Jona Umaes

Días negros

          Tenía la intención de devolver un paquete, de esos de Amazon que tanto se mueven ahora. Si se escuchara esto en el siglo XX sonaría a chino, y es que ha cambiado tanto la vida que parece que el tiempo se hubiera acelerado de repente. Lo que nunca cambiará son esos días negros sobre los que no se tiene ningún control, da igual que lo recibas con la mejor de tus sonrisas porque esos días son los que son.

          Cuando llegó a la tienda de siempre a devolver el paquete le dijeron que ya no llevaban el tema de paquetería. Se llevó un chasco por la noticia. Preguntó si sabía de algún punto cercano de recogida. Le indicaron que en una farmacia a 200 metros podrían atenderle. Allá que fue con las prisas porque, a continuación, tenía que acudir al hospital a una cita e iba justo de tiempo. Cuando llegó a la farmacia, preguntó si admitían paquetes de Amazon, y así era, pero la chica que llevaba el tema aún no había llegado y tenía que esperar hasta entonces. Respiró hondo, aunque echó silenciosamente los diablos por la boca. Cuando regresó a casa lo hizo pensando lo mal que había empezado el día, pero aun así aceptó la situación, puesto que poco podía hacer salvo echarle paciencia.

          De camino al hospital, nada fuera de lo normal sucedió, salvo que la bocacalle con la que cruzaba habitualmente y en la que siempre encontraba el semáforo a su favor, en esa ocasión lo pilló cambiando a rojo. Paciencia, paciencia... 2 minutos era el tiempo para dar paso en aquella pequeña calle de la que apenas salían coches. Le tocó esperar, aunque solo por unos escasos segundos, por la misma razón que se demoraba tanto en cambiar.

          Vaya, vaya con el p* día —rumió para sus adentros. Hizo acopio de paciencia porque, al fin y al cabo, ¿qué podía hacer? "Al mal tiempo, buena cara", dice el refrán, aunque cualquiera que pasara por allí en esos instantes, se hubiera espantado al verlo.

          Ya en el hospital, para su sorpresa, le atendieron en seguida, pero le dijeron que subiera a la última planta, donde se encontraba la secretaría del especialista. ¡Qué lástima que la pillara cerrada!, y es que era la hora del desayuno. No conformándose con la situación, decidió acercarse al despacho de la dirección, una puerta más allá. Allí le dijeron que el compañero tardaría en volver, que ¿qué se le ofrecía? De esa manera le explicó, con paciencia finita, que le habían hecho subir porque ahí le arreglarían su asunto. Cuál fue su sorpresa cuando le comunicaron que se podía haber ahorrado el paseo, puesto que su problema solo lo podían resolver abajo, de donde venía.

          A la m* la paciencia, al pobre que lo atendió casi lo chamusca de lo recalentado que iba. El otro aguantó el chaparrón como pudo, pero no se alteró. Con ello consiguió apaciguar los ánimos. Le invitó a volver al mostrador de abajo a que le solucionaran el tema.

          Y allá que fue, aunque la tardanza del ascensor no ayudara a calmarle. Paciencia, paciencia... Cuando llegó a la mesa donde le atendieron en primera instancia, el señor se encontraba ocupado, así que se sentó en la de al lado, que estaba libre. Allí explicó lo sucedido con ira contenida, pero el hecho de que el otro se metiera en la conversación, aun estando ocupado, fue la gota que colmó el vaso. No le atizó de milagro. Le explicaron que su asunto ya estaba arreglado y que lo llamarían por teléfono. Ese señor era el que sabía las cosas y no los de arriba, donde le habían informado mal. Le comentó que acudiese a secretaría porque, de esa forma, podían arreglárselo ese mismo día sin tener que esperar llamada alguna.

          Pues allá que fue de nuevo para arriba, vuelta al ascensor. Aunque tuviera que cogerlo veinte veces, de allí no se iba con las manos vacías. Igual, con suerte, habían vuelto del desayuno. Ya que estaba allí, al menos lo intentaría. Efectivamente, al poco de llegar a la puerta cerrada, apareció el ausente a quien explicó lo ocurrido. Como no podía ser de otra forma, aquel señor no podía darle lo que él quería, debía esperar que lo llamaran por teléfono.

          Ya había tenido bastante por ese día. Se volvió a casa con una sonrisa en la boca. Tal como había empezado la jornada, las cosas no podían salir de otra forma.

          Y aunque no todo le fue mal en tal peculiar dia, al menos lo que estaba en su mano, no cesaron de lloverle contrariedades. Solo deseaba que pasara cuanto antes. Le ayudó el abstraerse con la lectura, los sudokus y pasear con la bici. Solo así pudo "detener" el tiempo y disfrutar haciendo lo que le gustaba. No supo si lo leyó o lo había imaginado, pero sabía que el tiempo no paraba por nadie, que era como la muerte disfrazada de reloj, y que solo cuando llegase su hora, le mostraría su verdadera cara.

          Dicen que ante días así, lo mejor es concentrarse en lo que nos hace felices. De esa forma, las contrariedades se esfuman. Es lo único certero y con lo que podemos calmar nuestra conciencia por no habernos dejado arrastrar por la adversidad.
 

 

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Published on e-Stories.org on 05/03/2023.

 

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