Jona Umaes

Papel absorbente


          Marcos estaba pasando por la mejor etapa de su vida. La suerte le sonreía, había conseguido un buen trabajo, y tras unos meses de prueba, le habían hecho fijo. Era un chico eficiente y se tomaba muy en serio su labor en la empresa. Hasta ese momento todo habían sido reveses, contratos basura y abusos continuos, evidencia la ruindad de los empresarios. En esta ocasión no fue así y aquello le insufló ánimo y seguridad en sí mismo.

          Pero como suele ocurrir, las cosas buenas no vienen solas. Una noche que salió con sus amigos de copas conoció a una chica. Él, de natural tímido, entre la bebida y la nueva confianza que le había proporcionado su trabajo, se soltó como no lo había hecho hasta ese momento. Después de esa noche, siguieron viéndose y comenzaron una relación.

          Laura era una chica dulce y alegre. Trabajaba como cajera en un supermercado y estaba contenta con su trabajo. Llevaba algunos años en la empresa y los clientes asiduos eran como una familia más para ella. Es una de las cosas buenas que tiene trabajar de cara al público. Se establecen lazos con el tiempo. El trabajo de Marcos, sin embargo, era todo lo opuesto. En su mesa y ordenador, allí se enfrascaba en su tarea sin apenas relacionarse con su entorno salvo en el tiempo de descanso. Había conseguido entablar una amistad más profunda con otro compañero de departamento, pero nada más.

          El pico de la curva estaba en lo más alto, quizás le quedase subir un poco más, nadie lo sabía. Hasta el momento todo iba sobre ruedas, pero un día, sin más, Marcos recibió un WhatsApp de Laura diciéndole que lo sentía mucho, pero no iba a seguir con él. Sin más explicaciones, le bloqueó. El mazazo le pilló sentado y trabajando. Se le descompuso el cuerpo y perdió la concentración por completo. Nada más hizo esa mañana que darle vueltas de por qué estaba ocurriendo aquello. La llamaría más tarde, cuando terminase su jornada, pero le envió un SMS preguntándole el por qué. No obtuvo respuesta.

          Cuando volvía del trabajo hacia su casa, la llamó mientras conducía. La operadora decía que el número marcado no estaba disponible. Pensó que le había bloqueado también el teléfono. Cuando llegó a casa, después de comer, intentó dormir un poco. No lo consiguió. No hacía más que darle vueltas a la cabeza. Lo único que podía hacer era presentarse en su trabajo, o esperar a que saliera cuando terminara para poder hablar con ella. Era una situación desesperante no saber, ¿había hecho algo mal? Si le había bloqueado cualquier forma de comunicarse con ella era porque no quería hablar. ¿Para qué ir a verla? ¿A discutir y quizás armar una escena en plena calle?

          El mundo se le cayó a los pies. Los siguientes días fueron de tristeza e impotencia. La suerte de repente pareció haberse esfumado, o simplemente porque ocurrió algo que él ignoraba. Hasta su rendimiento en el trabajo disminuyó, recibió un toque de atención de su jefe. No quiso contarle lo sucedido a su amigo del trabajo. Guardaba la esperanza que ella volviera, que todo aquello fuera un mal sueño y que terminaría por despertar. Pero no fue así. Los días pasaban y todo seguía igual.

          Una noche, sentado en su escritorio, sin ganas de nada, jugaba con el bolígrafo a hacer garabatos en un folio con el pensamiento perdido. Sin saber por qué, comenzó a escribir lo que le venía a la mente. A veces, presionaba el bolígrafo con rabia sobre el papel dejando trazos gruesos que contrastaban con el resto. Escribió durante un largo rato, llorando palabras que absorbían las hojas. Tenía que soltar lastre, enfriar el horno que lo estaba consumiendo y amenazaba con chamuscarlo. Agotado, ya era tarde, dejó el bolígrafo, cogió los papeles y los metió en el último cajón de la mesa. Luego se acostó y por primera vez en muchas noches logró dormir varias horas seguidas.

          El tiempo pasó y las aguas se calmaron. Se centró en su trabajo para olvidar y todo volvió a la normalidad en ese aspecto. Comenzó a salir de nuevo con sus amigos. Había estado desconectado de ellos durante su luto emocional. Sin ganas de nada, solo quería estar en casa. El retomar las amistades y salir, terminó de estabilizarlo. A la empresa llegó una secretaria nueva, Irene. A Marcos le llamó la atención desde el primer momento. Todos los días, se mostraba impaciente a que llegara la hora del desayuno para poder verla e intercambiar algunas palabras con ella. Había química entre ellos, su amigo se burló de él porque desde fuera era del todo evidente cómo se miraban, se les veía el plumero, aunque ellos ni se daban cuenta.

          La nueva relación de Marcos ya era un hecho. Fue algo que le llegó sin buscarlo, de esas cosas que suceden porque tienen que suceder, cosas del destino que nadie entiende, que igual que te quita por un lado, te da por otro. Después de tocar fondo con el "palo" de Laura, fue remontando, como no podía ser de otra forma.

          De nuevo, una noche sentado en su escritorio, buscando en los cajones un pequeño pendrive que no localizaba por ningún lado, se topó con los papeles que escribiera unos meses atrás. Habían estado todo ese tiempo allí sin acordarse de ellos. Se puso a leerlos. Le pareció extraño que aquellas palabras hubieran salido de su puño. Ahora lo veía desde otra perspectiva. Se acordó de su relación con Laura. Todo parecía ir bien y de repente, la debacle. Luego pensó en el período posterior, hasta que conoció a Irene. Ahora las cosas le iban bien, antes también iban bien. Arrugó los papeles donde dejara sus miserias y los tiró a la papelera.

“Todo pasa”, se dijo.


 
 

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Published on e-Stories.org on 08/15/2021.

 

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