Jona Umaes

La Escalera Mágica

          Anoche tuve un sueño. Soñé que tenía cinco años. Jugaba en un jardín y encontré una escalera. Me pareció fantástico que se sostuviera sola en el aire. Miré hacia arriba y no pude divisar el final. La curiosidad me pudo y comencé a subir.


          Escalón a escalón me di cuenta de que conforme dejaba de pisar un escalón éste desaparecía. Continué subiendo. Paulatinamente fue pasando el tiempo. Me paré un momento y miré hacia abajo. Tuve vértigo, aunque no estaba a mucha altura. Los asideros de la escalera descendían desnudos hacia el suelo tras caer los peldaños subidos. Observé a mi alrededor. Podía ver el parque abajo, las copas de los árboles y las calles cercanas. Descubrí, para mi sorpresa, que otras escaleras se elevaban hacia al cielo en las proximidades. Cada niño tenía una.


          Continué el ascenso. No me atreví a volver a mirar hacia abajo, ya que estaba adquiriendo una altura considerable. Los años transcurrían conforme ascendía. Me sentía fuerte. Hice algunas tonterías, como subir peldaños de dos en dos. También, porque otros muchachos hacían locuras parecidas, en competencia a ver quién era más rápido. Resbalé y el corazón pareció salírseme por la boca. Quedé momentáneamente en el aire, solo sujeto de las manos. ¡Vaya susto! Por poco no lo cuento.


               Los años seguían pasando en el ascenso. En una ocasión me detuve más del tiempo necesario en un escalón y éste desapareció dándome otro susto de muerte. Al sucederme esto, pensé que el tiempo no se paraba por nadie. Avanza inexorable, sin piedad ni miramientos. Ya fueran niños, jóvenes, adultos o ancianos. Por otro lado, mejor que no se detenga. No te pares, no te quejes, no claudiques. Levántate y sigue, sigue subiendo.


          Llegué a mi edad madura y miré de nuevo alrededor. Ahora, libre de la contaminación de la ciudad, pero con las nubes aun sobre mí, podía ver mejor las otras escaleras. Había cientos, miles, y se perdían de vista en el horizonte a ambos lados.


          Me fijé, sin entender la causa, que algunos se soltaban y caían hacia atrás, al vacío.
       «¡Pobres desgraciados!», pensé. «A saber por qué lo hacen. Quizás demasiado dolor, insoportable y corrosivo. Una forma de liberarse de su angustia, dejando la desolación y la amargura en familiares y amigos, en un acto egoísta y cobarde. Lo siento, pero ahí os quedáis, no lo soporto más. Me lloraréis durante un tiempo pero pasará. Triste trauma para mis hijos, o para mi esposa, ya no digo mis padres y hermanos. Pero mi vida es mía y hago lo que me da la gana con ella.»


          Otros, sin embargo, caían al quebrarse repentinamente el peldaño. Aunque intentaban mantenerse asidos, la sorpresa no les permitía reaccionar a tiempo y se precipitaban al abismo hasta desaparecer. Una diminuta nube de polvo se levantaba cuando tocaban tierra.


          Algunas escaleras se perdían tras las nubes, otras acababan antes de llegar a ellas. Miré hacia arriba y suspiré aliviado. Mi escalera continuaba, gracias a Dios.«¿Quién decide la altura de las escaleras?»


          No quería pensar, y tampoco podía entretenerme. Los escalones seguían desvaneciéndose y debía continuar.  Algunos de los que iban a mi nivel, en otras escaleras, parecían haber prosperado más que yo. Otros, sin embargo, menos.


          «Fíjate en los avanzados. Fíjate qué hacen, ¿por qué son distintos? Coge lo que te interese y aplícatelo. Hay que prosperar. Los inteligentes aprenden también de los demás, no solo a base de cabezazos, ¡besugo!»


          Miré hacia abajo, de nuevo, y vi a los de las escaleras vecinas, más jóvenes que yo.
          «¡No hagas eso! ¡No seas torpe! ¡Te vas a dar de narices! Nada, al final se la pegó…»
          «¡Qué alivio! ¡Menos mal que yo ya pasé por eso! Las cosas, ahora, se ven de distinta manera.»


