Jona Umaes

Bolas chinas

Julio vivía sólo. Su vida no había sido fácil, y ahora se encontraba sin trabajo y viviendo precariamente. Tenía problemas de ansiedad y un amigo le recomendó que probase las bolas chinas. Le dijo que con paciencia podía llegar a dominarlas y conseguir un estado de relajación con el que controlar su problema. Se lo estuvo pensando. ¿Unas bolas para relajarse? Qué tontería. Por otro lado, no tenía nada que perder. Así que comenzó a buscar esas bolas por internet. Las había de apariencias muy diversas. Al final se decidió por unas con colores vistosos y figuras y motivos chinos.

Cuando llegó el paquete y tuvo en sus manos las bolas, notó que pesaban bastante. Según había visto en vídeos de Youtube, tenía que hacerlas girar con una sola mano. Emitían un leve ruido y eran lisas como el mármol. Le costó bastante tiempo dominarlas y moverlas mecánicamente sin prestar atención. Y sí, funcionaban. A los pocos minutos de mantener un ritmo constante, notaba cómo la relajación llegaba. Parecía como si los nervios fueran convergiendo hacia su mano, atraídos como un imán por las bolas.

Llegó a tal pericia que podía cambiar el sentido de giro de las bolas sin ninguna dificultad ni esfuerzo. Sus manos se movían solas, como cuando se conduce y los movimientos de brazos y pies se hacen mecánicamente.

Un día, en su sillón, cogió de nuevo las bolas y comenzó a darle vueltas. Se recostó ligeramente y cerró los ojos. Dejó la mente en blanco. Notó a través de sus párpados una luz blanca que aumentaba de intensidad. Abrió de repente los ojos y vio cómo de las bolas surgía un fulgor intenso, casi cegador. En cuanto dejaba de moverlas la luz se iba apagando poco a poco. De nuevo las giró y fueron recuperando intensidad. El haz de luz lo envolvió. De repente, de las bolas fue surgiendo un humo blanco que se fue expandiendo hacia arriba adoptando la forma de monitor de ordenador gigante. Una vez la pantalla tomó su forma completa, en el interior de la misma comenzaron a aparecer letras como si alguien las escribiera en un teclado de ordenador.

 

“Instrucciones de uso:

Estas bolas le permiten revivir momentos de su vida. Cada vez que se encuentre con una toma de decisión, la proyección se detendrá. No es posible volver atrás y la historia continuará hasta detenerse en la siguiente decisión.

Diga en qué momento de su vida quiere comenzar”

 

El cursor se detuvo parpadeando en espera de una respuesta.

Julio alucinaba y se tomó aquello como un juego. Tras unos momentos pensando, dijo:

― Quiero empezar el día que discutí con Elena, cuando me engañó con Carlos.

 

En la pantalla apareció entonces él, en el salón de casa de sus padres. Estaba viendo la televisión y Elena le llamaba por teléfono una y otra vez.

 

― Julio, es Elena -le dijo la madre.

― Ya lo sé, no para de llamar. No quiero hablar con ella. Cuelga.

― Pero chiquillo, ponte un momento, a ver qué te dice.

 

La imagen se congeló y volvió a aparecer un texto sobre la proyección.

“Elija una opción:

      a) No hablar con Elena (por defecto)

      b) Hablar con Elena"

 

Cuando Julio vivió aquello, no cogió el teléfono (la pantalla lo indicaba como “por defecto”). Estaba muy dolido. Así que, para continuar con la proyección, como ya sabía lo que sucedería si no hablaba con ella, optó por la otra.

 

― Continúa por la b)

 

A partir de ese momento Julio ya no sabía lo que sucedería y se encontró como viendo una película donde él era el protagonista.

 

― ¿Qué quieres? -dijo enfadado.

― Hola mi vida. Lo siento mucho, de verdad. No sé qué me pasó. Estaba bebida, y tu amigo me engatusó. Es con Carlos con quien tienes que enfadarte. Perdóname.

 

Elena lloraba y apenas le salían las palabras. No paraba de decir que le quería y que la perdonase.

Julio entonces le dijo que se calmase y quedaron en tomar un café para que le explicara mejor qué fue lo que sucedió.

 

La proyección continuó y llegó el instante en que estaba sentado en la cafetería con Elena. Tras una larga charla, hicieron las paces, y Julio no quiso saber nada más de Carlos.

