Jona Umaes

Humo

          La policía de la ciudad andaba tras una mujer que robaba a hombres a plena luz de día. Sabían que no era un varón porque, una vez realizada su fechoría, siempre dejaba la marca de sus labios en el pómulo de sus víctimas, a modo de autógrafo. Los afectados, al interponer la denuncia, decían no recordar nada, pero como algunos eran casados, al volver a casa, sus mujeres les montaban el cristo, y ellos sin saber qué decir tenían que aguantar el chaparrón. Solo, al pasar el tiempo se daban cuenta de que habían sacado una cantidad de dinero considerable del cajero sin explicarse cómo había sucedido. Generalmente quinientos o seiscientos euros.

 

          Las denuncias llegaban a diario. El comisario, tras una reunión con sus hombres, decidió colocar cámaras de vigilancia cerca de los cajeros, con el visto bueno del juez, para intentar hacerse una idea del aspecto de la ladrona. También hacían rondas de vigilancia más asiduamente cerca de las sucursales bancarias, aunque sabían que eso podría poner en guardia a la misteriosa mujer y desaparecer por una temporada mientras se calmaban las cosas.

 

          Lo curioso del caso era que nunca había testigos. Seguramente elegía las horas alrededor del almuerzo, cuando, menos movimiento de gente había por las calles. El hecho que de que los hombres no recordaran nada también los tenían intrigados. Se preguntaban de qué manera hacía para sacar el dinero del cajero y escabullirse como si nada hubiera ocurrido.

 

          Una vez colocadas las cámaras, solo era cuestión de tiempo que la mujer diera señales de vida y entonces sabrían al menos a qué atenerse para actuar y anticiparse a sus movimientos. No podían colocar tantas cámaras por la ciudad, así que decidieron ubicarlas dentro del radio que habían marcado en el mapa, donde había actuado la asaltante.

 

          Las denuncias no cesaban y es que las víctimas a veces no percibían el movimiento bancario hasta muchos días después, cuando por casualidad miraban sus cuentas. Un matrimonio, como tantos otros habían hecho ya, estaba relatando los hechos ante el funcionario pertinente:

 

—No me explico que sacara esa suma tan grande sin recordarlo.

—¿Pero no recuerda al menos algo de ese día?

—Bueno, recuerdo que tenía que ir a la ferretería a comprar pintura, pero no necesitaba pasar por el cajero.

—¿Su banco está próximo a ese establecimiento?

—Sí, está en la misma acera, a unos cien metros antes.

—¡Este hombre es un desastre! —saltó la esposa desquiciada—. Se dejó embaucar por una pelandusca y encima la muy guarra le dejó la marca de carmín en el rostro. Cuando lo vi con el beso en la mejilla, me iba a dar algo. Como pille a esa zorra, la voy a coger de los pelos y…

—¡Señora, modérese! Déjenos hacer nuestro trabajo.

—¡Pero si no tienen ni pajotera idea de quien es! Ahí sigue, campando a sus anchas, desplumando a incautos bobalicones. Seguro que a todos se les cae la baba, atontados y dejándose engañar.

—¡O se calla o espera fuera! —atajó el policía—, usted elige—. La mujer se mordió la lengua, lanzando una mirada furibunda al funcionario y cruzó los brazos refunfuñando.

—Bien, sigamos. Entonces, ¿no recuerda haberse parado en el cajero para sacar dinero?

—No, no me hacía falta. Ya le digo que mi intención era ir directo a por la pintura.

—Esa mujer está haciendo estragos. Decenas de hombres como usted han venido contando una historia parecida. No se preocupe. Estamos haciendo todo lo posible para localizarla y que se acabe esta pesadilla.

—¡A ver si es verdad! Quinientos euros es mucho dinero —saltó de nuevo la mujer.

—Que tengan buena tarde —dijo el policía levantándose y señalándoles por donde tenían que salir.

 

          Un día, por fin, una de las cámaras instaladas ex profeso, captó imágenes de la mujer en plena faena. Aunque estaba un poco alejada y no pudieron ver claramente su rostro, observaron la forma de actuar que tenía. Era una señora que rondaría los cuarenta, vestida muy elegante, de pelo largo, con mucha parafernalia de pulseras, collares y sortijas y unas grandes gafas de sol. Se movía por la acera donde estaba el cajero sin hacer nada especial. Quizás esperando la aparición de alguna víctima. Se entretenía pintando sus labios con un carmín rojo guindilla que podía percibirse a kilómetros. Al rato, un hombre se acercó para sacar dinero. Fue entonces cuando ella sacó un cigarrillo en un soporte alargado que lo sostenía y lo encendió. Se aproximó al desconocido y le preguntó algo. Mientras hablaba, chupaba con intensidad, ahuecando los mofletes, para luego soltar una gran bocanada de humo en pleno rostro de su interlocutor. Fumaba con la mano alzada, próxima a la boca y luciendo en uno de sus dedos un anillo con un enorme pedrusco cristalino que reflejaba la luz de sol con bonitos colores. La otra mano hacía de soporte al brazo. Mantuvieron una breve conversación donde a ella le dio tiempo a dar un par de caladas más inundando el ambiente de aquella nube espesa. A continuación, ambos se dirigieron hacia el dispensador de dinero. Mientras él introducía la tarjeta y manipulaba la consola ella le hablaba al oído. El hombre entregó los billetes a la mujer y esta le dio un beso en la mejilla. Luego se despidió y el otro quedó quieto, como atontado, mirando a la mujer cómo se marchaba tranquilamente.

