Emilce Muriel Gandó

Joe,ella y yo


Era un caluroso martes por la tarde. Faltaba una hora para terminar mi turno, el aire acondicionado no funcionaba y los 32 grados de temperatura hacían irrespirable la atmósfera.
Estaba yo en la cocina cuando la vi. Por alguna extraña razón, después de tantos meses trabajando allí, era esa la primera vez que la veía. Brillaba. Es lo que más recuerdo de esa primera y única vez que nos cruzamos. Parecía que nunca  había salido a la calle. Era blanca como la leche. Y lisa. Suave. Me atreví a tocarla un poco. En su interior vislumbré recuerdos de algún viaje a París. Una  Torre Eiffel asomaba tímida en sus recovecos mas íntimos. Pude intuir que era una de esas que soportaba situaciones extremas. La sentía protegida contra el más abrasivo de los fuegos y el más polar de lo fríos.

Así se la presenté a Joe. Callado, él. Algo tímido. Hacía poco se había incorporado al equipo y a nuestra oficina. Parecía tener un corazón noble. Soportaba mis berrinches y mi música con estoicismo y una sinceridad un tanto sarcástica que le quedaba simpática. Por todo esto,no dudé en presentársela. Él la vio y sus ojos brillaron. Le gustó. La supo perfecta. Por eso no quiso poseerla como si fuera un objeto. Se esmeró en explorar su interior. La tomó y aprehendió para sį todo lo que ella quiso darle. Se hizo esclavo de su aroma.
Una vez terminado el idilio, Joe sintió que la había ensuciado. Cómo transitar el resto de la jornada sabiéndose cómplice de haber corrompido tan inmaculada y ajena creación?
Sus costumbres de muchacho bien del interior lo empujaron a borrar con premura tamaña insensatez. Nada importaba si ella no se había quejado. Joe había tomado algo que no era suyo. Había vaciado su interior. Peor aún, la había manchado.
Los vi levantarse rápido e ir juntos a la cocina. Ella no se resistía. Pero después de  un par de minutos,solo Joe regresó. Con una media sonrisa nerviosa,la mirada baja y una mueca que se debatía entre la culpa,el pánico y el alivio de haberse desecho de aquel error.  Lo conozco poco. Pero pude deducir que en la cocina Joe provocó el accidente fatal.
Aún no sabemos quién es su dueña. No hubo testigos y nadie parece reclamarla.
La bella taza "recuerdo de Paris" quedó hecha añicos en el piso, justo cuando Joe había terminado de lavarla y se disponía a devolverla.
Nuestro pequeño secreto duerme en el tacho de basura de Bolívar y sella nuestro compañerismo y complicidad.
 
 

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Published on e-Stories.org on 01/16/2018.

 

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