Jona Umaes

Un tipo curioso

Juan era un deportista nato. Llevaba sus cincuenta y cinco años muy bien, haciendo ejercicio a diario, un poco de pesas en casa y luego a correr una hora por el monte. Vivía en un pequeño pueblo donde ejercía como profesor de Educación Física y era un referente para los niños al verlo tan escaso de pelo, canoso y con esa vitalidad. Los vecinos le tenían gran aprecio por la buena labor que hacía con las criaturas. No había ni un solo chicuelo con sobrepeso. De vez en cuando salía con ellos al campo para hacer senderismo o carreras rápidas a modo de esprint.

 

Un domingo que amaneció con el cielo raso, salió a hacer senderismo. Aquellos parajes se los conocía de memoria. Los había recorrido un millar de veces. Cuando llevaba unos cinco kilómetros se sentó a la sombra de una encina. El sol comenzaba a apretar y se tumbó en el suelo. Sacó de su mochila una pequeña manta y la dobló para utilizarla de almohada. Partió el fino tallo de una pequeña planta que lucía una elegante espiga en su extremo y limpiándolo bien se lo metió en la boca. Deleitándose con el sabor del campo, tumbado boca arriba, miraba el sol intermitente que se colaba entre las ramas del árbol que mecían una ligera brisa. Aquella paz no la cambiaba por nada del mundo.

 

Comenzó a pensar en la vida que llevaba en el pueblo. Le gustaba su trabajo. Le reconfortaba ver la energía y el nervio que gastaban los críos, inagotables a pesar de los ejercicios que hacían. Los años habían pasado muy rápido desde que su mujer falleció. Entonces llevaba una vida más sedentaria y salía poco de casa. Tenía sobrepeso y sus clases las impartía solamente dentro del colegio, en el patio o el gimnasio. Luego, vuelta a casa y hacer la vida de hogar. Cuando se fue su mujer, adelgazó sobremanera. Se le quitaron las ganas de vivir y apenas comía. Poco a poco fue saliendo del luto y comenzó a gustarle los paseos que daba por el campo. Probó correr suave y así, día tras día, cada vez una distancia más larga. En unas semanas cogió forma. El deporte le despejaba la mente y así fue reestableciéndose y recuperando la ilusión por vivir. Aquello fue un descubrimiento. De joven siempre le había gustado el deporte, pero las circunstancias hicieron que lo dejase de lado, atendiendo otras responsabilidades. Ahora era un hombre nuevo. Tenía una forma excepcional para su edad. Aprendió que el deporte era lo mejor que podía hacer una persona para tener salud y salir de los baches deprimentes de la vida.

En esos esos pensamientos estaba cuando se incorporó, apoyándose sobre el codo, y echó una ojeada a la vista tan espléndida que tenía antes sí. La loma descendía y los árboles con ella, permitiéndole ver a lo lejos la silueta de la cadena montañosa, y antes de ésta, casas salpicadas en el paisaje con hilos de humo que surgían de las chimeneas o el vapor humeante de la quema de leña, que se camuflaba entre la bruma baja estancada en el valle.

 

Muy cerca de donde estaba apreció el movimiento de algo agitaba los tallos de las plantas. Se desplazaba a intervalos y muy rápido. A los pocos segundos vio en un claro cómo una liebre correteaba y de repente desaparecía de su vista. Le resultó extraño, ya que aquel sitio no parecía tener lugar donde cobijarse, salvo que tuviera la madriguera por allí cerca. Se levantó, cogió sus cosas y se acercó donde había desaparecido el pequeño animal. Así descubrió la boca de un pozo de casi tres metros de diámetro. No era un pozo cualquiera. Por el agujero, perfectamente encofrado, descendía una escalera metálica. Se asomó con precaución y se preguntó si la liebre habría caído por allí o se habría escabullido por otro lugar. Cogió una piedra de mediano tamaño y la dejó caer. Pasaron treinta segundos y no escuchó sonido que evidenciase fondo alguno. Tampoco había ninguna señalización de precaución ni nada que indicase el fin de aquella estructura. La curiosidad le pudo y en vez de seguir su camino sacó su brazalete para móvil y se lo colocó en el brazo derecho. No sabía hasta dónde descendería, pero le daba seguridad tener a mano el aparato para activar la linterna si fuera necesario cuando faltase la luz.