 

En su vida real, Julio continuó siendo amigo de Carlos. Éste le contó la versión contraria. Que fue Elena la que se le insinuó. Que estaban bebidos, y una cosa llevó a la otra. Y que no sólo había coqueteado con él. Que sabía por otra gente, que su novia le gustaba ese rollo, y que cómo estaba tan ciego de no darse cuenta. 
Julio, aunque estuvo un tiempo sin hablar con su amigo, se le pasó el enfado y todo volvió a la normalidad. Cortó definitivamente con Elena. Aquello le afectó mucho. Y a partir de entonces no tuvo suerte con las mujeres. Por una razón u otra no congeniaba con nadie. Los años pasaron, los trabajos que encontraba eran precarios y nunca se estabilizó. Su amigo Carlos, por el contrario, prosperó y formó su propia empresa. Se casó y todo le iba bien. En algún momento en el camino las vidas de Julio y Carlos se separaron, y no volvieron a tener noticias uno del otro.

 

La historia continuó en la pantalla. Julio, de espectador, fue viendo pasar su vida en la pantalla, junto a Elena. La imagen se congelaba en ciertos momentos para una nueva toma de decisión.
Elena y Julio se casaron y tuvieron un niño. 
El único dinero que entraba en la casa era del trabajo Julio, y lo perdió a los pocos meses de nacer su hijo. Él comenzó a buscar empleo de nuevo. Llegó el día en el que tenía concertada una entrevista en una gran empresa. El director de la misma se encargaba de seleccionar personalmente a sus empleados.

 

Cuando Julio entró en el despacho se sobresaltó al reconocer a Carlos, que estaba sentado en un gran sillón, fumando un puro.

 

― ¡Hombre, Julio! ¡Cuánto tiempo!

― Hola Carlos.

― ¿Qué tal te va la vida?

― Bien, me casé con Elena. Te acuerdas de ella, ¿no? Y nada, aquí me ves, buscando trabajo. No me van muy bien las cosas.

― ¿Con Elena? No podía ser de otra forma. Formabais muy buena pareja. Nunca entendí por qué no respondías a mis llamadas. ¿Qué te pasó que no quisiste saber nada de mí?

― Bueno, después del asunto con Elena, ¿qué esperabas?

― Sí, aquello no debió haber ocurrido. Pero bueno, Es agua pasada. Elena siempre fue un poco ligera de cascos, pero parecía que el único que no se enteraba eras tú. Los demás, todos estábamos al corriente de sus correrías.

― ¿De qué estás hablando? ¡No te atrevas a hablar de mi mujer así!

― ¡Tranquilízate hombre! No me diste la oportunidad de explicarte. Me imaginé porqué me diste la espalda, pero respeté tu decisión y cada uno por su lado.

 

Julio se vio a sí mismo pensativo. En aquella escena le estaban dando a entender que se había equivocado con Carlos. Quizás tenía que haber escuchado su versión. Ya daba igual. Tenía una familia que mantener y aquello ocurrió hacía mucho tiempo.

Tras varios minutos de charla en el despacho, Carlos le ofreció un puesto en su empresa y Julio tenía que decidir si aceptaba o no.

 

La imagen se congeló de nuevo y la pantalla dio a elegir a Julio si aceptar la oferta o no.

 

Julio eligió la opción negativa. Pensó que era lo más coherente en la historia. Tener de jefe un antiguo amigo que se lio con su mujer… ¿Qué iba a decirle a Elena? Era una situación muy incómoda.

 

De nuevo la proyección continuó. Las imágenes se sucedían y la historia tomó un cariz dramático. Otra parada, ante una nueva toma de decisión, durante una discusión con su mujer:

Seguía sin encontrar trabajo y cogió una depresión. La desgana y el sentimiento de impotencia por no poder mantener el hogar lo habían hundido. Elena se lo reprochaba. También estaba harta de esa vida de pobreza, tirando de la casa ella sola y viendo como su hijo crecía en ese ambiente tan deprimente. Le dio un ultimátum. O encontraba un trabajo ya o se largaba.

 

Julio estaba viviendo aquellas escenas desde su sillón como si fueran reales. Estaba angustiado por lo que veía. Por otro lado, veía injusto aquello. Si se quedaba en la casa, le esperaba un tormento, presenciando una familia a punto de irse a pique. Prefirió cambiar el rumbo de la historia, y eligió irse de la casa.

 

Se estaba cansando de aquel juego. Aguantó un poco más hasta que vio, incrédulo, la escena en que su amigo, como en la vida real, le sugería comprar unas bolas chinas para relajarse.

 

Dejó caer, espantado, las bolas al suelo y la pantalla de luz desapareció al instante, quedándose en penumbras y con el corazón a galope.

 

 

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Published on e-Stories.org on 12/21/2019.

 

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