá- le contestó ella con sonrisa maliciosa.

-¡No te pases, Sara, que Lidia no es ninguna mochuela!- protestó él.

-Claro, claro, mozuela quise decir, perdona por el lapsus.

El chico no se quedaba muy convencido sobre la ética de todo aquello, porque eso suponía hacerle una jugarreta a Lidia, a la que no quería hacer daño, pero en aquel momento se sentía incapaz de decirle que no a Sara, y se la quedó mirando indeciso.

–Y cuando lo hayas probado un día, tú ya decides luego, que así serás el dueño de tu propia vida. ¿No es eso lo que tú quieres, machote mío?

Y le miraba burlona.

Al salir del ascensor se dieron de bruces con doña Laura.

-Hombre, Cornelio, cuánto tiempo sin verte…

-Hola, doña Laura, ya quisiera yo- repuso él.

-Pues te veo con muy buena compañía… ¿Esta chica tan guapa es alguna amiga tuya?

-Para nada, doña Laura, para nada- contestó él con tono mordaz -Es mi peor enemiga y nos llevamos fatal. Le he pedido que subiera un momento conmigo a casa para poder insultarla un rato allí a mis anchas.

-¡Qué humor tan original tienes!- continuó ella en tono ladino –Ya sé que tus padres se han ido a pasar unos días a Almuñécar y tengo que llamarles esta tarde para ver qué tal están... ¿Quieres que les diga algo de tu parte? Ya les diré que te he visto y que estabas muy bien.

Cornelio le lanzó una mirada furibunda sin contestar.

-¡Cago en la leche!- dijo en la calle –Esta cotorra se lo va a largar todo a los viejos.

 
La prueba

Y el caso es que acabaron quedando una noche, Sara, él, Nacha y Carlitos, en un bar apartado para no dar el cante, aunque al único que le preocupaba aquello era a él, porque a los otros tres se la traía al pairo, a ver qué tal iba la cosa. Pero con poca confianza por su parte, todo hay que decirlo.

Cornelio no tenía nada contra los homo, ya fueran gays o lesbianas, y de hecho tenía amigos de todos los colores, pero él era azul, que es de niños, dejándoles claras sus tendencias y exigiendo un respeto a su identidad, de manera que no se le acercaran demasiado al hablar, ni le dieran toquecitos en la pierna, ni le pusieran en situaciones incómodas ni equívocas. Porque comprobó que él no se sentía cómodo en las distancias tan cortas en las que ellos se movían con tanta soltura, así que nada de mariconadas entre ellos... Pero se lo llevaban los demonios cada vez que alguno de ellos se daba un achuchón con Sara frente a él…

No tenía ni idea de si lo que sentía era machismo, raquitismo o cretinismo, pero el caso era que el chaval no tenía el cuajo para llevar bien aquello y se iba mostrando cada vez más hermético y malhumorado según transcurría la noche, mientras que la felicidad de ella iba in crescendo. Se mostraba alegre y locuaz, y estaba bebiendo algo más de lo acostumbrado, o sea, torrentes.

-¡Tenemos que brindar por nuestra nueva familia!- decía mientras descorchaba tambaleante una botella de Moet Chandon -¡Por nuestra familia, que es la célula de la sociedad!

Y soltaba contagiosas carcajadas que eran coreadas por todos menos Cornelio, que se sentía molesto por ese afán que mostraban últimamente las chicas por incorporarle a sus familias… ¡Qué prisas tenían!... ¿Sería el instinto Trump?

-No, muchas gracias- le sonrió Sara al camarero que iba a poner las copas –Nos la beberemos a morro. Llévate las copas pero acércame el cubo de hielo, haz el favor.

Y le dio una buena bocanada a la botella mientras que su intervención era jaleada por los gays, y lo mantuvo en la boca si llegar a tragárselo, y enganchando a Cornelio por el cuello, le hizo un trasvase Tajo-Segura que él aceptó de muy buen grado, ya que se mostró muy sonriente después de darle cauce al asunto.

-¡Bravo!- sus dos acompañantes aplaudieron la acción entre risas y el chico se distendió un poco.

-Toma- le dijo Sara, ofreciéndole la botella en su papel de reina de la noche –Ahora tú… ¡Tenemos que cerrar el círculo sin que nadie quede excluido!

El chico la miró extrañado y luego a Nacha, que estaba a su lado, el cual le sonrió beatíficamente con expresión de a quién dios se la dé, san Pedro se la bendiga, y volvió a mirar a la chica.

-No, Sara, no- le dijo muy serio -No me pidas que haga eso porque no me voy a morrear con Nacha dándole el champán en mi boca, como si fuera la madre de Tarzán… ¡Eso no lo voy a hacer!

Ella le miró sorprendida, encogiéndose de hombros.

-¿Qué pasa?- le preguntó –Creía que estabas bien.

Sus ojos brillaban difuminados mientras unas lagrimitas de champán escurrían por su  comisura… Uuuf… ¡Aquella chica resultaba sexy de cualquier manera!

-Lo siento, pero no tengo estómago para esto- se explicó él -No voy a morrearme con ningún tío, no me gusta la idea, no me atrae para nada, me da repeluco… Es posible que sea un antiguo como tú dices, o yo qué sé, pero mejor me voy para casa, que este no es mi sitio.

La chica le miró con profunda tristeza y le lanzó un beso de despedida. Cornelio se detuvo al salir a la calle para encender un cigarro y hacer un tiempo con la vana esperanza de que ella cambiara de idea y saliera corriendo tras él, como en las películas, pero no ocurrió así. ¡Cago en la leche! Así que se marchó para casa maldiciendo su mala suerte.

-¿Tendría razón Sara cuando decía que lo del poliamor era lo mejor? ¿Sería él también un antiguo de mente rígida como lo era su padre?
 
 
No hay dos sin tres

No se atrevió a contarle nada a Julio para que no se cachondeara de él, pero aquél encuentro le alteró bastante. Estaba nervioso, tenía que hacer esfuerzos para comer a sus horas, había tenido dos o tres mosqueos en el trabajo cuando se llevaba antes bien con todos, y no paraba de dar vueltas en la cama por las noches, abrazando a su querida Trudy y rogándole que le ayudara a decidirse entre Lidia, su chica estándar y previsible, que le ofrecía estabilidad pidiéndole poco a cambio, y Sara, que le volvía loco pero que le exigía más de la cuenta.         

-¡Alegra esa cara, hombre!- le decía Julio -¡Que parece que estás alelao! ¿Qué coño te pasa?

-Si es que no pego ojo por las noches, colega, que anoche a las cinco y media me estaba fumando un cigarro porque no podía dormir… ¡Y en cuanto me duermo suena el despertador y me levanto matao!

-¡Joder, tío! ¡Pues así no puedes seguir!- le advirtió su amigo -Tendrás que ir al médico a que te dé algo, ¿no?

-¿Algo para qué?

-¡Pues para dormir, gilipollas, para qué va a ser!... ¿Tus padres no toman nada para dormir?

-Sí, mi madre tomó unas pastillas y en casa hay una caja casi entera, que la he visto en el cuarto de baño, pero es que me dan un poco de yuyu, porque no quiero acostumbrarme.

-¿A qué?

-A dormir con pastillas, a qué va a ser.

-Ah, claro, muy lógico… Prefieres acostumbrarte a no dormir antes que a las pastillas para dormir, ¿no?... ¡Muy buena idea, colega! ¡Mucho más práctico! ¿Cómo te vas a acostumbrar a eso? ¡Uno está jodido cuando no duerme y nadie ha conseguido acostumbrarse a no dormir! ¿No sabes que la privación del sueño es una de las torturas que se aplican en Guantánamo?

-Sí, algo he visto en la tele, pero…

-Pues si no duermes sin ellas te las tendrás que tomar si no quieres quedarte dormido en el trabajo y pegarte una hostia con la furgoneta y que te pongan en la puta calle, si es que tienes suerte y no te llevan al talego por llevarte a alguien por delante… ¿Me quieres decir el infalible método que vas a seguir para acostumbrarte a no dormir?... ¡No existe ningún método, nunca te acostumbrarás!

-Ya, ¿pero si me engancho, qué? Nunca más podré dormir sin ellas.

-¡Que no, hombre, que no, que eso son gilipolleces! Que enganchan menos que el café con leche… A mi hermano Kike se las mandaron durante tres o cuatro meses cuando se mató su novia en el accidente de coche, y las dejó luego poquito a poco en un mes y medio sin ningún problema.

Y como aquella noche le dieron las 3 de la mañana devanándose los sesos junto a  Trudy, se levantó para tomarse una de esas pastillas. Se la tragó con un sorbo de leche, y se volvió a acostar y soñó.

Un luminoso día Cornelio paseaba por el camino que bordeaba un caudaloso río que bajaba cantando a lo largo de un bonito valle, así que todo redondo, ¿no?

-¡Qué farde de sitio!- pensó -¡Qué bien se está!

Un sitio de esos de los que se ven en las viejas películas del Oeste, con su pareja de alces en la orilla opuesta bebiendo por turnos sin quitar el ojo de encima a un oso grandote que fingía pescar salmones mientras se acercaba disimuladamente a ellos, para que no faltara detalle. Y todo eso enmarcado entre laderas cubiertas de rocas y espesos bosques que brillaban al sol… No os digo dónde era porque luego se llena todo de basura y gente y se echa a perder.

De repente surgió un vigoroso indio camuflado bajo la piel del oso y de un certero flechazo acabó con la vida de un alce.

-¡Gracias, Manitú!- exclamó elevando sus brazos al cielo -¡Mi familia y yo tendremos comida para dos lunas!

-¡Joder con la gente que hay por aquí!- pensó Cornelio –Qué mañosos son.

Pero no sintió miedo, porque algo había allí que le hacía sentirse tan a gusto, feliz y despreocupado, sin plantearse a donde iba ni dónde estaba, que le daba igual, que él estaba dispuesto a pelar la pava un rato con cualquiera que se encontrara, aunque fuera un indio disfrazado de oso, ¿qué más da?

De repente, al doblar una curva, vio a una joven que se bañaba en un remanso frente a él. Estaba de espaldas y advirtió su presencia, y como aquella visión  resultaba muy atractiva al contraluz, permaneció observándola en silencio hasta que un pajarraco traidor delató su presencia con un graznido. La chica se dio la vuelta y se le quedó mirando muy seria. Una empapada camisola blanca que destacaba sus contundentes y rotundas formas era su único atuendo.

-¡Diooos!- pensó Cornelio -¡Pero qué buena está esta tía! ¿De dónde habrá salido?

La escaneó desde cabeza a los pies y aquello no tenía desperdicio, que os digo que esa chica era algo exagerado y no quiero entrar en detalles, pero es que era una bomba.

-¡Ten cuidado, un arzobispo!- exclamó ella, señalando a un abejorro negro muy gordo que pasó zumbando junto a él.

-¿Un arzobispo?- dijo Cornelio, dando un respingo -¿Qué estás diciendo?

-Sí, hombre, sí. ¿Es que no sabes nada? Son esos abejorros tan grandes que pican como demonios, que pueden llegar a matarte si lo hacen en tu nuez, por donde  muestran predilección y una increíble precisión… El otro día me picó uno aquí y mira cómo se me puso- explicó la joven, subiéndose la camisola por un costado hasta enseñarle cuarto de culo.

A Cornelio se le quitó el hipo para los diez años siguientes.... ¡Pero qué culo tenía esa chica! ¿Sería la campeona del sambódromo?

Una ola de calor africano inundó su bajo vientre. Quería mirarla a la cara, pero sus ojos, desobedientes, no paraban de recorrer su maravilloso cuerpo, y el vapor que expulsaba por las orejas delataba sus pensamientos, así que asustado ante la idea de inflamarse a lo bonzo, recurrió a un viejo truco que aprendió cuando le operaron de fimosis: ¡había que enfriarse los pies!

-Perdona un momento, que me voy a refrescar en el agua del río porque creo que me está dando un golpe de calor- se excusó.

-Ya veo, ya veo- apreció ella con sorna -Y te ha debido de pegar en la entrepierna, porque se te está hinchando a ojos vistas.

-¡Ahí va!... Pues no me había dado cuenta- mintió él, metiéndose en el agua de una carrerita -¡Jolín, qué fría está!

-Sí, está buenísima, ¿verdad? Baja directamente del glaciar de allí arriba… ¡Pero  mójate el bulto para que se baje la inflamación!

-¿El bulto?... No, no, el bulto no.

-¿Por qué no? ¡El bulto es el núcleo del problema!- insistió ella.

-Te digo que no, que una vez me bañé en Portugal y el agua estaba tan fría que me quedé incapacitado durante quince días. Se me quedó la pirindola como un bígaro, que me la tenía que sacar con un alfiler cada vez que quería mear, que era para lo único que me servía, con eso te digo todo. Con refrescarme a media pierna vale, que ya se me va pasando, ya.

-Qué pena no haber coincidido antes, porque seguro que durante esos quince días hubieras resultado ser un muchachito encantador en vez del gañán que eres ahora- y añadió poniéndose en jarras frente a él –¿Se puede saber qué hacías ahí escondido acechándome como una garduña?... ¿Quién eres?... ¡Tendrás un nombre, digo yo!

-¿Yooo?... Ehrrr… ¿Mi nombre?... Sí, me llamo Cor… ¡Corni!... Todos me llaman así- le contestó saliendo del agua.

-¿Corcorni? ¡Qué nombre tan raro! Suena como si fuera algún pienso de gallinas… ¡Qué gracioso!...

Los ojos del chico hicieron unos remolinos como en el desagüe del lavabo hasta que pudo fijarlos sobre su bonita cara.

-No, no- le aclaró -No me llamo Corcorni. Es sólo Corni.

-¿Solocorni?... ¡Pues más raro aún!... Parece el de un animal legendario, como un unicornio o algo así- la chica sonrió con curiosidad -¿Acaso vienes de algún lugar exótico, Solocorni?... ¿de Barakaldo quizás?

Cornelio la miraba atónito, pues no se podía creer que aquella maravilla de mujer surgida de las aguas, tan mojadita y tan preciosa, mostrara ese interés por su persona y le diera carrete de aquella manera… ¡Julio no se lo creería nunca!

-Bueno, Solocorni, pues cuéntame cosas interesantes de ti. Por ejemplo, ¿tú crees que los nombres marcan a las personas que los llevan?... Me refiero a eso de que los Federicos suelen ser finolis, los Jaimes deportistas, los Albertos elegantes, y los Abundios… Bueno, a los Abundios mejor dejarles tranquilos que bastante tienen llevando su cruz... Lo digo porque tú tienes un nombre bastante rarito y tampoco pareces ser muy normal, ¿no?... ¿Qué es lo que te pasa?

-¿A mííí?... Nada- contestó, queriendo aparentar firmeza -Antes te decía que mi nombre es Corni. Corni nada más, pero no me entendiste.

-¿Corni?- preguntó ella enarcando las cejas -¿Pero qué clase de nombre es ese?...  ¡Aaah! No me digas más…  Te llamas Cornelio y te avergüenzas de ello, ¿no?... Ja, ja, ja, ja… ¡No me lo puedo creer! ¡Pobre criatura! ¡Qué humor tan negro tenían tus padres! ¿Y te has fugado de casa para castigarles por lo que te hicieron, o algo asi?

El chico, aturdido, defendió la dignidad de su nombre:

-Me llamo Cornelio Escipión, como el general romano que derrotó a Aníbal, el que cruzó lo Alpes con su ejército de elefantes y…

-¡Aaaah!... Sí, claro, perdona que no te haya reconocido- ella se empezó a partir de risa -¡Tú eres el gran Cornelio Escipión, claro que sí!... Ja, ja, ja, ja, ja… El que gana las batallas con sus feroces embestidas, ¿no?... ¿Quién no ha oído hablar de ti, si eres la estrella de los sanfermines?

-Bueno, tampoco te pases tanto, ¿no?- advirtió él, mosqueado -Me llamo Cornelio y ya está. ¿Qué tiene de malo?

-¡Pobrecillo! ¡Cuánto debiste sufrir con tus elefantes por los Alpes!- ella se acercó un poco a él y le preguntó -¿Y qué es lo que quieres, general Cornelio?... ¿Qué andas buscando por aquí?

Aquellos ojazos que le achicharraban como si fueran dos brasas y esa boca que parecía la puerta del paraíso acabaron de descomponer su entereza por completo.

-¿De verdad quieres saberlo?- se lanzó al contraataque -¿De verdad quieres saber qué es lo que quiero hacer ahora?

-No hay nada que me intrigue tanto, no me lo puedo ni imaginar- contestó ella, dedicándole una sonrisa burlona y una mirada muy expresiva.

-¡Pues quiero tenerte!- explotó él -¡Quiero follarte!... ¡Quiero follarte ahora mismo!... Me muero de ganas de hacerlo, ¿te quedó claro?

-¿Y a qué es lo que esperas?- preguntó ella, abriéndole los brazos de par en par -¡Pues ven a por mí!

Cornelio se abalanzó como un tigre sobre la joven pero al alcanzarla su cuerpo se desvaneció entre sus manos, con lo que él se desequilibró por el impulso que llevaba y fue a dejarse los morros en un pedregal lleno de ortigas que había tras ella.

-¡Había pasado a través de esa chica como si fuera una nube! ¡No podía ser!- se frotó la dolorida cara intentando buscarle una explicación a lo sucedido.

-¡Ja, ja, ja, ja!- una contagiosa carcajada se dejó oír a su espalda -¡Te lo tienes muy merecido! ¡Eso te pasa por mirón!

El chico se quedó sentado en el suelo frotándose la magullada cara y dijo dolido:

-Pues no le acabo de ver la gracia… ¡Vaya hostia que me he pegado! Me he dejado la cara en el suelo y encima no veas cómo pican estas ortigas, que me están ardiendo todo… ¿Cómo lo has hecho?

-¿El qué?

-Lo de convertirte en fantasma cuando te iba a coger… ¿Qué va a ser si no?

-Es que eres tonto, no entiendes nada, eres como todos. Has tenido la ocasión de conocer a la chica de tus sueños y lo único que querías era echarme un polvo. ¿Es que no vales para otra cosa?

-¿Y qué tiene eso de malo?- protestó él –Es que estás buenísima tía, que tú lo tienes que saber, y me has hecho descontrolar… Lo siento, pero ¿qué te esperabas que hiciera?

-¡Podrías haber intentado hacerme el amor, ¿no?! No sé si sabes que no es exactamente lo mismo, aunque tampoco así lo hubieras conseguido, así que te quede claro que nunca podrás tenerme y que se te quiten las tonterías de la cabeza. Las buenas lecciones siempre son caras, amigo mío, y esta servirá para  que no se te olvide y te comportes conmigo como una persona normal.  

-¿Cómo una persona normal, dices? Tiene gracias la cosa, ¿es que acaso tú te comportas conmigo como si fueras una persona normal?

-Pues claro que sí, Cornáceo, ¿es que no sabes dónde estás?... Estás en el mundo de los sueños, estás en mi mundo. Y aquí todo es posible.

-¿El mundo de los sueños? ¿Entonces estoy soñando?... Pero si dices que aquí todo es posible, ¿por qué no he podido abrazarte?