 

Comenzó el descenso. Conforme bajaba, vio que en la pared habían dejado marcas de línea y números. Pasó por la señal de los cinco metros y luego más abajo la de diez y al otro lado de la pared vio un signo menos con la cifra del uno. Aún había bastante luz dada amplitud del pozo. Continuó bajando hasta llegar a la señal de los veinte metros. Entonces vio otra cifra negativa, la del menos dos. Los peldaños metálicos eran lo suficientemente anchos y holgados para asirse con seguridad y hasta descansar introduciendo el brazo por el hueco hasta la pared. Empezó a tararear una canción para distraerse e infundirse valor ante la idea tan descabellada que tuvo de meterse en aquel agujero. Descendió más y más, y ya casi en penumbras activó la linterna del móvil. Pensó que pronto llegaría al fondo y encontraría el sentido de esa enorme tubería que parecía no tener fin. Llevaba ochenta metros y ya debía mostrar alguna señal de cansancio, pero al contrario, se sentía más vital y animoso. Vio la cifra de un menos ocho en la pared. Hacía tiempo que se dio cuenta que cada diez metros aparecía el indicador negativo de un número y tenía una tremenda curiosidad de qué podía significar aquello. Miró entonces hacia abajo y vio un tenue halo verde eléctrico. Aquello le animó a descender más rápido aún. A los ciento cincuenta metros ya no necesitaba la linterna del móvil y la apagó. La luz verdosa estaba cerca y se hacía cada vez más intensa. Su resplandor bañaba su cuerpo y todo a su alrededor. Se sentía más ligero y fuerte. Era como si aquella luz le insuflase energía y vitalidad. Al fin llegó a la marca de doscientos metros y entonces vio de dónde procedía aquella luz.

El túnel continuaba hacia abajo y se perdía en la más profunda oscuridad, pero él atravesó el enorme hueco en la pared y pisó el tierno suelo de un extenso prado de hierba fresca que le llegaba a las rodillas. Aquel terreno no estaba cuidado. La hierba brotaba silvestre por doquier y lo atravesó extasiado por la maravilla de paisaje que le rodeaba. El resplandor del sol le pareció más intenso de lo normal, quizás por el tiempo que estuvo en el túnel bajo la débil luz del móvil. Caminó durante al menos diez minutos sin toparse con persona alguna. Llegó al límite del prado y pasó por encima de una valla metálica de un par de metros. Fue entonces cuando se sorprendió de la facilidad con que había superado aquel obstáculo. Se fijó en sus manos y las ligeras arrugas, normales de su edad, habían desaparecido. Tenía la piel tersa. Se palpó la cabeza con las manos y noto la espesura de un cabello que hacía muchos años había perdido. Desconcertado, continuó caminando por un camino de tierra dándole vueltas a la cabeza por lo insólito del cambio que se había producido en él. Pero apenas si pudo cruzar un par de pensamientos cuando divisó a poca distancia una mujer que barría las hojas secas del porche de su casa. Aceleró el paso para hablar con ella e informarse del aquel lugar.

 

Buenos días. ¿Me puede decir dónde me encuentro? Estoy perdido dijo Juan, hablando aceleradamente, aún con el corazón palpitante de la urgencia por llegar donde estaba la mujer.

Buenos días. Si continua por el camino un par de kilómetros, llegará al pueblo. Mmm, no recuerdo ahora el nombre. dijo pensativa la mujer ¿Quiere un vaso de agua? Parece sediento.

Sí, por favor. Se lo agradezco dijo Juan incrédulo por la falta de memoria de aquella señora.

 

La mujer le invitó a pasar a la casa. Estaba construida de madera. La decoración era sobria, pero estaba todo muy limpio. Un par de renacuajos correteaban jugando por el salón y dando chillidos. Cuando vieron a Juan entrar se engancharon a la madre sin apartar la vista del desconocido.

 

Tranquilos niños. Es un buen hombre que necesita refrescarse un poco. ¿Cómo me ha dicho que se llama?

Juan, me llamo Juan.

Yo Julia, encantada. ¿Y cómo es que se ha perdido? ¿De dónde viene?

 

Juan no se atrevió a contarle cómo había llegado hasta allí, así que improvisó una respuesta.

Creo que me caí y me di un golpe en la cabeza. Estoy un poco aturdido y desorientado. Eso es todo.

¿Está herido? A ver, déjeme ver dijo Julia solícita No veo ningún corte.

No, no he sangrado, gracias a Dios dijo Juan apurado Ha sido sólo una contusión.

 

Juan vio cierto parecido de Julia con su esposa. Tendría unos treinta y pico años y llevaba un moño que sujetaba un abundante cabello cobrizo. Era de facciones dulces, ojos grandes y nariz chata.

