Jona Umaes

Whatsapp

Juan abrazaba a su mujer sentado sobre su cama. La mecía como se hace con un bebé. Le dolían los ojos de tanto llorar. Sin poder contener las lágrimas besaba el rostro pálido y ensangrentado de su esposa. Gemía de dolor por la tortura interior que le desgarraba el alma. Adoraba a su esposa. Nunca había querido a nadie como a ella. Siempre dulce y atenta, lo mimaba como a un crío. Él lo daba todo por ella y el rostro de felicidad de su esposa en el día a día, era la prueba que eran un matrimonio bien avenido y vivían la dicha de la vida. Pero la semilla del infortunio cayó por azar en su jardín de ventura.

Unas horas antes, en su trabajo, mientras Juan redactaba un informe, sonó una notificación de WhatsApp. Estaba apuntado a varios grupos: amigos, compañeros, familia.... Pero el mensaje llegó reenviado a un grupo al que le añadió un conocido. Apenas si trató un par de veces con él por asuntos de trabajo. No conocía a nadie más de los integrantes, pero había mucho movimiento de chistes y vídeos para echar unas risas. El video que recibió era una grabación real de una pareja que un “paparazzi de desconocidos” captó con su móvil desde cierta altura. En él se veía como una pareja paseaba por la acera, hablando y riendo, con unas copas de más. El hombre tomó de la mano a la mujer y se metieron por un seto. Comenzaron a besarse con ansia y a quitarse la ropa. El que grababa hizo zoom. Debía de ser un móvil potente porque las imágenes no se deterioraron apenas. Hasta ahí, no pasaba de ser un video indiscreto, pero cuando Juan pudo distinguir el rostro de la mujer, se le descompuso el cuerpo. Reconoció a su esposa, pero no al hombre, que nunca había visto. Allí estaban los dos retozando, saboreándose y divirtiéndose. No pudo terminar de ver el vídeo. Apartó el móvil asqueado, quedando las imágenes grabadas a hierro en su cabeza. Pensó en cuánta gente habría podido ver el vídeo.
Aquella mañana no pudo trabajar más. De vuelta a casa, en el coche, la música sonaba lejana porque él estaba en otro lugar. Conducía mecánicamente mientras revivía mentalmente, una y otra vez la escena del parque.

Al fin llegó a su casa. Le recibió su mujer cariñosa y feliz de tenerlo de nuevo con ella. Su semblante irradiaba alegría. Él sonrió también, pero la abrazó rápidamente intentando ocultar su congoja. Ella notó que algo no iba bien al sentir el abrazo lánguido y sin vitalidad.

—¿Te ocurre algo? —dijo ella preocupada.

—No, sólo he tenido un día duro en el trabajo. 

—Bueno, eso lo arreglamos con una sopita riquísima que te he preparado y que tanto te gusta.

—¿En blanco? —dijo él.

—¡Bingo! —dijo su esposa con una sonrisa espléndida.

Una vez se hubo acomodado, se sentó en el sillón y cogió de nuevo el móvil. Reprodujo una vez más el vídeo, alimentando la semilla de su desdicha. Aquello le estaba matando como un ácido corrosivo que lo devora todo a su paso. 

Después de la comida, se echaron la siesta. Él seguía distante. No era capaz de mirar a su mujer a los ojos. No quería creer lo que aquellas imágenes le decían, pero ahí estaban. No había sombra de duda. Ya por la tarde, su mujer se sentó en el sillón un rato a ver la televisión. Él ya no era dueño de sí. El vídeo había hecho bien su trabajo, arrancando de cuajo el cariño y la devoción por su mujer. En esos momentos de enajenación, cogió el candelabro que tenían en la mesa del salón y la golpeó por detrás, en la cabeza. Fue un impacto seco y contundente. Tal fue la fuerza que hizo que el cuerpo de su esposa se inclinara hacia delante, quedando sin vida al instante y cayendo de costado sobre el sillón. Él la miró sin exteriorizar sentimiento alguno. Dejó caer el candelabro al suelo y fue hacia el jardín. Se quedó mirando a la nada con la mente en blanco. La ira, que se había adueñado de él, se disipó al rato, dejando paso al amor eclipsado. De repente una oleada de dolor le hizo reaccionar, estallando en un llanto incontenible y estremecedor.

