Jona Umaes

La llave

          Estaba haciendo senderismo por un paraje seco de la Sierra de las Nieves. Los terrones duros e irregulares que pisaba se deshacían bajo sus botas camperas. El sendero transcurría por un campo de almendros de ramas duras y huesudas y olivos con varillas amables pero de tronco igualmente áspero y seco. A vista de pájaro aquel terreno lucía como un lienzo pardo de tonos aceitunados y ocres. Hacía rato que el horno de medio día había aflojado su ardor, pero el calor residual se aferraba a la tierra haciendo que la suela de sus botas recalentadas dejara de proteger sus pies, notando cómo se le clavaban en la planta las piedras biseladas semienterradas. A Juan no le importaba pasar aquel mal trago de calor porque se abstraía en el placer de su discurrir por ese mar de árboles que tan familiar le era.

          Se encontró con un angosto riachuelo de apenas un metro de ancho. Discurría por una huerta de naranjos, limoneros, entre otros árboles frutales y pequeños bancales con tomates y pimientos. Le bastó un ligero brinco para salvar el agua y a los pocos metros su mirada se detuvo en un objeto oscuro semienterrado. Se agachó para quitarle la tierra lo cubría y descubrió que era una llave de hierro, algo más pequeña que su mano pero pesada. Se preguntó cuánto tiempo llevaría ahí tirada y se imaginó la desesperación, quizás la ira, de su dueño por haberla perdido. Se la metió en el bolsillo de recuerdo y siguió su camino.

          Una vez se alejó de la huerta se topó con una casa en ruinas. Aún se mantenían en pie sus paredes y el hueco de la puerta, pero el techo había cedido al peso del tiempo. A pesar del abandono podía distinguir qué era cada pieza a partir de los restos con los que se topaba: chimenea, herrajes de camas, sillas y mesas desmembradas. Con un poco de imaginación podría reconstruir en su mente cómo era aquella casa y el frescor que reinaría en su interior aislado por los muros de piedra. La casa tenía varias habitaciones y en la última de ellas vio que lucía una enorme abertura que daba a la parte trasera de la vivienda. Seguramente sería el hueco de una ventana que había acabado por los suelos al ceder las piedras que la sostenían. La atravesó y se topó con lo que parecía un granero. Al contrario de la vivienda, sus muros se mantenían en pie y la puerta de madera ajada, sucia y descolorida lucía recia a pesar del paso del tiempo. Por mucho que lo intentó no pudo abrirla. La madera estaba hendida por la silueta de una cerradura holgada que solo una llave antigua podía abrir. Rodeó la construcción de piedra y vio con asombro que sus paredes se mantenían sólidas sin resquicio alguno. El tiempo no había podido con ellas. Terminó de rodear el almacén parándose de nuevo ante la puerta. A pesar de su edad, era sólida. Su madera no se había podrido aunque estuviera surcada por mil arrugas profundas.

          De repente recordó la llave que había recogido del suelo. Se palpó el bolsillo derecho y la sacó. Con un poco de suerte quizás fuese la ama y señora de aquel granero que resistía al paso del tiempo. La introdujo en la cerradura y no halló resistencia alguna. Es más, cuando la giró aquella puerta parecía recién hecha por el suave movimiento del cerrojo. Era como si con aquel hecho el granero le diera la bienvenida a Juan. Abrió la pesada puerta y vio como la penumbra del interior era rasgada por haces de luz que se colaban por el techo a modo de focos, como si de un teatro se tratara. A ello se sumó la luz del exterior que se colaba por la puerta e iluminaba la pared frente a él donde se dibujaba su propia sombra. Contempló los viejos aperos de campo y sacos de esparto salpicados por el suelo de tierra.

          La estampa le resultó tan acogedora que pensó en echarse un rato la siesta. Cerró la puerta y con la lluvia de luz que iluminaba lo suficiente para poder moverse, se acomodó sobre unos cuantos sacos y apoyando su cabeza en su mochila, le invadió el sueño. Aquellas imágenes de la huerta y la casa derruida despertaron en él recuerdos de su infancia que revivió durante su descanso.

          El agua de la alberca era verdosa. El cerco, de cemento, la sentía como una lija en la planta de sus pies. Apenas tendría doce años, era el más pequeño de sus hermanos. Sus primos también eran mayores que él. A esa edad les tenía sin cuidado lo turbia que estuviera el agua y que no pudieran ver lo que había en el fondo. Bajo el agua plantas y ramas les rozaban las piernas. Se divertían junto a ranas, tortugas e insectos que se desplazaban veloces con sus largas patas sobre el agua. Una de las veces que Juan estaba a punto de saltar vio que una “bicha” salía a la superficie. La serpiente se movía rápido haciendo eses. Sus gritos alertaron a los demás que salieron escopetados entre voces y chillidos, con el susto aún en el cuerpo, se meaban de la risa. Acribillaron a pedradas a la culebra de agua que se escabulló como pudo bajo la superficie.