 

¿Y su marido? quiso saber Juan.

Bueno, mi marido murió en un accidente hace unos años. Vivo sola con los niños.

Vaya, lo siento.

 

Juan se entretuvo con el vaso de agua más de lo que tenía pensado porque hablando con la mujer, se sintió muy a gusto y parecía que ella también estaba cómoda.

 

Bueno, muchas gracias por el agua y la conversación. Voy a continuar hacia el pueblo. Tengo curiosidad.

Claro. Espero volver a verle dijo Julia con una radiante sonrisa.

 

Juan se despidió de la mujer y los niños y continuó por el camino. Antes de llegar al pueblo se cruzó con varios hombres que llevaban carros, con fardos y aperos. Nada más llegar buscó un bar para tomar una cerveza. Su móvil allí no tenía cobertura, así de poco le iba a servir. Degustó la cerveza que tenía un sabor peculiar, distinto a todas las que había probado. Una vez se hubo refrescado dio un paseo por las calles. Las casas eran todas de madera y las calles no estaban asfaltadas. Parecía que había retrocedido en el tiempo unos cuantos cientos de años. Tuvo una sensación extraña que no lograba identificar. Veía a muchos niños, jóvenes y treintañeros. Algún cuarentón, pero a nadie de más edad ni personas mayores. Quizás los ancianos se quedaban en sus casas y no salían. Tampoco vio ninguna iglesia. Algo inaudito y que le resultaba difícil de creer. Preguntó a un hombre que estaba sentado en la puerta de su casa fumando un cigarro.

 

Perdone, ¿me puede decir dónde está la iglesia?

¿Iglesia? ¿Qué es eso?

 

La respuesta de aquel hombre le descolocó y se quedó sin habla.

 

Bueno, no importa. Gracias de todas formas.

 

El hombre se le quedó mirando extrañado, como si fuera un bicho raro.

 

Juan terminó de ver el pueblo y volvió por el mismo camino por el que había llegado. No había pasado desapercibido. Una vez se alejó, todos los vecinos comentaban quien sería aquel forastero que había aparecido así, de repente, y que observaba todo a su alrededor con expresión incrédula.

 

Una vez dejó atrás las últimas casas se fijó en un enorme árbol a su derecha, a unos cien metros. que ser erguía majestuoso hacia el cielo. Se dirigió hacia él y conforme se acercaba, más se sorprendía del volumen de su tronco. Una vez llegó, calculó que debía tener unos tres metros de diámetro. En él había grabadas unas extrañas inscripciones. En una herida rectangular ya cicatrizada, lucía lo que parecía una pequeña capilla con utensilios del campo en miniatura. También habían raspado la superficie dibujando una escalera que ascendía desde el suelo hasta unos metros más arriba. La base del tronco estaba pintada de un verde eléctrico, de forma que la escalera parecía surgir flotando del interior de aquella nebulosa fosforescente. Aquello era una representación del túnel que había descendido y le había llevado hasta ese lugar.

 

Se hacía tarde y pensó que ya era hora de volver a casa. No paraba de pensar durante el regreso en el árbol y el pueblo que había dejado atrás. Todo resultaba muy extraño. Cuando pasaba por delante de la casa de Julia, la voz de la mujer surgió por una ventana, gritando su nombre y haciéndole señas para que se acercase.

 

¡Juan!, ¡Juan! Julia le llamaba con la sonrisa siempre dibujada.

Hola de nuevo. ¿Qué tal?

¿Ya ha visto el pueblo?

Sí. Muy pintoresco. Hoy ha sido un día largo. He caminado bastante y ya voy de regreso a casa.

¿Ya ha recuperado la memoria?

Sí, este aire tan limpio me la ha refrescado dijo juan azorado.

Ya es casi de noche. Creo que no es buena idea que vaya por estos caminos que no conoce. Tengo una habitación libre. Puede quedarse, si lo desea. Cene con nosotros y así también nos hace un poco de compañía. ¿Le apetece?

Bueno, yo, no quisiera molestarla. Bastante tiene ya con los niños.

No diga tonterías. Pase, que ya casi tengo lista la comida.

 

Juan, algo incómodo, pasó dentro y mientras Julia terminaba de preparar la cena, jugó un rato con los niños con unos juguetes de madera que ellos mismos habían tallado.

 

Una vez todos en la mesa, la mujer recogió ambas manos en un puño e inclinando la cabeza dijo algo parecido a una oración. Los niños y Juan la imitaron en el gesto.

 

Demos gracias a la madre tierra y al gran Árbol de la Vida eterna, que nos cuida y nos da el sustento de cada día.