-¡Son cosas de mi padre! Él es el que manda en este mundo e impuso que ningún ser vivo podría tenerme.

El chico se incorporó lentamente sin dejar de frotarse los ojos y se quedó mirándola con expresión extasiada.

-Perdóname un momento, que este golpe me ha debido trastornar… ¿Qué es lo que dices que te impuso tu padre? ¿Se puede saber quién eres?

-¿Que quién soy?... Ja, ja, ja, ja… ¡Qué pregunta tan boba!... No ves que soy la encarnación de tus deseos, tus fantasías y tus miedos… ¿No ves que soy tu sueño? ¡Soy tu sueño de mujer!- le contestó plantándose frente a él.

-¡Y que lo digas!... Pero para ser un sueño pareces muy real, ¿no?… ¿De dónde has salido?

-Me llamo Maga, y soy una diosa porque soy la hija de Morfeo y de Afrodita.

-¿Perdooona?... ¿Es que tus padres son cantantes o por qué se llaman así?

La chica trilita chasqueó la lengua con gesto de hastío y se explicó:

-Te digo que soy Maga, hija de Morfeo, el dios de los sueños, y de Afrodita, la diosa del amor y la pasión…

-¡Amos no jodas!... Y yo soy el hijo secreto de Bertín Osborne, ¿no te fastidia?… ¿Me estás vacilando o qué?

-¿Es que no tienes ojos en la cara? ¿Crees que podría ser así si no fuera una diosa?... Pero tendrás que conformarte con mirarme, porque ni tú ni nadie podrá poseerme.

-¡Qué fuerte, ¿no?! ¿Y eso por qué? ¿Y tú cómo lo llevas? Me refiero a lo de que no te lo puedas hacer con nadie.

-Puuuf… Pues la verdad es que eso de no poder ejercer nunca es un castigo, eso es verdad- reconoció ella – Pero no me queda otra, así que ajo y agua, y me hago mis apañitos.

-¿Y dónde vives? ¿Siempre estás sola?

 -¡Qué va! Dentro de nuestro mundo puedo ir a donde quiera y vivir donde me dé la gana, pero me gusta este sitio, porque de vez en cuando se deja caer algún visitante, como ha sido en tu caso, con los que me puedo entretener un rato cuando se trata de personas interesantes, pero a los jóvenes os encuentro inmaduros y carentes de chicha, he de decírtelo… ¡Yo quiero!... ¡Yo quiero!... ¡Yo quiero!... Siempre estáis con lo mismo, parecéis niños de teta.

-¡Ay, si te pudiera enseñar lo buen niño de teta que puedo llegar a ser!... Pero se ve que hoy no es mi día, qué mala suerte he tenido. ¿Y no tendrás alguna hermana?

-Y además vuestra compañía resulta muy fugaz- prosiguió ella, haciéndole caso omiso -Porque en cualquier momento, en cuanto te despiertes te marcharás para siempre. Siempre es un hola y un adiós, pero es lo que hay y hay veces que resulta estimulante.

Sus palabras entristecieron a Cornelio, sin que supiera muy bien porqué.

-Y mi padre se deja caer muy de vez en cuando por aquí para hacerme una visita y llevarme a pasear un rato con él por el Olimpo, pero no tengo relación con nadie más.  

-Pero eso es muy triste, ¿no?- se aventuró el chico -Porque tampoco puedes establecer relaciones de amistad con nadie... ¿No puedes cambiar de vida?

-¿Cambiar de vida?... No te confundas, Cornetas, que esta no es mi elección. Ya te he dicho que soy una diosa, y nací en el Olimpo, donde fui muy feliz durante mis primeros años de vida, en los que todos los chicos que conocía se volvían locos por mí, porque yo era la chica de sus sueños, y donde gocé de mis primeras experiencias sexuales, que hay que decir que tengo un carácter bastante fogoso y no le hice ascos a casi ninguno de ellos… ¡Tú no sabes lo guapos que eran los chicos del Olimpo!

-¡Vaya!... Pues debiste de hacerte muy popular… ¿Y tus padres que opinaban de aquello?

-Pues el caso es que mi madre lo llevaba muy bien, que ella es bastante suda para esas cosas, y se sentía muy orgullosa de mí. Y como mi padre no se enteraba de nada porque siempre andaba por ahí enredando en los sueños de los mortales, pues todo fue muy bien durante algún tiempo, pero mi felicidad terminó cuando el tío Zeus, insaciable mujeriego, se encaprichó de mí y se empeñó en hacerme suya utilizando todos los trucos imaginables para conseguirlo, pero yo me resistía, porque aunque él es muy atractivo, siempre llevaba muy descuidadas las uñas de los pies y aquello me producía un rechazo invencible.

-¡Ahí va!- el chico pasó revista mentalmente al estado de las uñas de sus pies y encogió instintivamente los dedos en sus zapatos -¿Y al final lo consiguió?

-¿Asearse las uñas?

-Hacerte suya, quiero decir.

-¡Ah! Pues estuvo a punto de hacerlo, porque el muy ladino adquirió la forma de un cervatillo herido en el bosque, y cuando me aproximé a él para socorrerlo recuperó su aspecto real, abrazándome estrechamente contra su verga, y cuando yo estaba a punto de ceder ante su empuje fuimos sorprendidos por mi padre, el cual montó en cólera y me arrebató de sus brazos con un ensalmo y me trasladó a su reino, en el que estamos ahora, para ponerme a salvo de sus añagazas. Y desde entonces mi padre y mi tío se llevan muy mal, y es por eso por lo que el Zeus suelta sus rayos y truenos por la noche, para interrumpir el sueño de los mortales y mostrarle así su enfado.

-¿Pero qué dices, Maga?... ¡Lo estoy flipando!- se rascaba los mofletes con saña -¡Joder con las putas ortigas estas!

-Y así es como me he visto obligada a vivir los últimos tres mil años bajo un régimen de castidad forzada del que no puedo escapar, que ya sabes que este mundo se rige bajo las leyes de mi padre. Pero que sepas que en ningún caso fue mi elección, mi querido Cornualles.

-Cornáceo, Cornetas, Cornualles… ¿Quieres llamarme por mi nombre de una vez y dejar de ponerme motes?... Cor-ne-lio… ¡Me llamo Cornelio!

-¡Así me gusta! ¡Que te sientas orgulloso de tu nombre y lo proclames a los cuatro vientos! ¡Bien hecho, Cornejo!

Ella le miraba con la risa destelleando en sus ojos y su imagen le incapacitaba y le dejaba tonto profundo. No podía evitarlo.

-Ti ti ri ti… Ti ti ri ti… Ti ti ri ti tí…- el volumen del soniquete de su móvil se iba  incrementando cada vez más.

-Búscame si quieres verme cuando vuelvas a soñar –su voz y su imagen se desvanecían en un fundido a negro.

-TI TI RI TI… TI TI RI TI… TI TI RI TI TÍ…

-¡Joder!... ¿Quién coño llamaría a estas horas?- el chico se incorporó sobresaltado en su cama, y  resacoso por el efecto de la pastilla, atendió al teléfono.
 

¡Feliz San Valentín!

-¡Hola, cari! ¡Feliz san Valentín!- la entusiasta voz de Lidia le chirrió en los oídos –Qué bueno que caiga en sábado, ¿verdad?... Me paso a buscarte en 20 minutos, que te quiero dar tu regalo, y que sepas que estoy deseando ver el mío… ¿Te acuerdas de que hoy vamos a comer a casa de mis padres, verdad?... ¡Tengo unas ganas de que les conozcas! ¡Mi padre te va a caer genial, ya lo verás!

-¡Hostias!- pensó -¿Qué hora era?... La una menos cuarto… ¡Se había quedado dormido y había olvidado el regalo de Lidia! ¡Qué cagada! ¡Tenía que bajar a toda leche a la floristería a por un ramo!

-¿Corni?... ¿Estás ahí?... ¿Te encuentras bien, cari?

El chico conservaba muy vívido el recuerdo de su sueño y estaba desconcertado.

-Muy bien, muy bien, pero dame diez minutos más que tengo que limpiar la casa por si acaso vienen mis padres, ¿vale?

Seguía sintiendo un intenso picor en la cara y en las manos, pero aquello no podía ser, ¡era imposible!

-¿Pero por qué cojones me pican entonces?- se preguntó.

Afeitado y ducha exprés, y cuando abrió la puerta para bajar a la calle se dio de bruces con Lidia, que llegó algo antes de lo acordado.

-¡Felicidades, cariño, te quiero mucho!- le dijo abrazándole y propinándole un efusivo beso –Aquí tienes tu regalo, a ver si te gusta, que lo encargué con mucha ilusión para ti…

Se deshizo de la envoltura de la cajita que le entregaba y la abrió. Dentro había un colgante en forma de corazón con una inscripción que decía: Lidia y Corni / San Valentín 2016.

-Glup- ya sé que esto no es propio de un escritor de recursos, pero el ruido que hizo al tragar saliva sonó así.

-¿Te gusta, cari? ¡Es nuestro primer san Valentín!

-¡Me encanta, me encanta, claro que sí!- sudor frío en la frente -¡Es muy bonito!... ¡Muchas gracias, cariño, qué puntazo! ¿Cómo no me va a gustar?

-Lo he dicho porque te has puesto muy pálido al verlo… ¿Te encuentras mal?

-No, no… Estoy bien, muy bien, es que me he emocionado, porque no me esperaba algo así… ¿No crees que vamos muy rápido?

-¿Muy rápido?... ¿Qué quieres decir?... ¿Acaso no somos novios?... ¿Es que ya no me quieres?

-¿Yooo?... Sí, claro que te quiero, te quiero mucho.

-Pues entonces déjate de tonterías y no me hagas sufrir con dudas, que ya sabes que soy muy sensible… ¿Y mi regalo?... ¿Dónde lo tienes?... Me dijiste que me ibas a comprar algo y me muero de impaciencia por verlo.

-Sí, claro que sí, claro que lo he hecho- se tiró a la piscina -Y espero que te guste mucho. Ahora mismo iba a bajar a la floristería a por él, que he querido que se mantuvieran muy frescas hasta el último momento.

Lidia era muy buena chica pero no era tonta del todo, y le acompañó hasta la calle con la mosca detrás de la oreja.

-Zzzh…- sonaba.

-Buenos días, venía a por el ramo que le encargué- le dijo Cornelio al viejo floristero guiñándole un ojo al entrar –El de las rosas rojas, ¿se acuerda?

El vendedor adquirió una expresión zorruna, y le contestó, echando las orejas hacia atrás:

-¿Tu ramo?... Ah, sí, muchacho, claro que sí, pero no me dio tiempo a terminártelo, y tardaré un minuto en hacerlo. Hoy no me han dejado parar en toda la mañana, ¡siendo un día tan señalado! Pero así estará más reciente y verás qué bonito queda...

-No importa, señor, no tenemos prisa- el chico sonrió aliviado a su cómplice –Es usted muy amable, muchas gracias.

-Aquí lo tienes- se lo entregó enseguida -¿Qué te parece? ¡No me digas que no es magnífico! Una docena de bellísimas rosas belgas, de primerísima calidad, con su entramado correspondiente, tal como quedamos.

Cornelio asintió preocupado por el palo que intuía venir.  

-Permítame, señorita, aprecie usted su aroma y sus tonalidades- añadió acercándoselo a Lidia, y ella asintió mirándolo complacida.

-Aunque si son para esta señorita, hay que decir que bien se lo merece.

-Muchas gracias- le sonrió, sonrojada.

-Así que su precio son 120 euros, como te dije, que lo exclusivo siempre sale caro.

-¿120 euros? ¡Pero si en el escaparate se anuncian a 60!

-Pues claro, muchacho. Ya te dije que 60 euros era el precio de las rosas normales y luego te hablé de estas, que cuestan el doble pero que no tienen comparación… Pero si no las quieres no pasa nada, que me lo quedo y tan amigos, pero he de decirte que las normales ya se agotaron… Como me dijiste que querías lo mejor para tu chica… ¡No me digas que no son hermosas!

Y volvió a acercar el ramo a la cara de Lidia.

-¡Ay, cari, cuánto te quiero!-  suspiró ella, mirándole tiernamente -¡Qué detalles tan lindos tienes conmigo!

Así que al chico no le quedó otra que aceptar el chantaje.

-Con su correspondiente IVA, claro está- añadió el floristero, clavándole la mirada, por insurrecto.

Y no soy capaz de expresar gramaticalmente lo que se oyó en ese momento, pero Cornelio emitió unos sonidos guturales así como el que traga quina.
 
–¡Y mira que llegué a pensar que te habías olvidado de mi regalo y que te estabas cansando de mí!- ella le agarró de ambos brazos y le miró muy melosa -¿Podrás perdonarme algún día, cari?  

Así que Cornelio se hizo daño en la lengua de tanto mordérsela, pagó con su tarjeta, preocupado por el agujero que hacía en su cuenta, y permaneció gris y oscuro durante el trayecto hasta la casa de la chica.

 
Don Leoncio Malaspulgas

Ese era el nombre del padre de Lidia, un fornido y exaltado coronel de paracaidistas, y doña Concha, su madre, debió estar de buen ver en su juventud, pero su oronda cintura y sus peludas pantorrillas delataban la desgana nacida de los treinta años de convivencia con aquella apisonadora.

A Cornelio le sorprendió que sirvieran gazpacho de primero siendo el catorce de febrero.

-Al enemigo hay que vencerle con sus propias armas- le explicó don Leoncio su maquiavélico plan –Y si el invierno viene con frío que no se espere encontrar aquí el calor que anda buscando, que aquí solo encontrará más de lo mismo: un gazpacho bien fresquito. Le daremos de su propia medicina y así se irá a buscar el calor a otro sitio.

-Pues visto así…

Cornelio le miraba extrañado sin poder entender la lógica de aquél razonamiento mientras engullía tropezones de cebolla, pimiento y tomate.

-En la guerra siempre hay que utilizar la táctica de la tierra quemada, como hicieron los rusos cuando Napoleón y Hitler los invadieron y no encontraron más que cenizas y brasas en su avance. Es un recurso terrible pero infalible, y mira cómo los rojos se llevaron siempre el gato al agua.

-El único comunista bueno era el tío Jesús, que en paz descanse- doña Concha se dirigió a Cornelio  –Fíjate si sería bueno que murió de un infarto de nuestro cardio, porque él lo compartía todo con los demás.

Aquella extraña confidencia desconcertó al chico y no supo qué responder, pero viendo que había calamares de segundo aprovechó para decir algo amable:

-¡Qué bien! ¡Calamares en su tinta, me encantan!

-Muchas gracias, querido, pero no me llames de usted- le contestó ella -Y es nuestra tinta, que a mí también me gusta compartir como al tío Jesús.

Cornelio la miró atónito porque aquella mujer le tenía perplejo.

-¡Joder dónde me he metido!- pensó el chico -¡Esto es una casa de locos!

Y una vez tomado impulso, el coronel le machacó con los relatos de sus hazañas en Afganistán, y cuando Cornelio suspiró aliviado pensando en que aquello llegaba a su fin, empalmó sin paradas intermedias con que los jóvenes de ahora estaban todos amariconados, y que la única solución era volver a las buenas costumbres de antaño, porque iban por muy mal camino. Y que si ellos por sí mismos no eran capaces de hacerlo, era deber de sus padres el inculcárselo, que la letra con sangre entra, y que también deberían castigar a los padres que incumplieran sus deberes. Su discurso se iba exaltando cada vez más y terminó pidiendo trabajos forzados para todos ellos y nada de mantenerlos en sus celdas con la sopa boba, ¡qué se habían creído! Que el bienestar de las cárceles españolas era un reclamo para la delincuencia.

Y de repente, el militar se levantó de un respingo y se aproximó al televisor para subir el volumen y prestar atención a una noticia que daban sobre un atentado en Kabul, desentendiéndose de todos.

Doña Concha aprovechó la ocasión y le susurró a Cornelio al oído:

-No te preocupes. Existe una manera de apaciguarlo y volverle manso como un corderito.

-¿Sííí? ¿Cuál es?- quiso saber el chico.

-Llamarle Bernardo. Si le das una orden llamándole Bernardo la cumple de inmediato, pero tienes que decir siempre Bernardo al final de la frase.

-¿Me está tomando el pelo? ¿Y eso por qué es ?

-Dicen que es como se iba a llamar su hermano gemelo, al que estranguló durante el parto con su cordón umbilical para ocupar el primer puesto de salida, pero no sé.

Cornelio la miraba horrorizado.

-Prueba a hacerlo y ya verás- insistió ella -¡Si en realidad es un trozo de pan!

Lidia se mostraba ajena y estaba ocupada cambiando los platos, así que no podía  esperar ninguna ayuda de ella.

-Siéntese en su sitio, Bernardo- dijo con voz temerosa.

Y don Leoncio acató de inmediato la orden del chico sumido en un aparente estado de sonambulismo, pero cuando llegó hasta su altura le espetó:

-¡Que te la pique un cardo! ¡Juá, juá, juá, juá!- estalló en un mar de intempestivas carcajadas -¡Qué broma tan buena, eh, Concha?! ¡Todo el mundo pica!

El descerebrado se retorcía congestionándose de risa y Cornelio, sobresaltado, miró a su mujer como pidiendo una explicación por aquella absurda celada que le había tendido.

-Se le ocurrió a él una tarde que estaba un poco piripi- se disculpó ella –Y se hizo él solo tanta gracia que me pidió que lo pusiéramos en práctica para romper el hielo cuando vinieran visitas. Y yo lo hago por contentarle, que siempre se parte de risa  como si fuera la primera vez, pero yo no soy de decir verdulerías, dios me valga. 

Cornelio miró a Lidia y la chica se encogió de hombros mientras engullía calamares con arroz blanco como si la cosa no fuera con ella, mientras su padre echaba un par de tragos de vino para aclararse la voz y continuar su discurso con renovados ímpetus:

-¡Y a los homosexuales habría que fusilarlos a todos porque son los acólitos de satanás!... Diga lo que diga el papa. ¡Que este papa de ahora ni es papa ni es nada, que por no saber no sabe ni mandar!

Y en medio de aquel chaparrón, al chico le vino a la cabeza la atractiva imagen de Maga... ¡Qué cabrón el Morfeo ese de los cojones! ¡Qué castigo tan cruel le había impuesto!

-Perdone, Morfeo- en un cruce de cables llamó así al coronel –Pero yo creo que el papa quiere darnos ejemplo de…

-¿Morfeo? ¿Por qué me llamas Morfeo si me llamo Leoncio?... ¿Es que acaso te aburro y te doy sueño?- el hombre se rió de su propia ocurrencia.

-No, no, todo lo contrario- nuestro héroe se quedó muy azorado y recurrió de nuevo a soltar la primera trola que pasaba por su mente –Me vino a la cabeza porque así se llamaba uno que sale en una película que era el líder de la resistencia de los hombres contra las máquinas, y me recuerda mucho a usted.

-¿Ah, sí, eh?... ¿Te recuerdo al líder de la resistencia de los hombres contra las máquinas? ¿Y se puede saber por qué?... Pero si yo soy una máquina, ¿has visto qué bíceps tengo, muchacho?- y se volvió a reír sacando bola -¿Y quién era ese actor? ¿Quién interpretaba al Morfeo ese que dices?

