Jona Umaes

Tren a ninguna parte

          Su trabajo se encontraba a media hora en coche. A pesar de las retenciones que a veces se producían, lo prefería, a coger el cercanías. Entonces, se daba cuenta de la relatividad del tiempo. Si por la razón que fuera, se entretenía un poco en salir, esos escasos minutos hacían crecer el tráfico exponencialmente. Se imaginaba a la gente remoloneando en la cama, apurando al máximo el tiempo, posponiendo el momento de separarse del calor de las sábanas.

          El coche le brindaba intimidad, podía subir el volumen de la música todo lo que quisiera sin molestar a nadie. Le encantaban los días de lluvia, cuando las primeras gotas comenzaban a caer y salpicaban los cristales de agua transparente. Poco tiempo estarían en ese estado. Se desharían en largas lágrimas que el limpiaparabrisas borraría de un plumazo. Deberían inventar algo parecido para las personas, de esa forma las penas pasarían tan rápido como hacían acto de presencia. Conducir le producía tal dicha, que pensaba que no había nada más adecuado para dirigir y hacer su voluntad a discreción. El coche era como una extensión de sí mismo. Pensaba que solo tenía que fijarse en la conducción de los demás para vislumbrar cómo era la persona al volante.

          Un día, decidió coger el tren. A veces lo hacía por variar y romper con la rutina. Tardaba un poco más en llegar por las numerosas paradas y el rodeo que daba, pero le agradaba relajarse, observando a los transeúntes. Era un lugar propicio para fijarse en detalles que de otra manera no podría. Durante aquellos minutos podía observar al del en frente y luego pasar al de al lado y así sucesivamente. Realmente no era el único. Todos hacían lo mismo, unos más disimuladamente que otros, si no estaban con la vista puesta en el móvil o en un libro. En cada parada, la locución que surgía de los altavoces anunciaba la próxima estación. Era entonces cuando miraba por la ventanilla a los andenes. La gente subía y bajaba como en un ritual que se repetía una y otra vez.

          Hasta ese momento no había notado nada fuera de lo normal. Las paradas se sucedían una tras otra. El paisaje cambiaba conforme el tren avanzaba, los árboles desfilaban ante él a paso ligero. El traqueteo continuo de las ruedas, sobre las vías, se hacía tan familiar que pasaba desapercibido. Perdido en sus pensamientos, tardó en percatarse de que, en el andén de cada estación, siempre aparecía la misma mujer sentada, con el rostro parcialmente cubierto por la pequeña visera de su sombrero ocre. Las manos enguantadas sobre sus rodillas, se cogían una a la otra. Por el reloj, blanco y redondo, arriba de ella, no parecía pasar el tiempo: las diez y diez. No podía creer lo que veía. A pesar de que las paradas que anunciaban por megafonía eran distintas, la escena se repetía. ¿Cómo era posible?

          El tren reanudó su marcha. Pasaron los minutos y el chirriar de los frenos anunció la llegada a una nueva estación. El corazón se le aceleró. Lo que temía se volvió a hacer realidad. Allí estaba ella, bajo el reloj. Un vistazo al andén fue suficiente para reconocer la misma parada que habían ido dejando atrás una y otra vez. Alterado, se levantó y bajó del tren. El cartel que indicaba el nombre de la estación estaba en blanco. Se acercó a la mujer y esta levantó la vista. La reconoció al instante. Sorprendido por la casualidad, su mente retrocedió varios años atrás. Se habían conocido durante un viaje. Fue uno de esos amores fugaces, de los que dejan mal sabor de boca. Un querer y no poder, en el que la distancia se interpone y muestra la cruda realidad de una relación que no es posible, al pertenecer a mundos distintos.

 

—¿Andrea? ¿Qué haces aquí?

—No lo sé. No puedo moverme de esta silla.

—¿Cómo que no? Es extraño. Te he visto desde el tren cada vez que se detenía.

—¿Qué hay de tu vida?

—Voy al trabajo. Hoy no me apetecía conducir. ¿Qué estación es esta? El cartel está en blanco —dijo él, sentándose en la silla de al lado.

—La verdad es que no lo sé. No has cambiado. Te veo igual.

—No hace tanto desde la última vez que nos vimos. Los años tampoco pasan por ti. Fue muy doloroso los primeros meses después de separarnos.

—¿Me lo dices a mí?

—Ya pasó. Ahora se ven las cosas de otra manera. Vivimos buenos momentos, ¿verdad?

—Sí. Aún miro las fotos. Me cuesta trabajo creer que todo acabase. Y ahora, ¡estás aquí!

—No te podía reconocer desde mi asiento. Me estaba agobiando de ver la misma imagen una y otra vez.

—¿Qué piensas que puede significar? —dijo ella.

—Esto es una locura. Debo estar soñando, pero no recuerdo haberme dormido.

—El sueño, cuando llega sin avisar, se confunde con la realidad.

—Seguramente. Mi tren se ha ido.

—No te preocupes, vuelve en un momento.

—¿Y ese sombrero? Te queda bien.

—Gracias, hay que cambiar de look de vez en cuando.

—Sigues siendo muy coqueta. Tampoco has cambiado en eso.

—Me halagas.

 

          Como si el tiempo no hubiera transcurrido, se enfrascaron en una conversación con la misma facilidad que cuando se conocieron. La conexión entre las personas es algo que no se pierde, es un hilo invisible imposible de romper, a pesar de los años y las circunstancias.

 

—¡Mira, ahí llega el tren otra vez! Debo irme. Tengo que trabajar.

—¿Me ayudas a levantarme?

 

          Él se sorprendió de la pregunta. Le ofreció la mano, y cuando ella la tomó, ya no la soltó. Subieron al tren y se dirigieron hacia el asiento de él, junto a la ventana. Por megafonía, anunciaron la siguiente parada. Le agradaba viajar acompañado. Al detenerse el tren en la nueva estación, hizo un gesto a Andrea para que mirase a través del cristal. Ya no era la misma imagen que había visto repetidas veces, ni en ella aparecía la mujer que ahora tenía a su lado.

          Volvieron a sonar los altavoces y una mano en su hombro lo zarandeó, despertándolo. Era un compañero de trabajo, sentado unos asientos más atrás, que tomaba ese tren a diario.

 

—¡Despierta, Juan! ¡Que nos bajamos en la próxima!

 

          Desconcertado, vio que la persona que había a su lado no era Andrea. Ambos se dirigieron al trabajo, comentando las últimas noticias. A media mañana, su jefe se acercó a su mesa, acompañado de una chica.

 

—Juan, ella es Andrea, la nueva secretaria. Estará con nosotros mientras Julia esté de baja.

—¡Encantado! —dijo él, con una sonrisa de agrado.

—Igualmente.

—¿Os conocéis? —dijo el otro, al ver los gestos de ambos.

—Sí, hace unos años coincidimos en un viaje —respondió ella.

—Bueno, en realidad, no hace tanto que no nos vemos —Andrea esbozó una sonrisa, como conociendo el sentido de sus palabras.

 

 

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Published on e-Stories.org on 03/25/2022.

 

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