          El entretenimiento de los críos en el campo era ir de excursión por los terrenos de los vecinos, a veces muy alejados, coger los frutos de los árboles y salir por patas cuando los perros sueltos comenzaban a ladrar y correr tras ellos. Se subían a las higueras y se ponían morados. A veces se topaban con algún gusanillo camuflado en la carne de la breva que acababa igualmente en el estómago. “To pa dentro”. Anda que no estaban ricas. La casa de sus primos no era muy grande pero se divertían mucho en la buhardilla donde tenían varias camas y jugaban a las cartas, al parchís o cualquier otro juego de mesa que tuviesen a mano. Sus tíos cocinaban en la chimenea y con un camping gas calentaban la leche y hacían las tostadas. La casa carecía de electricidad. Por la noche, la luz de la vivienda la constituían los rescoldos del fuego de la cena, la luz del camping gas y algodones encendidos empapados en aceite introducidos en chapas sobre pequeños platos. El sabor de las comidas preparadas a fuego de leña superaba con creces cualquiera que se hiciera con una hornilla de butano. Las sopas, los guisos, las carnes, el pescado, todo le resultaba muy sabroso. De noche, por el campo, cuando había luna, no necesitaban más luz para moverse. El cielo estaba limpio de contaminación y se podía ver en la oscuridad. A Juan le encantaba ver el firmamento repleto de estrellas. Aquel espectáculo se lo perdía en la ciudad, así como la tranquilidad del campo. De todas formas, siempre tenían alguna pequeña linterna a mano por si querían ver algo más claramente. Las casas de los vecinos, muy espaciadas entre sí, eran islas luminosas en el aquel inmenso mar negro.

          Junto a la casa tenían un pozo de dónde se surtían de agua fresca y limpia. Estaba en una era donde amarraban a las bestias. Gallinas y gallos correteaban libres picoteando el suelo de un lado para otro. En una ocasión uno de sus primos le dio a beber a un gallo un poco de ron. No supo si fue el calor del alcohol o que le hizo efecto al instante, que el pobre animal comenzó a aletear alegremente de un lado para otro, haciendo aspavientos, dando tumbos y chocando con los obstáculos a su paso. La pechá reír que se dieron mientras se mantuvo el efecto de la bebida en el gallo, hizo que se le dibujara una sonrisa en su rostro dormido.

          Los fines de semana por la noche subían al pueblo andando casi un kilómetro cuesta arriba por un camino pedregoso de tierra que transitaban igualmente coches, personas y bestias. Habituados a andar por la noche, no tenían temor a nada y cuando volvían a la casa del campo, a altas horas de la madrugada, no se desorientaban.

          El campo de los padres de Juan estaba junto al de sus tíos. Tenían almendros y olivos. En otras ocasiones, recogían la cosecha de almendras y aceitunas durante dos o tres semanas y luego las vendían en el pueblo. Se quedaban algunos sacos de la cosecha y tener así aceitunas aliñadas y almendras para todo el año. Juan y sus hermanos habían nacido todos en la ciudad pero sus padres eran los dos del pueblo y se habían criado en la sencillez de la vida del campo. La dureza de aquellos días en que tenían que levantarse temprano, sufrir el picor de las cáscaras de almendra, de las moscas cojoneras, de las avispas atraídas por la chacina que comían en los descansos, se mitigaba a la hora de comer, cuando el padre sacaba una sartén e improvisaba una cocina amontonando piedras y encendiendo un fuego para hacer la sopa típica del pueblo, con huevos estrellados, que se acompañaba con cebolla cruda. Ese aroma a leña quemada y comida quedaría grabado en su mente por siempre. El padre vareaba los almendros y los hijos recogían las almendras de los fardos, bajo el árbol. Las aceitunas, sin embargo, las cogían ordeñando las varas y dejándolas caer en cubos o espuertas. Las zonas más altas del árbol las cogía el padre encaramándose al tronco. En otras ocasiones solo iban los domingos para limpiar los olivos y quemar las ramas apiladas en grandes fuegos que podían crecer hasta una decena de metros. Eso era en otoño y contemplar la fuerza y el calor del fuego era a la vez que agradable y estremecedor.

          Recordaba las noches tranquilas sin televisión. Los mayores escuchaban a veces la radio y charlaban hasta altas horas de la noche. Los niños se entretenían con lo que fuera o escuchando a sus padres. Esos días de campo eran una experiencia que todo niño de ciudad debiera experimentar al menos una vez.

          Cuando Juan despertó, los focos de luz habían desaparecido. Al mirar hacia arriba pudo ver los huecos iluminados en el techo que bien podían ser estrellas en aquella oscuridad. Se incorporó y cuando recogió sus cosas salió granero. Habían transcurrido un par de horas y el sol ya no pegaba tan fuerte. Si no quería que se le hiciera de noche debía partir ligero hacia donde había dejado el coche. Cerró la puerta con la llave y la lanzó todo lo lejos que pudo haciéndola desaparecer entre arbustos. Quería que aquel lugar permaneciera igual por mucho tiempo y que nadie lo echase a perder. Echando un último vistazo al granero, se volvió y partió deshaciendo sus pasos hacia el riachuelo.

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 08/01/2020.

 

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