-Eeerh… Samuel L. Jackson, señor… ¿Sabe usted quién es?

-Sí, sí, claro que sí. ¿Te crees que soy un paleto o qué?... Se trata de ese negro grandote, con ojos de calamar gigante, que hacía de sicario en la película de Pulfision, ¿no?... Ya, ya… ¿Y me encuentras parecido con él?

Lidia se sobresaltó y agarrándose a su silla miró a Cornelio para ver qué decía, y él cruzó las miradas por un instante para continuar su huida hacia delante:

-En lo figurado, señor, quiero decir… Es que ese actor siempre hace de personas con un carácter muy fuerte, ¿no?... El de Pulp Fiction, como usted dice, otra vez de Jedi, Morfeo liderando a la resistencia… Y es en ese aspecto en el que me recuerda a usted, que se le nota que es un hombre con mucha experiencia y muy expeditivo y seguro de sí mismo.

Lidia suspiró aliviada ante aquella salida y el militar dirigió a Cornelio una mirada inquisidora.

-Eres muy original en tus juicios, muchacho. Así que tendré que vigilarte de cerca, porque eso te convierte en un factor potencialmente peligroso. Para mi hija quiero decir… Tú ya me entiendes, ¿no?- le miraba como quién mira a un sospechoso sin saber si cortarle la cabellera o prorrogarle el permiso de peluquería, porque presentía que el chico se estaba quedando con él.

-Perdone, Leoncio, pero creo que me he perdido… No sé de qué me está hablando ahora…

-Ah, no, ¿eh? Pues te lo voy a dejar muy claro, muchacho, que de sobra sé que a tu edad no sois más que subalternos del pene, que él es quién manda y siempre os dirigís a donde os señale. Y no te librarás de su tiranía hasta que no cumplas los cincuenta.

-¿Subalterno del pene le había llamado?- Cornelio se pellizcó un muslo para asegurarse de que aquello era real.

-Y que sepas que no eres el primer graciosito al que he visto ligar con chicas- continuó, achicharrándole con la mirada -Y conozco vuestros trucos y sé cómo abrís sus barreras con vuestro ingenio y vuestra falsa inocencia. Y quiero decirte que mi hija es mi tesoro y yo siempre seré su fiel guardián, así que pórtate bien con ella o tendrás que vértelas conmigo, muchacho, ¿te queda bien claro lo que te estoy diciendo ahora?

Cornelio le miró atónito, sin saber qué decir.

-Por favor, Leoncio, que el chico es nuestro invitado y le va a dar un soponcio y se nos va a poner malo aquí- el remordimiento de doña Concha intercedió a su favor –No le hagas caso, Cornelio, que siempre que bebe un poco le da por decir estas cosas, pero ya te he dicho que es un trozo de pan.

-Y si te la tienes que cascar, pues te la cascas, que para eso es tuya- continuó el militar su desfile -que no se sufre tanto al hacerlo. Pero no te olvides nunca de que a mi hija hay que respetarla y lo que le hagas a ella también me lo estarás haciendo a mí, y no me gusta que nadie venga a joderme, ¿estamos? Que te va la vida en ello.

Y le mostró sus puños marcando pectorales en actitud gorilesca, mirando fijamente al  despavorido joven.

-Por favor, papá- al fin habló Lidia -Cornelio aún no te conoce y se va a llevar una impresión falsa de ti. Dile que te cae bien, anda... Hazlo por mí, que es mi novio…

-Si no pasa nada, hija, si no pasa nada- su padre cambió repentinamente de actitud y exhibió una forzada sonrisa ante el chico -Si entre hombres nos entendemos y verás cómo tu novio y yo llegamos a ser buenos amigos… ¿Verdad que sí, chaval?

-Desde luego que sí, señor- asintió Cornelio, mentalmente superado.

-Más te vale- murmuró, y le atizó una sonora palmada de aprobación en la espalda -Así me gusta, muchacho… Y por cierto, muchacho, ¿cómo vas a querer que te llamemos en público? No querrás que lo hagamos por tu verdadero nombre, ¿no?

-¡Me llamo Cornelio Escipión, como el general romano que derrotó a Aníbal cuando cruzaba los Alpes con sus elefantes!- explotó Cornelio -¿Qué tiene de malo?

-Nada, muchacho, nada… Ja, ja, ja, ja… Tú dirígete a alguien por ese nombre en cualquier sitio y verás cómo enseguida te ofrecen una ensalada de hostias, ja, ja, ja, ja… No tiene nada de malo, muchacho, no pierdas los nervios… Oye, ¿tú te bebes el agua de los espárragos?

La pregunta le pilló a Cornelio a contrapié y casi se hace un esguince.

-Eeerh… Pues… Alguna vez he le echado un traguito a la lata cuando venía fría de la nevera, pero tampoco me atrae especialmente. ¿Por qué lo dice?

-Porque deberías hacerlo, porque he oído decir que es buenísima para los pólipos nefríticos y para la diabetis, y que depura todo el organismo, por lo que es muy recomendable que la bebamos… ¿Lo harás tú a partir de ahora? ¡No quiero tener nietos enclenques!

-Yo… Glup… Yo haré lo que pueda, señor- concedió el chico –Intentaré recordarlo.

-Yo la tomo a diario y mira cómo me encuentro- le sacudió un segundo palmetazo  para que comprobara su vigor -¡Auténtico acero sueco!... Así que hazme caso y verás qué bien nos llevamos.

Cornelio lo flipaba.

-Y por cierto, muchacho, ¿te gustaría ver mi colección de armas de coronel de paracas?... Tengo algunas que son verdaderas armas de carnicero, capaces de hacer unos destrozos impresionantes en los cuerpos, ya verás.

Cornelio, totalmente desbordado, no pudo más que asentir con los ojos como platos.

-¿Te ha caído bien mi padre?- quiso saber Lidia al despedirse en el portal –Al principio ha estado un poco brusco, pero al final os habéis hecho amigos, ¿no? ¿A que es muy enrollado y se puede hablar con él de cualquier cosa?...

-¡Uuuf!... Pues verás, Lidia, no sé cómo decirte, porque desde luego que resulta impactante y aún estoy  aturdido por el encuentro…

-¿Y de verdad que te recuerda a Samuel L. Jackson?- continuó ella -¿Por qué le dijiste eso?

-Por nada, por nada. La verdad es que ayer estuve leyendo en internet un artículo sobre  mitología y me vino Morfeo a la cabeza… Morfeo y sus problemas con el tío Zeus, ya sabes…

-¿Morfeo y el tío Zeus?... No sabía que te interesara la mitología ni que estuvieras tan familiarizado con los dioses antiguos… ¡Eres una caja de sorpresas, cari!

El oportuno estampido de un trueno cortó la conversación anunciando el comienzo de un buen chaparrón.

-Pues ahí lo tienes soltando sus rayos y truenos, je, je, je, je… ¡Hasta mañana, cariño, que me voy a llegar empapado!

-¡Hasta mañana, cari, te quiero! ¡Y cada día más! ¡Corre y no te mojes mucho!

Cornelio corría como un conejo bajo la lluvia intentando recuperarse de aquella traumática velada cuando la imagen de Maga, tan aparentemente real como la vida misma, se le presentó de nuevo.

-¡Qué historia tan fantástica la de aquella chica!- pensó -Pero todo había sido un sueño, ¿no?... ¿Y aquél picor persistente en su cara y en sus manos?… Qué putada que le hubieran cortado el rollo despertándole cuando aún quería saber tantas cosas de ella… ¡Maldito teléfono, maldito san Valentín y maldita Lidia! ¡Y maldito fuera mil veces el soplagaitas de su padre!... ¡Y ya podrían haberle prestado un paraguas los muy jodíos!- refunfuñaba mientras corría entre los puestos de la feria que había en el parque frente a su casa dando saltos para evitar los charcos.

Llegó a su casa en cierto estado de confusión febril y sonó su móvil. Era Julio, que se había fumado un petardo y le llamaba para cotorrear un rato con él:
 
-¿Qué pasa, tronco?... ¿Sobreviviste a don Leoncio?- quiso saber -¿Ya has entrado en familia?.... Ja, ja, ja, ja… ¡Vaya encerrona, colega!... Desembucha y cuéntamelo todo, anda…
 
-¡Pufff!... Lo peor, tío, lo peor. No te puedes imaginar… No me hagas hablar de ello que salgo flipado de allí… ¡Qué tarde me han dado!
 
-Mmmh… Intuyo que mis temores eran fundados y que has sido incorporado a la  secta, ¿no?… Ja, ja, ja, ja… Pues ya perteneces a la Orden y la cagaste, machote, porque de ahí sólo se sale con los pies por delante… Ja, ja, ja, ja…  
 
-¡Qué va, qué va!... De eso nada, colega... Aunque la verdad es que no tuve ocasión de plantar cara, porque me la habrían desfigurado y hubiera resultado incómodo para mí, me escabullí como una anguila, que en eso soy maestro… La cosa no fue tan mal, colega, no me tumbaron… Pero te quería contar que anoche tuve un sueño acojonante con una tía…
 
-¿Te corriste?- le interrumpió Julio.
 
-¡No, no, qué va!... No iba de eso exactamente.
 
-¡Bah!... Entonces no fue tan bueno.
 
-¡Joder, Julio, que te estoy hablando en serio!... Bueno, ya te lo contaré otro día, déjame en paz, que solo fue un sueño y estoy cabreado.
 
-¡Oooh!... ¡Qué romántico!... ¡Así que la conociste en un sueño, como en la bella durmiente!- se descojonó su amigo –Ahora sí que me preocupas, colega. A ti te están drogando con algo y te han cambiao.
 
-Anda, Julito, que no me jodas y que te vayas a dar por culo por ahí un rato, que tú te has fumado un peta pero yo estoy mojado y de mala hostia, así que no tengo ganas de rollo… Mañana nos vemos, adiós, adiós.
 
Y cuando se pudo tranquilizar un poco una idea empezó a darle vueltas en la cabeza:
 
-¿Sería posible reenganchar con un sueño? ¿Volver a él en algún momento cercano al que lo dejaste?
 
Él había tenido algún sueño repetido, e incluso alguna vez creía haber reenganchado con alguno anterior, pero casualmente, sin intención, y nunca había recordado sus detalles con tantísima nitidez como si los hubiera vivido, tal como le sucedía ahora.
 
-Pero ¿sería posible hacerlo?- se preguntaba -¿Podría volver a verla para pasar otro rato con ella?
 
-♪Sólo es un sueño, inalcanzable, ya lo sé- la aguda voz de Camela atronó a través de la megafonía de la feria -♪Y es que no puedo, vivir mi vida junto a él
 
-¡Vaya por dios! ¡Que inoportunos!- murmuró él.
 
Al día siguiente era domingo y libraba, así que no se lo pensó dos veces. Se tomó esta vez dos pastillas para dormir y se metió en la cama a las diez de la noche con intención de volver a ver a Maga.
 
-Perdona, Trudy- le dio tiempo a musitar antes de quedarse dormido –no seas celosa que vuelvo enseguida.
 
 
El incendio
 
Cornelio estaba adormilado en el viejo sofá de su casa con un ojo puesto en las noticias que daban por la tele.

-Un pavoroso incendio se ha declarado esta mañana en el supermercado Roñas de Madrid…- decía el locutor, mostrando las imágenes del edificio ardiendo como una tea.

-¡Hostias, pero si es mi curro!- palideció -¡Y yo aquí sin enterarme de nada!... ¿Qué es lo que ha pasado?...

-… y vamos a oír las declaraciones del señor Olivares, ejemplar supervisor del establecimiento, que ha estado participando en primera línea en la lucha contra el fuego…

-¡No me jodas!... ¡A ver qué va a decir el cabrón este ahora!
Una tiznada y sudorosa cara se adueñó de la pantalla y la maligna mirada de Ernesto Olivares se clavó sobre Cornelio.

-Quiero mostrar públicamente mi agradecimiento al Cuerpo de Bomberos y a casi todos los empleados del centro, ya que gracias a su valor, colaboración y entrega, hemos podido evitar daños personales, que dada la gran afluencia de público que había a esa hora en el establecimiento, era nuestra principal preocupación.

-Perdone- interrumpió el locutor -¿Pero por qué dice a casi todos los empleados del centro? ¿Es que ha habido alguna excepción?

Cornelio sintió un escalofrío por la espalda e intuyó lo peor.

-Efectivamente, así es- parecía como si la imagen del supervisor pugnara por salir de la pantalla para abalanzarse sobre el chico –Es sabido que en todos los rebaños tiene que haber una oveja negra y nosotros tenemos la nuestra en Cornelio Escipión Lasarte, en cuya zona de trabajo, la zona 12, se declaró el incendio, y él no se encontraba en su puesto sin causa justificada, que de haberlo estado el fuego se hubiera apagado en un pispás. Y su falta de profesionalidad avergüenza enormemente a nuestra empresa, por lo que ya ha sido expulsado con deshonor de la entidad…

-¿Expulsado con deshonor por no estar en su puesto de trabajo?... ¡Mentira!... ¡Eso era mentira!... ¡Si aquél martes libraba!... Lo tenía pedido desde hacía más de quince días y se lo habían dado sin ningún problema… ¡Y hasta guardaba el ticket de confirmación!

De repente, su frente se inundó de sudor frío y le atenazó una duda agónica. Sobrecogido por el espanto cogió su móvil y lo encendió.

-Lunes 17 de abril 2017- ponía en la pantalla.

-¡Me cago en la puta leche!- exclamó, que yo lo oí- ¡Pero si cuando libro es mañana, me confundí de día!... Pero si estaba seguro de que… ¡Qué vergüenza!... Y lo estará viendo todo el mundo… Sara, Lidia y hasta sus padres, desde Almuñécar... ¿Qué pensarán de mí?

Y de esa le botaban seguro, claro, que se iba derechito al paro… El muy cabrón del supervisor se había salido con la suya y le darían su puesto a la pilingui… ¿Habría encendido él el fuego?... No, no, pensar eso era una locura… ¿Sería posible?... ¿Qué podía hacer?

Ya se había puesto a pensar sistemas indoloros de suicidio cuando el timbre de la puerta le hizo dar un respingo.

-¿Sería Julio? ¿Quién podría ser a esa hora?

Según se iba acercando a la puerta iba escuchando in crescendo las voces de varias personas que conversaban al otro lado y unos enérgicos nudillos repicaron en la madera.

-¿Quiénes serían? ¿Qué es lo que querrían?

-¡Abra sin miedo, somos la prensa!

-¿La prensa? ¿Qué prensa? ¿Qué es lo que quieren?- preguntó, entreabriendo la puerta.

Una violenta bota de seguridad hizo de cuña en la rendija y una marea humana empujó la puerta hasta abrirla de par en par. La figura de su supervisor emergió en primer plano delante de diez o doce fotógrafos y cámaras, con sus luces encendidas.

-¡Ahí lo tenéis! ¡Él es Cornelio Escipión!- bramó rodeado de flashes -¡El incendio se originó en su zona y si él hubiera estado cumpliendo con su deber se hubiera sofocado sin mayor problema! ¡Es el culpable de todo! ¡Prendedle!

-¡Granuja! ¡Sinvergüenza!- se exaltó la turba -¡Hay que lincharle!

-¡Traed antorchas y poner agua a hervir!- gritó Olivares como un demonio exaltado.

-Perdone, señor Olivares, ¿pero para qué quiere que hagamos eso?- preguntó el corresponsal de la Razón.

-Las antorchas para prenderle y el agua hirviendo por si hay alguna parturienta en los alrededores, idiota- contestó el supervisor airado -¿No aprendes nada viendo películas?

Y se hizo con un tridente que blandió en dirección a Cornelio.

-¡Cáspita!- exclamó él… ¿No os lo creéis? Os aseguro que dijo eso -Yo… Yo…Yo… Yo…-  se tapó la cara con las manos y empezó a hipar -¡No puede ser! ¡Marcharos de aquí!

Y el caso fue que todos desaparecieron como por arte de magia y una alegre carcajada estalló a su lado.

-¿TÚ?- se sobresaltó al verla -¿Eres tú?... ¿Pero qué haces aquí?

Maga le miró fingiendo sorpresa.

-Perdona, ¿cómo dices?... Creo que eso me correspondería preguntarlo a mí, ya que eres tú el que está invadiendo mi mundo, ¿o es que acaso no sabes dónde estás?

-¿Estaba soñando? ¡Vaya!- el chico se mostraba confuso, pero aliviado – Entonces lo del incendio no ha sido verdad!… Uuuf…

-Bueno, eso es según cómo se mire. Lo que es mentira hoy mañana podría ser cierto.

-Bueno, eso es verdad, porque yo nunca le he pegado a un niño, pero si un día viniera un niño cabrón que se liara a darme patadas en la espinilla y no se quisiera estar quieto, le soltaba un bofetón. Y la verdad de antes sería mentira.

-¡Ja!... Todo eso suena muy lógico, pero no tiene porqué ser así. Olvidas que sigues soñando y que aquí nada tiene porqué ser real.

-Joder, Maga, no sigas, que me estás liando, prefiero no pensarlo. ¿Pero la noticia?... La noticia del incendio no fue idea mía, y esa vino de tu cosecha, ¿no? Te la inventaste tú, ¿no es así?

-Sí- admitió ella, sin cortarse ni un pelo –Y eso te pasa por no prestar atención, así que ha sido culpa tuya.

-¿Cómo que culpa mía? ¿Ahora qué me estás contando?...

-Pues que tú eres el director y el guionista de tu sueño, y podrías hacerlo como tú quisieras, pero deberás cuidar más de sus pequeños detalles, porque si tu sueño tiene rendijas se te puede colar algún diablillo que pase por allí y liártela buena. Debes cuidar tus  rendijas, me recuerda siempre el tío Zeus, y tú no lo hiciste.

-¿Que cuides tus rendijas? ¿El tío Zeus te dice eso? ¡Qué guarrillo!

-Las rendijas y el poder son los grandes motores cósmicos, me dice siempre él.

-No sigas, Maga, no sigas, que prefiero no saber más.

-Pero los tíos sois así, ¿no?, que me lo dijiste tú una vez. ¿Es que te crees mejor que él? El tío es un dios, pero también es un hombre.

-Pues bueno, vale, no sé- decidió cambiar de tercio -Pero el caso es que la noticia del incendio te la inventaste tú, ¿no es así?

Ella asintió muy risueña.

-¿Y por qué me has hecho esto?

-¡Pobrecito mío! ¡Si vieras qué caras ponías!- contestó con entusiasmo –Lo has hecho estupendamente, que te he visto escondidita desde la última fila, y eras un angustiado perfecto… ¡Parecía que te iba a dar un infarto!… ¡Ni Woody Allen lo hubiera hecho mejor!

-¿Parecía qué me iba a dar un infarto?... ¿Woody Allen?... ¿Pero qué dices?... ¿Y todo eso te parece muy divertido?... ¿Y qué hubieras hecho si me hubiera dado un infarto y me hubiera quedado tieso?... Supongo que eso sería el clímax de tu película y te hubieras descojonando de la risa, ¿no?… Joder, qué humor tan raro tienes, chica.

