Jona Umaes

La seņal

          Ana trabajaba en la administración de una empresa junto a dos compañeros más, Carlos y Juan. Con los años había conseguido cierta estabilidad económica. Su trabajo era a jornada partida. Durante la semana poco tiempo tenía para el ocio salvo alguna noche de cine o picar algo en un bar con las amigas, pero recogiéndose pronto para no estar demasiado cansada por la mañana. En los fines de semana, el sábado era su día de recreo y el que aprovechaba para hacer lo que realmente le gustaba: gimnasio y paseo por la mañana, alternando comida en algún restaurante, que se alargaba hasta casi la noche, con salidas nocturnas según se presentase el plan. El domingo descansaba y se quedaba tranquila en la casa, haciendo limpieza y ordenando.

          Hasta ahí, lo habitual de cualquier persona que intenta llevar una vida medianamente feliz. Pero, la vida, en su constante fluir, siempre nos guarda sorpresas que a veces ni vemos venir hasta que los acontecimientos se disparan. De las tres personas que llevaban la gestión de la empresa, despidieron a una. Ana tenía muy buena relación con sus dos compañeros y al ver que se deshacían de Carlos sin razón aparente, lo lamentó profundamente por su amigo y le invadió la inquietud. La empresa no iba mal, no había nada que justificara aquello salvo que estuvieran pensando en algún movimiento del que ninguna noticia tenía.

          El último día de trabajo de Carlos, los tres compañeros salieron a picar algo al mediodía para charlar y despedirse. De todas formas, seguirían en contacto porque tenían buena relación. Por la tarde, Ana recibió un email donde se le convocaba a una reunión con la dirección al día siguiente. Fue un correo escueto y directo, sin un asunto concreto con el que hacerse una idea y acudir a la reunión con cierta tranquilidad. Aquello le produjo tal preocupación que apenas pudo dormir esa noche. El reciente despido de Carlos quizás solo fuera el principio, cualquier cosa era posible.

          Cuando al día siguiente se sentó en el lateral de la gran mesa ovalada de la sala de reuniones, aún no había llegado nadie. La secretaria de dirección le había dicho que pasara y esperase un momento. De repente, se abrió la puerta del despacho del gerente y este entró en la sala junto al director de la empresa. Se sentaron en sus respectivos asientos y comenzaron la reunión. Al ver que Ana tenía la cara descompuesta de la preocupación, suavizó su habitual acento grave y ambos, el director y él, le explicaron por qué la habían convocado. Ana respiró aliviada al ver que no se trataba de nada malo. Al contrario, le estaban proponiendo un aumento de sueldo porque debería asumir las tareas de Carlos, siempre que ella estuviera de acuerdo. Eso implicaría disponibilidad para trabajar fuera de su horario habitual ante alguna eventualidad.

          Cuando acabó la reunión, Ana se sentó en su silla y le costó concentrarse en sus tareas. Había aceptado las nuevas funciones. Estaba contenta porque ganaría bastante más de lo que ganaba hasta ese momento, pero era una sensación agridulce porque lo había logrado a costa del empleo de Carlos. En un momento de pausa lo habló con Juan. Este se alegró por ella. Sabía que Ana era más apta que él para asumir esas funciones. Llevaba mucho tiempo en la empresa y tenía más experiencia.

          Aquello supuso un cambio brusco en la vida de Ana. Debía estar disponible ante cualquier requerimiento de la empresa. El número de emails se disparó al tener doble trabajo con lo que no daba abasto en su jornada habitual y debía continuar en casa. Los fines de semana eran sagrados para ella, días de desconexión que necesitaba para empezar la semana con las pilas cargadas. Tardó en habituarse a ese ritmo de trabajo, pero una vez que se hubo hecho con él, no notaba diferencia a cuando solo trabajaba en la oficina. Tuvo que cambiar el día de gimnasio al domingo porque el sábado por la mañana estaba tan cansada que no podía tirar de su cuerpo. Por lo demás, el resto del día todo continuaba igual, pero con más sensación de cansancio.