          Al fin estaba sobre las nubes. Respiré profundo.
          «¡Qué aire más limpio!»


          Al atravesar aquella neblina blanca, se me impregnó el cabello y me sorprendieron las primeras canas. Por otro lado, notaba cierto fresquillo en la coronilla. Al principio lo achaqué a la humedad, pero al palparme, me entró pánico al no toparme con un mísero pelo.

          «¡Valiente mierda! Bueno, mientras no me hagan fotos desde atrás, sigo pasable»


          Aún veía mucha escalera hacia arriba. Me consolé con eso. Subí y subí. La falta de oxígeno me hacía torpe y me cansaba más. Tenía que pararme a cada rato. Sin embargo, con los años me daba cuenta que la vida se veía de otra manera. Tenía una perspectiva más amplia, más clara, de cómo eran las cosas. Lo que hubiera dado por tener esa lucidez de joven.


          Me sorprendió lo rápido que pasaba el tiempo.

        «Antes no era así. ¡Es que no me da tiempo a nada!, ¡joder! Parece que fueron ayer los atracones navideños, y otra vez Noche Buena.»


          Conforme ascendía, el tiempo pasaba volando. Me costaba muchísimo subir cada peldaño. Me sorprendió la flacidez de mis brazos, las varices palpitantes, las manchas de la vejez, el pelo escaso y cano, las arrugas marcadas.  Mis movimientos eran cada vez más lentos. El peso de los años me estaba haciendo mella. Vi cómo amigos y familiares llegaban al último peldaño y se precipitaban hacia la nada, asidos a sus escaleras como muñecos Playmobil, y desapareciendo bajo las nubes. Qué tristeza más honda ver como mis seres queridos iban pereciendo. Caían a cuenta gotas. Otros, como a mí, aún les quedaba un poco más, pero conscientes que el fin se acercaba.


          Me faltaba el aire. Me ahogaba a cada paso. El oxígeno escaseaba. Pero continué. Nunca fui de los que deja algo por terminar.
          Miré hacia arriba y vi con horror que mi escalera se estaba acabando. Apenas quedaban unos peldaños. Con la certeza del fin, subí resignado y con enorme esfuerzo los últimos escalones. Tan solo me quedaban dos. Me paré y miré de nuevo a mi alrededor. Otros aún tenían escaleras más largas aún.

          «¡Qué suerte!, o no. Vivir mucho más en esta decrepitud y continuos dolores...»


          Miré hacia abajo y vi cómo la muerte se cebaba con los que llegaban a su último escalón, segando sus vidas y cayendo como lluvia de ánimas junto con los que surgían desde más arriba mía.


          Al fin llegué al último escalón. Entonces pensé en mi vida. ¿Había hecho todo lo que quería? No, me quedaron algunos proyectos por hacer. Me faltó tiempo. Quizás lo desperdicié en cosas sin importancia. También perdí algunas oportunidades, en el amor, sobre todo: por miedo, vergüenza, o vanidad quizás. La apariencia, la maldita apariencia, cuántos prejuicios… Pero, al fin y al cabo, también realicé muchas otras cosas y tuve mis amores. De nada de eso me arrepentía, tenía la conciencia tranquila. Sabía que la vida que había llevado desembocaba en el punto que me encontraba en ese momento. Entonces, ¿para qué arrepentirse de nada? Lo hice lo mejor que pude. Eso me dio Paz. Ya estaba todo el pescado vendido. C’est fini.


          En ese momento, sentí que volaba por la falta de apoyo. El último peldaño desapareció y comencé a descender vertiginosamente. Un carrusel de imágenes apareció ante mis ojos mientras caía, cada vez más y más rápido. Alegrías, penas, miserias, familia, amigos, logros, momentos y más momentos…


          La caída parecía no tener fin y de repente, «La Nada», la oscuridad total.

          Busqué a tientas la luz. Cuando la encendí, me quedé mirando unos instantes el halo mortecino del techo. Cogí cuaderno y bolígrafo de la mesita de noche y me apoyé en el cabecero.


          Comencé a escribir:


     La Escalera Mágica
          Anoche tuve un sueño. Soñé...

 

 

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Published on e-Stories.org on 11/23/2019.

 
 

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