A la diosa le debió de molestar aquella manera tan despectiva de llamarle chica, porque enarcó las cejas y contestó:

-Por favor, Corner, no te pongas estupendo, que llegados al extremo de que murieras fulminado, que eso no iba a pasar, le hubiera pedido ayuda al tío Zeus y ya está.

-¿Y ya está? ¿Cómo que ya está? ¿Es que acaso el tío Zeus me hubiera podido resucitar?

-Uuuy… No sabes los prodigios que es capaz de realizar ese viejo bribón a cambio de un par de achuchones- le guiñó un ojo con picardía y añadió -Y además, yo tenía que hacerlo.

-¿Cómo que tenías que hacerlo? ¿Por qué?

-Pues porque es una ley impuesta en este mundo por mi padre, y hay que cumplirla, y dice que aquél que quiera obtener la llave del libre acceso hasta mí tendrá que superar con éxito una novatada elegida por el Consejo de Dioses, y ahora tocaba la del angustiado, que por eso te ha salido a ti, pero yo no podía decírtelo porque eso supondría tu expulsión. Y que sepas que lo has hecho cum laude.

Cornelio la miró extrañado porque no entendía aquél término que le sonó a pornográfico y no sabía de qué iba. ¡Ni siquiera Sara le había hecho un cum laude!

-Así que te has ganado la llave de mi mundo y podrás venir a verme siempre que quieras- concluyó ella, depositándole una brillante llavecita de plata en la palma de su mano y cerrándola entre las suyas.

Subidón de Cornelio extasiado en sus sentidos... ¡Qué sensación transmitía esa piel!... ¡Y cómo le taladraban los ojos de esa mujer!... ¡Menudo cambio climático!

-Yooo… ¡Gracias, Maga! ¿Y cómo se usa? ¿Qué tengo que hacer para venir a verte?

-Es muy fácil. Solamente tendrás que tenerla en tu mano y pensar en mí cuando vayas a dormir, y ella te conducirá hasta mí…

-¿Así de fácil? ¿Sólo con eso?

-Solo con eso- le aseguró la diosa -Pero no la vayas a perder, ¿eh?, porque entonces me perderás para siempre.

Ella le miraba con descaro y él la miraba sin saber qué pensar.

-Y bueno, ¿qué es lo que te cuentas?- disparó ella primero.

-¿Que qué me cuento? ¿Que qué me cuento de qué?... Joder, Maga, que estoy hecho un lío, ¿qué quieres que me cuente?

-Pues algo cotidiano para empezar, por ejemplo, cuéntame que es lo que haces con las pobres incautas que consigues traer a tu casa, si es que consigues traer a alguna, además de intentar hacerlas lo que ya sabes que no puedes hacer conmigo.

Nuestro héroe tragó saliva y continuó mirándola callado, porque sus ideas eran un cubo de Rubik y no sabía cómo encajarlas.

-Con que sí, ¿eh?- exclamó ella triunfante -¡Quien calla, otorga! Tu silencio expresa la ausencia de otros motivos. ¿Es que te dedicas exclusivamente a intentar tirártelas, y encima así en seco, sin ofrecerlas nada de beber?

Cornelio pilló la indirecta.

-Yooo… Eeerh… Sí, perdona, claro. ¿Qué quieres tomar?

-Pues ahora que lo dices, me gustaría tomar un Martini muy seco, de vodka, no de ginebra, y mezclado, no agitado- saltaba a la vista que Maga disfrutaba de la situación y se lo pasaba como una enana –Creí que no me lo preguntarías nunca.

-Joder, Maga, no seas canalla, tía… ¿No me puedes pedir algo más sencillito? ¿Algo así como una birra o un cubata?... O también tengo zumo si quieres, que no te quiero emborrachar, pero no me hagas esto ahora, por favor, que aún no me ha dado tiempo a recuperarme del infarto y además no tengo ni idea de cómo se prepara un Martini... ¡No me hagas ponerme a buscarlo en youtube!

-Está bien, Cornwales, pues tráeme un botijo si quieres, que yo me apaño con cualquier cosa. No te pongas tan encendido y márcate un botellín de esos que tienes por ahí guardados, pocholo.

Cornelio sirvió unas cervezas y comenzó a hablar más tranquilo:

-Tenía muchas ganas de verte- dijo -He pensado mucho en ti.

-¿Ah, sí? ¿Tenías muchas ganas de verme?- de nuevo salpimentaba la escena con falsa inocencia -¿Y eso por qué?

-Yooo… Quería oír tu risa… ¡Es mágica!... Me tiene atrapado y la echo mucho de menos cuando no estás.

-¿De verdad?- rió alegremente para complacerle -¿Y es sólo por eso? ¿Seguro que no escondes ninguna carta, ladino? No es posible que seas tan puro.

Su expresión era mitad burlona y el resto provocativa. Mezcladas, pero no agitadas, como dios manda, eso sí.

Y él se empezó a poner muy nervioso.

-Vámonos, Maga, por favor- le pidió -Vámonos de aquí, que me estoy agobiando  mucho. Que me parece que va a salir el hijoputa de Olivares de la tele para darme por culo otra vez en cualquier momento.

-Siendo así vale, como quieras, pero ¿dónde quieres ir?

-¿Podemos volver al río? Me apetece un sitio tranquilo.

-¡Aaah!... Veo que vas apreciando el valor de lo simple... Progresas a trompicones por la senda de la sabiduría, joven aprendiz, pero creo que algo avanzamos. Tú mandas, señor director, es tu sueño, así que cambia de escenario y vayámonos al río… ¡Cierra los ojos y deséalo con fuerza!

Él siguió sus instrucciones y en un cuarto de periquete (dos minutos y medio) se volvieron a encontrar allí.

 
El eterno retorno

-¡Muy bien, Crustáceo, pues ya estamos de nuevo aquí!- le dijo ella sonriente -¡Lo has conseguido!
 
-¡Maga, que me llamo Cornelio y bien que lo sabes! No empieces con eso que me tienes harto.
 
-¡Huuuy!... ¡Cómo te pones por tan poca cosa!- siguió jugando la baza de la falsa inocencia –Perdóname, querido darling, pero Cornelio es un nombre que no acaba de cuadrar con tu carácter, ni con tu figura, ni con tu persona… Eso es, no cuadra con tu persona.
 
Y acabó la frase elevando sus manos abiertas sobre su cabeza, a modo de alce y el chico le dedicó una mirada asesina.
 
-No vuelvas siempre a lo mismo, que pareces una molinera - acertó a decir.
 
-¿Molinera yooo?... ¡Qué bobadas dices! Tú te mereces un nombre más distinguido y estoy tratando de dar con él- continuó ella –Y deberías darme las gracias por buscarlo en vez de llamarme esas cosas tan feas… ¿Quieres que te llame Cornelius, como si fueras un noble caballero inglés?
 
Cornelio prefirió ignorarla.
 
-¡Ponte a la sombra, bombón! ¡Qué te vas a derretir!- la templada voz de un individuo sesentón que apareció frente a ellos agitando con donaire su sombrero les hizo caer en que no estaban solos -¡Y olé por las pelirrojas con garbo!
 
-¡Muchas gracias, señor, le haré saber a su esposa lo caballeroso que es usted- le respondió Maga con intención.
 
Y el frustrado tenorio desapareció acelerando el paso río arriba.
 
-Esto es lo peor que tiene el ser como soy… ¡Los moscones!- se excusó ella, encogiéndose de hombros –pero este al menos se ha ido prontito.
 
-¿Pelirrojas con garbo ha dicho?- preguntó Cornelio muy sorprendido –Pero si tú eres más rubia que una cerveza… ¡Veía menos que un topo!
 
-Ja, ja, ja, ja, ja- se rió ella alegremente –¡Veía igual de bien que tú!... Y es que en eso consiste mi esencia, que no te enteras de nada, que soy la mujer de tus sueños pero la de los demás también, y para ti soy rubia, y para él pelirroja, y para otro puedo llevar una cresta azul… Que cada uno me veis como vuestro ideal de mujer, vuestra fantasía de mujer, que no pasa sólo contigo. Y al final, de una manera o de otra, siempre acabáis perdiendo las formas, que os conozco bien.
 
Cornelio la escuchaba boqueando como un bacalao.
 
-¡Joder!- protestó él –¡Es que tú lo pones muy difícil, y los tíos somos así!... Y oye, para el que fuera tu pareja, qué vida más inquieta iba a llevar, ¿no?
 
-Y eso por una parte me resulta muy halagador- ella le escuchó como quién oye llover -Pero por la otra me tiene bastante harta… ¿Tú te imaginas lo que es llevar miles de años ahuyentando moscones y sin poder tener una relación de cariño con nadie?
 
-Todo es efímero, como dice del Bosque- dijo Cornelio queriendo mostrar empatía y pensando que iba a quedar muy bien.
 
Y ella se le quedó mirando extrañada, sin comprender.
 
-¿A qué viene eso? ¡Los moscones son eternos!
 
-¡Vaya carretera!- gritó un joven de aspecto technopunky, con chupa de puercoespín y luciendo una cresta con más leds que un árbol de navidad, que apareció en el camino.
 
-¿Lo dices por las curvas?- Maga entró al trapo con brío.
 
-Ya la vamos a liar- pensó quien os suponéis –A ver qué pasa con el menda este ahora.
 
-Quita, niña, qué va… ¡Lo digo por er porvo!- contestó con acento andaluz
 
Ella le miró con disgusto y Cornelio ya iba a decir algo cuando él comenzó a gritar dando saltitos y agarrándose sus partes.
 
-¡Ay, ay, ay! ¡Que ha sido una bicha, que me ha picao y la he visto yo! ¡Que estaba subida a esa rama y no me di cuenta! Y me ha picao en tóa la herramienta, pero en tó el mondongo, que ya te digo yo… ¡Mírala, por ahí se va! ¡Ay, la virgen, cómo escuece!
 
-¡Caray, qué mala suerte!- le dijo Maga con regocijo –Lo que te ha picado ha sido una mambis atrocis, y la zona de la picadura se ennegrecerá y se te caerá al suelo en menos de veinte minutos, a menos de que alguien te haga un corte en la herida y succione el veneno, y morirás entre horribles convulsiones en menos de media hora… ¡Es una lástima!
 
El chaval la miraba aterrorizado con la cara más blanca que la de un payaso listo.
 
-Pero lo malo es que no sé quién se va a prestar a hacerlo porque yo me mareo mucho al ver la sangre, así que tendría que ser mi amigo- añadió, señalando a Cornelio, quién la miró estupefacto.
 
-¿Qué dices?... ¿Qué se la chupe yo?- respingó indignado -¡De ninguna de las maneras! Lo siento, amigo, pero date por perdido.
 
-¡Vaya por dió!– se lamentó el de las luces -¿Y dices que se me se me caerá tóo ar suelo?
 
-Eso no lo dudes- continuó ella muy animada – Pero aún es posible que tengas una oportunidad: tres o cuatro kilómetros monte arriba hay un bar de chicas que se llama Chapa y Pintura. Tiene luces rojas, ya lo verás. Vete corriendo hasta allí y pregunta por Magdalena, que es la más gorda de todas y maneja el cuchillo mejor que nadie, y dile que vas de mi parte. Es muy buena persona y quizás se ofrezca a salvarte la vida.
 
-¿Sííí? ¿Puedo decir que voy de tu parte?- el chaval salió disparado monte arriba dando saltos mientras Maga se partía de la risa.
 
-¡Si es prima hermana mía- tranquilizó a Cornelio cuando se quedaron a solas -¡Verás la que le lía!
 
-¡Pobre chaval!- opinó -¿No te has pasado con él? ¿Cómo hiciste que le picara?... Sé que fuiste tú.
 
-¡Si solamente escuece, y no hace nada más! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Si ha sido mi amiga Mambalina, que se pone a tomar el sol ahí todas las mañanas! ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Has visto qué brincos daba? ¡Si parecía un corzo! ¡Ja, ja, ja, ja!... Tenemos que pasar a ver a Magdalena para que nos cuente el final.
 
Cornelio se empezó a descojonar también.
 
-¡Ya no hay moscones, qué bien!- prosiguió ella –Que tenía ganas de charlar un rato contigo para fisgar en tu interior y comprobar si bajo tu anodina duramadre existe alguna cosa interesante y divertida que pudiera dar lugar a que lo pasáramos bien sin follar, claro está. ¿Sólo sirves para eso? ¿No sabes hacer nada más? Lo digo por no perder el tiempo.
 
-Hombre, tampoco es eso- protestó él, ofendido –Que sirvo para muchas cosas.
 
-¿Por ejemplo?
 
-Eeerh… Pues sé arreglar motos, y pescar ranas, y un poquito de informática, y algo de música, y sé hacer fotos, y conduzco deprisa…
 
Ella le miraba impávida arqueando una ceja y dando golpecitos con el pie en el suelo como esperando algo más.
 
-Bueno… En cualquier caso te entiendo- el chico optó por echar mano de su amplia experiencia –Porque yo una noche de verano me tuve que esconder de una mochuela disfrazada de leopardo que me perseguía como una posesa por la discoteca de un pueblo de la sierra de Guarrarrana, y me agobió tanto la tía que me tuve que escapar por la ventana del baño sin despedirme de nadie, así que…
 
-¡Vaya! ¡Al revés que en la canción de los Beatles!- observó ella, con sarcasmo.
 
-¿Qué canción?
 
-¿No decías que sabías algo de música? ¡La de la chica que entra por la ventana del baño, que no tienes ni pajolera idea!... Aunque también podría ser Help.
 
-Ah, sí, ya sé cuál dices. Me gusta mucho- y se rió.
 
-¡Farsante!- le llamó ella con desprecio -Bueno, pues aunque resulte una experiencia muy interesante no es comparable a la mía, porque tú tenías escapatoria pero a mí en todas partes me pasa lo mismo excepto en la luna. Pero es un rollo estar ahí.
 
-Lo sé, Maga, lo entiendo, pero ¿qué quieres que le haga?- Aún no me ha dado tiempo a dar con la solución, pero estoy en ello. Te aseguro que sí.
 
Ella miró a los ojos y le sonrió con dulzura.
 
-Y a mí me gusta descubrir cosas de ti- el poder de la sonrisa animó a Cornelio –Ya sé que a los educados les das un corte y los mandas para casa, que a los algo menos educados nos tiras a las ortigas, y que a los maleducados les mandas al Chapa y Pintura para una puesta a punto, y lo encuentro muy original.
 
-Bueno, algo así- admitió ella –Según tenga el día. La ovulación y esas cosas.
 
-Pues muy bien. Y que ya que nos estamos haciendo amigos, al menos te podré dar un par de besos para saludarte, ¿no?...  En los mofletes, quiero decir, nada sexual.
 
Ella le ofreció su cara y él la besó con mucha delicadeza, apreciando como se iba difuminando a medida en que sus labios se acercaban a su piel.
 
-¡Me cago en la leche!- se dijo -¡Que maldición tan perversa! No te deja ni una rendija por la que colarte.
 
La diosa le deslumbraba y él se derretía mirándola, ajeno al mundo exterior.
 
-¿Sabes una cosa, Cornflake?- le dijo ella, divertida -Pues que a pesar de toda tu insustancia y tontería hay algo en tu persona que me gusta y que te hace caerme bien,
 
El chico la miró expectante.
 
-Pero el caso es que por más vueltas que le doy no consigo saber qué es, que no doy con ello, vaya…
 
-Ah, pues muchísimas gracias… Resulta muy halagador saber que no eres capaz de decir ni una sola cosa que te pueda gustar de mí… ¡Ay!... ¡Aaay!- se llevó el pulgar a la boca repentinamente y empezó a gritar.
 
-¿Qué te pasa ahora? ¿Quieres que cantemos flamenco? A mí me molan más las jotas- dijo con sorna.
 
-Nada, nada, que me he pinchado un dedo queriendo coger una flor. Y mira qué picotazo me he dado y no veas si duele.
 
-¡Oh, lo siento! Se me olvidó prevenirte: las florindas tienen espinas con venenillo de san Martín, que duele sólo un poquitín… Ja, ja, ja, ja, ja- ella se reía con mucho estilo, que es como hacen las diosas en vez de descojonarse.
 
-Pues no le veo la gracia, porque el venenillo de san Florindo duele y yo tengo la rareza de que me molesta el dolor. Y la quería coger para ti.
 
-¡Pobrecito mío!... ¿Te molesta el dolor?... Pues haz que se vaya, tonto, ¿no ves que estás en tu sueño?... ¿Cómo te lo tengo que decir?... Tú eres el director y puedes inventarte lo que quieras, y además cuentas con un presupuesto infinito para tus escenarios y tus efectos especiales… ¡No temas nunca a tus sueños! Son un chollo. No tienes más que borrar el dolor del guión. Así de fácil.
 
Y Cornelio se concentró y deseó que así fuera y comprobó que era cierto. Cruzaron sus miradas y sus ojos se iluminaron ante el sinfín de posibilidades que se les abrían…
 
-¿Podemos volar?
 
-¡Pues claro! ¿Qué estilo prefieres, el del astronauta, en plan globo sonda, o el del vencejo, que vuela deprisa aunque se haga viejo?
 
-Mmmh… Pues yo creo que la del vencejo suena más emocionante, ¿no?
 
-Pues muy bien, teniente von Cornelius, ¡a ver si me pillas! 
 
Y despegó como una centella volando al estilo Maléfica y nuestro héroe detrás, aleteando torpemente como si fuera el buitre Leonardo. Y se lo pasaron de miedo surcando los cielos durante un buen rato hasta que el chico se estampanó, que es cuando uno se estampa y oye campanas, contra un imprudente sequoia que se cruzó en su camino.
 
Cayó al suelo aturdido y ella aterrizó grácilmente a su lado.
 
-¡No ha estado mal para empezar!- concedió Maga, muerta de risa.
 
-¡Qué flipe, y no me he hecho daño!- dijo, aturdido.
 
–Oye, ¿y si ahora probaras a cambiar de aspecto para ver si me engatusas? Todos los chicos se arreglan  para ir a ver a su chica, ¿no? ¿Tú no lo haces?
 
-¿Engatusarte?... ¿Arreglarme?... ¿Es que no resulto así de tu agrado?
 
-No es eso, tonto, que tienes un pase. Es que tengo curiosidad por ver como serías si fueras el hombre más fuerte del mundo… ¡Hazlo por mí, anda!
 
-No entiendo nada, pero bueno, si eso te hace feliz...
 
Y en menos de un minuto (una décima de periquete) el increíble Hulk hubiera parecido un alfeñique junto a él. Y ella le miraba risueña lanzando suspiros muy sexis.
 
-¡Muy bien, Cornhulk, estás muy bien!- palmoteaba animándole –Sin duda que así tendrías tu público, pero no eres mi tipo… ¿A ver cómo serías si fueras el hombre más gruñón del mundo? Hazlo un ratito, anda, a ver si así me gustas más.
 
-¿El hombre más gruñón del mundo?... Mmmh… Pues me temo que no te voy a gustar mucho, pero lo haré si así lo quieres… Y cerró los ojos y se congestionó imaginándose cómo sería el hombre más gruñón del mundo y deseando ser así.
 
