Jona Umaes

Visión de futuro

Luis tenía su segunda residencia en una urbanización a las afueras de Ronda. Era invierno y sus vecinos no solían acudir en esa época del año, sin embargo, a Luis le gustaba pasar siempre los domingos por la tranquilidad extra que encontraba. Al estar cerca de la ciudad, pensó en quedarse a dormir esa noche y acudir al trabajo directamente desde allí. Después de cenar, estaba en la cocina terminando de lavar los platos cuando vio en el cielo un punto celeste que caía a gran velocidad en diagonal, dejando una estela de igual color que permanecía unos segundos antes de desvanecerse. La luz que emitía era fulgurante y cuando impactó en algún lugar de la montaña, produjo un sonido seco y apagado formando una burbuja de luz que se desapareció casi al instante. Nervioso, Juan se secó las manos rápidamente y fue hacia el coche, tomando la carretera en la dirección en que había caído el meteorito o lo que fuera aquello. Pasaron diez minutos hasta que vio algunos árboles con ramas tronchadas y levemente inclinados. Dejó el coche en la cuneta y linterna en mano fue en dirección al punto de impacto. Caminando campo a través y sin tener la ropa apropiada, se pinchaba y arañaba las piernas con arbustos duros y espinosos. Si caminar por ese terreno durante el día ya era un suplicio, durante noche se hacía aún peor. A pocos metros, un resplandor color cian iluminaba la noche produciendo un contraste maravilloso con el cielo oscuro y salpicado de estrellas. Aún estaba oscuro donde él se encontraba por lo que continuó con la luz apuntando hacia suelo.

Cuando llegó al lugar de dónde surgía aquel fulgor, halló un cerco de luz azulada fosforescente que se levantaba unos tres metros. No podía ver a través de él pero le pareció tan bello que lo atrajo como un imán. Le entró un deseo irresistible de tocarlo. Apagó la linterna y la guardó en el bolsillo. Acercándose con cautela, avanzó con ambas manos hacia delante hasta que entró en contacto con el halo azulado. Era de un tacto aterciopelado, tan agradable que no pudo resistir bañarse en aquella luz. Cuando la atravesó, esta cambió de forma reduciéndose hasta amoldarse a la figura de Luis. Él se miraba las manos, brazos y piernas, era como tener un traje luminoso a medida. Tuvo una sensación indescriptible, nueva y desconocida. De repente la luz fue introduciéndose en su cuerpo, como si un ánima fantasmal quisiera poseerlo. Luis no experimentó sensación ni cambio alguno, simplemente se fundió con él y se convirtió en su huésped.

Tras ese extraño episodio volvió a encontrarse a oscuras y tomando la linterna regresó al coche. Su desconcierto era tal que se apropió de sus pensamientos mientras llegaba al coche y se dirigía a su casa. No vio nada más en aquel lugar, solo la luz y un gran socavón vacío. Cuando se acostó y apagó la lamparita de la mesita no supo por qué pero miró a través de la ventana y percibió el cielo como nunca antes lo había hecho. Parecía que las estrellas brillaban más de lo normal o quizás estuviera sugestionado por la reciente experiencia. Se durmió rápida y profundamente. Esa noche tuvo un sueño muy realista, no era la típica visión donde la mente fantasea y deforma la realidad a su antojo. Eran escenas de la vida real en la que veía a uno de sus empleados en un hospital. Fue uno de los supervivientes de un accidente de tren. No pudo precisar detalles del lugar y el momento en que ocurrió. Estaba en la UCI muy mal herido y el médico y los auxiliares se movían frenéticamente alrededor de la cama. La onda plana del monitor había disparado todas las alarmas y trataban de reanimarlo con un desfibrilador. Todo fue inútil y tras varios minutos desesperantes, apagaron el monitor y cubrieron el cuerpo.

Se despertó con malestar y desayunó sin apetito. En el trabajo, a media mañana, llamó al subordinado que apareció en el sueño. Hablando cosas del trabajo, en un momento dado hicieron un receso y le preguntó qué planes tenía para el puente que se acercaba. Eduardo le contó que iría a Zaragoza a pasar aquellos días con su familia. Luis escuchó con atención y a su vez le comentó que él también pasaría esos días por Tudela, muy cerca de su ciudad. Tenía un trato cordial con sus empleados, que más parecían amigos que personas bajo su dirección. Los dos volvieron a sus tareas, pero a él le invadió la preocupación y no podía concentrarse por la rumia interna.