          En uno de esos fines de semana Ana conoció a un chico en el gimnasio, Pedro. Hicieron amistad y poco a poco fueron acercándose más hasta que un día él le pidió salir juntos. Desde ese momento comenzaron una relación que con el tiempo fue afianzándose. Él estaba al tanto del trabajo de Ana. Sabía que trabajaba demasiado. En los días de diario, si se veían al mediodía, cuando los dos podían, era por poco tiempo. Hasta en la hora de la comida recibía mensajes y tenía que leerlos por si era algo urgente. Él lo aceptaba porque solo el hecho de estar con Ana ya era un motivo de alegría. Los primeros meses de relación, ella tenía el extra de energía que daba el estar enamorada. Deseaba que llegara el fin de semana para estar con Pedro. Todo iba sobre ruedas.

          En la empresa estaban muy contentos con el rendimiento de Ana. A cuenta gotas y sin que ella lo notara, fueron dándole más y más responsabilidades, hasta el punto de verse inmersa en cuestiones de la dirección de las que era ajena hasta ese momento. Así fue como fue conociendo paulatinamente los movimientos de la empresa porque era ella quien se encargaba de ejecutarlos.

          Un nuevo acontecimiento cambiaría el devenir de las cosas. Juan, su compañero, sería el siguiente en dejar la empresa. La noticia le cayó como un jarro de agua fría. No solo fue un palo para Juan. Para Ana fue también algo inesperado que le sorprendió. Los dos formaban un buen equipo y tuvo un mal presentimiento. Como ocurrió con Juan, sus jefes tuvieron una reunión con ella y le hablaron de sus planes. El trabajo que realizaba Juan tendría que desempeñarlo, desde ese momento, también ella. Por supuesto, le aumentarían el sueldo y tendría beneficios adicionales. Entre ellos, un coche de empresa para disponer de él como quisiera. Pero al aumentar sus responsabilidades tendría que dedicar más tiempo al trabajo y debería estar disponible para eventualidades, también durante los fines de semana.

          Mientras conducía a casa, se le pasaron muchas cosas por la cabeza. Ganar más dinero siempre era motivo de alegría, pero quizás el precio a pagar fuese demasiado elevado. Pensó que con el tiempo se acostumbraría. Se adaptaría a las circunstancias como lo hizo la primera vez. Al llegar, llamó a Pedro para contárselo. Se alegró mucho por ella. Al menos no comenzaría sola esa nueva etapa.

          Ana continuó con su rutina, pero el teléfono no la dejaba en paz, ahora tampoco los fines de semana. En el gimnasio, en el coche, a la hora de comer. Las notificaciones sonaban sin piedad a todas horas. No tenía por qué atender los mensajes al instante, podía verlos y decidir si eran importantes o no y dejarlos para más tarde, pero tampoco podía olvidarse de ellos porque se le acumularía el trabajo. Aquello también ocurría cuando estaba con Pedro. Al principio él lo llevó bien, pero conforme pasaba el tiempo se dio cuenta de que cuando estaba con Ana, ella no le dedicaba toda su atención. Veía que no podía desconectar del trabajo en ningún momento y aquello le estaba pasando factura. Semana tras semana, Ana acumulaba cansancio y estrés. Ya no era la misma de antes. La única forma de parar un poco aquella vorágine de trabajo era tomarse unos días libres.

          Planificaron un viaje y pasaron días muy buenos, pero el teléfono no podía apagarlo. Si surgía algo urgente en la empresa ella era la única persona que podía solucionarlo pues lo llevaba todo para adelante. Fue por eso que, los últimos días, miraba de vez en cuando los mensajes. En su empresa sabían que ella estaba en sus días libres, pero los emails se iban acumulando con tareas que hacer y si el director la llamaba tenía que atender el teléfono. Ni en sus días de descanso podía estar tranquila.