Y el premio a su esfuerzo consistió en que el mismísimo Gárgamel hubiera parecido un angelito tocando el arpa a su lado.
 
-¡Sí, sí!- exclamaba ella, ahogada por la risa -¡Esa calva te favorece mucho y esa nariz aguileña rebosante de pelos es enternecedora! ¡Creo que me estás conquistando, darling querido!
 
-Déjate de coñas, Maga, que ya está bien de hacer el payaso- se plantó él -La verdad es que todo esto está muy logrado, como unas gafas de realidad virtual a todo trapo, pero los cambios tardan un poquito en producirse.
 
-Tú quéjate encima, mamón, que menudo chollo tienes. Esto no es como en las películas, bobo, que estás en el mundo de los sueños y aquí las cosas transcurren con suavidad y delicadeza.
 
-¿Con suavidad y delicadeza en el mundo de los sueños?... ¿Te estás quedando conmigo?... Y cuando tienes una pesadilla de esas en la que lo pasas fatal, ¿qué? No te tires tanto el rollo porque en tu mundo hay de todo, como en el mío, por mucho que tú seas una diosa del Olimpo y yo un pringadete de Prosperidad.
 
-Eso es verdad- admitió ella -Pero son fallos del sistema que solamente ocurren cuando mi hermanastro Fobos, el dios del pánico y el miedo, logra burlar los controles de seguridad y se infiltra por alguna rendija de vuestras mentes para agitar vuestras angustias y temores… ¡Mi hermanastro es mala gente!
 
-Desde luego que sí- asintió él, recordando un sueño angustioso en el que un sapo gigante le perseguía a lengüetazos para podérselo comer.
 
-Disfruta con el sufrimiento ajeno, que esa es la esencia del mal- añadió ella -¡Y cómo se ríe el muy cabrón mientras hace sus maldades!
 
-¡En fin!... Así que aquí puedo hacer todo lo que me dé la gana menos hacérmelo contigo, ¿no?... Ningún hombre vivo podrá tenerte, dijiste.
 
-No es así por mi gusto, ya sabes- se excusó ella, encogiéndose de hombros –Pero puedes soñar con otras chicas si es que prefieres...
 
-Mmmh… No me pongas en aprietos, Maga, dejémoslo así de momento. ¿A qué jugamos ahora?
 
-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…- la desagradable tonadilla del móvil insistía machaconamente, aumentando su volumen con cada estrofa -TI TI RI TI TÍ… TI TI RI TI TÍ… TI TI RI TI TÍ…
 
-¡No pierdas la llave! ¡No la pierdas!- la oyó decir mientras su imagen se desvanecía tirándole un beso.
 
-¡Hostias!... ¿Quién cojones será ahora?- se preguntó, presa de un torbellino cerebral.
 
 
Desbordado
 
-Hola, cariño, ¿qué tal estás?... ¿Pues quién voy a ser?... ¡Lidia!... ¿Te encuentras bien?
 
-Sí, claro que sí... Perdona… Muy bien, estoy muy bien, mejor que nunca… Y ya he recuperado mi  aspecto original… No, no... No bebí anoche y me quedé en casa, ¿por qué lo dices?…
 
-Pues bueno, lo que tú digas, pero te llamo porque tengo una noticia estupenda que darte, que es que mis padres nos invitan a ir a la playa con ellos durante el puente, y así tú solo tendrás que pagarte el hotel, ¿ves que enrollados son?... ¡Te dije que eran de guai!
 
-¿Cóóómor?... ¿En qué me dices que consiste la invitación?
 
-Pues que mi padres se ofrecen a llevarte en el coche a Benicasim, y allí te pillas una pensión o un hotelito cerca del apartamento, y hacemos vida juntos, porque puedes venir a comer y todo... ¿No te parece estupendo?... Tú y yo solos paseando por la playa, ¿te imaginas?
 
-¿A la playa en marzo?... ¿Vamos a pescar pingüinos?
 
-Escucha, cariño, que no sé qué te pasa hoy pero te encuentro muy raro…
 
-Pues que me parece magnífico, Lidia, magnífico… ¡Tu padres se enrollan a tope!... ¿Me perdonas un momento, que tengo urgencia por ir al baño?... Te llamo enseguida.
 
-¡Joder, qué planazo!- pensaba mientras meaba –¿Cómo me escapo de esta?... Y me va a salir por una pasta, encima.
 
-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…- ahora era Julio el que tocaba la gaita.
 
-¿Qué pasa, colega? ¿En dónde te metes que no hay quién te vea? ¿Has vuelto con Sara o qué?... ¿Te hace una birra en el Estrella, y me cuentas, y les echamos un vistazo a las pericas?
 
-¿Una birra ahora?... ¿Pero qué hora es, Julio?... Me acabo de levantar…
 
-Joder, tío, pues qué marmota eres. Son las doce y cuarto. ¿Nos vemos en una hora? He encontrado un chollo de Ibiza de segunda mano y quiero que me acompañes a verlo, porque en las fotos no se ve bien, y tengo una página para bajar pelis que está de puta madre. Anoche me bajé dos de Jason Bourne y te las llevo en un pincho para que las veas, ¿vale?
 
-¿Un Ibiza?... ¿Jason Bourne?... Vale, vale, qué bien, qué bien... Oca, colega, quedamos, que yo también te quiero contar a ti unas cosas raras que me están pasando y quiero saber lo que piensas.
 
-¿Cosas raras?... ¿Estás siendo abducido?... ¿Has descubierto que el padre de Lidia es gay y te ha querido dar lo tuyo, o qué?, je, je, je…
 
-Pues no ha llegado a tanto pero casi, casi…
 
-¡Pero explícate, hombre! ¿Qué coño te pasa?
 
-Nos vemos en el Estrella y te cuento.
 
-¡Esta no me la pierdo!
 
Así que se encontraron en el Estrella y Cornelio le puso al corriente.
 
-¡Lo estoy flipando, colega!- le dijo su amigo tras escucharle atentamente -¿Te quedan pastillas de esas que tomas para dormir?... ¿Me pasas alguna, que quiero probarlas?... ¿Seguro que no son tripis?... Ja, ja, ja, ja… Ahora en serio, Corni, tienes que dejar de tomar eso ahora mismo que se te está marchando el tarro.
 
-¡No me jodas ahora, Julio, que tú fuiste el que me dijiste que tenía que tomarlas!
 
-Pues rectifico y ahora te digo que no te tomes ni una más, que rectificar es de sabios y te sientan muy mal. O al menos cambia de marca.
 
-Muy bien, puto sabio, pero si Maga es sólo un sueño como dices, ¿de dónde salió la llave que encontré bajo mi almohada esta mañana?... ¡Es su llave, la que ella me dio!
 
-¡A verla!
 
-¿Estás gilipollas? No la llevo conmigo, no quiero sacarla de casa porque podría perderla. ¿Te crees que estoy loco o qué?
 
-Pues francamente, tío, no sé. ¿Pero de verdad que no te estás fumando ni metiendo nada nuevo? No me vayas a mentir, colega, que me estás preocupando.
 
Total, que aquella tarde fueron a ver el Ibiza a un taller que había junto a un poblado de chabolas y el coche resultó ser un ladrillo pestilente y carente de interés, y tuvieron que escapar corriendo de dos navajeros que les quisieron robar a la vuelta, de manera que Cornelio aprovechó el desánimo para marcharse pronto a casa, con la intención de aclarar un poco sus ideas y acostarse pronto, que al día siguiente era lunes y había que volver al tajo.
 
-Gracias por acompañarme, tío- le dijo Julio al despedirse –Y quítate a esa chica de la cabeza y tira su llave por la ventana, que esta historia te puede hacer daño. Y llámame si quieres algo, ¿vale?
 
Cornelio estaba obsesionado en conseguir que su relación con Maga llegara a ser un algo más de lo que era, pero se daba cuenta de que sus esfuerzos estaban destinados al fracaso, porque no podía caer en el tremendo error de querer edificar su vida sobre un sueño, en el sentido literal de la palabra, y que…
 
-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti tí…
 
-¡Maldito móvil!... Era Sara… ¿Qué coño querría a las nueve y media de un domingo?
 
-¿Qué pasa, torito, qué estás haciendo?... ¿Puedes hablar o te pillo metiéndole mano a tu  gallinita?- su voz sonaba jovial.
 
-¡Sara!... ¡No me llames torito que ya te he dicho que no me gusta!... Perdona, pero te advierto que no estoy de buen rollo hoy.
 
-No será nada, hombre, que estarás ovulando- le contestó con sorna.
 
-Sí, algo así tiene que ser… ¿Pero qué es lo que quieres?... Dime… ¿Te pasa algo?
 
-No. Es sólo que me acordé de ti y decidí llamarte a ver cómo estabas. Estoy sola en casa y pensé que a lo mejor te apetecería venir a tomar un tequila y jugar a las damas conmigo, ¿no te parece un buen plan? Se me ha ocurrido que sería una buena idea que nos viéramos de vez en cuando para hacernos un Update Mutual Cyclops y hasta la próxima, ¿qué te parece? 
 
Seis meses antes hubiera sido imposible imaginar a Cornelio rechazando una oferta semejante, pero en aquél momento…
 
-¿Qué pasa, mi amor, estás ahí?
 
-Sííí… Eeerh… Yo… Perdona, Sara, que cualquier otro día lo haría encantado, que me parece un plan estupendo, un cojoplán, vamos, pero que necesito estar solo porque  mi vida es un sinsentido y me estoy volviendo loco.
 
-Ja, ja, ja, ja- lo celebró ella -¿Estás buscando el sentido de tu vida? ¡Pues menuda panzada a rumiar que te queda por delante!... ¿Y se puede saber de dónde sacas que la vida tenga que tener sentido? ¿En qué te basas para creer que eres más que una hormiguita a la que pueda pisar sin que tu desaparición vaya a tener alguna consecuencia?
 
-Anda, Sara, no me comas más el tarro que no estoy hoy para juegos.
 
-No somos más que los descendientes de aquellas primeras moléculas surgidas de algún volcán submarino que fueron capaces de replicarse adaptándose a los cambios que les imponía el ambiente: ahora toca frío, ahora calor, ahora a oscuras, ahora bajo un sol abrasador, ahora lluvia, ahora secano, todo eso traducido en poner más zinc aquí, menos allá, probemos a subir el pH a ver qué pasa... Aquellas primeras moléculas que desarrollaron un protocolo genético que las hacía esforzarse por mantenerse vivas son las que atesoran el único sentido de la vida, si es que se le puede llamar así, que no es más que ese, el empeño en sobrevivir a cualquier precio.
 
-¿Pero qué rollo le estaba soltando esta tía ahora?
 
-Lo he visto en un documental de la BBC, Corni, así que tiene que ser cierto, ja, ja, ja, ja- su voz sonaba muy alegre -Todos nacemos en deuda con la vida y la única manera que tenemos de saldarla es sobreviviendo y follando lo más posible, que esa es la única ley universal.
 
-Mmmh… Vale, Sara, pues todo eso estará muy bien, aunque me suena bastante nazi,  pero no estoy dispuesto a discutirlo ahora contigo porque me importa un pimiento, que tengo mis propios problemas, ¿no lo entiendes?
 
-No seas bobo y vente para acá- ella siguió como quien oye llover - Ya verás cómo tu Sara te quita las tonterías de la cabeza y te vuelves a tu casa más contento que unas pascuas…
 
-Joder, Sara, que te digo que es un plan cojonudo, pero yo no estoy hoy para esas cosas, que ya no sé cómo decírtelo… Anda, nos vemos mañana si quieres, que te ya llamo yo, y no te lo tomes a mal. Siempre como amigos, ¿ok? ¡Viva el poliamor! Anda, anda, déjame…
 
-Vale, como quieras, pero mañana no sé si podré, que tengo que hacerme los pies- dijo subrayando las palabras -Y tú te lo pierdes, porque he comprado un juguete nuevo en el sex, que se llama pitilingorri y te va a encantar. Y tenía el estreno reservado para ti… Tú verás…
 
-¡Que no, Sara, que ya te he dicho que no, que no puede ser!... Y no te lo tomes a mal, que la oferta es estupenda, tía, pero hoy no estoy para juguetes. Adiós, adiós.
 
La verdad es que seguía queriendo a Sara y admiraba su forma de ser, en la que le importaba un bledo lo que los demás pudieran pensar de ella, pero no, no… Aquella noche no, que bastante tenía encima y al día siguiente era lunes, joder… ¡Que tenía que currar!
 
Se preparó un bocata de jamón y se puso una película de Star Wars para evitar pensar más de la cuenta, que su cabeza necesitaba un descanso, pero fracasó, porque la imagen de Maga se le presentaba con cada cambio de plano…
 
La vida a su lado debería de ser complicada, porque aunque era una mujer maravillosa, la idea de enamorarse de alguien a quien nunca podría hacer el amor, y lo de tener que estar siempre pendiente del pichabrava de Zeus y de la ovación por donde pasa lo convertía en… ¿cómo decirlo?... Algo inquietante, eso es, inquietante. Se sentía un poco jodido por ese inquietante plan de futuro.
 
-¿Pero qué coño le pasaba? ¿Qué ilusiones tan absurdas se estaba haciendo con esa chica?... ¡Si ni siquiera era real! ¿Se estaba volviendo loco?
 
Apagó la tele, se tomó dos pastillas para dormir y se metió en la cama, asegurándose de que su despertador estaba puesto a las seis y media de la mañana, muy decidido a pedirle algunas aclaraciones a Maga aquella misma noche.
 
Se abrazó a Trudy pensando en ella con su llave firmemente cogida en la mano.
 
-¡Ningún hombre vivo podrá poseerme!- sus palabras retumbaban en su cabeza mientras se quedaba dormido pensando en que, como era su sueño y podía hacer lo que le diera la gana, se presentaría con un bonito ramo de flores para halagarla.
 
-¡A todas las mujeres les gustan las flores!- pensó –Las flores, los perfumes y los peluches, que me lo ha dicho Julio… Y en la recámara los bombones, ¿a que sí, Trudy?
 
Y besó a su fiel almohada antes de quedarse dormido.
 
 
Un poco de folklore
 
Aquella noche la encontró tomando el sol en una tumbona de la piscina de un concurrido hotel a pie de playa. Llevaba un minúsculo bikini rojo, pamela negra y gafas oscuras, y su dorada piel relucía bajo el sol. De sus labios surgía una pajita que se perdía en la inmensidad de un maxi tubo con medio litrito de gin-tonic. Una pocholada, vamos.
 
La joven se incorporó al verle y exclamó:
 
-¡Cornetes!... ¡Aquí, aquí!... ¡Qué bueno verte de nuevo!- le tiró un beso - ¿Qué haces así vestido?... ¡Qué ocurrente eres!... ¿Has preparado algún show?
 
A Cornelio se le heló la sangre en las venas al darse cuenta de que lucía un impecable traje regional- cosa que él odiaba a muerte independientemente del país o región de origen -con su chaleco, alpargatas y pantalones negros, su camisa y medias blancas, y su pañuelito y fajín rojos, portando, eso sí, un hermoso ramo de flores.
 
-¡Me cago en la leche! ¡Ya me la has vuelto a jugar! Menudo ridículo estoy haciendo delante de tanta gente.
 
-Je, je, je, je… Me colé por las rendijas- asintió sin remordimiento alguno.
 
Maga le miraba con los ojos y la boca muy abiertos y de repente le pareció ver la imagen de Zeus advirtiéndole con el dedo índice:
 
-¡Debes cuidar de tus rendijas!
 
Ambos se convirtieron en el blanco de todas las miradas, claro está.
 
-Es un chalado que debe venir a declararse a esa chica!- se le oyó decir a uno! –Y no me extraña que se vaya a declarar, porque ¿tú has visto lo buena que está? ¡Qué pedazo de mujer!
 
-Que no, que no- sentenció otro –Que es uno muy famoso que viene a bailar unas jotas y un aizkolari o algo así… ¿No habéis visto los carteles de anuncio en la entrada del hotel?
 
-¡Me gustas mucho así!- le aseguró ella, palmoteando –Me gustas, me gustas… ¿Y esas flores?... ¿Son para mí?
 
Él asintió y se inclinó para dárselas, viendo con el rabillo del ojo cómo dos señoras regordetas de mediana edad que lucían unos coloridos vestidos de verano se dirigían hacia él.
 
-¡Son preciooosas! ¡Graaacias! ¡Qué detalle tan fino has tenido, gañán!- le dijo Maga, mirándole con ternura.
 
-Cornelio Lasarte, ¿verdad?- preguntó la más fluorescente de las dos damas –Somos Flor Ignacia y Fuencisla Segóbriga, las presidentas de honor de su club de fans en Benicasim- ambas besaron a Cornelio, que las miraba estupefacto -¡Por fin llegó usted! ¡Llevamos más de media hora esperándole! ¡Qué alegría recibirle! Nuestros músicos están impacientes por acompañarle en esas fantásticas jotas que le han hecho tan popular.
 
Y señaló a tres sonrientes machucambos que esperaban tras ella armados de su bandurria, su laúd y su guitarra.
 
-¿Fantásticas jotas que me han hecho tan popular?... ¿De qué me está hablando, señora?
 
-Oh, por favor, ¡qué humor tan fino tiene! ¡Qué hombre tan humilde!- contestó la otra, mostrándole una portada del ¡Hola, Manola! en la que se veía al joven junto a un titular que decía: CORNELIO LASARTE VUELVE A LLENAR EL VICENTE CALDERÓN EN OTRA NOCHE MÁGICA DE BAILES REGIONALES -¡Es usted un encanto!
 
Cornelio tragó saliva, instante que aprovechó un señor para meterle una esquinita de pan en un ojo, confundiéndolo sin duda con un huevo frito.
 
-¿Pero qué hace usted, hombre?- se revolvió el muchacho con desagrado –¡Quite usted de aquí, que me va a dejar tuerto!
 
-¿Podemos hacernos un selfie contigo, Cornelio?- le suplicó un trío de guapas quinceañeras que se aproximaron a ellos –Hemos venido desde Madrid en auto stop sólo por ver tu actuación.
 
El chico miraba embobado sin saber qué decir.
 
-Está bien, pero sólo uno, ¿eh, chicas?- accedieron las del comité –Que llevamos mucho retraso.
 
Se hicieron la foto y el de la bandurria tomó la voz cantante:
 
-Y si se me permite una propuesta, el maestro debería empezar su actuación con su jotica superventas aónde voy yo sin ti, y se la dedicaremos a esta linda señorita- dijo indicando a Maga.
 
-¡Eso!- coreó el del laúd -¡Que vivan las aragonesas con gracia! Que tú no puedes negar que eres de Zaragoza, ¿verdad, mañica?
 
-Del mismísimo Pilar- le contestó Maga, muy divertida -¡Hay que ver qué arte tienes!
 
Y los tres componentes del coro se inclinaron galantemente ante ella.
 
Maga les agradeció el gesto y agarrando a Cornelio por el brazo le rogó:
 
-¡Anda, darling querido, di que sí! ¡Báilanos esa jotica que te ha hecho tan famoso, por fa, que seguro que me va a gustar muchísimo!- la risa chisporroteaba en sus ojos acentuando sus encantos, con lo que se metió al público en el bolsillo y su petición fue coreada por la multitud.
 