Ya en casa, pensó que Eduardo seguramente cogería el AVE, aunque no lo podía aseverar. Debía haberle preguntado. Arriesgarse a que ocurriera realmente el accidente y martirizarse por no haber hecho nada al respecto no se lo podía permitir. Al día siguiente, en el trabajo, acudió al puesto de su empleado y le dijo que finalmente había cancelado su viaje por un asunto familiar y que aprovechara sus billetes de avión para Zaragoza, que lo tomara como un extra por su buen hacer y eficiencia. Tan solo tenía que preocuparse de cambiar el titular de los billetes. Eduardo, sorprendido, se lo agradeció y le dio un fuerte apretón de manos. Aún no había decidido cómo ir, y el obsequio de su jefe le vino muy bien para ocuparse mejor de los preparativos.

En cuanto al tren que supuestamente se iba a accidentar, ¿qué podía hacer? Acudir a la policía con la historia de su visión iba a resultar muy extraño. Nadie le iba a creer. Y eso contando con que realmente se produjera. Quiso serenarse y quitarle importancia, seguramente nada ocurriría, fue solo un sueño y tampoco tenía detalles; ni lugar, ni hora, ni nada. De todas formas, rezaba por las noches para calmarse y pedir que aquello no se hiciera realidad.

Llegó el puente y ningún titular de prensa habló de accidente alguno, hasta que el domingo por la noche saltó la noticia en todos los medios. Un tren había descarrilado por circunstancias aún desconocidas, produciendo numerosos heridos. Era demasiado pronto para hablar de víctimas. A Luis se le cayó el alma al suelo. No podía creerlo, lo que tanto temía se había hecho realidad.
 

Al día siguiente, al cruzarse con Eduardo, este le comentó la noticia.

—¿Ha visto las noticias? —dijo Eduardo muy afectado.

—Sí, estaba viendo una película y en los anuncios cambié para ver las noticias. Ha sido terrible.

—Yo podía haber estado en ese tren de vuelta si finalmente me hubiera decidido cogerlo. Era mi primera opción. Gracias a Dios que me dio esos billetes de avión, si no, no lo hubiera contado.

—Sí, ha sido una suerte. Me alegro por usted—, dijo Luis sin mucho entusiasmo. Pensaba en el resto de los pasajeros.

—Jamás olvidaré lo que ha hecho por mí —dijo su empleado, abrazando con sus manos la de su jefe.

 

Pasaron los días y su conciencia fue dándole tregua tras momentos muy malos. De nuevo, una noche tuvo otro sueño muy real. En él veía al prometido de su hermana con otra mujer. Estaban cenando en un restaurante muy elegante y en actitud muy melosa. Lo estaban pasando muy bien y él le tomaba la mano a menudo con una sonrisa que producía gran efecto en ella, igualmente sonriente y con mirada amartelada. En un panel digital que había en la pared, sobre la barra, emitían un video con imágenes de platos “especialidad de la casa” y la presentación se detenía durante unos instantes con la carta y más opciones de degustación. En la cabecera del panel indicaba la fecha y hora: “11 de enero de 2018, 20:30”. En esa visión sí obtuvo más detalles que en la primera y cuando despertó aquella mañana lo recordaba todo perfectamente. Sintió tristeza y rabia por su hermana. Visto la certeza del primer sueño no dudó en que aquello iba hacerse realidad también, así que envió un mensaje a su hermana para quedar a comer ese día y charlar un rato. Durante la comida hablaron de muchas cosas y Luis le preguntó qué tal iban los preparativos de la boda. Ella, entusiasmada, no paraba de hablar de posibles menús, el vestido, los invitados y toda la parafernalia que conlleva un acontecimiento de esa importancia. Le preguntó por su novio, si se involucraba y los preparaban las cosas juntos. Ella le dijo que sí, que, aunque no tenía mucho tiempo por el trabajo, lo acordaban todo con mucha ilusión. Las palabras de su hermana le hicieron dudar de su sueño. Se la veía muy feliz y había que ser muy canalla y ladino para llevar una doble vida sin que ella percibiera nada.