 

          Los policías no podían creer lo que veían. Pasados unos minutos el hombre reaccionaba y despertaba de su ensimismamiento, desorientado. Esa escena se reprodujo de manera similar en otras grabaciones que lograron recoger en días sucesivos. Ya tenían suficientes datos para trazar un plan. Señalaron en un mapa todos los lugares donde la mujer había perpetrado su fechoría. Aunque la zona era amplia, nunca franqueaba sus lindes, por lo que solo era cuestión de tiempo el atraparla. Otro asunto era el cómo hacía para dejar a su merced a los hombres que abordaba. El denominador común parecía ser el humo. Quizás ese tabaco tenía una sustancia que atontaba los sentidos y a la que ella era inmune. También cabía la posibilidad que fuera una hipnotizadora profesional, o ambas cosas.

 

          Varios policías se ofrecieron voluntarios para hacer de señuelo. Todos portarían micrófono y estarían en constante comunicación. Una vez se topasen con la maleante, otros compañeros acudirían en el momento preciso para ponerla a buen recaudo.

 

          Llegó el día D y el grupo de “policías señuelos” de paisano, salió de comisaría. Cada uno tomó una dirección distinta, en busca del cajero asignado. Pasados unos minutos, llegó a la central el aviso de uno de sus agentes que había divisado a la mujer. Se mantuvo a cierta distancia, dando tiempo a que un coche patrulla con dos agentes saliera rápidamente a donde se encontraba.

 

          Una vez recibida la orden de que procediera, el policía se acercó al cajero como un transeúnte cualquiera. La mujer le abordó con su habitual “modus operandi”. Con los labios recién pintados, chillones a rabiar, y blandiendo su cigarro en la mano le dijo:

 

—Perdone, ¿podría decirme una farmacia por aquí cerca? —exhalando la primera bocanada de humo sobre el rostro del otro que casi la hace desaparecer de su vista. Con su habitual ademán de tener el cigarrillo en alto, exhibía su exigua y delicada muñeca, y la piedra refulgente del dedo.

—Creo que a la vuelta de la esquina hay una —dijo el hombre en un tono extrañamente meloso. En ese momento recibía otra bocanada de humo.

—Pero, ¿qué le pasa al “tontolaba” este? —comentó uno de los que escuchaba la conversación a través del micrófono—¿Has visto cómo habla? ¡No parece él!

—¡Mario!, ¿me escuchas? —surgió la voz su capitán desde la central—. El agente no respondió— ¡Mario!

—Ah, muy amable —dijo la mujer regalándole una sonrisa picarona y otra nubecilla de humo— ¿Sacamos un poco de dinero del cajero?

—Sí claro, ¿cómo no? —respondió el hombre con una cortesía fuera de lugar.

—¡Lo ha embelesado! Ni me escucha el cabronazo —saltó el capitán—. Bueno, da igual. ¡Muchachos, estad atentos! En el momento que le dé el dinero os acercáis por detrás y la inmovilizáis.

—Sí, mi capitán —dijo uno de los policías que estaban al acecho.

—¡La leche que me dieron! —saltó el compañero—. ¡Lo ha dejado “atontolinao”!

 

Una vez en el cajero, el policía sacó la tarjeta que le ha había proporcionado la sucursal bancaria, ex profeso para la operación “Mameluco”.

 

La mujer le susurró al oído:

—Saca quinientos euros, guapetón.

—Lo que tú digas, reina mía.

 

El dispensador escupió el dinero en un puñado de billetes y la mujer dijo:

 

—Dame esos billetitos calentitos.

 

El hombre obedeció y ella le dio un prolongado y suave beso en la mejilla. En ese momento los dos policías que estaban pendientes aparecieron en escena.

 

—¡Alto ahí! Queda usted arrestada. ¡Deme ese dinero!

 

Mientras uno de los policías intentaba quitar los billetes de la mano, que la mujer tenía fuertemente atenazados, el otro le quitaba el cigarro de la otra.

 

—¿Pero qué hacen? ¡Devuélvame mi cigarrillo! —dijo la mujer desconcertada.

—Se acabó el juego, señora. Va a pasar un tiempo a la sombra.

 

El que le quitó el cigarrillo le pegaba pequeños sopapos al agente de incógnito, que seguía en las nubes.

 

—¡Mario, estás “ennortao”! ¡Despierta joder!

 

Mario no reaccionaba. Mientras tanto, la mujer había recuperado la compostura y volvió a ser ella misma.

 

—No puedo estar sin mi cigarro. ¿Me lo devuelves, por favor?

—¡Ni se te ocurra dárselo! —gritaba el capitán desde la central. Lo tiene que analizar el equipo de toxicología. Ponedle las esposas y traedla para acá.

 

          La mujer se puso a juguetear con su pelo, haciendo bailar las pulseras en sus muñecas y exhibiendo el pedrusco en su dedo que refulgía con intensidad al darle el sol de lleno. A los pocos segundos los dos policías de apoyo quedaron en el mismo estado que su compañero, fascinados por el brillo colorido de la piedra pulida.

 

—¿Me das mi cigarrillo, entonces?

—Sí claro —dijo el policía, con complacencia.

—¡Pero qué estás haciendo, inútil! —se desgañitaba su jefe por el auricular.

—¿Me devuelves mi dinero? —dijo al otro.

—Por supuesto —respondió con sonrisa de cordero el que lo portaba.

—¡La leche que os dieron! ¡Rápido! A todas las patrullas. ¡Id a por esa arpía!

 

En agradecimiento, la señora dio a los policías obedientes sus respectivos besos y se fue tranquilamente con su dinero, desapareciendo antes que llegaran los coches patrulla.

 

 

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Published on e-Stories.org on 06/27/2020.

 

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