-¡Que baile Cornelio! ¡Que baile Cornelio!
 
-¡Y que cante!
 
-¿Bailar unas jotiiicas?... ¿Yooo?... Sueño, maldito sueño, no seas tan hijoputa y cambia de escenario lo antes posible… Llévame al río, a casa o a donde quieras, pero sácame de aquí, por favor- imploró, al borde del colapso global.
 
El chico miró a los músicos en busca de una salida y ellos interpretaron su gesto como el atleta el disparo, y dieron un paso al frente lanzando acordes con entusiasmo.
 
-Si tuvieras olivares como tienes fantasía, los molinos del aceite por tu cuenta correrían
 
Cornelio fulminó a Maga con la mirada sin saber cómo salir de aquella con un mínimo de dignidad, y mientras pensaba optó por alzar sus brazos al cielo, hacer unos molinetes con las manos y levantar un pie.
 
Y su parco gesto de bailarín arrancó una ovación de su entregado público, y un miembro de seguridad tuvo que detener a una chica muy gorda que le quiso besar tres veces. Las dos primeras lo consiguió.
 
-¿Y ahora?... ¿Y ahora qué?... ¿Qué hago yo ahora?- se quedó congelado en sudor frío hasta que el sueño vino en su ayuda trasladándoles al río -Uuuf… ¡Qué alivio!
 
-Ja, ja, ja, ja- las bulliciosas carcajadas de Maga se dejaron oír durante el viaje -¡Si vieras qué cara ponías! ¡Ponla otra vez, anda, hazlo por mí!... ¿Y las gotas de sudor eran auténticas o te rociaste con algún spray?
 
-¡Cabrona! ¡Traidora!- explotó él -Ya te pillaré yo a ti en alguna, que te aseguro que esta me la pagas… ¡Lo mal que me lo has hecho pasar!
 
La diosa se enjugó las lágrimas que inundaban sus ojos y aspiró profundamente el aroma de las flores.
 
-¡Qué bien huelen! Muchas gracias por tu regalo, Cornelio- por segunda vez le llamó por su nombre mostrando respeto –A mí me gustan mucho los hombres con detalles…
 
-¡Anda! ¡Como a todas, no te fastidia!- el chico no olvidaba fácilmente y aún estaba escocidito por el reciente bochorno.
 
-¡Bah!... Seguro que ni siquiera las has olido… Pero bueno, habrá que tener paciencia contigo, que ya madurarás… Oye, general Cornelio, ¿sabes que hay algo en ti que me gusta?
 
Aquél bálsamo le alivió de inmediato y estiró su cuello para interesarse:
 
-¿Sííí?
 
-Y mira que por más que le doy vueltas que doy aún no sé lo que es…. Porque tú me dirás…
 
-¡Joder con la tía esta!- pensó –Nunca sabía cuándo le hablaba en serio y cuándo le vacilaba y casi siempre era lo segundo.
 
-Tengo que admitir que tienes un fondo ingenuo que me resulta atractivo y un corazón bastante limpito para lo que hay hoy en día. Y también sabes ser entretenido y educado, que no es mala combinación.
 
-¿Eso era un halago o un insulto? ¿Solo era un entretenimiento para ella?-  no sabía si mostrarse ofendido u orgulloso.
 
-Y tengo la impresión de que también eres leal- prosiguió Maga –aunque no sé qué opinión tendrá tu novia de ello, y eso habrá que comprobarlo, que la lealtad es una virtud muy escasa en estos tiempos.
 
-Oye, Maga- sentía la necesidad de pisar terreno firme y preguntó -¿Tú crees que nuestra relación podría llegar a algo más?
 
-¿Nuestra relación?... ¿Qué relación?- la muy canalla le miró con expresión burlona.
 
-Joder, Maga, no me lo pongas difícil, que te estoy hablando en serio… Tú sabes que estoy enganchado contigo, ¿no?
 
-No seas tan ordinario, Cornelio, que no me gustaría que dijeran en el Olimpo que me trato con gente así. ¿Tú qué es lo que entiendes por estar enganchado a alguien?
 
-¿Enganchado a alguien?... Pues que no puedes vivir sin esa persona porque te desgarra su ausencia, que es como si tuvieras un gato cabreado arañándote en el estómago, y cada día que pasas sin ella sientes como si te fueran tirando de un gancho de carnicero que llevaras clavado en el pecho, ¿no?, que de ahí vendrá, digo yo. Lo de enganchado.
 
-Muy gráfica tu explicación, muy bien, Cornelio- admitió ella –Aunque no muy poética. ¿No conoces ninguna otra expresión más elegante para decir que un hombre esté enganchado a una mujer, en este caso tú a mí, según decías?
 
-Yo… Eeerh… Bueno, sí, la verdad es que creo que me he enamorado de ti, porque no dejo de pensar en ti y siempre tengo ganas de verte y me tienes obsesionado… Pero no sé si tengo alguna posibilidad contigo, porque tú no eres real, y yo me estoy volviendo idiota porque no puedo sacarte de mi cabeza. Tú eres… Yo te quiero mucho, Maga.
-¡Uuuy qué bien!... ¿Me vas a hacer halaguitos? ¡Me encantan los halaguitos! Sigue, sigue…
-¡Maga, por favor, necesito que me digas algo! ¿Qué es lo que buscas en mí?... Yo no tengo nada para darte.
Maga le miró con ternura y le cogió la mano.
 
-¿No tienes nada para darme?- le dijo cogiéndole la mano –Tú guardas muchos tesoros en tu interior y quiero descubrirlos en tus palabras, tus silencios, tus acciones, tus miradas… ¡Quiero estar a tu lado para ver tus tesoros a la luz del sol!
 
-¿Pero qué dices? Maga, yo no tengo ningún tesoro que ofrecerte... Yo soy un tío normal, más bien tirando a pringadete.
-Tonterías, Cornelio. Tú eres la persona más humana, con lo bueno y con lo malo, que me he cruzado en los últimos mil quinientos años, y quiero grabarte en mi memoria para así recordarte cuando ya no estés, merluzo.
-¿Merluzo? ¿Cuándo yo ya no esté? ¡Pero si no pienso irme, si tengo tu llave!- protestó él.
Ella le miró de brasa y sus ojos delataron el cariño que sentía por él, con lo que Cornelio intentó besarla creyendo que el amor lo podía todo y esas cosas, pero…
-Tiií… Tiií… Tiií- esta vez no era el puto móvil sino el jodido despertador.
-Páralo, Trudy, hazme el favor- murmuró entre sueños. Y queriendo apretar el snooze lo desconectó accidentalmente.
-Ti ti ri ti tí… Ti ti ri ti ti…- el puto móvil llegó al relevo una hora y media después, y él lo cogió con desgana.
 
-¿Cornelio?... ¿Eres tú?... Buenos días, soy Ernesto Olivares, del Roñas. Espero que hayas descansado bien- añadió en tono sarcástico -Te llamo para comunicarte que son las ocho y media de la mañana y que quedas despedido como no te presentes bien aseado y uniformado en tu puesto de trabajo antes de veinte minutos. ¿Me has oído bien? ¡Antes de veinte minutos!
 
-Eeerh… Sí, Olivares, le he oído. Me quedé dormido, lo siento muchísimo, voy ahora mismo- acertó a contestarle -¿Podría hacerme un favor? ¿Podría usted acercarse a la zona 12 para asegurarse de que no hubiera allí ningún fuego?
 
-¿Un fuego en la zona 12? ¿Qué tonterías estás diciendo?
 
-Por favor, Ernesto, hágame el favor de acercarse a verlo.
 
-¡Te estoy llamando desde la zona 12, imbécil, y aquí no hay ningún fuego! ¿Me quieres tomar el pelo o es que te has vuelto loco? ¡Haz el favor de venir inmediatamente!
 
Así que al chico no le quedó otra que salir cagando leches hacia allá.
 
 
De compras
 
Mejor obviamos lo del chorreo del señor Olivares a Cornelio porque atenta a la dignidad del muchacho, y nos vamos hasta las siete y media de la tarde, cuando el chico compartía unas cervezas con Lidia y Julio en una mesa del Estrella comentando el asunto.
 
-¡Qué hijoputa!- decía Julio -¿Eso te dijo? ¿Y no le pegaste una hostia?
 
-Pues ganas no me faltaban, no te vayas a creer, que por muy superior que sea en el trabajo no tiene derecho a hablarme así.
 
-Ya, pero si le atizas te echan, así que mejor así. Ajo y agua, colega.
 
Lidia le miraba con expresión de qué se le va a hacer. Se había arreglado algo más que de costumbre con la intención de animar a su chico, tan apaleado el pobre, y estrenaba vestido minifaldero y botas negras de tacón alto, se había pasado un pelín con el maquillaje, y resultaba guapetona y llamativa.
 
-Y el caso es que pienso ir mañana a pedirle explicaciones por lo que me dijo, pero no sé si la voy a cagar aún más.
 
-Pasa página, tío, que va a ser mejor- insistió su amigo –Se va a descojonar de ti, no te va a hacer ni puto caso y encima te vas a encender aún más… Los mafiosos dicen que la venganza es un plato que se come frío. Él juega la baza de la autoridad pero ya le pillaremos en alguna, ya verás.
 
-Gracias por el consejo, Julio, pero es que estoy muy acelerado y me está costando mucho tragarme este sapo… ¿No te queda alguna chinita por ahí suelta?... Un par de caladas a un peta me vendrían muy bien.
 
-Pues no tengo nada, tío, que llevo cuatro o cinco días queriendo pasar por la plaza y no he tenido ocasión. ¿Quieres que vayamos de compras?
 
Lidia los miró con expresión de fastidio y dijo:
 
-¡Jo!... Ya sabéis que no me gusta estar con vosotros cuando estáis fumados, que no hacéis más que decir tonterías riéndoos de vuestras cosas, y a mí me dejáis al margen y aburrida como un mono. ¡No me gusta que fumes drogas, Corni, ya te lo he dicho!
 
-¡Pero si esta vez es terapéutico, cari! ¿Es que no has visto cómo estoy?- y alzó su vaso frente a ella para que viera el temblor de su mano –Necesito bajar los nervios, no puedo estar así.
 
Julio le guiñó un ojo en señal de aprobación.
 
-O eso o irnos a Urgencias a que le den un calmante. No queda otra- dijo muy serio.
 
-¡Tú cállate, Julio, que eres un listo y siempre vas a lo tuyo!
 
Total, que acabaron la discusión en el metro, rumbo a la Plaza del Enclenque, que era el lugar al que acudían muy esporádicamente para comprar material a alguno de los camellitos que rondaban por allí. Allí no había broncas ni malos rollos y estaba a tres paradas del bar, así que fueron para allá haciéndole casitos a la chica para que se tranquilizara un poco y se callara de una vez.

-Ese moreno de ahí seguro que pasa- les indicó Julio nada más llegar, señalando a un negrito que estaba sentado en un banco –Tiene toda la pinta de tener polen.

-¿Ese?... ¡Ese qué va a tener!- se burló Lidia, rencorosa -Ese no es más que un  borracho que no tiene dónde caerse muerto. Veréis cómo no vende nada.

-¡A que sí!- apostó Julio.

-¡Ya lo verás!- contestó ella muy resuelta.

Y mientras tanto, Teodoro Ngamba, que había descubierto lo caro que era vivir en Madrid y que con lo que le pagaban de ayudante de peón de albañil no llegaban a fin de mes, había decidido ganarse un sobresueldo vendiendo chocolate por las tardes en la plaza. Tenía un jefe que le entregaba el material y le exigía el 90% de lo obtenido en su venta, de manera que él siempre manejaba muy poquita cantidad y tampoco corría muchos riesgos.

El punto débil del negocio era que como era muy expansivo, se acababa haciendo amigo de sus clientes, con los que se fumaba algún porro, y aquella tarde se había puesto hasta el culo de petardos y chupitos. Se había pasado tres pueblos y se encontraba inestable, naufragado en las coordenadas espacio / tiempo, y creyendo reconocer a antiguos amigos de África entre los transeúntes que circulaban por allí.

Tanto fue así que se fundió en un abrazo y le atizó un par de efusivos besos a un gitano que pasó frente a él, confundiéndole con su primo Nosabe Anékora, que se quedó en Guinea, con lo que el caló le apartó muy indignado de un empujón y se puso a gritar como un loco:

-¿Pero qué haces, desgraciao? ¡Que me has llenao tó de babas! ¿Es que tienes ganas de guasa a mi costa? ¿Te quieres llevarte un par de hostias o qué?

Y cuando se calmaron los ánimos pensó que lo mejor sería sentarse en algún banco y quedarse calladito hasta que se le pasara el pedo un poco. Y en esas estaba cuando advirtió la presencia de Lidia frente a él.

-Oye, colega, ¿tienes costo?- sabiéndose respaldada por sus acompañantes le entró sin titubeos -¿Tienes 30 euros para pasarnos?
Teodoro se la quedó mirando muy extrañado.

-¿Por qué le pediría 30 euros esa chica?- se preguntaba.

Y fijándose en ella creyó comprender.

-Dsí, dsí, dsí… ¿30 euros?- se buscaba afanosamente en los bolsillos –momento, momento- y le quiso entregar tres billetes arrugados de 10 euros que la joven rechazó –Coge, toma tus 30 euros.

-¿Pero habéis visto a este tío?- les dijo Lidia los chicos -¡Está chalao! ¡Me quiere dar dinero!

-¡Que no, colega, que no!- intervino Julio –Que no te está pidiendo dinero, que lo que queremos es comprar costo. ¿Tienes o no?

El moreno no apartaba su entusiasmada mirada de Lidia e insistió:

-Aquí son 30 euros. Tú coger dinero y yo marcharme un rato con chica por ahí a nuestras cosas… ¿No es eso lo que queréis?... A mí gustar mucho chica… ¿Cómo llamar tú?

La expresión de Julio pasó del asombro al descojone y Cornelio se contagiaba pero tenía que mantener el tipo por Lidia.

-¡Que no, que no!- dijo -¡Que la chica es mi novia, colega, y que te olvides de ella si no quieres llevarte dos hostias!

Julio se descojonaba por las bravas mientras Cornelio se reprimía, y el pobre Teodoro, poquita cosa él, se encontraba cada vez más confundido.

-¿Pero qué es lo que pasa?- intervino Lidia muy airada -¿Se cree que soy una puta y quiere que me vaya con él? ¿Y vosotros lo encontráis muy  divertido?

-¿Por qué le habría dado a todo el mundo por darle dos hostias aquella tarde? ¿Y de qué se reía tanto aquél blanquito?- se preguntaba Teodoro.

-¡Que lo que queremos es costo, chocolate!- quiso zanjar Cornelio -¿Tienes algo para pasarnos, sí o no?

En el perjudicado cerebro de Teodoro se hizo la luz y se les quedó mirando espantado por su error, pues temía recibir una somanta de palos a la voz de ya.

-¡Perdón! ¡Perdón!- gritó, postrándose en el suelo para besar los pies de Lidia, que daba saltitos sobre sus botas para eludir sus abrazos.

-¡Pero levanta de ahí, no seas idiota! ¿Qué es lo que haces?

El espectáculo y el barullo atrajeron al camello jefe, un becerro chuleta y mal encarado que  pidió explicaciones de forma altanera:

-¿Qué es lo que pasa, Gamba? ¿Tenéis algún problema con mi amigo? ¿Ha hecho alguna tontería?

-Le hemos preguntado si nos pasa 30 euros de costo- contestó Julio -Pero no nos ha entendido y nos quiere dar 30 euros para irse con la novia de mi amigo. Y de eso ni hablar.

-Dsí, dsí, dsí- corroboró Teodoro –Yo darle el dinero pero ella no coger.

-¿Pero tú es que eres gilipollas o qué es lo que te pasa, Gamba? ¿No ves que es su novia?- le increpó el becerro, zarandeándole por los hombros -¡Y te he dicho mil veces que no les des el dinero a los clientes, que el dinero es para mí! ¡Me tienes hasta los huevos!

Una tremenda arcada surgió de las profundidades del estómago del negrito y el becerro dio un salto hacia atrás, temiendo que le vomitara encima.

-¡Es que un día no me contengo y te voy a dar, ¿eh?!- continuó, alzándole la mano –¡Es que un día te mato!

-Hombre, tampoco te pongas así… ¿No ves el pedo que lleva?- la simpatía por el débil llevó a los amigos a interceder por él.

-¡Si es que es un gilipollas, que se pasa el día colgao! ¡Si es que no vale ni pa hacerse una paja! ¡Anda, dame el dinero que tengas y vete a tu casa a dormírtela que no te quiero ver más por aquí!

El moreno obedeció sus órdenes y se alejó cabizbajo con andares inseguros, con lo que llevaron a cabo el trueque con el becerro, y volvieron a casa fumándose un petardo, no muy cargado para no incomodar más a Lidia.

-Si es que os lo tengo dicho y os cachondeáis de mí, que las drogas llevan a la perdición- protestaba ella –¡No sé cómo le compráis a tipos así!

-Porque ha sido terapéutico y se trataba de una urgencia, mujer, que ya te lo he dicho antes, que si no de qué… ¿A que sí, Julio?

-Ya te digo.

-¿Y de qué tengo que aguantar yo que un negro borracho me confunda con una puta?... Y que sepas que estoy muy decepcionada contigo, Corni, porque tu actitud no ha sido nada caballerosa.

-¿Pero qué querías que hiciera, cari? El chico estaba cocido y no se enteraba de nada. No hubo maldad, no te pongas así.

-Pero los caballeros siempre deben defender el honor de sus damas- Julio aprovechó para meter cizaña –Y lo correcto hubiera sido que le hubieras pegado un palizón de muerte al negrata de mierda ese y que le hubieras arrancado las uñas una a una y echado pimienta en sus ojos durante su agonía, je, je, je…

-¡Es verdad! Debí caer en ello- Cornelio le siguió la coña –Y mutilar a su mujer y a sus hijos, quemar su casa y esparcir su ganado, que es lo que se merece ese inmigrante hijoputa, ¡no te jode! ¡Que no hubiera venido!, je, je, je, je…

-¿Veis por qué no me gusta que fuméis? Empezáis los dos con vuestras gilipolleces y vuestras risitas y a mí me dejáis fuera del rollo. ¡No decís más que tonterías!

-Ya lo sabemos pero así nos reímos un rato diciendo gilipolleces, ¿qué tiene de malo? ¡Ahora no hay nadie delante al que podamos ofender!

-A los humoristas les pagan por ello- añadió Julio.

-Sí, claro, podríais apuntaros en el registro de humoristas fracasados a ver si os daban un subsidio, ¿no te jode?- les dijo ella, rabiosa.

-Pero, cari, ¿por qué le das tanta importancia a lo que pasó en la plaza?- Cornelio insistió en su labor de apagafuegos –Solo fue un malentendido. Ya viste cómo se echó a tus pies cuando se dio cuenta de la cagada, ¡pobrecillo!, je, je, je, je…
-No me gusta que fumes, cari. Eso es todo.
-Pues a mí hay veces que me gusta fumar, porque el costo es un despreocupador estupendo y me pone de buen humor- él mostró sus motivos.
-¡La carne es débil, somos humanos!- dramatizaba Julio –Quien esté libre de pecado que…

-¡Cállate, Julio, no seas pesado!

