Jona Umaes

El confesionario

 

—Una noche más, aquí con vosotros “El confesor”. La única emisora que te escucha sin juzgarte, un lugar donde desahogar tus penas, preocupaciones y secretos, de forma totalmente anónima. ¿No tienes a nadie con quien hablar de eso que te carcome, te quita el sueño, te tortura hasta querer desaparecer de este mundo? Esta es tu emisora.

—Como siempre, amenizaremos la espera de las llamadas con música y pensamientos sabios. Igual alguno pueda abrirte los ojos o aliviar tu dolor. ¿Quién sabe?

 

          Juanfra llevaba varios años con la emisora. Era un ser noctámbulo y le gustaba su trabajo. Escuchar los problemas de los demás aliviaba, en cierta forma, los suyos. Se sentía menos solo. Él tenía pareja, se llamaba Isabel y era enfermera. Al igual que él, tenía turno de noche. De esa manera, podían llevar la relación por buen camino.

 

—Son la una de la madrugada y comenzamos la noche con un tema de Javier Paxariño: “Pangea”. Abrimos la línea desde este instante.

—Hola, buenas noches. ¿Qué quieres contarnos?

—Buenas noches. Primero, felicitaros por vuestro programa, lo escucho mientras trabajo. Me encanta la canción con la que has comenzado hoy. La pongo a menudo, cuando quiero relajarme en casa.

—Muy agradecido.

—Me llamo Pepe. Bueno, no es mi verdadero nombre, pero para el caso es lo mismo. Después de mucho pensarlo, al final me he decidido a llamar. Verás, hay algo que me está consumiendo. No me atrevo a contárselo a nadie porque temo que mi vida se vaya a pique. Sé que mucha gente está escuchando esto, por eso he comprado un distorsionador de voz. Te parecerá ridículo, pero no quiero que nadie me reconozca

—Has tomado muchas precauciones. Cuéntanos tu problema —Juanfra pensó que ese tipo era algo paranoico, pero tampoco podía decirlo en abierto.

—Verás, soy recepcionista en una clínica. Tengo esposa e hijos. Por mi trabajo, trato con muchas personas, conozco a todos los trabajadores de este centro. Durante las noches no hay tanto movimiento, por lo que, en los ratos que el personal de enfermería se toma un pequeño descanso, salen a tomar el aire aquí en la entrada y claro, quieras o no, entablas conversación y eso ayuda a sobrellevar las horas. Mi trabajo a veces me resulta de lo más monótono. Escucho vuestro programa mientras me entretengo con la tablet o haciendo cualquier otra cosa.

—En cierta forma, te entiendo. Los que trabajamos de noche y sin compañeros, tenemos que lidiar con la soledad y minimizar los tiempos de asueto para no darle al coco.

—Eso es. Aunque tiempos muertos, la verdad, tengo pocos. Intento entretenerme en lo que sea para que no me devoren los pensamientos. El caso es que hace unos meses hice una amistad con una enfermera. Suelo llevarme bien con todos, pero con esta chica tuve una conexión especial. A pesar de la diferencia de edad, sea cual sea el tema del que hablemos todo fluye como la seda. Nos entendemos a la perfección. Creo que ella piensa igual porque cuando sale con los compañeros a tomar el aire, en seguida viene a saludarme y echa todo el tiempo de descanso conmigo, de cháchara.

—Deberías cuidar eso. Hay amistades que se hacen tan fuertes, que intiman más que la propia pareja, si es que se tiene, porque se hace desde el respeto. Ese respeto que se suele perder con el tiempo en las relaciones y que terminan minándola. Créeme. Sé de lo que hablo.

—Si fuera solo eso, no habría problema. Pero es que la cosa ha ido a más. Ella me ha hablado de su pareja. Le inspiro confianza y la chica se ha abierto. Su novio también trabaja de noche. Dice que les va bien, pero que falta chispa. Ella quiere una relación apasionada y su pareja es más bien tranquilo. Yo también le he hablado de familia. Me he sincerado con ella y le he contado algunos problemas. A pesar de su juventud, parece muy madura.

—Bien, hasta ahora lo que me cuentas no se sale de la normalidad. No sé de donde viene tu inquietud. ¿O es que hay algo más?

