Jona Umaes

Un milagro

          Amir trabajaba en una gran empresa de telecomunicaciones. De las más grandes del país. Dirigía el departamento IT y aunque fuera musulmán, hablaba a la perfección español. Desde que entró en la empresa y conoció a Vanesa, directora de comunicaciones, se quedó prendado. Ambos llevaban una relación cordial, de colegas de trabajo, pero él nunca dio el paso de hablarle de sus sentimientos. Los prejuicios eran una barrera infranqueable. Ser de distinta cultura y religión no ayudaba. Aunque fuera uno más en la empresa, como cualquier directivo, percibía siempre el sutil distanciamiento de los otros. No era uno de ellos. Por mucho que se esforzara en integrarse.

          Se acercaba la fecha de la feria Tecnológica en París. Llevaban meses haciendo los preparativos. Todo debía ir sobre ruedas. Se jugaban mucho frente a sus competidores españoles y extranjeros. Fue por esa razón que Vanesa y Amir tuvieron de reunirse más a menudo en las últimas semanas. La coordinación entre los dos departamentos era vital, sobre todo en el montaje de la infraestructura informática de stand: cableado, red, pantallas…

          El vuelo salía bien temprano, antes del amanecer. Con todos los preparativos hechos, tan solo quedaba que el personal se desplazase en avión con los enseres necesarios para pasar los días en que transcurría la feria. Amir y Vanesa, coincidieron “casualmente” en asientos adyacentes.

 

—¿Estás nerviosa?

—Sí, no me gustan los aviones. Espero que no haya muchas turbulencias.

—¿Te has tomado algo? ¿Biodramina?

—Sí, hace un rato.

—Con eso te calmas. Todo va a ir bien. No te preocupes.

 

          A pesar de guardar las distancias, ambos se sentían cómodos cuando conversaban. Tanto tiempo juntos trabajando en la empresa les había hecho acercarse y tener cierta confianza. Tras hora y media de vuelo, la nave comenzó a sacudirse por las turbulencias. Surgieron gritos de sorpresa e inquietud.

 

—¡Uf!, como continúe esto así me voy a marear. Ya me estoy sintiendo mal —dijo Vanesa a Amir. Tenía las manos tensas, agarradas con fuerza al extremo del reposabrazos.

—Tranquilízate. No durará mucho. Ya sabes que es algo habitual con mal tiempo.

—Sí, lo sé. Pero es que es superior a mí.

 

          Tras unos minutos de baches continuos el avión comenzó a descender de forma sorpresiva. Las luces que indicaban colocarse el cinturón de seguridad se encendieron sobre las cabezas de los pasajeros. El comandante de la nave habló por la megafonía del aparato:

 

Señoras y señores, tenemos un pequeño problema en el cuadro de mando de la nave. Descenderemos durante unos instantes mientras intentamos solucionarlo. Abróchense los cinturones y aguarden a que se apague el indicador”.

 

          El murmullo general no se hizo esperar. Comenzaron a surgir las señales sonoras de asistencia. Las azafatas no daban abasto. Atendían a unos y otros, intentando relajar la tensión que se respiraba en el ambiente. La cosa no era para menos. El avión no dejaba de descender. Parecían tener problemas con los motores, el morro cedió y el aparato se inclinó hacia abajo. Caían cada vez a mayor velocidad y todo vibraba violentamente.

 

—¡Dios mío! ¡Estamos cayendo! —dijo Vanesa chillando. Había cundido el pánico. Todos gritaban, pedían ayuda. Algunos lo hacían entre sollozos.

—Tranquila. Estoy contigo —dijo Amir cogiéndole la mano. Él se puso a rezar en su idioma. Era el único que parecía guardar la calma en el avión. Vanesa no podía creer lo que veía. Allí estaba él, rezando, sin inmutarse con lo que acontecía.

—¡Pero no te das cuenta de que vamos a estrellarnos! ¿Cómo puedes estar así?

—Estoy rezando. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Dios me escuchará. Saldremos de esta.