Julio miró de reojo a su amigo y ahogó una carcajada.

-Ya hablaremos después de esto, Corni, que prefiero discutir nuestras cosas en la intimidad.

Cornelio se mostró inmune a la amenaza y llegó de buen humor a su casa a eso de las diez, y como sólo tenía hambre de ver a su Maga, se tomó un par de pastillas para dormir, se la cascó en el baño pensado en ella para llegar más tranquilito, y se metió de cabeza en la cama.   

-Aún es temprano y podré dormir lo suficiente para despertarme fresco mañana–pensó -¡Joder, qué lío! Ya no sé qué es más demencial, si mis sueños o mis realidades… ¿A ti que te parece, Trudy?... Tú que eres la más sensata de todas, dime qué debo hacer…

Y Trudy se le acopló agradecida por los elogios mientras él se quedaba dormido aferrado a su llave.
 
El zoco

-¡Aquí, Cornelio, aquí!- apenas pudo reconocer a Maga, oculta tras un velo islámico, en la mujer que le hacía efusivas señas desde un tenderete de lo que parecía ser un mercadillo árabe del Kurdistán turco, por ejemplo. Mezclado pero no agitado, claro está. 

-¿Pero cómo me has traído aquí, te has vuelto loca?- le susurró el chico cuando llegó a su lado -Menos mal que te has tapado un poco con eso, que como te vean los mozos del pueblo se va a liar una buena.

A Cornelio se le helaba la sangre en las venas al pensar lo que podría suceder si ese tumulto de curtidos transeúntes con sus alfanjes al cinto descubriera la presencia de ese pedazo de mujer allí… ¡Jodeeeeer!... ¡Picadillo es poco!
 
-Esto se llama hiyab, ignorante- le dijo muy calmada -Y me he vestido de árabe porque me sienta de maravilla, ¿no te parece?- y alzó los brazos haciendo un gracioso giro de bailarina mientras le dedicaba una encantadora sonrisa.
 
Un grupo de árabes, uno de los cuáles llevaba un kalashnikov, detuvo su paso para mirarla y comenzaron a comentar haciendo gestos y riéndose entre ellos.
 
-Estás preciosa, Maga, como siempre, pero por favor córtate un pelo- suplicó él -¿No hubiera sido mejor vernos en el Museo del Prado?
 
-¿Has visto qué cueros tan buenos tienen?- ella continuó impávida, señalando un desordenado montón de bolsos, botas, cinturones y demás entresijos –¿Cómo los ttrabajarán para darles esta textura? Ni siquiera en el Olimpo los tienes mejores.
 
-No me pongas siempre en apuros- protestó él -Anda, circula, bonita, vámonos de aquí que no me quiero llevar la del pulpo, que ya ves con qué caras nos están mirando esos, sé buena y compréndelo.
 
-¡Pero si estás en tu sueño y no te dolería aunque te pegaran!- mientras accedía a regañadientes a cambiar de tenderetum -¿Qué más te da? No seas egoísta, hombre, hazlo por mí, que ya desde niña tuve la fijación por visitar un mercadillo de estos y nadie me quiso traer nunca.
 
Él se la quedó mirando con expresión dubitativa.
 
-Joder, Maga, que te conozco y seguro que me estás contando una trola y me has traído aquí para meterme en algún lío y hacerme sufrir para darme un óscar de los tuyos.
 
-¡Oooh!... ¡Qué palabras tan deplorables!- boca en forma de O -¡Me escandalizan tus infamias! Suerte tienes que sé perdonar. Anda sé bueno tú ahora y acompáñame a dar una vuelta por el mercadillo, que tú puedes ser el primero en hacerlo- caída de ojos –Anda, no me dejes morir con este prurito, darling querido, no seas ruin.
 
Le cogió de las manos y él naufragó en su mirada.
 
-¡Jodeeer, Maaaga!... Vale, trago, pero sólo un ratito, ¿eh?- el chico no las tenía todas consigo –Y que conste que lo hago for your love, como si fuera un canario de los de antes…
 
-¿De los de get on your knees?
 
-Exactamente, que tuvieron su momento, pero todo es efímero como dice del Bosque.
 
-Ahora sí que has estado bien- aplaudió ella -Porque ahí sí que venía a cuento. ¿Ves cómo aprendes cuando pones interés?- añadió burlona -¡Si no eres tan tonto!
 
-¡Joder, Maga! Contigo hay que tener más paciencia que el agüita con la piedra. Anda, no te separes de mi ni tontees con nadie, hazme el favor, que no quiero encontronazos con esta buena gente.
 
-¡A sus órdenes, general Cornelio! Pero si llego a saber que eres tan mandarín y tan machista no te hubiera dado mi llave- y le guiñó un ojo y soltó una alegre carcajada.
 
Así que navegaron por un mar de tenderetes y vendedores que se desgañitaban ofreciendo sus telas, maderas, piedras, cerámica, cuero, perros, gallinas, corderos,  rodeados de botellas de licores de aspecto sospechoso y tortitas hechas a base de   componentes grisáceos, expuestas sobre televisiones y radios antiguas. Y todo ello salpicado con pestilentes puestecitos de pescado plagados de ratas... ¡Y lo peor eran las moscas! ¡Millones de moscas!
 
Cornelio se impacientó al poco tiempo y pensaba en cómo dar la señal de retirada cuando un típico vendedor turco, grandote, piel oscura y barbudo, se dirigió a ellos exhibiendo una sonrisa plagada de dientes de oro:
 
-¿Hay algo que deseen los siñorres? Parra Petrash será un placerr atenderr a una joven tan herrmosa y al noble caballerro que la acompaña.
 
-Bueeeno… En realidad no estamos buscando nada en especial, ¿no es así?- el chico buscó apoyo en ella sin encontrarlo -Estamos echando un vistazo nada más.
 
Porque Maga se había desentendido de las cuestiones mundanas y escudriñaba a su alrededor como un mustélido (véase comadreja), arrugando su naricilla mientras pasaba revista a los vientos, sin prestar atención a las palabras del chico.
 
-¿Qué pasa?- quiso saber él.
 
En ese momento se empezó a oír el ruido de unas aspas de helicópteros que se acercaban.
 
-No es eso- le indicó ella con un gesto –Es algo peor.
 
-¡Oh!... Ya entiendo- prosiguió el comerciante -Quizás ustedes estén buscando algo más especial y encuentrren este génerro algo vulgarr, perro acompáñenme porr favorr, que Petrash tiene más cosas parra enseñarrles.
 
Y les condujo hasta el fondo de su tienda, donde había lo que parecía ser un gran contenedor cubierto por una tela –¡Lo que no encuentren en Petrash es que no existe!
 
-No se moleste más, señor, que no buscamos nada especial- se resistía Cornelio –Que no queremos drogas, ni armas, ni nada por el estilo… No se equivoque…
 
El turco hizo caso omiso de sus palabras y levantó el telón con gesto teatral, descubriendo un jaulón en cuyo fondo se veía a un niño de unos 8 ó 9 años, de constitución famélica y agitanada, vestido con un raído taparrabos que antes fue rojo, y que les miraba con hastío sentado sobre un minúsculo taburete, con un entorno pajarero, estilo establo, y un orinal en el suelo tras él… ¿Cómo os quedáis?
 
-¡Pero bueno!- Cornelio se quedó perplejo -¿Pero esto qué es?
 
-Si se refierre al orrinal, es de magnífica porrcelana china, siñorr, y se lo puedo dejarr a muy buen prrecio, y en cuanto al chico lo tengo en oferrta porrque es un poco corrto de vista, y en cuanto al recinto… ¿Qué le voy a decirr de la estancia?... ¡Es un palacio!... Se trata de un modelo diseñado porr mí que reúne todo tipo de comodidades y resulta muy prráctico parra alberrgarr a los familiarres demenciados y retenerr a los descarriados, véase la muestrra.
 
-Lo de albergar a familiares demenciados lo veo muy práctico- opinó Maga –Y creo que me vendría bien disponer de unas cuantas unidades, señor Petrash, así que le si le parece bien le haré un pedido en breve.
 
-No faltaba más, siñorra, ¿con quién tengo el gusto de hablarr?
 
-¡Déjate de jaulas y de hostias, Maga!- el chico no daba crédito -¿Y el niño, qué? Maga, por favor, no puedo creer que seas tú.
 
-¡Oh!... ¡El niño!- intervino el turco –El niño es barrato, siñorr. Se lo dejo en trres mil rupias y obserrve que está en la florr de la vida. Se llama Alejo y sabe hacerr de todo: limpiarr, cocinarr, trabajarr en el campo y cuidarr los animales… ¡Ah!... Y también sirrve para otrras cosas, que ya me entiende usted…
 
-¿Qué estaba insinuando ese cerdo?- Cornelio se escandalizó y miró a Maga en busca de apoyo.
 
-Hay algo en ese niño que no me inspira confianza.
 
Y Cornelio atónito, claro está.
 
-¡A verr, Alejo!... ¡Acérrcate aquí parra que te vean estos siñorres!- y Petrash azuzó al churumbel agitando una vara que metió entre las rejas -¡Shiit!... ¡Shiit!...
 
El niño saltó asustado y avanzó hasta para caer de rodillas frente a Maga, mirándola con profundos ojos negros inundados de lágrimas.
 
-¡Pero deje de hacer eso!- le exigió Cornelio, muy alterado -¡Deje de dar golpes con la vara y suelte al chico ahora mismo!
 
-Naturralmente, siñorr. Lo harré en cuanto usted me entrregue 500 rupias.
 
-¡Vámonos, Cornelio, vámonos de aquí!- le pidió Maga -Siento la presencia de Fobos.
 
-Y si usted no dispone ahorra de ese montante, tampoco se prreocupe, siñorr- el turco continuaba impertérrito con su deslumbrante sonrisa -Que con Petrash siemprre se puede llegarr a algún tipo de trrato, y también puedo ofrrecerrle el niño y un camello a cambio de su bella acompañante, ¿qué le parrece? Y así el chaval no le costarrá ni una rupia… ¡Es una ganga!
 
Un destello de esperanza iluminó los ojos del niño, que no apartaba su mirada de Maga.
 
-Pero, ¿qué me está diciendo?... ¿Está usted loco?... ¿Y encima quiere que le venda a mi amiga?... ¡Socorro!... ¡Policía!... ¡Suelte al chico!
 
-¡Chssst!... ¡Chitón!...  ¡No se exalte!- Petrash le posó su manaza en el hombro en actitud apaciguadora -Tiene toda la razón, amigo mío, mi prroposición erra indigna...  ¡El chico y dos camellos a cambio de la joven japonesita que le acompaña!... ¡Más generroso no se puede serr!
 
-¡Y ahora joven japonesita! ¡Pero qué morro tenía este tío!
 
-Rápido, Cornelio, vámonos ya, que mi hermanastro se nos echa encima y puede ser muy malvado– la diosa le sacudía del brazo reclamándole acción.
 
Y los helicópteros sonaban cada vez más cerca.
 
-Sí, sí, vámonos ya, vámonos ya, ¿pero el niño, qué?- preguntó el chico angustiado -¡No podemos dejarle aquí!
 
-Déjalo, vámonos, ¡te digo que es una encerrona!
 
Cornelio se encontraba conmocionado por los acontecimientos… ¿Por qué le tenían que pasar a él esas cosas?... ¿Qué coño hacía?... Y de repente se le hizo la luz… ¿Es que estaba tonto o qué?... ¡Si estaba en su sueño!... ¡Si solamente tenía que desear lo que quisiera para convertirlo en realidad!...  Pero no podía digerir las palabras de su amada, queriendo abandonar al pobre Alejo en manos de aquel hijoputa… ¡Qué decepción se estaba llevando con ella!...
 
-¡De ninguna de las maneras, Petrash!- gritó muy cabreado -¡Aquí tiene su dinero y suelte al chico ahora mismo!
 
El estruendo de tres helicópteros aterrizando junto al mercadillo ensordeció el final de su trato, pero en el mismo momento en que el turco abrió la puerta de la jaula, el rapaz pegó tres ágiles brincos y se abrazó como una lapa a la cintura de Maga, en donde se transformó emitiendo una luz cegadora, en el mismísimo dios Zeus, tal como todos imaginamos: grande, apuesto, atlético, con poblada barba y pelo blancos a juego con su inmaculada túnica y calzando unas enormes sandalias marrones. No podía ser otro.
 
-¡Joder! El que faltaba- pensó Cornelio -¿Y este que hace aquí?
 
-¡Oh, querida mía!- exclamaba el dios, manoseando y besando a la chica con fruición -¡Mi vida sin ti es un tormento! ¿Por qué me haces sufrir así? ¡Te añoro en todo momento!
 
-¡Por favor, tío Zeus, basta ya! ¡Eres incorregible!- se resistía ella –De sobra sé que eso se lo que dices a todas y sabes que lo que quieres es imposible... ¡Cómo nos vea mi padre nos mata!
 
-¡Pero qué cosas dices, pequeña mía! ¡Eres un ser adorable! ¿Cómo nos va a matar si somos inmortales?... Ja, ja, ja, ja, ja…
 
Cornelio miraba la escena asombrado, sin decidirse a intervenir ante la imponente humanidad de Zeus.
 
-¡Todos de rodillas y con las manos en la cabeza!... ¡Rápido!- la autoritaria voz de un militar amplificada por un megáfono que sonó a su espalda le hizo volver en sí -¡Y no mováis un solo pelo que sois hombres muertos!... ¡Quedáis todos arrestados por terroristas!
 
Cornelio se dio la vuelta y sus ojos saltaron de sus órbitas… ¡No podía ser!... El que profería las órdenes era el coronel don Leoncio Malaspulgas, que llegaba acompañado de su escuadrón de paracaidistas y les amenazaba a todos con un extraño tubo unido a una mochila que llevaba a su espalda... ¿Pero qué hacía en su sueño ese chalao?...  
 
-¿Qué estás diciendo, insolente?- bramó Zeus con voz de trueno -¿Pretendes que me postre a tu pies?... ¿Acaso no sabes quién soy?... ¡Ponte tú de rodillas y suplica clemencia si no quieres que te fulmine con mis rayos!
 
Pero con un movimiento rápido y certero como el de una serpiente de cascabel, don Leoncio le roció la cara con una nube de gas procedente de su armatoste y el dios cayó como un fardo al suelo, lo mismo que Maga, a la que alcanzó de soslayo, sumido en un profundísimo sueño.
 
-¡Ja, ja, ja!- el militar se mostraba exultante -¡El Dormilón Forte es un arma infalible! Con este gas dominaremos el mundo… ¡Rápido!... Desarmarlos y esposarlos a todos, y hacinarlos en aquellos tenderetes hasta que lleguen los camiones de la policía militar para llevarlos al puesto de mando.
 
Y los miembros de su escuadrón se movieron con la velocidad y precisión de un banco de sardinas, sin chocar unos con otros.
 
-Y en cuanto al muyahidín de la túnica y los laureles en la cabeza, que ese es el cabecilla- continuó el militar -Ponerle un mono naranja y asignarle una pareja de vigilancia para que le echen un chute de gas en cuanto abra un ojo, que puede ser peligroso. Es un fanático y yo sé cómo tratar a los de su calaña y su cabeza disecada adornará mi salón. ¡Fulminarme a mí!... ¡Al coronel Malaspulgas!... ¡No te jode el tío lilas este!
 
-Perdone, mi coronel, pero no sé si vamos a tener monos de su talla, ya ve que se trata de un individuo muy corpulento…- se atrevió a advertir un soldado.
 
-¡Pues busca algún sastre para que le tome medidas, idiota! ¡ ¡O trae a unos jíbaros para que lo reduzcan!- las venas del cuello de don Leoncio se hincharon como morcillas -Tú te encargarás personalmente de buscarle un mono y serás el responsable de su vigilancia hasta que el taxidermista se haga cargo de él. ¡Y cómo te pille en algún renuncio te meto un paquete por colaboración con el enemigo que te vas a cagar! ¡Te fusilo yo mismo!
 
Y una vez cogida carrerilla, continuó dirigiéndose a Cornelio:
 
-¡Y tú también de rodillas, que estabas hablando con ellos! ¿Qué haces aquí siendo uno de los nuestros? ¿Acaso eres un apóstata y te has unido a ellos?
 
-¿Yooo?... No, no, don Leoncio- tartamudeó el chico –Yo soy Cornelio Lasarte, y usted me conoce, que soy el novio de su hija Lidia y estuve comiendo en su casa el día de san Valentín, y ni mi amiga ni yo somos terroristas, se lo puedo asegurar.
 
El coronel se le encaró con la actitud de una hiena rondando un cadáver.
 
-¿Cornelio?... ¡Ah, sí!... ¡Ya me acuerdo de ti, mariconcete, pues claro que te conozco!... Y eres el novio de mi hija, ¡qué desgracia tan grande!… ¿Me puedes explicar qué estás haciendo en este avispero en compañía de la bella durmiente y de este trastornado?
 
-No, no... No es así, señor, se equivoca- Cornelio no sabía por dónde empezar sus explicaciones cuando se dio cuenta de que Maga hacía gestos de despertarse.
 
-¡Dios mío, quiero irme de aquí! ¡Quiero ir con Maga al río!- deseó con todas sus fuerzas -¡Pero antes quiero volver a ser el hombre más fuerte del mundo durante cinco minutos, cinco nada más! ¡Este es mi sueño y así lo quiero!
 
-No dices nada, ¿eh?- presionaba su oponente -Pues de momento te vas esposado a la trena con los demás, y ya te interrogaré yo allí más tarde, que tengo mucho interés en escuchar tus explicaciones- y volteándose hacia sus soldados, añadió -Y vosotros daros prisa y pegarle fuego a todo al terminar, que esto es un nido de víboras y hay que exterminarlas. Y los tiradores a sus puestos, que el fuego les hará salir de sus escondrijos. ¡Los cazaremos como a conejos!
 
Pero los soldados no escuchaban sus palabras ni se movieron, porque miraban atónitos cómo Cornelio  crecía a ojos vista hasta que el coronel parecía un ingenuo escolar a su lado.
 
-¡Hostias! ¿Con que esas tenemos, eh?- rugió don Leoncio sin achantarse -¿Te atreves a retarme, muchacho? Pues ahora verás lo que es bueno… ¡Subalterno del pene, que no eres más que un subalterno del pene!
 
A nuestro héroe le cabreó mucho que le volviera a llamar así.
 
Y como el coronel Malaspulgas tenía muchos defectos pero cobarde no era, hizo ademán de rociar a Cornelio con su Dormilón Forte, pero esta vez el chico fue más rápido que él y le endosó un guantazo calibre Mike Tyson que lanzó al militar por los aires, yendo a aterrizar contra una escalera que había unos metros más allá.
 
El chico dio un paso al frente con la intención de rematar su obra pero fue detenido por la somnolienta voz de Maga:
 
-Ya vale, Cornelio, déjalo ya. Que ya se llevó lo suyo. El odio y el orgullo son muy malos compañeros de viaje. Hazlo por mí, que no te arrepentirás- le rogó.
 
Y el mundo se le congeló en un instante en el que nadie se movía ni nada se oía, excepto los quejidos del coronel.
 