 

Cenaron copiosamente y a Juan le pareció todo exquisito. El vino, de un sabor intenso y perfumado, la fruta, el pan… todo era una delicia para el paladar. Durante la comida, hablaron de las costumbres del lugar y así fue como se enteró que en aquel lugar no había ancianos. Julia no sabía qué era aquello. Todos los adultos mantenían su edad. No envejecían. Nacían niños, por supuesto, pero sólo crecían hasta la edad de uno de los padres. Luego continuaban con la misma edad, como el resto de adultos. Julia no sabía por qué aquello era así, ni cómo estaban en ese lugar. Juan pensó que quizás eran los alimentos lo que les hacía perder la memoria, por algún mineral especial que tuviera la tierra. Veneraban al Árbol de la Vida y los lunes se reunía toda la población a hacer plegarias, postrados ante aquel majestuoso espécimen vegetal. Era su tótem, y todas sus creencias estaban simbolizadas en aquel tronco y la escalera de la que nadie sabía su origen. Juan le habló del prado que atravesó al llegar, sin mencionarle el túnel ni la escalera. Julia le dijo que a aquel lugar nadie podía acercarse. Estaba prohibido, como si fuera una tierra maldita.

Aquella noche, Juan tardó en dormirse, pensando en todo lo que le había contado Julia. Un par de horas después de haber cogido el sueño, comenzó a llover intensamente. Las gotas de agua impactaban violentamente contra el techo de la casa, como queriendo atravesar la madera como balas dispuestas a masacrar a sus moradores. Comenzaron a surgir rayos, a veces tan seguidos que iluminaban la noche como si fuera de día. Los truenos sonaban como bombas en una guerra. El aparato eléctrico de aquella tormenta no era normal. Parecía como si la noche estuviera enfurecida y se desahogase emitiendo exabruptos.

 

Al día siguiente rápidamente se corrió la voz de la tragedia. Un rayo se había cebado con el gran árbol y le había producido una herida mortal, partiendo el tronco en dos y dejándolo moribundo. Los restos calcinados de la madera aún olían y la gente gemía y lloraba de dolor por aquella desgracia. ¿Quién cuidaría ahora de ellos?

Llegó a oídos de algunos vecinos que el forastero había pasado la noche en casa de Julia. La noticia corrió como la pólvora y se alzaron voces culpando a Juan de haber traído el infortunio a sus vidas. Él era el causante de haber roto la armonía de su pueblo y acabado con su gran Árbol de la Vida. Fueron en masa hasta la casa de Julia y entraron, echando la puerta abajo. Cogieron a Juan entre varios y lo llevaron hacia el pueblo en volandas. Mientras, otro grupo amontonaba una pila de ramas y troncos para hacer una gran fogata. Lo quemarían por maldito, y así expiarían la desgracia que había caído sobre ellos. Juan gritaba que lo soltasen, que él no había hecho nada. Se intentaba zafar del manojo de manos que le atenazaban con fuerza. Lo ataron a un poste que habían colocado junto a la montaña de leña. Todo sucedía muy rápido, demasiado para Juan que gritaba desesperado ante su próximo final. Prendieron fuego a las ramas y las llamas se propagaron por aquella maraña de forma vertiginosa. Juan notaba el calor creciente del fuego que estaba a punto de prenderle la ropa. Gritaba ayuda, misericordia, piedad... Que alguien acabara con él antes que sufrir el tormento de las llamas. Cuando su ropa fue pasto de aquella vorágine, alguien por detrás de él soltó un grueso tronco sobre su cabeza. Era Julia, que no podía soportar verle sufrir de aquella manera, reuniendo todas sus fuerzas para levantar aquella pieza tan pesada.

 

Fue entonces cuando Juan se despertó sudando debajo de la encina. Una bellota de generosas dimensiones cayó de lo más alto del árbol y le dio en la cabeza, sacándolo de su inconsciencia. El sol se había desplazado y se colaba por entre las ramas dándole de lleno. Se incorporó con la respiración entrecortada producida por la pesadilla. Maldijo el mal rato que había pasado y se levantó recogiendo sus cosas. Miró hacia abajo, donde viera en sueños a la liebre y el pozo, y se acercó porque la curiosidad le podía. Efectivamente, halló lo que temía encontrar, un antiguo pozo de dimensiones más reducidas, pero cegado por enormes piedras y un letrero con letras desgatadas que rezaba “Pozo de los sueños”.

 

 

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Published on e-Stories.org on 03/28/2020.

 

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