Jona Umaes

Paradoja

          De esas veces que uno se encuentra que no sabe qué hacer, en esa situación me encontraba hace unos años cuando se cruzó en mi camino un curso que ni en lo más remoto de mi imaginación pensé que haría. Si bien la idea era buena, no pasó de ser un mero pasatiempo, un batiburrillo de conceptos que poco tenían que ver con la creatividad, aunque sí con la forma de estimularla. Agarré un puñado de esas ideas que pensé podían serme de utilidad y lo demás de recuerdo, un recuerdo que ahora me sirve para escribir estas líneas.

 

―Hoy vamos a hacer un ejercicio de relajación. Vais a cerrar los ojos y dejaros llevar por la música y mis palabras. Imaginad la escena e intentad vivirla lo mejor que podáis ―dijo el profesor.

 

          Puso una música relajante y todos cerramos los ojos. Comenzó a relatar, con voz neutra, excesivamente mesurada, cansina, diría yo, un escenario paradisíaco: una isla perdida, una playa de blanca arena, y el susurrar de las olas que la acariciaban con espumosa blancura.

 

―¿Algún voluntario para continuar la historia? ―dijo de repente. Nadie quiso lanzarse, así que me dejé llevar por tan idílico lugar y di relevo al formador.

 

―Siento el frescor de la arena mojada bajo mis pies. Se me hunden ligeramente y dejan huellas efímeras que el agua rellena hasta hacerlas desaparecer. La ligera brisa que corre me agrada, alivia el calor del potente sol que pega con fuerza. A lo lejos veo una pequeña cala que asoma tras unas rocas. El agua luce turquesa en la parte más próxima a la orilla, oscureciéndose conforme alejo la vista al horizonte. Cuando llevo la mirada de nuevo al frente me encuentro que he llegado a los riscos que hace un momento veía tan lejos. No me explico cómo he podido llegar tan pronto. Me encaramo por las grandes piedras y veo desde lo alto la pequeña playa en su plenitud. ¿Qué es eso? Parece una abertura en la montaña. ¿A dónde llevará?

 

―La excitación me inunda, quizás lleve a un lago subterráneo donde la luz se filtra bajo las aguas desde el mar en tonos azulados. Acelero el paso, la impaciencia me puede. Ya estoy en la boca de la cueva. Es enorme, no parecía tan grande desde lo lejos. La luz llega apenas a unos metros hacia adelante, luego solo hay oscuridad. Como siempre, las cosas nunca son como uno espera, aunque quizás sean mejores. Habrá que averiguarlo.

 

―Voy a ir despacio, vaya a tropezarme con una piedra afilada. Mis ojos tienen que adaptarse a la escasa luz que hay ahí adentro. ¡¡¡Uaaaaaa!!!! ¡Maldito murciélago! ¡Casi se estrella contra mí! Menos mal que aún ando bien de reflejos. El corazón se me va a salir por la boca, ¡Qué susto! No pasa nada ¡Jodido bicho! La oscuridad me da la bienvenida con sus largos y fríos brazos. Hace fresco aquí dentro. Sigo caminando con cautela, la arena del suelo se ha hecho piedra y noto su dureza y gelidez. No veo una mierda aquí adentro. Extiendo los brazos para no darme de narices y proteger mis indefensos pies. No puedo permitirme herirlos y quedarme aquí atrapado.

 

―La cueva parece que se acaba aquí. Mis manos han topado con una pared. ¡Ah no!, noto una corriente a mi izquierda, se ve que continúa por este lado. Ahora sí que me encuentro en la oscuridad total. ¡Espera!, hay cierta claridad allá lejos ¡Tengo que llegar a ella! Tras unos minutos, la leve luz al fondo ha crecido y se refleja en las paredes con tonos verdosos. Es todo un espectáculo, algo brilla intensamente y lanza destellos albinos. ¿Pero qué diablos es esto? ¡No puede ser! ¿Cómo ha llegado hasta aquí?

 

―Una enorme bola de cristal de más de dos metros, tallada en miles de aristas, refulge luz desde su interior. Lo que me pareció verde unos instantes antes eran los rayos que iluminaban las paredes repletas de líquenes y musgo. Estoy en una cámara circular, hay una abertura tras la piedra transparente por donde continúa el camino. La luz es casi cegadora e ilumina varios metros adentro el pasadizo. Intento identificar qué es lo que hay dentro de la bola que emana tanta luz, pero es tan potente que apenas puedo mantener los ojos abiertos.

 

―Voy a seguir, aquí parado no hago nada. Dejo la luz atrás mía y, de nuevo, la oscuridad me recibe. Parece que quiere hacer amistad. Por mí no hay inconveniente, siempre que sea para echar una cabezada. Andar por aquí a ciegas no me hace ninguna gracia, estoy seguro de que ¡Guauuu! ¿De dónde han salido estas antorchas? Debo haber pisado algo en el suelo que las ha hecho encenderse. ¡Qué guay! ¡Hay cientos! Este pasaje parece no tener fin. Si tuviera a mano mi móvil haría una foto chula.

 

―¡Joer! ¡Se me está haciendo eterno esto! ¡Parece no tener fin! Ya no voy a dar marcha atrás, no no. Debe haber una salida cerca. ¡Sí! ¡Por fin! ¡La luz al final del túnel! ¿A quién se le ocurre poner una puerta de ojo de buey aquí? ¡Qué mal gusto! A no ser que… ¡Ostras! ¡Cuánta gente! ¡Menudo salón!

 

―Perdone, ¿Dónde me encuentro?

―Haga el favor de ir a su camarote y vestirse. ¿No ve que está haciendo el ridícalo?

―¡Se dice ridículo, y para nada me siento así!

―Acompañéme, por favor. Le daré algo de ropa.

―¡Es esdrújula! ¿Pero, quién le ha contratado? ¡A ver si aprendemos a hablar!

―¡No me caliente..., no me caliente! ¡Que tengo la mecha corta! ¡Vamos, y cierre el pico! No salga de esta habitación hasta que vista decente.

 

―¡Qué tipo más pintoresco! Debo estar en un barco. ¿A santo de qué estoy imaginando esto? ¡Ah sí, el ejercicio de creatividad! Bueno, sigamos, a ver qué se me ocurre. Esa puerta debe llevar al exterior. Voy a investigar. ¡Madre mía! ¡Qué pedazo de barco! ¡Esto parece una ciudad flotante! Daré una vuelta a ver qué me encuentro ¡No sabe uno dónde posar la vista! ¡Vaya paisajes! Será mejor que me aleje de la piscina.

 

―Ahí hay una puerta que parece que lleva al interior. ¿Y este letrero? “Curso de creatividad”. ¡Ostras! ¡Qué casualidad! ¡¿Pero, esto qué es?! ¡Hombre, profesor! ¿Qué hace usted aquí?

―Pues escuchándote, igual que los demás, ja, ja, ja.

―¡Es verdad! ¡Pero si estoy ahí yo también con los ojos cerrados! ¡Qué curioso! Esto ha terminado paradójicamente. Voy a saludarme ¡Oye, que ya puedes abrir los ojos! Creo que has terminado.

―¡Hombre! ¡Mi yo imaginado! ¿Y ahora qué hacemos?

―Pues no sé, ¿qué tal si me siento y le cedemos la palabra a otro para que cuente otra historia?

 

 

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Published on e-Stories.org on 09/25/2021.

 

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