-¡Vaya!- se serenó un poco -¿Esto también te lo ha enseñado el tío Zeus?
 
-No, esto me lo enseñó mi madre. Son palabras de Afrodita.
 
-Pfff… Anda, Maga, vámonos, que ya te dije que no era muy buena idea venir a pasear por aquí- le dijo, alzándola del suelo.
 
-¡Nooo! ¡No podemos abandonar al tío Zeus aquí! ¡Tenemos que irnos los tres!- se resistió la diosa.
 
-¡Pero no me jodas! ¡Si es un sinvergüenza que sólo quiere meterte mano! ¡Ya se las apañará él solo!
 
-Sí, porque es mi tío, y me contaba cuentos, jugaba conmigo y me hacía reír de pequeña... ¡Y ese monstruo lo quiere disecar!
 
Y como el corazón puede a la razón, Cornelio se cargó al hombro al gigante, y sujetando a Maga con la otra mano, gritó: ¡Sueño, vámonos de aquí! ¡Llévanos a los tres al río!
 
Y los tres se desvanecieron entre las manos de los militares que pretendían apresarlos para materializarse de nuevo junto a la orilla del río.
 
-Muchísimas gracias, Cornelio, nunca olvidaré lo que has hecho por mí- le dijo ella con intensidad y dulzura.
 
Y al chico al chico se le abrió la boca al ver el cariño y la ternura que reflejaban sus ojos.
 
-¿Pero y el tío? ¿Dónde está el tío?- Maga miró a su alrededor, sobresaltada -¡No está!
 
-No puede ser, Maga, salimos los tres juntos de allí y yo le llevaba bien sujeto sobre mi hombro. Es imposible que se cayera.
 
-Pero no llegó hasta aquí- concluyó ella, apesadumbrada –Se quedó allí. Debemos volver a buscarle, rápido, ¿vienes conmigo?
 
Cornelio se estaba arañando la frente cuando -zzzzzz- un enorme y repugnante abejorro negro se posó como un rayo sobre la nuez de Cornelio y le soltó un picotazo que resonó en Oklahoma, algo así como cuando parten un coco gigante, para que os hagáis una idea.
 
-¡Un arzobispo! ¡Y te ha picado en la nuez!
 
-¡Aaargh!... ¡Qué dolor!- el muchacho se quejaba entre estertores, agarrándose el cuello con las dos manos -¡No puedo respirar! ¡Me ahogo!
 
-¡Resiste, resiste, que te haré una traqueotomía! ¡Hice un cursillo en Tebas y aún recuerdo algo de lo que dijeron!- le quiso tranquilizar ella mientras arrancaba un canuto de un matojo cercano.
 
-¿En Tebas?... ¡Aaargh!... ¿Cuándo… ¡Aaargh!... ¿Con eso?... ¡Con eso no, por favor!-  su mirada mostraba el pánico del ahorcado y se le nublaba la vista.
 
-¡BRRROOOM!- de repente estalló un rayo junto a ellos y entre la bruma surgió la inmensa figura de Zeus.
 
-¿Estáis en apuros, muchachos? Tranquilos, tranquilos. No pasará nada, que ya estoy aquí- expresó con mucha calma y suficiencia.
 
-¡Oh, tío, qué bien que viniste!- palmoteó ella -¡Qué oportuno has sido esta vez!
 
El dios sonrió benévolo y masajeó con su enorme manaza el gaznate de Cornelio – Sana, sana, culito de rana, si no sanas hoy, sanarás mañana- y el ahogo desapareció por ensalmo.
 
-Gracias, Zeus- acertó a decir Cornelio entre jadeos –Me has salvado la vida.
 
Pero Maga no las tenía todas consigo.
 
-Espera un momento, tío. Si no viajaste con nosotros, ¿me quieres decir cómo te libraste tan deprisa de don Leoncio y supiste que estábamos aquí? ¿Cómo sabías dónde encontrarnos?
 
-Mmmh… No sé dónde quieres ir a parar, pequeña… Tú me dirás- el dios enarcó las cejas fingiéndose ofendido.
 
-Pues verás, tío, que no es posible que acudieras a socorrernos tan rápido a menos de que hubieras venido hasta aquí con nosotros y que me llamó la atención el enorme tamaño del arzobispo que picó a Cornelio, que seguro que eras tú.  
 
-¡Qué barbaridad! Si no te quisiera tanto me ofenderías, pequeña. ¡El gas del sueño te ha debido afectar! Me desembaracé en un pispás de los payasos con los que me dejasteis y vine a buscaros para asegurarme de que os encontrabais bien… Déjame que te ponga fomentos y te haga arrumacos, mi niña, verás cómo enseguida te encuentras mejor.
 
-¡Nada de fomentos y arrumacos, tío Zeus, que no eres más que un cuentista! Viniste con nosotros y te transformaste en un arzobispo para picar a Cornelio y salvarle después la vida.
 
-¡Oh, por Cronos, tú desvarías querida mía! ¡Me haces reír! ¿Por qué iba yo a adoptar una conducta tan errática?
 
-Pues porque Cornelio fue el que te salvó la vida a ti, y no tú a él. Y sabes que las leyes por ti promulgadas te obligan a ser noble y cortés con él, y tú preferirías verte libre de esa carga, ¿no es así?- le dijo ella muy airada -Conozco tus artimañas y sé que no eres más que un farsante y un tramposo.
 
El dios bajó la mirada avergonzado, advirtió que las uñas de sus pies parecían las de un trabajador de arrozal, y los escondió bajo su túnica.
 
-En este mundo cruel nada es verdad ni mentira- recitó en su defensa -Todo es según el color del cristal con que se mira.
 
-¿Te das cuenta de la poca catadura moral que tienes?... Casi asfixias a Cornelio para luego venir a salvarle y ponerte una medalla… ¡Me avergüenzo de ti!... Anda, Cornelio, dale un par de hostias, que se las tiene bien ganadas y ya te las devolveré yo a ti luego, hazme el favor.
 
Ante aquella petición Zeus marcó bíceps y le miró, resoplando desafiante.
 
-¿Quiééén?... ¿Yooo?... Eeerh- a Cornelio le temblaron las piernas -¿No podría ser otro? No me metáis en los asuntos de familia, que siempre sale uno malparado…
 
-Je, je, je, je… ¡Te lo has creído, tonto! Si vieras qué cara ponías… ¿La vuelves a poner y nos hacemos un selfie?- cambió el terció por un momento y luego volvió a su carril -Y en cuanto a ti, que más pareces un demonio que un dios, que si no fuera por lo bien que me lo pasaba contigo de pequeña, a buenas horas te iba a querer.
 
-¡Por favor, niña! ¡Sin duda estás enajenada! ¿Cómo puedes pensar esas cosas?- había que reconocer que el tipo tenía tablas -Acércate a mí, que te haré unas carantoñas para relajarte de inmediato, y aquí paz y después gloria.
 
El chico asistía asombrado a tamaña demostración de jeta y prefirió seguir callado.
 
-¡Pues no! ¡De ninguna de las maneras!- continuó Maga, indignada –Que sepas que tu deber hacia Cornelio sigue en pie, con el agravante de que has querido hacer trampa y temos he pillado. Y estás obligado a portarte siempre bien con él, de acuerdo con lo que dice tu ley si no quieres verte expulsado del Olimpo, así que tú verás, que ya me encargaré yo de que todos se enteren… ¡Te lo juro por el padre Cronos, tío Zeus!
 
-¿Expulsarme a mí del Olimpo? ¡Qué desatino! ¡Si ese es mi reino!
 
-Y por eso todos obedecerán ciegamente tus leyes y te expulsarán, que son muchos, obstinados y forzudos. Ser expulsado del Olimpo por tus fieles será tu castigo y tu deshonra eterna.
 
-¡Rayos y truenos!- Zeus pensaba en las palabras de su sobrina -¿Y si Maga tenía razón?... ¡Expulsado del Olimpo!... ¿Y a dónde iba a ir? Sí él en el fondo era un paleto, que no había viajado nunca, que sólo había ido una vez a Rusia… Tendría que trasladarse a vivir al helado norte y se convertiría en el yeti… No, no. De ninguna de las maneras podía pasar por ese bochorno.
 
Así que no tuvo más remedio que tragar con las condiciones de la joven:
 
-Y siempre serás amable con Cornelio y me respetarás a mí para no incomodarle dándole motivo de celos, porque él es una persona muy especial para mí y le quiero ser leal… ¡Júrame por el padre Cronos que lo cumplirás, tío! Y que yo vea tus veinte dedos, no sea que vayas a cruzar unos cuantos.
 
Zeus tragó saliva. ¡Estaba perdido! No tenía más remedio que mostrar sus pies al mundo. ¡Qué mal rato iba a pasar!
 
-¡Por dios, tío, qué uñas tan inmundas tienes!...  Y vas exhibiéndolas con calzado abierto, ¿se puede saber cuántos años tienen ya esas pestilentes sandalias?
 
-En Amazon hay un gran surtido de deportivas- se atrevió a opinar Cornelio, pero fue fulminado por las miradas de sus contertulios.
 
-¿Es que ya no hay nadie en el Olimpo que se ocupe un poco de tu higiene?- continuó ella –Vamos, tío, realiza tu juramento y vete a cortarte las uñas antes de que te vea nadie. ¡Qué iban a pensar los Cíclopes!
 
Y la persuasión del eterno femenino logró que el dios aceptara sus condiciones, jurase y se marchara de vuelta a casa, muy pensativo.
 
-¿Dónde cojones habría dejado el dichoso cortaúñas? ¿Sería mejor comprar uno en un chino de camino a casa por si aca?- se preguntaba, mesándose el cabello.
 
-Maga- Cornelio habló el primero cuando por fin se quedaron a solas -¿Es verdad que soy una persona muy especial para ti y que me quieres ser leal?... ¿Es cierto lo que le dijiste a tu tío?
 
-¡Bueno! Son cosas que se dicen para salir del paso- contestó ella riéndose -¿Es que eres tonto o qué?... ¿No te das cuenta de que estoy loquita por ti?
 
Y él no pudo vencer el impulso que le empujó a besarla en la boca, pero se impuso la ley de Morfeo y desapareció todo en cuanto sus labios contactaron.
 
-Tiií… Tiií… Tiií- ¡el puto despertador! -¡A repartir pollo otra vez, joder que vida esta!
 
Acababa de entregar un pedido cuando sonó su móvil.
 
-¿Lidia?... ¿Qué es lo que pasa?... Estoy trabajando…
 
-Perdona, cari, pero no sabes lo que ha pasado. Esta mañana se han encontrado a mi padre tirado en el portal con cuatro costillas rotas y un bofetón en la mejilla que le ha desencajado la mandíbula, y el caso es que se ha debido dar un golpe en la escalera, porque no tiene otra explicación.
 
-Eeerh… Joder, qué mala suerte, cuánto lo siento- disimuló su sobresalto -¿Hay algo que yo pueda hacer?
 
-No, nada, solo pasar a verle luego si quieres, que le gustará, porque dicen que repetía tu nombre cuando estaba inconsciente…
 
-¿Quééé?... ¿Decía mi nombre?... ¿Y qué más decía?- le entró canguis.
 
-No lo sé muy bien, pero no paraba de soltar desvaríos sobre sus cosas de guerras y decía que tú eras un peligroso líder talibán y te llamaba Cornelio el apóstata, y no sé qué locuras más.
 
-¿Ah, sííí?... ¡Qué cosa tan rara!- glup.
 
-Ya te dije que él es muy enrollado y que te cogería cariño enseguida.
 
-Eso debe de ser- se agarró a un clavo ardiendo -¡Qué entrañable! Iré a verle pero dejaré que pasen un par de días, para que descanse y se le quiten esas ideas de la cabeza, ¿vale?
 
-El médico dice que el golpe ha sido tremendo, que parecía que le había dado una coz una mula, y que era normal que ahora no se acordara de nada y confundiera la realidad con sus sueños.
 
-Eso tiene que ser.
 
-Y que ya irá recuperando la memoria en los próximos días, que no nos preocupemos, que no le agobiemos y que le demos mucha sopa. Porque tiene la mandíbula algo lastimada.
-¡Vaya por dios!
 
-Y yo estoy en casa esperando que vuelvan del hospi, y acaba de llamar mi madre para avisarme que vienen, pero cari- se detuvo un instante -lo peor de todo es que lo de la playa queda anulado, como podrás suponer…
 
-¡No jodas, ¿sí?- Cornelio no sabía cómo disimular su alegría - ¡Pues eso sí que es una lástima, con la ilusión que me hacía!
 
-¡No era posible!- pensó muy aturdido cuando colgó -Él no le había roto las costillas a don Leoncio, él no había tenido nada que ver… Aquello no era posible.
 
-♫ ¡Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así! ♪- canturreaba Serrat a través de los altavoces de su furgo mientras terminaba de hacer el reparto.
 
 
Hasta el infinito y más allá
 
El caso es que los días pasaron y Cornelio ya solo vivía para dormir, o mejor dicho para soñar y poder estar junto a su Maga el mayor tiempo posible, porque la necesitaba para ser feliz como la sombra necesita al sol. Se olvidó de comer y descuidó mucho su aseo. Sólo salía de casa para ir al trabajo y volvía en cuanto acababa el turno. Se tomaba dos pastillas para dormir y se metía en la cama con el móvil apagado y el fijo descolgado para que nadie interrumpiera su sueño. Se redujeron las llamadas telefónicas con sus padres y los encuentros con Julio y Lidia, y su falta de puntualidad se hizo habitual en su trabajo, de manera que Olivares le había abierto ya dos expedientes en diez días. Pero todo eso se la chuflaba y su mayor preocupación era que la reserva de pastillas se iba agotando y no sabía cómo conseguir más, porque le pedirían receta, que ya se había informado.
 
Hasta que una mañana la voz de Hortensia, su madre, le despertó.
 
-Cornelio, hijo mío, ¿te encuentras bien? ¿Qué haces durmiendo a estas horas? ¡Son más de las doce de la mañana!... Tendrías que estar trabajando, ¿no?
 
-¡Mamá, eres tú!... ¿Qué haces aquí?... ¡Debes cuidar tus rendijas!... ¡Ten mucho cuidado con Fobos!
 
-¿Pero qué desvaríos dices, hijo, qué es lo que te pasa?- intervino Victoriano -¿Es que has bebido?
 
-¡Pero cómo lo tienes todo!- criticó su madre -¿Cuánto hace que no limpias el salón ni tu cuarto?... Tienes todos los ceniceros llenos, y hay latas de cerveza y platos sucios por todas partes…
 
-Yoo… ¡Lo siento mucho! Iba a recogerlo todo ahora, porque aprovechando que es sábado iba a hacer limpieza general.
 
-¿Pero qué dices, Cornelio, si es jueves?
 
Sus padres, muy alarmados, decidieron llevarle a las urgencias de psiquiatría, de donde salió ocho horas después con una etiqueta en el cuello que decía: esquizofrenia paranoide, y con un tratamiento provisional de siete pastillas diarias hasta que le viera su especialista de zona.
 
-Es posible que le prescriban alguna medicación más, o incluso que le recomienden un ingreso, porque su hijo no está bien- les dijo el facultativo al despedirse -¡Y no olviden decirle al neurólogo que debemos descartar un trastorno de médula!
 
Sus padres se quedaron muy preocupados por la alternativa, porque los diagnósticos sonaban muy mal.
 
Lidia y Julio fueron a verle al día siguiente.
 
-¿Qué es lo que le pasa?- preguntaron a Hortensia cuando les abrió la puerta.
 
-Pues hijos, los médicos aún no lo saben. Dicen que puede ser cosa de glándulas o algo así…
 
-Médula, no glándulas, mujer- corrigió Victoriano.
 
–¿Y qué diferencia hay? ¡Si viene a ser lo mismo! Pasar a verle si queréis, que se alegrará de veros.
 
Lo encontraron con la mirada perdida y babeando por el exceso de medicación.
 
-¿Qué dicen en el Roñas, Julio?- preguntó con voz gangosa.
 
-De momento no dicen nada- le explicó su amigo –Tu madre cogió el teléfono cuando llamó Olivares a preguntar por ti, y le dijo que estabas indispuesto y que no te podías poner, pero él reclamó el justificante médico, y no sé yo si el papel con el membrete de urgencias psiquiátricas… ¿Qué es lo que te pasa, tío?
 
-Estoy enamorado, Julio… Eso es todo... No te preocupes por mí, que estoy bien- balbuceó él, limpiándose un reguero de baburrias con un Kleenex.  
 
-¡Oooh, cari!... ¡No me digas que esto te está pasando por mí!- exclamó Lidia en su santa inocencia -¡Pero si yo te quiero mucho y ya estoy pensando en nuestra fecha de boda! Quería darte la sorpresa y proponerte que nos casáramos el 19 de mayo del 19 en la capilla de Mataborricos, el pueblo de mi padre, pero no sabía que sintieras tanto anhelo por mí.
 
-Si lo que has de hablar no va a agradar es mejor callar- las palabras de su profesora de básica aparecieron en sus recuerdos y hundió la mirada en el suelo manteniendo silencio.
 
-Amos no jodas, tío, que algo más tiene que haber, no me vaciles- objetó su amigo, incrédulo –Que te tienes que estar poniendo de algo raro para estar así. Dime toda la verdad.
 
-¡Es mi diosa, Julio, y yo la quiero y sé que ella a mí también! ¿Es que no te das cuenta?
 
Su amigo le miró muy preocupado sabiendo de qué iba la historia, pero no quiso hablar de ello delante de Lidia.
 
-¡Oooh, cari!- insistió ella –Nunca creí que me quisieras tanto… ¿Podrás perdonarme algún día?...
 
-Hala, chicos, que ya está bien por hoy- interrumpió la buena de Hortensia –Que el médico ha dicho que necesita mucha tranquilidad para que se le recuperen las glándulas. Mañana podéis venir otro rato a verle si queréis.
 
Aquella noche Cornelio besó efusivamente a sus padres antes de irse a la cama y hacerse el dormido.
 
-Ningún ser vivo podrá tenerme- las palabras de Maga resonaban en su cabeza -¿Habría manera de burlar el maleficio? ¿No tendría alguna rendija por la que poder colarse?
A eso de la una y media se levantó muy sigiloso para ventilarse las siete cajas de pastillas que le habían recetado acompañadas de una lata de cerveza.
 
-Adiós, Trudy, fiel amiga- se despidió al volver a la cama –Que sepas que te echaré mucho de menos.
 
Y notó que ella se humedecía.
 
-No me lo pongas difícil, por favor no llores- le suplicó –Aunque si probara a… ¿Quién sabe?
 
A la mañana siguiente sus padres se lo encontraron en la cama con una sonrisa de oreja a oreja y una llavecita de plata sujeta firmemente en su mano. El chico ya no respiraba y les sorprendió la ausencia de su almohada, que no aparecía por ninguna parte... ¡Qué cosa tan rara!
 
Y morirme contigo si te matas,
y matarme contigo si te mueres,
porque el amor, cuando no muere mata,
y los amores que matan nunca mueren...
 
se oía cantar a Sabina por la ventana del patio.
 
 
 
FIN
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 12/04/2016.

 

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