 

          Amir murmuraba palabras incomprensibles para ella. Con los ojos cerrados, parecía mecerse con sus rezos, manteniendo la calma que todos habían perdido en aquel avión. El histerismo campaba a sus anchas. La escena era dantesca. Las caras desencajadas del terror y la angustia, los sollozos ante el inminente final, era el preludio del fin. La parca había hecho acto de presencia y paseaba desapercibida por el angosto pasillo contemplando impávida la desesperación en los rostros.

 

—Creo que te estás pasando. ¡Ya es suficiente! Lanza el script para que la nave recupere el control —dijo Amir, en su idioma, sin cambiar el tono de voz, aunque sabía que nadie entendía.

—¿Crees que no lo he intentado? ¡Lo he hecho varias veces, pero no funciona! —dijo la voz que surgió del pinganillo que Amir tenía en el oído derecho.

—¡No fastidies! ¡Esto es un desmadre! ¡La gente está aterrorizada!

—¡No hace nada Amir! ¡La nave no responde! ¡La hemos cagado! —zanjó el comandante desde la cabina.

 

          La situación se le había ido de las manos. Vanesa temblaba, como lo hacían todos, a causa de la vibración y por su propio miedo. Amir se giró hacia ella y la abrazó.

 

—Vanesa. ¡Te quiero! Siempre te he querido, desde el momento que te vi por primera vez, lo supe —le dijo al oído. Ella se separó de él para mirarlo.

—¡¿Y me lo dices ahora?! ¡Vamos a morir! —le contestó furiosa con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

—Dios escuchará mis plegarias, ¡Créeme! —Le dijo mirándola, haciendo acopio de valor.

 

          Desde el primer momento supo qué sucedería. Lo había preparado todo concienzudamente. Sobornó a los técnicos de mantenimiento del avión para que le dejaran entrar en la cabina. Manipuló el ordenador para que fallara el sistema a la hora prevista y dejó preparado el programa que lo recuperaría. Dio las instrucciones a su amigo Ali, el comandante de la nave, para que llegado el momento ejecutara el software y así restablecer la normalidad. Una forma algo excéntrica de ganarse a Vanesa. No era muy hábil con las mujeres. Fue lo que surgió de su cabeza, más acostumbrada a las máquinas que a las personas. No contó con que el script podía fallar. Sus rezos en el avión iban por otros derroteros. Rezaba para que lo suyo con Vanesa saliera bien, creía tenerlo todo bajo control. No quería llegar tan lejos asustando a tal extremo a los pasajeros ni a su compañera. Las cosas sucedieron de esa manera y ahora él mismo era víctima de su propia trampa.

 

—¿Tenías que esperar a esta situación para decírmelo? —dijo ella entre lágrimas. Él la volvió a abrazar y la apretó con fuerza.

—Ten fe. ¡Tenemos mucho que vivir! —le dijo en un susurro, como temiendo que aquello nunca fuera a suceder.

 

          De repente, el morro del avión fue recuperando paulatinamente su posición natural. Cesó la vibración del aparato y la nave se estabilizó. Habían perdido mucha altura, pero, milagrosamente, el script hizo finalmente su trabajo y consiguió que la navegación automática se activase. La tensión acumulada en ambos se desbordó y sus cuerpos se convulsionaron con el llanto. El comandante anunció que todo había vuelto a la normalidad y que una vez que alcanzasen de nuevo la altura adecuada podrían quitarse los cinturones de seguridad. Se escuchó algún grito de entusiasmo, pero la mayoría callaba con el susto metido aun en el cuerpo. Algunos no pudieron contener las lágrimas.

 

          Amir se puso a murmurar en su idioma, como si rezara de nuevo. Le dijo a Vanesa que debía agradecer a Dios que le hubiera escuchado.

 

—¡Cabronazo!¡Aún no me he recuperado del susto!

—¡Dímelo a mí! ¡Ya me veía en el otro barrio! ¡El jodido programa no terminaba de funcionar! ¡No sé cuántas veces lo he lanzado! ¡El ingeniero está bloqueado, es un niñato! No se explica lo ocurrido.

—Bueno, lo importante es que hemos salido de esta. Te debo una.

—¡Ya te digo! ¡Descuida, que no se me va a olvidar! ¡Estás como una cabra! ¡Te dejo, que estos dos no paran de mirarme! Menos mal que no entienden nada. Se creen que hablo solo.

 

 

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Published on e-Stories.org on 12/23/2021.

 

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