Jona Umaes

Cambio de hora

          Se acercaba la noche de Halloween, ese año coincidía que era sábado y había que retrasar una hora los relojes. Pablo estaba con su grupo de amigos. En las últimas salidas al centro siempre acababa la noche hablando con Sandra. Tras las copas y hacer el recorrido tradicional de pubs, tenían la costumbre de tomar una infusión en una tetería árabe que lucía espectacular en la noche, con cientos de lámparas de múltiples colores en mosaicos simétricamente dispuestos. En aquel lugar, se sentaban en taburetes o sillones con respaldo de madera labrada.

          El ambiente era propicio para la charla, pues la música de fondo era relajante y sonaba a escaso volumen. Casualidad o no, ambos jóvenes parecía que se buscaban. Con sus taburetes, uno al lado del otro, hablaban de forma que el resto de amigos y todo alrededor dejaba de estar presente.

          Esa noche de Halloween, Pablo tenía la intención de hablar de sus sentimientos a la chica, solo esperaba el momento oportuno. Achispados por la bebida, hablaban acaloradamente entre risas y bromas. Faltaban cinco minutos para las tres, aunque nadie estaba pendiente de la hora, se irían cuando se cansaran. Los dos jóvenes charlaban, como de costumbre, en su burbuja. Pablo se moría por decírselo, no quería esperar más. De repente, un temblor sacudió el suelo que pareció de chicle, las lámparas se zarandeaban violentamente en el techo. Una de ellos se desprendió, era de considerable tamaño y acabó estrellándose sobre Sandra, que cayó al suelo inconsciente. Los gritos de la gente, en el local, acrecentaba el pánico, algunos salieron a la calle espantados. Pablo intentaba reanimar a la chica que no respondía a su llamada. Finalmente, la cogió en brazos para sacarla del local. Eran las tres en punto y Pablo vio cómo todo se desvanecía ante sus ojos, personas, edificios, Sandra y él mismo.

          Pablo se encontró, de nuevo, con sus amigos dirigiéndose a la tetería. Quedaban pocos minutos para las tres y el cambio de hora. Confuso, charlaba con uno y con otro intentando asimilar la situación. Tan solo hacía unos momentos que había vivido esos mismos instantes, recordaba la catástrofe y cómo sacaba a Sandra en brazos del local, nada más. El recuerdo se cortaba abruptamente. Estaba bebido, pero aún le quedaba algo de lucidez para inquietarse por lo extraño del asunto. Todo transcurrió como la vez anterior, charlaba con la chica, y en su conversación, se aislaron del resto y todo alrededor. Se acercaban las tres y Pablo temió que se repitiera el temblor. No fue así, pero tan repentino como el seísmo, un coche se abalanzó sobre la entrada del local. Lo hizo tan violentamente que mesas y sillas salieron despedidas en todas direcciones. Uno de los taburetes impactó de lleno en la Sandra que cayó fulminada al suelo. De nuevo, gritos y desesperación emanaban de la tetería, los transeúntes miraban, aterrorizados, hacia el interior. Pablo apareció por la puerta con la chica en brazos, pidiendo ayuda y maldiciendo la casualidad de la tragedia que volvía a repetirse.

          Estaba viviendo su particular “noche de la marmota”. Una y otra vez se repetía la misma tragedia, aunque en circunstancias distintas, sin poder evitarlo. Daba igual lo que hiciera, al final ocurría algo que terminaba yendo contra Sandra. Estaba desesperado, era una pesadilla de la que no podía despertar. Llegó a pensar que él tenía la culpa de lo que ocurría. Quizás no era buena idea hablar con ella, o no era el momento o el lugar, y aquello eran señales. Una teoría tan inverosímil como lo que estaba ocurriendo.
 

          En una de tantas noches:

 

—¿Qué te pasa? Tienes mala cara —dijo ella.

—Sí, no me encuentro bien. He visto tantas veces esta tetería…

—¿Cómo?

—No, nada, pensaba en voz alta. Creo que me voy a ir a casa, me duele la cabeza.

—Te habrá sentado mal algo. ¿Quieres que te acompañe al taxi?

—No, no es necesario. Quédate con ellos.

—Venga, vamos. Voy contigo.

 

          Durante el trayecto, él le contó lo que sucedía una y otra vez, que trataba de evitarlo y no lo conseguía. Solo sabía que estaba relacionado con el cambio horario. Se lo contó porque, de cualquier forma, aquello iba a ser un episodio más de su eterno periplo y ella nada recordaría.

 

Al fin llegaron a la parada de taxis.

 

—Lo que me cuentas no tiene ni pies ni cabeza. No deberías mezclar tanta bebida distinta. Lo mejor es que duermas y mañana será otro día.

—Ojalá fuera así.

—¿Ves? —dijo ella mirando la hora —. Son las tres y cinco y nada ha ocurrido.

—¡¡¡Es verdad!!! ¡Se acabó la pesadilla! Ja, ja. —dijo él, y sin poder controlarse, la abrazó, emocionado—. Eres un sol. ¡Te adoro!

—¿Si? —dijo ella, a la expectativa.

—He querido decírtelo tantas veces… —y la besó.


 

 

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Published on e-Stories.org on 10/30/2022.

 

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