—Sí, hemos dado un paso más. El otro día nos besamos. En los años que he estado casado jamás sentí algo igual. No lo entiendo. Pensé que estaba enamorado de mi mujer y ahora aparece esta joven y me echa por tierra mis convicciones. Ella también se siente culpable, no quiere hacerle daño a su novio, pero el deseo de estar juntos puede más que todo eso. ¿Por qué tenemos que contener lo que quiere salir a raudales? Eso es lo que me atormenta. ¿Qué hago ahora con mi familia? Quizás he estado equivocado toda mi vida respecto a mi mujer. Pensaba que la amaba. Y sí, creo que la he amado, pero en nada se parece ese amor a lo que siento ahora.

—Entiendo, estás en un dilema. No sabes si rehacer tu vida con esa chica. Quizás debierais daros tiempo. ¿Y ella? ¿Qué dice?

—Está igual que yo. Quiere que estemos juntos y no sabe cómo va a decírselo a su novio. Ninguno de los dos hemos buscado esto. Nuestros caminos se han cruzado y es inevitable que alguien salga herido. O renunciamos a lo que ha surgido entre nosotros y seguimos con nuestras vidas, o rompemos con todo y continuamos juntos.

—Es una situación difícil. Espero que toméis la decisión acertada. Gracias por contar tu historia y suerte —y cortó la llamada.

 

          La noche continuó con más llamadas de gente angustiada que solo buscaba que alguien las escuchara y soltar así lastre para sentir algo de alivio. Y es que los secretos, por mucho que se intente esconderlos, con el transcurso del tiempo, tienen fugas. Cuando salen a la luz, arrasan con todo a su paso. Tener a alguien a quien contar lo que se oculta es una forma de liberación que disuelve angustias.

          Juanfra era el primero en llegar a la casa. Su novia tenía el trabajo más alejado. Él la esperaba para comenzar el sueño matutino. Ya por la tarde:

 

—¿Qué tal el trabajo? —dijo él.

—Bien. Ya sabes, lo de siempre, aunque esta noche parece que se hayan puesto todos de acuerdo en ponerse malos y tener accidentes. ¡No paraban de llegar pacientes! ¿Y tú?

—Pues igual. Escuchando carcomas y miserias. La verdad es que, a veces, nos quejamos por tonterías. Viendo lo que se cuece por ahí, se puede sentir uno dichoso. La primera llamada ya empezó fuerte.

—¿Y eso?

—Imagínate, el tipo ha llamado con una máquina que distorsiona la voz por si alguien le reconocía y ha ocultado el número desde el que llamaba. No ha escatimado en precauciones. Una historia de cuernos. Tiene un marrón que a ver cómo termina.

—Ah, vaya. ¡El pobre!...

—No, no. ¡Los cuernos los ha puesto él! Es que engaña a la mujer con una de su trabajo.

—Vaya. Bueno, es algo que no se puede juzgar a la ligera sin conocer las circunstancias.

—Sí, tienes razón. Tampoco entró en detalles de su matrimonio.

—Cariño, yo quería hablarte de algo —dijo Isabel, visiblemente afectada por lo que acababa de oír.

—¿Si? Pareces preocupada. Venga, dime. ¿Qué te pasa?

—Verás, es que…

—¿Si?

—He conocido a alguien.

—Aja, ¿en el trabajo?

—Sí, en el trabajo. Es un compañero. Bueno, realmente lo conozco desde hace tiempo.

—¿Y qué le ocurre?

—Nada. Bueno, sí. Lo que quiero decir es que… nos hemos enamorado.

—Pero, ¡si nosotros estamos bien! ¿Por qué? —Juanfra se había quedado blanco.

—No entiendo cómo ha sucedido. Simplemente ha surgido. Yo no buscaba nada, pero últimamente hablábamos mucho y…

—¿Por qué me haces esto? ¿Me he portado mal contigo? ¿Acaso no eres feliz?

—No es eso. ¡No me lo pongas más difícil de lo que es! ¡Bastante mal me siento ya diciéndotelo!

—¡Muy bien! ¡Genial! ¿Y mis sentimientos, qué? ¡Te dan igual, claro!

—¡Vale ya! ¡Te he dicho que yo no lo he buscado! ¡Son cosas que pasan!

—¿Quién es? ¿Algún matasanos?

—No. ¿Qué más da?

—¡Quiero saberlo! —dijo Juanfra, fuera de sí.

—Trabaja en la recepción. ¿Contento?

 

 

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Published on e-Stories.org on 02/22/2022.

 

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