          Una vez volvió al trabajo, comenzó de nuevo su rutina. Aquel no parar la estaba minando. Por las noches no dormía las horas que debía. Una vez se despertaba de madrugada ya no podía conciliar el sueño de nuevo. Vivía en constante preocupación. Su relación con Pedro se vio afectada. Él le decía que aquello no era vida. La estaban explotando, hacía el trabajo de tres personas y cada vez le exigían más. A pesar de que ella lo hablara con su jefe en más de una ocasión, no servía de nada. No querían contratar a nadie. Estaban contentos con ella y su rendimiento. No les hacía falta otra persona.

          Un día se apareció por la empresa un señor maletín en mano. Se presentó como inspector de trabajo y preguntó por el gerente. La recepcionista llamó a su despacho y este le dijo que lo acompañara sin demora. Después de que ambos hombres hablaran durante largo rato, el gerente llamó a Ana para que uniese a ellos. Toda la documentación de la empresa la llevaba ella: contabilidad, nóminas, seguros… Al día siguiente debían tener preparado todo lo que era objeto de la inspección. Una vez se hubo marchado el inspector, el gerente continuó reunido con Ana. Si bien no había nada temer, en situaciones así siempre había temor a que encontrasen algún error de gestión o actuación ligeramente fraudulenta. Es práctica habitual de las empresas jugar en los límites de la legalidad con tal de sacar beneficio. A veces se sobrepasan líneas, intencionadamente o no, y no se piensa que pueda tener consecuencias.

          Ana debía recopilar toda la documentación requerida. Eso le llevaría bastante tiempo. Por muy bien organizado que lo tuviese todo, era perfectamente posible que algún documento no apareciese, o no estuviera en el lugar esperado. Aquel día fue de lo más estresante y terminó su jornada con dolor de cabeza. Al día siguiente le esperaba un día duro. Sabía que le harían preguntas sobre aquellos papeles y aunque estaba tranquila respecto a su trabajo, le preocupaba el nerviosismo que mostraban sus jefes.

          La reunión con el inspector fue agotadora. Toda la mañana justificando trámites y contestando preguntas. Al final, Ana tuvo que rellenar unos formularios y firmarlos. Sus jefes la felicitaron por su temple y su buen hacer con el inspector. Le dieron el resto del día libre y se marchó a casa.

          Lo ocurrido le hizo pensar hasta qué punto se había implicado en la empresa. Ella era la que había dado la cara ante el inspector. Era su firma la que iba en esos papeles. Sus jefes parecían estar al margen. Si llegaba la sangre al río, ¿a quién harían responsable? Aquello fue la gota que colmó el vaso. Estaba harta de aquella empresa. La estaban exprimiendo. Cuando comenzó le gustaba su trabajo, pero conforme le iban dando más y más carga se hizo insufrible ¿Merecía la pena seguir así? Su pareja se lo había dicho hacía tiempo, pero no podía dejar la empresa sin tener un nuevo trabajo a la vista. Hasta que no supiera el resultado de la inspección no se quedaría tranquila.

          Tuvo que ser aquella visita inesperada que la hiciera reaccionar. Estaba tan ahogada de trabajo que no se daba cuenta cuánto necesitaba un cambio en su vida y de qué forma le estaba afectando en todo. Fuera casualidad, el azar, o una mano divina, el caso es que aquella inspección fue la llave que abrió la puerta de salida a una nueva vida. Afortunadamente no encontraron nada fraudulento en la actuación de la empresa. Un amigo que no veía hacía tiempo le habló de un negocio inmobiliario que estaba pensando montar y Ana se agarró a aquello como a un madero flotando en medio del mar. Dejó aquella empresa por la que tanto había sacrificado y se embarcó en una aventura inmobiliaria que, fuese como fuese, no sería como el infierno del que había salido.

 

 

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Published on e-Stories.org on 10/30/2021.

 

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