 Ya nada importaba. Todo se había ido al traste. No quería vivir sin su Linda. Pensó en quitarse la vida, pero no tenía valor para hacerlo. Igual que hubiera sido incapaz de hacer daño a su mujer de no ser por el trauma que lo había trastornado.

No se le ocurrió hablar con ella sobre lo que le martirizaba. La ofuscación le cegó y le hizo cometer un daño irreparable que jamás olvidaría. Desorientado, no sabía qué hacer. Llevó a su mujer al dormitorio y la dejó con cuidado sobre la cama. Luego salió a la calle a que le diese el aire. 
 

Quedaba poco para el atardecer y paseando por el parque, vio a una mujer leyendo un libro en un banco. Se quedó unos instantes clavado en el suelo, observándola. Se acercó y le dijo:

—¿Le importa si me siento?

—No, claro. Hay espacio suficiente. —dijo ella algo incómoda.

 

Sacó el móvil e hizo como si pasara el rato leyendo o viendo fotografías, pero no hacía más que mirar de reojo a la mujer. La veía de perfil y sus cabellos caían colgando sobre el rostro, ocultándolo parcialmente.

—Es extraño ver a alguien leyendo un libro hoy en día. Con tanta tecnología ya nadie se acuerda del papel.

Ella giró la mirada hacia él, observándole por encima de sus gafas.

—Hay mucha gente que sigue leyendo, pero lo hacen en la intimidad.

—Perdone la indiscreción. ¿Qué está leyendo? —dijo él fingiendo curiosidad.

—Ali en el país de las maravillas.

 

Él esbozó una sonrisa al recordar. 

—Es un libro muy ligero y divertido. Lo leí hace tiempo.

 

Iniciaron una conversación y Juan se ofreció a invitarla a café y se seguir charlando. Quería saber más de aquella mujer. A pesar de su estado, hizo tripas corazón y la sonsacó en lo que necesitaba saber. Resultó ser amante de la cerveza y tras el café, se tomó varias cañas como si fuera agua. Él la imitó, pero bebió sin alcohol. Al parecer llevaba poco tiempo en la ciudad y aún no había encontrado trabajo. Una vez tuvo la certeza de quién era, se despidió excusándose por estar fatigado y volvió a su casa.

Andando cabizbajo, se sintió el más desdichado de los mortales. Si su estado era lamentable cuando salió de la casa, ahora volvía descorazonado y maltratado por la vida. Subió al dormitorio y abrazó a su mujer, ya fría como el mármol. Desconsolado y abatido, pasó su última noche con ella.

Al día siguiente fue directo a comisaría y confesó su crimen. Tras esperar en una sala, custodiado por un par de policías, apareció el comisario. Quedaron los dos solos, frente a frente, en una mesa.

—¿Por qué lo hizo? —dijo el comisario, apesadumbrado, viendo el desecho de hombre que tenía delante. 

 

Juan no articuló palabra. Respondió sacando su móvil y mostrando el video reenviado del chat. Pulsó en “reproducir” y las imágenes hablaron por él.

Cuando el comisario terminó de visionarlo, dijo.

—Entiendo. No pudo soportarlo.

—¡No!, usted no sabe nada. Mi mujer no es la que aparece en el vídeo. Es su hermana gemela, cuya existencia nadie conocía. Ayer mismo me topé con ella y descubrí el parentesco. Mi esposa fue dada en adopción siendo un bebé.

 

Juan hablaba dolido y resignado.

Los dos hombres permanecieron en silencio, intentando desvelar en las miradas sus pensamientos.

 —¿Usted creen en el destino, señor comisario?

—Fue una fatal casualidad, y en ningún caso justifica lo que ha hecho. —le espetó el funcionario.

—Tiene razón -dijo Juan en un susurro.

—Búsquese un buen abogado.

—Ya nada importa. Mi vida se ha acabado.

 

Ese mismo día, en los medios de comunicación, difundían la noticia:

 “Nuevo crimen machista. Un hombre mata a su mujer en el domicilio conyugal. No constan denuncias previas…”


 
 

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Published on e-Stories.org on 03/07/2020.

 

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