Jose David Martin Bartolome

una rosa para victoria

NOTA DEL AUTOR; AGRADECERÍA CUALQUIER COMENTARIO SOBRE EL RELATO, ME SERÍA MUY ÚTIL A LA HORA DE MEJORAR MI TRABAJO. GRACIAS POR ANTICIPADO, Y GRACIAS POR DEDICAR UNOS MINUTOS DE VUESTRO TIEMPO A LEERLO



Una rosa para Victoria

Victoria abrió los ojos, sintiendo de nuevo el frío entumecimiento de su brazo izquierdo, sintiendo una mano helada, seca y suave que acariciaba su corazón. Y se preguntó, como cada vez, si aquel sería su último día.
Bueno, ¿y qué si lo era? Cuando una ha cumplido ciento un años, el último día no es una perspectiva tan terrible.

El dolor remitió poco a poco, mientras su lado izquierdo recuperaba la sensibilidad normal. Alargó una mano, arrugada y llena de manchas como pergamino antiguo , para dar la luz.
La bombilla impregnó el cuarto de tibia luz, teñida de azul y rosa por la pantalla esmaltada, y Victoria paseó sus ojos de un verde ya a lauco y empañado, por la miríada de fotos en tono sepia y un color que, repartidos por la mesilla, el estante y el escritorio resumían su larga vida.
Si, se dijo. Una vida larga, llena de personas buenas y entrañables, de amigos queridos y de gratas experiencias. La mayoría estaba allí, en esas fotos, sus viajes, sus hijos, sus nietos, sus biznietos…
Si. La mayoría de lo que mereció la pena en aquel siglo.
Sin embargo lo mejor que la había ocurrido en la vida no estaba allí, a la vista, ni lo estuvo nunca.


Se sentó en la cama, algo que la costó más de un minuto de tiempo, y se puso las gafas progresivas con montura de titanio que su nieta le había regalado por su último cumpleaños y que le parecían tan endebles.
Abrió después, el cajón inferior de su mesilla y sacó un viejo y grueso ejemplar de “Historia de dos ciudades”. Aquel manoseado libro guardaba el mayor secreto de Victoria. Su rosa..

Recordaba aquel día de 1924, con la lluvia cayendo perezosa y fría.
Ella paseaba absorta en sus pensamientos, cuando vio el libro.
Ya de niña había disfrutado y sufrido con “Historia de dos ciudades”, llorando cuando el amor era truncado por la hoja cruel de la guillotina.
Ahora, con veinte años y a un mes de casarse con un hombre al que no amaba y que su familia eligió por ella, Victoria necesitaba algo a lo que aferrarse, una válvula que la permitiese escapar, siquiera por unas horas, del inexorable destino que la esperaba.
Victoria entró en la librería y adquirió el libro sin pensar mucho lo que hacía. Al salir, abstraída ya en la primera página, chocó con el desconocido.
El libro cayó al suelo, pero no se dio cuenta. Ella también había caído, atrapada en los ojos marrones, casi de miel oscura, del desconocido. El se disculpó, se quitó el raído sombrero en un gesto galante y recogió el libro, que había caído en un charco de la acera, Se disculpó de nuevo por su torpeza, sinceramente sonrojado, y se ofreció a adquirir un nuevo ejemplar. Ella por supuesto no lo podía permitir. Así empezaron a hablar. Y así se enamoraron.

Él se llamaba Ernesto, trabajaba en una tienda de ultramarinos y, algunas noches tocaba el violín en un restaurante.
Ella, aristócrata de título pomposo y regia bancarrota, destinada a casarse para dar nombre y alcurnia a un rico industrial, cayó bajo el hechizo simple y sincero de Ernesto.
Se vieron a escondidas durante un mes, dándose y robándose besos, abrazos, y poesía. Se amaron en las sombras, como niños que descubren la risa y la primavera.

Poco antes del día de su boda, cuando ya el vestido colgaba de su maniquí y los maîtres ultimaban sus recetas, Ernesto propuso a Victoria que se fugase con él. Ella con el corazón latiendo tan rápido que más que latir, zumbaba, aceptó.
Aceptó porque la vida que él podía ofrecerle, a pesar de ser más pobre y menos acomodada, era mil veces más auténtica. Decidida a todo, preparó una maleta y se dispuso a esperar que, como él había prometido, le hiciera llegar un mensaje con el día y el lugar de la cita. De la fuga.

Al día siguiente un mensajero llevó un regalo a Victoria. Su familia, que achacaba los nervios de la muchacha a su cercano compromiso, no puso reparos en que lo recibiese, pese a la vigilancia draconiana a que sometían su vida en los últimos días.
Aquel regalo era un libro, un ejemplar de “Historia de dos ciudades”. En su interior, protegida por una cuartilla doblada, había una rosa prensada, capturada en su perfección, de la que aún emanaba un dulce aroma. Ella, azorada y sonriente, buscó y buscó en todas y cada una de las páginas, tratando de encontrar la cita que él, sin duda fijaría en alguna de ellas. Lo único que no tocó por miedo a estropear la rosa, fue la cuartilla, que sin duda estaba allí para proteger la flor y las páginas.
Sin embargo, jamás volvió a ver a Ernesto. Nunca le llegó ningún mensaje, ninguna comunicación. Meses después, ya casada, supo por conversaciones casuales que Ernesto había desaparecido de la ciudad tras retirar sus exiguos ahorros del banco y fue visto aquel verano en cierta ciudad costera, donde regentaba un próspero hotel.
Victoria, desesperada, no tuvo más remedio que continuar con su vida, con su matrimonio y con su creciente familia.

Ahora todos, su marido, sus amigos y sus conocidos habían muerto y aquella mañana, con el libro sobre el pecho, tumbada otra vez, Victoria deseó que Ernesto, sin duda muerto también, la esperase para vivir por fin, el amor que debió ser.

Aquella tarde, Begoña, su nieta, encontró su cuerpo cuando acudió a visitarla. Sobre su regazo descansaba “Historia de dos ciudades”.
Begoña abrió el libro, con los ojos empañados en lágrimas tristes pero tranquilas. El papel y la rosa cayeron al suelo. Recogió la rosa con cuidado de no romperla. Después cogió el papel, una cuartilla amarillenta en cuyo interior, en una caligrafía anticuada y ya borrosa se leía:


“A las cuatro, en el parque, junto al quiosco
de música. Si no estás allí, me iré igualmente, no tengo
más remedio. No puedo vivir aquí sin ti.
Te amaré siempre.”

Ernesto

 

Nota del autor; agradecería cualquier comentario, sea favorable o desfavorable, a fin de mejorar mis relatos. Gracias



 

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Published on e-Stories.org on 08/27/2006.

 

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