No quería dar un paso en falso y dejarse llevar para ir a por el aquel cabrón basándose solo en la visión, pero estaba seguro de que ocurriría y quedaban solo dos días para aquella noche. Mandó un mensaje a su hermana diciéndole que había concertado una cita con el dueño de un restaurante, para que fueran y hablasen con él como otra opción de hacer la cena de boda allí. De esa manera, podía ocurrir que fueran los dos con lo que el problema estaría resuelto. Y si no fuera así, dejaría en manos del destino que aquello ocurriera o no. Ella debía verlo con sus propios ojos, aunque fuera muy doloroso. Mejor eso que desgraciarle la vida cuando se enterara, una vez casados. Guardaba la esperanza que le dijera que la reunión había ido bien sin mencionar otra cuestión. Susana le contestó que le parecía bien, que, sin precisar el lugar, lo había comentado con su novio pero que le había dicho que tenía una cena de negocios esa noche. Aun así, no le importaba ir sola. Luis se ofreció a acompañarla pero ella no quiso. Quizás terminara tarde y él madrugaba mucho.

Al día siguiente de aquella cita en el restaurante, recibió una llamada de su hermana. Esta, desecha en lágrimas, le contó que vio a su novio con otra y que él intentó excusarse con mentiras, teniendo una trifulca allí mismo. Luis, muy apenado, la consolaba como podía. Lo sintió mucho por su hermana y le dijo que aquel desengaño a tiempo le había ahorrado mucho sufrimiento en el futuro, una vez se enterara qué tipo de hombre era. Cuando terminaron de hablar, sentado en el sofá, pensó por qué tenía que pasarle aquello a él. Por qué aquellas visiones, que aun haciendo un bien a otras personas, le afectaba sobremanera. No quería ser ningún superhéroe de película. Quería su vida normal, con sueños absurdos y sin saber nada de lo que le pudiera suceder a otras personas.
 

Durante algunas semanas siguió teniendo visiones en sueños. Siempre eran relacionadas con personas de su entorno. Su conciencia no le permitía ignorarlas y quedarse de brazos cruzados sabiendo que se harían realidad. Continuó interviniendo en la vida de los demás para ahorrarles sufrimientos, pero todo aquello le estaba pasando factura en su salud, adelgazando de forma alarmante por la angustia y la desazón.

Una noche, en una de esas visiones el protagonista era él. Se vio en el lugar donde todo comenzó con aquella luz azulada. Dos seres de gran altura estaban frente a él. Uno de ellos refulgía de un cian como el que le envolvió a él antes que su cuerpo lo hiciera propio, el otro era de una oscuridad tal que hasta en la noche contrastaba y se apreciaba su contorno. Eso fue toda la visión, sin ningún detalle más. Cuando estaba desayunando algo en su interior le decía que debía ir a la casa de la urbanización. Así lo hizo, y se llevó sus cosas para pasar la noche allí. No sabía en qué momento debía ir al monte y supuso que algo tendría que ocurrir, como una señal, para acudir a lugar de encuentro. Así fue, cerca de medianoche vio por la ventana una línea azulada en el cielo que le resultó familiar. Todo ocurrió como en la primera ocasión; el sonido al impactar contra el suelo y la efímera burbuja de luz. Se dirigió con el coche al lugar que conocía y cuando llegó, se encontró con los dos seres que había visto en su sueño. La realidad superaba a la visión. Verse desde fuera no era lo mismo que estar allí en persona. Aquellas figuras le sobrepasaban en altura más de un metro. Estaba realmente impresionado y acojonado, sobre todo por el de la silueta negra. Ninguno de los dos extraterrestres tenía facciones, ni orejas, nariz o boca por la que comunicarse. Fue entonces cuando Luis escuchó su propia voz en su cabeza, pero no eran sus pensamientos. Estaban hablándole a través de la mente como si él mismo articulase las palabras. Parecía que su interlocutor era el que carecía de luz. Luis tenía algo que era suyo y lo necesitaba para volver a su mundo. Era hora de que todo volviera a su cauce. Extendió las manos y la masa de energía luminosa comenzó a salir del cuerpo de uno e introducirse, a través de las manos, en el cuerpo del otro. Fue una transfusión indolora y balsámica para ambos. Antes de que ambos seres luminosos partieran al unísono hacia el cosmos, trazando dos haces azulados en el cielo, el que recuperó su radiante envoltorio le dijo mentalmente:

 

—Has utilizado bien el poder de la luz, pero los humanos nos estáis preparados para sobrellevar las consecuencias. Mañana, nada de lo que has visto en este lugar recordarás, tan solo tus buenas acciones, producto de intuiciones oníricas que no volverás a tener.

 

Con el tiempo, Luis recuperó su estado físico y mental habitual y la dicha de vivir ignorante del futuro de los demás.

 

 

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Published on e-Stories.org on 04/04/2020.

 

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